"...ya nunca más volveremos a ser sentimentales, nos vinimos abajo como calzón de puta, y el futuro se asoma abrazado a un rencor, la inocencia se acabó, Milonguita, entramos por fin en el mundo cambalache, y aquí en este quilombo de nada vale el tango dulzón y melancólico". D.M.

NOTAS EN ESTA SECCION
Viaje de la literatura al exilio  |  Cronología  Daniel Moyano en el recuerdo, por Juan José Hernández  | Un artista de variedades, Andrew Graham-Yooll
La transterrada historia de Daniel Moyano, Reina Roffé  |  Roa Bastos, a solas con las palabras  |  Después de este destierro, Daniel Moyano
Mi tío sonreía en navidad, Daniel Moyano  |  La puerta, Daniel Moyano  |  Hombre junto al muelle, Daniel Moyano  |  El estuche del cocodrilo, Daniel Moyano
Artistas de variedades, Daniel Moyano  |  Una partida de tenis, Daniel Moyano


ENLACES RELACIONADOS
La fábrica - Daniel Moyano (web golosina caníbal)  |  www.ramonnavarro.wordpress.com/2009/01/29/moyano  |  Moyano en Cervantes Virtual

LECTURAS RECOMENDADAS
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Daniel Moyano - El Monstruo y otros cuentos  |  Sobre la mejor manera de confraternizar en el exilio, en Presencia argentina, Madrid, 1979  (jpg)
El viaje narrativo de Daniel Moyano, por Sergio Colautti  |  Listas Negras de la dictadura cívico-militar 1976-1983  Sobre el exilio (en Clarín, 1982)

Los militares lo secuestraron el 25 de marzo de 1976, un día después del golpe de Estado y, apenas lo liberaron, se exilió en Madrid, donde murió el 1º de julio de 1992, a los 62 años. No fue el primer desarraigo que sufrió el escritor Daniel Moyano, ni el último. Aunque había nacido en Buenos Aires en 1930, pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y se radicó en La Rioja, en donde escribió la mayoría de sus relatos y novelas. A pesar de haber sido elogiado nada menos que por José Bianco ("no propaga doctrina, no teoriza ni argumenta, sino que sencillamente narra") y Augusto Roa Bastos, el último exilio que sufrió Moyano –Premio Juan Rulfo en 1985– fue el olvido de la crítica, la academia y el mundo editorial.

Viaje de la literatura al exilio

Buenos Aires-Córdoba-La Rioja-Madrid fue su itinerario vital, muchas veces forzado, y siempre influyente en su obra. "No he conocido la estabilidad, nací en un incendio permanente", solía decir este discípulo de Kafka, Pavese y Rulfo, que en España supo trabajar como obrero en una fábrica para subsistir. Daniel Moyano obtuvo numerosos premios, entre ellos el Juan Rulfo.

Por Silvina Friera

La vida y la obra del escritor, periodista y músico Daniel Moyano representan una de las paradojas más difíciles de desentrañar a 10 años de su muerte en Madrid: la condición del desarraigo-identidad como un componente constitutivo de su literatura y el olvido o, lo que es peor, la sistemática indiferencia que sufre su producción literaria en el país. El autor de Libro de navíos y borrascas, que nació el 6 de octubre de 1930, exactamente un mes después del golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen, comentaba que el primer exilio interior lo vivió a los cuatro años cuando su familia se mudó a las sierras cordobesas (Alta Gracia). De aquellos años, recordaba travesuras infantiles, compartidas nada menos que con Ernesto Guevara, como robar frutas del huerto de un señor español, conocido con el nombre de Manuel de Falla. El segundo, en 1959, lo arrojó hacia La Rioja, donde comenzó su carrera periodística y se desempeñó como profesor en el Conservatorio Provincial de Música y como violinista en el Cuarteto de Cuerdas y Orquesta de Cámara de esa institución. Pero, sin duda, de todos estos "viajes", el más perturbador fue el que lo expulsó definitivamente de Argentina a España en 1976.

El secuestro (estuvo una semana desaparecido y tuvo que enterrar en una huerta la primera versión de El vuelo del tigre, que luego reescribiría y publicaría en Madrid en 1981), las torturas y el simulacro de fusilamiento que padeció marcaron toda su producción literaria posterior. Su madre, nacida en Brasil, era hija de italianos. Su padre, producto de un hibridaje de sangre india y españoles extremeños, nació en Argentina. "Soy un argentino típico porque un argentino es esas mezclas", afirmaba Moyano. Y para prolongar la demostración de esa autenticidad en su narrativa confesaba: "No puedo hablar ni escribir sobre Abelardo y Eloísa mientras está ardiendo mi casa. Tengo que apagar el incendio antes. No he conocido la estabilidad, yo nací en un incendio permanente". El desarraigo y la marginación, las zonas deterioradas y miserables, tal vez originadas por ese incendio constante, son dos de los ejes fundamentales de Una luz muy lejana. El título alude al viaje iniciático de Ismael y su descubrimiento del rutilante mundo social de la ciudad a la que intenta integrarse. Claro que, frente al extrañamiento del lugar de no pertenencia, Ismael termina por resignarse a observar esa ciudad desde los bordes.

Discípulo de Kafka, Pavese y Rulfo, Moyano aprendió del primero que el tema de una narración profunda es de raíz metafísica y que la única manera de trascender lo anecdótico es dotándolo de una significación alegórica. Como señala Augusto Roa Bastos en el prólogo a El trino del diablo, Moyano procede por "excavación y no por acumulación, por la creación de atmósferas, de cierto clima espiritual y mental, más que por el abigarrado tratamiento de la anécdota". Respecto de los climas opresivos que emanan de sus ficciones, donde el individuo está despojado del poder de decidir su propio destino, el autor los consideraba producto de su época. "No me he evadido de la realidad sino que he tocado fondo en ella", decía.


Entrevista en el exilio

Su escritura, que se distanció simultáneamente y con notable prudencia de los temas del relato clásico regionalista y de las complejidades de la vanguardia, se caracterizó por una condensación y sobriedad propias de su condición de músico y violinista. "Procuro que mis palabras se sostengan en verdades auditivas o sonoras iguales a las que soporta la música", precisaba. Moyano, a diferencia de tantos escritores de los años ‘60, no fue hijo de Julio Cortázar (de quien en el exilio sí fue amigo). "Una vez Onetti me decía que Julio había dejado un montón de cortazaritos en Buenos Aires. Pero yo creo que los escritores del interior –entre los que incluyo a mis amigos Haroldo Conti y a Antonio Di Benedetto– seguimos siendo fieles a nuestro estilo, que tiene que ver más con Rulfo, que con Cortázar y Borges", reflexionó el narrador. En Argentina escribió sietelibros de cuentos y tres novelas: Artistas de variedades (1960), El rescate (1963), La lombriz (1964), El fuego interrumpido (1967), El monstruo y otros cuentos (1967), Mi música es para esta gente (1970), El estuche del cocodrillo (1974) y las novelas Una luz muy lejana (1966), El oscuro (1968) y El trino del diablo (1974). El oscuro ganó el premio del concurso internacional de novela Primera Plana-Sudamericana, con un jurado integrado por García Márquez, Roa Bastos y Marechal.

Moyano erigió un mundo posible porque siempre tenía algo que contar, algo que auscultar y develar. En El Trino del diablo, el violinista Triclinio narra su "pasaje" (nuevamente el exilio interior) de La Rioja a una villa miseria de los suburbios de Buenos Aires. En Madrid solía despertarse con melodías que tenían un poder evocador tremendo. Contaba que se levantaba con la melodía del tango "Ladrillo" y surgía la visión estremecedora de Jorge Rafael Videla. En Madrid, Moyano trabajó como obrero en una fábrica de maquetas para subsistir, mientras intentaba retomar la escritura. En 1981, la Editorial Legasa publicó su novela El vuelo del Tigre y dos años después Libro de navíos y borrascas. Más tarde, en 1985, ganó el prestigioso premio Juan Rulfo con uno de sus relatos, El halcón verde y la flauta maravillosa.

"Cuando fui jurado en el premio Casa de las Américas recuerdo que leí tantas descripciones de torturas tal como eran que, a pesar de saber que eran ciertas, terminé por no creerlas. Por eso en El vuelo... recurrí al símbolo de los verbos para contar las torturas más aberrantes: imaginé la situación en que a un hombre lo obligan a conjugar verbos que no conoce. No me considero un escritor realista; no describo las cosas tal como suceden. No me gusta fotocopiar la realidad", explicó a Página/12 en 1989, después de editar su última novela, Tres golpes... El Libro de navíos..., estudiada en Francia como testimonio sobrecogedor sobre el exilio, representa la historia del naufragio de 700 argentinos políticamente incorrectos, embarcados en el puerto de Buenos Aires, rumbo a Europa.


Daniel Moyano y Juan Gelman

Los últimos textos de Moyano poseen un núcleo: los efectos de la transterritorialidad sobre la estética y los usos lingüísticos. Durante los primeros años del exilio, Moyano señalaba que cada vez que debía nombrar una palabra, no sabía cómo hacerlo. Muchos de sus amigos sostenían que Moyano era de esos tipos que, casi sin buscarlo, se enredaban en sucesos extraordinarios, como por ejemplo, que tuviese que raptar a su novia Irma Capelleti con la ayuda de un taxista miope o el asado argentino que le pidió Gabriel García Márquez y que terminó, según cuenta la leyenda, en un incendio. Y, tal vez la más inverosímil, un burro noctámbulo que entró a su casa en La Rioja y se comió siete de los mejores cuentos que escribió Moyano (que nunca pudo reconstruir). La muerte lo sorprendió mientras estaba escribiendo una novela, El sudaca en la corte, y un libro de memorias musicales. Aunque sus obras se tradujeron al inglés y al francés, Moyano se sentía un sudaca en el ámbito literario español. Sabía muy bien que de ciertos viajes no hay regreso. El mismo recordaba que Ovidio había demostrado literariamente que el exilio es irreversible. De la óptica del vencido se nutren sus mejores páginas, que revelan el itinerario creativo de una memoria que resiste al tiempo y al olvido.

Persecución de un ritmo

Por Noé Jitrik

La circulación de la producción literaria de un escritor responde a la inmediatez instituida de los escritores consagrados por la academia o por las grandes editoriales, lo que implica que el sujeto de la literatura ya no es el lector sino el propio editor. En la madeja de esta complejidad, la obra de Daniel Moyano, a diferencia de Rodolfo Walsh, es más silenciosa, y tal vez por eso menos recordada. Existe la "veleta", un oportunismo que establece cuáles son los autores que hay que leer y de los cuales hay que hablar, sin tener en cuenta el valor de los que quedan afuera de este círculo. La primera novela que leí de Moyano fue Una luz muy lejana. En esas páginas sentí que aparecía una voz que recordaba la luz de la provincia con una solidez y una firmeza que me sorprendieron. La constante de su escritura está relacionada con la música, la persecución de un ritmo, que distinguía sus cuentos y novelas de otras narrativas. El tomaba a la música como soldador de su escritura, con la precisión y la elegancia del violinista que era. Lo vi en España, poco antes de morir, cuando le otorgaron el Premio Cervantes a Augusto Roa Bastos, y me dijo que se sentía poco reconocido y leído.

Los caminos inversos

 
Daniel  Moyano - Percanta

Por Héctor Tizón

La obra del escritor no muere cuando se acaba la vida biológica del autor. Moyano fue el precursor de una literatura que hizo el recorrido contrario, desde adentro hacia la metrópolis, junto con Juan José Saer y Antonio Di Benedetto. Logró jugar en primera sin haber nacido en Buenos Aires. El hecho de que no haya muchos libros en las librerías es por las mecánicas de funcionamiento del marketing editorial. La importancia de su literatura va a vencer esta indiferencia aparente. Una novela como Libros de navíos y de borrascas es un trabajo contundente porque representa el momento sublime de la madurez de Moyano, al reflejar el estado de ánimo de toda una generación. En Madrid nos veíamos con frecuencia y siempre me dio la impresión de que quería regresar pero que intuía que jamás volvería a pisar suelo argentino. Solía utilizar una metáfora sobre la desaparición de lo que alguna vez se llamó Argentina: como una isla de Cracatova. La última vez que lo vi estaba triste, un estado de ánimo poco representativo de su personalidad. Supongo que aunque él no sabía que tenía cáncer, intuía que la muerte le estaba rondando bajo la forma de una enfermedad incurable.

Fuente: Página/12, 2002
 


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Cronología

1930
Nace el 6 de octubre en Buenos Aires.
1934
Su familia se traslada a las sierras cordobesas.
1937
Luego del fallecimiento de su madre, viaja a la ciudad de Córdoba, en dónde cursará sus estudios y trabajará de albañil.
"Después de vivir con mis abuelos pasé de tío en tío. Mi padre desapareció. Reapareció años después. Todos los tíos me dieron material para los cuentos... Pasé un tiempo en un reformatorio, y mi hermana en un colegio de monjas, donde nos colocó un tío", relató en una entrevista con Andrew Graham-Yooll, en agosto de 1987 y noviembre de 1988, publicada en el suplemento Radar/Libros del diario Página/12, el 26 de junio de 2005.
1947
"Cuando me tuve que enrolar en Córdoba, no tenía documento. Mi padre le había dicho a mi madre: ‘Hay que hacer los trámites para anotarlo a Daniel’, pero mi mamá dijo: ‘Daniel está anotado en el cielo, qué me importan los papeles’. Estoy anotado en el cielo, con el pastor, pero no en la tierra. Escribimos a Buenos Aires y nos dijeron que viajáramos. No fui a Buenos Aires, costaba un dineral. Un juez en Córdoba me dijo: ‘Venite con dos testigos falsos, decí que naciste en Córdoba un año antes, y entonces te enrolamos y no te cobramos’. Me enrolé a los diecisiete e hice el servicio a los diecinueve. En los papeles figuro nacido en Córdoba, el 6 de octubre del ‘29. Nací en Buenos Aires el 6 de octubre del ‘30. Mis testigos falsos fueron un violinista gallego y un ave negra de esas que andan en los tribunales, que dijo: ‘Yo me ocupé, Sr. Juez, de los servicios de obstetricia’. El violinista dijo: ‘Pues mire, yo he estado ahí sentado, leyendo una partitura y me puse a tocar el violín, y me dijeron: ¡Ha sido un varón!’", de la entrevista de Andrew Graham-Yooll.
1957

Su libro de cuentos "Artistas de variedades" gana el concurso organizado por la Editorial Assandri, de Córdoba.
1959
Viaja a la provincia de La Rioja. Allí trabajará para el diario "El Independiente" e iniciará su carrera de periodista.
1960
La editorial Assandri publica su libro de cuentos "Artistas de variedades".
Comienza a trabajar como corresponsal del diario Clarín en La Rioja. Es violinista del Cuarteto de Cuerdas y Orquesta de Cámara, y profesor en el Conservatorio Provincial de Música.
1963

Recuerdos de
La Rioja

"... El nuevo gobierno, ante los agobiantes problemas riojanos, los había resuelto eliminando la provincia. Con la nueva división política, la parte cordillerana quedó para San Juan, la parte norte para Catamarca y el resto para Córdoba. Los cordobeses habían instalado una fábrica de salchichas en la Casa de Gobierno, el gobernador había pasado a ser ordenanza en un pasillo de los Tribunales de San Juan, (...) la ciudad capital fue taponada con quioscos, y el obispo, que se resistió, fue descendido a monaguillo por sugerencia del cardenal primado. Finalmente los perros, los burros, los gallos y los vendedores ambulantes fueron unificados en el rubro ‘varios’, embalados y remitidos a Bolivia en pago de una deuda..."

[Fragmento de "El trino del diablo", novela escrita en La Rioja en 1974, durante la gobernación de Carlos Menem]
Aparece, en Buenos Aires, su libro de cuentos "El rescate", publicado por Burnichón Editor (es reeditado en 2005 por Interzona Editora).
"Los diecinueve cuentos reunidos en ‘El rescate’ (...) rescriben esa sensación quizás trasplantada de su vida: lo de Moyano es, antes que nada, un tono. Y es, además, el tono que lo caracteriza, independientemente de que algo hay de sus resonancias, ahora, que parece un poco añejo, quizás vencido por las tendencias post y la sobreabundancia de textos montados sobre la experiencia de los discursos contextuales, inmediatos, reales. Porque el modelo de Moyano es uno que tal vez ya no existe pero que igual conserva, en algún punto, la frescura del origen. Transido por la construcción metafórica a partir de un patrón realista (que llevó al máximo en su novela menor ‘El trino del diablo’, publicada por Sudamericana en 1974, que podría leerse, incluso, en clave de ciencia ficción), el camino de estos relatos alterna entre la vertiente realista y la pulsión fantástica, a la que se agregan un par de textos -los más ‘recientes’- que no desoyen el homenaje (Kafka y Cortázar) con formas breves y con una suerte de interesante alegoría de estilo", escribió Alfonso Mallo en el sitio www.bazaramericano.com, noviembre de 2005.
1964
Se publica su libro de cuentos "La lombriz", con prólogo de Augusto Roa Bastos (Nueve 64 Editora).
1966

La editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publica su novela "Una luz muy lejana".
"La dominante del desarraigo y la marginalidad (a la que no es ajena su experiencia de habitante del interior: ‘La Rioja es la última provincia del país, la más pobre, la más olvidada. Es latinoamericana por donde se la mire’) como resultante de un fenómeno social: la emigración de los habitantes de las provincias pobres hacia las grandes ciudades, determina las diferentes articulaciones de las tres novelas: ‘Una luz muy lejana’, que por otra parte es la que más desarrolla núcleos temáticos presentes ya en los cuentos, sigue el extrañamiento del personaje y su imposibilidad de encontrar el propio espacio en la ciudad que lo desborda y lo deja de lado. En la segunda, ‘El oscuro’, la lucha del protagonista entre el rechazo de su origen humilde y ‘oscuro’ y la imposibilidad de ser aceptado plenamente por el ámbito social elegido, determina la paranoia como último refugio para resolver el conflicto; mientras que ‘El trino del diablo’ ejemplifica en forma de alegoría humorística el drama del artista provinciano sin posibilidades de trabajo ni de inserción social, forzado a emigrar a Buenos Aires, donde lo espera la miseria y el desarraigo", escribe en el prólogo de "La espera y otros cuentos", Ana María Amar Sánchez.
1967

Se publican, en Buenos Aires, sus libros de cuentos "El monstruo y otros cuentos" (Centro Editor de América Latina) y "El fuego interrumpido" (Sudamericana).
Recibe el Premio de Novela Primera Plana por su novela "El oscuro".
1968
La editorial Sudamericana publica su novela "El oscuro".
1969
Trabaja como colaborador para la Revista Primera Plana.
1970
En Caracas, Venezuela, se publica su libro de relatos "Mi música es para esta gente" (Monte Ávila Editores).
1974
Se publican, en Buenos Aires, su libro de cuentos "El estuche del cocodrilo" (Ediciones del Sol) y su novela "El trino del diablo" (Sudamericana).
1976


Daniel Moyano y Gabriel García Márquez

Un día después de producirse el Golpe de Estado, el 25 de marzo, es detenido en su casa de La Rioja por las Fuerzas Armadas y luego de quedar en libertad se exilió definitivamente en España. Allí fue obrero en una fábrica de maquetas para poder subsistir.
"El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo. Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de ‘El trino del diablo’ y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa. Mi hija María Inés, de siete años, dormía. Mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron, ‘Sí, pero pronto’, y me acompañaron al dormitorio. ‘¿Llevo documentos?’ ‘No los va a necesitar’, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado. (...) Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor. Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia, me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. El 24 de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona," relató en la entrevista con Andrew Graham-Yooll.
1981

En Madrid, la editorial Legasa publica su novela "El vuelo del tigre".
1982
El Centro Editor de América Latina, de Buenos Aires, publica su libro "La espera y otros cuentos", con selección y prólogo de Ana María Amar Sánchez.
1983
En Buenos Aires, la editorial Legasa publica la novela "Libro de navíos y borrascas".
1984
Recibe el Premio Konex Diploma al Mérito en la categoría "Cuento: primera obra publicada después de 1950".
1985
Obtiene, en París, el Premio Juan Rulfo por el cuento "Relato del halcón verde y la flauta maravillosa".
1989
La editorial Alfaguara de Madrid, publica su novela "Tres golpes de timbal".
1990
Recibe el Premio Boris Vian por "Tres golpes de timbal".
Trabaja como crítico literario para el diario madrileño "El Mundo".
1992
El 1º de julio, muere en España.
1999
En España, KRK ediciones publica su libro de relatos "Un silencio de corchea".
2005

La editorial Gárgola, de Buenos Aires, publica póstumamente su novela "Dónde estás con tus ojos celestes".
"Escrita en Oviedo y Madrid, lugares de residencia de Moyano desde su exilio en 1976, la novela ‘no tuvo la oportunidad de la más mínima corrección ni reescritura’, como señala en el prólogo su hijo, Ricardo Moyano. Sin embargo, ‘Dónde estás con tus ojos celestes’ es una sensible y lograda novela sobre los recuerdos, que representa un cierre del prolífico recorrido literario del autor. (...) Con exceso de sentimentalismo algunas veces, con buen equilibrio entre el humor y la reflexión otras tantas, la novela encuentra uno de sus mejores momentos en el diálogo imaginario y ciertamente ‘musical’ que entabla el narrador con la estatua del general realista Pezuela, bajo los registros del español antiguo y la lengua gauchesca, al que se suma un italiano hablando en cocoliche. En éste como en otros momentos, las capas de imaginación, recuerdo y realidad se mezclan para llenar ese espacio vacío que se abre entre el desarraigo y el intento de recobrar lo perdido. La novela de Moyano es, por ello, su último testimonio de esta búsqueda", escribió Soledad Quereilhac en el diario La Nación, Buenos Aires, 14 de agosto de 2005.

 

Publicaciones

"Artistas de variedades". Cuentos. Daniel Moyano, Editorial Assandri, Córdoba, 1960.
"El rescate". Cuentos. Daniel Moyano, Burnichón Editor, Buenos Aires, 1963.
"La lombriz". Cuentos. Daniel Moyano, Nueve 64 Editora, Buenos Aires, 1964.
"Una luz muy lejana". Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1966.
"El fuego interrumpido". Cuentos. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1967.
"El monstruo y otros cuentos". Cuentos. Daniel Moyano, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967.
"El oscuro". Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968.
"Mi música es para esta gente". Relatos. Daniel Moyano, Monte Ávila Editores, Caracas, 1970.
"El estuche del cocodrilo". Cuentos. Daniel Moyano, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1974.
"El trino del diablo". Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1974.
"El vuelo del tigre". Novela. Daniel Moyano, Editorial Legasa, Madrid, 1981.
"La espera y otros cuentos". Cuentos. Daniel Moyano, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982.
"Libro de navíos y borrascas". Novela. Daniel Moyano, Editorial Legasa, Buenos Aires, 1983.
"Tres golpes de timbal". Novela. Daniel Moyano, Editorial Alfaguara, Madrid, 1989.
"Un silencio de corchea". Relatos. Daniel Moyano, Ediciones KRK, Madrid, 1999.
"Dónde estás con tus ojos celestes". Novela. Daniel Moyano, editorial Gárgola, Buenos Aires, 2005.
"En la atmósfera". Novela. Daniel Moyano, El Mensú Ediciones, Villa María, Córdoba, 2012.



 

Daniel Moyano en el recuerdo*

Por Juan José Hernández

Como no soy estrictamente un crítico, mis palabras estarán impregnadas de apreciaciones subjetivas y anecdóticas nacidas del afecto y la admiración intelectual que sentí por Daniel desde que lo conocí en Buenos Aires en 1966, cuando Sudamericana publicó, casi simultáneamente, su novela Una luz muy lejana y mis cuentos de El Inocente. En ciertos casos, para hacer más vívida mi evocación, he recurrido a los apuntes de una libreta de notas de aquellos años donde aparecen, entre una miscelánea de citas y proyectos literarios, algunas conversaciones que mantuvimos con Daniel en sus espaciadas visitas a Buenos Aires.

Aquella novela de Daniel y mis cuentos fueron bien recibidos por parte del público lector y de los estudiosos de la literatura que señalaron en ambas publicaciones la ausencia de ornamentos folklóricos y arrebatos telúricos, propios de la llamada literatura regional del noroeste argentino. Habíamos renunciado a la Pacha Mama, a la flor del cardón, al lamento aborigen de la quena, y a las cholitas que en los bailes de Carnaval se adornan las trenzas con ramitos de albahaca, pintoresquismos que las agencias de viajes ofrecen por módicas sumas a los turistas.

En los sesenta, vale la pena recordarlo, había comenzado a declinar en la cátedra universitaria y en las publicaciones especializadas de literatura, la influencia de la crítica estructuralista de la década anterior. Sobre todo, la corriente estructuralista francesa que proponía el estudio de las obras en función del texto o discurso, considerándolo inmanente y aislado de toda referencia que no perteneciera a su universo literario. Estas lucubraciones significaban un apoyo a la flamante literatura experimental, a su vistosa y alambicada pirotecnia verbal, en detrimento de la literatura ideológica o políticamente comprometida que propiciaba en Francia Jean Paul Sartre.

Con posterioridad, otros investigadores no menos estructuralistas advirtieron el peligro de esa corriente que excluía a la literatura del plano de las ideas y admitieron en el análisis de una obra la influencia de coordenadas históricas; es decir, tomaron en cuenta la intención explícita o implícita del artista a través de un cuento, una novela o un poema.

No obstante esa apertura de la crítica, seguíamos con Daniel en el redil de los escritores regionales, nada folclóricos, por cierto, y mucho menos porteños, pero sí un tanto subversivos o “rojillos”, como se decía en España, cuando de manera implícita dábamos una visión descarnada de la realidad de nuestras provincias y de sus problemas endémicos: el mal de Chagas, la desnutrición infantil, el alcoholismo, el desempleo y la violencia. En nuestros relatos, tan alejados de la literatura fantástica, entonces en boga, había gente morena de rasgos aindiados, chozas con paredes de quincho, hirvientes de vinchucas, caserones de tres patios con aljibes y espaciosas cocinas donde al calor de las hornallas rituales se mantenía viva la antigua cultura del maíz. Para la literatura rioplatense éramos casi exóticos. Bien decía Pedro Henríquez Ureña que Latinoamérica, en la Argentina, empezaba al norte de la provincia de Córdoba.

Ni a Daniel ni mí nos importaba demasiado esa clasificación que oponía la literatura urbana a la regional. Buenos Aires por un lado, y por el otro las provincias del interior, especie de maniqueísmo que en cierto modo resucitaba la vieja antinomia civilización y barbarie que propiciaba Sarmiento.


Daniel Moyano y Julio Cortázar

Tal esquema simplista era compartido por Julio Cortázar, quien en una entrevista había afirmado que Argentina estaba dramáticamente escindida entre la capital y el interior: ¿Qué puede haber de común —se preguntaba— entre un intelectual porteño cosmopolita, políglota, abierto a los modelos europeos, y otro de una remota provincia norteña? Daniel, que había leído aquella entrevista, observó que no fueron los modelos europeos sino los narradores norteamericanos del siglo XX (Faulkner en especial y los novelistas de la llamada generación perdida) quienes influyeron en la narrativa contemporánea de América Latina, como podía advertirse en escritores como García Márquez, Juan Carlos Onetti, Vargas Llosa y José Donoso. Además —agregó con sorna— era sacrílego suponer que el espíritu de Pentecostés otorgara el don de lenguas en forma exclusiva a los intelectuales porteños.

Daniel opinaba que la narrativa de Faulkner era esencialmente regional. Sus novelas y cuentos tenían un mismo escenario, el Sur de los Estados Unidos, y reflejaban un drama histórico: la Guerra de Secesión que echó por tierra la próspera economía algodonera de esa región, basada en el trabajo de esclavos africanos. No había entonces razón alguna para sentirnos acomplejados por no pertenecer a la corte de la Reina del Plata, celebrada por Gardel, Carriego y Borges, y reflejada —según Cortázar— en la obra de los padres fundadores de la novela urbana argentina: Roberto Arlt y Leopoldo Marechal.

A nosotros nos parecía artificiosa esa división entre literatura urbana y regional. Pensábamos que de alguna manera toda literatura es regional. En el caso de la literatura argentina: se halla conformada por un conjunto de regiones, no sólo por la pampa húmeda y su ciudad puerto, federalizada en 1880 después de cruentas guerras civiles. Cada región de Argentina posee una forma de lenguaje, con matices expresivos de pronunciación que enriquecen el idioma sin aislarlo en parcelas dialectales, como ocurre en otros lugares.

La lengua hablada de cada región, con su contenido afectivo, cantito o tonada particular que tiene un valor semántico y estilístico, subyace en la escritura literaria y es un componente esencial en el acto de la creación poética, cuando el lenguaje, como observaba Pasternak, empieza de por sí a pensar y a hablar, y todo se hace música.

Esta preeminencia de la música se percibe en el desarrollo casi orquestal de algunas de las novelas de Daniel (Tres golpes de timbal, Libro de navíos y borrascas, El trino del Diablo) en las que emplea las técnicas modernas que renovaron ese género literario a mediados del siglo 20. “Lo mío es la música antes que las palabras”, dice Rolando, el principal vocero de las ideas del autor en Libro de navíos y borrascas.

Volviendo a Cortázar, a la separación que este escritor establecía entre la ilustrada Buenos Aires y el atraso o barbarie cultural de las provincias del interior, Daniel pensaba todo lo contrario; decía que Buenos Aires ya no era un centro irradiante de cultura, como en tiempos de la amistad de Victoria Ocampo con Ortega y Gasset; ahora, desde la capital, a través de la radio y la televisión, se transmitía más bien la incultura al interior del país mediante un lenguaje mercantil y extranjerizante que fomentaba en la gente la frivolidad consumista y la atonía moral, al par que bloqueaba su conciencia crítica. Cuando una sociedad se degrada, lo primero que se engangrena es el lenguaje, concluía Daniel, con palabras tomadas de un ensayo de Octavio Paz que acababa de leer.

En ocasión de recibir el premio de la revista Primera Plana por su novela El oscuro, nos vimos una tarde con Daniel en el viejo café Tortoni de avenida de Mayo, donde se organizaban tertulias literarias con lecturas de poesía y de cuentos.

Al salir del Tortoni dimos un paseo por la calle Florida. El palacete del Jockey Club había sido incendiado poco antes de la caída del régimen peronista, y en las afrancesadas mansiones de la oligarquía ganadera funcionaban gimnasios y salas diminutas donde se proyectaban películas pornográficas.
De pronto, Daniel se detuvo frente a un edificio en ruinas, con un cartel en la fachada que anunciaba su inminente demolición, y señalando un balcón del primer piso me dijo: “Allí vivió Rubén Darío a fines del siglo XIX”. El edificio era entonces un lujoso hotel de estilo art nouveau, y ese balcón que da a la calle Florida correspondía al cuarto en que se alojaba el poeta. Luego recitó de memoria, marcando los acentos, estos versos de Darío:

El escritor que sigue siendo un exiliado

Por Mónica López Ocón

Hay exilios que no terminan nunca, si es que hay alguno que concluya alguna vez. Daniel Moyano lo sabía bien porque lo experimentó en carne propia. Tanto se prolongó su exilio, que perdura aún después de su muerte. Aunque muchos lo reconozcan como una figura capital de la literatura argentina, el mercado, ese dictador nunca depuesto, lo mantiene a distancia prudencial de las mesas de novedades, de las apuestas de los grandes grupos editoriales, de los reconocimientos públicos y de la bendición de las camarillas literarias.

Algo de su obra ha comenzado a reeditarse gracias al esfuerzo de algunas editoriales independientes, pero ese gran escritor que fue Moyano está muy lejos de haber alcanzado el reconocimiento que merece. Hace muchos años leí en un suplemento cultural un cuento suyo que no conocía. No recuerdo el título, pero sí que hablaba de la relación entre un prisionero y su carcelero y que apenas superada la quinta línea del texto, ya estaba atrapada por su escritura precisa y por el clima opresivamente melancólico de la narración. No sé de qué forma se metabolizan los relatos que nos transforman para siempre, pero estoy segura de que ese ha pasado a formar parte de mi torrente sanguíneo y forma parte de mí de manera indisoluble. Creo que su escritura está alojada como un virus benigno en cientos de lectores. "La gloria –dijo José Pedroni– es sólo un verso recordado." Me gustaría que la frase fuera cierta y también extensiva a los relatos para que Moyano pudiera gozar al menos de esa modesta gloria de los olvidados.

02/03/13 Infonews

Ayer el pavimento sonoro de Florida
sintió trotar el tronco de potros de Inglaterra
que arrastran la victoria donde al amor convida
la faz de la morocha mas linda de esta tierra.

Parece una escena de la belle èpoque parisina —agregó Daniel— aunque la victoria con la morocha no se dirigía al Bois de Boulogne, sino a los lagos de Palermo.
Como algunos poetas modernistas, Daniel prestaba mayor atención al sonido que a la significación de las palabras. Por unos instantes, la sonoridad de los versos de Darío devolvió a Florida su esplendor de antaño.

Quizá Daniel se sintiera más a gusto con la palabra hablada que con el signo escrito; cierta vez le oí ponderar la transmisión oral, el vínculo entre el narrador de historias y el oyente. El texto impreso convertía al lector en un fantasma y en cierto modo lo empobrecía al privarlo de los matices del habla y de los gestos del narrador. En sus orígenes —explicaba Daniel— casi todas las literaturas de los pueblos fueron orales, fueron epifanías de la memoria y la voz.

En 1983 Daniel volvió por una corta temporada a Argentina para filmar con la televisión cultural española, las peripecias de su expatriación y presentar en Buenos Aires Libro de navíos y borrascas, novela en gran parte autobiográfica que indaga sobre la naturaleza esencialmente inmoral y perversa de todo poder, cuyo paradigma se identificaba con la última dictadura militar en Argentina y sus treinta mil desaparecidos.

Pocos días antes de la fecha elegida para la presentación, recibí un ejemplar de la novela acompañado de una invitación a participar en el panel de escritores y críticos que hablarían sobre ella. Tenía un plazo de tres días para leerla y redactar mi texto de presentación, tarea prácticamente imposible por tratarse de un libro de más de trescientas páginas. Por motivos que no valía la pena indagar, el libro y la invitación llegaban a mis manos demasiado tarde. Resolví excusarme ante Daniel y lo llamé por teléfono al hotel donde se alojaba para explicarle la razón de mi negativa a presentar su novela. “No te hagás problemas”, me dijo, “No precisás leerla: yo te la cuento. Es mejor contada que escrita...”

Sin morir como los quetzales o los okapis cuando son privados de su hábitat, la lengua coloquial, separada de su núcleo existencial, tiende a estereotiparse como puede advertirse en algunas narraciones de Julio Cortázar en que ha quedado como embalsamada en los años cuarenta, época en que el escritor se radicó en Francia.

Si el lenguaje es por definición creación colectiva, la tarea primaria del escritor consistirá en organizar imaginativamente el incesante reclamo de actualización de las palabras, pues como decía Saussure, la lengua es el sistema social más poderoso por estar grabada fundamentalmente en el inconsciente. Además es sabido que las palabras, para un escritor, no se limitan a su estricta significación: valen sobre todo por su connotación afectiva, por su atmósfera. Todo puede cambiar —decía Italo Calvino— menos la lengua materna que llevamos dentro, o que nos lleva en ella como en un mundo más exclusivo y definitivo que el vientre materno.

En la primavera de 1991, después de pasar unos meses en Francia, viajé en tren a Madrid donde tuve la alegría de visitar a Daniel y a su familia en su departamento de Ronda de Segovia. Allí, mientras bebíamos unas copas de vino riojano (de la Rioja de aquí, se sobreentiende), Daniel me comentó que dirigía un taller literario en Oviedo y que entre el material de lectura seleccionado para sus alumnos, figuraban algunos cuentos míos tomados de la antología que él había prologado cuando aún vivía en Argentina.

Con la generosidad que lo caracterizaba, dijo que mis cuentos habían entusiasmado a sus alumnos y que ellos querían conocerme y dialogar conmigo. Pero las clases en Oviedo estaban a punto de concluir, por lo cual no valía la pena pedirme que lo acompañara en aquel momento. El próximo año se ocuparía de organizar con mayor anticipación mi visita a su taller literario.

Días después, en vísperas de mi regreso a Buenos Aires, llamé por teléfono al departamento de Daniel para despedirme de Irma, su mujer, convencido de que él se encontraba en Oviedo. Me enteré por Irma que Daniel había postergado su viaje y estaba en cama, como consecuencia de un fuerte cólico renal. Ella le pasó el teléfono. Entonces oí la voz de Daniel que me decía con su imborrable y cantarina tonada provinciana: “No te aflijás, hermano: no es nada, es tan sólo un poco de arenilla”.

Todos conocemos el desenlace casi fulminante de la enfermedad que acabó con su vida. Quienes fuimos sus amigos, no acabaremos nunca de consolarnos.
Ahora, a diez años de tu muerte, poco importa, Daniel, que la actual crítica postmoderna, como aquella otra de la década del 50, menosprecie lo regional y se haga cómplice de un proyecto político neo colonialista, en nombre de la literatura light, desprovista de contenidos éticos y de la globalización, vía Mac Donalds y Disneylandia.

Lo importante es que gracias a estas Jornadas, haya podido concretarse aquel deseo tuyo que había quedado en suspenso desde la última vez que nos vimos en Madrid: nuestro reencuentro en el fervor compartido por la literatura y en el marco de esta hermosa ciudad de Oviedo que llegaste a sentir y a querer como propia.


* Una versión más extensa de “Daniel Moyano en el recuerdo” fue leída durante las Jornadas de Estudio en Honor de Daniel Moyano, realizadas en noviembre de 2002 en la Universidad de Oviedo, España.


[De El rescate y otros cuentos, selección de Juan José Hernández,
© Interzona editora, Buenos Aires, 2004]



 

Un artista de variedades

Daniel Moyano murió el 11 de junio de 1992, en España, donde permaneció exiliado desde que escapara de la dictadura militar en el mes de mayo de 1976. Mientras algunas antologías revalorizan su obra, también se dio a conocer su novela Dónde estás con tus ojos celestes, nunca publicada antes. En esta entrevista inédita (extractos, en rigor, de una extensa conversación entre agosto de 1987 y noviembre de 1988), Moyano repasa su infancia, su relación con la literatura, la música, su detención y el exilio.

Por Andrew Graham-Yooll

Con Daniel Moyano alguna vez tratamos de calcular cuántos kilómetros había entre su casa en La Rioja y el "piso" en la Ronda de Segovia, de Madrid. El cálculo estaba dirigido a saber dónde nos había llevado la vida, pero se hallaba condenado al fracaso porque la cifra no nos interesaba. Había armado la casa del exilio madrileño con su mujer, Irma Capellino, y con los dos hijos del matrimonio. De los encuentros familiares, en Madrid y, también en Londres, queda el recuerdo de su humor y de la calidez en su cara algo cansada. ("Dale, inglés, decilo, cara de indio. Es así. Mi padre era medio indio", reía Moyano.) Lo extraño mucho, ahora como en aquel primero de julio hace trece años en que su hijo avisó que Daniel había muerto. Me habla todavía, en dos cintas, dos extendidas charlas (53 hojas en la desgrabación) que sostuvimos en agosto de 1987 y en noviembre de 1988. Sus palabras reflejan erudición, su amplia lectura, su obra y su angustia.

Daniel Moyano fue el menos conocido de los grandes escritores argentinos y latinoamericanos de los ‘60 y ‘70. Felizmente, este año se ha comenzado a reeditar su obra. Tenía obra publicada cuando ocurrió su gran lanzamiento como escritor a raíz del premio Primera Plana, en 1967. Un jurado de lujo (Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez) proclamó ganadora su novela El oscuro. Su carrera había comenzado como plomero y albañil, si bien siempre fue escritor, y músico, desde que no pudo ir a la escuela en Córdoba. Sus oficios le sirvieron en el exilio luego de su detención en marzo de 1976. Aparte de cargar con la máquina de escribir, lo que más cerca llevaba era la bolsa con las herramientas de plomero.

Lo que sigue, un extracto de esas dos charlas grabadas, son palabras de Daniel Moyano, hablando como amigo, escritor, argentino y exiliado.

"Hablabas de Antonio di Benedetto. El decía que el exilio no tiene regreso. Era un caballero. Todos conocimos un Di Benedetto en Mendoza y en Buenos Aires, y otra persona en España, cuando salió de la cárcel. Sufría delirios de persecución, estaba envejecido y con problemas de memoria. Los militares lo acusaron de viajar a Cuba en busca de instrucciones para la guerrilla. Le preguntaban qué hacía en Cuba, si usaba el télex del diario Los Andes, donde fue subdirector, para comunicarse con la guerrilla. En los interrogatorios lo golpearon todo el tiempo, me dijo. Antonio se exilió en España. Sara Gallardo trató de ayudarlo, igual que muchos. Regresó a Buenos Aires, trabajó unos meses, y se quedó sin trabajo. Cuando murió, los diarios porteños le hicieron grandes elogios."

"Lo cito porque al exilio traté de negarlo. Poco a poco uno se va dando cuenta de la mentira de eso. He regresado a Buenos Aires, como muchos, pero me doy cuenta de que no regreso, aunque regrese. Lo que dejé ya no existe, los hilos están cortados. Alguien me dijo que mi novela Navíos y borrascas es mi paso hacia el exilio.

"Nuestra identidad es la de exiliado permanente. Julio Mafud, en El desarraigo argentino, sostenía que eran desarraigados los españoles que emigraban y desarraigados los indios que desposeían, y desarraigados los inmigrantes del siglo XIX que vinieron a desposeer. Eduardo Mallea por ahí dice que la Argentina es como una gran ramera con la que todos se acuestan, pero que nadie la asume. Mi abuelo materno hablaba de volver a Italia, y de un barco mitológico que lo llevaría. No volvió, como no vamos a volver ninguno de nosotros. Yo me invento que mi abuelo se fue para allá con un acordeón, pensando que iba a volver. Volví yo, él soy yo, y volví con un violín. Cambiamos de instrumento, nada más. Mario Benedetti ha inventado una palabra muy buena, desexilio, pero no creo que sea posible el desexilio.

"Lo he superado: no tengo nostalgia, ni me quejo. Empecé a ver a Madrid como una ciudad real. No la veía como real, sino como ciudad ‘impuesta’. Ahora, que sé que el exilio es irreversible, me siento cómodo. Es saludable y debe ser un mecanismo de defensa. Quiero asumir el exilio sin temor, y sin esperanza."


Daniel Moyano - Discurso del astrónomo mulero

"Los primeros siete años de exilio no pude escribir nada. Había perdido toda capacidad expresiva. Lo que intentaba escribir era visceral, patológico, mezclado con pesadillas... que terminaban en un cuartel, no podía escribir porque todo lo que escribía estaba prendido a esta desesperación. Hasta que intenté la re-escritura de El vuelo del tigre, que yo había escrito en La Rioja. Cuando me detuvieron, Irma enterró el original en la huerta, porque si los militares leían además de saquear no me soltaban más. Un cura amigo le dijo a Irma: Hagan desaparecer ese manuscrito. No había copia. Hice una reconstrucción del manuscrito. Cuando volví a La Rioja, los que vivían en la casa habían volteado la higuera, pusieron césped, una pileta de natación... Andá a saber qué pasó con el original."

"Navíos y borrascas sirvió para recuperar mi capacidad expresiva. Eso y la re-escritura de El vuelo... Ahora la novela que he escrito ya no tiene nada de eso. Es una novela andina, que se desarrolla en un pueblo de la cordillera de los Andes donde un hombre encerrado con un diccionario y una gramática se enfrenta con las palabras para contar la historia de su pueblo que va a desaparecer."

"Sabés que tenemos cosas en común, vos y yo. Algo de ingleses y protestantes, de vivir en Córdoba, y eso de caer en juzgado de menores de muy joven. Vivíamos en La Falda cuando yo tenía entre cuatro y siete años. Eramos los caseros de unos pastores ingleses que tenían un chalet muy bonito. Mr. Louis Robert y Mr. Clifford. Hablaban un castellano tarzánico. La mujer de Mr. Robert, Emilia, tocaba el armonio y el culto evangélico se hacía en su casa. Nosotros desde antes éramos protestantes..., desde Buenos Aires. Mi madre lo era. Yo nací en Buenos Aires, pero mi familia era de Córdoba."

"Cuando muere mi madre yo tenía siete años. Entonces mis tías católicas me bautizaron en la Iglesia..., no era bautizado. Ahí me vino el susto porque me dicen usted es un animalito, no se ha bautizado. No entendí nunca lo del pecado original, me llenaba de terror. Todavía me da miedo la religión católica."

"A mi hermana la mandaron a Alta Gracia con otros tíos. Cuando pude me escapé, porque quería estar cerca de mi hermana. Iba a tercer grado en el Colegio de la Torre. En los recreos jugábamos a la mancha, y el más ágil de todos se llamaba Guevara. Era asmático y tenía un tórax grande. Otro recuerdo que tengo del Che es que un día todo el grupo que jugaba a la mancha fuimos a una casa a robar duraznos, a la siesta. Estábamos robando y se asomó un viejo, que dijo: Lleváos los duraznos pero no me rompáis el árbol. Era Manuel de Falla, que vivía en Los Espinillos, en Alta Gracia. Yo le conté esto a Julio Cortázar. Me dijo, ¿Por qué no lo escribís? No puedo... es como escribir las memorias. Después se lo conté a don Ernesto, en Cuba."

"Yo nací en Buenos Aires, me llevaron a Córdoba, y luego me fui a La Rioja porque los abuelos de mi padre eran de Olta, de La Rioja. Yo decidí irme de Córdoba a La Rioja, buscando raíces. Mi madre nació en Minas Gerais, cerca de Belo Horizonte. A los diez años la trajeron a la Argentina. Se casó con mi padre (que según él tenía sangre india). Tengo muy pocos recuerdos."

"Cuando me tuve que enrolar en Córdoba, no tenía documento. Mi padre le había dicho a mi madre: Hay que hacer los trámites para anotarlo a Daniel, pero mi mamá dijo: Daniel está anotado en el cielo, qué me importan los papeles. Estoy anotado en el cielo, con el pastor, pero no en la tierra. Escribimos a Buenos Aires, y nos dijeron que viajáramos. No fui a Buenos Aires, costaba un dineral. Un juez en Córdoba me dijo: Venite con dos testigos falsos, decí que naciste en Córdoba un año antes, y entonces te enrolamos y no te cobramos."

"Me enrolé a los diecisiete e hice el servicio a los diecinueve. En los papeles figuro nacido en Córdoba, el 6 de octubre del ‘29. Nací en Buenos Aires el 6 de octubre del ‘30. Mis testigos falsos fueron un violinista gallego y un ave negra de esos que andan en los tribunales, que dijo: Yo me ocupé, Sr. Juez, de los servicios de obstetricia. El violinista dijo: Pues mire, yo he estado ahí sentado, leyendo una partitura. Y me puse a tocar el violín, y me dijeron: ¡Ha sido un varón!"

"Mi padre había trabajado en el Ministerio de Obras Públicas, y por ser radical lo echaron cuando Uriburu, en el ‘30. Durante un tiempo estuvimos muy mal."

"En La Falda, para los carnavales, las murgas cantaban coplas (¡sucias para la época!, ahora son inocentes): La murga caradura / no sabe qué hacer / se pone a fabricar / calzones de mujer. ¡Mirá vos la inocencia! Joaquín se fue / a mear detrás de un convento / vinieron los perros / y le comieron el instrumento. Las coplas las escribía mi papá. Cuando pasaban las murgas Mr. Robert se ponía algodones en los oídos y decía ¡Qué horror! Y mi papá decía ¡Qué horror! ¡Cómo van a seguir así las cosas!... Si el inglés se enterara, decía mi papá. Fue un momento muy agradable, hasta que murió mi madre en 1937. Después de vivir con mis abuelos pasé de tío en tío. Mi padre desapareció. Reapareció años después. Todos los tíos me dieron material para los cuentos... Pasé un tiempo en un reformatorio, y mi hermana en un colegio de monjas, donde nos colocó un tío."

"De vuelta en casa de mis abuelos maternos, cuando tenía doce años, leíamos La Divina Comedia, en italiano, claro. Yo leí El Quijote, la literatura gauchesca, Don Juan Tenorio. Son las lecturas que más recuerdo, inviernos enteros leyendo. Fui a Córdoba capital para hacer el bachillerato y no lo pude hacer porque no tenía papeles, como te dije. Entonces me iba a la Biblioteca de Córdoba, y leía... mucho. A Lugones. Descubrí la poesía de T. S. Eliot. En Córdoba empecé a escribir poesía. Luego me puse a leer a los autores norteamericanos. Pasé a Chéjov... Y escribía. Luego vendrían los cuentos en Artista de variedades (1960), y La lombriz (1964). Una luz muy lejana (1966) fue mi primer intento de novela. Después vino El monstruo y otros relatos, y El fuego interrumpido (1967). Escribí El oscuro a raíz de los tiempos del general Onganía. Esto me llevó a meterme en la realidad de mi país. Creo que terminé mi ciclo con mi país: lo que tenía que decir ya está dicho. Quiero evadirme de la historia de mi país, que me ha limitado mucho. El oscuro, El trino del diablo (1975), El vuelo del Tigre, son libros sobre los acontecimientos históricos, alguna vez anticipándome, como en El trino del diablo.

"Cortázar decía: escribas lo que escribas nunca vas a dejar de ser argentino, ni de escribir para tu país. Borges permaneció físicamente en la Argentina, pero mentalmente nunca estuvo."

"Yo le decía a Julio: Mirá, después que dejé Córdoba y me fui a La Rioja, empecé a atisbar esta entelequia que es América latina. Yo necesito a América latina: necesito que exista, porque no soy ni italiano como mi abuelo, ni indio como mi padre. Soy mezcla. Necesito mi identidad, no a nivel literario, la necesito como persona. Le decía a Julio, me siento mucho más cerca de Rulfo que de vos o de Borges. A Borges lo admiro y a vos te quiero, le decía a Julio. Rulfo me dice más."

"Sabés que el Cacho (el escritor, Mario Paoletti) cuenta por ahí la historia de cómo me reconcilié con mi suegro. Es graciosa, te hago la síntesis: mis suegros son de origen piamontés y tuve que raptarla a Irma porque no me dejaban casar con ella. Decían que yo no era nativo y que no tenía vacas. Nos fuimos a vivir a La Rioja, pero al año nos reconciliamos, cuando nació nuestro hijo, Ricardo. A mi suegro no le gustaba que yo fuera escritor, porque él vinculaba la literatura con la bohemia y la pobreza. La cocina nuestra daba al oeste, y no sé por qué entraban por ahí muchas moscas, un problema cuando había un niño en casa. Entonces le dije al abuelo: vamos a convertir la puerta al patio en ventana, y abrir una puerta al comedor. Mi suegro pensaba que eso nos iba a llevar mucho tiempo. Le dije Lo hacemos hoy. Lo puse de peón... traiga esto... mezcle el cemento. El piso no me gustaba, y le digo: vamos a estucar. No, dice, estucar es difícil. Terminamos a las dos de la mañana. Al otro día venían amigos, poetas riojanos, que todas las noches se reunían en casa. El suegro les dice: Mi yerno es un escritor como ustedes pero no es inútil como ustedes. Mi yerno es un escritor que sabe estucar un piso y poner un ladrillo."

"El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo."

"Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem, y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa.

"Mi hija María Inés, de siete años, dormía, mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron, Sí, pero pronto, y me acompañaron al dormitorio. ¿Llevo documentos? No los va a necesitar, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado."

"Estuvimos desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Al mediodía trajeron esa polenta asquerosa de las comisarías que nadie quiso comer. Nos hicieron llenar una planilla, una tarjeta, donde teníamos que poner el nombre, profesión e ideología. Nunca me había planteado qué ideología tenía. Pa’ colmo no era ni católico. No sé qué disparate habré puesto. A las seis de la tarde nos arrearon a un autobús..., unas cincuenta personas. Los vidrios estaban tapados con papel pero a través del parabrisas del conductor yo veía la curva que llevaba a la Cárcel Provincial. Nos metieron contra una pared blanca, separados un metro de cada uno, y un hombre dijo: no miren la pared, miren fijo a la arañita (eso lo puse en El vuelo del tigre), busquen una arañita que hay en la pared, y no se miren ni hablen... ¡Las armas son muy celosas y se pueden escapar los tiros! Hicieron ruidos de armas, de sacar los seguros. Había un silencio terrible."

"Duró, no sé cuánto..., de golpe se oyó una carcajada de treinta personas, una risa mecánica y fingida. Apareció un tipo y nos puso una cuchara, cosa que nunca me explicaré por qué: una cuchara entre el cinturón y el pantalón a cada uno. Y cuando terminaron de poner las cucharas, vino otro y las retiró, y largaron otra carcajada. La cuchara significaría que nos iban a dar de comer. Y no nos daban de comer." "Fuimos pasando uno por uno, nos preguntaron nombre y profesión, me sacaron los cordones de los zapatos y el cinturón, y con el pantalón en la mano, me empujaron con la culata del rifle. Subimos una escalera hasta una puerta, me dieron un culatazo y me metieron dentro. ¡No entraba luz por ningún lado! Ahí estuve ocho días en esa celda de castigo, y me daban la comida por un cuadradito de quince por quince. A los ocho días, a otro calabozo. Tenía una ventanita y podía ver el patio. Empecé a medir la hora por la sombra del sol. Un pajarito venía todos los días a la misma hora, a la misma teja: lo conté en El vuelo del tigre. Salía con el mismo rumbo todos los días y así quizá toda la Eternidad. Un día viene un carcelero, que era oficial y riojano, y me dice Oiga, profesor –debía ser pariente de algún alumno del Conservatorio–, quiero decirle que su familia está bien."

"Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor."

"Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. Volvimos todos a Buenos Aires a esperar el barco. El 24 de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona."

"Como te contaba, decía Di Benedetto: el exilio no tiene regreso."

Fuente: Suplemento Radar, Página/12, 25/06/0



 

La transterrada historia de Daniel Moyano

Por Reina Roffé

Un 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu derrocó al presidente electo Hipólito Yrigoyen. Daniel Moyano estaba aún en el vientre de su madre. A los 8 meses de gestación ya oía el ruido de los sables, contaba Moyano, que nació exactamente un mes después, el 6 de octubre y en Buenos Aires, aunque fue en Córdoba donde se formó intelectualmente. En 1959 se trasladó a la ciudad de La Rioja, en el noroeste argentino, y allí ejerció el periodismo y se desempeñó como profesor en el Conservatorio Provincial de Música, y violinista en el Cuarteto de Cuerdas y Orquesta de Cámara de la citada institución.

Su madre era hija de italianos, nacida en Brasil; y su padre, argentino, con gotas de sangre india y descendiente de españoles extremeños. "Soy un argentino típico -afirmaba Moyano-, porque un argentino es esas mezclas".

De su infancia decía acordarse poco. Sin embargo, recordaba aquellos años en Córdoba cuando trepaba un cerco con un chico que se llamaba Ernesto Guevara para robar frutas del huerto de un señor español conocido con el nombre de don Manuel de Falla.

Por entonces, quizá no sospechaba que ya no dejaría de oír el ruido de los sables y que en 1976, hallándose en su casa de La Rioja templando el violín con el que tantas veces se había ganado el favor del público y hasta el de "las mulas melómanas de la cordillera", entrarían las fuerzas armadas para llevárselo y encarcelarlo.

Cuando recuperó la libertad, se exilió en España. Pero su exilio comenzó antes. Él mismo reconocía haberse criado en el exilio de su abuelo materno, que era italiano. Y en otro, en el de su padre, un técnico en construcciones que se había ido a trabajar a Buenos Aires en la época de Yrigoyen y que después del golpe militar tuvo que regresar a Córdoba. Luego en uno más, elegido por propia voluntad, que lo llevó con veinte años a radicarse en La Rioja, donde precisamente escribió la novela Una luz muy lejana, intentando entender lo que Córdoba había sido para él. Otras variaciones del exilio fueron los hogares de diferentes tíos con los que vivió la infancia. Aunque estos exilios, decía Daniel, son los que sufren todos los seres humanos y consisten en ir dejando cosas y querencias.

De estos "viajes", el más perturbador para su vida y su obra fue, en efecto, el de Argentina a España. Como su personaje Triclinio de la novela El trino del diablo, Moyano siempre tenía la cabeza llena de sonidos. En Madrid, durante los primeros siete años de su exilio, solía despertarse con melodías que tenían un poder evocador tremendo. Contaba, con terror, que se levantaba de la cama con la melodía del tango "Ladrillo" y la visión estremecedora del dictador Jorge Rafael Videla.

En la Argentina había escrito y publicado siete libros de cuentos y tres novelas. Con El oscuro, en 1967, había ganado el premio del concurso internacional de novela "Primera Plana-Sudamericana", cuyo jurado lo integraron Leopoldo Marechal, Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez.

En España, y a pesar de una obra que lo sostenía como escritor, pasó muchos años sin poder escribir, o mejor dicho, sólo podía narrar pesadillas, historias de violencia. Decía que, en realidad, había perdido la fruición del lenguaje y las palabras. Finalmente, aquella música que oía sin atreverse a tocar, vuelve y se articula en forma de dos cuentos: "Tía Lila" y "María Violín".

A partir de aquí, Moyano retoma el tema del desarraigo y la marginación que son la dominante de sus cuentos y de las tres novelas anteriores al exilio, pero ahora con el agregado de una reflexión profunda sobre las condiciones en las que se entretejen el lenguaje y el hombre transterrado y forzado a dar cuenta de dos mundos a la vez.

Si el eje fundamental de Una luz muy lejana (1967), El oscuro (1968) y El trino del diablo (1974) es la emigración o los exilios del habitante del interior, de provincias pobres, de pueblos desposeídos hacia las grandes capitales, y si en su primera novela se plantea el conflicto del extrañamiento ante un lugar que no es el de pertenencia y que deja fuera de toda posibilidad de integración a los protagonistas, en Libro de navíos y borrascas (1983) estos núcleos se erigen en un exhaustivo análisis sobre el difícil o imposible proceso de inserción de los seres humanos, y más concretamente del intelectual, en una sociedad represiva y violenta que no sólo lo deja de lado sino que lo hace desaparecer, lo extingue o lo silencia.

Sus últimos textos abordan muy específicamente los efectos que la transterritorialidad tiene sobre la estética y los usos lingüísticos. Durante los primeros años del exilio, Moyano señalaba que cada vez que debía nombrar una palabra, no sabía cómo hacerlo, y es que resulta paradójico, por no decir extraño, traducir oralmente del castellano al castellano, puesto que para comunicarse uno debe hablar con el código del que escucha. Él lo resolvió optando por una especie de bilingüismo. Decía: "A veces nombro de las dos maneras la misma cosa".

Sin embargo, a la hora de escribir, el conflicto se agudizaba. Frente a las opciones estéticas, Moyano soluciona el problema, por ejemplo, cuando en su cuento "María Violín" debe nombrar una prenda interior femenina. Como las palabras bombacha (en argentino) y braga (en español) son feas, las sustituye por monocordio. Pero es en Tres golpes de timbal (1989) donde la búsqueda de identidad presente en toda su obra, se transforma más que nada en una búsqueda de identidad lingüística. Indefectiblemente, vuelve a la lengua aprendida en la infancia, que es el dialecto personal de un escritor, pero modificada ahora por el español peninsular que él adapta y reinventa.

El argumento es el mismo de Una luz muy lejana, aunque en Tres golpes de timbal parece encontrar el núcleo vital que no está en su primera novela. Esta última transcurre en un pueblo de marginados en la Cordillera de Los Andes. Hay un exterminio, del exterminio se salva una mujer embarazada. El niño que nace, cuando es adulto sale a recuperar un fundamento, algo anterior a la violencia y a la muerte. Lo encuentra en una tumba donde hay una cajita de música. Encuentra a su padre. El esquema formal de la novela es musical. El mismo Moyano reconocía que tenía algo de las Variaciones Goldberg de Bach y es la variación 25 la que trata de reproducir a través de la escritura. Toda la novela acusa recibo de las mediaciones generadas por su exilio lingüístico, porque el personaje, como Daniel, está encerrado con las palabras.

Cuando publicó Tres golpes de timbal en editorial Alfaguara, Daniel Moyano creyó haberse liberado de lo que él llamaba la novela latinoamericana o de América Latina como tema literario, y así lo registran algunas entrevistas publicadas en aquel momento. Siempre que se refería a él como escritor decía que sus textos reflejaban un sentimiento deliberadamente personal: "Así esté hablando de un jabalí que va bajando por una montaña, lo tengo que hacer pasar por algo interior mío, porque si no, no puedo sentirlo. Tengo que mojarlo con algo mío. Siempre he pensado que las cosas y los seres humanos tienen armónicos, igual que la música. Entonces ese jabalí tiene que tener un armónico mío".

Moyano, que se había nutrido de la realidad de todos los días, de la gente que había conocido en la calle, en el trabajo, estaba profundamente marcado por la historia de una Argentina que en 1930, año de su nacimiento, comienza su descenso, su caída estrepitosa. Había vivido, se había criado en un país provisional. "No puedo hablar ni escribir sobre Abelardo y Eloísa -decía- mientras está ardiendo mi casa. Tengo que apagar el incendio antes. Yo no he conocido la estabilidad, yo nací en un incendio permanente". Y agregaba que los hechos le habían dado la razón, porque cuando creía que ya había estabilizado su vida, había hecho su casa, tenía sus hijos y estaba escribiendo una obra, vinieron los militares, lo sacaron de su casa con ametralladoras y lo metieron en un calabozo. Después tuvo que exiliarse y empezar de nuevo. "Sigo -decía- en el país provisional".

Después de Tres golpes de timbal, y para romper con lo que él denominaba la "guitarra" latinoamericana, se propuso escribir una novela de amor. Creía que como el cantor protagonista de Tres golpes... había encontrado a su padre, cerraba así uno de los temas recurrentes de su obra, y mito de la literatura latinoamericana: la búsqueda de identidad. Por lo tanto, se había quitado de encima esta problemática y quedaba libre para emprender otras búsquedas. Pero lamentablemente no tuvo tiempo de escribir la novela de amor. Tenía una cuenta pendiente con su madre y así surgió otro texto de mitología familiar, Dónde estás con tus ojos celestes (título tomado de la canción "La Pulpera de Santa Lucía"). También quedaron inéditos un relato largo o novela corta, "El sudaca en la Corte", y un libro de cuentos sobre memorias musicales.

Merece la pena detenerse un momento en lo que hay detrás de "El sudaca en la Corte". El título no es casual, ya que Moyano se sentía como un sudaca en el ámbito literario español. Tuvieron que pasar casi 10 años de exilio para que una editorial española publicara El vuelo del tigre (Plaza & Janés, 1985) y para que otra editara Libro de navíos y borrascas, sólo después de que sus anteriores obras se tradujeran al inglés y al francés. Volvía a encontrarse con la necesidad de ser reconocido fuera para no ser ignorado dentro. El binomio provincia-capital argentina se llamaba ahora España-Francia. Moyano lo explicaba sutilmente: "No hay tanta discriminación como indiferencia". Indiferencia que el reconocimiento exterior le permitió mitigar hasta convertirse en ese sudaca invitado a las recepciones del rey y homenajeado a título póstumo por la televisión española.

Como muchos escritores que se exiliaron en España, Moyano se topó con un aparato editorial que no buscaba obras sino campañas de marketing, donde el sujeto de la literatura ya no era el lector sino el propio editor, a quien sólo se complace con la búsqueda de la técnica que mejor se adapte a su montaje de ofertas, premios y propaganda. Todo lo que salga de esta norma, no interesa. Efectivamente, más que discriminación había indiferencia.

Daniel Moyano, criado y perseguido por el país provisional, también había crecido en el miedo. Tal vez por eso no escribió la novela de amor. Quizá todavía seguía apagando incendios. Decía: "En el fondo, le tengo miedo a la vida. No en el sentido borgeano, quizá Borges le tenía miedo a la vida biológica, a una mujer. Yo le tengo miedo a todo, al conjunto de la vida, donde incluyo también a las mujeres. Y como le tengo miedo a todo, creo que nunca voy a llegar a nada concreto. Pienso que nunca voy a poder realizar bien una obra literaria porque llego hasta ahí nomás y allí me quedo, tengo miedo".

Los cuentos que constituyen una saga familiar, como "Para que no entre la muerte", "Una partida de tenis", "La lombriz", "Mi tío sonreía en Navidad", incluidos en los libros Artistas de variedades, El estuche del cocodrilo y La lombriz, componen un universo narrativo donde la circulación de temas permite leer y repensar en sus distintas versiones la relación entre los hombres, el tiempo, su estado material y afectivo, su improbable transcurrir, y en los que se condensan núcleos significativos que caracterizan su escritura por la trascendencia que adquieren en ella los destinos individuales.

"Yo voy contando siempre -decía Moyano- la misma historia bajo distintas obras. Los tíos no son una obsesión sino un intentar explicar muchas cosas que quedaron sin final en mi pasado. Hace ya tiempo le pregunté a mi hermana si mi tío Antonio, el más terrible de todos, no había hecho nunca nada normal. Me respondió que siempre había sido cruel. Entonces me puse a escribir "La lombriz", pero como no pude encontrarle nada bueno con este cuento, tuve que inventarme "Mi tío sonreía en Navidad". Yo le hallé asidero a la creación literaria ahí, buscándole un sentido a mi tío Antonio. Desde entonces creo que he escrito, más que por un goce estético, por necesidad de saber algo más".

También en los cuentos de El fuego interrumpido como, por ejemplo, en "La espera", vuelve a aparecer la vertiente social configurada por la marginación, y la afectiva representada por el niño solo que espera a su padre y observa desde su entorno periférico las luces de la ciudad que, por desplazamiento, simbolizan la figura paterna. Figura que se reitera de manera siempre fragmentada en buena parte de su obra y reaparece en un juego de espejos, confundidos padre y carcelero, en uno de sus cuentos más perfectos y conmovedores escrito en el exilio: "Desde los parques". Es el cuento que reúne todas las obsesiones de Moyano y casi todos los temas que dan cuerpo y sustancia a su obra. De alguna manera, es un compendio de sus preocupaciones fundamentales y estilísticas. En él asoma otra vez la infancia como lugar utópico, como paraíso inalcanzable y también como infierno.

Hay otra inflexión en su obra que apunta igualmente al concepto de marginalidad y que está presente en aquellos relatos de línea kafkiana en los que se recrean ambientes sociales asfixiantes, donde el individuo está sujeto a designios externos a sí mismo y despojado del poder de decidir su propio destino. Extrañamiento, incomunicación, precariedad, provisionalidad y sometimiento a un "otro" o terror de encontrarse con ese otro también monstruoso, son constantes sobre las que se construyen cuentos como "Nochebuena", "Una guitarra para Julián" y "El rescate".

Tanto en sus relatos como en sus novelas, el realismo narrativo de Moyano se desprende de la pretensión meramente testimonial o de la tendencia a reproducir ámbitos y cosas que caracterizan al realismo tradicional para teñirse de un registro alegórico. Como los grandes narradores, Moyano procede -como señala Roa Bastos- "por excavación y no por acumulación, por la creación de atmósferas, de cierto clima mental y espiritual, más que por el abigarrado tratamiento de la anécdota".

Su escritura, que guarda prudencial distancia de los tópicos del relato clásico regionalista como asimismo de las complejidades de las vanguardias, se caracteriza por una sobriedad en cuanto a procedimientos formales que hacen de su manera de contar todo un estilo. "Procuro que mis palabras -decía- se sostengan en verdades auditivas o sonoras, iguales a las que soporta la música". Ciertamente, sus verdades estructurales son contundentes como las de una melodía, sus páginas casi pueden oírse y leerse como una partitura, un fragmento musical de vida. En este sentido, no resulta caprichoso que Moyano dijera que muchas veces se sentía en una pieza donde está todo eso que llaman literatura y que él llamaba hacer un tratamiento con las palabras para entrar en la vida.

Sus abuelos italianos tenían en la Argentina un baúl con objetos de su Italia lejana y recordada. Daniel también guardaba celosamente un baúl mitológico que trasladó de La Rioja a Madrid y conservó hasta su último día, 1 de julio de 1992. Allí se condensaban, como en sus libros, los símbolos del paraíso perdido.

El país provisional y el miedo, más que impedimentos para crear, fueron, sin duda, elementos decisivos que detonaron la indagación personal para la construcción de una obra que llegó más allá de lo que el propio Moyano creía. Porque ¿de qué otro lugar sino del miedo, o de qué otra cosa se puede escribir, si no de viajes, crímenes y exilios?

Daniel Moyano sabía muy bien que de ciertos viajes no hay regreso. Él mismo decía que Ovidio había demostrado literariamente que no se puede volver ni siquiera volviendo, porque el exilio es irreversible. De estas razones secretas, de estos fundamentos a veces descorazonadores, de la óptica del vencido, precisamente, se nutren sus mejores páginas, que nos revelan el itinerario creativo de una memoria excepcional para vencer el tiempo, los tiempos y el olvido.

Fuente: www.literaturas.com



 

Roa Bastos, a solas con las palabras

Por Daniel Moyano

Cuando me llaman de El Independiente contándome que Augusto Roa Bastos ha ganado el premio Cervantes de Literatura y me piden que escriba un artículo sobre él, no es a mi mente adonde acude esa realidad literaria que es Augusto, sino a mis oídos; no son los títulos de sus obras ni su biografía los datos inmediatos que aparecen, sino una voz, su voz. Con timbre, con altura, con intensidad, que son las condiciones del sonido. No me refiero a la voz física de Roa Bastos sino a la que se «oye» en su obra. Es decir, hablo de los sonidos de su prosa.

Los escritores con voz, que no abundan, son los que hacen ascender el lenguaje en el sentido que le dio nuestro primer gramático don Antonio de Nebrija en 1492, cuando decía que al escribir su Gramática había tenido más en cuenta lo que suena en boca de la gente que la lógica del latín. Cito mal y de memoria, pero afirmaba que los pensamientos se generan en el ánima y ascendiendo por el áspera arteria que llaman gargavero, salen al aire en forma de sonidos, y que en esto la palabra no se diferencia del canto.

La lengua guaraní que se hablaba en ese país que Roa define como una gran isla rodeada de tierra logró sobrevivir a la conquista gracias a los jesuitas que la protegieron y la impusieron como lengua oficial en las Misiones. Convivió con la lengua de Nebrija, y mantuvo sus sonidos hasta ahora. Roa Bastos aprendió el guaraní antes que el castellano, y con la lengua materna asimiló los mitos y los sueños de un pueblo precolombino milenario, presentes en los estratos más profundos de su obra, en su visión del mundo.

Los sonidos del guaraní, tan dulces, forman parte de la música de Roa, especialmente en esta gran construcción verbal y tonal que es Yo, el Supremo, donde oímos sonar el castellano en uno de sus momentos más brillantes, mezclado hábilmente, y de una manera imperceptible con esa especie de arpa india que es el guaraní. De ese mestizaje sonoro, me parece, surgen los sonidos más hermosos de este maestro tañedor. El guaraní en su prosa castellana se oye por resonancia, como en esos instrumentos barrocos con cuerdas ocultas y no pulsadas que suenan por simpatía.

Roa es uno de esos escritores totales que al asumir el destino del país donde le tocó nacer cargó en sus espaldas no sólo esos sonidos y esos mitos indios, sino la tragedia de su pueblo, tan castigado por la historia a causa de la defensa permanente de su identidad.

Conocí a Roa Bastos por los años 60, cuando él ya llevaba casi veinte años de exilio argentino. Los escritores del interior del país, que no conseguíamos identificarnos con maestros como Borges o Cortázar, por razones de aislamiento con respecto a Buenos Aires, así como de pobreza económica, éramos más latinoamericanos que argentinos. Cuando Roa publicó Hijo de hombre y Juan Rulfo Pedro Páramo, dejamos de sentirnos solos y de duda de nuestra identidad. Ahí estaban ellos para demostrarnos que podíamos usar la propia voz. De Roa aprendimos a meter la tonada de nuestras provincias en nuestros escritos sin tener que recurrir a las palabras regionales, y evitando de paso que los escritores de Buenos Aires, que siempre fueron muy europeos, no nos tildaran de folklóricos.

Cuando digo nosotros estoy hablando de escritores como Haroldo Conti, Antonio di Benedetto, Juan José Saer, Juan José Hernández, Héctor Tizón y muchos más que, al revés que los del boom, que aparte de ser buenos escritores estuvieron sostenidos por el triunfo de la revolución cubana, fuimos los escritores enmarcados por las dictaduras militares, o sea por la derrota, y, como Roa, tuvimos que tomar el camino del exilio.

Roa ha cumplido un compromiso ético y estético con su pueblo. Ha convertido en palabra y en belleza todo eso que le viene sucediendo al Paraguay desde el año 1537, cuando se fundó ese fuerte que andando los años sería Asunción. A nosotros la derrota no nos dejaba a veces estar a solas con las palabras como lo ha hecho él admirablemente y como lo ha dicho en un poema.

Además de enseñarnos a usar sin miedo nuestra tonada regional, Augusto también nos enseñó el exilio, con su conducta. Durante más de cuarenta años fuera de su tierra, ha ido convirtiendo el destierro en una ética. Todo lo que su país le negó, lo convirtió en belleza y en voz de su país.

La música buscada por Nebrija en su Gramática ha encontrado en Roa Bastos a uno de sus mejores tañedores. A uno de los más perfectos artífices y, a su vez, su mejor instrumento, el más adecuado a sus contenidos.

Fuente: www.cervantesvirtual.com




Después de este destierro

Por Daniel Moyano

Cuando tomó el picaporte sintió que al otro lado había una mano apoyada allí, presionando hacia adentro. El timbre sonó en medio del silencio que había en la casa a medianoche. La escalera que conducía a los cuartos altos, donde todos dormían ya, brillaba ese día. En ella detuvo una breve mirada antes de abrir la puerta. Esperó, durante un momento, que su mujer, según la costumbre, le preguntase desde arriba quién era el que llamaba, pero desde allá no vino ninguna voz y el brillo de la escalera permaneció en cambio como una parte del silencio. Hubiera dado un paso para salir, pero aquellas cuatro manos ya lo habían sacado y ahora sentía en la cara el aire frío de la calle. No pudo ver sus rostros. En la esquina el farol proyectaba una luz débil y amarilla.

—Sergio, ¿no? —dijo una voz.

Enfrente, debajo de un árbol, había un automóvil. Él no contestó nada. “Todo está perdido entonces”, se dijo mientras cruzaba la calle, tomado de cada brazo por los dos hombres de rostros no identificados. Ni siquiera le preguntaban su nombre verdadero. Sergio era el que le habían señalado para las comunicaciones que hubiera que hacer antes o durante la revolución. Si habían podido descubrir ese detalle era evidente que conocían todo el plan. Antes de subir al vehículo le vendaron los ojos. Después le ataron las manos. Al sentarse percibió que en cada costado había alguien. Podía tocar, con los suyos, sus brazos y rodillas. Los dos hombres subieron adelante. El automóvil comenzó a andar.

“Me torturarán para que les diga el paradero de Rodríguez; pero eso nunca”, pensó. Rodríguez era el jefe supremo del movimiento. Él sabía que dicho jefe era el único que podría salvarlo en un caso como ése; tenía influencias, conocía a algunas autoridades, al Obispo. Podría estar en la cárcel un par de años como preso político. Rodríguez vería después la forma de salvarlo. Se imaginó en la cárcel y, como un suceso lejano pero posible, un día en que le decían que estaba en libertad. Y Rodríguez sonreía detrás de todos esos hechos.

Hubiese querido hablar, pero notó que no podía hacerlo y que quizá fuese a causa de la venda en los ojos. El pensamiento, en cambio, rápido y más íntimo, le daba mayores posibilidades de expresión. De ahora en adelante —advirtió— su salvación estaba, por una parte, en su cabeza, en lo que pudiese pensar o aprehender con ella; y por otra en Rodríguez, a quien imaginó huyendo por llanuras interminables.

“Sergio, ¿no?” En realidad la voz de sus verdugos había sido casi cordial. A través de la misma podía adivinar rostros comunes, expresiones vulgares. No había odio ni ira, sino una simple pregunta que era más bien una comprobación circunstancialmente necesaria. Él no dijo nada y los otros dieron por sentado que se trataba de Sergio. Y era verdad. Quizá en su casa, al enterarse del secuestro, se imaginaran a esos hombres con una expresión terrible en los ojos violentos. Rodríguez, desde lejos, pensaría lo mismo.

La cabeza, que lo guiaba a través de tantos recovecos, le dijo ahora que convenía más interpretar lo que estaba ocurriendo allí mismo. Los hombres que iban con él parecían mecerse con la marcha del vehículo, y convenía saber si eran verdugos o también víctimas como él. Con una rodilla efectuó una presión leve pero persistente en la del que tenía a su derecha, como una señal de entendimiento. El otro devolvió el golpe de rodilla en el acto, pero él no pudo descifrar su significado. Porque después de todo, el hecho de devolver el golpe de esa manera, quizá con más intensidad, no significase cabalmente que el otro fuese un verdugo más. Y bien podía ser que, víctima también, el estado nervioso le hubiese dado más intensidad a un movimiento que debía ser una simple insinuación.

El no poder hablar le vedaba en parte hasta el pensamiento. No podía pensar claramente, todo se le confundía en la oscuridad por la que vagaban sus ojos. Mejor se dejaría estar como en un sopor, y cuando le sacasen la venda hablaría, gritaría, diría todo lo que tenía que decir aunque lo matasen como al doctor Funes.

Al principio trató de adivinar el trayecto que recorrían. Ahora había perdido totalmente la noción del mismo. “Por pensar en Rodríguez, por pensar en cosas que no corresponden”, se dijo con algún esfuerzo. De repente, al tomar el automóvil una curva brusca, el de la izquierda se le echó encima. Cuando retomaron el camino recto siguió echado sobre él como si durmiese. “Este es uno de ellos”, pensó. Con un golpe del hombro lo arrojó contra la ventanilla, y fue como si el hombre desapareciese. Al rato la rodilla del hombre de la izquierda comenzó a golpear la suya, y aunque esto hubiese parecido una señal de entendimiento, advirtió que los sucesivos golpes se debían al vaivén del vehículo.

Ahora la cabeza ciega huía de los hechos presentes. Le recordaba, como si recién lo supiese, que tenía 35 años. La escalera brillaba como bajo un sol nocturno. El cielorraso de la sala estaba recién pintado. El silencio de la casa subía por la escalera inmaculada y desaparecía allá arriba, donde todos dormían. El timbre había sonado como una caída. Sintió que no podría expresar ningún pensamiento claro con palabras mientras tuviese aquella venda. Era mejor, pues, divagar lentamente, como si fuese una pluma que no se resuelve a caer. Fluctuaba por los peldaños de la escalera, rozaba el cielorraso. El automóvil corría ahora con más velocidad. El hombre de la izquierda volvió a echarse encima. Iba a empujarlo y sintió que la cara aquella le rozaba el cuello. Y ahora la cabeza volvió a la realidad porque el hombre estaba completamente frío. Lo empujó con alguna repugnancia y oyó que la cabeza del hombre daba contra la ventanilla. La cabeza volvió no obstante y él sintió ahora también las puntas de la barba de varios días, a través del frío. Hubiera querido decir “está muerto”, pero la voz no salía. El rumor del motor persistía como un recuerdo.

Ahora su cabeza le indicaba que debía salvarse. Para eso necesitaba saber primero por dónde iban. Aspiró fuertemente el aire, moviendo las aletas de la nariz, y sintió olor a verduras, a frutas nauseabundas. Estaban sin duda por las sucias calles adyacentes al mercado, muy lejos del Departamento Central de Policía, adonde él creyó en principio que lo llevaban. Dos curvas más y el automóvil se detuvo por fin. Pensó entones que por allí había una cárcel de mujeres, mejor dicho una comisaría donde solían encerrar por unos días a las prostitutas de la vía pública. El de la derecha ayudó a bajarlo, y él supo ahora que sin duda era otro torturador, otro verdugo. El aire que le daba en la cara parecía venir de un pasillo largo. Allí se cayó. Lo habían soltado durante un breve trayecto y chocó contra un ladrillo flojo. Alcanzó a torcer el cuello y dio con una mejilla. El piso era áspero y estaba húmedo como si lo hubiesen regado. Alguien, posiblemente el hombre de la derecha, le ayudó a levantarse.

Entraron en un despacho iluminado, pudo percibir. Cuando lo acostaron boca arriba, sobre la mesa de madera, alguien dijo éste es el tipo. Las voces de sus secuestradores habían sido cordiales. Estas no. De todos los insultos oídos podría recordar una frase que no lo era pero que persistía como tal: Así que no sabías que Rodríguez es el capo, ¿no? No lo sabías, ¿no? La picana eléctrica le pareció una cosa venida de otro mundo. Los gomazos dolieron mucho. Así que no sabías que era el capo, ¿no? Pudo advertir que ellos sabían todo lo que le preguntaban, salvo dos o tres cosas que él también ignoraba. La palabra llevenló fue un alivio inmenso. Cuando lo sacaban por el pasillo, casi arrastrándolo, oyó a sus espaldas paciencia amigo, no con el tono terrible del despacho iluminado; pero ahora todas las palabras eran terribles. El camino de regreso, en el interior del edificio, fue distinto. Al doblar un pasillo oyó cuchicheos y voces de mujeres. Parecía que estaban todas en un patio. Al pasar por allí cayó otra vez. Oyó que algunas mujeres reían estrepitosamente y que otras lo vejaban con palabras obscenas. Otras le preguntaron algo. Una ayudó a levantarlo y le pasó una mano por la frente. Le secaba el sudor. Tuvo deseos de hablar, de decirles muchas cosas. Se hubiese sacado la venda para hablarles largamente. Las voces y las risas desaparecieron de golpe y ahora, en el automóvil otra vez, sintió sobre sí el peso del hombre de la izquierda, cuyo frío no había variado.

Rodríguez. Había que pensar en Rodríguez. Tratar de avisarle que a él lo habían prendido y que debía cuidarse. Rodríguez hablaría con los que estaban del otro lado pero los apoyaban veladamente. Dos años de cárcel quizá, si no había otra revolución antes, y después la libertad. Los presos políticos no son delincuentes comunes.
Tuvo que empujar otra vez al hombre de la izquierda, evitando su contacto. Hacia la derecha no había nadie ahora. Extendió su rodilla, como una ávida antena, y supo que allí no había nadie. El automóvil atravesaba una recta infinita. Percibía olor a pastos mojados. Afuera habría postes, vacas, arboledas.

Era necesario salvarse, salvarse por medios propios, y para ello contaba únicamente con el pensamiento, debajo de la inmensa venda. Rodríguez era una cosa lejana. Se dijo que ahora era él y no Rodríguez el que huía por llanuras interminables. Cualquier posibilidad estaba en la cabeza. Le sudaban los ojos y la cara, y la saliva era una cosa dura en la boca. Los dolores aislados de todo el cuerpo le recordaron los golpes que acababa de recibir. Y se hacían un solo dolor, una sola pesadez en el estómago, en el pecho, en la espalda, en todo el cuerpo, como un gran trozo de plomo. Y todos los golpes eran uno solo, brotado entre las voces que le llegaban a través de la probable luz del cuarto iluminado.

La cabeza lo llevó ahora a su casa, como para descansar un instante del inmenso trabajo de captación que se había impuesto para salvarse. Allí el brillo de la escalera mantenía, intocado, al silencio. La ubicación exacta de los muebles era una cosa fácil de recordar. Si volviese a la casa, todo estaría igual. Apagaría las luces y se acostaría. “No ha pasado nada”, diría. Tenía que salvarse de algún modo, sin embargo.

El automóvil se detuvo y él pudo percibir claramente el rumor del río vecino. Cuando lo sacaron de allí el rumor del agua aumentó, y el frío del aire, que le dio en la cara, le recordó al hombre de su izquierda. Oyó voces furtivas, puertas que se cerraban y se abrían. Él había quedado parado sin que nadie lo custodiase. “Por supuesto”, oyó luego claramente, y después, con más claridad aún y con una voz parecida a la que oyó en la comisaría: saquen a Rodríguez. Ahora supo bien que estaban sacando del automóvil al hombre de su izquierda. Oyó cómo arrastraban sus pies y en seguida, también, cómo caía al agua. Después hubo un silencio muy largo. El cielo entero podía caer sobre su cabeza. Una voz próxima, casi amable, le dijo: “Bueno, amigo, camine”. Comprendió que estaba perdido y empezó a caminar. Rodríguez, me has abandonado, se dijo. La cabeza insistía aún en que tenía que salvarse. No correr; era peligroso. Le temblaron las piernas. Y aunque la cabeza buscaba velozmente por millones de rincones oscuros alguna forma posible de salvación, él se oyó de pronto rezando. Caminaba y rezaba, sabiendo que cada palabra que decía significaba un peldaño más y que en una de esas palabras se detendrían los pensamientos de su cabeza. “... Los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas...” Y todas estas palabras estaban detrás de Rodríguez, como si fuesen su sustituto.
El brillo de la escalera sería ahora una forma oscura debajo de sus pies. Arriba dormirían todos y el silencio persistiría.

La cabeza pareció contenerse por fin, mientras él rezaba, atenta sólo a la última palabra, vagamente prevista, que significaría destrucción. La última palabra debía ser controlada también, como una obligación ineludible. Los pies, en cambio, hollaban el aire y el suelo, totalmente ciegos.

“... Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros ésos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro.”

[De El rescate y otros cuentos, © Interzona editora, 2004]



 

Mi tío sonreía en navidad

Por Daniel Moyano

Qué pasa, decía siempre mi tío ante alguna situación que podía alterar el transcurrir de aquellos días idénticos, y la respuesta, de mi tía o de alguno de nosotros, era una serie de palabras fluctuantes que no aclaraban nada y más bien parecían prolongar el hecho. Entonces él replicaba con un gesto de su cara, generalmente oblicuo, como si con eso aceptase la irrupción de un nuevo suceso en su vida resignada de antemano.
Las cosas que pasaban, relacionadas a veces con sus muchos hijos, rozaban siempre la integridad física, procuraban alterar la vida, caían de las nubes, reptaban en los zanjones, bordeaban la muerte en sus variadas correspondencias. Y como las cosas nunca llegaban a ese extremo, él podía decir qué pasa, no como pregunta, sino como resignación.
Siempre que despertaba de su breve siesta para volver a la fábrica de cemento tenía que decir qué pasa. Cuando se adormilaba, después de comer, posando su figura inclinada sobre una mesa punitoria, los niños se iban hacia la siesta de los baldíos próximos, donde existían las caídas y las mutilaciones. De noche, en cambio, cuando ellos dormían desparramados en la única cama, eran los propios territorios de los baldíos los que acudían por sí mismos a los cuerpos de los niños, en la súbita fiebre, en el paso acelerado de los más grandes procurando auxilio en la noche para buscar ayuda ante hechos que arrancaban un nuevo qué pasa a mi tío, de esos que nunca tuvieron respuesta o explicación. Porque nosotros nunca entendimos ni supimos nada por aquellos años: para qué estaba la fábrica, por qué había peleas al repartir la comida, por qué mi tía lloraba encerrada en su pieza.
El fue siempre grande y viejo. Tomaba mate acostado, en la mañana oscura y en la siesta, antes de que sonara la sirena de la fábrica. Sostenía el mate penosamente; sus dedos, gordos de cemento y muy cuarteados, no le permitían formar la curva necesaria para asirlo normalmente. Lo sostenía como se podría sostener una lastimadura, si ello es posible. Después se iba a hombrear bolsas en los patios hectáreas de la fábrica sin decir hasta luego ni hola al regresar, siempre con esa mirada oblicua cuando trataba de entender las cosas y ese paso inclinado cuando regresaba, siempre con la única expresión verbal monótona que lo salvaba del silencio.
Sin embargo, hubo una variante, al menos en el tono de su voz, que una vez observó mi tía. Fue cuando los doctores y las enfermeras le salvaron uno de los hijos agitando guardapolvos y algodones blancos, jeringas transparentes, pares de botellitas y automóviles que partían apurados. El no pudo ir al hospital porque la sirena estaba por sonar, y esa tarde, cuando volvimos, nos preguntó qué pasa de una manera distinta que no entendimos porque estábamos apurados, pero mi tía dijo más tarde: ¿Vieron que el tío está cada día más ronco?
Ella parecía amarlo, aunque nunca mereciese una respuesta de él cuando le preguntaba algo. Lo acompañaba todas las mañanas hasta la puerta, y allí lo esperaba cuando regresaba. Entonces él solía mirarla rápidamente mientras ubicaba su cuerpo en el espacio de la puerta que ella dejaba libre para que entrara. Entendí eso de la ronquera años después, cuando aumentó. Era el polvo del cemento que tragaba en la fábrica, que le iba deformando la voz, y así parecía que decía las palabras con una garganta al aire libre, como tomaba el mate con las manos suicidantes.
El cuerpo se le fue yendo poco a poco en la fábrica, aunque no las partes fundamentales. Finalmente la fábrica nos lo devolvió y él quedó caminando todavía, aunque muy vulnerado. Caminaba inclinado en círculos interminables, en el fondo de la casa, como si estuviese postrado. Y como entonces las cosas se pusieron más ariscas para nosotros, él tuvo que repetir muchas veces su expresión única indagatoria ante el ruido estéril de las tapas de las ollas mecidas por el viento, la cesación del azúcar, la periodicidad de la leche, antes cotidiana; también ante los en-cierros repentinos de mi tía en su pieza, donde algún bicho dañino le picaba los ojos hasta abultárselos y crisparle las manos, que se tomaban entre sí como queriendo decir algo. Hubo nuevos revuelos de ropa tan blanca, automóviles furtivos y noches de mirarse las caras levantados. Pero todo anduvo bien porque los años evidentemente pasaron, y con ellos la imprescindibilidad de la leche y aun de mi propio tío, que tuvo que entregar finalmente los órganos que le había dejado la fábrica.
Mi tía de noche teje para afuera, porque algunos de los chicos no crecieron todavía lo suficiente. En esta ciudad, donde nunca hay viento, cualquier ruido nocturno la altera. Las pocas veces que sopla una brisa refrescante ella alza los ojos, me mira y pregunta: ¿qué pasa?
No respondo. Ella entonces vuelve a contarme, como si yo no lo supiera, cómo era el tío. Era bueno, dice; y una vez sonrió, lo puedo asegurar. Era un día de fiesta. Creo que Navidad. Ustedes dormían en el patio y nosotros estábamos despiertos todavía, tomando clericó. El se puso a contarlos uno por uno, señalándolos con un dedo, y dijo que después de todo estaban casi criados, que después de todo estaban todos vivos. Yo le ví la cara. Fue una sonrisa muy corta, pero una verdadera sonrisa. Y qué hermoso, Dios mío, parecía tu tío aquella noche.



 

La puerta

Por Daniel Moyano

Cuando llegó a la casa de sus tíos lo único que tenía, además de la ropa que tenía puesta y algunos libros viejos, era un cofre de madera tallado a mano, de escaso valor real (diez o veinte pesos, según le habían dicho), pero de un incalculable valor ritual para él porque ese cofre era lo único que conservaba de una edad más dichosa.
Sus tíos eran muy pobres y tenían muchos hijos y lo había adoptado a él como si verdadera-mente hubieran sido capaces de mantenerlo. La casa le pareció inmediatamente un lugar de castigo. Sus primos, unos niños rubios y blanquísimos, pero sucios y harapientos, lo miraron como un objeto extraño. Su tío no era argentino pero hablaba bastante bien el idioma del país, salvo cundo blasfemaba. Él entonces sólo tenía trece años y ahora contaba diecisiete, cuando ya podía darse cuenta de que no estaba en el infierno. Los chicos que, cuando llegó, lo miraban como un objeto extraño, eran ahora muchachos de trece y catorce años; pero el infierno no se había movido ni los niños habían crecido porque el clima primordial subsistía en el vientre de su tía, que dando a luz todos los años se marchitaba como una esponja.
Nada había variado, pues, ni las blasfemias de su tío dichas en un dialecto traído del otro lado del mar, pero que él entendía perfectamente y a través de las cuales captaba la intensidad de la ira que las producía. Su tío poseía una para cada grado de ira, y quizá tuviese otras en reserva, que jamás había dicho, para ciertos instantes de horror y paroxismo. Ahora que tenía diecisiete y sabía que estaba en el infierno, pensaba que el dios que insultaba su tío no era quizás aquel dios de quien él poseía un vago recuerdo, sino, como el dialecto en que era vulnerado, un dios traído del otro lado del mar o quizás nacido allí mismo y acostumbrado al dolor y a la miseria. El infierno descubierto en la infancia había crecido con él, se había multiplicado en el vientre de su tía.
En el barrio de la pequeña ciudad a él lo conocían todos por Capozzo, el apellido de su tío, aunque él se llamase Peralta, salvo teresa, la muchacha de la casa vecina, a quien miraba pasar como algo inalcanzable, blanca y altísima bajo el pelo negro. Había hablado muy pocas veces con ella . ¿Cómo atreverse a hablar con el ángel siendo un condenado? Muchas veces se había detenido para mirar la puerta alta y dorada, tan inaccesible como la propia teresa, y el hermoso bacón con flores, y justificaba que ella pasara las más de las veces sin mirarlo y que sólo de vez en cuando lo llamara para preguntarle algo sin importancia. Pero lo llamaba por su verdadero nombre y él sentía entonces que ella lo rescataba, que lo sacaba del infierno, aunque por eso mismo se volviese más inalcanzable. Él respondía solamente con las palabras justas que requería la pregunta, y jamás se hubiera animado a pronunciar otras que no significasen masa más que una respuesta estricta. Y vislumbraba, desde cualquier parte del infierno que el amor y los afectos eran cosas muy puras, pero pertenecían a los seres humanos, eran como un agua violada que se escondía en los ojos y en lo alto de su cabello. Los hombres representaban mediocremente todo lo realmente puro del mundo, lo adaptaban a sus almas entristecidas y sólo daban aspectos mutilados de algo que sin duda era muy hermoso.
Las piezas que constituían la casa de los Capozzo daban todas a la calle, unidas por una galería, de modo que un espectador podía desde la calle ver entrar y salir a los demonios, de una habitación a la otra, a pesar de la enredadera que cubría la verja de alambre tejido durante el verano. Dos cuartos, hacia la derecha, servían de dormitorios a sus tíos y a los niños de sexo femenino; en el otro dormían el resto de la familia, grandes y chicos en dos camas enormes unidas como si fueran una sola. Él dormía en un cuarto más pequeño, donde guardaban también el carbón y la leña. Sobre la cabecera de su cama, en una repisa, estaba el cofre. Dentro del mismo guardaba algunas cartas, una ramita seca que le había dado Teresa y un certificado de estudios donde constaba que había aprobado el sexto grado de la escuela primaria, cosa que antes le había parecido un triunfo suyo digno de ser admirado pero que los años había menoscabado. Lo había guardado para mostrárselo a Teresa algún día, para que supiera que él era o tenía algo, pero ahora se burlaba de esa deseo diciéndose que ningún certificado le permitiría evadirse del infierno. En realidad lo guardaba porque creía que el papel, en cierto modo, pertenecía a Teresa; y en rigor tenía el mismo valor que la ramita seca, caída de las manos de Teresa en un noche recordable, y que él recogió del suelo como si se tratase de un hallazgo valioso.
Durante los ocios que seguían a sus changas ocasionales, dibujaba. Lo hacía siempre. Cuando ganó el premio de dibujo en el concurso organizado por una entidad de turismo y fue a recibirlo, ante tanta gente ,tuvo miedo. Vio que todos aplaudían, pero no a él, a Peralta, que también podía ser otra cosa que un maldito. Dijeron su nombre verdadero, pero ¿quién lo había oído? Quizás los que lo oyeron pensaron que se trataba de un error. Teresa no estuvo allí y nunca se entró probablemente, y decírselo ahora era como mostrarle el certificado que estaba en el cofre. Ya nadie se acordaba del concurso.
Recordó que un día le había dado a un dibujo al hermano de Teresa, para que ella lo viese. Nunca pudo saber si ella lo vio. El hermano le pidió más dibujos durante mucho tiempo. Él trazaba paisajes y retratos procurando que de alguna manera se relacionasen con ella. Trataba de contarle todo lo que padecía y su esperanza de salvarse. Si Teresa los había visto, sin duda sabía muchas cosas de él y así por lo menos podía compadecerlo.
En sus dibujos procuraba mostrar algunas cosas pero ocultaba otras. Las riñas entre sus tíos, por ejemplo, sobre todo a la hora de comer. Comían y reñían en la galería, sentados los que podían en la única mesa, que había que apoyar contra la pared porque estaba muy desvencijada. Los que no cabían comían sentados en el suelo, apoyados también contra la pared, cerca de la mesa. Él prefería esta última posición para ocultarse a los ojos de los que pasaban por la calle.
Pero en realidad no hubiera necesitado ocultarse, porque Teresa, cuando pasaba, jamás miraba hacia la casa y parecía ignorarla totalmente. Era ya una mujer adulta, aunque tuviese su misma edad, y parecía cada día más inalcanzable. Por otra parte él había abandonado toda idea de salvación, cuya prefiguración era Teresa, sentía piedad por la miseria que lo rodeaba y de la que él formaba parte y pensaba que el infierno, en último término, era un lugar que los condenados amaban y ocultaban pacientemente. Pensaba que nunca podría abandonar esa casa porque lo mantenía allí una vocación de silencio y abandono, una fuerza tenaz que él mismo alimentaba.
Cuando se suicidó la tía (una solución de cianuro que acabó con ella y con el vástago que como siempre llevaba en el vientre), el infierno pareció florecer, resplandecer en sus frutos para que todos, incluidos los indiferentes, pudiesen verlo. Ahora un espectador podía ver desde la calle una gran actividad en la casa, entrar y salir a los demonios de una pieza a la otra. Velaban a la tía en la habitación de la derecha. A él le parecía falso el hecho de que algunos que no fuesen ellos mismos estuvieran en la casa. Y advirtió que la gente no había ido por piedad o por cortesía o por seguir las costumbres sino para acabar un asombro. Se miraban entre ellos como entendiéndose secretamente, y luego callaban y alzaban los ojos hacia las gesticulaciones y blasfemias del tío, que se paseaba aparatosamente por toda la casa.
Cuando apareció Teresa él estaba en cuclillas cerca de la pared. La vio y tuvo la sensación de que ella avanzaba y él retrocedía tratando de ocultar la miseria en la que vivía. Ella lo arrinconaba contra los muros grasientos, y sus ojos, extendiéndose, veían los aspectos más repugnantes de su vida. Y aunque él hubiese querido tapar la casa entera con su cuerpo con su cuerpo, incluso el ataúd y la gente que había venido, habría sido imposible porque los ojos de Teresa estaba hechos para verlo todo y cubrían con sus globos ariscos hasta los últimos confines de la casa.
"Lo siento mucho", dijo ella, entrando en la habitación en donde velaban a su tía, y él sintió que Teresa estaba viniendo para acabar con una lucha donde él había sido vencido.
No respondió. Hubiera querido decir que la muerte de su tía no significaban nada para él, que como todo lo demás en aquel ámbito carecía de sentido; pero sintió que no era sólo la miseria lo que tenía que ocultar, no sólo el biombo sucio que lo separaba del carbón y de la leña, sino todo lo que Teresa ya no vería jamás, lo que había pasado ya y el hábito del infierno. Y quién sabe hasta qué punto la suya era una visita formal, por tratarse de una muerte (de lo contrario nunca hubiese ido a su casa), quién sabe hasta qué punto había venido para eso o para saber cómo vivía él, el hombre que se había atrevido a amarla, no porque se tratara de ella, que era una simple circunstancia, sino a amar a alguien. Imposible, pues, ocultar nada, aunque dispusiera de un enorme biombo que cubriera toda la casa.
Pensó en el cofre labrado, no entrevisto por Teresa, fue hasta su cuarto y se echo en el catre. ¡Cuánto daría para que ella no hubiese entrado, para que no hubiese visto! Uno de los niños llegó entonces y le dijo que Teresa lo llamaba. En realidad eso creyó él, porque lo único que dijo el niño fue Teresa está aquí y se fue inmediatamente. Él antes de ver sintió la presencia de ella asomando la cabeza y parte del cuerpo por encima del biombo. Levantarse, mirar el cofre y caminar luego con ella por la galería era finalmente un solo acto inconsciente que nunca podría reconstruir. Dijo palabras tontas, ridículas, que sólo tenían sentido para él o para la Teresa que imaginaba, algo así como se equivocó de cuarto, el muerto está aquí, sintiendo que se arrepentía de decirlas mientras estaba diciéndolo.
Cundo Teresa se fue, él sintió que no la había perdido a ella sino al ángel que había descendido desde su cabello. Él en cambio era lo absurdo, o en todo caso un demonio que cualquiera podía ver desde la calle, abriendo puertas, saliendo de un cuarto para entrar a otro sin poder ocultarse nunca totalmente.
Pero después de todo la frase que le había dicho a ella no era tan ridícula, porque cuando se fueron todos los visitantes, que eran también como unos demonios acusadores, sintió que él también había muerto. La única diferencia entre la muerte de su tía y la suya era que él podía todavía palpar los muros envejecidos y oír bajo sus pies el crujido de los pisos de madera gastada. Teresa sabía todo de antemano y había ido para demostrárselo y advertirle que era infantil pensar en ella. Su vida había terminado allí, y un demonio como él no podía ir a ninguna parte, porque le costaba mucho demostrar que no lo era. Podía irse, sin duda, pero antes tenía que pensar en el modo de hacerlo para la suya no fuese una simple partida sino una fuga. Los demonios lo dejarían ir tranquilamente, hasta festejarían su ocurrencia , pero él quería fugarse, ser un elemento extraño a ellos que por fin se evade y consigue la libertad.
En ese dilema estaba cuando un día oyó los gemidos. No les prestó atención, pero cuando advirtió que eran gritos de Teresa que venían desde su casa corrió velozmente y se detuvo ante la puerta, alta y dorada, hecha para que sólo teresa entrase por ella. Los gritos habían cesado. Era mejor volverse. Además, creía que no debía cruzar esa puerta, ese paraíso que perdería para siempre. Los grito volvieron ahora, más fuertes que antes. Tomó el picaporte: la puerta estaba con llave. Entonces arrojó varias veces su cuerpo contra ella, oyendo que los gritos crecían adentro. En ese instante hubiera querido estar encerrado en un lugar oscuro y desde allí oír los gritos de Teresa, pero no derribar aquella puerta, penetrar hacia un fondo del misterioso y ausente. Los tres niños lo habían seguido hasta allí y lo miraban. Les ordenó que se fueran, pero ellos fingieron no oírlo. Al fin la puerta cedió y una hoja cayó entre un estrépito de vidrios rotos. Miro y quedó inmóvil. Vio cuartos inmundos, enormes patios vacíos, separados por pequeñas balaustradas, llenos de basura. Corrió hacia adentro, hacia los gritos, alzó los ojos y vio un cielo distinto, pesante. Al llegar al último patio vio a Teresa con un impecable vestido blanco apenas manchado, peleando con su padre, borracho y su madre, una especie de bruja que nunca había visto, sentada en un sillón de paralíticos. Teresa, armada con un palo, hirió a su padre en la frente y éste cayó. Sin poder deshacerse todavía de sus primos, que lo seguían, acudió. Teresa lo miró entonces y con una voz extraña, prostituida, le dijo que ayudase, que no se quedara parado como un imbécil. Él fue hasta el grifo, bajo la mirada oblícuala de la vieja, mojó su pañuelo y se inclinó a lavar al herido.
Mientras lavaba la frente sangrienta que él advirtió súbitamente normal, pareciéndole falsa en cambio la que estaba acostumbrado a oírle. Ella lo miraba sin ningún temor y él bajaba los ojos sin atreverse a enfrentar su mirada, como si fuese él quien había mentido y fingido. Recordó que muchas veces, cuando era chico, el hermano de Teresa lo había invitado a entrar. Él era, pues, el único culpable. Ella jamás le había ocultado nada. Teresa seguía hablando familiarmente, como si ya fuesen marido y mujer. Miró a un costado y vio que varios de sus primos se familiarizaban con la casa e invadían todos los rincones. Les ordenó volverse. "¿Por qué? Ellos vienen siempre", dijo Teresa. De la frente del herido ya no manaba sangre, pero el hombre seguía inconsciente, quizás por el alcohol que había ingerido. Entonces él alzó los ojo y miró a Teresa y, farfullando algo, empezó a sonreír.



 

Hombre junto al muelle

Por Daniel Moyano

Mar bastante gris, la mañana fría apenas amaneciendo, del hombre solo en el muelle se veían apenas las manos sosteniendo la caña de pescar y apenas bocetado su perfil como borrado por aires marinos. También apenas unos metros de hilo y el resto sumergido en un aire brumoso, imposible divisar la boya en el oleaje donde la mirada ausente del hombre de perfil quizás estuviese alzada hacia un improbable más allá buscando un horizonte de peces.
Hombre, muelle y mar, todos solos, se habrían fijado así para siempre si el viento no hubiera movido de vez en cuando los extremos de su abrigo. El hombre quieto no parecía tener siquiera pensamientos por dentro, tallado en su propia carne junto al mar intallable. Reposaba en su postura como un resto que el otro oleaje de la ciudad hubiese depositado junto al mar, inutilizado ya por las oficinas y los ascensores, los relojes y los recuerdos.
La ciudad le había dejado intacta una parte apta de su pensamiento, orientado hacia un solo camino que terminaba en la boya. Si pican, podré sentir el hilo tenso y comenzar a girar el carrete. Me gustan los peces pesados, me gusta sentir un peso del otro lado del hilo antes que el sol se levante y lleguen los turistas.
Otro hombre apareció por un extremo del muelle. Lindo mar, pensaba, acá uno se siente realmente libre. Me gusta el mar, alguien con quien conversar y sentir el frío del alba en las orejas.
El hombre de perfil atisbó al otro, que se había parado a su lado, justo cuando parecía que había picado algo. Si me quedo quieto sin mover un dedo, quizás no me hable, no me pregunte nada, no me recuerde nada. En todo caso puedo fingir que soy mudo y hacerle algunas señas, levantar el dedo pulgar para indicarle una primera imposibilidad grande de hablar, y luego con el índice apoyado en la palma de la otra mano decirle algo incomprensible que lo desaliente.
Curioso, no quiere hablar, mira como si estuviese odiando el mar, tan hermoso, y si le digo lindo día será ridículo, si le pregunto si pican me odiará. Soy del norte, le digo, de una provincia montañosa, nunca había visto el mar, me gusta la gente también; entonces seguro él me dice caramba y lo lamento mucho, pero él ¿no ve que estoy pescando?
Si me muevo un milímetro seguro me va a decir algo. Si fuera dueño del mar lo echaría de aquí, parece que algo está picando, mejor muevo la caña, aunque eso lo animará a hablar, puede preguntarme si pican, Dios mío, cuántas palabras estoy usando. Si giro de golpe y lo empujo se lo lleva el oleaje, un golpe y nada más, pero qué manera de pensar, qué bajo estás llegando, qué manera de pasar las vacaciones.
El hombre de perfil enrolló rítmicamente el hilo, se alzó la boya y en la punta del anzuelo apareció un cangrejo chico, cuando lo tuvo en su mano lo sacó cuidadosamente para no lastimarlo demasiado con el anzuelo, después lo tiró al mar. Puso otra carnada y arrojó el anzuelo esperando resignado que el otro empezase a hablar. La claridad del sol invisible todavía volvió un poco más humano el perfil del pescador.
No ha dicho una sola palabra desde que picó el cangrejo hasta que lo tiré. Eso está bien. Pero ya hablará. Debe tener una voz horrible. El año pasado fue lo mismo, un imbécil me preguntó por qué pescaba y luego tiraba los pescados. Como si uno pudiera andar llevando pescados en la mano para que le pregunten a uno todavía adónde los pescó. Aquél era un cretino, lo recuerdo, este otro tiene en cambio una cara de infeliz, una cara de descendiente de esos espantosos indios del norte.
El hombre de pie se acercó más al pescador y se puso a mirar la boya. Buenos días amigo, dijo después arrepintiéndose, y cuando vio que el otro no le contestaba metió las manos en los bolsillos y siguió mirando la boya.
Tendría que haberle contestado caramba, y decirle enseguida que se fuera. Habla cantando y cansado. Quién sabe de dónde es, con esa cara de noticias policiales. Si me dice lindo día le voy a contestar duro, juro que le voy a decir algo. Seguro que me va a decir entonces que es la primera vez que ve el mar. ¿Sabe?, dice el muy miserable, es la primera vez que veo el mar. Entonces le digo ahora lo tiene todo para usted solo para que no me pregunte qué pesco y por qué tiro los pescados. O capaz que me pregunta ¿pican?, y entonces le contesto, esta vez sí le contesto, le digo que qué le parece a él y si no tiene algo menos estúpido para decir. O mejor lo insulto directamente o le tapo la boca con el primer pescado que saque, le froto la boca con las escamas del pescado. Cómo me gustaría retorcerle las orejas en el momento en que me pregunte si soy de Buenos Aires, pero seguro me va a preguntar por qué tiro los pescados al mar. Dígame una cosa, le digo mirándolo de frente, ¿puedo o no puedo pescar? Él me dice que sí, naturalmente (odio esa palabra), por qué no voy a poder pescar, entonces yo le digo que eso estoy haciendo, estúpido le digo, ¿ya no se puede salir a pescar en este país? Capaz que entonces me dice que una prueba de que se puede pescar es que precisamente eso estoy haciendo, pero entonces le digo para qué diablos pregunta lo que está viendo, y él entonces sonríe, no tiene otra cosa que responder y por eso se ríe, y entonces me larga de golpe la pregunta por qué tiro los pescados al agua.
La boya se hundió varias veces y el pescador, después de gozar la tensión del hilo y sentir por él el peso vivo en sus manos, comenzó a enrollar el carrete sintiendo que era feliz. Debajo del rojo vivo de la boya un pez del tamaño de un gato giraba en el aire buscando su propia turgencia hecha de escamas blancas y gotas de agua verdosa que volvían al océano, luego inició el camino ascendente hacia las manos del pescador. Este lo sacó cuidadosamente del anzuelo para no lastimarle la boca. Le hablaba al pez en voz baja, como para que el hombre que estaba a su lado no pudiese oírlo. Lamento tener que lastimarle la boca, pescadito, pero esto es necesario, ¿eh? No, eso es imposible porque usted es un pez y yo, en cambio, soy un hombre, especialmente del otro lado del anzuelo. ¿Puede ver la diferencia? Vamos, no tantos coletazos, eso hará que se le agoten más pronto las reservas. ¿Sabe lo que hago yo con pescados como usted? ¿No lo sabe? Esto. Y que no lo vuelva a ver por mi anzuelo.
El pez vibró unos instantes en el aire y cayó al agua. El hombre preparó otra vez la carnada, arrojó el anzuelo y siguió mirando la boya, con la mente bastante en blanco, satisfecho, son-riente, casi feliz.
El otro hombre también miraba la boya. Es curioso que tire los pescados al agua. El cangrejo, vaya y pase; pero éste era un hermoso pescado. Me gusta el mar, me gusta ver un hombre pescando en la orilla. Nunca había visto un hombre tirando los pescados al agua. Él debe ser muy feliz con eso. Me gustaría hablar con él, preguntarle por ejemplo por qué lo hace, pero más bien parece sordo o está muy nervioso. Debe ser de esas personas que les gusta estar a solas.
¿Y ahora qué me va a preguntar? ¿No tengo derecho a sacar un pescado y tirarlo al agua? ¿Ni siguiera eso está permitido en este país? Pasado mañana vuelvo a la ciudad, ¿entiende? Me quedan dos días para pescar, y después tendré que volver a resolver problemas. Porque yo tengo problemas, ¿no es así? Entonces él me dice que lo sorprende que yo saque pescados para tirarlos, y yo dejo la caña en el suelo y me paro frente a él y lo sacudo para poner de una vez las cosas en su lugar. Entendámonos de una vez, le digo. ¿Con qué derecho me pregunta por qué los tiro al agua? Porque acá no se trata del derecho que tengo para hacerlo sino del derecho que no tiene usted para preguntarlo. ¿Para qué quiere romperme el juego? ¿No se da cuenta de que si le contesto algo se me rompe el juego? Me costó años aprenderlo, con él me salvé del aburrimiento, porque lo único que puede hacer uno cuando no tiene que resolver problemas es aburrirse. Yo no me aburro, ¿entiende? Soy feliz, ¿lo sabía? Completamente feliz. Entonces él me atormenta con los pero, aunque, sin embargo, y entonces ya no habrá paz, no me podré controlar, vendrá la desesperación y me pondré a llorar, cómo sé eso, y él para colmo me tendrá lástima, me rebajará hasta su lástima, me palmeará el hombro con sus inmundas manos diciéndome que no es para tanto, y ya no podré volver en la mañana húmeda y sola, solo, todo el mar para mí antes del sol y los turistas, sus pelotas, sus sombreros, sus radios y sus perros.
Se le habían turbado los ojos en lágrimas, no veía la boya medio hundida por un enorme pez prendido, no sentía su peso, y cuando giró el perfil para buscar la insoportable piedad del hombre, éste había desaparecido, aunque se veía todavía una parte de su abrigo oscuro en la otra punta del muelle.

(1989)


 

El estuche del cocodrilo

Por Daniel Moyano

Hablemos ya de la naturaleza del cocodrilo, animal que pasa cuatro meses sin comer en el rigor del invierno, que pone sus huevos en tierra y saca de ellos sus crías y que, siendo cuadrúpedo, es anfibio sin embargo.
Heródoto, Euterpe, LXVIII

Creo que se habló demasiado sobre este asunto del cocodrilo que tenemos en casa. Tanto, que todo lo dicho, a pesar de su volumen, no agrega nada a un hecho cuya máxima trascendencia es el hecho mismo. Y todo por desconocer la naturaleza íntima de los cocodrilos, vale decir la naturaleza de una parte bastante drástica de la realidad.
La mala fama que teníamos en la ciudad se justifica ahora por haber descubierto todo el mundo la presencia de un cocodrilo en nuestra casa. Mi tía Pina, que se empeña en ignorar la existencia del animalito oponiéndole una calma fingida, tuvo una intersección con la rabia cuando vio la foto del cocodrilo en la primera plana del diario. La rabia le alteró, quizás para siempre, algunos de los rasgos de virginidad que ostenta cuando camina a saltitos, habla por omisión o ignora al cocodrilo. Es una vergüenza, dijo aferrada a su pañuelo, aunque le habíamos explicado que el problema no estaba en tener un cocodrilo sino en que la gente pensaba que eso no era normal.
La fama no nos viene solamente de reclamar durante años a las autoridades por los ruidos molestos (¿qué ruidos, si todos los ruidos son normales?, nos dicen siempre), sino de nuestra permanente resistencia a las visitas y por la misma razón a los amigos. No tenemos amigos porque cuando hubo que elegir entre ellos o él, por respeto al abuelo elegimos el cocodrilo. Así que además de sospechosos somos egoístas, y nos reprochan no integrarnos a ninguno de los clubes, grupos y subgrupos que existen en la ciudad. Todos saben que es muy difícil entrar en nuestra casa y que cuando alguien toca el timbre es cuidadosamente observado desde adentro por una mirilla que tenemos en la puerta principal.
El único que tenía entrada libre era don Misail, viejo militante del conservadorismo, excelente persona, jubilado, con un astigmatismo de -6 dioptrías gracias al cual siempre consideró que el cocodrilo era de aserrín. Cuando empezó a usar anteojos (y justamente ese día al cocodrilo se le ocurrió acercarse al conservador y olfatearlo), observó el fenómeno y explicó que acababa de advertir, asombrado, que no se trataba de un cocodrilo disecado sino de un juguete de material plástico. Menos mal, porque el descubrimiento de la verdad hubiera sido terrible para él.
Nuestro cocodrilo es brasileño, de cerca del lugar donde ahora está Brasilia. Mi abuelo el contrabajista, que salió de Génova para Buenos Aires, se equivocó de puerto y bajó en Río de Janeiro, y de allí, sin quererlo, fue a parar a la selva por equivocaciones burocráticas. Pero se adaptó. Le gustaba pescar sentado a las orillas del Amazonas, fumando una pipa. Un día puso la pipa y el yesquero sobre un palo verdoso, a saber, un cocodrilo. Cuando el animal abrió la boca para bostezar, el abuelo, abandonando momentáneamente su distracción, pudo advertir, por el hocico oblongo y la lengua pegada a la mandíbula de abajo, que se trataba de un cocodrilo. Lo llevó a la casa y lo domesticó. Cuando vino a la Argentina lo trajo disimuladamente en el estuche del contrabajo, donde todavía duerme por las noches y, a veces, las siestas.
Nos criamos familiarizados con el coco, turnándonos en las largas siestas de esta ciudad subtropical, donde no hay ríos, para echarle un balde de agua de vez en cuando y enfriarle un poco las escamas. Él forma parte de nuestra vida cotidiana.
El abuelo, sentado bajo la parra, lo único que suele decir, cuando no dormita, es que no nos olvidemos de mojar al coco. Papá todas las noches antes de acostarse se fija para asegurarse de que esté dentro del estuche. Le dedica el domingo íntegro, lo lava con jabón, le lustra la cola, lo hace jugar con un pescado de material plástico. Mamá lo ignora pero no lo elude como tía Pina. A veces, cuando se lo lleva por delante, hace gestos de impaciencia, los mismos gestos que usa cuando el abuelo se pone a insultar a este país en su dialecto. El abuelo, cuando lo ve demasiado quieto, le hace cariños con la punta del bastón, le habla en portugués y se lamenta de que haya perdido su color original y las membranas natatorias de las patas. Papá consiguió todas las historias que se han escrito sobre estos animales, incluida una de Dostoyevski. Recibe cartas con recortes de diarios y revistas, a veces escritos en lenguas extrañas pero con algún dibujito de cocodrilos. Así ha hecho una gruesa carpeta, especie de currículum del coco. El abuelo dice que son todas mentiras porque según él la verdadera historia del cocodrilo es el cocodrilo mismo.
Cuando supo por los diarios que el cocodrilo era de verdad, don Misail no volvió a nuestra casa, y perdimos al único amigo que nos quedaba. Tía Pina resolvió no salir más a la puerta de calle y permanecer soltera (como si no lo hubiera estado siempre) durante el resto de sus días en el fondo de la casa. En la sección de cartas al director del diario local salen todos los días opiniones de los habitantes de la ciudad sobre el caso del coco. La mayoría de la gente nos ataca, y los pocos que nos defienden lo hacen en un estilo poético que nos descoloca. Papá ni siquiera las lee y no quiere que las comentemos. Yo las recorto y las guardo en la carpeta del currículum de Coco.
La denuncia fue hecha por un vecino (uno de los más eficientes protagonistas de los ruidos molestos) después de muchos acechos y consideraciones. Parece que una noche que nos olvidamos de entrar al cocodrilo y lo dejamos en el patio (la verdad es que hacía mucho calor, esa noche me tocaba a mí entrarlo, pero me dio lástima y lo dejé para que tomara el fresco), el vecino puso un aparato en la tapia y grabó los ronquidos del coco, y llevó la grabación a la Municipalidad, donde dijeron que se trataba del ronquido de un monstruo. Después vino la policía y tuvimos que aceptar la tenencia del animal. Entraron a sospechar cosas, buscaron nuestros prontuarios, hurgaron nuestra biblioteca (compuesta únicamente por libros sobre cocodrilos) y finalmente se llevaron al coco, que fue sometido a un estudio completo por una junta de veterinarios. Cuando comprobaron que se trataba de un cocodrilo y de ninguna otra cosa, nos lo devolvieron, pero mucho más flaco y menos anfibio que nunca.
Casi todos los vecinos vinieron a solidarizarse con nosotros y ofrecernos ayuda, pero mientras hablaban amablemente no dejaban de mirar con repugnancia el indeclinable aspecto de reptil que tiene el coco. La tía lloraba encerrada en las piezas del fondo. El comisario, que al fin y al cabo es un viejo amigo del abuelo, nos visitó cuando terminó la investigación y nos dijo que agradeciéramos su intermediación, “si no a estas horas el bicho estaría convertido en cartucheras y botas para la tropa”. Después dijo: “lo que nos hizo dudar también fue que el bicho no llorara en ningún momento. ¿De dónde saldrá eso de las lágrimas de cocodrilo?” Ese es otro error de la gente, que ignora que los cocodrilos no lloran nunca, explicó papá.
Siguiendo los consejos de la policía y de los vecinos, ahora nos hemos hecho socios de varios clubes y recibimos todas las visitas. La normalidad que en el fondo siempre deseó mamá parece que ha llegado por fin, porque la tía Pina salió ayer a la calle, con un vestido floreado.
Un médico que fue diputado hace algunos años y que de vez en cuando escribe en el diario local, dijo en una de las cartas al director que todo este asunto había significado para nosotros la Extracción de la Piedra de la Locura.
En general, dicen que nos hemos liberado. Para no contradecir, ponemos cara de libres, sobre todo cuando salimos a la calle o cuando nos visitan. Pero a decir verdad, nos sentimos condenados, violados, vacíos.
El único que no tiene problemas es el cocodrilo, que sigue la rutina iniciada hace tiempo, mirando a veces con sus ojitos más bien tristes y, por su condición de ejemplar desmesurado, siempre con la cola fuera del estuche.

[De El rescate y otros cuentos, © Interzona editora, 2004]



 

Artistas de variedades

Por Daniel Moyano

Cuando llegó a la ciudad, Ismael deseaba muchas cosas. Hasta le hubiera gustado cambiar de rostro. Le costó mucho en los primeros tiempos saber que realmente estaba en la ciudad, y se consideraba todavía un muchacho de un pueblo incipiente que miraba todas las tardes las vías del tren pensando que al final de ese camino inacabable había una ciudad como de vidrio, oscilando bajo el sol y esperándolo generosamente. Allí al fin nada le sería negado, y estar en la ciudad significaría habitar un mundo lleno de posibilidades.
La ciudad tenía un número limitado de maravillas que fueron rápidamente agotadas en la contemplación. Sintió el desencanto de perderlas pero advirtió a la vez, como una esperanza ínfima, que le quedaban los ojos deslumbrables, aptos para verlas otra vez en el caso de que apareciesen.
A los pocos meses de estar en la ciudad sintió, sin comprobarlo claramente, que de todo su antiguo mundo de presentimientos sólo le quedaban los símbolos. Probó distintas suertes, trabajó en los oficios más diversos, y advirtió que el tiempo transcurrido se le manifestaba en la necesidad acuciante de los menesteres más inverosímiles. A su tristeza natal se sumó otra, histórica, indescifrable. Sentía que no había hallado su camino y quería ser algo, o por lo menos significar algo y demostrarlo. Alguien le había dicho una vez en una pensión que lo único realmente necesario en el mundo era la vocación. La palabra fue un descubrimiento para él. Justamente era lo que él poseía.
Una vez tuvo la sensación de que en la ciudad fabulosa la gente vivía arrastrando cierto cansancio, indiferente a todo acto de maravilla, a todo intento de salvación. Porque únicamente lo maravilloso salvaba del riesgo de afrontar el destino de las ciudades. Le parecía que en la ciudad estaban realmente todas las cosas buenas del mundo, pero que no eran para sus habitantes, condenados a verlas solamente y rozarlas apenas en una marcha inacabable que era como un gran círculo doloroso. Las cosas buenas y milagrosas estaban allí para otros, para uno como él por ejemplo, que viniera desde afuera para disfrutarlas interminablemente. Sin embargo, había advertido que desde hacía mucho tiempo, desde que tenía aquellas necesidades acuciantes, él era igual que ellos y que la llegada de un elegido, como en su momento lo había sido él, era ya improbable.
De modo que le quedaba, pues, su capacidad de deslumbramiento, sus ojos, y aunque los ídolos estuviesen derrotados él podría vislumbrar un instante prístino y dar el gran salto que lo redimiera.
Después, en esa constante identificación con los demás, pasaron muchos años. Ya poco le quedaba por ver en la ciudad, pero a veces, sorpresivamente, atisbaba que había cosas ocultas que todavía podrían producirle un deslumbramiento.
En las distintas pensiones en que había estado, sus vecinos le habían impuesto siempre las costumbres que ellos practicaban, y tuvo así meses de fútbol, de bailes populares, de hipódromos y de otros tipos de adhesiones. Cada nuevo ser que conocía tenía alguna de esas predilecciones y él se adaptaba perfectamente a ellas creyendo que, si no lo hacía, su nuevo amigo lo menospreciaría.
El descubrimiento de la vocación se lo debió a una persona claramente sentida pero irrecordable, quizás un viajante que vivía en el cuarto contiguo. La vocación le permitió guardar sus ojos para el descubrimiento y prescindir de los falsos menesteres de los días por los cuales el tiempo parecía una cosa agobiante.
Vivió mucho tiempo en la acechanza pasiva de las maravillas entrevistas. No salía ni hablaba con nadie. Los días feriados dormía o estaba largas horas echado en la cama de la pensión como aguardando la aparición de los sucesos y de sus personajes. Su compañero ocasional, cuando algún domingo por la tarde no salía por falta de dinero, solía asomarse al balcón y desde allí decía frases galantes a las mujeres que pasaban. Ismael compartía a veces esos momentos, pero callado, pensando que también había prescindido de esas posibilidades. Su contacto con las mujeres se limitaba exclusivamente a las sirvientas de los barrios burgueses, según se lo había impuesto un compañero de pieza flaco y bigotudo que lo inició en esas prácticas. Era fácil ir a esos barrios lujosos, donde una o dos horas bastaban para una efímera escaramuza que le daba la ilusión del amor.
Una tarde, después de la rápida posesión, ella le dijo que la llevara a alguna parte a divertirse. Ismael arguyó que no tenía dinero pero la mujer respondió que eso no importaba; lo que quería era andar, justificar con algún hecho simple y cotidiano el acto que acababan de realizar, saber su nombre, tenerlo de la mano. Caminaron durante una hora y a las diez de la noche llegaron a una confitería ubicada en un parque, al aire libre, en cuyo escenario improvisado se desarrollaba un espectáculo de variedades. Ismael y su novia ocasional, apoyados contra el tejido de alambre que rodeaba la confitería, contemplaban inmóviles el espectáculo; ella sin interés, por haberlo visto varias veces, y él con los ojos ávidamente abiertos. El que anunciaba los distintos números, un hombre alto y flaco, de traje blanco, terminaba las frases de presentación anunciando el nombre de una casa de comercio, y la última palabra que pronunciaba era siempre monstruo, epíteto atribuido al surtido de mercaderías de dicha casa. La pronunciaba de una manera particularísima, ahuecando la voz, que pretendía ser tenebrosa. De esa manera abría para Ismael un mundo de presentimientos, creaba el clima necesario para ver cosas sin duda maravillosas.
El primero en actuar fue un malabarista. Trabajaba con platos, vasos, huevos y otros objetos de fácil rotura. Ismael se deslumbró. Dos hombrecitos endebles, con un acordeón y una batería, marcaban con sonidos los momentos culminantes. A Ismael lo sorprendió que no se le cayera nada, y él hubiera aceptado un error, una caída, sin que la reputación del artista menguara por ello. Aplaudió estruendosamente. Fue el único en hacerlo de los que como él, miraban desde afuera. Después vino un gaucho que bailó un malambo entre varias filas de botellas, con los ojos vendados y sin voltear ninguna. Luego un hombre con cuatro perros que bailaban. El corazón de Ismael saltaba regocijado. Por fin había encontrado algo realmente bueno, que tenía sentido. Esa era la gente que le hubiera gustado conocer al venir a la ciudad, y si tal cosa hubiese ocurrido, entonces él ahora sin duda sería como ellos, sería un artista de variedades. Siempre se había sentido perdido en la ciudad, arrastrándose largamente como todos, pero ahora descubría algo que podía salvarlo, algo real y verdadero para esa especie de salvación que había presentido. El viaje a la ciudad empezaba a justificársele en un orden interno; ahora podría permanecer en ella sin destruir los presentimientos. Después vinieron dos hermanas equilibristas que luego de saludar bajaron al patio, en cuyo centro habían montado un trapecio. Y allá, etéreas y brillantes en sus mallas rojas, deslumbraron por un largo rato el corazón exaltado de Ismael. Mientras el tambor redoblaba incesantemente, se enlazaban, bajaban en forma de tirabuzón, giraban de pronto alrededor de un eje de hierro simulando ser un gracioso animal de dos cabezas. Hasta la indiferente compañera de Ismael, que le reveló llamarse Rosa como una de las hermanas equilibristas, observó atentamente esta parte del espectáculo. Las hermanas, separadas finalmente de la figura única que formaban en lo alto del trapecio, tornaron al escenario, saludaron rápida y modestamente y desaparecieron detrás de las cortinas del fondo. Ismael hubiera querido que saludaran más, que dijeran algo, y las vio partir entristecido.
Entonces su compañera, que desde hacía rato quería irse, insistió para que abandonaran el lugar. Asiéndose de sus ropas le suplicaba que la llevase a otra parte, le decía que estaba enferma y que si volvía tarde los patrones cerrarían las puertas de la casa. Pedía con autoridad y casi se lo exigía, pero sus palabras parecían gemidos. Ismael estaba preocupado por la nueva situación, pero en eso apareció el hombre de las agujas, precedido por el de la palabra monstruo, cuyo impecable traje blanco, sin una sola arruga, parecía de cartón. El hombre de las agujas dijo que había viajado por todo el mundo y que lo que ahora hiciese, aprendido en el Tibet, era una primicia para los espectadores de esa noche. Tomó unas veinte agujas y se las introdujo en la boca. Luego cortó de un carretel una larga hebra de hilo, se colocó un extremo de ésta en un hueco de la nariz y empezó a aspirarla. En pocos minutos la hebra había desaparecido en el interior de la nariz y luego, ante el asombro creciente de Ismael, la sacó por la boca con todas las agujas enhebradas. Ismael aplaudió antes de que el hombre terminara, pero su compañera, deteniendo sus ademanes, le dijo que no fuera tonto porque todas las cosas que allí hacían eran simples trucos y nada más. Una idea trabajaba ahora en su mente: hacerse artista de variedades. No pensó en las dificultades que sin duda habría que vencer y quería en cambio serlo de un solo golpe. Le hubiera gustado comunicarle esos deseos a su compañera, pero ésta gemía suplicándole que la sacara de allí porque de lo contrario tendría que irse sola en medio de la oscuridad del parque. Estaban echados contra el tejido de alambre; él se erguía solo para aplaudir, mientras ella permanecía inclinada. La muchacha, en un momento dado, se irguió bruscamente y le dijo que se iba y que él sería culpable de lo que le pasara. Ismael le rogó que se quedasen un momento más para ver al hombre de las mil caras, que habían anunciado, pero ella respondió que no estaba dispuesta a exponerse por un montón de estupideces. Mientras gemía de ese modo, gesticulando aparatosamente, Ismael pensaba en lo difícil que sería hacerse artista de variedades, trepar al trapecio o enhebrar las agujas en la boca. No eran trucos sin duda alguna, y para poder hacer aquello hacía falta mucha destreza. Sin advertirlo se había separado del tejido de alambre e iniciado ya la retirada. Por otra parte, lo preocupaba el destino de su compañera. Pensó que era muy difícil realizar lo que había vislumbrado siempre y se conformó con la idea de que por lo menos esa gente existía, aunque él no pudiese imitarla. Caminaron unos pasos y ella redobló sus quejas mientras él giraba la cabeza hacia atrás para ver por última vez el escenario. Cuando se habían alejado bastante, caminando rápidamente, volvió el cuerpo y entre las ramas de un árbol alcanzó a ver todavía, aunque fugazmente, al hombre de las mil caras.

[De El rescate y otros cuentos,
© Interzona editora, 2004]



 

Una partida de tenis

Por Daniel Moyano

Aunque él se acostaba esa noche contento y satisfecho, pues al día siguiente jugaría al tenis con María, no pudo evitar, al meterse entre las sábanas, cierta inquietud por algo que había visto esa mañana.

Hacía mucho tiempo que existían motivos para inquietarse, pero los eludía con una simple operación mental. Para qué preocuparse. Algún día se arreglaría todo. Si se casaba con María el problema se reduciría a su base. Ahora lo importante era seguir aguantando. Siempre lograba eludir con una simple operación mental lo que no estaba previsto en sus planes. Hacía mucho que no abría las cartas que recibía y que suponía sin interés. El objeto único de su vida era por ahora casarse con María para dejar de ser un sumergido. Sobre una mesa en desuso había una gran cantidad de ellas, las más con membretes de abogados. En los días tensos se limitaba a cubrirlas con un mantel para no verlas. Con esa operación borraba otros puntos acuciantes de su vida.

Siempre pensó que su vida se desarrollaba en ciclos ascendentes, desde la horrible miseria que tuvo que soportar durante su infancia y adolescencia hasta ahora, en que la gente a la que había logrado vincularse y cierta cultura adquirida aquí y allá lo habían hecho llegar un poco más arriba. Pero esa noche pensaba, después de ver lo que vio, que esos ciclos eran idénticos entre sí; la cronología les había dado un tenue calor ascendente. Ahora sabía que había soportado situaciones casi milagrosas. Al fin de cada ciclo el derrumbe llegaba y ya no había nada que esperar. Pero he aquí que siempre aparecía el milagro, una persona, un rostro inadvertido, y se iniciaba así un nuevo tiempo de salvación. De esta manera habían pasado por sus retinas muchos seres que él hubiera olvidado para siempre si ellos no se hubieran prestado a ese juego.

Pero el más triste de todos, que ya no era ningún ciclo sino un comienzo irreductible, fue su larga permanencia en la casa de sus tíos, únicos parientes que tenía y que lo habían adoptado en su infancia. Cómo logró evadirse de ese infierno le parecía un sueño. Había sido todo tan absurdo. Ya casi lo había olvidado, a esa altura de su vida, cuando los recuerdos más verdaderos, los que creía poseer para siempre, se iban transformando en fantasmas. Su verdad era solamente aquello: miseria y depravación. Lo demás, ficción pura, lenta acumulación de ciclos idénticos.

Había sido en Santa Fe, hacía mucho tiempo. El había huido lo más lejos posible para no verlos nunca más. Hubiera querido que el límite entre Santa Fe y la provincia donde ahora vivía fuese por lo menos la Cordillera de los Andes o algún enorme río lleno de caimanes hambrientos. Desde su lejana fuga de la casa. que ahora se convertía en un suceso reciente, no los había vuelto a ver. En verdad parecía existir ese límite infranqueable entre la ciudad donde vivían los monstruos y la plácida ciudad de María. Pero esa mañana, al bajar de un ómnibus, alcanzó a ver un rostro terrible para él. Era Pedro, uno de sus primos. Pedro era deforme y tenía una risa calculada. Imposible haberse equivocado.

¿Qué haría aquí ese maldito? ¿Lo habría visto, reconocido? ¿No lo habría seguido para averiguar dónde vivía y extorsionarlo sin duda? Aunque siempre había aplicado a sus parientes sus famosos recursos mentales para olvidarlos, no siempre con éxito, ahora, mientras se disponía a dormir, notó que le costaba apartar a Pedro de su mente. ¿A qué habría venido? O quizás estuviese aquí toda su parentela. Eso sí que sería terrible. porque no tardarían en buscarlo, en ubicarlo, en violar su vida, en recordarle que él también era uno como ellos o que por lo menos lo había sido. Y sobre todo estaría su tío. esa entidad implacable que él había temido siempre. No olvidaba que su tío solía tener siempre razón, sólo porque era su tío o porque, aunque no tuviera méritos para serlo, era importante y porque su desorden, o mejor su esquizofrenia, era en aquella casa un orden absoluto que había que respetar.

Mientras trataba no ya de dormir sino de olvidarse de Pedro. le pareció que quizás otra vez lo había visto fugazmente. Quizás, pensó, lo había olvidado en el acto, gracias a su capacidad para evadir la realidad intolerable. Quizás hacía mucho tiempo que sus parientes vivían en la ciudad y lo andaban buscando para atormentarlo. Ahora se acordaba de todo, de los escándalos que había en la casa. del mal nombre que tenían, de las tribulaciones de la policía para hacer valer ante ellos el código de faltas. Él mismo no había podido evitar muchas veces el contagio, el fuego del infierno, y había producido por sí mismo esos hechos absurdos ante los cuales el comisario. un hombre que podía recordar por sus largos bigotes, reía solapadamente. O quizás no hubo jamás tal contagio porque él fue siempre igual que ellos. y ahora era sólo un evadido. ¿De qué le valía entonces haber huido y ordenado su vida para sí. cuando los otros existían, habían existido siempre y trabajaban secretamente para su destrucción? Si se enteraban donde estaba sin duda lo buscarían y entonces ya no le darían paz. Los conocía bien. Sobre eso no cabían dudas.

Ya casi dormido pensó que vivía en una ficción. que había cambiado el traje pero era un condenado. y que como estaba solo apenas lo advertía. Todos los ciclos de su vida, ilusoriamente ascendentes, se parecían a la base, a ese primer día que no podría olvidar jamás. En realidad había vivido siempre con ellos, pese a la fuga y a los ciclos.

Todo estaba en su mismo punto y jamás podría dejar de ser lo que fue. Y pensó que fue una verdadera suerte que él ya se bajase del ómnibus cuando vio a Pedro, porque si no éste habría hablado con su voz absurda, le habría preguntado por cosas de entonces, y él hubiera tenido que responder. Pedro lo habría oído hablar y sin duda se habría burlado de él, de su refinamiento, de su "nueva" manera de pronunciar las eses. y, sobre todo, habría usado a cada instante la terrible admonición ¿te acordás?; ¿te acordás?

Al día siguiente, cuando despertó, todo había pasado. Sólo tuvo que tomar el mantel y cubrir las cartas que yacían polvorientas sobre la mesa. A las diez debía encontrarse con María.

Ella estaba muy comunicativa ese día y, según vio, propicia para las confidencias. Sin duda lo que hablaran al terminar el juego sería muy importante para el futuro.

La cancha tenía un tejido demasiado bajo, de modo que la pelota salía afuera en lapsos más o menos frecuentes y él tenía que ir a buscarla. Cada vez que lo hacía advertía que estaba pensando en Pedro. Durante los veinte o treinta pasos que daba, la imagen de Pedro trataba de inclinarse sobre él, especialmente cuando se agachaba para alzar la pelota. A la fuerza de evasión que él poseía, la imagen oponía una resistencia tenaz. Pero él siempre ganaba.

Recogía la pelota y volvía a ver a María, volvía al juego y se sentía otra vez libre, como si acabara de evadirse nuevamente de la casa de sus parientes.

De pronto, mientras acariciaba la amable gamuza de la pelota, los ojos no hubieran querido ver, pero palparon. El rabillo del ojo empezó a gritarle por dentro, a obligarle a girar la cabeza y mirar hacia la calle. Pero miraba la pelota, rápidamente disparada por la raqueta, que iba más rápido que la imagen que trataba de fijar el ojo. Durante un tiempo interminable el resto del ojo calculó los instantes, cuidadosamente contados, para que pudiera pensar después: "el monstruo acaba de pasar; ya no me dará paz". Y si la cabeza hubiese podido girar, si la pelota no hubiese ido tan rápido y el resto de sus ojos hubiera podido ver hacia la calle, habría sabido si Pedro lo vio o no, si Pedro sabía que él jugaba al tenis. Sin duda el monstruo buscaría alguna forma para atormentarlo, sin saber cuánto lo había torturado ya.

Pedro, al pasar, había enlazado dos mundos, la base y el último ciclo. Y él veía, porque esto iba más rápido que la pelota, no sólo lo que había sido, en un plano puramente evocativo, sino lo que era, la ropa que tenía puesta, las palabras que decía, la maldita circunstancia de que la cancha diera a la calle, justamente para que Pedro lo viera, y pensaba que no habría que hacer nada adonde a uno lo vieran; todo debería realizarse entre cuatro paredes o en un desierto. Se le ocurrió que miles de rostros conocidos lo observaban para censurarlo. Miró ahora sin temor hacia la calle, y la calle estaba vacía y llena de luz.

En eso María dio un golpe falso y la pelota fue a dar lejos, a una casa del otro extremo de la calle. El empezó entonces a buscar a alguien para que fuese por ella, pero María, sonriendo alegremente, le gritó vaya usted, vaya usted. Salió, pues, obligado a contrariarse, dobló en la esquina y llamó a la puerta de la casa donde suponía que había caído la pelota. Enseguida oyó adelante. Abrió la puerta tímidamente. En el centro de un patio grande de tierra, sentados a una mesa enorme, estaban todos sus parientes. Pedro, en la cabecera, lo saludó familiarmente con su horrible brazo corto. Los demás empezaron a dar exclamaciones de júbilo.
Algunos chicos, que él no conocía, se prendían de su ropa y le pedían monedas. Su tío, que no habían envejecido nada, se abría paso entre todos para saludarlo



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