Murió el escritor Carlos Busqued

A los 50 años

Autor de dos libros notables en registros bien diferentes, «Bajo este sol tremendo» y «Magnetizado» dieron pruebas de un estilo seco y feroz. Sufrió un accidente doméstico.

Por Silvina Friera

El autor de una de las ficciones más tóxicas de la literatura argentina de la última década, una especie de Juan Rulfo del Río de La Plata, era un gran misántropo que tenía un manejo excepcional de la rabia y la ironía. Escribir en pretérito imperfecto acaso sea la comprobación más cabal de una noticia que cayó como un balde de agua fría para los escritores, periodistas y lectores: murió el escritor Carlos Busqued, a los 50 años, como consecuencia de un accidente doméstico. Una muerte tan absurda como inesperada y dolorosa. Resulta imposible escapar del mundo y el clima de su primera novela, Bajo este sol tremendo, finalista del premio Herralde de Novela en 2008, publicada un año después por la editorial Anagrama. Los personajes están casi todo el tiempo fumando marihuana, sobre todo Cetarti, un desocupado sumergido en la incertidumbre existencial que tiene que viajar a Lapachito (Chaco) para hacerse cargo de los cuerpos de su madre y su hermano, que fueron asesinados a escopetazos. Ese paisaje con casas hundidas en el barro, un calor sofocante y animales venenosos es inolvidable.

El escritor de apellido vasco francés fue una especie de «misterio mejor guardado» de la literatura argentina. Tenía un cuerpo inversamente proporcional a su escritura seca, económica, concisa. Cuando quedó finalista del Herralde, nadie sabía quién era porque como él mismo contaba en una entrevista con este diario no tenía demasiada vida social ni artística. Busqued había nacido en Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco) en 1970 y llegó a Córdoba en 1986, a los 16 años, porque su padre tuvo un problema cardíaco y no podía soportar el calor chaqueño. En su ciudad adoptiva terminó la escuela secundaria, estudió la carrera de Ingeniería y fue docente en la Universidad Nacional de Córdoba, donde dictaba Cálculo de Avanzada, que él mismo definía como una materia «chiquita como un Fiat 600» dentro de la carrera de Ingeniería. Desde 2007 vivía en Buenos Aires, en el barrio de San Cristóbal.

Busqued fue el último gran meteorito de la literatura argentina. Si su muerte provoca tanto dolor es por la certeza de una obra que quedó inconclusa, por los libros que ya no escribirá. La escritura surgió a mediados del año 2000 a partir de una gran crisis en la que no sabía qué hacer con su vida. Entonces había vuelto a su Chaco natal y estuvo en Resistencia, en Sáenz Peña, en Campo del Cielo, donde se reencontró con el olor de la vegetación y con ese paisaje familiar. Cuando terminó de escribir Bajo este sol tremendo, decidió presentarla al Premio Herralde «de caradura» y porque era el único que no pedía extensión. «Cuando me escribió (Jorge) Herralde me caí de culo. Me dijo que estaba entre los diez finalistas y que independientemente del resultado quería publicar la novela. Leo tirando a poco y soy medio vago. Pero la mayoría de los escritores que me apasionaron publicaron en Anagrama. Yo no sabía ni cómo contestarle el mail a Herralde. Esperé dos días; le dije que era un honor, pero tampoco quería que se me notara que se me caían las medias. Herralde tardó una semana en responderme y yo pensé que se había arrepentido», confesaba el escritor que reconocía que leía muchos más libros de no ficción. «Me molesta el escritor que pelotudea. Cuando el autor empieza a poner lo que piensa, yo me enojo mucho. Soy conciso porque los libros que me gustan te cuentan concretamente lo que está pasando», subrayaba. «Para mí el estilo florido es una mariconada para llamar la atención».

Busqued, un gran polemista en su cuenta de Twitter @unmundodedolor, solía afirmar que «casi todo el mundo, seguido de cerca, es moralmente repugnante». Él mismo decía que había ido a muchas manifestaciones de milicos para curiosear. «Tenía la sensación de que me estaba moviendo entre monstruos. Veía las caras y me preguntaba qué habrían hecho. El juicio moral es tan de base que ya sé qué son. Sí, son enemigos, pero me parecen muchos más peligrosos los tipos normales», advertía el escritor que después del impacto que generó en su vida Bajo este sol tremendo, llevada al cine con el título El otro hermano por Adrián Caetano (una película que Busqued consideraba «horrible»), le costó nueve años volver a publicar. En 2018 salió Magnetizado (Anagrama), un libro de no ficción hipnótico, con ecos de A sangre fría de Truman Capote, construido a partir de las grabaciones de las más de noventa horas de charlas entre Busqued y Ricardo Melogno, un asesino de taxistas que en 1982 mató a cuatro choferes en una semana, sin móvil y sin saber por qué. El libro se completa también con documentos forenses y recortes de diarios.

A diferencia de otros asesinos en serie, sobre los que Busqued leyó mucho, Melogno no tenía ninguna monstruosidad. «Ricardo es un tipo que te despierta una especie de simpatía. No me gustaría usar la palabra piedad, pero hay algo de eso, o compasión. Te da toda la idea de que es muy honesto cuando te habla. Un tipo que a los seis meses de estar en cana se quiso suicidar y podría decirte, para hacerse el bueno, ‘estaba arrepentido de lo que hice’, y en cambio te dice que se quería matar por aburrimiento, ‘es un embole estar todo el tiempo en cana’», recordaba el escritor las impresiones que tuvo durante las entrevistas con el asesino de taxistas en el pabellón psiquiátrico de la cárcel de Ezeiza.

Su ideal de escritor, desde la inocencia de quien llega a un territorio desconocido, era Charles Bukowski. Lo leyó cuando estaba en cuarto año de Ingeniería y trabajaba en un taller metalúrgico donde se agarró una escoliosis. «Lo leía a Bukowski y sentía el odio al patrón, hacia un estilo de vida que te jode mucho. Me gusta del viejo la certeza de que nadie vale dos mangos. Me siento muy identificado con él, aunque mi vida es mucho más aburrida que la que vivió Bukowski. Los momentos más lindos de mi vida son cuando estoy solo, leyendo o escribiendo. No le tengo mucho cariño a la especie. En ese sentido soy un misántropo», reconocía el escritor que produjo los programas de radio Vidas Ejemplares, El otoño en Pekín y Prisionero del Planeta Infierno.

La distancia entre la realidad y lo que imaginaba -que podía ganar dinero con la escritura- no impidió que siguiera escribiendo. Hacía años estaba embarcado en una novela «empantanada», que después de publicar Magnetizado empezó a moverse un poco más. No tenía prisa ni apuro por publicar si no podía aportar algo propio, distinto, original, que no fuera la repetición narrativa de Bajo este sol tremendo. Busqued, el escritor que sintonizaba con la gente rota y los outsiders, dejó una obra tan breve como excepcional.
La despedida en las redes

«Quisiera que alguien dijera que no es cierto pero sí, con solo 50 años murió Carlos Busqued, autor de varias de las mejores novelas que dio la literatura argentina en los últimos años. Qué pena. Abrazo a su familia y amigos. Qué triste», escribió la reconocida escritora, Claudia Piñeiro.

El periodista Nicolás Artusi escribió: «Lean Bajo este sol tremendo y Magnetizado y lloren al escritor que se fue: ya no habrá libros de uno de los mejores de esta época. CarlosBusqued?src=hashtag_click»>#CarlosBusqued QEPD?src=hashtag_click»>#QEPD»

Mensajes de este tipo se replicaron en las redes sociales, especialmente en Twitter, donde el escritor se destacaba por sus opiniones ácidas, punzantes.

30/03/21 P/12


Adelanto de Bajo este sol tremendo

… Then, once by man and angels to be seen, in roaring he shall rise and on the surface die.
ALFRED TENNYSON,
The Kraken

1

–Los clavos se aferran al tracto digestivo del animal y así podemos traerlo a la superficie sin que en el esfuerzo por escapar se despedace. Son muy voraces y tienen hábitos caníbales, más de una vez el calamar que sacamos al bote no es el que tragó el señuelo, sino uno más grande que se está comiendo al que mordió originalmente.
Cetarti estaba en el living, fumando porro y mirando Discovery Channel, un documental sobre la pesca nocturna de calamares Humboldt en el Golfo de México. El televisor estaba sin volumen porque el audio era en inglés y subtitulado en castellano. Parado sobre un bote, un tipo mostraba con una mano los señuelos usados para la pesca del Humboldt, una especie de cilindros luminosos de los que colgaban cincuenta clavitos orientados oblicuamente hacia arriba. Simulando los movimientos del calamar con la otra mano, el tipo explicaba el tema: el Humboldt se aproxima al señuelo desde abajo, abre los tentáculos y lo sujeta para tragarlo en uno o dos movimientos. Los clavos se fijan en el esófago y al pescador sólo le queda traerlo hacia el bote.
–Lo que tampoco es fácil: estos predadores de hasta dos metros de largo tienen mucha fuerza y cuando llegan al bote están furiosos. Cada temporada del Humboldt hay accidentes donde mueren pescadores. Estos animales comen con ferocidad, siempre tienen hambre y son sumamente agresivos.
Sonó el teléfono. El identificador de llamadas indicaba «desconocido», lo que significaba una llamada desde teléfono público. O de alguien que ocultaba su número deliberadamente. No atendió. Volvieron a insistir dos veces, a la tercera levantó el auricular.
–Diga.
–Buenas noches, tengo este teléfono como del señor… –del otro lado, una voz gruesa y sibilante vaciló como si estuviera leyendo– Javier Cetarti, ¿estará él?
–Soy yo.
–Ah, mucho gusto, señor. Mi nombre es Duarte, le hablo desde Lapachito, provincia del Chaco. Soy el albacea del señor Daniel Molina.
Cetarti no dijo nada, ninguno de los nombres le sonaba conocido.
–Daniel Molina era el… –la voz dudó, un poco incómoda–, ehm, concubino de su madre. Tengo una mala noticia para darle.
Mientras Cetarti escuchaba, el tipo del documental hizo que el camarógrafo apagara las luces y filmara el agua. La pantalla quedó a oscuras salvo por el amarillo del subtitulado:
–A una veintena de metros por debajo de nosotros hay un cardumen de sardinas y los calamares están cazando. Podemos ver el resplandor verde de sus ojos fosforescentes…

2

Dieciséis horas después de colgar el teléfono (el tiempo que tardó en terminar el documental de los calamares Humboldt, ver otro sobre arsenal nuclear y política de disuasión de EE.UU. en la década de 1950, armar porros para el camino, darle de comer a los carassius de la pecera, cerrar las ventanas, subirse al auto y viajar setecientos cincuenta kilómetros), Cetarti entró a Lapachito. Bajó el vidrio de la ventanilla para ventilar un poco el auto. Lo golpeó una bofetada de olor a mierda, así que volvió a cerrar. Las calles del pueblo estaban descuidadas y cubiertas de una fina capa de barro, debía haber llovido recientemente, aunque no había nubes. Miró el reloj, eran casi las nueve, y el sol ya pegaba fuerte. Dio un par de vueltas, como para conocer. No vio nada lindo, casi todas las casas y edificios tenían la pintura descascarada y en muchas paredes se veían manchones de salitre y grietas bastante gruesas, producto del hundimiento desparejo de las construcciones. El resultado visual era desolador. Paró en una estación de servicio cerca de la plaza del centro. En el baño se lavó la cara, se mojó el pelo y se echó desodorante. Pasó al bar y pidió un café con leche y dos medialunas. Mientras le servían llamó a Duarte por teléfono. Duarte ya había declarado, pero tenía que ir a buscar un par de actas para los trámites que estaba haciendo, así que quedaron en verse en la comisaría a las diez menos cuarto de la mañana. Llegó unos minutos antes, Duarte ya lo esperaba en la puerta, parado al lado del escudo de la policía del Chaco. Era un hombre sólido de cara colorada, gordo y grandote, que debía tener alrededor de sesenta años. Tenía una sonrisa amplia y una dentadura asquerosa, abundante en dientes amarillentos comidos por las caries. Traía un portafolio de cuero. Saludó a Cetarti estrechándole la mano con fuerza. Tenía unas manos enormes.
–Me alegro de que hayas llegado bien. Lamento conocerte en estas circunstancias.
Lo palmeó en la espalda y lo invitó a pasar primero.
Caminaron por un pasillo hasta llegar a una oficina donde un hombre de uniforme leía el diario en internet, con un ventilador de escritorio apuntándole directamente. Duarte los presentó, el policía se llamaba oficial Cardozo, a cargo de la investigación. Cardozo los invitó a sentarse, acomodó el ventilador para repartir más equitativamente el flujo de viento y le relató más o menos lo mismo que Duarte la tarde anterior, sólo que sin escatimar detalles escabrosos. Daniel Molina, «suboficial retirado de la fuerza aérea y representado aquí por el señor Duarte», el mediodía anterior había matado a su concubina y a un hijo de ésta. Es decir, la madre y el hermano de Cetarti. Los había matado con una escopeta de repetición, les había disparado en el pecho. Después se había sacado la dentadura postiza y se había disparado en la cabeza, apoyando el cañón contra la barbilla.
–Están las fotos de la escena, si quiere verlas –dijo Cardozo alcanzándole una carpeta.
Era una veintena de fotos que Cetarti pasó rápidamente. La cabeza del tal Molina era un desastre (vista al revés parecía una bolsa desfondada), pero las caras de su madre y su hermano estaban intactas y los dos con el mismo gesto de estar mirando fijamente algo no demasiado entretenido. Se asombró de lo viejos que parecían, su hermano especialmente, si recordaba bien tenía cuarenta y tres años, y parecía de sesenta. Pasó sólo una vez las fotos y las volvió a dejar sobre la mesa.
–Está claro que el señor Molina ejecutó a la señora y su hijo –retomó Cardozo– y que después atentó contra sí mismo. Lo que no sabemos es cuál fue el detonante de la situación. No sé si usted podría ayudarnos con eso.
–No sabría decirle.
–Espere un momentito que le vamos a tomar la declaración, directamente… –El oficial minimizó el diario en la computadora, abrió el procesador de textos, tomó los datos de Cetarti y le pidió que repitiera lo que había dicho. Cetarti lo hizo dócilmente.
–¿Su madre en algún momento le dijo algo que pudiera hacer prever este desenlace?
–Hace años que no veía a mi madre. No sabía que vivía acá, ni que se había vuelto a casar.
Cetarti se removió en su silla. Pensó en que le gustaría desaparecer del lugar en ese momento. No pudo pensar en ningún lugar agradable donde aparecer.
–¿Y su hermano? –dijo el policía–. ¿Había enemistad de su hermano con el señor Molina?
–Desconozco. Menos todavía. Me sorprende que vivieran juntos, él se fue de mi casa antes que yo.
–No vivían juntos –intervino Duarte–, tu hermano estaba de visita.
–Lo mismo.

El policía anotó un par de líneas en la parte de atrás de una fotocopia y guardó la nota en la misma carpeta que las fotos.
–En un ratito terminamos.
Terminó de tipear en el documento, imprimió dos copias y se las pasó a Cetarti para que las firmara.
–Con esto ya estamos. Si reconocen los cadáveres se los pueden llevar apenas hagan el trámite, los cuerpos están en el depósito del cementerio a disposición de las familias. –Abrió un cajón y sacó un sobre manila que le alcanzó a Duarte–. Acá están las copias que me pidió.
Duarte agarró el sobre y le dio las gracias, le dijo que, cualquier cosa, le avisaba. En la vereda le preguntó a Cetarti si estaba en auto. Cetarti le contesto que sí.
–Buenísimo, el cementerio está de acá a un par de kilómetros y yo me vine a pie. ¿Me acercás? De paso charlamos un par de cosas.

3

Cetarti había prendido el aire acondicionado y adentro del auto hacía frío, pero a la vez el sol que pegaba a través de los vidrios hacía arder la piel como si no mediara protección. La piel sudaba y el sudor se enfriaba y las sensaciones de frío y ardor no se anulaban sino que coexistían de una manera desagradable. Lo mismo era mejor que estar afuera. Duarte le indicó el camino, lo hizo doblar un par de veces y después de diez o doce cuadras salieron a una avenida un poco más grande.
–Y listo, acá dale derecho que son dos kilómetros más o menos. Cuando estemos por llegar te voy avisando.
A pesar del sol castigante, la alfombra de barrito sobre el pavimento no se había secado ni un poco. Estaba en todas las calles.
–Llovió mucho, parece –dijo Cetarti.
–No, acá no llueve desde abril más o menos. ¿Vos decís por el barrito?
–Ahá.
–No, eso es porque subieron las napas, el agua está casi al ras del suelo. Mirá las casas: todas rajadas. Ahora todo el terreno es barro, se hunden. Los pozos negros revientan, mucho de este barrito de la calle es mierda y meo de los pozos negros. Por eso se han muerto los árboles, se pudrieron todos el primer año. Hacé lavar el auto cuando te vayas, porque se te va a pudrir toda la chapa, hacele lavar bien los guardabarros por adentro, este barrito es veneno para la chapa de los autos.
Duarte tenía razón, la mayoría de los autos de la calle estaban a medias comidos por el óxido.
–Le agradezco. Y esto hace cuánto que está así.
–Y…, del terremoto de Caucete, más o menos al año, año y medio empezó a subir el agua. Y así como ahora debe estar hace cuatro años, cinco capaz.
–¿Y por qué la gente no se va?
–Porque como fue de a poco la gente se acostumbra, y aparte vos te vas a reír, pero acá hay guita. Mucha gente de acá vive muy bien del campo.
–¿Pero y no es que se pudre todo?
–Lo de las napas se da acá nomás en el pueblo, que es una depresión. Saliendo unos ocho kilómetros ya está bien la tierra, es más alto.
El paisaje del pueblo se deslizaba alrededor del auto, casi brillando con la iluminación malignamente potente del sol.
–Claro, sin árboles el sol es algo tremendo lo que pega.
–Sí, pega fuerte, es bastante castigador el sol. Pero uno se acostumbra, tampoco es que no se puede estar.
Se quedaron en silencio unos minutos, empezaban a ralear las casas a los costados de la calle.
–Ya casi estamos llegando. Vos perdoname que te pregunte así esto, pero, eh, ¿vos qué vas a hacer con tu mamá y tu hermano?
–…
–Con los cuerpos, digo. ¿Te los vas a llevar a Córdoba?
Cetarti pensó unos segundos.
–Si puedo y es menos lío enterrarlos acá… Hay que ver qué plata cuesta, también, qué trámites hay que hacer. La verdad que no sé muy bien, me agarró de sorpresa esto.
–Bueno, acá la plata no es tu problema. Molina tenía el seguro de sepelio estándar de la fuerza aérea y uno suplementario para grupo familiar, tu vieja entra de una y a tu hermano lo podemos dibujar también, a la vista de los acontecimientos. Sobre todo si no gastamos mucho.
–Bien, qué suerte. Lo que usted vea que conviene, entonces.
–Bueno, ahora vemos. El cementerio es aquel alambrado y la entrada es ahí donde están las rejas negras.
Cetarti estacionó bajo un árbol frente a las rejas y bajaron. Un perro se acercó a orinar una rueda. Duarte lo apartó con una patada bastante cruel, debajo de las costillas.

En el depósito del cementerio los recibió un empleado municipal vestido con shorts, una camiseta de Chaco For Ever con lamparones de transpiración, botas de goma y barbijo alrededor del cuello. Los hizo llenar unas planillas, sacó dos barbijos de un cajón y les echó desodorante. Le extendió uno a cada uno.
–Pónganse esto. Hace casi seis horas que no hay luz, y con el calor hay cuerpos que están oliendo fuerte.
–Si es por mí –dijo Cetarti–, yo ya los reconocí en fotos.
El empleado meneó la cabeza.
–Tiene que hacerse en forma personal.
Se pusieron los barbijos y lo siguieron al lugar de las heladeras. El piso tenía uno o dos centímetros de agua encima, por lo que había una especie de pasillos construidos con plataformas de madera. Duarte y Cetarti caminaron sobre la madera, el empleado no porque tenía botas de goma. El desodorante del barbijo no detenía en nada la pestilencia a muerte. Habían dispuesto los cuerpos de su madre y su hermano desnudos y juntos en la misma bandeja. Había algo de incestuoso en la imagen, a pesar de las miradas perdidas y los agujeros de perdigonada. Cetarti salió afuera para vomitar apoyado en el tronco de un ciprés. Quiso enjuagarse la boca con el agua de una canilla que había a un par de metros sobre el pasillo, pero pensó que con esa agua se lavaban los floreros de las tumbas, que esa canilla era la punta de un sistema de cañerías que reptaba entre todo ese barro lleno de muertos, y la idea lo hizo vomitar de nuevo. Salvo por el desayuno, tenía el estómago vacío y las últimas fueron arcadas huecas y bastante dolorosas.
Un par de minutos después salió Duarte y le preguntó si estaba bien.
–Si querés quedate acá y firmo como que los reconociste. ¿Tenés tu documento?
–Sí. Se lo agradecería.
Cetarti se enderezó, sacó la billetera y le pasó el documento.
–Andá al auto y esperame ahí.
En el auto se enjuagó la boca con los restos de agua mineral que quedaban en una botella de litro y medio que había comprado para el viaje. Prendió el aire acondicionado y la radio. Sintonizó una emisora local que pasaba chamamé. Al rato Duarte le golpeó la ventanilla para que sacara la traba de su puerta.
–Bueno. Ya está –dijo, acomodándose en el asiento–. Los hice cremar, ¿te parece? Y nos ahorramos el velorio y las pelotudeces. Van a estar para mañana tipo dos de la tarde.
–Sí, me parece bien. Muchas gracias por todo.
–No es nada, yo esto lo tengo que hacer igual. Soy el albacea de Molina.
A Cetarti le causó gracia la palabra «albacea», le parecía fuera de lugar. Sonaba a película, la típica escena del despacho lujoso donde un abogado lee el testamento del millonario difunto. Y eso no tenía nada que ver con este pueblo casi fantasma, los muertos a escopetazos y, fundamentalmente, con el hombretón de dientes podridos que sonreía como en una propaganda de dentífrico del infierno.
–Él tendría que haber hecho lo mismo por mí, si me moría antes. Yo lo había nombrado mi albacea. Ahora tengo que buscar otro.
Cetarti se lo quedó mirando.
–En la fuerza aérea, por las dudas te mueras nombrás a un compañero como albacea, es para acompañar a la familia en todo lo que tenga que ver con los papeles y trámites ante la fuerza y gestionar quién y cómo paga los gastos de entierro, los seguros de vida y esas cosas. Molina y yo somos suboficiales de la fuerza aérea. Yo soy y Molina era, mejor dicho. ¿Vos ya estás bien?
–Bastante mejor.
–Te voy a dar algo que te va a hacer bien.
Duarte rebuscó entre los bolsillos internos de su portafolios, sacó un cigarrillo armado y le dio fuego. Con la primera bocanada el auto se llenó de olor dulzón. Duarte se lo extendió a Cetarti, que se había quedado mudo de la sorpresa.
–Qué ponés esa cara de pelotudo –dijo el otro reteniendo el aire–, este auto tiene un olor a porro que tumba, papito.
Cetarti agarró el cigarrillo.
–Vas a quedar una lechuguita con esto. Y la otra cosa pendiente que tenemos que hablar es la guita que puede haber para vos.
De las noticias que le había dado Duarte la noche anterior, la que había movido a Cetarti hasta Lapachito era la de que había un seguro de vida factible de ser cobrado. Lo habían echado del trabajo hacía seis meses (falta de iniciativa, conducta desmotivante) y ya se había comido casi la totalidad de la indemnización sin dar golpe.
–El tema es así: Molina había sacado un seguro de vida a nombre de tu mamá. Son treinta mil mangos más o menos. No es de una empresa de seguros, sino de la obra social de la fuerza. Como pasaron las cosas, se pueden dibujar algunos firuletes para que cobres vos esa plata. No es fácil, pero si podemos, sacamos la guita y la repartimos cincuenta y cincuenta, qué te parece.
–Me parece que podemos ir presos.
Duarte se rió.
–No no, eso nunca, si vemos que está espesa la mano no hacemos nada, yo conozco a la gente de la movida. Pero no creo. Yo digo que hay que probar. Vos no sos discapacitado en nada, ¿no?
Cetarti le devolvió el porro a Duarte.
–No.
–Bueno, yo me pongo en campaña con ese tema en el Círculo de Suboficiales en Resistencia y te aviso. Y qué tal, cómo estás ahora, ¿se te pasó?
–Sí, estoy casi bien. Es muy bueno este porro.
–Ha, ha, sí, etiqueta negra paraguayo. El aroma que tiene, viste. Si algún día querés comprar, tengo casi siempre.
–¿Y usted es militar y vende marihuana?
–Estoy retirado. Antes no fumaba. Empecé a fumar por el glaucoma, me dijeron que hacía bien. Y no vendo: fumo, y tengo unos amigos que me traen de Paraguay. Te decía de onda porque me caíste bien.
Fumaron un rato más, sin hablar y escuchando chamamé. Al cabo de un rato, desde algún lugar lejano y lento, la voz de Duarte le dijo que fueran a comer. Cetarti le respondió que no podía manejar. Duarte le dijo que si quería manejaba él.

Pararon en una parrilla de camioneros, cerca de la ruta. Del techo del lugar colgaba un antiguo aparato para matar moscas y mosquitos, consistente en dos fluorescentes violetas dentro de una especie de jaula hecha con flejes de chapa. La base de la jaula era de acrílico transparente, y sobre ella se amontonaban los cuerpos de generaciones de moscas muertas. Pidieron para comer parrillada y papas fritas, para tomar Duarte pidió vino de la casa y Cetarti una gaseosa y un vaso con hielo. Comieron vorazmente sin hablar mucho, Duarte se enganchó con una repetición de Boca-Banfield que pasaban en la televisión y Cetarti se entretuvo leyendo los clasificados del diario local. Estaba un poco desilusionado, el dinero no parecía ser del todo seguro. Terminó de comer primero y dejó el diario para concentrarse en el aparato de matar moscas. No se daba cuenta de cuál era el mecanismo, y se puso a vigilar el aparato esperando que alguna cayera en la trampa para averiguarlo. Pasaron varios minutos en vano, no había moscas, el aparato debía ser bastante eficaz. Duarte seguía comiendo. Sin dejar de mirar el matamoscas, Cetarti le dijo que por ahí le interesaba revisar las cosas de su madre, si era posible ir a la casa. Duarte le dijo que sí, que él tenía la llave, que terminaban y lo llevaba.
–Lo único que capaz que nos encontramos con la mujer de Molina.
–Cómo la mujer.
Duarte le contó que Molina había tenido un primer matrimonio, una mujer y un hijo.
–Lo odian. O lo odiaban. Ahora que está muerto, digo.
Pensando un poco en el perfil de su madre, Cetarti dijo que se imaginaba que el tal Molina debía ser una persona difícil.
–Era alcohólico, viste. La gente se manda cagadas…, no era un tipo para tener hijos ni vivir con nadie. Ahora, como te digo una cosa te digo la otra: conmigo nunca tuvo problemas. Un tipo con ciertos códigos, cierta elegancia.
De algún lado llegó volando un mamboretá no muy grande, Cetarti le siguió la trayectoria hasta que chocó contra la jaula. Se escuchó un suave crepitar eléctrico y el mamboretá cayó al piso y quedó ahí, moviendo las patas pero sin poder volver a enderezarse.
–¿Cómo hizo para ubicarme?
–Tus datos estaban en una libreta de Molina. Se los habrá pasado tu mamá, alguna vez.
Eso era imposible, pero por las dudas Cetarti no preguntó más.

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Editorial Anagrama, Barcelona, 2008

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