Muere Mercedes Barcha, la mujer que hizo posible el éxito de García Márquez

Por Camila Osorio

Gabo y Mercedes Barcha en 1990. Foto: Hernán Díaz

Entre las miles de leyendas e imágenes literarias que el Nobel de literatura Gabriel García Márquez hizo famosas en sus 87 años de vida, una de sus más conocidas incluía a su esposa, Mercedes Barcha. Contaba que ella empeñó varios electrodomésticos para poder enviar por correo la novela que universalizó a Gabo. Mercedes Barcha ha fallecido este sábado en Ciudad de México, a sus 87 años. La pareja estuvo casada por 56 años y tuvieron dos hijos, Rodrigo y Gonzalo. Su esposo se encargó de hacer famoso el nombre de ella por años, porque si bien él pudo dedicarse a tiempo completo a las letras, no lo hubiera logrado sin el trabajo administrativo y los cuidados que ella le dedicó.

El día en que el escritor terminó el manuscrito de Cien Años de Soledad, en los años sesenta, él y su esposa fueron al correo en México para enviarlo a la editorial en Argentina que estaba interesada en el libro. Un funcionario allí pesó el manuscrito y dijo que el envío costaría 83 pesos, pero Mercedes -que era la administradora de la familia – dijo que no tenía más que 45. Los dos decidieron enviar entonces tan solo la mitad del manuscrito, la parte que podían pagar, y se quedaron con el resto con la esperanza de enviarlo después. «Entonces nos fuimos a la casa y Mercedes sacó lo último que faltaba por empeñar’‘, contó Gabo. Empeñó el calentador, su secador de pelo, la batidora, y así Mercedes logró enviar el resto de la novela que hizo legendario a su esposo. «Ahora lo único que falta es que la novela sea mala,» le dijo entonces, enojada.

«Su personalidad era única, una mezcla singular de inteligencia absoluta, fortaleza de carácter, pragmatismo, curiosidad, sentido del humor y hermetismo’‘, expresó en un comunicado de condolencia Jaime Abello Banfi, director general de la Fundación Gabo. «Querida Mercedes, que fuiste polo a tierra, jamás te olvidaremos. Tu recuerdo nos inspirará».

Aunque siempre se encargó de que funcionara la vida doméstica, Mercedes Barcha también era devota de la literatura y leía los manuscritos de su esposo antes que muchos de los amigos del nobel lo hicieran. Cuando Gabo estaba terminando Cien años de Soledad, dijo en un momento que la crítica que más le preocupaba era la de su pareja. «La expresión en su cara me aseguró que el libro iba en el camino correcto’‘, contó Gabo en su día.

De los esfuerzos de Mercedes por escribir poco se sabe, aunque en los archivos de Gabriel García Márquez en la Universidad de Austin-Texas se guarda un corto texto que ella redactó a sus 15 años para un periódico estudiantil. Se trata de un elogio al enorme río Magdalena, en Colombia, que empieza en las montañas de los Andes y desemboca en el mar caribe, en que lo llama «un tesoro» imposible de retratar. «Considero como un átomo lo que mi pluma pueda escribir sobre esta larga y majestuosa corriente», decía en aquel texto de 1947.

También el amor se aprende

La historia de amor entre Gabo y su esposa Mercedes Barcha contada por el propio escritor colombiano en ‘El olor de la guayaba’, entrevista concedida al periodista Plinio Apuleyo Mendoza.

A Mercedes la conocí en Sucre, un pueblo del interior de la costa Caribe, donde vivieron nuestras familias durante varios años, y donde ella y yo pasábamos nuestras vacaciones. Su padre y el mío eran amigos desde la juventud. Un día, en un baile de estudiantes, y cuando ella tenía solo trece años, le pedí sin más vueltas que se casara conmigo. Pienso ahora que la proposición era una metáfora para saltar por encima de todas las vueltas y revueltas que había que hacer en aquella época para conseguir novia. Ella debió entenderlo así, porque seguimos viéndonos de un modo esporádico y siempre casual, y creo que ambos sabíamos sin ninguna duda que tarde o temprano la metáfora se iba a volver verdad. Como se volvió, en efecto, unos diez años después de inventada, y sin que nunca hubiéramos sido novios de verdad, sino una pareja que esperaba sin prisa y sin angustias algo que se sabía inevitable. Ahora estamos a punto de cumplir veinticinco años de casados, y en ningún momento hemos tenido una controversia grave. Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente difícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e inclusive agotador muchas veces, pero vale la pena. Un personaje de alguna novela mía lo dice de un modo más crudo: «También el amor se aprende».

El País | Fundación Gabo