Memorias del Populismo I

Por Mariano Molina

“La memoria de una mejor posibilidad de vida no se borró nunca más. Siempre se mantuvo presente. Quizás es uno de los condimentos que con el tiempo se ha transfigurado en un concepto de la política argentina. La lealtad, probablemente, surja a partir de estos hechos, o algo parecido”.

Mi abuelo siempre repetía que gracias a Peròn y Evita sus hijos pudieron estudiar y uno de ellos era profesional. Tratar de discutir la creencia o intentar demostrar veracidades en estas aseveraciones no tienen mucho sentido, aunque no hay quién lo vaya a intentar. Lo cierto es que mi abuelo y abuela vivieron en un conventillo del barrio de Once, en la calle Venezuela, hasta el año 77 o 78. Habían llegado desde Corrientes con esa inmensa masa de inmigrantes desde distintos puntos del país en algún momento de la década del treinta. Obrera y obrero toda la vida, trabajador y trabajadora hasta la jubilación y luego también. Casi semi analfabeto él, criado en el campo, de madre guaraní y de padre vaya a saber quién.

¿Cómo meterse en la cabeza y el corazón de esos dos sujetos con tanta distancia del tiempo? ¿Cómo imaginar que pensamientos tenían en esos finales de años veinte y comienzos del treinta? ¿Que tipo de familia y de vida podían imaginar esos dos futuros cabecitas negra? ¿Podían imaginar un futuro? ¿Podrían soñar para sus hijos -que todavía no habían llegado- un porvenir mejor que sus vidas?

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Participaron del 17 de octubre y alguna militancia sindical. Sus vidas siguieron siendo duras, muy… Inimaginable para quién escribe. El peronismo no significó dejar de levantarse temprano todos los días para ir a trabajar, llegar al atardecer, pelear la cotidiana para ahorrar un manguito y tantas otras vicisitudes. Porqué además, fueron tan sólo unos diez años en la vida. Un poquito más desde que el coronel era ministro de trabajo y un poco menos desde que llegó a la primera presidencia.

Una década en la vida que deja la huella para el resto de los días. Años sin poder soñar nada y sólo un momento en que accedieron a una vida con derechos y posibilidades de cosas tan básicas que -ya se dijo- son muy difíciles de imaginar para quién escribe. Simplemente poder comer todos los días, que tus hijos estudien y no abandonen por necesidades económicas, algun prestamo para la heladera, quizás un terrenito en cuotas en algún rincón del conurbano que te va a llevar la vida construir, algunas vacaciones y la posibilidad cierta de vivenciar una vida más digna, incluso en el conventillo.

Esa década cambió para siempre sus vidas y sus expectativas. Vivir mejor había sido cierto. No sin esfuerzo, pero una realidad concreta, inimaginable en esa niñez y adolescencia de la ruralidad correntina en condiciones que ya no tiene sentido volver a describir…

Una década nomás. Una historia que se puede repetir en miles y millones. La memoria de una mejor posibilidad de vida no se borró nunca más. Siempre se mantuvo presente. Quizás es uno de los condimentos que con el tiempo se ha transfigurado en un concepto de la política argentina. La lealtad, probablemente, surja a partir de estos hechos, o algo parecido.

Quienes nacimos entre los años setenta y ochenta, escuchamos hasta el cansancio los relatos de esas memorias populistas. Nosotros niños o adolescentes, nuestros antecesores padres, tíos o abuelos, memoriosos de aquellos tiempos, enunciaban historias y leyendas, incluidos conflictos y peleas. Todo parecía leyenda lejana, utopías perdidas en los rincones, que sobrevivían a tientas. Siempre una comida familiar, un cumpleaños eran motivo válido para llamar al presente esas memorias de antaño.

En los años noventa Leonardo Favio, el gran cineasta y artista peronista, terminaba su monumental obra Perón. Sinfonía del sentimiento. Durante esos días algún periodista -probablemente con algo de cinismo- le dijo que el peronismo, en su documental, era un proceso clausurado. Y él responde serenamente, conociendo la potencia de esas memorias, “Ahora se está dando en villas… así que no es el criterio. Es para recordarle a la gente sus derechos y que a partir de ahí empiecen a exigir… de alguna manera va a resurgir, aunque se denomine con otro nombre…” [1]. Otros formatos para las memorias del populismo que no terminaba de morir después de medio siglo. Eran tiempos de una crisis que llevará al país al colapso. La evocación que realizaba Favio parecían historias de escuela primaria. Sin embargo, siempre alguna musa inspiradora las traía al presente.

Tiempos duros y una generación que empezaba a pretender hacer algo en la vida política en esos años. ¿Cómo interpelar esa memoria populista tan lejana? ¿Cómo creer que era cierto que se podía vivir mejor? ¿Por qué tener esperanza sobre una mejor forma de vida si nada del presente auguraba bienestar? Pero las memorias populistas no mueren, transcurren incomodamente de generación en generación. Se sucede en forma tumultuosa, incompleta, romantica. Paradojas de la vida. Mi abuelo, el peronista, el negro, el cabecita negra, el inmigrante, el de sangre guaraní, murió horas antes de que Néstor Kirchner asuma como presidente…

1 – Fragmento del libro Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución. Editorial Las Cuarenta (2017)

 

Agencia Paco Urondo

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