Nación 0 – Semicolonia 2

Por Ricardo Aronskind

Argentina cuenta con un gobierno que se caracteriza por su afán permanente y sistemático por condicionar el futuro nacional a las reglas y decisiones del sistema de poder económico y político global. Se diría que ese es el Norte estratégico profundo del macrismo y de los sectores sociales a los que representa.

Incluso sin tener en claro un proyecto viable para el país, la actual gestión entiende que es clave condicionar el rumbo futuro de las políticas públicas en tal grado, que sea imposible para cualquier administración ajena al neoliberalismo recuperar el comando de la orientación del devenir nacional.

En la globalización latinoamericana no hacen falta espectaculares invasiones de vecinos poderosos. Se les pueden ahorrar esos costos materiales. Alcanza con la instalación de gobiernos que generan hechos consumados que van socavando la viabilidad autónoma de las entidades nacionales, colocándolas en situaciones de altísimo grado de dependencia en todos los aspectos de la vida social (producción, finanzas, tecnología, defensa, salud, cultura, etc.). El debilitamiento estructural de todas las capacidades soberanas es el hilo conductor de presidentes como Temer o Macri.

De crear las condiciones para ese debilitamiento estructural se está ocupando, con toda dedicación, el gobierno de Cambiemos. En ese terreno, quizás, no exista impericia ni improvisación. El endeudamiento externo acelerado, al ataque masivo a toda la industria nacional, la agresión al sistema científico tecnológico nacional, el intento de ingresar a la OCDE, el ruinoso acuerdo en trámite con la Unión Europa, y ahora el acuerdo con el FMI forman parte del desmantelamiento integral de todos los elementos necesarios para poder ejercer la soberanía nacional en términos reales.

A falta de la capacidad de generar adhesión masiva de la sociedad a un proyecto que beneficia exclusivamente a minorías, se recurre al expediente de reforzar el externo sobre las políticas públicas, empezando por las económicas. El FMI y las potencias occidentales quedan como los custodios de un rumbo permanente definido por la elite local más allá de lo que opine y vote la sociedad. Se cambia futuro por pasado.
Stand-by con el FMI

No puede decirse que este gobierno no tenga apoyo externo. Los 50.000 millones que estaría otorgando el FMI son una fuerte demostración de un respaldo que trasciende la coyuntura turbulenta y que se extiende para consolidar y emprolijar una gestión que fue capaz de auto provocarse una crisis.

De esos 50.000 millones, lo que entrará concretamente en pocos días serán 15.000 millones de dólares, que pueden ser muy útiles al gobierno para instrumentar algo que el FMI reclama, que es el desinfle del explosivo stock de LEBACs.

El resto irá entrando de a poco, y condicionado al cumplimiento de las metas establecidas, que sólo se conocerán con precisión a mediados de setiembre, cuando el gobierno envíe el proyecto de Presupuesto al parlamento. Ahí se verá con claridad cómo y en qué se recortará el gasto de 2019. La meta es que el déficit fiscal se reduzca a la mitad del de este año.
Envión para abajo, sin pérdida de ilusiones electorales

Aún no se conocen los detalles, pero en principio el FMI recomienda continuar y profundizar algunas medidas ya lamentables del actual gobierno, como el recorte del gasto público necesario, el aumento desmesurado de tarifas o la dañina apertura comercial, y agrega otras, como la devaluación mayor de la moneda, que dañará al poder adquisitivo de la población, la eliminación de las LEBACs al tiempo que reclama una mayor autonomía del BCRA en relación a la rama política de la gestión macrista.

Todo apunta a una grave contracción de la actividad económica, el derrumbe del consumo, la inversión y el gasto público, y el incremento del desempleo. El cráter del segundo semestre, probablemente se extienda bien entrado el año 2019. El gran tamaño del crédito otorgado a la Argentina de todas formas parece incluir fondos que podrían ser utilizados en una reactivación vía construcción pública en el tramo políticamente relevante de 2019. No olvidemos que la filosofía electoral de Cambiemos reposa en la convicción sobre las lamentables características que tendría el electorado: falta de memoria y de comprensión política, sumado a ser voluble y susceptible a influencias mediante técnicas efectistas. Con que se note una mejora en la actividad en los meses previos a los comicios, y un nivel bajo de inflación –que siempre mejora algo el poder adquisitivo del salario- más una intensiva y articulada campaña publicitaria, apuestan a que se logre el milagro reeleccionario.
El arte de dibujar

Como siempre ocurre con el FMI, y también en sintonía con las “proyecciones” totalmente ficticias que viene realizando el gobierno nacional desde que comenzó su gestión, se difundieron numeritos sobre cómo irá bajando la inflación y cómo se controlará el endeudamiento externo. Nada de eso debe ser tenido en cuenta por la gente seria. Son expresiones de deseos con fines publicitarios, que los legos suponen el resultado de conocimientos muy rigurosos sobre el escenario económico futuro.

La recomendación es sólo fijarse en las estimaciones y proyecciones de corto plazo, que son por demás curiosas: se esfumó la meta de inflación para 2018. La desaparición de la famosa meta es más que significativa, porque es uno de los componentes centrales del relato neoliberal, la que les da una pátina técnica sofisticada. Da la impresión que tienen una previsión de un número bien alto, pero ni los funcionarios ni los consultores amigos tienen ya resto para seguir o desgastando su imagen pública mintiendo, o confirmando un cuadro horrible que resulta inexplicable en un gobierno que se la ha jactado sobre sus conocimientos sobre el tema.

Lo mismo, en el corto plazo, ocurre con la estimación de crecimiento: podría ser de 1,4%, o del 1%, o mucho menos, según diversas fuentes oficiales. En este escenario de tiniebla absoluta para el resto del año, el gobierno pretende neutralizar una eventual reacción combativa de los sindicatos subiendo el techo paritario del 15 al 20%. Dado que es esperable al menos una inflación del 30%, se le está pidiendo a la dirigencia sindical que acepte con alegría una caída salarial real del 10%, en 2018. La caldera sindical dirá. Como en el Proceso, para el gobierno no hay plazos, sino objetivos.
De cómo no resolver déficits no gemelos

Ya es un clásico demostrar cómo los planes de austeridad en todo el planeta, en vez de mejorar las cuentas públicas, las desmejoran, porque hunden la actividad económica y por lo tanto la recaudación impositiva se reduce significativamente, lo que obliga a achicar aún más el gasto y así sucesivamente.

En los próximos meses, sin embargo, la estanflación ayudará a mantener estable la recaudación del más importante de los impuestos, el IVA. Esto se debe a que si bien es previsible una fuerte caída de la actividad económica, también se espera una inflación relativamente elevada por el impacto de tarifas y aumentos del dólar sobre la estructura de precios. Se ha visto en experiencias muy traumáticas anteriores, como en 2002, que la inflación contribuye a que suba la recaudación del IVA, simplemente porque suben los precios sobre los que se aplica el 21%, aunque disminuyan las cantidades materiales vendidas.

En cambio la combinación de la grave contracción de la actividad interna y el dólar más alto provocarán una caída de las importaciones aun cuando se “abra” más la economía por presión del FMI. Si bien no es previsible ninguna mejoría exportadora, la balanza comercial negativa, así como los enormes flujos de turismo al exterior se reducirán. El desequilibrio externo revertirá la tendencia que mostraba hasta el presente. ¿Se estaría volviendo más viable el modelo neoliberal? ¿Se alejaría del estallido? No está claro. Este año, por ejemplo, se pone como objetivo un déficit primario de 2,7% del PBI, que nadie sabe cómo harán para lograrlo (salvo metiendo retenciones al querido Campo), mientras crecerá fuertemente la salida de dólares vía los pagos de intereses financieros: 2,4% del PBI. Se estaría reduciendo el gasto en bienes importados y turismo, a favor del aumento de los pagos a los financistas locales e internacionales.
La incertidumbre llegó a Cambiemos

Es muy importante considerar que si hasta ahora el macrismo tenía cierta ductilidad para eludir confrontaciones riesgosas con sectores de la sociedad aplazando decisiones o buscando soluciones alternativas, la intervención del FMI pone metas mucho más rígidas, perentorias, que condicionan la continuidad de los desembolsos prometidos. El gobierno deberá derrotar como sea a los escollos sociales con los que se encuentre, para no tener problemas con el único prestamista que aún le presta. Pero si se topara con una vigorosa resistencia a algunas de las medidas más impopulares, deberá renegociar con sus amigos y mentores del FMI, o arriesgarse a que también de allí llegue la sequía de fondos. Algunos de los choques que eludió para asentar la gobernabilidad neoliberal, ahora se harán presentes. A su vez el electorado conflictofóbico que votó al macrismo, se encontrará con un escenario que tiznará sus preciados globos de colores.

Si, en cambio, el ajuste discurriera en un contexto de insuficiente resistencia en las calles, el gran interrogante se desplazaría al ámbito electoral.

Las amplias clases medias bajas, probablemente un 35% de la población, no están consideradas como potenciales sujetos del “gasto social”, que está previsto para atender al 20/25% de ingresos más bajos, supuestamente los más heridos por el ajuste que se viene. Qué destino económico y político tienen estos sectores, sobre los cuales lloverán todas y cada una de las calamidades de la política de austeridad y que no contarán con ningún salvavidas público, está por verse. Lo que es claro, es que quedarán pocos con voluntad de seguir apostando al oficialismo.
La oposición debe defender su gobierno futuro

Cuando Néstor Kirchner saldó la deuda de 9.500 millones de dólares que tenía el país con el FMI, las exportaciones nacionales alcanzaban los 40.000 millones de dólares, y el saldo favorable de la balanza comercial era de 11.700 millones de dólares. Es decir que con el superávit del comercio exterior alcanzó y sobró para sacar al FMI de las decisiones de política económica del país y recuperar grados de libertad soberana.

Hoy el país, en parte por las malas condiciones del mercado mundial, no llega a exportar 60.000 millones, y tiene un déficit comercial (no superávit), que apunta a los 10.000 millones.

Si el país contrae ahora una deuda de 50.000 millones, que por su tamaño queda fuera de proporción con cualquier medida audaz de un gobierno nacional y popular ¿qué forma tendría un gobierno alternativo para sacarse de encima a la tecnocracia ajustadora de ese organismo?

La deuda con el FMI, además, está programada con 3 años de gracia, a partir del momento de la firma del acuerdo, y debe ser pagada luego, con sus intereses, en 8 cuotas trimestrales. Rescatan al macrismo, y le ponen una mochila de plomo a las próximas administraciones.

Si las particulares condiciones locales y externas que acompañaron a Kirchner son irrepetibles y no se puede esperar a que el azar las reproduzca nuevamente ¿qué debe hacer una oposición con voluntad de representar a los intereses nacionales para evitar quedar atrapada en las maniobras de los agentes locales de la globalización y sus cómplices internacionales?

El Cohete a la luna

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