Monopolios y dominación

Por Mónica Peralta Ramos

«El planeta pende de un hilo… y todavía estamos golpeando a la puerta de una catástrofe climática». Así definió el secretario general de las Naciones Unidas al resultado final de la Conferencia sobre el Cambio Climático (COP26), que finalizó el 14 de noviembre pasado. Los compromisos logrados no fueron acompañados de políticas concretas y no permiten limitar hacia fines de siglo a 1,5 grados centígrados el aumento del calentamiento global. Esto ocurre en un contexto en el que el carbón sigue siendo utilizado como fuente de energía por las principales potencias del mundo, a pesar de que provoca un 40% del aumento anual de los gases de dióxido de carbono (CO2). Su eliminación (phase out) como fuente de energía fue incorporada al borrador del acuerdo final del COP26, para ser sustituida a último momento por la recomendación de disminuir su uso gradualmente (phase down). Paradójicamente, esta semana la crisis energética salió furiosamente a la intemperie y abrió una ventana a la estructura de poder global y a los conflictos sociales y geopolíticos que esta origina.

Por estos días, el precio del gas natural creció un 12% en Europa y las reservas estratégicas de este combustible llegaron al nivel más bajo desde 2013. Esto se dio en paralelo con crecientes tensiones geopolíticas entre Rusia, por un lado, y Estados Unidos y la OTAN por el otro. La autoridad regulatoria de Alemania ha dilatado indefinidamente la aprobación del gasoducto Nord Stream 2, que transporta combustible ruso a este país, y de ahí a Europa. En paralelo, esta semana dejó de operar un ramal de otro gasoducto ruso que, pasando por Bielorrusia, lleva el combustible a Polonia y desde allí a Europa. Esto ocurre luego de que el Presidente de Bielorrusia amenazara con cortar el gas ruso en represalia por el cierre de la frontera polaca a las masivas columnas de inmigrantes que, huyendo de las guerras en Siria y en el Medio Oriente, llegan a Bielorrusia en tránsito hacia Alemania y otros países de Europa.

Polonia y la OTAN acusan a Bielorrusia y a Rusia de utilizar a los migrantes para desestabilizar políticamente a Europa y la OTAN ha tomado acciones punitorias contra los dos países. Rusia niega su injerencia en el problema migratorio y ha pedido a Bielorrusia que no corte el gasoducto. Al mismo tiempo ha enviado aviones de guerra a cuidar el espacio aéreo de este país y ha acusado a la OTAN de querer desestabilizar las fronteras rusas, tratando de provocar una «revolución de color» en Bielorrusia, al estilo de las que contribuyeron oportunamente a la caída de la Unión Soviética y, más recientemente, a la debacle de Ucrania [1].

Mientras tanto, la OTAN desplazó un contingente de tropas para reforzar la frontera con Bielorrusia y el G7 ha condenado a este país en los mismos términos que la OTAN. Letonia, a su vez, movilizó fuerzas militares para proteger su frontera con Bielorrusia. No quedándose atrás, el Pentágono ha reactivado una unidad nuclear en Mainz-Kastel, Alemania, capaz de lanzar misiles hipersónicos de largo alcance que pueden golpear a Moscú en 21 minutos y 30 segundos. Paralelamente, el secretario de Estado norteamericano ha advertido que los incidentes en las fronteras de Bielorrusia «amenazan la seguridad, sembrando divisiones con el objetivo de disimular las actividades rusas en la frontera con Ucrania» [2].

Así, la crisis energética alimenta la trama de conflictos geopolíticos que impregnan a la estructura de poder global. También acelera la puja despiadada de los monopolios por obtener ganancias sin límites, socavando en el proceso a las instituciones y a la posibilidad de conciliar sus intereses con los del resto de la sociedad. Esta semana, algo de esto salió a la luz en Estados Unidos. Las reservas estratégicas de petróleo norteamericano han disminuido a lo largo de las últimas diez semanas, llegando a sus niveles más bajos desde 2003, sin lograr impedir que el precio de los combustibles crezca un 7% durante este periodo [3]. Fenómenos profundos abonan esta crisis y el propio Joseph Biden habría de revelarlos. Esta semana, el Presidente de Estados Unidos recurrió a la Comisión Federal de Comercio (Securities and Exchange Commission – SEC) para que investigue la «conducta ilegal» de las grandes corporaciones de petróleo y gas. En su demanda, acusa a estas corporaciones de generar ganancias extraordinarias con los precios de la energía. «Los precios de la nafta en el surtidor son muy altos, a pesar de que los costos de las corporaciones que producen petróleo y gas han disminuido (…) hay pruebas crecientes del comportamiento hostil hacia los consumidores (…) el precio promedio en el surtidor es hoy muy superior al nivel que este tenía en la pre-pandemia (…) (estas corporaciones) han anunciado planes de invertir este año miles de millones de dólares en la recompra de acciones y en dividendos» [4].

En notas anteriores vimos que detrás de la catástrofe climática que se avecina operan los monopolios, que buscan acrecentar ganancias sin límites «pintando de verde» (greenwashing) las inversiones que contaminan al medio ambiente. Ahora vemos que los monopolios aprovechan la escasez relativa de inversiones en energías fósiles –agudizada por la pandemia y los incentivos al desarrollo de energías renovables– para subir los precios de los combustibles. También usufructúan la estampida de los precios de las acciones y activos financieros, alimentada por la política monetaria del gobierno de Biden, para recomprar sus acciones y valorizarlas financieramente, contribuyendo así de un modo decisivo a la falta de inversión en la economía real y a la escasez resultante de hidrocarburos.

En un mundo con alto grado de integración financiera y económica, el comportamiento de estos monopolios incidirá rápidamente sobre lo que hacen otras grandes corporaciones monopólicas ubicadas en otros sectores de la producción, el comercio y la logística global. Así, la puja entre monopolios por apropiarse de una tajada más grande de las rentas y ganancias extraordinarias sale a la luz, encarnándose en una inflación global que puede tener consecuencias impredecibles.

Monopolios en la logística global

La crisis energética contribuye a acelerar un proceso inflacionario íntimamente relacionado con la dislocación de las cadenas de valor global. Esta dislocación, producto de la guerra comercial con China y del impacto de la pandemia sobre la economía mundial, ha acelerado el proceso de concentración económica, consolidando el dominio de unos pocos monopolios sobre las distintas instancias de la logística internacional. Hoy ocho enormes corporaciones controlan el 81% de la capacidad global de transporte marítimo y de contenedores. Esta posición dominante les garantiza enorme capacidad para determinar los precios de sus actividades y productos. Otras cinco corporaciones controlan el 82% del alquiler global de equipos y contenedores y sólo tres corporaciones controlan el 83% de la producción mundial de nuevos contenedores [5]. En consecuencia, a grandes rasgos se puede decir que el 80% del transporte marítimo y de contenedores, el alquiler de estos últimos y del equipo correspondiente, y la producción de nuevos contenedores están bajo el control de dieciséis corporaciones que aprovechan la dislocación existente en las cadenas de valor global para imponer constantes aumentos de precios, que terminan incidiendo en los precios de todos los bienes y servicios.

El control de estas corporaciones sobre las distintas instancias de la logística global les permite diputar la apropiación de ganancias y rentas extraordinarias obtenidas en otros sectores de actividad. Esto desata un proceso inflacionario que impacta en la economía global. Por otra parte, el control monopólico de tecnología y de los mercados en distintos eslabones de las cadenas de valor global permite que la inflación se propague como reguero de pólvora a los precios finales de bienes y servicios en el mundo entero y termine saqueando los bolsillos de los consumidores, especialmente de los que menos tienen.

Estados Unidos: monopolios e inflación

El último Informe de Estabilidad Financiera de la Reserva Federal de Estados Unidos (Financial Stability Report) señala que los precios de las acciones más riesgosas siguen subiendo y acrecientan la vulnerabilidad del sistema financiero ante un posible empeoramiento de la economía norteamericana, una pérdida de confianza de los inversores y un eventual descontrol de la pandemia. A esto se agrega el alto grado de endeudamiento local, la falta de liquidez –agravada por las inversiones en criptomonedas– y la creciente volatilidad derivada del aumento de las transacciones financieras en redes sociales, donde operan pequeños inversores con poco o ningún conocimiento de los mercados [6]. Según la Reserva Federal, todos estos riesgos «internos» pueden ser potenciados por la inestabilidad financiera global como consecuencia de la crisis del sistema inmobiliario en China y por el deterioro de economías emergentes que, como la argentina, están altamente endeudadas en dólares.

En Estados Unidos la inflación afecta especialmente a los alimentos. Cerca de la mitad del incremento de precios de estos últimos ha sido determinado por la suba de precios del procesamiento de la carne, tanto vacuna como de pollo y de cerdos. El 80% de este procesamiento es dominado por cuatro corporaciones. El gobierno ha tomado una serie de medidas para atenuar este impacto y se preocupa al ver «cómo estas corporaciones hacen ganancias extraordinarias con la pandemia (…) esto no beneficia ni a los productores ni a los consumidores» [7].

La suba de los precios de los alimentos deteriora al valor real de los salarios [8] e incide en el aumento del endeudamiento de los consumidores, que entre julio y septiembre superó los 15 billones (trillions) de dólares [9]. A su vez, el deterioro de la situación económica de vastos sectores de la población empieza a encontrar un escape en huelgas y protestas, pero también en nuevas formas de disputa por los ingresos. Una encuesta reciente muestra que más del 4% de los encuestados dejó sus trabajos, por los que percibían muy bajos ingresos, para especular con criptomonedas [10]. Esto se da en paralelo con las crecientes inversiones en la Bolsa realizadas a través de plataformas digitales, que impulsan acciones colectivas de compra o venta de determinadas acciones [11], generando un aumento de la volatilidad financiera que, como mencionamos, la Reserva Federal de Estados Unidos considera muy peligrosa.

La Argentina: derrota electoral y clima triunfal

Por estos días, el Frente de Todos vivió la derrota electoral del domingo pasado con la alegría de haber remontado una montaña para evitar la debacle y con la esperanza de que ahora se inicia una etapa en la que el gobierno responderá a las promesas de 2019. A esto se comprometió el Presidente en su discurso del domingo.

El resultado electoral muestra que sin cumplir con la palabra empeñada, sin contacto con las bases y sin movilización popular, no hay futuro para una alternativa de inclusión social en el país. La brutal pandemia no puede ser una excusa para justificar los errores, los silencios y la falta de conexión con las bases en el pasado, o la que pueda ocurrir en el futuro si esta peste se descontrola, como ya esta ocurriendo en otras partes del planeta.

Los números de los comicios también muestran que las promesas no cumplidas pueden ser tan venenosas como la incitación al odio que hacen diariamente las tribus macristas y el periodismo de guerra. Mas aun, la debilidad de un gobierno que prometió y no cumplió potencia el avance de la extrema derecha, como lo demuestra lo ocurrido en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Dejemos pues por un momento los festejos y aceptemos que este domingo mostró una derrota clara ante el avance de una derecha radicalizada, que hasta hace muy poco no podía llegar al gobierno a través de elecciones libres.

La pregunta, entonces, es cómo se transforma esta derrota –que tiene consecuencias serias en el Congreso– en un triunfo no sólo en 2023, como algunos pretenden, sino en los meses que vienen. Una eternidad nos separa de ese año y estamos en el medio de un golpe blando que comenzó hace meses y que no desaparecerá con el cambio de clima que resultó de las elecciones, como algunos creen. El Fondo Monetario Internacional dejó el campo minado para que las armas de este golpe blando –la inflación y la corrida cambiaria– golpeen con mayor fuerza. Ni el llamado al diálogo nacional, ni las negociaciones podrán detener unas pinzas que han desestabilizado a todos los gobiernos constitucionales, incluido el del propio Mauricio Macri. Detrás de estas pinzas están los monopolios, locales y extranjeros, que controlan la información y los sectores claves de la economía. El FMI, con su deuda odiosa, contribuyó a acelerar el avance de estas pinzas que sirven para chupar el excedente, los ingresos y la riqueza acumulada en el país. Pero también son útiles para disputar una mayor tajada de los mismos por parte de los monopolios que controlan la información y sectores claves de la industria, el agro, el comercio interior y exterior y las finanzas. En esta pugna también se mete el FMI: pretende recobrar sus dineritos y multiplicarlos al infinito, sustituyendo deuda vieja por deuda nueva. Así, el ambiente que nos rodea está saturado de rugidos de monopolios que naturalizan la pobreza y la indigencia y hacen acuerdos transitorios entre ellos mismos sólo si les permite maximizar ganancias cuando las papas queman.

En este aquelarre hay que encontrar la manera de acumular fuerzas en el territorio y, movilizando en la calle, imponer políticas que en lo inmediato den respuestas a las promesas y recuperen a la población que hoy está al borde del abismo. Como nada se consigue de un día para el otro, no se trata sólo de «escuchar» lo que el pueblo tiene para decir, sino también de mostrar quién es quién en esta debacle y de articular la participación de la ciudadanía, de abajo hacia arriba, en la solución de los problemas que los aquejan y en el control de sus representantes. De este laberinto no se sale con iluminados atornillados a sus sillones oficiales, ni con clientelismo de distinta índole. Se sale con un diagnóstico correcto de las relaciones de poder, con políticas que cambien la matriz productiva que reproduce esta estructura de poder, acumulando fuerza en el territorio y abriendo la cabeza para comprender lo que ocurre en un mundo en el que ya estamos insertados desde un eslabón muy débil, que sólo sirve para potenciar una brutal extracción de riqueza y recursos naturales, multiplicando al mismo tiempo la miseria.

[1] zerohedge.com, 13, 15, 18/11 2021.
[2] zerohedge.com, 15/11/2021.
[3] zerohedge.com, 16 y 17/11/2021.
[4] zerohedge.com, 17/11/2021.
[5] «Freightwaves», zerohedge.com, 10/11/2021.
[6] Las denominadas stonks, acciones perseguidas por «manadas» de pequeños inversores, que –como vimos en otras notas con el wallstreetbets– provocan súbitos descalabros en su afán de disputar terreno con los whales y grandes fondos de inversión.
[7] «Addressing concentration in the meat processing industry to lower food prices for american families», whitehouse.gov, 08/09/21 y zerohedge.com, 09/09/2021.
[8] cnbc.com, 10/11/2021.
[9] Reserva Federal de New York, newyorkfed.org, 09/11/2021.
[10] beincrypto.com, 04/11/2021.
[11] Como las operaciones del wallstreetbets, que analizamos oportunamente.

El Cohete a la Luna

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