Memoria de paso

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Rodolfo Fogwill

Después oímos hablar del Cabildo de Mayo y de la invasión de ingleses y de las guerras, pero por 1810 yo tenía once años, ya iba a la escuela, nuestra finca se hallaba a pocas cuadras del Cabildo Mayor y sin embargo no me enteré de nada de eso. Cuando arribaron José San Martín y Alvear sí, porque todas las niñas se desvelaban por conocerlos o visitar alguno de los salones de sociedad donde ellos solían danzar y platicar con las damas. Pero yo me había casado a comienzos de 1812.

Mi esposo era comerciante de pieles finas. Enviaba cargas a Portugal e Inglaterra y dos goletas suyas pasaban semanalmente a la Banda Orien tal. La noche de las bodas entró a mi cuarto y me besó la frente. Cada mañana dejaba una esquela en la bandeja del pequeño desayuno y yo se la leía a las mujeres de servicio, cuando él ya se había marchado. Nos casamos al cumplir mis doce años, pero a esa edad yo conocía todo lo del matrimonio por los dichos de las esclavas de casa de mis padres.

Una noche entró al cuarto. Era víspera de Corpus y hacía cinco meses que estábamos casados. Desde entonces siempre durmió conmigo, salvo cuando partía por negocios a la Banda Oriental y yo lo extrañaba.
Desde el primer día gusté, pero sentía pena por el varón porque creí que todos cerraban los ojos cuando iban con la mujer y se dormían enseguida.

Desde la primera vez me gustó todo, salvo el perfume de licor y las manchitas de rapé en las barbas, que raspan.

Quise ser hombre, pero pensaba que eso era imposible. A veces espié a las esclavas cuando se tocaban a la siesta, y un día entré en su barra ca. Me divertí. Pero el color y las voces de las morenas me disgusta ron, especialmente aquellas voces de pajarracas. A Ernestina la conocí recién cuando Diego y Rafael —mis hijos— fueron internados en el colegio. Yo tenía veintiún años y mi esposo había enfermado para siempre. Murió en 1823.

Ernestina era más joven que yo y tenía dos hijos, Delfín y Leocadia, a quien llamaban Lea. Lea se casó con un militar que partió al Paraguay y nunca regresó, pero Delfín murió soltero: era débil, era un chico atontado y de grande se volvió unitario, pasó al Carmelo y murió ahogado al caer de un carro cuando embarcaba en un lanchón hacia Montevideo.
Ernestina se había criado en Barcelona, de madre francesa, pero hablaba criollo. Sabía cocinar y montaba a caballo como un oficial de Húsares. Una vez, cuando los de Álzaga se levantaron contra el Directorio y buscaron acuartelarse en su quinta de la costa, se atrevió a defenderla con peones y esclavos y hasta amenazó a los insurgentes con un fusil que fue de su marido.

Los libros los había traído de Cataluña, la mayoría franceses. Siempre evitó hablar de ellos y prestarlos, pero bien sé que no fui la primera en leerlos en sus tertulias. Aprovechando la convalecencia de mi hombre, que debía yacer en cama en la casa de cura del doctor Díaz, solía hacer noche en la sala de huéspedes de Ernestina, y aprovechaba a leer. Al comienzo apenas entendía, pero después el francés se me hizo familiar, ya no necesité los manuales de vocabulario, y si no alcanzaba a comprender alguna frase, Ernestina estaba junto a mí dispuesta siempre a aclarar mis dudas. Hablábamos sobre nuestras lecturas hasta que despuntaba el alba los días de verano o hasta que se apagaban los leños en épocas de frío. En confianza, le narré mi experiencia con las esclavas y ella me retribuyó contándome sus diversiones.

Empezamos a compartir el cuarto antes de resolvernos a unir nuestros bienes y propiedades, de lo que yo salí beneficiada por los escritorios y saladeros que heredó de su finado y por las tierras de ellos, linderas a las de mis padres, que después nos quitaría Urquiza.

Jamás reñimos, pero Ernestina odiaba a los hombres y eso siempre nos diferenció. Sentía en el varón algo que llama y que al principio no supe qué era, pero yo lo quería y lo debía aprender de él. Yo quería ser varón, cosa que nunca me atreví a confesar a Ernestina, tan grande era su desprecio hacia los hombres.

Tal vez por esa razón su hijo Delfín fue siempre un otario. Pedí a Diego y Rafael que alternasen con él, pero aunque aplicaron toda su voluntad para satisfacerme jamás pudieron contra la obstinación de esa criatura que acabó siendo unitario, afeminado e inútil para cualquier trabajo.

En cambio, Lea era una niña brillante a quien mis hijos trataron como hermana: lo poco que supe de ellos cuando se hicieron grandes llegó a mí por sus confesiones a Lea. Y me consta que siempre la ayuda ron en sus cosas, aun sin yo saberlo. Lea me gustaba. En esa época hubiese querido que ella fuese mi hija.

La niña siempre nos espió. Nos enteramos tarde, cuando ya no podíamos ocultar nada. Eso facilitó que yo me ligase más a ella y se estrechara nuestra amistad.

—Parecen hermanas —solían decir los invitados en las primeras recepciones en que participó. No me reprocho nada y debo mucha gratitud a Ernestina por haber obviado este tema con nosotras. Desde que lo supo, o lo intuyó, sus retiros a la quinta de la costa se hicieron más frecuentes. Cada vez que regresaba se hacía anunciar por un mayordomo y desde que se le declaró la enfermedad no volvió a visitar la casa.

Murió en 1834, mientras su hermano era secretario del Senado provincial, llenándonos de pena a todos salvo a Delfín, que se había alejado porque nos odiaba: ni se acercó al velorio de su madre, por puro unitario. Y después se ahogó.

Hacía tiempo que Lea había ocupado la habitación que antes compartíamos con Ernestina. El año de la muerte de su madre hicimos edificar una nueva casa hacia el norte de la ciudad, y todos se rieron porque decían que nos íbamos «pa’ los carros», pero allí pasamos años muy felices: íbamos poco a fiestas y ordenábamos nuestras compras directamente al despachante de la Embajada Británica, un tal Daly. Los salones de los Rosas eran las únicas invitaciones que aceptábamos, y sólo por nuestra admiración a don Juan Manuel, que de tanta gente de armas que gobernó en el país fue el único inteligente y delicado. Lo que se dijo después fue una necedad romántica y lo probaría si valiese la pena: tenía ojos claros y su piel, tan fina, irradiaba una atracción a la que sólo un ciego unitario, como Delfín, podría sustraerse.

Mis hijos eran grandes y ya empezaban a traer los nietos, para los que adoptaron mi apellido añadiéndole el de la madre francesa de su abuelo. Todo se afrancesaba en estas provincias y a mis chicos les pareció que de sus cuatrisílabos graves, de origen vasco, con el bisílabo agudo del segundo apellido de su padre componían una fórmula bien sonante para presentarse en sociedad. Creo que acertaron. Yo los veía como antes miraba la sala de los esclavos: parecían animalitos por su apego a los pequeños alimentos terrestres. Ropas, bebidas, confituras y los libros que llegaban de Europa me bastaban para no sentirme olvidada en el rincón del mundo. Otros debían viajar; yo preferí quedar me mientras pudiese gozar de la amabilidad de los despachantes que nos tenían à la page. Lea se fue dos veces a Europa y con cada barco me llegaba su correo: escribía bien, pero algo chocante —quizá su deslumbramiento por las grandes capitales— se dejaba traslucir cuando yo revisaba esas cartas.

El secreto no pasaba desapercibido para mis hijos. Menos para Lea. Cuando lo hablaron por primera vez atribuí todo a mi hábito de dormir tanto, pero cuando mis nietos habían crecido ya nadie lo podía creer.

Lea envejeció, era más gorda y en su último viaje había encanecido. Su carácter se endureció y comenzó a retirarse a la quinta de la costa, como antes su madre, pero habían abierto un saladero en la vecindad y allí las moscas y el olor eran insoportables. Murió en 1851 —creo que de tan triste, por su prematuro envejecimiento— y yo me mudé a una casa quinta del sur y abandoné toda actividad social porque se habían repatriado los unitarios y en los salones sólo se hablaba de política y de las tonterías que fueron moda entre europeos veinticinco años antes.

Me ocupé del jardín y me hice armar un gran invernadero que fue la envidia de toda la sociedad porteña.

A poco de instalarse Urquiza en el gobierno nos quitó las propiedades del campo. Mis hijos sufrieron esta pérdida como si tuviese alguna importancia. Eran hombres concentrados en sus estudios de leyes que con el tiempo se fueron resecando y perdieron el estilo y la grandeza que prometían de muchachos. Lo único que me indignó fue la vulgaridad de toda esa gente que se sintió como obligada a consolarnos por la expropiación.

Conocí a una niña, hija de un ministro plenipotenciario retirado en Córdoba. Había pasado sus primeros años en el Brasil. De madre francesa, tenía una facilidad singular para las lenguas y hablaba francés, inglés, alemán y portugués tan bien como el español. Tenía catorce años y estaba pronta a casarse con un comerciante en pieles riquísimo, pero desistió. Se vino a Córdoba conmigo para estar cerca de sus padres.

Se llamaba María Eugenia y tocaba el piano. Se hizo afecta a un piano con órgano, clave y pianola de rollos que hice traer de Génova para su santo. Lo mejor de Córdoba se subía al cerro para escuchar nuestros conciertos y nadie comprendía por qué vivíamos juntas. Le di a leer los libros que fueron de Ernestina y otros que por gentileza del agregado francés fui juntando en Buenos Aires. Algunos de ellos ya los sabía, pues formaban parte de un envío de Pueyrredón a la Embajada de Brasil donde ella había pasado sus primeros años.

Al mudarme a Córdoba hice desmontar el invernadero de Barracas y lo instalé en mi nueva casa, que había sido molino de una gran chacra en el cerro de la ciudad. En el viaje se rompió sólo una pieza de cristal. Aquel invernadero fue por años la envidia de toda la sociedad cordobesa.

A diferencia de Lea y su madre, María Eugenia gustaba de los hombres y ejercía sobre ellos una rara atracción. Amén de nuestras tertulias y conciertos de domingos, recibíamos tres veces a la semana. El obispo, que era amigo de la casa y disfrutaba haciendo bosquejos de nuestras caras, nos visitaba tan a menudo que a nadie preocupaba en aquella piadosa ciudad que nunca fuésemos a misa. Por intermedio de aquel santo varón conocimos al doctor Segura, que era su médico personal y dirigía la facultad de medicina de la Universidad a pesar de sus treinta y tres años, que parecían veinte. Segura era español. De madre francesa, se había educado en Alemania.

Con María Eugenia hablaba alemán, lo que con el tiempo me acostumbró a esa lengua. Cuando recibíamos, Segura y el obispo siempre eran los últimos en retirarse, pretextando que vivían por la vecindad. Y cuando todos se marchaban convidábamos licor escocés al obispo: el viejito adoraba el Drambuie, aunque en público sólo tomaba oporto. Nos divertíamos con Segura cuando a punto de emborracharse, insistía en repetir siempre el mismo bosquejo en sepia de nuestras caras juntas.

Sin el obispo hablábamos de religión y Segura confesó que era ateo y adhería a las enseñanzas naturales de Darwin. Varias veces le vi los ojos pícaros al pronunciar la palabra «natural»: su mirada iba de María Eugenia a mí, de mis ojos a los suyos, de sus caderas a las mías y después bajaba avergonzada. Fui franca con él. Pero María Eugenia se ruborizaba al hablar de nuestras ideas sobre la familia, la convivencia entre personas y el sacramento del matrimonio. Él era infeliz con su mujer y había bregado en la Universidad por la aceptación del ingreso de mujeres a la carrera de medicina.

Todo lo que aprendí de ciencias naturales lo debo a la biblioteca del Dr. Segura, que acabó instalándose en nuestra casa. Mientras María Eugenia ensayaba sus conciertos, yo me ocupaba en leer. Leí con fervor, por tema y hasta agotar un estante de la biblioteca no emprendía otro. Con el tiempo, ayudé a Segura a redactar sus monografías y alguna de las que escribí yo después aparecieron publicadas con su firma.

Una mañana, mientras María Eugenia trataba de reparar un tubo del órgano que producía una vibración que afectaba el sonido de su piano, Segura me confidenció que estaba enamorándose de ella, y pidió ayuda para conquistarla. Comprometí colaborar con él y me besó la mano agradecido.

María Eugenia jamás había estado con un varón pero facilitó las cosas desde la primera vez. Con el tiempo, él trató de engatusarnos y habló que estaba enamorado también de mí, pero sé que no amaba sino la embriaguez de creerse dueño de dos mujeres, amén de la suya. Estoy convencida de que jamás entendió qué ocurría, pero pasamos noches muy agradables con la compañía de ese buen sabio.

En 1867 se agregó a la casa Signoricci, un fotógrafo italiano venido para ilustrar un libro con nuestro vivero de orquídeas. Era un hombre fuerte, criado en Egipto, de madre francesa. Él nos inició en la fotografía y ayudó a instalar un laboratorio en los fondos de la casa. Entabló mucha amistad con Segura y juntos discutían sobre filosofía natural. Jamás hablaba en las reuniones si estaba el obispo porque era masón.

«Pero no ejerce», decíamos en broma. Yo tomé fotografías de María Eugenia con Segura y como gracia de Inocentes los retraté con magnesio en el dormitorio. No pude evitar mostrarle mi obra a Signoricci y entonces también él comenzó a participar en nuestros juegos. Que yo sepa, nadie en Córdoba podía imaginar nuestras diversiones y sólo debió haber sospechado algo nuestro obispo, que debía ocultar a su jerarquía y feligreses sus copitas de Drambuie y sus horribles bocetos en sepia tanto como cualquier pecadillo que se deslizara en nuestro hogar.

Viajé dos veces a Buenos Aires. Mis nietos eran hombres crecidos y simulé ser una prima segunda de sus padres. Diego había fallecido y su mujer jamás me escribió. Rafael sufría diabetes y había perdido la vista, por eso pude visitarlo en ausencia de su mujer y tener aquella larga conversación con él, inolvidable. Quiso acariciar mi cara, pero tomé sus manos entre las mías y llevé el tema hacia el futuro de sus hijos. No sé si llegó a figurarse mi imagen. Pobre Rafa: murió en 1882.

En mi segundo viaje a Buenos Aires conocí a un joven jesuita que atravesaba una crisis de fe. La galera se había detenido en Campana y platicamos sobre ciencias. Se enamoró de mí y esa noche dormimos juntos en la posta de San Isidro. Era un hombre joven, que había jugado paleta en su Vasconia natal y dominaba ciencias y filosofía natural como nadie en estas provincias. Tenía ojos claros, y no fumaba ni usaba barbas. Su padre era vasco, su madre castellana, de madre francesa.

Allaga —tal era su apellido— compró ropas sociales en Buenos Aires y vino a vivir con nosotros a Córdoba. Con él aprendimos qué era un hombre. Segura y Signoricci, celosos al comienzo, acabaron por respetarlo y trataron de aprender algo con él. Sin revelar su pasado, hizo gran amistad con el obispo y se adaptó rápidamente a nuestro círculo: trabajaba con Signoricci en el laboratorio y enriqueció nuestra biblioteca con libros que hizo traer de la casa de sus padres emigrados a La Habana. Eran años de cambio para nosotras y todo fue muy hermoso hasta que inauguraron el ferrocarril. La estación estaba a un paso nuestro, la ciudad se pobló de ingenieros y funcionarios, y Signoricci, que era masón, comenzó a reunirse con ellos y a acentuar su odio hacia el obispo y su afición al alcohol. Robaba amapolas de nuestro invernadero y preparaba opio para satisfacer el vicio que otros sectarios habían contraído en la India, donde también tuvieron trenes.

Todos fumamos opio. Nos parecía tan fácil y lo comentamos con el obispo, que restó importancia a nuestra costumbre. Pero el opio y el creciente consumo de gin y de la nueva Hesperidina Bagley arruinaron el carácter de Signoricci. Disputaba, muchas veces se apoderó de objetos de Allaga o míos, y una noche destrozó el laboratorio que fuera nuestro orgullo y envidia de todos los fotógrafos cordobeses. Sólo de él pudieron partir esos rumores que entonces comenzaron a circular por la ciudad sobre lo nuestro y que tanto alarmaron al obispo. Por fin resolvimos deshacernos de él y un sábado lo embarcamos en Rosario de retorno a Génova. Pero su daño estaba hecho.

Segura, que había enviudado, resolvió llevar a María Eugenia a su casa, tomándola de esposa con ceremonia laica y festejos en la Univer si dad. Creyeron apenarme pero la causa de mi congoja eran los aires de redención que se daba María Eugenia, estimulada secretamente por Segura, que había envejecido.

Allaga bebía y desde la partida de María Eugenia comenzó a faltar a sus cátedras y a provocar pequeñas escenas domésticas. Toda la ciudad imaginaba que algo terrible sucedía en mi casa, entonces resolví viajar. Por esa época comenzaron los dolores.

Apareció el primero cuando aún vivía el fotógrafo con nosotros. Era como si dos cuernos de carnero se me clavasen en las ingles y algo fuese a estallar dentro de mí. Segura diagnosticó apendicitis y hasta trató de hacerme operar. Después dudó de su diagnóstico y creyó posible que tuviese tumores en los ovarios. En efecto, palpándome el abdomen, entre el hueso de la cadera y el centro del bajo vientre, se alcanzaba a tocar dos órganos inflamados, cada uno del tamaño de un pocillito de café.

Antes de partir a Europa vendí la casa y el mobiliario. Los instrumentos de música los envié a lo de Segura y doné la biblioteca a la Universidad, donde todavía saben estar algunos ejemplares salvados de la censura de sucesivas camadas de frailes y masones. Conservé unos pocos como recuerdo y los embalé para leer durante el viaje. A Allaga le dejé la chacrita de las afueras que había comprado como reserva para el vivero de rosas. Cuando lo llevaron al Hospicio, me cuentan que Segura se hizo cargo de ella hasta lograr, después de años de ajetreo judicial, ponerla a nombre de los hijos que tuvo con su primera mujer. Los hombres tienen un apego especial por la tierra, especialmente cuando es de otro.

Llevé opio al barco, pensé que sería la mejor manera de sobrellevar la travesía del mar. El viaje me pareció un sueño: sólo recuerdo el mar, las olas, el gualdrapeo de las velas, que recalamos en New Orleans y que el capitán fue muy amable conmigo. Cada día eran más fuertes y duraderos los dolores, y en un sueño tuve la revelación de lo que estaba sucediendo. Por eso desembarqué en New Orleans y seguí por tierra a New York, en vez de continuar hacia mi meta, Francia, destino nacional. El viaje en ferrocarril a la costa del este fue excepcional. La compañía naviera alquiló un camarote para mí, pero era en verdad un vagón como el que dicen que le dieron al general Roca para sus idas a los indios. Por los dolores y dos fuertes hemorragias que sufrí, debí detenerme a mitad de camino, en Atlanta, para consultar a un médico. La ciudad era bellísima: parecía una réplica de la Atlántida imaginada en las novelas inglesas del siglo XVIII.

Expliqué al médico lo que creí estaba sucediendo, y sólo por ser sudamericana y hablar bien su lengua y por mis conocimientos biológicos y médicos que eternamente agradeceré al Dr. Segura, no me creyó loca. Se llamaba Pemberton, era hermano del boticario que con los años haría famosa la ciudad y me alojó en su consultorio. Fueron días de fiebre y dolor como jamás creí pudiese soportar un ser humano, pero si se cumplía lo que yo estaba soñando bien se justificaba. Creo haber pasado un mes sin comer, bebiendo solamente el jarabe pardusco que preparaba especialmente para mí el hermano del doctor.

Los últimos días perdí el conocimiento. Mi pecho se había hundido, mi voz era débil y su registro grave, como el de un adolescente. La piel del abdomen y los brazos se me cubrió de enrulado cabello negro y en mi mentón despuntaba una sombra de barba. Cuando recuperé la conciencia, gracias a los cuidados de la familia Pemberton que tanto se interesó por mí, confirmé mi anhelo de años. ¡Cuánto tardé para convencer a Pemberton de que no publicara mi caso…! El pobre pretendía redactar una monografía que lo haría famoso y no podía entender que la sociedad científica lo tomaría por un provinciano charlatán. Pero era buen médico, muy noble, y no quiso cobrar un céntimo por su atención. Antes de continuar mi viaje a New York compré regalos para su mujer y sus hijos y me despidieron con una fiesta. A él le obsequié las bolsitas de opio que me sobraron y un manual de fórmulas que experimentamos con Signoricci y Allaga en los buenos tiempos. Eso ayudó a su hermano a mejorar su jarabe. En New York visité al cónsul argentino y le expliqué que mi papeleta de identidad decía Virginia en lugar de Víctor por una broma de estudiantes. Lo creyó de inmediato y me extendió un documento nuevo y cuando poco después cambió la ley argentina gestioné un pasaporte con mi nuevo nombre y un retrato de mi nueva apariencia, tomado en Manhattan.

Por recomendación del editor de Whitman pude trabajar en una pequeña universidad próxima a Long Island. Había apenas ciento cuarenta alumnos que divagaban por distintos cursos. Yo enseñaba español, biología y equitación y a cambio ellos me daban el apartamento, comida en el casino de profesores y la oportunidad de aprender ciertas cosas que para mi nueva vida creía imprescindibles: el box, la esgrima y algo de fútbol, que comenzaba a estar de moda en aquel país. Había sólo quince mujeres en la universidad, todas americanas, feas: eso me obligó a seguir alternando con hombres, aunque desde una posición menos natural y libre que en mi vida anterior. Mis cartas de entonces a Córdoba las firmaba Virginia y no revelé mi novedad para no herir a María Eugenia, que estaba chocha con los hijos de Segura y que «disfrutaba —me escribió— de una felicidad conyugal que era envidia de la mejor sociedad cordobesa».

Tiempo después conocí a una muchacha, hija de un pastor anglicano, y me casé con ella. Pasamos años muy felices y tuvimos un niño que fue aviador durante la Gran Guerra. Nos divorciamos cuando Billy se marchó a West Point, y yo era ciudadano americano. Debía completar mi viaje y Elizabeth era una carga para mis planes. Le dejé una excelente propiedad en Manhattan y nuestra casa de campo con un plantel de caballos de raza que debió despertar la envidia de la sociedad neoyorquina que, lamentablemente, jamás sabrá apreciar los caballos ni los escritores de raza. No sufrió: no era una niña hecha para sufrir al conocerme, y lo que aprendió a mi lado perfeccionó su modo de ser. Como profesora fue un ejemplo en varias universidades de la costa este: enseñaba Lenguas y Gramática Comparada y escribió esos manuales que aún circulan en las bibliografías estadounidenses y que fueron la envidia de los ambientes académicos del noreste.

Poco antes de partir para El Havre recibí carta del hijo mayor de Segura: María Eugenia había muerto del corazón y el viejo doctor había sufrido apoplejía, perdió el habla y se desesperaba por salvarlo de la muerte. Le respondí que toda propiedad que quedase a mi nombre pasaría al Estado si no sabían arreglarse para solucionarlo por su cuenta. Ellos eran funcionarios y como figuraban en el partido del gobierno no han de haber tenido problemas y nunca más volvieron a escribirme.

Europa me sorprendió con su retardo y su sopor cultural. No era el mundo que yo conocí por envíos de embajadas en el ochocientos. En lo tecnológico los americanos los superaban, pues copiando ideas inglesas o germanas las volvían prácticas y accesibles. La sociedad europea se parecía a la sociedad porteña en tiempos del retorno unitario: todo era exterior y se amaba el primer efecto de las cosas. Por eso escribí El efecto de realidad, que tanto me elogiaron Fontenla y los Huidobre.

Eran años difíciles. No había manera de producir dinero honradamente y entonces, por primera vez, supe qué pesado es vivir del propio traba jo. Me empleé como analista de patentes en una oficina de importación de Londres, que dependía de la casa matriz en Francia. Por mi trabajo, debí residir en todas las grandes ciudades europeas llevando una mísera existencia de empleado. En Zúrich perdí el tiempo a la espera de un traslado a París que jamás se produjo. Fueron los días más aburridos de mi vida. Sólo las charlas con un empleado de gobierno que tenía ideas originales sobre el espacio y sobre el tiempo a quien debía visitar cada semana para registrar nuestras patentes, matizaron el tedio. Al quinto año sentí que no podía seguir vegetando, y como no llegaba mi traslado renuncié y me fui por mi cuenta a París con los pocos ahorros que pude salvar de la voracidad de mis amigas.

París era una fiesta que sólo la presencia de tantos argentinos afeaba. Cuando confesaba que yo había sido argentino no me creían: jamás habían visto a un argentino bien educado desde el último viaje de Alberdi. Trabé amistad con algunos de ellos para saber algo de mi país: me anoticiaron que seguía dividido entre unitarios y federales, pero ahora los federales se habían puesto unitarios y los unitarios demócratas. Muy argentino.

Mi nietito menor, que no alcancé a conocer, era entonces una figura muy importante en el país. Pertenecía a la fracción clerical del partido de Pellegrini: para eso debió educarlo mi hijo Diego. Enseñanza del padre, poder inexorable, es sabido.

En París aprendí a pintar y a vivir de los ricos y entendí que mucha de la gente que me rondaba en Buenos Aires y más tarde en Córdoba, había hecho lo mismo conmigo sin que yo lo advirtiese. Pero en París aquello era una profesión reconocida por todos. Viví con una mujer que me empleó para clasificar sus libros y concluyó siendo mi amante, aunque figuré en su plantel de servidores como asesor de protocolo. Mi responsabilidad era la redacción de correspondencia y la organización de sus fiestas semanales. Las cartas las volvía a copiar ella de puño y letra y yo evitaba bajar a sus fiestas hasta que comenzó a concurrir Albert, que en la novela del viejo se llamó Albertine, y a pesar de su avanzada edad, me cautivó por años. Era una personalidad encantadora.

Lo acompañaba a los burdeles a emborracharse. Cuando había bebido dos botellas de champán se dedicaba a jugar con las mujerzuelas mientras yo provocaba discusiones políticas entre los parroquianos beodos que buscaban alguna actividad para no malgastar su dinero en el tedioso amor de aquellas vacas maleducadas. Allí conocí a dreyfusistas y antidreyfusistas y me divertí diciéndoles que yo era judío y que estaba convencido de que Dreyfus era un traidor.

Aprendí yidish, que era muy fácil a partir del alemán —bastaba pronunciarlo mal y con un toque de humillación—, y cultivé la amistad de la elite del ghetto parisino. Los terceristas soñaron que los judíos serían vanguardia intelectual de la revolución de Europa, a partir de esa generalización, a la que son tan afectos los acólitos de Marx, de la experiencia de Trotsky. Así encontré a Lefebvre, a Friedman y a Molinier pronunciando el francés como judíos para dividir la socialdemocracia y repetir el modelo de Petrograd muerto de frío en medio del verano parisino y con Lenin y Trotsky lejos, peleándose por unos miserables rublos.

Me casé con una muchacha húngara, de familia noble, derruida por el opio. Había ensayado una cura con los psiquiatras de Budapest, y llegó a París siguiendo a su psicoanalista. Había abandonado el vicio, pero ahora su vida no tenía sentido. Le conté la mía: tampoco tenía sentido, pero la sobrellevaba mejor. No creyó mi relato pero como fui el único hombre que supo soportar sus crisis y sus intentos de suicidio y no tomaba dinero de la casa, tendía a aceptarlo a su manera.

Murió en 1925. Los vecinos me impidieron mirarla. Se había cortado las venas del cuello con un facón gaucho que nos regaló un cuarteto de tango que pasó dos días en nuestra casa. Dejó una carta muy simple —«Perdón, gracias», decía—, y me legó una carpeta con títulos de la deuda pública de Francia y un prolijo detalle de sus bienes en Hungría. Al parecer yo heredaría la mitad del dinero de su madre y el título de barón, que nunca reclamé. El dinero lo recibí años después cuando cambió el régimen de impuestos húngaro y la inflación había devorado la mejor parte. Conservo en París fotografías de Mussy tomadas por Sorensen, el mejor colorista de Europa: su capacidad para disfrazarse y cambiar identidades en las poses fotográficas está reflejada en este álbum que fue la envidia de la sociedad parisina de la época.

Después de Mussy (se llamaba en realidad Muss Catalina Deasy Alexandra Emily Von Forn de Ujbar) volví a casarme un par de veces con suertes dispares. Una vez, con una inglesa que escribía bien y deseaba componer una novela con mis viajes y aventuras. Cuando leí su manuscrito, redactado con tanto amor, le conté mi verdadera historia, y le probé algunos detalles gracias a las fotos de Signoricci que pude recuperar.

Quería presentar la obra con mi personaje a un concurso de Londres, pero la convencí de que cualquier concurso literario era un contrasentido, una estupidez. Entonces rompió el manuscrito y escribió la historia que ella hubiese vivido en mi lugar, y era excelente, aséptica y moralista, algo tramposa, artificial y prostituida, pero excelente. Casualmente, se llamaba Virginia, como yo antes.

Nuestra relación fue fría e intelectual. No aprendí nada y ella me usó para mirar lo que ninguna inglesa suele ver en el hogar de su marido. Pero fue útil. La avidez y la absoluta incapacidad de asombro me ayudaron a ordenar las ideas. Nos separamos cuando su antiguo marido regresó de la India y telegrafió que «la necesitaba». Nos divorciamos con una fiesta que fue la envidia de la bohemia de Dublín y esa misma noche retorné al continente y lo encontré muerto de miedo a Hitler e imaginando horrores para poner en práctica en la guerra que se preparaba. Entonces fui a Alemania y me empleé como traductor en Berlín. Ciudad vacía: toda la gente de todos los círculos que me puede soportar estaba emigrando o presa. Trabé amistad con el embajador argentino y obtuve nuevos documentos. Él me conectó con el diario Crítica, donde comencé a colaborar. Por la influencia del director del diario perfeccioné mi documentación, con mi nuevo nombre, Juan Carlos, pero con mi apellido original, y el joven emigrado de los Estados Unidos que llevaba el apellido del padre de sus hijos se perdió para siempre en Berlín. Mis notas en Crítica tuvieron éxito pero me relevaron porque me suponían simpatizante de Franco. Franco, Oliveira y Mussolini fueron grandes hombres opacados por la sombra de Hitler, que era un payaso incurable. Un par de veces pude verlo en Berlín y hablar con él por iniciativa de una muchacha que fue secretaria del viejo Hindenburg y trabajaba conmigo. Me pareció muy consciente de su ridiculez, que exacerbaba para demostrar que por entonces era apenas un títere de los junkers. Sus colaboradores y los altos oficiales del Reich eran personas deliciosas y cuando La Derrota me apené por ellos.

Después ironizaba con los ingleses diciendo que sus vidas serían tan dignas como la de un irlandés si Alemania hubiera ganado la guerra. Pero Alemania perdió, y los alemanes, que bien sabían qué hacer si ganaban, sospecharon siempre que perderían esa segunda guerra. Veremos qué ocurrirá en la próxima. Esta vez los ganadores —está a la vista— no saben bien qué es lo que ganaron, creen tener lo que perdieron y planifican conservar lo que nunca existió para recuperar lo que jamás tuvieron: occidentales.

Mi último matrimonio fue diferente. Era una actriz y había practicado con Brecht y Stanislavsky. Ni bella ni inteligente, jamás le interesé, pero conocía o descubrió por azar resortes que aun para mí, estudioso de mis pasiones, permanecían ocultos. Vivimos juntos unos meses en Berlín hasta que perdí mi empleo sospechado de judío. ¡Yo, una señorita de la mejor sociedad del Virreynato del Río de la Plata… Judío! Salimos por Holanda y nos embarcamos a España, donde intenté colaborar con la Reconstrucción. Con mis nuevos amigos presentamos un plan para modificar las relaciones de España con Sud América que interesó al gobierno y a la Falange, pero la Iglesia lo echó todo a perder poniendo obstáculos absurdos. Si España permanecía neutral en la guerra que se vaticinaba inevitable, y jugaba con habilidad con ambos bandos, podía obtener de América los medios para reconstruir rápidamente su economía y ajustarla para el abastecimiento de aquella Europa a punto de estallar. Me comprendieron, pero fracasé. Aprendí entonces que el poder es para quienes desean el poder para probar su delicioso sabor y no para probar una teoría. Me expulsaron de España por los antecedentes de mi mujer o tal vez por ayudar a algunos republicanos a llevar sus pertenencias a Gibraltar. Salimos por Lisboa hacia América.

Helga: tanto tiempo sin teatro había destruido sus nervios. Enloqueció después de una tormenta al cruzar el Ecuador y debimos dejarla en un hospicio en Bahía a cuidado de una organización aliadófila que se hizo cargo de la internación hasta su muerte. No me reconocía, su enfermedad era irreversible y yo no podía quedarme en el trópico para visitar una vez por semana a una bávara que se creía Zarina de Rusia entre negras y pordioseras de cabeza rapada. Murió en 1946. Los aliadófilos me escribieron a Argentina y les respondí con una donación y una carta de gratitud.
No he vuelto a casarme. Algunas veces dormí con personas y he pasado fines de semana en compañías agradables, pero es difícil convivir con gentes en épocas en las que todo es tan explícito, tan previsible. Mi retorno fue conmovedor. Por fortuna no conocía a nadie y preferí mantenerme lejos de la mirada de la sociedad. Hice algunos favores a la policía durante el auge del espionaje alemán y aliado, pero evité compromisos con actividades que siempre llevan a situaciones difíciles de explicar.

Fui celador en un colegio de Quilmes durante doce años. Allí tuve un amor platónico con una profesora de idiomas que había sido asistente de cirugía ocular y conocía mucho de ciencias y lingüística. Era de familia vasca, creo, de madre francesa y nunca le conté mi verdadera historia, aunque la inquietaba mi conocimiento de las genealogías de las buenas familias de Argentina. Viví con sencillez durante años hasta que en 1957 debí alejarme: el celador es sospechado de fracaso y cosecha rencores. Además, era evidente mi situación anómala y muchos reprochaban «no has envejecido…» y lo atribuían a la misoginia, o a una supuesta homosexualidad.

Trabajé después como modelo publicitario, aplicando todo lo que aprendí del arte de la representación con Mussy y Helga. Los estudios de cine y fotografía donde debí posar me recordaban nuestro laboratorio de Córdoba y al genial Signoricci. Mi apellido ya no figuraba en la guía azul, en cambio el de mis hijos se repetía en varias páginas y combinado con otros aparecía quince veces en la lista telefónica.

Tenían todos un mismo código postal y sus domicilios se agrupaban en unas veinte manzanas de los alrededores de la nueva Facultad de Derecho.

Fui periodista entre 1959 y 1968. Idear revistas como artículos de consumo era mi especialidad, y las editoriales me contrataban para eso. Gané buenos dineros con una revista de economía y me retiré a un pequeño campo, a dos horas de Buenos Aires, que fue la envidia de las mejores redacciones porteñas. Siempre escribí, pero ésta es la primera vez que me atrevo a publicar algo en prosa. Espero me vaya un poco mejor que con mi Efecto… que tanto gustó a Alejandra Fontenla y a los Huidobre, como se hacían llamar en París. Los tiempos han cambiado, pero me sigue cautivando el juego con el tiempo, el cambio, la medida, los géneros opuestos y…

Sé que los tiempos cambian, pero me digo a veces: ¿Han los tiempos cambiado? ¿Cambiado han los tiempos? ¿Tiempos los han cambiado? ¿Han cambiado los tiempos? Y entonces vuelvo a ver que por más que una cambie el orden de las palabras y lo repita como un mantra, sentada en posición de loto y oliendo la mirra y el incienso que se queman despacito en un rincón oriental del living, lo único que permanece invariable es el tiempo, marcado por los acentos que golpean las sílabas pares del grupo de siete que, sospecho ahora, nada quieren decir sobre los tiempos. De chica me decían que el arte eleva. En Norteamérica creyeron eso en la época del centenario de la independencia y gastaron fortunas comprando quincallería europea. Aquí todavía hay gente que lo repite y acaba metiéndoselo en la cabeza a los chicos: de ahí salen esos mamarrachos de cine joven, pintura y música experimental. De allí provienen estas cosas literarias que sólo sirven para acelerar el ciclo de la celulosa y estimular la economía humana a expensas del bienestar del pobre árbol. ¿Por qué no somos como un bosque?

1978-1979

(De Cuentos Completos, 2009)

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