Mi chica con vaqueros ajustados

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por William Boyd

Me gustaría dejar clara una cosa antes de contar mi historia. No quiero que crean que porque no me he casado hay alguna clase de… de problema entre el sexo femenino y yo. Lo cierto es que podría haberme casado con varias chicas si hubiera querido, pero no quise, eso es todo. Fue a causa de mi salud, ¿comprenden? No tengo una constitución fuerte y en gran medida por esa razón decidí, una vez que murió mi querida madre, quedarme soltero.

Mi madre me dejó una pequeña herencia junto con la casa. Vivo tranquila y frugalmente en ella. Tengo varios proyectos a los cuales me dedico actualmente y que ocupan buena parte de mi tiempo. También soy un gran lector, y uno de los lujos de no tener que trabajar para vivir es que puedo entregarme plenamente a mi pasión por la lectura. Últimamente, sin embargo, me he cansado un poco de los libros y durante el último año o cosa así no he leído más que revistas. Estoy suscrito a treinta y ocho revistas y compro muchas otras de un modo casual y esporádico. Leo toda clase de revistas excepto las políticas; me gustan las ilustraciones alegres y brillantes y he llegado progresivamente a compartir la opinión de que las revistas son, en realidad, más imaginativas que muchas novelas. El mundo de las revistas de papel satinado tiene más atractivo para mí que las sucias tragedias realistas que pasan por literatura hoy en día.

Todos los inviernos dejo mi casa, la cierro y corto el agua y la electricidad. Paso los meses de invierno en un pequeño pueblo de la costa que está unas millas más allá de San Luis Obispo, en el norte de California. Hago que me envíen todas mis revistas allí. Es una vida tranquila, pero barata y necesaria para mi salud. A lo largo de los años he llegado a conocer a la mayoría de los habitantes, pero no son gente muy sociable y encuentro que muy pocos tienen algo que decir.

Este último invierno había sido malo para mí. Mi presupuesto, debido al fracaso de uno de mis proyectos, era más bajo que nunca y mi estilo de vida se vio consecuentemente reducido. Había estado crónicamente deprimido durante la mayor parte de enero y febrero y de no haber sido por la llegada regular de mis revistas con su gente feliz y sonriente en ese mundo de colores primarios, estoy seguro de que habría hecho algo drástico. Sin embargo, al acercarse la primavera mi espíritu se reanimó y empecé a sentirme un poco mejor.

Luego llegó ella —una primavera moderna— y el soñoliento pueblo pareció responder a su excitante presencia. Empecé a pensar en ella posesivamente como «mi chica». Era decididamente mi tipo de chica. Mi chica con vaqueros ajustados, la llamaba yo. Era únicamente una fantasía mía, nunca reuní el valor necesario para presentarme. La veía todos los días desde mi habitación y pronto empecé a sentir que de alguna manera había llegado a conocerla, que había penetrado en lo que creo que es una personalidad rara y notable.

Es guapa, además. El pelo rubio limpio y despeinado, una impecable camiseta blanca corta que deja ver un espacio de vientre color caramelo adornado por el hoyuelo del ombligo entre el borde de la misma y los vaqueros ajustados azul oscuro. Esos vaqueros estrechos de largas piernas.

Me hace sentirme bien pensar en ella como mi chica. Por alguna razón siempre lleva el mismo conjunto, pero siempre está fresco y recién lavado. Es la persona más auténticamente relajada que he conocido: sus ojos irradian una asombrosa serenidad. También me he fijado en que nunca lleva sujetador y el fino tejido de su camiseta se adapta a sus pechos.

Mi habitación es pequeña pero la mantengo ordenada. Hay una cocinita eléctrica y una pila en el rincón pero no cocino mucho porque detesto el olor que deja. Mi habitación está en el último piso de un viejo edificio frente al mar. Tiene dos ventanas y desde una de ellas tengo una buena vista del océano y la costa. En este pueblo solo hay dos cafés abiertos durante el invierno y divido mis comidas más o menos equitativamente entre los dos; no deseo parecer difícil ni ofender a nadie. En realidad prefiero el Del Mar, pero no quiero enemistarme con el viejo Luke, que dirige el Luke’n’Loretta’s. Está casi ciego, pero hablamos mucho y me agrada el viejo. No quiero decírselo, pero, a medida que su vista ha ido empeorando, lo mismo le ha ocurrido a su local. Hoy en día deja casi todo en manos de su hermana Loretta. Ella es una puta gorda y teñida de rojo que vive en una caravana en la parte de atrás del café. Por cinco dólares te hace allí una paja. Créanme, no vale la pena. Por alguna razón, sin embargo, me tiene simpatía; me ha invitado un par de veces a tomar una copa después de cerrar. Pero desde que llegó la chica de los vaqueros ajustados yo me he mantenido alejado. Ayer Loretta me negó el saludo en la calle, así que he pensado que será mejor que vuelva, solo para mantener la paz.

El primer estímulo de la primavera estaba en el aire esta mañana cuando me dirigí a Luke’s para desayunar. Un sol acuoso caldeaba la brisa marina, el día era suave, con un cielo azul claro. Sin embargo, cualquier alegría que sintiera se disipó al llegar al Luke’s. No había ni rastro del viejo y el lugar parecía un auténtico retrete. Me senté en mi mesa de costumbre y esperé a que Loretta viniese a limpiarla. Estaba cubierta de café derramado, el cenicero lleno de colillas y alguien había apagado un puro en un plato a medio comer de tortitas con jarabe. Loreta llevaba una blusa hawaiana suelta y pantalones elásticos en honor del tiempo clemente. Se sentó a charlar y me ofreció uno de los cigarrillos mentolados que fuma sin cesar, así que supuse que ya me había perdonado. Entonces se inclinó justo delante de mí mientras limpiaba la mesa, de modo que pude ver bien sus pesados pechos. Pedí un té caliente, sin leche, con una rodaja de limón.

Puede que hiciese más calor fuera, pero Loretta no estaba dispuesta a correr ningún riesgo. Todas las ventanas estaban cerradas a cal y canto y una película de vaho y grasa oscurecía cualquier vista de la playa.

Oí que un coche se detenía. Limpié el cristal y miré hacia la calle. Era un descapotable muy baqueteado en el que iban tres tipos. Se bajaron y se estiraron, frotándose las nalgas y mirando a su alrededor. Eran jóvenes; dos blancos y un hispano. Había uno delgado con un bigote de macarra y otro de labios gruesos y pelo negro con los brazos extrañamente blancos tatuados. Llevaban ropa vieja y achulada.

Este es un pueblo tranquilo y confié en que estuvieran solamente de paso. Pero justo entonces salió el sol de detrás de unas nubes y por el rabillo del ojo vi su resplandor sobre la camiseta blanca de la chica. Era la primera vez que la veía ese día y limpié más el cristal para verla mejor. Pero ellos también la habían visto y se miraron y se rieron de esa forma furtiva, mostrando los dientes, en que lo hacen los hombres cuando están en grupo. Uno de ellos dobló el brazo e hizo algo con los dedos mientras que el de los labios gruesos se llevaba las manos a la bragueta y gemía. Todos se rieron de nuevo.

Sentí que mi cara enrojecía y el corazón me latía en las sienes. Cuando puse la taza sobre el plato hubo un repiqueteo de porcelana. Me asquean estos tipos de mierda. Degenerados de ciudad, recorriendo la costa en un coche farden en busca de emociones baratas.

Pasé el resto del día en mi cuarto leyendo mis revistas. Más tarde traté de dormir pero tenía un fuerte dolor de cabeza. Por la tarde me di una ducha larga. Eso hizo que me sintiera un poco mejor.

Al atardecer fui a un pequeño supermercado donde a veces compro provisiones cuando no tengo ganas de salir a comer. Iba a coger una lata de sopa de almejas cuando vi a la chica a través del escaparate. Me sorprendió un poco. Generalmente nunca consigo verla a esas horas, y siempre me había preguntado dónde iba. Pero esta noche era evidente; sus ojos miraban al mar, sus pasos largos la llevaban decididamente a la playa.

La sopa de almejas sabía a tierra. No podía quitarme el sabor de la boca, así que bebí un vaso o dos de whisky de centeno. Abrí la ventana que me proporciona una vista del mar y me senté en el alféizar mirando hacia las aguas oscurecidas. En la playa, bastante más lejos, vi el resplandor de una hoguera y supe enseguida que era allí donde estaba la chica, sola. Tal vez se había cocinado algo y ahora estaba disfrutando de la paz y la absoluta soledad. Luego me la imaginé quitándose la ropa, su cuerpo bronceado con las marcas blancas del biquini, tal vez, más pálidas en la penumbra, la brisa tensando sus pezones color nuez, el frescor del agua cuando las olas rompían contra sus muslos dorados…

Pero luego me distrajo el ruido de unas risas roncas en la calle. Los tres jóvenes, medio borrachos, salían de la tienda de bebidas llevando paquetes de seis cervezas y una botella de vino. Con una extraña sensación de creciente premonición les vi reír y bromear durante un rato en la calle. Luego uno de ellos dijo:

—Eh, mirad. Una hoguera.

Y, con silbidos y gritos, echaron a correr por el paseo de tablas, heroicos gracias a la cerveza, saltando alegremente a la arena y caminando por la playa en dirección a mi chica.

Durante un instante oí mi corazón retumbar dentro del cráneo y mis globos oculares parecían hincharse al ritmo de sus latidos. Con el índice me enjugué unas gotas de sudor del labio superior. ¡Hijos de puta! ¡ESCORIA, BASURA, CERDOS! Vi unos dedos regordetes y manchados tocando el pelo color maíz, unos brazos espectrales tatuados rodeando su cuerpo esbelto y tostado, una lengua indagatoria entre unos labios gruesos, jóvenes barbas sobre la piel suave. Ella vendría chorreando de la rompiente, saliendo silenciosamente del mar verde, su cuerpo indistinto y misterioso, y se encontraría con un horror lascivo y ebrio esperándola en torno a su hoguera.

Sentí el fuerte sabor del vómito en la garganta, porque estaba casi enfermo a causa del miedo y la ansiedad desesperados mientras hurgaba en mi escritorio en busca de la pistola, una vieja pistola policial. Estaba enfermo por las locas visiones de la fabulosa lujuria de unos gamberros de pesadilla, por las terribles imágenes de sueños sexuales desviados, repulsivamente puestos en práctica allí en la playa solitaria.

Me acerqué a ellos por detrás cruzando las dunas, mis pies silenciosos sobre la arena. Los tres estaban sentados alrededor del fuego, borrachos. Uno de ellos cantaba por lo bajo para sí. Las latas de cerveza desechadas estaban tiradas como casquillos de bala alrededor del emplazamiento de una ametralladora. No había ni rastro de la chica.

Oyeron el mido de mis pasos cuando crucé la franja de cantos rodados que había más arriba de la señal de la marea alta.

—Eh, tío —dijo el de los labios gruesos—. ¿Qué haces por aquí? Tómate un trago. Luis, dale…

Entonces vio la pistola. Su mandíbula se aflojó mientras su cerebro aturdido por la cerveza trataba de asimilar lo que ocurría.

—Venga, hombre, ¿qué pasa?

Había una sonrisa de incredulidad en su cara. Los otros dos empezaron a retroceder lentamente apartándose de mí.

—¿Dónde está ella? —dije, la voz temblorosa por la ira y el asco. Levanté los ojos buscando las huellas de una tumba poco profunda, esperando a medias ver su cuerpo violado arrojado a la playa por las olas.

—¿Qué habéis hecho con ella, cerdos? ¿Dónde está? ¿Dónde la habéis puesto?

Él se levantó vacilante, una sonrisa incierta en la cara. Miró a sus amigos en busca de apoyo.

—¿Quién, tío? —preguntó, encogiéndose de hombros—. Por Dios santo, ¿quién?

—¡Mi chica! —le grité, enfurecido por sus débiles intentos de afirmar su inocencia—. Mi dulce chica, hijo de puta.

—No hemos visto a ninguna maldita chica, tío —me gritó él, arcos de saliva saliendo de sus labios.

Las olas parecían estrellarse dentro de mi cabeza mientras apuntaba a su entrepierna enfundada en unos vaqueros y apretaba el gatillo. Fallé, pero la bala le arrancó un pedazo de muslo, que soltó unas salpicaduras de color rojo vivo a la luz del fuego. Chilló de dolor y cayó al suelo.

Cuando el sonido de las olas y el eco del disparo habían disminuido oí el ruido de los cantos producido por sus amigos que huían a la carrera.

El de los labios gruesos se estaba arrastrando penosamente por la arena hacia el mar. Una pernera de sus vaqueros estaba empapada y dejaba un rastro como una babosa. Él soltaba pequeños gemidos.

—Te daré una última oportunidad —le grité—. Dime dónde está.

Él no contestó.

Me guardé la pistola y cogí un pedazo de madera aproximadamente del tamaño de un bate de béisbol. Lo sopesé en la mano, balanceándolo suavemente en el aire para agarrarlo bien. Luego bajé por la playa hacia donde estaba el de los labios gruesos y con cinco o seis golpes firmes le aplasté la cabeza contra la arena mojada en el borde de la rompiente. La espuma se puso rosa como un batido de fresa.

Una vez hecho esto, lo empujé adentro. La marea estaba menguando y pasaría un par de días antes de que el mar lo arrojara de nuevo a la playa.

Luego me quedé de pie en la playa y grité hacia las olas por si acaso ella estuviera allí.

—No hay peligro —grité—. Puedes salir. Ya se han ido.

Pero ella nunca apareció.

Cuando me desperté a la mañana siguiente supe instintivamente que ella se había ido para siempre y por un momento sentí la tristeza de su desaparición intensamente.

Me acerqué a la ventana, la abrí y respiré hondo unas cuantas veces. Al otro lado de la calle un hombre estaba trabajando en una valla anunciadora. Distraído, empecé a admirar la forma en que manejaba los enormes y engorrosos pliegues de papel, su destreza al extender las hojas con tanta exactitud y tan poco esfuerzo, la precisión con la que manipulaba el largo cepillo empapado. A medida que el nuevo anuncio tomaba forma, me di cuenta de
que estaba olvidando a la chica, con su camiseta imposiblemente blanca y sus vaqueros absurdamente ajustados.

Me quedé de pie junto a la ventana un rato, simplemente mirando.

Sí, pensé. Sí. Decididamente es mi tipo de bebida. Suave, con el verdadero color tostado y luminoso…

(De: En resumidas cuentas, 1993. Traducción: Maribel de Juan)

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