Messi y la injusticia alimentaria

Por Silvana Melo

(APe).- Chupar una naranja o masticar una zanahoria pueden encarnar una fatalidad sistémica: raíz o fruto, los alimentos de la naturaleza llegan envenenados a la mesa de los días. Cambiar en los tentempié de los niños snacks por tomates implica cambiar grasas saturadas por endosulfán. A diez días del Mundial de la Plaza Roja, los niños se calzan la diez de Messi en los potreros. Mueren por comer lo que Messi publicita. Pero jamás tendrían acceso a lo que Messi come: frutas y verduras sin pesticidas, aceite de oliva, semillas, frutos secos. Sí se llenan la panza de papas fritas baratas, gaseosas excedidas en sodio y azúcar, hidratos de carbono sin nutrientes y naranjas plagadas de insecticidas. Cambiar el tentempié de un niño de snacks a tomate sería reemplazar grasas hipersaturadas por endosulfán. Messi puede tener un nutricionista italiano que le marque un norte saludable. Los pibes que sueñan la gloria en los potreros del conurbano, de Santiago del Estero o del gran La Plata se enjugan las rodillas raspadas con algodón con glifosato. Y mastican zanahorias con clorpirifós. No saldrán Messis de los baldíos de Salta o de José León Suárez.

Exactamente un mes antes del comienzo oficial del Mundial en Rusia, Lionel Messi abandonó Barcelona para hacer un viaje relámpago a Italia: allí tiene su consultorio el nutricionista que le cambió los hábitos alimentarios y el metabolismo y, de esa manera, acabó con los vómitos en medio de los partidos y las lesiones recurrentes. Uno de los alimentos en capilla es el azúcar, presente aluvionalmente en golosinas y bebidas que consumen los chicos cotidianamente y que Messi ha contribuido a difundir con las publicidades que protagoniza. Dueño de una de las contradicciones propias de la Argentina, se alimenta en forma saludable pero publicita snacks y gaseosas nocivas para la salud de los chicos y que propician la obesidad infantil. De la misma manera que el Gobierno argentino denunció que el país es uno de los mayores consumidores de azúcar del continente pero se echó atrás con el aumento tributario a las bebidas azucaradas por presión de la Coca Cola.

El nutricionista Giuliano Poser, sostiene la dieta personalizada de Messi desde 2014. “Eliminó la comida procesada y la reemplazó por comidas ricas en vitaminas, cereales, verduras, pescado y aceite de oliva”, explicó Poser, que también destacó que “dejó de tomar gaseosas (sólo agua) y redujo el consumo de azúcar y carnes rojas”. Sin embargo, desde masivas publicidades Lionel sigue recomendando las papas Lays y energizándose con la latita de Pepsi, endulzada con el equivalente a 13 cucharaditas de azúcar.

Políticas

La Pepsi, uno de sus espónsores principales, generó hace pocos años el adjetivo “inmessionante” como parte de la estrategia publicitaria. Vocablo incluido por el diccionario de la RAE en 2013. Hasta esas alturas llega el poder de las empresas productoras de alimentos ultraprocesados que generan sabor y necesidad de consumir ese sabor ilimitadamente.

Sin embargo, los chicos y las chicas de sectores populares generalmente no acceden a alimentos naturales y saludables (son muy caros) y ni siquiera a las Lays ni a la Pepsi: a veces están a mano sólo los snacks de tercera calidad, llenos de grasas, colorantes, saborizantes químicos y venenos varios. Y/o la Manaos u otra variante de bebida cola de similar deterioro cualitativo.

La alimentación –cuantitativa y cualitativa- es una decisión de la salud pública. La soberanía alimentaria es profundamente política.

El médico italiano delineó la base de la alimentación del Diez: “agua, un buen aceite de oliva, cereales integrales y frutas y verduras frescas biológicas, o sea no contaminadas con pesticidas, herbicidas y demás, porque eso hace mucho daño al organismo. También son muy buenos los frutos secos y las semillas”.

Por eso los chicos de los sectores populares, cuyos padres nunca podrían pagar un nutricionista como el de Messi ni la obra social –si es que forman parte de la elite que todavía disfruta de una- le cubriría la visita, tampoco pueden comer como él. Porque lo saludable, lo natural, lo orgánico, es costoso. Las frutas y verduras sin agrotóxicos casi no existen en el país. Si se consiguen, es a precio de oro. El aceite de oliva, las almendras, las nueces, son artículos suntuarios en la mesa popular. Entonces el 31 por ciento de los chicos (cifras de Unicef) es gordo o corre riesgos de serlo, es diabético o lo será, tiene el colesterol malo alto o se le subirá cualquier día.

Patricio Eleisegui publica en IProfesional (*) que el 39 por ciento de las frutas y verduras analizados tiene “un nivel de residuos tan elevado que vuelve a cada variedad un alimento inadecuado para el consumo”. Entre otros agrotóxicos, se detectó clorpirifós, “uno de los plaguicidas organofosforados más utilizados en la agricultura de la Argentina: Dow, su desarrolladora, fue multada en 1995 y 2003 por ocultar casi 250 casos de intoxicación con ese agroquímico sólo en los Estados Unidos y continuar publicitando al insecticida como producto seguro” (Sic Eleisegui).

Otro veneno aparecido es el endosulfán. Prohibido desde 2013 (después de la muerte de Nicolás Arévalo, cuatro años, en los tomatales de Lavalle) pero impunemente utilizado hasta hoy.

La alimentación no adecuada le produjo a Messi once lesiones musculares entre 2006 y 2013 y vomitaba antes de cada partido, replicado por millones de pantallas en todo el mundo. La alimentación deficiente –que él mismo, contradictoriamente, sugiere a sus fans- genera obesidad infantil, diabetes, alteraciones metabólicas y un crecimiento con altibajos.

A Messi el nutricionista italiano le restringió al máximo el azúcar. Principal componente de gaseosas y jugos que, “según el tamaño del vaso, (pueden incorporar) entre 500 y mil calorías. Por eso son señalados hace ya varios años como los mayores responsables de la obesidad que carga al planeta”. Con estrategias que cargan las bebidas de sodio para generar sed y le triplican el azúcar para ocultar la sal, las transnacionales dominan el mercado alimentario. Es decir, dominan el mundo.

Por eso la soberanía alimentaria es una cuestión profundamente política. Y la dieta de Messi, un tema de salud pública.

Azúcar soberana

El 1 de marzo de este año Mauricio Macri abrió las sesiones ordinarias del Congreso y, en su discurso, se mostró preocupado porque “somos el país con mayor obesidad infantil de América Latina y uno de los cuatro países que más azúcar consumen en el mundo. Uno de cada tres chicos tiene obesidad infantil. Estamos trabajando para que tengan alimentos más saludables”.

Entre otras medidas, le quitó las retenciones a la exportación de alimentos orgánicos. Por lo tanto, cuestan oro en la Argentina pero se exportan con fluidez. Es decir, se vende hacia afuera lo sano, se consume en el mercado interno lo tóxico. El informe platense –dice Eleisegui- muestra claremente “que los productos que se comercializan hacia otros mercados ostentan parámetros de residuos hasta 7 veces menores a los hallados en la producción que hoy se ofrece en verdulerías”.

El Gobierno además dio marcha atrás con el aumento en los impuestos a las bebidas azucaradas, que era un aporte directo a la salud. Con sólo bajar un 10% el consumo –lo que se hubiera logrado con la suba impositiva- podrían prevenirse unos 13.385 casos de diabetes y cerca de 4.000 eventos cardíacos y cerebrovasculares. Lo dice un estudio del Cedes, unidad asociada al Conicet.

La Fundación Interamericana del Corazón (FIC Argentina) realizó una investigación sobre 184 bebidas azucaradas con el objetivo de conocer el contenido de azúcar: una botella de medio litro aporta un promedio de 65 gramos de azúcar, unas trece cucharaditas. La OMS sugiere que un ser humano no debe consumir más de 10 cucharaditas diarias de azúcar agregada. Una lata de Pepsi publicitada por Messi supera ampliamente la porción de todo un día.

Sin embargo, en diciembre pasado la urgencia por aprobar la reforma previsional llevó al Gobierno a una de las tantas contradicciones que asuelan a la política: necesitado de la voluntad de los gobernadores, cedió y dio marcha atrás con el tributo a las bebidas azucaradas, por pedido del gobernador de Tucumán Juan Manzur. El mismo que fue ministro de Salud de CFK (ministro de Salud, sí). El meollo está en la producción de limón que Tucumán le vende a la Coca Cola, que la Coca Cola amenazó con dejar de comprar si avanzaba la presión tributaria y por la que Manzur amenazó con no votar la reforma si perdía la venta limonera.

Los negocios no tienen ideología ni mirada humana ni ministerios saludables que se le planten.

Por eso la soberanía alimentaria es profundamente política.

(*) El trabajo estuvo a cargo de científicos del Centro de Investigaciones del Medio Ambiente (CIM) -dependiente de la Universidad de La Plata-, el Espacio Multidisciplinario de Interacción Socioambiental (EMISA), y el CONICET.

 

Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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