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la mañana del 19 de julio de 1924, 130 policías y un grupo
de civiles partieron desde Quitilipi hasta Napalpí, a 120
kilómetros de Resistencia, Chaco. El historiador Favio Echarri
reseñó que el entonces gobernador del territorio chaqueño,
Fernando Centeno, había ordenado: "Procedan con rigor para
con los sublevados". Según datos de la Red de Comunicación
Indígena, durante 45 minutos la policía descargó más de
5 mil balas de fusil sobre la reducción de Napalpí, palabra
toba que paradójicamente significa "lugar de los muertos".
Pedro Solans y Carlos Díaz indican que el total de víctimas fue de 423, entre indígenas y cosecheros de Corrientes, Santiago del Estero y Formosa. El 90 por ciento de los fusilados y empalados eran tobas y mocovíes. Algunos muertos fueron enterrados en fosas comunes, otros sólo quemados. Se estima que lograron escapar 38 niños. La mitad fueron entregados como sirvientes en Quitilipi y Machagai, mientras el resto murió en el camino. También se salvaron 15 adultos, entre ellos Melitona, una de las pocas mujeres que tuvo la fortuna de no ser violada. El relato de los historiadores es desgarrador. En el libro "Memorias del Gran Chaco", Mercedes Silva señala que el mocoví Pedro Maidana fue muerto de forma salvaje: "Le extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de batalla". Maidana había sido uno de los líderes de la huelga que derivó en la matanza. Los aborígenes y criollos reclamaban una justa retribución por la cosecha de algodón o bien poder salir de la provincia para trabajar en los ingenios de Salta y Jujuy, que ofrecían mejor paga. Para la versión oficial se trató de una "sublevación indígena". |
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La
masacre de Napalpí
Por Marcelo Larraquy
Durante las sesiones en el Congreso en las que De Tomaso expuso
sobre la Patagonia, el diputado radical y médico
Pedro López Anaut —que había avalado un pedido de informes pero no la
creación de una comisión investigadora porque prefería evitar "los detalles"—
comentó que los movimientos en el Sur tenían cierta semejanza con los
que él había conocido en el Norte. López Anaut había integrado una comisión
legislativa que había viajado a Chaco, a Formosa y a Misiones, donde
también hubo "levantamientos graves de obreros, asaltos a establecimientos,
tiroteos, muertos y heridos, intervención de la policía y el ejército".
La experiencia lo había conmocionado. Había tomado contacto con los
obreros y observó el cuadro "horroroso" en el que vivían, con patrones
"criminales". Y aunque no adhería a la Liga Patriótica —pero tampoco
era crítico de ella—, el legislador había observado su intervención
en esa región, cuando miles de obreros de las compañías La Forestal
y Las Palmas se declararon en huelga en los años 1920 y 1921.
La Forestal, una compañía británica que
sumó capitales alemanes y franceses, había sido creada en 1906 y llegó
a ocupar más de dos millones de hectáreas en el norte de la provincia
de Santa Fe y los territorios nacionales de Chaco y de Formosa. Su especialidad
era la explotación del quebracho colorado de los montes para extraer
el tanino, sustancia útil para las curtiembres en el tratamiento del
cuero, y también para producir los durmientes para las líneas ferroviarias.
El monopolio impedía que los pueblos se desarrollaran fuera de su producción
económica concentrada y con vistas hacia el mercado internacional. La
empresa, además, defraudaba al fisco provincial.
Como los peones rurales en la Patagonia, los hacheros de La Forestal,
que tenían jornadas de hasta dieciséis horas, recibían la paga con vales
que podían cambiar por mercaderías en los almacenes de ramos generales
que también pertenecían a la compañía.
En un mes de trabajo, un hachero podía ganar el equivalente a diez kilos
de carne.
Cuando los trabajadores iniciaron una huelga en diciembre de 1919 y
reclamaron mejoras salariales y turnos de ocho horas, la compañía creó
un cuerpo armado con gendarmes de la fuerza pública pero al servicio
y con salarios de La Forestal. Lo reforzó con un cuerpo policial privado
para proteger los obrajes y las fábricas y someter por la fuerza la
agitación obrera.
En las huelgas de 1920 y 1921, La Forestal desconoció la organización
gremial de los trabajadores, hizo "listas negras"; saqueó e incendió
sus casas; desplazó hacheros de un enclave a otro; vedó la provisión
de agua, que llegaba en tren a los obrajes; cerró establecimientos y
despidió al personal; provocó el vaciamiento de pueblos y utilizó su
policía privada para reprimir a los que persistieron en la resistencia.
En febrero de 1921, en distintas poblaciones de Santa Fe —Villa Guillermina,
Villa Ana, Golondrina, Villa Ocampo—, los cuerpos armados dispararon
contra los obreros en las estaciones ferroviarias y salieron a cazarlos
por los bosques, luego de que en Villa Guillermina un comisario que
registraba obreros a la salida de la fábrica resultara muerto, en apariencia
por un policía no uniformado de la empresa, hecho que fue utilizado
para desencadenar la represión.
La Liga Patriótica no permaneció ajena a la
violencia patronal. Contrató mercenarios, denominados "penachos colorados",
para acompañar a la policía privada de La Forestal. Un miembro de la
Liga, Lorenzo Anadón, era vicepresidente de esa compañía.
El establecimiento de producción forestal, ganadero y azucarero Las
Palmas, en el Chaco austral, tenía la particularidad de que todo el
directorio pertenecía a la Liga Patriótica. Y la mano de obra —indígenas,
criollos, paraguayos y brasileños— estaba en relación con la FORA del
IX Congreso.
Un paro les había permitido a los trabajadores lograr el pago en moneda
y jornadas más cortas en los ingenios. Sin embargo, poco después, la
empresa efectuó un descuento en sus salarios y colocó matones de la
Liga para provocar a los delegados sindicales en las fábricas.
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A mediados de 1920, la decisión de la compañía de expulsar a cerca de mil trabajadores acrecentó la tensión. Los huelguistas se atrincheraron en el ingenio. Tras difundir el rumor de que los caciques estaban al servicio de los patrones, la empresa colocó a indios, sin que éstos lo supieran, en la avanzada para enfrentar a los trabajadores, que comenzaron a disparar contra ellos. Luego entraron en combate las fuerzas de la empresa y de la Liga Patriótica y un día más tarde las tropas del Ejército al mando del capitán Gregorio Pomar, simpatizante radical, quien ordenó el cese del fuego. Hubo denuncia de quemas de huelguistas en los hornos del ingenio para no dejar evidencias ante la llegada del Ejército.
Durante la década de 1920, además de Las Palmas y de La Forestal, donde los obreros fueron víctimas de una represión con recursos estatales "privatizados", las fuerzas del Estado también organizaron expediciones de exterminio masivo en el norte del país. Pero, a diferencia de la matanza patagónica, que logró ser rescatada por Osvaldo Bayer tras cincuenta años de ocultamiento y olvido, las voces de estas etnias fusiladas quedaron sumergidas en una reconstrucción histórica regional mucho menos visible.
Por entonces, Chaco era
territorio de conquista de las expediciones militares que buscaban extender
las fronteras indígenas al precio del dominio territorial, económico,
étnico y cultural. Hacia 1920, el censo indicó para ese territorio nacional
una población de 60.564 habitantes.
En junio de 1923, el presidente Alvear designó en el gobierno del Chaco
a Fernando Centeno, nieto del coronel Dámaso Centeno, muerto en combate
en la batalla de Pavón. Fernando Centeno, educado en París y tres veces
presidente de la Cámara de Diputados santafecina, oriundo de esa provincia,
debía remitir informes de su gestión al Ministerio del Interior.
Frente a las etnias, el nuevo gobernador continuó con la política de
la Reducción de Indios, un organismo que administraba la mano de obra
aborigen en los obrajes forestales y en las chacras de algodón y maíz;
de este modo, a la vez que los obligaba a abandonar su nomadismo, los
incorporaba al proceso de producción económica.
La Reducción Napalpí, un territorio de 20.000 hectáreas, ubicado a 120
kilómetros de Resistencia, sobre la traza del ferrocarril Barranqueras
al Oeste, había sido creada en 1911 por el naturalista y protector de
indios Enrique Lynch Arribálzaga. La creación de este cerco indígena
de producción agraria, bajo subsidio y control estatal, tuvo la intención
de evitar que las etnias mocoví, toba y vilela continuasen siendo víctimas
del genocidio de las tropas de línea del Ejército, quienes las consideraban
obstáculos para su objetivo de "civilización y progreso". La Reducción
también incluyó una política educativa. Se fundó una escuela para los
hijos de los aborígenes.
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Hacia 1920, con el auge
algodonero, la Reducción contaba con alrededor de setecientos empleados
que trabajaban a destajo. Pero los indios también tenían la posibilidad
de ser contratados por comerciantes que los trasladaban a los ingenios
azucareros de Tucumán, de Salta y de Jujuy por una mejor paga. De modo
que entre la posibilidad de volverse al monte a vivir con sus costumbres
originales, subsistiendo con la caza o la pesca, y el éxodo a otras
provincias, desde la perspectiva de los terratenientes, los aborígenes
componían una mano de obra inestable para las necesidades de la cosecha.
Atento a las inquietudes de las empresas productoras, el gobernador
Centeno prohibió los desplazamientos indígenas fuera del territorio.
Sometidos al cerco de Napalpí, los aborígenes se sublevaron contra la
administración de la Reducción, que además les descontaba el quince
por ciento de la producción de algodón. Muchos se negaron a levantar
la cosecha. El ambiente se fue crispando. Los policías comenzaron a
perseguir a los indígenas que regresaban de la zafra jujeña en trasgresión
a la orden de Centeno y mataron a algunos de ellos en El Cuchillo. También,
la policía comenzó a recibir denuncias telegráficas de productores por
robos de hacienda y carneo de animales.
El 17 de mayo de 1924, Centeno fue a las tolderías de Napalpí a entrevistarse
con los caciques. Escuchó sus críticas. Le pidieron la supresión del
quince por ciento, libertad para vender sus productos, la reapertura
de la escuela, títulos de propiedad para colonos indígenas, la liberación
de aborígenes detenidos en la cárcel de Resistencia y la entrega de
dos vacas y mil kilos de galletas.
Ni las promesas de provisión de alimentos ni la reunión de la delegación
indígena en Buenos Aires con la Comisión Honoraria de Reducciones de
Indios ni la visita a
Napalpí de Eduardo Elordi, secretario de Territorios del Ministerio
del Interior, bastaron para atemperar la hostilidad en la región. Todas
las negociaciones habían fracasado. El sometimiento policial a los indígenas
para que permanecieran en la Reducción, las denuncias de cuatrerismo
y los ataques a establecimientos agrarios denunciados por colonos blancos
contra los "bandoleros" aborígenes —que habrían dejado dos muertos—,
el despoblamiento rural por el temor a un levantamiento indígena y la
huelga que iniciaron éstos en Napalpí hundieron el territorio en una
psicosis de guerra. El indio armado con Winchester, guiado por el cacique
toba Pedro Maidana, era la figura más explotada frente a Centeno por
parte de los terratenientes que exigían el disciplinamiento de la mano
de obra. Enrique Lynch Arribálzaga había advertido en 1911: "La coerción
o el temor son, a mi juicio, pésimos recursos para el gobierno de los
aborígenes. Se los podrá dominar momentáneamente, pero el odio hervirá
en sus almas sin freno y, como todo pueblo oprimido, romperá sus cadenas
en cuanto vea la primera coyuntura para hacerlo".
En julio, el gobernador Centeno pidió al Ministerio del Interior tropas
del Ejército para sofocar la "sublevación", pero le respondieron que
era un hecho policial que debía ser resuelto a nivel local.
El sábado 19 de julio
de 1924, La Nación publicó que "la sublevación" de los indios de la
Reducción de Napalpí continuaba "amenazando a la población de la zona
norte de ese departamento [Villa Ana]. Han sido atacados varios vecinos,
registrándose numerosos asesinatos. El pueblo está alarmadísimo".
Ese mismo día ya estaba en Napalpí la tropa policial enviada por Centeno.
Cuarenta de ellos habían partido en tren desde Resistencia, se sumaron
otros ochenta de localidades vecinas, más la participación de civiles
armados al servicio de los productores. Un avión del Aero Club Chaco
los ayudó a reconocer la posición exacta de los indios. Muchos de ellos
salieron a observar el aeroplano que volaba más allá de las copas de
los árboles. Según los testimonios recogidos por una comisión parlamentaria,
expuestos en la sesión de Diputados del 11 de septiembre de 1924, desde
el avión arrojaron una sustancia química que comenzó a incendiar las
tolderías.
La tropa inició la matanza de las etnias rebeldes. Las familias indígenas
escaparon hacia al monte impenetrable, pero en dos horas, los fusiles
estatales ya habían matado a alrededor de doscientos aborígenes que
habían negado sus brazos a la cosecha. El avión sobrevoló la zona para
señalar a los que escapaban y ponerlos en la mira del fusil del copiloto.
A los que quedaban heridos, la tropa policial los ultimaba a machetazos
o los degollaba. Al cacique Maidana y a sus hijos les arrancaron los
testículos y las orejas. Los cadáveres fueron amontonados y rociados
con querosén y enterrados en fosas comunes. Muchas mujeres fueron tomadas
prisioneras y sometidas. Los bienes indígenas de la Reducción fueron
saqueados. Cuarenta niños que lograron sobrevivir fueron entregados
a los estancieros como sirvientes para las tareas domésticas.
En el expediente judicial, la policía negó la matanza. Según la versión
oficial, cuando llegaron a Napalpí con un pañuelo blanco, fueron recibidos
con fuego por los indios y en el combate mataron sólo a los tres caciques
rebeldes y a otro aborigen. El resto, cerca de ochocientos indios, al
ver caer a sus jefes, huyó al monte. La Justicia, que archivó la causa
sin reconocer culpabilidad en nadie, no recogió los testimonios de los
indígenas que habían sobrevivido.
Entre ellos estaba Melitona Enrique, toba, de 23 años. Ese 19 de julio
de 1924, escapó de las balas y corrió hacia el monte con su madre. Había
perdido a sus abuelos, a sus primos, a sus tíos. Estuvo varios días
y noches sin comer. Vivió muchos años. Fue la última sobreviviente.
Melitona Enrique murió el 13 de noviembre de 2008. Tenía 107 años. En
su último cumpleaños, el 13 de enero del mismo año, el Estado provincial
del Chaco reconoció por primera vez su responsabilidad en la masacre
de Napalpí. Entonces le pidió disculpas, le regaló una silla de ruedas
y le prometió una casa de ladrillos.
(Fragmento de “Marcados a fuego. La violencia en la historia
argentina. De Yrigoyen a Perón (1890-1945)” de Marcelo Larraquy)
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Una
masacre que lleva 80 años de memoria prohibida
Por Darío Aranda [2004]
darioaranda@yahoo.com.ar
En 1924 asesinaron a 200 aborígenes
de Napalpí, Chaco. Reclamaban por sus salarios. A los descendientes
ni siquiera les permiten recordar el hecho en un acto en las escuelas.
El cacique José reclama una reparación histórica.
Cuando se cumplen 80 años de la matanza de 200 tobas y mocovíes, en
Napalpí, Chaco, un cacique reclama una reparación histórica que, desde
hace décadas, es incumplida: un cartel que indique que allí tuvo lugar
la masacre ordenada por el gobernador chaqueño, Fernando Centeno. El
19 de julio de 1924, a la mañana, la policía rodeó la Reducción Aborigen
de Napalpí, de población toba y mocoví, y durante 45 minutos no dejaron
descansar los fusiles. No perdonaron a ancianos, mujeres ni niños.
Asesinaron a todos y, como trofeos de guerra, cortaron orejas, testículos
y penes, que luego fueron exhibidos como muestra de patriotismo en la
localidad cercana de Quitilipi. Los asesinados fueron más de 200 aborígenes
que reclamaban una paga justa para cosechar el algodón de los grandes
terratenientes. Para justificar la matanza, la versión oficial esgrimió
una "sublevación indígena". A 80 años de la masacre, no habrá actos
oficiales, pero los pobladores originarios la recordarán en cada comunidad.
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En 1895, la superficie sembrada de algodón en el Chaco era de sólo 100 hectáreas. Pero el precio internacional ascendía y los campos del norte comenzaron a inundarse de capullos blancos donde trabajaban jornadas eternas miles de hombres de piel oscura. En 1923, los sembradíos chaqueños de algodón ya alcanzaban las 50 mil hectáreas. Pero también debían multiplicarse los brazos que recojan el "oro blanco".
El 12 de octubre de 1922,
el radical Marcelo T. de Alvear había reemplazado en la presidencia
a Hipólito Yrigoyen y el Territorio Nacional del Chaco ya se perfilaba
como el primer productor nacional de algodón. Pero en julio de 1924
los pobladores originarios toba y mocoví de la Reducción Aborigen de
Napalpí –a 120 kilómetros de Resistencia– se declararon en huelga: denunciaban
los maltratos y la explotación de los terratenientes. Los ingenios de
Salta y Jujuy ofrecieron mejor paga. Hacia allá intentaron ir los pobladores,
pero el gobernador Centeno prohibió a los indígenas abandonar el Chaco.
Los pobladores de Napalpí decidieron resistir. El 18 de julio, y con
la excusa de un supuesto malón indígena, Fernando Centeno dio la orden.
A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron
desde la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos
de disparar los Winchester y Mauser a todo lo que se movía, sólo quedó
el silencio y la humareda de los fusiles. Los heridos –fueran hombres,
mujeres o niños– fueron asesinados a machetazos. El periódico Heraldo
del Norte recordó el hecho a finales de la década del ’20: "Como a las
nueve, y sin que los inocentes indígenas realizaran un solo disparo,
hicieron repetidas descargas cerradas y enseguida, en medio del pánico
de los indios (más mujeres y niños que hombres), atacaron. Se produjo
entonces la más cobarde y feroz carnicería, degollando a los heridos
sin respetar sexo ni edad".
El 29 de agosto –cuarenta días después de la matanza–, el ex director de la Reducción de Napalpí, Enrique Lynch Arribálzaga, escribió una carta que fue leída en el Congreso nacional: "La matanza de indígenas por la policía del Chaco continúa en Napalpí y sus alrededores; parece que los criminales se hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron presentes en la carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir de testigos si viene la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados".
El libro Memorias del Gran
Chaco, de la historiadora Mercedes Silva, confirma el hecho y cuenta
que el mocoví Pedro Maidana, uno de los líderes de la huelga, corrió
esa suerte. "Se lo mató en forma salvaje y se le extirparon los testículos
y una oreja para exhibirlos como trofeo de batalla", asegura.
En el libro Napalpí, la herida abierta, el periodista Vidal Mario detalla:
"El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda
la historia de las culturas indígenas en el presente siglo. Los atacantes
sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los toldos no quedaba
un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos fueron degollados,algunos
colgados. Entre hombres, mujeres y niños fueron muertos alrededor de
doscientos aborígenes y algunos campesinos blancos que también se habían
plegado al movimiento huelguista".
Un reciente microprograma
de la Red de Comunicación Indígena destaca: "Se dispararon más de 5
mil tiros y la orgía de sangre incluyó la extracción de testículos,
penes y orejas de los muertos, esos tristes trofeos fueron exhibidos
en la comisaría de Quitilipi. Algunos muertos fueron enterrados en fosas
comunes, otros fueron quemados". En el mismo audio, el cacique toba
Esteban Moreno contó la historia que es transmitida de generación en
generación. "En las tolderías aparecieron soldados y un avión que ametrallaba.
Los mataron porque se negaban a cosechar. Nos dimos cuenta de que fue
una matanza porque sólo murieron aborígenes, tobas y mocovíes, no hay
soldados heridos, no fue lucha, fue masacre, fue matanza, por eso ahora
ese lugar se llama Colonia La Matanza."
La Reducción de Napalpí –palabra toba que significa lugar de los muertos–
había sido fundada en 1911, en el corazón del Territorio Nacional del
Chaco. Las primeras familias que se instalaron eran de las etnias Pilagá,
Abipón, Toba, Charrúa y Mocoví. El corresponsal del diario La Razón,
Federico Gutiérrez, escribió en julio de 1924: "Muchas hectáreas de
tierra en flor están en poder de los pobres indios; quitarles esas tierras
es la ilusión que muchos desean en secreto".
A ochenta años de la masacre, el lugar está sólo habitado por una familia
que dice escuchar los lamentos de las víctimas cuando cambia el viento.
El cacique Alfredo José dijo a Télam que reclama una reparación histórica.
Su antecesor, Angel Nicola, recordó con amargura las promesas incumplidas
de autoridades y legisladores. Reclaman que se coloque un cartel que
indique que allí, en Napalpí, ocurrió la matanza. José impulsó una ceremonia
en la escuela de Colonia Aborigen, pero no prosperó porque el tema no
figura en los programas de estudios de los descendientes de los masacrados.
Una frustración más: los carteles oficiales de la Ruta Nacional 16 ubican
a Napalpí en otra parte, como otra muestra del olvido y ocultamiento.
Fuente: www.argentina.indymedia.org, 2004
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La
masacre indígena de Napalpí
Por Argenpress.info
El 19 de Julio de 1924 se
produjo la masacre indígena de Napalpí, un hecho histórico sangriento
que la historiografía tradicional ha ignorado, y que se inserta en la
dramática vida de las naciones indígenas que sufrieron diversas formas
opresivas y discriminatorias.
La masacre ocurrida en el entonces territorio nacional del Chaco fue
un ejemplo de cómo la opresión indígena jugaba en aquellos años un rol
en la acumulación capitalista mediante la utilización de mano de obra
barata en el trabajo agrario del norte argentino.
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Tropas de la gendarmería
y de la policía, con el apoyo de grupos privados, atacaron el 'campamento
sagrado' de El Aguará, donde casi un millar de tobas, mocovíes y campesinos
blancos originarios de corrientes, se habían refugiado como respuesta
a la tensa situación social que acarreaba la explotación de los hacendados
locales.
El ataque terminó con una matanza, una masacre brutal.
Ese trágico 19 de Julio de 1924, unos 130 hombres armados entre la policía
y gendarmería, atacaron El Aguará sin encontrar resistencia. Según los
diarios de la época, y las denuncias formuladas por los diputados socialistas
en la cámara de Diputados de la Nación, los atacantes sólo cesaron de
disparar cuando 'advirtieron que en los toldos no quedaba un indio que
no estuviera muerto o herido'. Los heridos fueron degollados, los esfínteres
de algunos de ellos fueron colgados en palos. Entre hombres, mujeres
y niños, se calculan doscientos muertos aborígenes y algunos campesinos
blancos.
La 'masacre de Napalpí'
ha sufrido el silencio a lo largo de los años y muy pocos investigadores,
antropólogos y personas dedicadas al estudio de la historia indígena,
le han prestado atención. Entre los investigadores que han profundizado
en la cuestión figura José Picciuolo Valls. La ideología que fundamentó
y motivó la resistencia fue claramente social-religiosa, y, sobre todo,
mesiánica, tocándoles a los chamanes tobas reelaborar el corpus mítico
de su cultura y adaptarlo a la situación colonial que vivían, proyectando
sus alcances no sólo dentro de su nación, sino sobre otros núcleos étnicos
no indígenas. La nación toba -cuya cultura era periférica del imperio
incásico-, a partir del siglo XVII, gracias a la adopción del caballo,
comenzó a expandirse sobre otras étnicas del Chaco, rechazando a los
europeos. Esa supremacía decayó en el siglo XIX con el avance blanco,
que derrotó militarmente a los tobas redistribuyéndolos en 'reservas
aborígenes', y arrebatándoles las tierras.
La explotación de la mano de obra indígena, la discriminación racial,
la violencia contra los tobas y otras naciones indígenas, el continuo
apoderamiento ilegal de las tierras por parte de los hacendados blancos,
motivó el levantamiento político-religioso toba, que enfrentó a los
dominadores mediante la resistencia pasiva.
El
gobierno chaqueño pidió perdón por la masacre de NapalpíMelitona Enrique, cuyo cumpleaños 107 fue celebrado en la plaza de Machagai con la presencia del gobernador Jorge Capitanich, quien le pidió perdón y le rindió un homenaje. En 1924 tenía 23 años, se salvó escondiéndose en el monte durante varios días, sin comida ni agua. Ella misma recordó en una oportunidad que "los cuervos estuvieron una semana sin volar, porque seguían comiendo los cadáveres". Jueves, 17 de Enero de 2008.
Machagai. El gobernador Jorge Capitanich, pidió perdón en
nombre del Estado chaqueño por la "Masacre de Napalpí" y
declaró el 19 de julio Día de los Derechos de las Poblaciones
Aborígenes, en el acto de homenaje a Melitona Enrique, que
se realizó en esta ciudad. |
La razón de la matanza y
de la posterior represión, encontró fundamento en el hecho de que los
aborígenes dejaron de trabajar la tierra para los hacendados chaqueños
y generaron una economía propia de subsistencia.
El ejemplo de los tobas podría extenderse a todo el norte argentino,
movilizando por sus jefes políticos-religiosos -los chamanes - y por
una fuerte mítica escatológica basada en un renacimiento de las tradiciones
morales y religiosas indígenas.
El entonces gobernador Centeno, alentado por los hacendados, ordenó
la represión de los indefensos aborígenes que, hay que destacarlo, estaban
ejerciendo su resistencia en forma pacífica y en ningún momento recurrieron
a las armas. Lo curioso de la terrible tragedia es que, después de producida,
el silencio más absoluto la ocultó por décadas, a pesar de las denuncias
parlamentarias que, muy pronto, también se acallaron.
Lugareños del El Aguará
memoran los dramáticos hechos de 1924:
'Desde un aeroplano atacaron a la población'.
Buscando localizar el lugar
de los dramáticos hechos que desencadenaron la masacre indígena de 1924,
penetramos en El Aguará bajo un sol abrasador y por caminos de tierra,
algunos muy estrechos.
Las dos versiones que logramos difieren en la interpretación: los dichos
que corresponden a descendientes indígenas, los de los criollos. En
los primeros se mantiene inalterable el relato que fueron reconstruyendo
historiadores, antropólogos e investigadores, sobre el martirio de esos
hombres, mujeres, niños y ancianos inmolados por el odio y el miedo
de quienes los atacaron brutalmente. En cambio, la visión criolla repite
el relato colonizado - como diría Franz Fanon -, en donde los aborígenes
debieron ser reprimidos porque estaban 'levantados' o pensaban atacar
a los centros poblados, cosa que nunca existió ya que se habían internado
en las entrañas de El Aguará rodeado de su mística político-religiosa
y, conviene recalcar, se trató de un levantamiento pacífico, no violento,
y ese carácter adquiere verosimilitud si se tiene en cuenta que durante
los hechos sangrientos no cayó ningún blanco de los que formaban parte
del grupo agresor, y tampoco hay registros de ataques indígenas a zonas
pobladas, urbanas o semiurbanizadas en la época.
Recién cuando localizamos el lugar donde se habrían producido los sucesos,
ubicado en el límite entre El Agruará y Napalpí, pudimos establecer
que se puede llegar a la zona (fue el camino de regreso) por la ruta
16, hasta el kilómetro -aproximadamente- número 147, y allí doblar a
la izquierda por uno de los caminos de tierra y luego de avanzar otros
cinco kilómetros se llega a las chacras de los hermanos Angel y Agriano
Verdán, actualmente un algodonal, donde se desencadenaron los sucesos.
Otro dato interesante recogido de testimonios de habitantes de El Aguará
- hoy una enorme reserva indígena que a pesar de la pobreza cuenta dos
escuelitas -, es la permanencia en la conciencia popular de los mitos
escatológicos animistas vinculados algunos de ellos con la masacre que
nos ocupa.
Pero lo que no fue un mito, sino una cruel realidad es lo que nos relató
una mujer y luego nos confirmo otro testimonio.
Durante la represión contra los indígenas, además de las fuerzas militarizadas
armadas de fusiles máuser y otros elementos bélicos de la época, fue
utilizada una avioneta de reconocimiento, elemento éste con lo que se
trató de amedrentar a los rebeldes indefensos y evitar cualquier resistencia.
Ahora pudimos confirmar la utilización de esa avioneta o planeador sobre
la que tuvimos noticias a través del investigador Picciuolo Vals que
estudió los hechos de Napalpí hace ya varios años. Hay, con todo, un
agregado, confirmado ahora por los testimonios de los habitantes de
la zona, de origen indígena o criollos: desde el aeroplano mediante
la utilización de alguna sustancia química o de otra clase, se incendió
la toldería donde habitaban los rebeldes.
Para tener una idea que nos ubique ante los hechos, según las reconstrucciones
históricas, el levantamiento toba-mocoví, tuvo una gran presencia milenarista
y religiosa. Según las costumbres autóctonas, el templo o templete para
el culto religioso se construía fuera del lugar donde se instalaban
las viviendas indígenas. El ataque se habría producido cuando éstos
retornaban a su hogar en las primeras horas de la mañana, luego de un
oficio religioso.
Según el antropólogo Picciuolo Vals, en el templete, levantado sobre
una altura, y que consistía en una rústica casita, se 'aparecía' el
Dios indígena, o los dioses, que tomaban contacto con su pueblo para
fortalecerlos espiritual y materialmente. Era una relación directa sin
mediación chamánica, aunque estos jefes político-religiosos fueron guía
del movimiento.
Testimonios recogidos en la reserva de El Aguará nos destacaron que
cuando la 'seca' llega a su fin y se produce una gran tormenta con sus
fuertes lluvias, ante de los precipitaciones los indígenas dicen escuchar
los 'tambores' que ejecutaban los antiguos lugareños masacrados.
Mito, leyenda, animismo, los testimonios permiten advertir la persistencia
del pensamiento mágico y ritual propio de la cultura nativa y parte
de su especificidad moral y espiritual, elemento indispensable para
sortear durante siglos la opresión blanca, el racismo, el olvido, la
discriminación e, incluso, junto al exterminio el proceso intenso de
trasculturización cristiana blanca.
En El Aguará pudimos advertir la inexistencia de iglesias católicas,
salvo la presencia de jóvenes misioneros católicos procedentes de Formosa,
que en número de diez recorrían la zona. En cambio, hay templos de la
Iglesia de Dios, una confesión sectante, cuestionada tanto por católicos
como por las iglesias protestantes históricas. Es muy posible, que ese
culto sin imágenes religiosas permita a los aborígenes de El Aguará
una práctica sincrética, sin adjurar de sus propias creencias y concepciones.
Recorrido El Aguará nos fuimos acercando tras un viaje donde debíamos
descorrer algunos caminos hasta encontrar el lugar que nos interesaba:
las chacras de Angel y Agriano Verdán.
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Fue allí, según el testimonio de los pobladores, aborígenes o criollos, donde se produjeron los hechos de violencia. Precisamente en la chacra de Agriano Verdán. Sobre un sembradío de algodón se levantaban las tolderías de los rebeldes y allí cerca, sobre una altura que ya no existe porque fue desmontada, se alzaba el templete religioso. Según nos dijo Angel Verdán bajo la altura habían existido dos pistas de bailes indígenas, tal vez para bailes rituales o como parte de la vida comunitaria y social. Angel Verdán nos relató que en los últimos años han encontrado en la zona, durante la siembra o en las cosechas, bajo tierra, trozos de platos u otros utensilios que habrían pertenecido a los infortunados indígenas asesinados. Nos expresó también que en la cercanía, a la que no llegamos, había una fosa común donde se tiraron los restos humanos después de la masacre. Nos preguntamos por qué no existe allí un monolito, una placa, un señalamiento que recordara a los inmolados. Tal forma de recordación no forma parte de las costumbres indígenas que recurren a la transmisión oral de sus símbolos y creencias, pero sería obligación moral de las autoridades, partidos políticos, sindicalistas, organizaciones religiosas y culturales, hacer un señalamiento para que no se borre de la conciencia popular argentina un suceso que se emparenta en otra época y con distintos actores a la masacre de Margarita Belén. Porque somos los blancos los que estamos en deuda con aquellos que sufrieron el calvario a los que se refiere Santiago (V.1) cuando recuerda los que 'han condenado a los justos y ellos no se resistían'.
Incomprensión blanca del
levantamiento
La tragedia indígena de Napalpí tuvo aspectos particulares que corresponde
analizar a la luz de esos hechos dramáticos.
No sólo alcanzó la incomprensión a los hacendados chaqueños que motorizaron
la matanza, sino a sectores ubicados en el campo progresista y vinculados
al movimiento obrero de la época.
En Sáenz Peña y otras ciudades y pueblos chaqueños tenían cierta influencia
en aquellos años el Partido Socialista y núcleos de ideologías libertarias
y anarquistas. Sin embargo, estos sectores, ganados por concepciones
eurocentristas no apoyaron en un primer momento ni comprendieron el
significado del levantamiento pacífico indígena, principalmente toba.
La razón puede encontrársela en la concepción agnóstica de esas fuerzas
políticas, ajenas a las ideas religiosas, incluidas las indígenas. La
fuerte motivación religiosa-animista de aquella resistencia toba que
llegó a extenderse a sectores mocovíes, la acción de los chamanes -jefes
religiosos y políticos- y el renacimiento nacional indígena, abortado
por la masacre hizo que socialistas y anarquistas no tomaran una participación
directa en la lucha, que, por otra parte, no comprendían. Otro tanto
ocurrió con el incipiente movimiento obrero chaqueño.
Sin embargo, hubo un aliado indígena, algunos comerciantes de origen
árabe que actuaban en la venta de productos, tanto a blancos como a
indígenas. Tal vez su no adscripción al pensamiento eurocentrista y
racionalista tradicional, hizo que aquellos inmigrantes árabes entendieran
el significado político, social y religioso del levantamiento toba-mocoví.
Cuando la violencia se desató sobre los indefensos indígenas cobrando
sus vidas, recién allí fue cuando el Partido Socialista, intelectuales
y sindicalistas libertarios advirtieron el error anterior y se movilizaron
a favor de esos sectores irredentos. En la Cámara de Diputados de la
Nación, diputados socialistas como Antonio De Tomaso y Mario Bravo denunciaron
el genocidio indígena y reclamaron al gobierno nacional del presidente
radical Marcelo Torcuato de Alvear, para que detuviera nuevas masacres.
Fuente: Argenpress.info

Una
sobreviviente de la masacre de Napalpi cuenta su historia
Por Pedro Jorge Solans*
Melitona Enrique también
apeló al silencio para salvarse. Tuvo su prueba de fuego cuando la arrastraron
hacia el corazón del monte bajo la balacera policial. Tenía que aguantar
el dolor.
Las espinas, los arbustos y no sé cuántas cosas más, marcaron su cuerpo
como en una yerra. Nada podía ser más fuerte que su vida. Sólo gesto.
Nada de gritos. Nada de llantos.
Su tío le dijo que el silencio era tan importante como esconderse. Si
era necesario había que olvidar.
Ella, una hermosa joven toba de 23 años, no sabía cómo borrar lo sucedido
esa mañana.
Esa mañana de sábado, 19 de julio de 1924, cuando esos hombres blancos
mataban y mataban desde un aparato que volaba. Aquellos labios de aquellas
bocas con aquellas dentaduras. Aquellos hombres blancos, hombres blancos
con gafas negras, que miraban y se reían desde arriba.
¡Cómo olvidarlo!
Se reían como diablos, y gritaban como lobos.
Abrían la boca. Abrían la boca. Se reían, y festejaban, cuando caían
los niños, las mujeres, los ancianos…
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!
Y después los policías a caballo que disparaban y los de a pie que degollaban
con tanta furia que los uniformes reventaban. No parecían seres humanos.
¿O sí?
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!
Pero el miedo exterminó el párrafo más triste:
"Crímenes
de sangre", un libro de Pedro J. Solans"Crímenes en sangre" es un relato que desnuda en forma de novela los trasfondos de un episodio aberrante que sucedió en el Territorio Nacional del Chaco el 19 de julio de 1924, cuando fueron asesinados centenares de peones rurales aborígenes. Se abordan las nefastas consecuencias de aquella trágica matanza y se alerta sobre "el actual genocidio de los pueblos originarios, que ocurre a silencio, sigilosamente, a fuego lento, en forma casi desapercibida para la opinión pública". Se pone de relieve, seguidamente, cómo los episodios actuales ratifican la vigencia de los sucesos trágicos de Napalpí y, a través de distintos testimonios, se revelan los intereses ocultos que hay detrás de la desaparición de los aborígenes. El libro, finalmente, se convierte en una reflexión acerca de la deuda que existe con las naciones aborígenes. Pedro J. Solans, cuyo abuelo fue uno de los civiles que participaron del ataque a los aborígenes "sublevados", es oriundo de Quitilipi pero larga radicación y trayectoria en el campo del periodismo y de la literatura cordobesa. Fundó y dirige actualmente "El Diario Cordobés" y "El Diario de Carlos Paz", respectivamente. Su última publicación fue "Agua, Tierra y Aire", un libro de investigaciones periodísticas. Es miembro del Instituto de Historia y Letras de Villa Carlos Paz. Trabajó y colaboró en medios periodísticos televisivos, gráficos y radiales regionales, provinciales, nacionales e internacionales. Fuente: Datachaco, 05/09/07 |
Corrían hacia el monte con
desesperación. Caían y se arrastraban entre cadáveres de familiares,
de amigos, entre los truenos de las armas, entre los gritos, entre los
sollozos.
Durante el mediodía de ese maldito sábado, el avión recorrió varias
veces la zona para ver si quedaban aborígenes vivos. Sobrevolaba el
lugar de la masacre.
Aquella mañana, Melitona corría hacia el monte, y cayó, y entre todos
la arrastraron. Estuvo días sin comer. Ella y su madre no probaron bocado.
No tenían nada, ni agua. Varios días, varias noches.
Melitona se salvó. Anduvo escondida por los bosques hasta que se hizo
olvido, y con el olvido a cuesta pudo llegar a Quitilipi. En el peregrinar
perdió los abuelos, los tíos, los primos. Pero recordó al tío; el silencio
era la salvación y el olvido, la eternidad.
Luego pasó a Machagai, donde el olvido se le hizo más profundo, tan
profundo como el miedo.
Y así, sí, mansamente, emprendió el regreso al paraje El Aguará. Llegó
como un fantasma, como si lo vivido hubiese sido una leyenda. La angustia
se había hecho hueso en las entrañas de Melitona. Su piel empezó a oler
distinto. La mujer había cambiado para siempre.
Sobreviviente.
El Aguará es triste cuando llueve. Llueve y el carro que va de cuneta
a cuneta, como tractor, hace huellas en el barro intransitable.
El fuego late apenas en el rancho de los hermanos Irigoyen. El fuego
late apenas, entre cenizas que prolongan el gris de la cabellera de
Melitona, que alguna vez fue azabache.
La toba qom vive aún ahí con dos de sus doce hijos, postrada en algo
semejante a un catre, donde pelea un lugar con los animales, las garrapatas,
los insectos y con quien quiera compartir sus 106 años. Esos años que
le enseñaron que su historia, la historia de su pueblo, se había reducido
a derrota.
Mueve constantemente sus manos como si estuviera hilando algodón. Aquel
algodón que tanto apetecían los ingleses, los norteamericanos; pero
que ella sólo sabía de capataces y colonos blancos. Acaricia un trapito
azul agradeciendo la única suavidad que conoció sus agrietados dedos.
Se limpia con una precisión horaria, a cada rato, sus ojos profundos.
Esos luceros que se humedecían automáticamente y parece que siguen llorando
a cuenta de tanto horror que vio. Se limpia con el mismo trapito azul
la boca que se abre buscando oxígeno y para dibujar palabras después
de tanto silencio.
Sobrevive aquella terrible masacre que soportaron tobas y mocovíes a
manos de policías, gendarmes y vecinos chaqueños.
El
padecimiento de Napalpí amasó silencio de víctimas, y más silencio de
victimarios. Años y años en silencio. Años y años de crónicas distorsionadas.
De lechuzas malagüeras, de quitilipis heridos.
Napalpí sigue siendo impunidad, miedo, resignación.
La vida siguió dura, durísima, cruel para los aborígenes. A tal extremo
que no parece vida para ellos.
Los descendientes de las víctimas dicen que vivirán un eterno Napalpí.
Un Napalpí actualizado, un Napalpí vigente.
La masacre de todos los días.
Melitona enfermó y no le quedan fuerzas. Ya no tiene aquella fuerza
que usó aquella mañana cuando los policías del Territorio del Chaco
ametrallaban y ametrallaban.
Y no puede escapar a tiempo como escapó con su madre.
"Los policías andaban a caballo. Pero la infantería ametralló primero."
Todavía tiene miedo a los uniformados.
De tanto olvido, ahora está olvidada, lejos del pavimento, reducida
a un cofre donde hay silencios, o cosas sencillas, o sabiduría que no
cotizan en el mercado de valores.
Hoy sigue el hambre, pero come, come al compás del salto de un caballo
en el ajedrez y tiene medicamentos, cuando hay gasoil para la F100 de
la posta sanitaria de El Aguará.
Se refugiaron en la casa de don Segundo donde protegían a los refugiados.
Allí se enteraron que desde el aparato que volaba mataron a sus abuelas,
y los policías a caballo asesinaron a los abuelos.
Melitona tenía los crímenes en la sangre cuando se casó con Dalmacio
Irigoyen. Sus doce hijos heredaron el miedo y se debilitó la dignidad
qom de los caciques Dialrochií y Juanalraí.
Prevaleció
la derrota.
La sangre se estiró inevitablemente y como brazos infinitos, de aquí
en más, sobrevivirá.
Licuada.
Mezclada.
Extinguiéndose en una lengua muda.
Hace poco se enteró que sus hijos y sus hermanos están desparramados
por Buenos Aires, por Santa Fe, por Chaco, y nunca más los vio.
Otro dolor que está vivo.
Las piernas no le responden. La sacan afuera cuando hay lindo día, para
que camine un poco, para que vea con esos ojos llorosos el campo, para
que no pierda el suspiro de belleza que es soñar, aunque sea, por una
ayuda.
Melitona no está acostumbrada a usar la memoria. La mantuvo quieta,
casi agonizante mucho tiempo. Pero, de a poco, naturalmente, su memoria
quiere resucitar. Y en esos espasmos memoriosos, habló, recordó que
trabajaban los hombres y las mujeres todo el día. Había organización.
Las mujeres se ocupaban de los quehaceres en el rancho y en la cosecha.
Dijo que se escaparon muchos y, prácticamente, no sabe porqué vinieron
a matarlos ese día de crespón negro. Piensa que ellos no tenían ninguna
culpa.
"Nadie avisó que querían pelear. Estábamos durmiendo porque la noche
anterior tuvimos fiesta. Los administradores y los capataces se habían
ido."
Su tío se volvió loco. Pegaba cabezazos a la tierra, a los árboles,
y corría de un lado para otro. Enloqueció cuando regresaba al lugar
de la matanza y en el camino vio como los cuervos destrozaban los cuerpos
de su madre y de su hermano.
Vuelve a la memoria, y en un qom contaminado de castellano primitivo,
dijo que su marido también se había escapado de Napalpí. Irigoyen trabajaba
de boyero, y contó:
"Los aborígenes se amontonaban para el reclamo. Le pagaban muy poco
en el obraje, por los postes, por la leña, y por la cosecha de algodón.
No le daban plata. Sólo mercadería para la olla grande donde todos comían.
Por eso se reunieron, y reclamaron a los administradores, y a los patrones.
Y se enojaron los administradores y el Gobernador.
Le pagaban con la comida. No conocían ropa nueva.
Trabajaban para la Administración y ahí por eso, seguramente, se enojaron
y nos mataron.
En el Aguara éramos como mil aborígenes cuando atacaron. En las tolderías
no había armas de fuego. Y nos mataron más de doscientos: hombres, mujeres,
ancianos, ancianas, y niños. Los hombres queríamos volver a las tolderías
pero éramos perseguidos por la policía. Nunca hubo malones. Querían
sacarnos las tierras y eliminarnos.
Querían eso. Eliminar a todos los aborígenes y meter gente criolla,
gente gringa. Mis hijos aborígenes. Y los aborígenes queremos trabajar
en agricultura."
Melitona se hunde en el qom y Mario y Savino Irigoyen, los hijos que
más la cuidan, se hunden con ella, pero desde una profundidad milenaria
nace una voz, imposible de saber si era de la anciana sobreviviente
o de los hijos, pero la esencia era una sola:
"Queremos trabajar como aborigen. Los aborígenes no somos malos. Los
blancos nos quieren eliminar; y yo pregunto: ¿Por qué? Sí todos somos
iguales."
Silencio.
Vuelven del silencio.
Ella espera.
Ella necesita.
"Al techo de su rancho le pusimos una frazadita por la calentadura del
sol"; explicó Savino Irigoyen.
Verano en el Chaco adentro.
*Autor del libro "Crímenes de sangre"
Fuente: www.misionesonline.net, 13/07/07
Fotos: Santiago Solans

Masacre
de Napalpí: una historia de sangre
Por Norma Edith Giménez*
El día sábado 15 de noviembre de 2008, el Diario Norte de Resistencia,
Provincia del Chaco, dio la siguiente información: "Murió Melitona Enrique.
Era la última de los sobreviviente de la Masacre de Napalpí. Tenía 107
años y falleció ayer luego de varias internaciones e intentos por preservar
su ya debilitada salud.
Aunque este año por primera vez un gobierno provincial le rindió homenaje
y le obsequió una vivienda, su partida fue como la mayor parte del tiempo
vivido: en la pobreza y exclusión."
¿Quién era Melitona Enrique? Una aborigen de la etnia QOM (Toba),sobreviviente
de la Masacre de Napalpí. Una historia de sangre que muchos chaqueños
desconocíamos.
Luego, gracias a las investigaciones realizadas por el historiador Pedro
Solans y el periodista Mario Vidal, se conocieron datos de esta parte
de la historia cruel y sangrienta.
Napalpí es una localidad del interior de la Provincia del Chaco. Este
contexto era habitado y dominado por los indígenas.
¿Qué sucedió en Napalpí? El 19 de Julio de 1924, se produjo la acción
represiva a cargo de la policía del Territorio. Los responsables de
su organización fueron el Gobernador Fernando Centeno, el comisario
de Resistencia Sáenz Loza y quien en la ocasión actuaba como su lugarteniente,
el comisario de Quitilipi José B. Machado.
La propia gobernación, mediante una nota al Presidente del "Aero Club
Chaco" Dr. Agustín Cabal (h), solicita la cooperación de su entidad
facilitando uno de los aviones que posee. En la misma explícita la tarea
encomendada:"que iría tripulado por el experto piloto Sargento Esquivel,
con el fin de practicar una exploración detenida de los parajes en los
que indígenas se hallan reconcentrados, y poder informar a este Gobierno
con exactitud cantidad de los mismos y elementos de que disponen, datos
estos, de indiscutible importancia para poder tomar las medidas necesarias
que el momento y circunstancias requieran"- Fechado el 17 de julio de
1924.
El primer registro que se encuentra de esta historia, aparece publicado
en la edición extraordinaria del diario de la época: Heraldo del Norte
de junio de 1925. Describe en 60 páginas, de la siguiente forma los
ocurrido en Napalpi la mañana del 19 de julio:
"Cuando la policía se vio segura avanzó en jauría hacia los toldos y
aquello fue espantosa escena que repugna narrar. Indio que se hallase
con vida, sin respetar sexo ni edad, era ultimado, acribillándosele
a balazos o a machetazos. Parece que los criminales se hubieran propuesto
eliminar a todos los que se hallaron presente en la carnicería del 19
de julio, para que no puedan servir de testigos si viene la Comisión
Investigadora de la Cámara de Diputados.
La caza del indio continuó por parte de la policía. Había que exterminar...a
todos. Durante un mes -nos dice uno de los conocedores de la tragedia-
se persiguió a los indígenas que pudieran escapar con vida, a los que
se les mataba en donde se les encontraba y hasta para no dejar rastro,
se les quemaba" - Heraldo del Norte. Edición Extraordinaria. Año IX,
N. 652, 27/06/1925. Napalpi IV.p.51 .(38)
Esta historia se confirma, además, desde la recopilación de los testimonios
de los sobrevivientes, entre las que se encuentra Melitona Enrique.
Contaron a sus familiares lo vivido, a pesar del miedo que se buscó
instalar con la persecución de los meses posteriores: "Un día antes
(de la masacre) un avión sobrevoló la reducció porque todos decían que
iba a haber una guerra contra los aborígenes. Salió de acá, de Resistencia,
y cuando los aborígenes lo vieron le saludaban contentos. El avión fue
a ver donde estaban ubicadas las tolderías y si ellos estaban preparados
para la guerra, pero ellos no tenían armas, sí algunas escopetas y un
Winchester.
Por eso las tropas de línea no recibieron ningún daño. Mi hermano contaba
que uno solo fue herido pero no era de gravedad, sólo un raspón acá
en los dedos". ‘Todo fue un arreglo del gobernador y del jefe de la
Policía del Territorio, cuando se pusieron firmes para la destrucción
del indio.
Ciento cinco soldados fueron apostados a 500 metros de las tolderías.
Vino un avión que les echó caramelos y masitas para que se junten, y
para mirar si tenían trinchera.
La primera descarga tiraron arriba y la siguiente haciendo blanco. Fue
en pocos minutos que la toldería quedó en silencio con humareda...".
Según expresan los relatos ya registrados por varios investigadores
del tema, el avión se apareció en el lugar y: "...al oír el ruido del
motor de la máquina, los indígenas salieron al descampado sin saber
que la policía los acechaba, cuando de pronto se produjeron cerradas
descargas. Se asegura que se dispararon 5.000 cartuchos.
Tras las descargas las tropas, avanzaron sobre los toldos y dieron muerte
a balazos y machetazos a los que habían quedado con vida, y luego prendieron
fuego a las pobres ‘huestes’ (López Piacentini)
"...130 hombres descargan con sus fusiles Máuser y Winchester, más de
5.000 cartuchos en menos de dos horas, sin tener una sola baja. Sáenz
Loza ordena que degüellen a los muertos y heridos. Como trofeo de guerra
les arrancan las orejas y los testículos y cortan y mutilan los pechos
de las mujeres" (Romero.F).
"El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda
la historia de las culturas indígenas en el presente siglo.
Los atacantes sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los
toldos no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos
fueron degollados, algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños
fueron muertos alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos
blancos que también se habían plegado al movimiento"(Mendoza,M).
Muchos de los cadáveres fueron quemados junto con tolderías, otros quedaron
expuestos por días y fueron garrapiñados por los buitres, otros relatos
hablan de los enterramientos. "...al otro día sale la policía a juntar
persona para sepultar los muertos. Tenían 38 personas que trabajaban
en la toldería. Había dos pozos de agua y allí fueron sepultados 75
en un pozo y en el otro 70 más.
Noventa días anduvo la comisión con ese trabajo de matar a los que encontraban
en el monte." Relato de la madre de Gonzalo Leiva. "...mi papá ayudó
a enterrar a los muertos. El contaba que hacían zanjas, tiraban a los
muertos y los quemaban. Cuando terminaba con ese grupo, traían a otro."
Relato de Lino Fernández.
Estos relatos se confirman ya en el Diario de Sesiones de la Cámara
de Diputados de la Nación del 11 de septiembre de 1924, ya citado. En
el informe de la Comisión, se señala que "...un detalle de este crimen
en gran escala, es el siguiente: los muertos que enterró la policía
estaban degollados".
En enero de 2008, el Estado provincial, en la voz del Gobernador, reconoció
públicamente la Masacre de Napalpí y pidió perdón a los pueblos originarios.
Esta es una historia que debemos conocer todos, para la reivindicación
de los pueblos primitivos, cruelmente discriminados, aún en la actualidad.
Debemos recordar que: no hay culturas superiores a otras, sino, DIFERENTES.
Tampoco hay seres humanos superiores a otros, solo DISTINTOS. Y ocupamos
lugares en la sociedad solo TEMPORALMENTE.
¡Descansa en paz, junto a los tuyos, hermana MELITONA ENRIQUE!
* Lie. en Ciencias de la Educación
Fuente: www.nuevarioja.com.ar, correo de lectores

Masacre
indígena de Napalpí: 80 años de impunidad
Por Darío Aranda
darioaranda@yahoo.com.ar
El gobernador chaqueño, Fernando Centeno, ordenó: "Procedan con rigor
para con los sublevados". El 19 de julio de 1924, a la mañana, la policía
rodeó la Reducción Aborigen de Napalpí, de población toba y mocoví,
y durante 45 minutos no dejaron descansar los fusiles. No perdonaron
a ancianos, mujeres ni niños. A todos mataron y, como trofeos de guerra,
cortaron orejas, testículos y penes, que luego fueron exhibidos como
muestra de patriotismo en la localidad cercana de Quitilipi. Los asesinados
fueron más de 200 aborígenes que se negaban a seguir siendo explotados,
que reclamaban una paga justa para cosechar el algodón de los grandes
terratenientes.
Para justificar la matanza la versión oficial esgrimió "sublevación
indígena". Era el mismo período de las masacres de obreros en la Patagonia,
años en los que en el norte argentino solía hablarse de rebeliones indígenas
para justificar el asesinato de pobladores originarios que resistían
su inclusión definitiva a un mercado de trabajo que exprimía vidas a
bajo precio. A 80 años de aquella masacre, no habrá actos oficiales,
pero los pobladores originarios recordarán la matanza en cada comunidad.
En 1895 la superficie sembrada de algodón en el Chaco era de sólo 100
hectáreas. Pero el precio internacional ascendía y los campos del norte
comenzaron a inundarse de capullos blancos donde trabajaban jornadas
eternas miles de hombres de piel oscura. En 1923 los sembradíos chaqueños
de algodón ya alcanzaban las 50.000 hectáreas. Pero también debían multiplicarse
los brazos que recojan el "oro blanco".
El 12 de octubre de 1922, el radical Marcelo T. de Alvear había reemplazado
en la presidencia a Hipólito Yrigoyen y el Territorio Nacional del Chaco
ya se perfilaba como el primer productor nacional de algodón. Pero en
julio de 1924 los pobladores originarios toba y mocoví de la Reducción
Aborigen de Napalpí a 120 kilómetros de Resistencia se declararon en
huelga: denunciaban los maltratos, la explotación de los terratenientes.
Los ingenios de Salta y Jujuy ofrecieron mejor paga. Hacía allá intentaron
ir los pobladores, pero el gobernador Centeno prohibió a los indígenas
abandonar el Chaco. El indio no podía trabajar su propia tierra, su
única alternativa era seguir cosechando como esclavo, pero igual se
resistía. El 18 de julio, y con la excusa de un supuesto malón indígena,
Centeno dio la orden.
A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron
desde la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos
de disparar los Winchester y Máuser a todo lo que se movía, hubo silencio
y humareda de los fusiles. Los heridos -fueran hombres, mujeres o niños-
fueron asesinados a machetazos. El periódico Heraldo del Norte recordó,
a finales de la década del 20, el hecho: "Como a las nueve, y sin que
los inocentes indígenas hicieran un sólo disparo, hicieron repetidas
descargas cerradas y enseguida, en medio del pánico de los indios (más
mujeres y niños que hombres), atacaron. Se produjo entonces la más cobarde
y feroz carnicería, degollando a los heridos sin respetar sexo ni edad".
El 29 de agosto --cuarenta días después de la matanza--, el ex director
de la Reducción de Napalpí Enrique Lynch Arribálzaga escribió una carta
que fue leída en el Congreso Nacional: "La matanza de indígenas por
la policía del Chaco continúa en Napalpí y sus alrededores; parece que
los criminales se hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron
presente en la carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir
de testigos si viene la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados".
En el libro "Memorias del Gran Chaco", de la historiadora Mercedes Silva,
se confirma el hecho y cuenta que el mocoví Pedro Maidana, uno de los
líderes de la huelga, corrió esa suerte. "Se lo mató en forma salvaje
y se le extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo
de batalla", asegura.
En el libro "Napalpí, la herida abierta", el periodista Vidal Mario
detalla: "El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre
que recuerda la historia de las culturas indígenas en el presente siglo.
Los atacantes sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los
toldos no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos
fueron degollados, algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños
fueron muertos alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos
blancos que también se habían plegado al movimiento huelguista".
Un reciente microprograma de la Red de Comunicación Indígena destaca:
"Se dispararon más de 5000 tiros y la orgía de sangre incluyó la extracción
de testículos, penes y orejas de los muertos, esos tristes trofeos fueron
exhibidos en la comisaría de Quitilipi. Algunos muertos fueron enterrados
en fosas comunes, otros fueron quemados". En el mismo audio, el cacique
toba Esteban Moreno, contó la historia que es transmitida de generación
en generación. "En las tolderías aparecieron soldados y un avión que
ametrallaba. Los mataron porque se negaban a cosechar.
Nos dimos cuenta que fue una matanza porque sólo murieron aborígenes,
tobas y mocovíes, no hay soldados heridos, no fue lucha, fue masacre,
fue matanza, por eso ahora ese lugar se llama Colonia La Matanza".
La Reducción de Napalpí -palabra toba que significa lugar de los muertos-
había sido fundada en 1911, en el corazón del Territorio Nacional del
Chaco. Las primeras familias que se instalaron eran de las etnias Pilagá,
Abipón, Toba, Charrúa y Mocoví. El corresponsal del diario La Razón,
Federico Gutiérrez, escribió en julio de 1924: "Muchas hectáreas de
tierra flor están en poder los pobres indios, quitarles esas tierras
es la ilusión que muchos desean en secreto".
A ochenta años de la Masacre de Napalpí, aún nadie fue sancionado, el
crimen permanece impune y las escasas tierras que permanecen en manos
aborígenes les siguen siendo arrebatadas.
-Paradigma del despojo
Napalpí no fue una matanza aislada, sino una práctica recurrente del
poder político y los terratenientes --con la mano de obra policial o
militar-- para privar a los pobladores originarios de su forma ancestral
de vida e introducirlos por la fuerza al sistema de producción. Todos
los historiadores revisionistas coinciden en esa mirada y, en el libro
"La violencia como potencia económica: Chaco 1870-1940", Nicolás Iñigo
Carrera afirma: "Los aborígenes de la zona chaqueña vivían sin la necesidad
de pertenecer al mercado capitalista. La violencia ejercida hacia ellos,
por la vía política con la represión y por la vía económica tuvo como
objetivo eliminar sus formas de producción y convertirlos en sujetos
sometidos al mercado".
"Se comenzó a privar a los indígenas de sus condiciones materiales de
existencia. Se inició así un proceso que los convertía en obreros obligados
a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, premisa necesaria
para la exitencia de capital. Un modo de vivir había sido destruido",
destaca Iñigo Carrera en su libro.
Además de someterlos, el Gobierno quería ampliar los cultivos, dar tierra
a grandes terratenientes y concentrar a los indígenas en reservas. Siempre
la versión oficial, "civilizadora y cristiana", hablaba de malones o
enfrentamientos despiadados. Pero los muertos siempre eran pobladores
originarios. Sobre los imaginarios combates, el historiador Alberto
Luis Noblía remarcó que "las naciones aborígenes chaqueñas no practicaron
el malón, usual en otros pueblos. Todo lo contrario, los inmigrantes
llegados de Europa nunca fueron perseguidos por los entonces dueños
de las tierras. Al contrario, el colono supo encontrar en el indígena
mano de obra barata".
El 21 de julio de 1925 --un año después de la matanza--, el ministro
del Interior, Vicente Gallo, reconocía los deseos de Alvear: "El Poder
Ejecutivo considera que debe encararse definitivamente, como un testimonio
de la cultura de la República, el problema del indio, no sólo por razones
de humanidad y de un orden moral superior, sino también porque una vez
incorporado a la civilización será un auxiliar valioso para la economía
del norte del país".
Fuente: www.argentina.indymedia.org, 2004

Napalpí:
"Paraje de la Matanza..."
Por Arturo M. Lozza (12/08/04)
(ACTA) De los montes boscosos de El Impenetrable, en Chaco, poco queda,
va desapareciendo quemado para ser convertido en llano sojero bajo el
dominio de compañías privadas. Se trata de la tercera etapa de una conquista
que comenzó con la misma creación de la actual provincia y de la fundación
de su capital Resistencia, en 1874, cuando la campaña militar "al desierto"
del norte -que inició en Santa Fe el general Obligado- aniquiló a miles
de indígenas o los congregó en reducciones para dar paso a las compañías
forestales que exterminaron los quebrachales.
Hacia mediados de los años 1920, ya terminados los quebrachos, comenzó
la segunda etapa, la que impuso el reinado de los grandes señores del
algodón que tomaron al indio como mano de obra esclava.
Fue en este período que los indios tobas y mocovíes asentados en la
reducción de Napalpí -a 130 kilómetros de Resistencia- se negaron a
trabajar en las plantaciones porque la paga era miserable y porque se
resistían a perder la cultura originaria. El líder de las familias de
Napalpí fue el chamán mocoví Pedro Maidana, al que los hacendados no
tardaron en catalogar de "bandolero" y "criminal".
A instancias de los señores del algodón, desde Quitilipi se organizó
una patrulla policial reforzada con capataces de las plantaciones y
armada de fusiles Máuser y Winchester. El ataque a Napalpí fue sorpresivo
y en 45 minutos no quedó ningún toba o mocoví vivo. Los heridos, sin
distinción de sexo o edad, fueron degollados. En total, 130 muertos.
Al chamán Maidana le extirparon una oreja y los testículos, que fueron
exhibidos en la Comisaría de Quitilipi. Ocurrió el 19 de julio de 1924,
pero los asesinatos en los bosques cercanos y en las diversas regiones
de El Impenetrable se extendieron por cuarenta días más.
La reducción había sido fundada en 1911 y ya entonces la bautizaron
Napalpí, que en toba significa "lugar de los muertos". Hoy continúa
existiendo, es un pueblo pequeño y pobre, pero al sitio exacto adonde
cayeron los indígenas de Maidana se lo denomina "Paraje de la Matanza".
A ochenta años de aquella masacre se ha abierto la tercera etapa de
la conquista, la que está arrasando sin misericordia los montes naturales
y los pocos vestigios de las culturas guaraníticas, para instalar los
reinos de la soja.
La historia del Chaco está manchada de destrucción de riquezas naturales,
y de sangre indígena y de peones golondrinas, de hacheros desaparecidos
en los quebrachales o en las plantaciones de algodón.
Pasaron 130 años de la primer conquista, pero Chaco sigue siendo territorio
de injusticias y de impunidad.
Fuente: www.causapopular.com.ar

Las
masacres indígenas de Formosa y Chaco en la agenda nacional
Por Gabriela Sosa (Red de Comunicación Indígena, 28/04/06)
Las causas judiciales por las masacres de Rincón Bomba y Napalpí ingresaron
a la agenda nacional. La Federación Pilagá, junto con sus abogados,
Julio García y Carlos Díaz se entrevistaron con distintos funcionarios
nacionales y con el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, para
exponer la situación judicial y buscar apoyo para continuar la investigación.
Fotos de Germán Pomar
En
Rincón Bomba (Formosa) hace casi 60 años fueron asesinados un número
aún no determinado de indígenas del pueblo pilagá. Los testimonios hablan
de mil personas ultimadas por la gendarmería nacional. En Napalpí (Chaco),
en 1924, también se toparon con la muerte indígenas del pueblo qom,
entre 450 y 700 de ellos. El número de víctimas no está determinado
porque las excavaciones para rastrear las fosas, en el caso de Formosa,
recién se iniciaron, y hasta el momento se encontraron unos 27 cadáveres.
En el caso del Chaco, no empezaron nunca. En ambos casos, fue el Estado
nacional, a través de sus fuerzas de seguridad, el responsable de las
matanzas. Hoy los pueblos indígenas piden justicia, que implicaría el
reconocimiento de la verdad histórica, recuperar los cuerpos de sus
muertos y un resarcimiento a las comunidades. Son, como lo definen los
abogados de las causas, los dos genocidios indígenas más importantes
del siglo XX.
Interés nacional
Durante dos días de presencia en Buenos Aires, el 24 y 25 de abril,
los representantes indígenas y sus asesores jurídicos se reunieron con
funcionarios de la Secretaría de Seguridad Interior, la Subsecretaría
de Derechos Humanos, la Defensoría del Pueblo, el delegado de la OIT
y el Subprocurador del Tesoro de la Nación. El propósito: Sensibilizar
y comprometer a los representantes del Estado en las causas judiciales.
La Subsecretaría de Derechos Humanos propuso a la delegación la constitución
de una comisión de investigación. A esta propuesta, el abogado Carlos
Díaz, respondió con el pedido que participe como querellante. "En los
casos de violación de derechos humanos durante la última dictadura,
el Estado se presentó como querellante. No podría sospecharse que habría
diferencias entre los derechos humanos de los blancos y los derechos
humanos de los indígenas", señaló.
En la Procuración, se presentó la denuncia contra ese mismo organismo
por la contestación a la demanda por la causa de Napalpí. En ella, según
comentó Díaz, se exceden los términos técnicos pertinentes y se usan
expresiones discriminatorias y racistas.
En tanto, a la Secretaría de Seguridad Interior se le planteó la preocupación
por la falta de contestación de Gendarmería Nacional, en la causa de
Rincón Bomba. Esa fuerza todavía no puso a disposición los archivos,
los nombres de los integrantes de la fuerza que participaron de los
hechos y la información sobre dónde están las fosas en las que fueron
enterrados los cadáveres y el número de víctimas registrados en los
expedientes.
Bartolo
Fernández, de la Federación Pilagá, opinó que las reuniones "tuvieron
su fruto" porque lograron interesar a las autoridades e instituciones
en las causas. La presencia de los dirigentes pilagás fue muy importante
porque mostró el compromiso de la comunidad y evitó que las masacres
sea tratadas solo como causas judiciales para mostrarlas como parte
de la lucha de los pueblos indígenas.
Pérez Esquivel: El Estado debe ser querellante en las causas
Adolfo Pérez Esquivel también sumó su acompañamiento. "Se pone en evidencia
un genocidio contra las comunidades indígenas, no solo lo que fue la
tremenda campaña del desierto sino todos los genocidios cometidos a
lo largo del tiempo" dijo. "Hay que tratarlo a través de la verdad,
de la justicia, lo que debe ser la reparación del daño hecho a las comunidades".
Anticipó que "nosotros vamos a acompañar, tenemos un equipo en el Servicio
Paz y Justicia que trabaja con los pueblos originarios. Hay que pedirle
al gobierno que se vuelva querellante en esto".
Al analizar la situación actual de los pueblos indígenas planteó su
preocupación porque "parece que se los considera ciudadanos de tercera,
se les esta quitando las tierras, no se atienden las necesidades básicas.
Otra cuestión es la deforestación, que afecta su cultura, su alimentación,
su hábitat. Y la extranjerización de las tierras que se venden grandes
extensiones. Hay que reestablecer el equilibrio, con nosotros, con la
madre naturaleza, estos son los desafíos, en un mundo materialista que
privilegia el capital financiero sobre el humano".
"Esperamos- dijo- que los indígenas se unan. Que tengan voz propia,
nosotros vamos a acompañar pero a través de la voz de los mismos indígenas,
porque sino sería entrar en un proceso de re-colonizacion. Los indígenas
tienen voz propia y tienen que hacer valer su voz y vamos a acompañar
la reivindicación de sus derechos".
Contactos con la Red de Comunicación Indígena:
NEA: 03722-421600. Catamarca 436, Resistencia, Chaco.
red.comin@infovia.com.ar
NOA: 0388-4238787. Comandante de la Corte 505, San Salvador de Jujuy,
Jujuy.
rcinoa@arnet.com.ar

La
Nación rechazó demanda por la masacre de Napalpí
Por El Diario Digital / Posadas - 29/04/06
La Procuración del Tesoro de la Nación solicitó el rechazo de la millonaria
demanda por la "masacre de Napalpí" en términos denunciados por diversas
organizaciones aborígenes como "innecesariamente ofensivas a los pueblos
originarios". La Asociación Comunitaria de Colonia Aborigen Chaco, Asociación
Comunitaria La Matanza y la Federación del Pueblo Pilagá repudiaron
la respuesta dada a la demanda y anticiparon que denunciarán el hecho
ante el propio presidente Néstor Kirchner.
Según dichas organizaciones, la respuesta del Procurador del Tesoro
Nacional "ha provocado estupor y repudio por su virulencia, discriminación,
racismo e inhumanidad". El funcionario nacional niega que los tobas
constituyan una etnia, niega que "el pueblo toba pueda ser indemnizado
por daño moral" y desconoce, para el caso de Napalpí, la aplicación
del fallo sobre "la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad
dictado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en el 2005".
Niega, finalmente, que la población toba tenga el más alto índice de
mortalidad infantil y analfabetismo.
De esta manera ingresa a una nueva instancia una historia que comenzó
en 1998 con la aparición del libro "Napalpí, la herida abierta" de Vidal
Mario (cuya tercera edición fue lanzada recientemente por Librería de
la Paz) rescatando del olvido la masacre ocurrida el 19 de julio de
1924. En octubre de 2004, 80 años después, se inició una demanda por
116.000.000 de dólares ante el Juzgado Federal de Resistencia, en el
marco del expediente caratulado "Asociación Comunitaria La Matanza c/Estado
Nacional - Poder Ejecutivo -s/Daños y perjuicios, lucro cesante, daño
emergente y moral".
En relación a ello, el comunicado emitido por las mencionadas organizaciones
aborígenes expresa: "Contestó la demanda en nombre del Estado Nacional
Argentino la Procuración del Tesoro de la Nación Argentina, que ha provocado
estupor y repudio de las organizaciones indígenas por su virulencia,
discriminación, racismo e inhumanidad, que recuerda a las épocas más
oscuras del holocausto de los pueblos originarios de América. La Procuración
del Tesoro de la Nación desconoce "la calificación de la comunidad toba
como etnia", o sea la propia existencia de un pueblo originario (punto
4 de la contestación de la demanda). Niega que por la masacre "el pueblo
toba pueda ser indemnizado por daño moral‘ (punto 5 del escrito de la
contestación de la demanda). Desconoce para los indígenas la aplicación
del fallo sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad
dictado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación el 14 de junio
del año 2005 en el caso Simón sobre crímenes sucedidos en la última
dictadura cívico militar entre los años 1976/1983" (punto 6 del escrito
de contestación de la demanda)".
El comunicado sigue diciendo que la Nación "minimiza la masacre, como
si la pérdida de una sola vida no fuera ya una tragedia, aduciendo con
total ligereza que el número de afectados ascendía "sólo a más de cincuenta".
Si así fuera, ¿no es un gran crimen asesinar a "más de 50" ? (punto
7 del escrito de contestación de la demanda). Justifica lo injustificable
al decir textualmente que la masacre de Napalpí fue como reacción a
"determinados actos de violencia que habían acaecido como consecuencia
del accionar de los indios tobas, así como de las demás etnias que habitaban
la provincia, wichís y mocovíes. Al principio hubo una resistencia pasiva
por parte de algunos, con la protesta de los que no entregaban y la
de los más ladinos, que aconsejaban la resistencia, invitando a los
otros a consultar al comerciante proveedor, etcétera. Y aquí aparece
el dios de los indios. La administración nada hizo para resolver el
conflicto y entonces los indios empezaron a reunirse al lado del titulado
dios. De todos los rumbos empezaron a llegar indios; de Resistencia,
Colonia Popular, Benítez, del norte y del sur llegaban grupos de indios
a escuchar la palabra santa. Así fue que llegó también un grupo de mocovíes
(resaltado en negrita del escrito original de contestación de la demanda,
punto 7). Niega que sean "ciertas las afirmaciones en cuanto a que la
población toba tenga el más alto índice de mortalidad infantil y analfabetismo.
Más aún, sin sustento fáctico ni jurídico se oponen terminantemente
a desenterrar las fosas comunes negando el derecho al duelo y a dar
humana sepultura a sus antepasados, lo que denota una actitud racista
y discriminatoria que no tiene parangón en la justicia argentina. Así
lo dice con todas las letras en el punto 12 del escrito de contestación
de la demanda: "Oposición a que en el predio conocido como "Reducción"
y "Colonia Aborigen Napalpí" se realicen y finalicen los estudios antropológicos
forenses de zonas donde estarían fosas conteniendo cadáveres de indígenas
argentinos asesinados. Oposición a que se proceda a realizar excavaciones
y estudios en lugares donde se cree que existen enterrados en fosas
comunes cadáveres de indígenas argentinos asesinados en el lugar señalado".
Finalmente niega la Procuración del Tesoro de la Nación Argentina que
los cientos de muertos en esa masacre tengan valor económico alguno
y solicita, en consecuencia, el rechazo de la demanda".
En el tramo final del documento conjunto se termina consignando: "La
contestación de demanda repudiada, por lo innecesariamente ofensiva
a los pueblos originarios, excede, por el contenido y las adjetivaciones,
los límites del ejercicio del derecho de defensa, porque el Estado Nacional
Argentino tiene obligaciones éticas y jurídicas asumidas por los tratados
internacionales de Derechos Humanos, como así también por la Resolución
169 de la Organización Mundial del Trabajo. En consecuencia, presentaremos
denuncias al Presidente de la Nación Argentina; al Instituto Contra
la Discriminación y el Racismo, a la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos, al Defensor del Pueblo de la Nación Argentina, ante la Organización
Internacional del Trabajo convenio N 169 y ante otros organismos tanto
nacionales como internacionales".
Viernes 28 de abril de 2006
Fuente: www.voxpopuli.com.ar

"El
Gobierno se ha opuesto a que se sigan excavando las tumbas"
Por La Señal de la Paloma (91.3 Mhz) 16/09/06
lanageq.socoto@gmail.com (0341) 4325261 / 156522026 Virasoro 5606, Rosario,
Santa Fe
Julio Cesar García, uno
de los abogados de las demandas contra el Estado por las masacres de
Napalpí (1924, Chaco) y Rincón Bomba (1947, Formosa), denuncia racismo
y groseras contradicciones por parte del Gobierno nacional en el tratamiento
de las mismas. En ambas matanzas se estima que murieron unas 1500 personas
de los pueblos toba y pilagá, en lo que son considerados los dos mayores
genocidios indígenas del siglo XX. Lee y escuchá la entrevista realizada
en vivo durante la emisión del miércoles 13 de septiembre de La Señal
de la Paloma (Aire Libre Radio Comunitaria).
- ¿En qué estado se encuentran estas causas? El Estado argentino ya
ha respondido en ambas demandas.
JG: Sí, básicamente en la causa de Napalpí contestó la Procuración Nacional,
y en la causa de Rincón Bomba - que es en la que yo estoy actuando -
contestó el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Aún así, a pesar
de que son distintos organismos del Estado, han mantenido el mismo perfil
en la contestación de la demanda, que es negar la existencia de los
hechos, atacar la personería jurídica de las comunidades indígenas -
le niegan el carácter de pueblo o de organización de las comunidades
indígenas -, piden que se acredite el cáracter de heredero forzoso,
cuando ellos saben básicamente que los indígenas han estado excluídos
de todo el sistema normativo hasta aún hoy, y también impedido del acceso
al sistema de justicia.
Sinceramente lo que nosotros creemos es que el Estado lo que está haciendo
es, en los hechos, negar todo el discurso de derechos humanos que tiene
para con la sociedad en general.
- ¿Qué pruebas hay de que efectivamente ocurrieron estos hechos?
JG: Bueno, lo primero en el caso de Rincón Bomba, hay testigos de la
masacre vivos, o sea hay indígenas que eran niños, adolescentes o jóvenes,
que al momento en que ocurrieron los hechos de Rincón Bomba, eran miembros
de familia y vieron diezmadas sus grupos familiares. Mayor evidencia
que esa es imposible.
En segundo lugar, hay un informe realizado por expertos sobre el descubrimiento
de por lo menos cinco tumbas comunes, y el Estado Nacional se ha opuesto
a que se sigan cavando estas tumbas, y también se ha opuesto a que se
conserven las mismas, con una serie de herramientas que si bien son
jurídicamente idóneas, porque impiden que se siga la investigación,
éticamente en un caso de derechos humanos que esto lo realice el Estado
es aberrante. Así que nosotros lo que creemos es que hay un discurso
del Gobierno nacional para con la cuestión de los derechos humanos cuando
no están en juego los pueblos indígenas; cuando están en juego los derechos
indígenas en realidad las políticas son otras.
- En una nota periodística se habla de una comprobación de los peritos
de que los restos encontrados fueron muertos por armas de fuego. Después
hay otro dato fáctico que son los cuerpos encontrados en distintos lugares,
vos hablabas de 5 fosas, lo cual en otra nota se refiere como el "sendero
de la muerte". Podés explicarnos qué es esto y cuántas personas se estima
que murieron en este espacio.
JG: Bueno, un primer dato de la realidad que nosotros tenemos es que
el pueblo pilagá, que fue víctima de esta masacre, está en un proceso
de extinción, tiene muy pocos miembros, esto lo reconoce el propio Estado
nacional al contestar la demanda. Eso es el primer dato.
El segundo dato es que los hechos empezaron un día, pero después a los
sobrevivientes y a los testigos o posibles testigos del hecho, los fueron
aniquilando y los fueron tirando como marionetas a fosas comunes cavadas
por la propia Gendarmería. Y el informe que vos te referís, es el informe
del consultor que en ese entonces era Enrique Prueger, y el informe
del perito oficial designado por el juez federal Marcos Bruno Quinteros.
O sea, la información que hay está acreditada en la causa, no ha sido
desvirtuada por el Estado nacional, pero a pesar de eso, el Estado nacional
en la contestación habla de un enfrentamiento - que a nosotros nos hacía
acordar a la época de la dictura cuando se hablaba de enfrentamientos
con la guerrilla' , siempre comillas, esos comunicados que lanzaba la
dictadura -, con un herido por parte de las fuerzas de Gendarmería y
500 o 1000 muertos del lado de los indígenas.
- En la respuesta a la demanda no sólo se habla de un 'enfrentamiento',
justificando la masacre, sino que además se dice de que en caso de que
hubiese consecuencias jurídicas para el Estado, estas consecuencias
estarían 'vencidas' por el tiempo que transcurrió.
JG: Si, es otra verguenza. El Estado nacional acaba de firmar el año
pasado, y lo aprobó el Congreso de la Nación, el convenio internacional
de imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad. Lo que alega
la abogada defensora del Estado nacional es que ese tipo de imprescriptibilidad
puede ser alegada solamente para los crímenes de lesa humanidad cometidos
por la dictadura militar. Falso. Esto es absolutamente falso, porque
la imprescriptibilidad del convenio internacional no tiene plazo retroactivo,
debe ser aplicado a todas las masacres o hechos cometidos por el Estado
nacional que no tuvieron investigación.
Y también, seamos sinceros, los indígenas no han podido acceder al sistema
de justicia, porque el sistema de justicia les niega el acceso sistemáticamente
al tratarse de una minoría; y de hecho alega sus propias torpezas el
Estado en no instrumentar un ordenamiento jurídico conteste con la realidad
que viven los pueblos indígenas, invoca esas propias torpezas en cabeza
de los indígenas para impedirle nuevamente el acceso al sistema de justicia.
Así que a nosotros nos parece sinceramente una burla a los intereses
de los pueblos indígenas.
- No estamos hablando solamente de un caso que se inscribe en lo legal,
porque estos hechos y su gravedad y su resonancia tienen que ver con
lo que es la memoria histórica, no solamente de los pueblos indígenas
sino además de toda nuestra sociedad. Es bastante sorprendente esta
declaración, de que aparentemente las violaciones a los derechos humanos
las cometen solamente los Gobiernos dictatoriales y no otros sujetos,
es bastante indefendible. ¿Porqué te parece que el Estado está respondiendo
esto, que es de una torpeza enorme?
JG: Mirá, no sólo que le da un tiempo determinado, sino que además dice
que no la cometió el Estado sino que la cometieron sus funcionarios
en exceso de sus facultares, cuando todos sabemos que era una política
genocida. Es lo mismo que nosotros sostengamos este principio en cuanto
a lo que hizo la dictadura militar; que no era responsable el Estado
argentino o sus representantes, en ese entonces de facto. Había un plan
para eliminar a un determinado grupo de personas con determinadas caractísticas
ideológicas. Si nosotros no asumimos eso, estaríamos exculpando actualmente
con ese discurso a los genocidas de la última dictadura militar. Entonces
es una contradiccion fruto de la desidia que existe para con los pueblos
indígenas, no hay otra explicación, yo hablo de desidia por no decir
racismo, discriminación, continuidad histórica del genocidio o del etnocidio.
- Lo que viene a la cuenta es el caso reciente del intendente de Villa
Río Bermejito, en el Impenetrable chaqueño, que también es denunciado
por racismo. Por ahí no estamos hablando de la misma gravedad, porque
no hay muertos en este caso en manos de Gendarmería, pero las denuncias
no cambian mucho. Mismo en Formosa, en la provincia que sucedió Rincón
Bomba, el ataque policial a la comunidad Nam Qom sucedido hace 4 años
atrás también ha quedado sin ningún tipo de culpables. Hay una continuidad,
¿verdad?
JG: Sí, sí, para nosotros eso es clarito, por eso creemos que estas
no son causas - coincido con vos - solamente judiciales, sino que tienen
un fuerte contenido político y que tienen que ver con la relación histórica
entre pueblos indígenas y Estado.
- En un documento ustedes afirman que en la contestación del Estado
a la demanda por la Masacre de Rincón Bomba se confunden los hechos
con la Masacre de Napalpí. ¿Cómo es esto?
JG: Sí, fruto de la haraganería del colega que corta y pega de la contestación
de la demanda del colega de Chaco. Recordémosle a tu audiencia que la
diferencia que existe entre una y otra masacre es que una tuvo una investigación
de la propia Cámara de Diputados de la Nación de ese entonces, de 1924,
y también hubo una causa judicial, que es reprochable en su resultado,
en su investigación, pero existió. En el caso de Rincón Bomba no existió.
Lo que nosotros como abogados estamos seguros - y quienes acompañamos
este proceso - es que hay testimonios vivos y por esos testimonios vivos
que nos impulsan y por la justicia del reclamo por sus muertos, nosotros
sinceramente estamos convencidos de la legitimidad y justicia de la
demanda.
- ¿En qué confunde el Estado ambas masacres?
JG: El Estado confunde básicamente el pueblo toba con el pueblo pilagá,
confunde la cantidad de años que sucedió en una y otra masacre, da datos
erróneos, cuando habla de los pilagá habla en realidad de los tobas
y cuando habla de los tobas habla de los pilagá; no tenía nada que decir
en la contestación de Rincón Bomba sobre los tobas y lo dice; así que
para nosotros fue que le giraron un archivo de la contestación de Napalpí
y de ahí cortó y extrajo algunas conclusiones. En general, la mayoría
de las conclusiones y la estrategia legal se condice con la de Napalpí,
es la misma, el mismo perfil.
- ¿La causa por Napalpí qué avance ha tenido? En Rincón Bomba hay excavaciones,
han encontrado restos, hay en ese sentido un avance que deja algún tipo
de esperanzas, más allá de la respuesta que de el Estado. ¿En el caso
de Napalpí se ha iniciado algún tipo de investigación?
JG: Bueno, en Napalpí hay un impedimiento no salvado por parte de juez
federal [Carlos] Skidelsky, que dice que si estuvieron varios años pueden
estar más años esperando los cuerpos en ese lugar. Eso está apelado
ante la Cámara, eso es una medida cautelar que había pedido el doctor
Díaz. Y en el día de mañana [jueves 14 de septiembre] se va a llevar
a cabo una audiencia testimonial, como prueba anticipada, en Machagai,
muy cerquita de donde vivían las comunidades indígenas de Napalpí, por
parte de una anciana, y va a actuar de traductor Orlando Sánchez, un
maesto que ha sido reconocido hace pocos días por el Gobierno nacional
como un ejemplo de lucha de los pueblos indígenas. Así que nosotros
sinceramente estamos tratando de avanzar en ambas causas, pero en el
caso de Napalpí es muy muy a paso de tortuga.
- Muy bien, Julio, te agradecemos por toda esta información, vamos a
estar comunicados para poder seguir dándole cobertura a este tema. En
Rosario es importante habiendo la comunidad toba numerosa que hay en
esta ciudad, así que te agradecemos mucho.
JG: No, yo les agradezco a ustedes, y otra novedad que existe es que
nosotros habíamos hecho una presentación administrativa, a la Gendarmería
pidiéndole que se abrieran los archivos y que pida perdón por la Masacre,
y nos contestaron que sí...a la apertura de los archivos. Así que dentro
de unos días vamos a estar viendo si existen, si están, si han sido
conservados los archivos de la Masacre de Rincón Bomba que tenga la
Gendarmería Nacional.
- Muchísimas gracias, te agradecemos y vamos a continuar siguiendo esta
información.
JG: Muchas gracias a ustedes y a su audiencia. Un saludo.
- Así escuchamos a uno de los abogados patrocinantes de las comunidades
indígenas en las causas por justicia para las masacres de Rincón Bomba
y Napalpí. Denunció racismo, contradicciones y groseras torpezas de
parte del Estado nacional en el tratamiento de las dos causas.
Fuente: www.argentina.indymedia.org, 2004