Mejor el remedio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Alice Munro

Mis padres no bebían. No es que fueran abstemios a ultranza, y de hecho recuerdo que cuando en séptimo firmé el juramento de que nunca bebería alcohol, con el resto de aquella clase tan magnífica si bien transitoriamente adoctrinada, mi madre dijo: «Qué tontería, es fanatismo, con niños de esta edad». Mi padre podía tomarse una cerveza un día de calor, pero mi madre no lo acompañaba y, no sé si por casualidad o como gesto simbólico, esa bebida siempre se consumía fuera de la casa. La mayoría de nuestros conocidos eran así, en el pueblo donde vivíamos. No debería decir que por culpa de eso me metí en líos, porque los líos en los que me metí eran fiel reflejo de mi carácter difícil: el mismo carácter que hacía que mi madre, en las típicas situaciones en las que podía sentirse orgullosa y realizada (mi primer baile de gala, por ejemplo, o la tenacidad con que me preparaba para aterrizar en la universidad), me mirara con una desesperación meditabunda y fascinada, como si no pudiera esperar ni pedir que a mí la vida me tratara como a las demás chicas; los trofeos soñados de otras hijas —orquídeas, novios formales, anillos de diamantes— llegarían tarde o temprano a casa de sus amigas, pero no a la nuestra; mi madre solo esperaba que no pasara algún desastre, que me fugara, pongamos, o que me liara con un chico que no pudiera ganarse el pan, o catástrofes aún mayores, como que me secuestraran para la trata de blancas.

Pero la ignorancia, decía mi madre, la ignorancia, o la inocencia si quieres, no siempre es tan buena como la gente cree, y no estoy segura de que no sea peligrosa para una chica como tú; entonces recalcaba el mensaje, como tenía por costumbre, con alguna cita cargada de una pomposidad cándida y olor a naftalina. Yo ni me inmutaba, aunque sabía muy bien que con el señor Berryman debió de haber hecho maravillas.

La noche que cuidé a los niños de los Berryman debió de ser en abril. Llevaba un año enamorada, o por lo menos desde la primera semana de septiembre, cuando un chico que se llamaba Martin Collingwood me había mirado con una sonrisa sorprendida, admirada y que delataba cierta suficiencia, en la asamblea de la escuela. Nunca supe qué lo sorprendió; yo no me parecía a nadie más que a mí; llevaba una blusa vieja y una permanente casera que había quedado fatal. Unas semanas después me invitó a salir por primera vez, y me besó en el lado oscuro del porche… y en la boca, he de decir; estoy segura de que era la primera vez que alguien me besaba de verdad, y sé que no me lavé la cara aquella noche ni a la mañana siguiente, para mantener intacta la huella de aquellos besos. (Manejé todo este asunto con una banalidad espantosa, como veréis). Dos meses, y algunas fases amatorias más adelante, cortó conmigo. Se había enamorado de la chica que actuaba con él en la función navideña de Orgullo y prejuicio.

Dije que no quería saber nada más de aquella obra y busqué a otra chica para que se encargara del maquillaje en mi lugar, pero por supuesto al final fui a verla, y me senté delante con mi amiga Joyce, que me agarraba la mano cuando me superaban el dolor y la emoción de ver al señor Darcy con unos bombachos blancos, chaleco de seda y patillas. Sin duda fue el hecho de identificar a Martin con Darcy; las chicas siempre se enamoraban de Darcy de todos modos, y el papel le daba a Martin una arrogancia y una virilidad que me hacía imposible recordar que era solo un estudiante de secundaria, moderadamente guapo y de inteligencia media (y con la reputación un poco manchada, además, por aficiones como el grupo de teatro y la orquesta de cadetes), que resultaba ser el primer chico, el primero presentable, que se había interesado en mí. En el último acto le dieron la oportunidad de abrazar a Elizabeth (Mary Bishop, de tez cetrina y sin curvas, pero con unos ojazos vivaces), y el realismo de la escena me hizo clavar amargamente las uñas en la compasiva palma de la mano de Joyce.

Aquella noche empezaron para mí varios meses de verdadero suplicio, aunque más o menos me lo infligiera yo misma. ¿Por qué es una tentación referirse a estas cosas a la ligera, con ironía, incluso con asombro, al verte reflejado en sentimientos tan ridículos de un pasado incomprensible? Eso tendemos a hacer cuando hablamos del amor, y con el amor adolescente casi parece obligatorio; como si pasáramos las tardes aburridas saboreando el recuerdo de esos sufrimientos. Pero la verdad es que no me hace ninguna gracia, o peor aún, en realidad no me sorprende recordar todas las estupideces, las cosas patéticas y vergonzosas que hice, que hace cualquiera cuando está enamorado. Merodeaba por los sitios donde Martin podía aparecer, y entonces hacía como si no lo viera; daba circunloquios absurdos, en una conversación, por el placer de mencionar su nombre con indiferencia. Soñaba despierta a todas horas; si hay que ponerlo en cifras, quizá pasé diez veces más tiempo pensando en Martin Collingwood —sí, añorándolo y llorando por él— del que pasamos juntos los dos; no me lo quitaba de la cabeza ni aunque quisiera. Porque si al principio había dramatizado mis sentimientos, llegó un momento en que escapar de ellos habría sido un alivio; mis ensoñaciones eran cada vez más deprimentes y ni siquiera me ofrecían un consuelo pasajero. Mientras resolvía mis problemas de matemáticas me torturaba, de forma machacona y sin poder evitarlo, con un recuerdo exacto de Martin besándome el cuello. Tenía un recuerdo exacto de todo. Una noche sentí el impulso de tragarme todas las aspirinas del armario del cuarto de baño, pero paré cuando me había tomado seis.

Mi madre se dio cuenta de que pasaba algo y me trajo pastillas de hierro.

—¿Seguro que va todo bien en la escuela? —me preguntó.

¡La escuela! Cuando le conté que Martin y yo habíamos roto, lo único que dijo fue:

—Bueno, pues tanto mejor. Nunca he visto a un chico tan pagado de sí mismo.

—Martin tiene arrogancia de sobra para hundir un buque de guerra —dije taciturna, y subí a mi cuarto a llorar.

La noche que fui a casa de los Berryman era sábado. Muchos sábados les cuidaba a los niños porque a ellos les gustaba conducir hasta Baileyville, un pueblo mucho más grande y animado que había a unos treinta kilómetros, y cenaban fuera o iban al cine, quizá. Llevaban solo dos o tres años viviendo en nuestro pueblo cuando trajeron al señor Berryman como encargado de la nueva fábrica de puertas, y seguía estando, supongo que por elección, un poco al margen de la vida social; la mayoría de sus amigos eran parejas todavía jóvenes como ellos, nacidos en otros lugares, que vivían en casas estilo rancho en una colina a las afueras del pueblo, donde solíamos ir a lanzarnos en trineo. Ese sábado por la noche pasaron otras dos parejas a tomar unas copas en casa antes de irse a Baileyville para la inauguración de un cabaret; estaban todos bastante animados. Me senté en la cocina y fingí que estudiaba latín. La noche anterior había sido el Baile de Primavera en el instituto. Yo no había ido, porque el único chico que me invitó fue Millerd Crompton, que se lo pedía a tantas chicas que era sospechoso de ir probando con todas las de la clase por orden alfabético. Pero el baile se hacía en la fábrica de armas, que estaba a menos de una manzana de nuestra casa, así que había podido ver a los chicos con trajes oscuros, a las chicas con vestidos de fiesta en tonos pastel debajo de los abrigos, paseando solemnemente a la luz de las farolas, sorteando los últimos restos de nieve. Incluso alcancé a oír la música y no he olvidado hasta hoy que tocaron «Ballerina» y, ay, una canción que me partió el corazón: «Slow Boat to China». Joyce me había llamado por teléfono esa mañana para contarme, entre susurros (como si habláramos de una enfermedad terminal que yo tenía), que sí, M. C. había estado allí con M. B., y que ella llevaba un vestido que debía de estar hecho con un mantel viejo de encaje, porque le colgaba de todas partes.

Cuando los Berryman y sus amigos se marcharon, fui al salón y me puse a leer una revista. Estaba hundida en la miseria. La estancia amplia suavemente iluminada, con sus colores verdes y ocres, era un decorado idóneo para dar rienda suelta a las emociones, como si estuviera sobre el escenario. En mi casa las emociones seguían su curso, pero siempre parecían quedar enterradas bajo las pilas de ropa por remendar, por planchar, los rompecabezas de los niños y las colecciones de piedras. Era una de esas casas donde no paras de chocarte con los demás en las escaleras y se escuchan los partidos de hockey y los episodios de Superman por la radio.

Me levanté y encontré la «Danse Macabre» de los Berryman, la puse en el tocadiscos y apagué las luces del salón. Las cortinas no estaban corridas del todo. La luz de una farola de la calle resplandecía al bies en la ventana, formando un tenue rectángulo dorado en el que las sombras de las ramas desnudas se movían, atrapadas por los dulces vendavales de la primavera. Era una noche apacible sin luna, las últimas nieves se estaban derritiendo. Un año antes todo aquello —la música, el viento y la oscuridad, las sombras de las ramas— me habría dado una felicidad tremenda; al ver que ahora no, que solo evocaban los mismos pensamientos tediosos, humillantemente íntimos, di por muerta mi alma y fui a la cocina decidida a emborracharme.

No, no fue así. Fui a la cocina a buscar una Coca-Cola o algo del frigorífico, y allí delante en la encimera había tres botellas esbeltas y preciosas, todas llenas de oro hasta la mitad, pero incluso después de mirarlas y levantarlas para sentir su peso no había decidido emborracharme; nada más iba a tomarme una copa.

Ahí es donde mi ignorancia, mi catastrófica inocencia, entra en escena. Es verdad que había visto a los Berryman y sus amigos bebiendo sus lingotazos con la misma naturalidad con que yo me tomaba un refresco, pero esa actitud no iba conmigo. No; yo pensaba que el licor fuerte debía tomarse en casos extremos, y que provocaba reacciones exageradas, para bien o para mal. Ni la Sirenita bebiendo la pócima de cristal de la bruja habría actuado con menos naturalidad. Con aire solemne, mientras comprobaba mi gesto serio en la ventana oscura sobre el fregadero, serví un poco de whisky de cada botella (ahora creo que eran dos marcas de bourbon y uno escocés caro de malta) hasta llenar el vaso hasta arriba. Y todo porque nunca en mi vida había visto a nadie servir una copa y no tenía ni idea de que la gente a menudo diluía el licor con agua, soda, etcétera, y al llegar había visto que los vasos que tenían en la mano los invitados de los Berryman estaban prácticamente llenos.

Me lo bebí tan rápido como pude. Dejé el vaso y volví a mirarme en la ventana, casi esperando verme con otra cara. Me ardía la garganta, pero no notaba nada más. Fue decepcionante, después de haberme lanzado, pero no pensaba detenerme ahí. Me serví otro vaso hasta arriba y luego rellené cada una de las botellas con agua para dejarlas más o menos igual que antes. Me tomé la segunda copa solo un poco más despacio que la primera. Dejé el vaso vacío en la encimera con cuidado, quizá notando en la cabeza un atisbo de lo que se avecinaba, y fui y me senté en una silla en el salón. Estiré el brazo y encendí una lámpara de pie junto a la silla, y se me vino el mundo encima.

Cuando digo que esperaba reacciones exageradas no me refería a que esperara algo así. Había pensado en un vuelco emocional, un arrebato de alegría irresponsable, una sensación de descontrol y de liberación, acompañada por un leve mareo y quizá una risa tonta. No tenía en mente que el techo diera vueltas como un plato gigante que alguien me hubiera lanzado, ni a que los borrones verdosos de las sillas se hincharan fundiéndose y desintegrándose, jugando conmigo a un juego tremendamente malicioso y desalmado, sin sentido. Se me hundió la cabeza hacia atrás; cerré los ojos. Y los abrí en el acto, los abrí como platos, me precipité de la silla y por el pasillo y llegué —¡gracias a Dios, gracias a Dios!— al cuarto de baño de los Berryman, donde lo puse todo perdido, todo, y caí redonda.

A partir de aquí no tengo una secuencia completa de lo que ocurrió a continuación, solo conservo algunos fragmentos vívidos e improbables de la hora o las dos horas siguientes, rodeados de oscuridad e incertidumbre. Recuerdo estar tumbada en el suelo del cuarto de baño mirando de lado las pequeñas baldosas hexagonales de color blanco, unidas en un patrón lógico admirable, y las veía con la gratitud y la cordura fugaz de alguien hecha trizas después de vomitar. Luego recuerdo que me senté en el taburete delante del teléfono del pasillo, y con un hilo de voz pedí el teléfono de Joyce. Joyce no estaba en casa. Su madre me dijo (una mujer bastante atolondrada, que no pareció notar nada raro, y por inercia me sentí débilmente agradecida) que estaba en casa de Kay Stringer. No me sabía el número de Kay, así que se lo pedí a la operadora, porque no me atrevía a consultar una guía telefónica.

Kay Stringer no era amiga mía, sino una nueva amiga de Joyce. Tenía una vaga fama de alocada y un largo postizo de pelo de un color raro, aunque natural: entre amarillo jabón y marrón caramelo. Conocía a muchos chicos más interesantes que Martin Collingwood, chicos que habían dejado la escuela o a los que habían traído al pueblo para jugar en el equipo de hockey. Joyce y ella daban vueltas en coche con esos chicos, y a veces iban con ellos (mintiendo a sus madres, por supuesto) al salón de baile Gay-la que había en la carretera al norte del pueblo.

Pregunté por Joyce. Estaba muy exaltada, como se ponía siempre que había chicos cerca, y parecía que casi no escuchara lo que le decía.

—Ay, esta noche no puedo —me dijo—. Han venido varios amigos, vamos a jugar a las cartas. ¿Conoces a Bill Kline? Está aquí. Ross Armour…

—Estoy mal —intenté; salió un gruñido inhumano—. Estoy borracha. ¡Joyce! —Entonces me caí del taburete y el auricular se me escapó de la mano y se balanceó hasta chocar de manera deprimente contra la pared.

No le había dicho a Joyce dónde estaba, así que después de pensarlo un instante llamó a mi madre por teléfono, y lo averiguó con esos subterfugios innecesarios que a las chicas les encantan. Ella, Kay y los chicos —eran tres— le contaron a la madre de Kay alguna historia acerca de dónde iban, se montaron en el coche y se plantaron allí. Me encontraron todavía tumbada en la moqueta del pasillo; había vuelto a vomitar, y esta vez no había llegado al cuarto de baño.

Resultó que Kay Stringer, que apareció en escena por pura casualidad, era justo la persona que necesitaba en ese momento. Adoraba una buena crisis, en especial una como esta, donde había un aspecto turbio y escandaloso que debía ocultarse al mundo de los adultos. Se la veía exaltada, agresiva, eficiente; esa energía que le daba fama de salvaje era solo un arrollador instinto femenino para manejar, consolar y controlar. Me llegaba su voz desde todas las direcciones, diciéndome que no me preocupara, pidiéndole a Joyce que buscara la cafetera más grande que tuvieran y la llenase hasta arriba (café fuerte, dijo), dando instrucciones a los chicos para que me levantaran del suelo y me llevaran al sofá. Más tarde, como en una niebla fuera de mi alcance, reclamaba un cepillo de fregar.

Me dejaron echada en el sofá, cubierta con una especie de colcha de ganchillo que habían sacado del dormitorio. Yo no quería levantar la cabeza. La casa entera olía a café. Joyce entró, muy pálida; dijo que los niños Berryman se habían despertado, pero les había dado una galleta y los había mandado de nuevo a la cama, estaba todo en orden; no los había dejado salir de su habitación y creía que no iban a acordarse. Me contó que Kay y ella habían limpiado el cuarto de baño y el pasillo, aunque temía que quedara una mancha en la moqueta. El café estaba listo. Yo apenas me enteraba de nada. Los chicos habían encendido la radio y repasaban la colección de discos de los Berryman; los tenían esparcidos por el suelo. Notaba algo raro en toda aquella situación, pero no pude precisar qué era.

Kay me trajo un tazón de desayuno lleno de café.

—No sé si puedo —dije—. Gracias.

—Incorpórate —dijo enérgicamente, como si lidiar con borrachos fuese el pan de cada día para ella, no hacía falta que me sintiera importante. (Encontré, y reconocí, ese tono de voz años más tarde, en la sala de partos)—. Ahora bebe —dijo.

Bebí, y al mismo tiempo me di cuenta de que solo llevaba el viso puesto. Joyce y Kay me habían quitado la blusa y la falda. Habían cepillado la falda y lavado la blusa, porque era de nailon; estaba tendida en el cuarto de baño. Me tapé con la colcha hasta debajo de los brazos y Kay se rio. Sirvió café para todos. Joyce trajo la cafetera y siguiendo las instrucciones de Kay me llenaba la taza cada vez que yo daba un sorbo.

—Tenías ganas de agarrarte una buena —me dijo alguien con interés.

—No —dije enfurruñada, bebiéndome el café obedientemente—. Solo tomé dos copas.

Kay se rio.

—Pues no veas cómo te sube. ¿A qué hora crees que van a volver? —preguntó.

—Tarde. Después de la una, me parece.

—A esa hora ya deberías estar bien. Toma un poco más de café.

Kay y uno de los chicos empezaron a bailar la música de la radio. Kay bailaba con mucha sensualidad, pero su cara mantenía el mismo aire indulgente de superioridad, un poco frío, que cuando me estaba incorporando para que bebiera el café. El chico le hablaba al oído y ella sonreía, mientras movía la cabeza. Joyce dijo que tenía hambre, y fue a la cocina a ver qué había: patatas fritas o galletas saladas, o algo así, que se pudiera comer sin que se notara demasiado. Bill Kline vino a sentarse a mi lado en el sofá y se puso a acariciarme las piernas a través de la colcha de ganchillo. No me dijo una palabra, solo me acariciaba las piernas y me miraba con una expresión de lo más estúpida, medio morbosa, absurda e inquietante. Me hizo sentir muy violenta; no entendía que la gente pensara que Bill Kline era guapo con una expresión como aquella. Irritada, aparté las piernas, y él me lanzó una mirada de desprecio sin dejar de acariciarme. Me levanté del sofá a toda prisa, envolviéndome en la colcha, con la idea de ir al cuarto de baño a ver si mi blusa estaba seca. Me tambaleé un poco cuando empecé a andar, y no sé por qué, tal vez para demostrarle a Bill Kline que no me asustaba, lo exageré de inmediato.

—¡Mirad cómo ando en línea recta! —grité.

Fui dando bandazos a trompicones, acompañada por las risas de los demás, hacia el pasillo. Justo cuando estaba en el arco entre el pasillo y el salón, el pomo de la puerta principal giró con un sobrio chasquido y todo quedó en silencio a mi espalda salvo por supuesto la radio, y la colcha de ganchillo inspirada por alguna malicia sutil propia se deslizó enredándose en mis pies, y allí —¡oh, ese delicioso momento de una farsa bien orquestada!—, allí estaban los Berryman, señor y señora, con una expresión en la cara a la altura de las circunstancias, como desearía cualquier director de una farsa a la antigua usanza. Seguro que habían ensayado aquella expresión, no podía ser que improvisaran aquellas caras de sorpresa: con el ruido que estábamos haciendo, debieron de oírnos en cuanto salieron del coche, y por esa misma razón nosotros no los habíamos oído a ellos. Creo que nunca supe qué los hizo volver tan temprano —una jaqueca, una discusión—, y tampoco estaba en posición de preguntar.

El señor Berryman me llevó a casa. No recuerdo cómo subí al coche, o cómo encontré mi ropa y me la puse, o las palabras con que le di las buenas noches a la señora Berryman, si es que lo hice. No recuerdo qué pasó con mis amigos, aunque supongo que recogieron los abrigos y huyeron disimulando la ignominiosa fuga con un rugido instintivo de rebeldía. Recuerdo a Joyce con una caja de galletas saladas en la mano, diciendo que me había puesto malísima por algo que había comido —creo que dijo chucrut— en la cena, y que los había llamado pidiendo ayuda. (Cuando más tarde le pregunté si se lo creyeron, me dijo: «No sirvió de nada. Apestabas a alcohol»). También recuerdo que Joyce suplicaba: «No, no, señor Berryman, por favor, mi madre es una mujer muy nerviosa, no sé si le daría un patatús. Me pondré de rodillas si quiere, pero no llame a mi madre». No tengo una imagen de ella arrodillada, y no habría dudado un segundo en hacerlo, así que parece que esa amenaza no se cumplió.

—Bueno —me dijo el señor Berryman—. Supongo que sabes que tu comportamiento de esta noche es algo bastante serio. —Sonó como si pudieran acusarme de negligencia criminal o algo peor—. Estaría muy mal por mi parte pasarlo por alto —dijo.

Imagino que además de estar furioso e indignado conmigo, le preocupaba devolverme en esas condiciones, sabiendo que mis padres eran puritanos y siempre podrían reprocharle que hubiera encontrado el licor en su casa. A muchos partidarios de la Templanza eso les bastarían para considerarlo responsable, y en el pueblo había unos cuantos. Las buenas relaciones con la gente del pueblo eran importantes para él desde un punto de vista profesional.

—Algo me dice que esta no ha sido la primera vez —dijo—. Si fuera la primera vez, ¿a una chica se le ocurriría rellenar las tres botellas con agua? No. Bueno, pues en este caso sí se le ocurrió, pero no era tan lista como para saber que me daría cuenta. ¿Qué me dices a eso?

Abrí la boca para contestar y, aunque ya me sentía bastante sobria, solo me salió una risita escandalosa y desconsolada. Aparcó delante de nuestra puerta.

—Hay luces encendidas —dijo—. Ahora entra y cuéntales a tus padres toda la verdad. Y si tú no lo haces, piensa que lo haré yo.

No mencionó la paga por haber cuidado a los niños esa noche, y a mí tampoco se me pasó por la cabeza.

Al entrar en casa intenté ir directamente arriba, pero mi madre me llamó. Vino al recibidor, donde yo no había encendido la luz, y debió de olerme en el acto porque se abalanzó hacia mí ahogando un grito de pura sorpresa, como si viera caer a alguien, y me agarró de los hombros porque me caí de verdad contra la baranda, y abrumada por mi increíble mala suerte se lo conté todo desde el principio, sin omitir el nombre de Martin Collingwood ni mi escarceo con el frasco de aspirinas, cosa que fue un error.

El lunes por la mañana mi madre cogió el autobús a Baileyville y encontró la licorería y compró una botella de whisky escocés. Le tocó esperar el autobús de vuelta, y se encontró con varios conocidos y no consiguió esconder la botella en el bolso; se maldijo por no llevar una bolsa de la compra como Dios manda. Apenas llegó se fue andando hasta la casa de los Berryman, sin almorzar ni nada. El señor Berryman no había vuelto a la fábrica. Mi madre entró, habló con los dos y les causó una excelente impresión, y después el señor Berryman la trajo en coche a casa. Les había hablado con la franqueza y la serenidad que la caracterizaban, que siempre sorprendía gratamente a las personas dispuestas a lidiar con una madre, y les contó que, aunque en principio yo iba bien con los estudios, estaba atrasadísima en mi desarrollo emocional, o quizá era una excéntrica. Supongo que ese análisis de mi comportamiento causó efecto sobre todo en la señora Berryman, una gran lectora de guías infantiles. Entraron en tantas confianzas que mi madre comentó un ejemplo concreto de mis aprietos, y con una sinceridad desarmante reveló toda la historia de Martin Collingwood.

Al cabo de unos días en el pueblo y en la escuela se había corrido la voz de que había intentado suicidarme por culpa de Martin Collingwood. Aunque ya estaba en boca de todos que cuando los Berryman volvieron a casa el sábado por la noche me habían encontrado borracha y en combinación tambaleándome en un cuarto con tres chicos, entre los que estaba Bill Kline. Mi madre había dicho que yo iba a pagar con lo que ganaba cuidando niños la botella que les había llevado a los Berryman, pero mis clientes se desvanecieron como la última nieve de abril, y aún no estaría pagada si unos recién llegados al pueblo no se hubieran mudado a la acera de enfrente en julio y necesitado a una niñera antes de hablar con ninguno de los vecinos.

Mi madre también dijo que había sido una gran equivocación dejarme salir con chicos y que no volvería a darme permiso hasta que cumpliera los dieciséis, si acaso. Eso no me supuso ningún sacrificio, porque nadie me lo pidió. Si alguien cree que la aventura en casa de los Berryman me convirtió en un reclamo para flirteos y orgías, se equivoca de pleno. El escándalo de mi primer episodio de libertinaje pareció marcarme con una especie de maldición, como la chica soltera que se queda embarazada y pare trillizos: nadie quiere saber nada de ella. La cuestión es que al mismo tiempo tenía uno de los teléfonos más mudos y la peor reputación de todo el instituto. No me quedó más remedio que aguantar así hasta el otoño siguiente, cuando una chica rubia y gorda de décimo curso se escapó con un tipo casado y la encontraron dos meses después, viviendo en pecado —aunque no con el mismo hombre— en la ciudad de Sault Ste. Marie. Entonces todo el mundo se olvidó de mí.

Sin embargo, aquel asunto trajo una consecuencia inesperada maravillosa: superé completamente a Martin Collingwood. No fue porque le faltara tiempo para decir en público que siempre había pensado que era una chiflada; con él yo no tenía orgullo, y mis fantasías podrían haber encontrado la manera de justificarlo, un mes, una semana antes. ¿Qué me hizo abrir los ojos? La terrible y fascinante realidad de mi desastre: cómo se dieron las cosas. No es que disfrutara; era una chica tímida y sufría mucho al verme tan expuesta… pero el curso de los acontecimientos aquel sábado por la noche me fascinaba: sentía que había vislumbrado el absurdo insolente, prodigioso y demoledor con que se improvisan las tramas en la vida, no en la ficción. Era incapaz de apartar la mirada.

Y por supuesto, Martin Collingwood completó sus exámenes finales aquel mes de junio y se marchó a la ciudad para hacer un curso en la escuela de embalsamadores, como creo que se llama, y cuando volvió se metió en el negocio de pompas fúnebres de su tío. Vivíamos en el mismo pueblo y nos enterábamos de la mayoría de las cosas que le pasaban al otro, aunque creo que no nos encontramos cara a cara ni volvimos a vernos, salvo de lejos, durante años. Fui a la despedida de soltera de la que sería su esposa, pero entonces todo el mundo iba a las despedidas de soltero de los demás. No, creo que en realidad no volvimos a vernos hasta que regresé a casa cuando llevaba casada varios años, para ir al funeral de un pariente. Allí estaba; no es que fuera el señor Darcy, pero aun así iba muy guapo con aquel traje negro. Y vi que me miraba con lo más parecido a una sonrisa de nostalgia que la ocasión permitía, y supe que acababa de sorprenderlo un recuerdo de mi devoción o de mi pequeño fracaso ya enterrado. Le devolví una mirada discreta, desconcertada. Ahora soy una mujer adulta; que se encargue él de desenterrar sus propios fracasos.

(De: Danza en las sombras, Penguin Random House 2022, traducción Eugenia Vázquez Nacarino)