Montos y fedayines

La solidaridad internacional de las organizaciones revolucionarias, a través de las contraofensivas de Montoneros

Por Jorge Pinedo

Firmenich, Arafat, Vaca Narvaja

A fines de 1976 la capacidad operativa de las organizaciones guerrilleras argentinas en general y de Montoneros en particular se encontraba desarticulada; sus militantes asesinados, desaparecidos o intentando sobrevivir en la clandestinidad, aislados de sus referentes y con una conducción que había decidido refugiarse en el exterior. Algunos —pocos— afortunados lograron salir del país, otros que habían sido detenidos antes del golpe eclesiástico-cívico-militar del 24 de marzo y reconocidos por el Poder Ejecutivo hicieron uso de la opción de convertirse en parias a lo largo del tortuoso camino del exilio. En la Argentina, el pueblo en su conjunto sobrevivía puertas adentro cuando afuera imperaba el reino del terror.

Parálisis generalizada y derrota del campo popular resultaban evidentes para quien asomara la nariz a la vereda. Situación que fue advertida al seno de la conducción de Montoneros de diversas formas. En octubre del ’76 un combatiente histórico, Julio Roqué, advirtió a la dirección ampliada de la orga que reducir el accionar a las operaciones militares implicaba abandonar el campo político y civil de la resistencia, lo que conducía a la aniquilación. En forma paralela, entre noviembre de ese año y enero del siguiente, Rodolfo Walsh y Horacio Verbitsky elevaban a la conducción una serie de documentos autocríticos en los que se remarcaba la necesidad del repliegue, la suspensión del accionar militar, la preservación de las fuerzas propias y el retorno a la política. Pueden leerse en http://www.revistasudestada.com.ar/articulo/460/los-papeles-de-walsh-critica-a-la-conduccion-montonera/

No fueron escuchados. Muy por el contrario. La caracterización que realizaban los jefes montoneros apenas un año después era que el gobierno de Videla estaba como un boxeador groggy y que bastaban dos o tres piñas para ponerlo nocaut. Serían ellos mismos lo encargados de propinarlas. Bah, no ellos en persona sino los voluntarios que reclutaran para lo que dieron en llamar Contraofensiva. A tal fin convocaron una reunión en un amplio local madrileño, bajaron su línea mezclada con la ansiada idea de volver al país y pasaron una canastita para que los interesados dejen sus datos. A la conscripción respondieron cerca de dos centenares de postulantes que fueron uniformados en el pret-a-porter de El Corte Inglés, entrenados en aisladas locaciones europeas y, tras una selección, enviados a completar el adiestramiento militar durante dos meses a los campamentos de Al-Fatah en Libia. Los comandantes tenían por fin su tropa. Y los servicios de informaciones dictatoriales profusamente infiltrados en las comunidades de exiliados, sus objetivos.

Es en esta instancia donde toma cuerpo y se efectiviza en la práctica el vínculo entre la organización guerrillera peronista con la Organización Para la Liberación Palestina (OLP) conducida por Yasser Arafat (El Cairo, Egipto 1929-Caramat, Francia 2004). También desde donde pivotea la investigación y conduce el hilo conductor trazado por el sociólogo Pablo Robledo (Córdoba, 1963), residente en Londres desde 1987, en las seiscientas páginas de Montoneros y Palestina. Sistemático estudioso del mundo y cultura árabe; con particular hincapié en la sufrida historia del pueblo palestino durante la última centuria, el autor despliega con prolijidad y erudición la lucha de toda una nación que fuera desplazada de su territorio ancestral por la impronta sionista a partir de la primera mitad del siglo XX. Tragedia que supo convocar a buena parte de los países árabes y las respectivas comunidades asentadas en distintos lugares del orbe, incluida Argentina, tanto como a los agrupamientos revolucionarios afines que proliferaban en los cinco continentes tras los movimientos de descolonización y antiimperialistas.

 

El autor, Pablo Robledo

 

Difícil aseverar si forzado o no, por cierto lineal, a lo largo del relato y cada tanto en boca de sucesivos testimonios, se traza un paralelismo entre la resistencia palestina y la del peronismo revolucionario a partir de la identificación del adalid del panarabismo, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser (1918-1970) o, luego, el propio Arafat con Juan Domingo Perón. Asimismo, cierta coincidencia con la doctrina de la Tercera Posición, la lucha contra la opresión, el movimientismo nacionalista, el laicismo, la resistencia armada. El recorte de Robledo se asienta en el hecho de que el conjunto de las organizaciones combatientes de la segunda mitad del siglo XX, por razones de identidad ideológica y supervivencia, cultivaban la solidaridad internacional. En el caso de Montoneros tal vínculo se desenvolvió en distintas etapas, correlativas a la situación de la orga en sus sucesivas instancias políticas. Pues, siguiendo una metáfora de la época, mientras que en el ’73 parecía un supermercado administrado como un kiosquito, cinco años después era un kiosquito administrado como un supermercado. Mutatis mutandis.

En lo que sería la prehistoria de la relación Montoneros-Palestina, el libro acredita los datos recabados por algunos testimonios, a partir de los cuales construye una secuencia iniciada en 1972 por Rodolfo Galimberti y continuada por Rodolfo Walsh, Envar El Kadri y Miguel Bonasso, uno tras otro, de improbable organicidad. Cierto es que poco se sabe del Servicio Exterior de Montoneros antes de la dictadura y que los datos aportados por los biógrafos del primero y los relatos del último han sido algunas veces cuestionados. Detalle que hace primar la prudencia acerca de aquellos pormenores, tanto como centra el relevamiento en la etapa post ’76, en que la información es recopilada de la tan abundante como contrapuesta bibliografía existente, enriquecida con los recuerdos de una decena de testigos y un puñado de sobrevivientes.

Tras desenvolver las circunstancias políticas de ambas organizaciones, el arduo trabajo de Robledo se centra en la actividad de los militantes argentinos en los campos de entrenamiento en Líbano, sometidos al permanente bombardeo israelí. Relato desgarrador que liga las historias personales al rigor de una práctica militar poco proclive al combate propiamente urbano. Una óptica tal vez (¿cómo decirlo?) propiamente “firmenichista”, por cuanto reproduce conceptos, pautas y conductas acordes a la megalomanía inspirada por el jefe máximo de Montoneros. Sin obviar atisbos críticos, cierta generalización diluye aspectos centrales que coadyuvaron a la desintegración de la orga no menos que al desastroso resultado de ambas contraofensivas de 1979 y 1980, que redundó en la muerte del noventa por ciento de los participantes en la misma y el abandono de las armas en diciembre de ese año.

Acierta, no obstante, en el análisis de la foto que se tomaron Mario Firmenich y Fernando Vaca Narvaja con Arafat en 1977 (ilustración principal) y que les sirvió para jetonear en varios continentes. Situación más folclórica, pero de consecuente sentido simbólico que la conferencia de prensa de Horacio Mendizábal en Beirut en septiembre de 1987, cuando se le “escapa” que Montoneros instala para la OLP, en territorio palestino, una fábrica del explosivo exógeno C-2 que había desarrollado en la Argentina. Con lo que logra ajustar la mira del Mossad y de la CIA.

Pablo Robledo no se priva de poner toda la carne en el asador. Al intenso relevamiento ya reseñado lo condimenta con capítulos que introducen escenas y personajes –el pianista Miguel Angel Estrella, Julio Cortázar, el intento de secuestro de un avión de pasajeros, la vida cotidiana, etc.— comprometidos o no con la política montoneril. Empatías que pueden disolver detalles, como poner en la misma bolsa a Galimberti y Juan Gelman en la ruptura previa a la primera contraofensiva, curiosidad notable cuando en la bibliografía figura el libro donde el poeta se explaya sobre el asunto. También dificultades ideológicas, como llamar “embajada” a la actividad de la solitaria montonera destacada en Beirut, en el marco de situar en idéntico estatuto la OLP y a la orga peronista; correlato del hecho de trazar paridad entre las FF.AA. argentinas y el Ejército Montonero, antesala de los dos demonios, entre otras desmesuras.

Resulta inevitable comparar la obra de Robledo con El Tren de la Victoria (Buenos Aires, 2004), el imprescindible libro de Cristina Zuker, que comparte temática y estructura, y finaliza con un patético reportaje a Firmenich. Montoneros y Palestina se cierra con un diálogo entre el autor y Roberto Cirilo Perdía que procura restringirse al vínculo con la OLP, donde el ex comandante refuerza su versión, escabulle la autocrítica y se somete a vaguedades. Queda para la suspicacia del lector rescatar el compromiso ético de esos jóvenes de veintidós años de edad promedio que dieron su vida en las Contraofensivas. También la posibilidad de desentrañar qué zumbaba en las mentes de esa conducción imbuida en el pensamiento aristotélico-tomista, que procuró suplir la derrota en lo político y social con un militarismo suicida.

FICHA TÉCNICA
Montoneros y Palestina – De la Revolución a la Dictadura
Pablo Robledo
Buenos Aires, 2018
600 págs.

El Cohete a la Luna

Un comentario

  • Gloria dice:

    La crítica de Pinedo al libro de Robledo responde más a una interna dentro de la que fue la organización, de si estuvo bien o mal contraofensiva. En ningún momento Robledo hace un juicio de valor de si fue acertada o no, expone los puntos de encuentro y desencuentro entre OLP y Montoneros, humaniza a los militantes sin quitarles su compromiso político ideológico. Leí el libro y su crítica me resultó totalmente sesgada, plagada de errores con chicanas y palabras despectivas. Pareciera que por haber sido el yerno de Rodolfo Walsh y haber trabajado en ANCLA le dá autoridad para decir lo que se lo ocurra. A continuación copie y pegué la crítica que le hago en el cohete a la luna.

    «Me asombra la rapidez con que pudiste leer y contrastar lo leído con la bibliografía, un trabajo de años buscando material, investigando, leyendo y escribiendo vos lo pudiste hacer en solo unos meses (salvo escribir por-supuesto).
    Quizás la palabra “embajada” suene grandilocuente, lo admito pero no desmerece en absoluto el compromiso y capacidad política de la compañera, vos usas la palabra “canastita” subestimando, rozando lo peyorativo, me parece que lo personal está muy presente y como está casi en el principio del artículo no se puede tomar en serio la totalidad.
    Si fueras también tan riguroso sabrías que hay muchos más sobrevivientes de los que vos crees. Pienso que no estuviste de acuerdo con las contraofensivas, los argumentos pueden ser políticos, ideológicos, personales, afectivos etc etc todos dignos de respeto pero no es digno cuestionar en el libro de Pablo a la organización. Diría que es hasta ofensivo.
    El autor no es imparcial, nadie lo es sea sociólogo, politólogo, historiador, periodista o un simple ciudadano que opine, por eso en tu comentario “podría haberlo reseñado sólo con la experiencia personal” es de una soberbia asombrosa. Este párrafo que transcribo “A la conscripción respondieron cerca de dos centenares de postulantes que fueron uniformados en el pret-a-porter de El Corte Inglés, entrenados en aisladas locaciones europeas y, tras una selección, enviados a completar el adiestramiento militar durante dos meses a los campamentos de Al-Fatah en Libia. Los comandantes tenían por fin su tropa. Muestra a las claras que es tendencioso, peyorativo, con gruesos errores ya que si hubieras leído el libro sabrías que no hubo grupos en Libia y que no hubo selección.

    “Pablo Robledo no es cordobés, ni sociólogo como decís en el articulo. Esta falta de precisión en lo que escribes me hace dudar de todo el resto….”

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