Milagro y el desarrollo capitalista

El gatomacrismo, último avatar del sector gorila del sistema político argentino

Por Enrique Aschieri

Ghana y Costa de Marfil anunciaron que se están asociando para elevar los precios del cacao (Washington Post, 02/07/2019). Ambos países se han comprometido a sostener un precio mínimo de 2.600 dólares por tonelada (aproximadamente un 10% por encima del precio actual global) a partir de la temporada 2020-2021. Entre los dos suministran alrededor del 60% del cacao del mundo. La industria mundial del chocolate factura aproximadamente 100.000 millones de dólares al año. Aunque el sector genera entre 10 y 20.000 millones de dólares en ganancias anuales, la familia promedio de agricultores africanos allí gana tan poco como 2.400 dólares anuales. La coalición del cacao ha sido apodada «cacao-PEC» (como la OPEC, pero para el cacao). Con el acuerdo de precios, Ghana y Costa de Marfil —además de aumentar los ingresos de sus agricultores— esperan limitar el trabajo infantil. El Post cita un informe del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos de 2015, en el que se calcula que más de 2 millones de chicos realizaban trabajos peligrosos en las regiones productoras de cacao de África Occidental. Los críticos del plan se muestran escépticos acerca de cómo exactamente un precio mínimo aliviaría la pobreza generalizada. Las corporaciones chocolateras están procediendo con cautela. Aún así, algunos consideran que el precio mínimo es un sólido primer paso. China mediante, la demanda mundial de chocolate va en ascenso.

En la Monthly Review (01/05/2019) Intan Suwandi, R. Jamil Jonna y John Bellamy Foster examinan las “Cadenas Globales de Materias Primas y el Nuevo Imperialismo”. Esas cadenas globales «se pueden ver como espacios globales integrados, creados por grupos financieros con actividades manufactureras. Dichos espacios son globales, ya que abren un horizonte estratégico para aumentar el valor del capital que se extiende más allá de las fronteras nacionales y socava las regulaciones nacionales”, dicen. Los autores verifican que “la participación de los países en tales cadenas primarias globales tiene un profundo impacto en el trabajo. Esto se puede ver en el rápido aumento en el número de empleos relacionados con las cadenas primarias globales, de 296 millones de trabajadores en 1995 a 453 millones en 2013. Este crecimiento en la producción de cadenas primarias se concentra en las economías emergentes, donde dicho crecimiento alcanzó un estimado de 116 millones desde 1995 hasta 2013, con la manufactura como el sector predominante y dirigida a la exportación al Norte global. En 2010, el 79 % de los trabajadores industriales del mundo vivían en el Sur global, en comparación con el 34 % en 1950 y el 53 % en 1980. La manufactura se ha convertido en la principal fuente del dinamismo del tercer mundo tanto en exportaciones como en producción”.

Esto último, además de advertirnos otra vez que no hay que confundir industrialización con desarrollo (puede ser un síndrome pero no un sinónimo, y una cosa no lleva necesariamente a la otra) conduce a los autores a puntualizar que “el examen de los costos laborales unitarios de países clave tanto en el centro como en la periferia de la economía mundial demuestra que, en el imperialismo del siglo veintiuno, las corporaciones multinacionales pueden llevar a cabo un proceso de intercambio desigual en el que, en efecto, se intercambia más trabajo por menos, mientras que el excedente obtenido a menudo se atribuye de manera engañosa a las actividades económicas ‘innovadoras’, financieras y de extracción de valor que tienen lugar en el centro del sistema. De hecho, gran parte de la inmensa captura de valor asociada con el arbitraje laboral mundial elude la producción en las economías del centro, a expensas de los trabajadores que han visto sus empleos deslocalizados. Esto ha contribuido a la acumulación de vastas pirámides de riqueza desconectadas del crecimiento económico en las propias economías centrales”. La Monthly Review fue fundada por Paul Marlor Sweezy, que por décadas lo tuvo como editor. Sweezy fue un profesor en Harvard y su ensayo “Teoría del desarrollo capitalista” de 1942 es un resumen de Das Kapital que lo hace más legible.

Desde hace tres años y medio, Milagro Sala continúa detenida en castigo por su tarea política en pos de la igualdad. El sector gorila más jodido del sistema político argentino encarceló sus virtudes sobre la base de exacerbar defectos inventados y algunos pocos reales. Estos últimos, propios de cualquier conducta política, subsanables a partir de la negociación. Si esas cuestiones políticas se han encarado malversando el código penal se debe a que el sector gorila del sistema político argentino, cuyo último avatar es el gatomacrismo, encuentra su razón de ser en concebirse a sí mismo como el guardián y reaseguro de las tendencias al desarrollo desigual que por caso testimonian la noticia del Washington Post y el análisis de la Monthly Review y tiene en el mal uso del endeudamiento externo su rasgo emblemático. Actuaciones como las de la señora Milagro Sala cuestionan de raíz ese status quo y son reprimidas ilegalmente con violencia.

Corresponde a los contradictores de los gorilas en el sistema político argentino encontrarle la vuelta y las respuestas a las cuestiones que hacen aflorar los dirigentes sociales, considerando que en los tres episodios por distintas vías permean tanto el papel de la periferia en la estructura de la acumulación a escala mundial como así también el de la propia cuestión de la fase bajista del ciclo en el centro. La crisis política de consideración por la que atraviesa la superestructura de la acumulación a escala mundial nos dice que en el porvenir inmediato —previsible con algún grado de certeza— no se van a apaciguar las tendencias más irascibles.

Lata de conserva

Los sectores más conscientes del sistema buscan entender cómo el sector político de sesgo conservador perdió la capacidad de manejar la coyuntura. Esto es imprescindible para dar con el sendero que permita superar la situación generalizada de conflicto. Al menos es la pregunta que se formulan y tratan de responder los intelectuales orgánicos de la sociedad inglesa, una cultura que supo parir los más lucidos exponentes del arte de decir cómo hacer antes y cómo debe hacerse ahora. Hasta que Margaret Thatcher y sus nuevos ricos arruinaron esa fina percepción aristocrática del sentido histórico de la nacionalidad, los conservadores ingleses, por ejemplo, habían sido capaces de negociar con el laborista Clement Richard Attlee la salida en 1945 del victorioso Winston Churchill y apuntalar la creación del más profundo experimento socialista de Occidente. El boato de la monarquía y Carnaby Street hicieron el resto.

Dos tradicionales revistas inglesas, New Statesman y The Economist, participan del debate. En la primera, el escritor Jonathan Rutherford (26/06/2019) reflexiona sobre “La cerrazón de la mente conservadora: hacia un nuevo conservadurismo de izquierda”. Lleva como subtítulo: “¿Por qué la nación democrática se está desmoronando?” (Traducciones posibles de: The closing of the conservative mind: Towards a new left conservatism. Why the democratic nation is coming apart). Rutherford apunta que “la nueva economía de mercado liberal dio lugar a una élite transpartidaria. Su ala derecha controlaba la economía y su ala izquierda controlaba gran parte de la cultura. La idea de lo nacional parecía un anatema para el ‘progreso’. Los discursos con eje en tradición e historia, el significado del pasado y de una herencia cultural, y los sentidos de pertenencia locales y comunales que mantienen unidas a las naciones, fueron rechazados como obstáculos reaccionarios para los recién llegados y las fuerzas del mercado”.

Este estado de cosas recuerda al criterio con que Jacobo Timerman diseñó La Opinión, teniendo en mente al público porteño al que iba dirigido: políticamente de centro, culturalmente de izquierda y liberal en lo económico. Esa triada que llevó al éxito a La Opinión también puede observarse como prolegómeno del fracaso del país que sobrevino, dada su hibridez y toxicidad objetivas como filosofía de la praxis. El paralelismo con esa experiencia porteña se realza cuando Rutherford observa que “la globalización ha convertido a las ciudades metropolitanas en ciudadelas de riqueza (aunque también con áreas de gran pobreza)”.

Las consecuencias que ve Rutherford son que “la gente teme la destrucción del significado y el propósito en sus vidas. Su reacción está dando forma a una política que es radical en la defensa de la justicia económica y la redistribución, y conservadora en el anhelo de una cultura común y más, no menos, de la soberanía democrática nacional. La izquierda ha perdido su conexión con ellos y una derecha radical se aprovecha de sus historias de pérdida étnica e identidad de raza blanca”. Rutherford cree que para recuperar la nación democrática hay que dejar a un lado la obsesión con la identidad izquierdista ahora “asociada con la cultura liberal del individualismo, la globalización y la forma de vida de la nueva clase burguesa” y resolver de manera calibrada la paradoja de ser a la vez radical y conservador.

En un reportaje concedido al Financial Times (27/06/2019), Vladimir Putin afirmó que “el liberalismo es obsoleto, entró en conflicto con los intereses de la mayoría de la población” por lo que «la idea liberal (…) perdió su utilidad». The Economist (04/07/2019) disintió con el premier ruso porque en realidad había parodiado al liberalismo y “porque eligió el objetivo equivocado. La idea más amenazada en Occidente es el conservadurismo”. The Economist manifiesta que “el conservadurismo no es tanto una filosofía como una disposición». El filósofo Michael Oakeshott lo expresó mejor: «Ser conservador… es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo intentado a lo no probado, lo real a lo desconocido, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo desconocido distante” […] Los liberales dicen que el orden social surge espontáneamente de individuos que actúan libremente, pero los conservadores creen que el orden social es lo primero, creando las condiciones para la libertad” a través de las instituciones relevantes.

Justamente por eso dice The Economist que “la nueva derecha no es una evolución del conservadurismo, sino su repudio” a la vista de la demolición de las instituciones que llevan adelante los gobiernos bajo su signo. Entre esas flores del mal, “un furioso nacionalismo reaccionario enciende la sospecha, el odio y la división. Es la antítesis de la visión conservadora de que pertenecer a la nación, a la iglesia y a la comunidad local puede unir a las personas y motivarlas a actuar por el bien común”. La nueva derecha esta “rompiendo una tradición conservadora tras otra. El conservadurismo es pragmático, pero la nueva derecha es recelosa, ideológica y despreocupada por la verdad […] Para Trump, los hechos son solo dispositivos para inflar su imagen o consignas diseñadas para suscitar indignación y lealtades tribales”. De acuerdo a esta idealización de The Economist, “el conservadurismo atempera el celo liberal; los liberales pinchan la complacencia conservadora”. La complementariedad entre liberales y conservadores no es posible hoy debido a que la nueva derecha es «implacablemente hostil hacia los liberales clásicos. El riesgo es que los moderados se vean presionados en tanto la derecha y la izquierda inflamen la política y se provoquen mutuamente para moverse a los extremos. Los votantes pueden quedarse sin una opción […] Incluso si pueden votar por el centro […] esa opción ganará repetidamente por defecto, lo que a la larga no es saludable para la democracia”. Para un decepcionado y con la guardia alta The Economist, los días en que “el conservadurismo puede ser una influencia constante […] han terminado. La derecha de hoy está en llamas y es peligrosa”.

Versalles

En la misma edición de The Economist, en la sección The World If (Que hubiera sucedido si), constituida con ensayos de análisis contrafácticos, se pregunta si la guerra se podría haber evitado si los aliados hubieran sido más generosos en el tratado de Versalles de 1919. La respuesta es que no, entre otras cosas porque en realidad la presión sobre Alemania fue una coartada política que Lloyd George y Clemenceau necesitaban para apaciguar sus frentes internos. Eso facilitó el ascenso del extremismo nacional-socialista.

Algo parecido y a la vez diferente pasa con el endeudamiento argentino hoy. El pago está muy por encima de la capacidad de las cuentas externas de la Nación compatible con un nivel de empleo y crecimiento aceptable para la democracia argentina. Lo similar es que la presión externa en estas circunstancias es más que nada fuego de artificio porque no hay cómo pagar lo que aparentemente se exige sin atenuantes. Lo diferente es que los cancerberos internos del desarrollo desigual jugaron a favor de esa presión y estropearon a la sociedad argentina de la que forman parte.

La renegociación encarada por Néstor Kirchner prueba que todo el mundo entra en razones cuando del desarrollo capitalista en serio se trata. Hasta las circunstancias extremas de Versalles son indicios favorables para prever ese curso de los acontecimientos. La libertad de la señora Milagro será también un alegato a favor de que nos tomamos en serio al desarrollo capitalista. Sin igualdad no hay demanda, sin demanda no hay inversión, sin inversión no hay desarrollo. Todas cosas decisivas para la preservación de la vida democrática, en este país y este mundo amenazados por la derecha que hoy está en llamas y es peligrosa.

El Cohete a la Luna

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