Monstruos de Borges

[Hace 120 años, el 24 de agosto de 1899, nació en Buenos Aires Jorge Luis Borges. Murió en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986]

Por José Pablo Feinmann

Hay un cuento (poco conocido y nunca acabadamente estudiado) que Borges y Bioy escriben o, al menos, fechan en noviembre de 1947. Como sea, lo habrán escrito durante esos días, días en que gobernaba Perón y ellos se erizaban de odio ante el espectáculo desaforado del populismo. («Este relato –dirá años después Bioy y Matilde Sánchez– está escrito con un tremendo odio. Estábamos llenos de odio durante el peronismo»). Rodríguez Monegal ofrece algunos datos más: «Uno de los textos clandestinos de Borges fue escrito en colaboración con Adolfo Bioy Casares y sólo circuló en manuscrito durante el primer gobierno de Perón. Pertenece a la serie de relatos atribuidos a H. Bustos Domecq, pero a diferencia de la mayoría de aquéllos, éste es radicalmente político, lo que explica que haya sido publicado (por mí, en Montevideo y en el semanario Marcha), después de la caída de Perón» (Ficcionario, Antología de textos de Borges, FCE, p. 458)

El cuento es La fiesta del Monstruo y está encabezado por una estrofa del poeta unitario Hilario Ascasubi. El poema de Ascasubi se llama La refalosa y narra, por medio de un mazorquero, el martirio y degüello de un unitario. La estrofa que utilizan Borges – Bioy dice: «Aquí empieza su aflición». Ya Echeverría, en El matadero había descrito los horrores del degüello federal: «Tiene buen pescuezo para el violín. Mejor es la resbalosa». Hay, así, una trilogía: El matadero (Echeverría), La refalosa (Ascasubi), La fiesta del Monstruo (Borges – Bioy. La fiesta… toma el naturalismo brutal de Echeverría y recurre a la narración en primera persona de La refalosa. Tanto en Ascasubi como en Borges – Bioy quienes narran son los bárbaros: un mazorquero en Ascasubi, un «muchacho peronista» en Borges – Bioy.

Así como en una nota anterior («Borges y la barbarie«) expuse la delicada y profunda concepción de la barbarie que Borges explicita en el Poema conjetural, corresponderá hoy la visión cruel, despiadada, unidimensional, sobrepolitizada que, junto con Bioy, presenta del Otro, del «bárbaro», en La fiesta del monstruo. El narrador, queda dicho, es un militante peronista. Le narra a su novia, Nelly, los avatares de una jornada en la que irán a la plaza a escuchar un discurso del Monstruo, nombre que, en el cuento, se le da a Perón. «Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma». La noche anterior el «muchacho» descansa como se debe. «Cuando por fin me enrosqué en la cucha, yo registraba tal cansancio en los pieses que al inmediato capté que el sueñito reparador ya era de los míos (…) No pensaba más que en el Monstruo, y que al otro día lo vería sonreírse y hablar como el gran laburante argentino que es». (Borges intenta recrear el lenguaje popular, pero se acerca más a Catita que a los obreros peronistas.) En suma, hay que ir a la Plaza: «hombro con hombro con los compañeros de brecha, no quise restar mi concurso a la masa coral que despachaba a todo pulmón la marchita del Monstruo (…) No me cansaba de pensar que toda esa muchachada moderna y sana pensaba en todo como yo (…) Todos éramos argentinos, todos de corta edad, todos del Sur». Otra vez la presencia del Sur como el territorio de la barbarie. Pero éste no es el Sur de Juan Dahlmann, el Sur en que Dahlmann descubre que el coraje es superior al miedo y la enfermedad, que el Sur es la llanura, el cielo abierto, la muerte heroica; tampoco es el Sur en que Narciso Laprida descubre su destino sudamericano, un destino que se trama entre los libros, los cánones y la intimidad del cuchillo bárbaro, es otro Sur. Es el Sur del odio clasista. Un Sur absolutamente irrecuperable para Borges. Un Sur injuriado por la jauría fiel y desastrada del Monstruo.

El Sur de los muchachos que marchan hacia la Plaza. De pronto, dice el narrador a Nelly, encuentran un inconveniente: «hasta que vino a distraernos un sinagoga que mandaba respeto con la barba». A este «sinagoga» los muchachos del Monstruo lo dejan seguir; tal vez por la barba. «Pero no se escurrió tan fácil otro de formato menor, más manuable, más práctico, de manejo más ágil». ¿Cómo es este sinagoga? Sólo los panfletos del Reich habrán ofrecido una descripción tan horrenda de un judío (pero éste era el propósito de Borges: ya que el Monstruo era, sin más, nazi, nazis debían ser sus adictos o comportarse como tales): «Era un miserable cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estudio». El «sinagoga» es algo torpe: «Se registró como un distraído que cuasi se llevaba por delante a nuestro abanderado, el Spátola». Los muchachos le exhiben la figura del Monstruo: «Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión ajena, señor, y saludara la figura del Monstruo». (El símil con El matadero es clarísimo: también, la «chusma del Restaurador», le exige al unitario el uso de la divisa punzó, que éste, con valentía y soberbia, abomina.) El «sinagoga» se niega: «El otro contestó con el despropósito que él también tenía su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano (…) Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que el día menos pensado levantan una playa de estacionamiento, y el punto vino a quedar contra los nueve pisos de una pared sensa finestra ni ventana». Así, «el pobre quimicointas» queda acorralado. Lo que sigue es un despiadado asesinato callejero. Tal como el unitario de Echeverría era aniquilado por los federales del Matadero, el judío de Borges cae destrozado por los muchachos de Perón. (Observemos que es la derecha oligárquica quien inventa la línea nacional Rosas – Perón del revisionismo de los setenta, la «primera» y la «segunda» tiranía.) «El primer cascotazo (…) le desparramó las encías y la sangre era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una oreja y ya perdí la cuenta de los impactos porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanadas de Monserrat se cayó porque ya estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un poco más con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima (…) Presto, gordeta, quedó relegado al olvido ese episodio callejero (…) Nos puso en forma para lo que vino después: la palabra del Monstruo. Estas orejas lo escucharon, gordeta, mismo como todo el país, porque el discurso se transmite en cadena» (Cfr. Ficcionario, ed. cit. pp. 259/269).

Por desdicha, las opciones políticas de Borges fueron impulsadas por el odio unidimensional, racial y clasista, de La fiesta del Monstruo y no por las honduras conceptuales del Poema conjetural. Si no hubiese sido así, escasamente habría adherido, como lo hizo, a las dictaduras militares que devastaron nuestro país. Sobre todo a la más horrenda, la de Videla. Si no hubiese sido así, el Premio Nobel, como lo deseaba, habría sido suyo.

Página/12, 17/07/1999

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