Memorias del Populismo II

Por Mariano Molina

“Una organización es fácil de identificar y satanizar. Lo hemos visto a través de la historia. Pero una memoria dispersa, poco organizada y con fuerza es compleja, difícil de identificar y atrapar. Los viejos recuerdos que los pueblos se arropan en infinitos rincones”.

Un amigo. Escuela secundaria. Vive en el primer cordón del conurbano, pero tiene y tendrá innumerables mudanzas. Un destino como el de miles de inquilinos, que salvo la ayuda familiar o un populista plan de vivienda, difícilmente se conviertan en propietarios. Un año nos abandona. Hay que trabajar y se cambia al turno de la noche. La franja horaria donde van los grandes o los que -precisamente- necesitan emplearse, aunque sean adolescentes. Continúa la amistad.

Con el tiempo se recibe y comienza un oficio. Es electricista. El verano también era temporada laboral. Entre la adolescencia y la juventud sólo se fue de vacaciones en una travesía que hicimos por el norte, Bolivia, Perú y Chile. Quizás la impronta familiar era armarse de un oficio para vivir (o sobrevivir). No lo sé. Pero todos trabajaban en su familia. Fue vendedor de libros, juguetes, muebles. Pero es electricista. Creo que su cuerpo le recuerda que viene laburando desde hace mucho tiempo.

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Por algún día del año 2013 una comida con amigos, una picada en un bar del barrio, trae una afirmación a la mesa: “Yo siempre trabajé diez, doce o más horas por día. Siempre… Nunca menos. Siempre tuve que pagar deudas. Ahora trabajo lo mismo, pero puedo ir a comer afuera o quizás irme una o dos semanas de vacaciones y un fin de semana a algún lado”. Willy va construyendo su propia memoria populista, aunque no fije atención en ese detalle. No le interesa mucho hablar de política. Nunca lo motivó demasiado, aunque no es un ignorante ni una persona sin sensibilidad para mirar alrededor. Pero lo motivan otras cosas. Puede estar horas hablando de música, heavy metal, energías renovables y otras cuestiones. Pero una charla política probablemente, antes y ahora, lo aburra al poco rato de transcurrida.

Nuevamente la posibilidad de vivenciar un vida más digna. Impensable hace poco tiempo atrás. Y nuevamente un reconocimiento a las condiciones que dieron lugar. Está vez un poco más de una década. No mucho más…

Todavía no sé bien qué significa la palabra populismo. Ya no sé si quiero saberlo en detalle. Se utiliza como desprendimiento de la palabra popular con un dejo de desprecio. Al menos ese sentido le dan sus detractores, enemigos de lo popular que utilizan la palabra como un desajuste, una utilización demagógica, un mote para desprestigiar logros. No es intención un tratado alrededor del significado de la palabra populismo. Vamos a tomarla sin tantos prejuicios. Asumir el populismo cómo asumimos el populacho, el sudaca, la negrada, lo bárbaro o lo inculto. Incluso, sin mucho más espíritu que darle un resignificado para que siga siendo una molestia para sus detractores.

Volvamos a lo que nos llama. Las memorias populistas, a veces cercanas, a veces un poco sepias, que nunca dejan de aparecer en diversos formatos y tradiciones. Por estos tiempos asistimos a una feroz persecución a líderes opositores en sudamérica. Especialmente Brasil y Argentina. En el país hermano se consumó un golpe de estado y se está produciendo la proscripción política del líder político más importante, en la nación más grande de la región. En Argentina, la ex presidenta está procesada y se debate en los círculos de poder si es viable -políticamente- encarcelarla. Buscan que salga de la vida política de hecho o de facto. Desde el regreso de la democracia ningún dirigente político sufrió tantos ataques del poder real. Probablemente lo mismo suceda con Lula. Y sin embargo mantienen extraordinarios apoyos populares en cada una de sus sociedades.

¿Alguien se pregunta por las causas profundas esa identificación? ¿Alguien se pregunta por el cariño que estos dirigentes expresan? Esas memorias populistas pueden explicar mucho. El auténtico poder, que no es un funcionario de turno ni un periodista influyente en horario central de la TV, sabe que el apoyo y la memoria son reales. Por eso sus reacciones son tan virulentas. Porque la memoria populista no permanece arrinconada solamente en la militancia organizada, sino transcurre en muchedumbres más o menos dispersas según la época, almas más o menos comprometidas según las situaciones particulares. Ese es uno de los problemas del poder real. Una organización es fácil de identificar y satanizar. Lo hemos visto a través de la historia. Pero una memoria dispersa, poco organizada y con fuerza es compleja, difícil de identificar y atrapar. Los viejos recuerdos que los pueblos se arropan en infinitos rincones.

Esa memoria populista es vital. No existe por efecto de redes sociales o propagandas mediáticas. Su canal de distribución son las conversaciones, encuentros, actos políticos, algo de esa comunicación que producen las nuevas tecnologías y el viejo de boca en boca que se transmite por generaciones. Fundamentalmente es una memoria del cuerpo, la propia existencia, los anhelos cumplidos, los logros imposibles y realizados. Cosas simples. Unas vacaciones en familia, la universidad, un televisor, un auto en cuotas o la posibilidad de invitar amigos a un asado sin necesidad de realizar una recaudación colectiva.

Y es por su fortaleza que se producen los enormes aparatos de propaganda que vivenciamos en estos tiempos. Entonces, ya no alcanza con la cárcel, prohibiciones, mentiras o difamaciones. El objetivo de la época es producir una amnesia colectiva, algo que pueda olvidarlo de una vez y para siempre. Hay que negar la mejor calidad de vida, creer que eso no se merecía, que en realidad era un espejismo, una mentira, un juego de virtualidades. No existe el derecho ni los derechos. Doble acción sobre las subjetividades. Olvido y mentiras. Lo que viviste no es cierto, aunque vos pienses que ha sido cierto. Y además, vos lo sabes bien, tu destino siempre ha sido otro.

Así la acción del Complejo Mediático-Económico-Tecnológico que interviene en las subjetividades contemporáneas. No es la simple propaganda agitando el terror populista en modo retro al terror del comunismo, sino la intervención en la vida diaria de un discurso que pueda generar apatías, enojos, indiferencias e individualismo. El objetivo final son nuevas generaciones descreyendo de la acción política como herramienta de transformación colectiva. Una versión 2.0 del “que se vayan todos”. Ese es un peligro real que no se puede ignorar. Habrá que reconfigurar estrategias. El andamiaje comunicacional seguirá con sus fábulas y mintiendo en cada rincón de tu existencia. Insistirá en hacerte creer que vos no viviste lo que viviste, que vos no sos lo que sos. Porque lo que sucedió en estos años, a diferencia de esos lejanos noventa, es que las memorias populistas no son cuentos o leyendas familiares, sino experiencia de nuestras biografías.

Esos tiempos populistas no fue tocar el cielo con las manos, ni se transitaron sin contradicciones. Aunque siempre es bueno recordar que la vara para medir la posibilidad de tocar el cielo con las manos, depende de quién la utilice. Porque si nunca imaginaste un hijo que estudie -al igual que esos cabecitas negras de los años treinta- la posibilidad cierta de lograrlo adquiere dimensiones que sólo pueden describir quienes transitan esa experiencia. Lo mismo sucede con el que pudo acceder a las cuatro comidas diarias o la dignidad de un crédito procrear, cambiar una letrina por baño, obtener a una jubilación después de una vida de trabajo en negro o poder decidir quedarte con los tuyos y no emigrar. Fue durante esos tiempos que se pensaron otras formas de país, incluso más allá de los propios límites de nuestros populismos. Muy poco o la vida misma, según desde dónde se observe.

Ayer eran otros nombres que seguimos recordando. Hoy se resumen en Lula y Cristina. Un obrero que nació condenado. Una joven estudiante de clase media que en algún momento de su vida no acepto el pack que tenía destinado. Un país y en un continente. Nombres que sobreviven y perduran en el tiempo. Sutil diferencia con los que pululan mediáticamente, que se olvidaran en la brevedad de la historia. Decir Lula o Cristina va a seguir siendo un código indivisible, una imagen y un concepto se harán presentes casi al instante. Es que la memoria -también- se representa en símbolos y nombres. No es ignorancia. No es ingenuidad. En esos nombres, hoy o mañana, se simboliza la posibilidad cierta de una vida mejor, un anhelo de justicia social que viene desde lejos y que silenciosas multitudes no se resignan a entregar. Memorias que se representan en tantas historias familiares y de amigos. Recuerdos vitales y desordenados que siguen transmitiendo las memorias del populismo.

Agencia Paco Urondo

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