Navidad en el parque

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Hebe Uhart

Eran las nueve de la noche y en el parque había un movimiento raro de gente. Uno andaba corriendo pero no como quien se prepara conscientemente para hacer footing; iba vestido a la que te criaste como quien remata una tarde de idas y vueltas y por fin, después de la última vueltecita, se va a cambiar y a bañar. Un chico da un paseo en su bicicleta nueva; las luces del pino iluminado del parque la hacen brillar. Una mujer muy linda pasea un perro espléndido, sano, con la lengua afuera de puro regalón. El perro es de lana blanca y su tronco es una enorme masa que se desliza acariciando el suelo con su pelo. En la vereda, dos viejos vecinos con sus paquetes se saludan como si hiciera mucho tiempo que no se ven; demoran con dimes y diretes el momento de la despedida.

Frente al parque está la veterinaria San Gabriel: ahí atienden a perros, gatos, loros y también a una oveja. La mayoría de los animales está asociada y paga una cuota mensual. En la sala de espera, una empleada frente a una computadora registra a los clientes y les da una boleta. A cada momento dice: «San Gabriel, buenas tardes» por teléfono y la computadora registra los nombres de los animales, y así desfilan Felipe, Celeste, Duquesa, Pituco, Beethoven. Ella pronuncia sus nombres con absoluta neutralidad; claro, se trata de clientes. Las paredes tienen azulejos blancos hasta arriba; la luz es amarillenta y pareja; no se sabe de dónde viene; ni un foco, ni una lámpara. En el parque, la luz del pino iluminado realza el paso de las personas, que luego atraviesan una zona de sombras: en la sala de espera de la veterinaria, la luz neutraliza las particularidades de las personas, como si fueran un solo paciente. Una señora tiene un gatito en brazos, quietos los dos, esperando el momento de la medicina. Parece esperar desde hace rato en la misma posición; parece una madre triste y un poco pobre, como avergonzada de la enfermedad de su hijo. Muy apartada, una mujer más joven de ojos coléricos tiene sentado a su lado a un chucho quieto. Lo peinó con una cintita roja; le hizo un penacho asimétrico que el perro lleva con total inconsciencia, como si fuera independiente de su cuerpo. Le habla con voz sofocada -una voz que debe ser mucho más alta y enérgica en su casa-, le habla para que sepan que ella es una mujer de orden y progreso:

-Pamela, sentate derecha.

Y más lejos, solos, una pareja de ancianos con un perro que los ha acompañado mucho tiempo: ese perro tiene de todo y se ve que es curado pacientemente de todos sus males; mira a sus amos con ojos suplicantes, como preguntando «¿qué me deparará el destino hoy?». La única voz cantante es la de la empleada: siguen las consultas telefónicas.

¿Nombre? Farolero. ¿Problema? Otitis. ¿Nombre? Jazmín.

¿Problema? Paperas.

Quizá el conocimiento de que hay tantos bichos con problemas en este mundo aplaste un poco a la gente de la sala de espera; no son ellos solos; el mundo está poblado de problemas: se sienten una aguja en un pajar. Y tal vez esa sensación se ve reforzada por la entrada de un chica, flaca y elegante, con un galgo que es su copia en escala perruna. Entran con el aire de una visita frecuente y displicente, como de quien toca y se va a destinos mejores: ese animal está absolutamente sano. La empleada le dice al perro:

-Hola, bebé …

Adentro, pasando la sala de espera, el ambiente cambia totalmente. Hay tres salas de enfermería, donde les ponen suero a gatos y perros. Aquí la luz es distinta; hay lámparas centrales que iluminan camillas y conos de sombra. En uno de ellos hay una pareja con un gatito: ella es rubia y él morocho; se los ve sonrientes y tranquilos, como si estuvieran conversando bajo un árbol. En la otra habitación hay más gente cuidando el suero de sus animales; el ambiente es muy cordial, todos se hablan, y un veterinario joven y bonito al que llaman Román se pasea a grandes pasos como si caminara por la calle. Una pareja con aire suburbano custodia a un perro que toma suero: los dos van muy precariamente vestidos, ella está un poco despeinada; los dos exhiben gran vitalidad: dan la impresión de tener cuatro perros, cinco gatos y una oveja. La mujer le dice al veterinario, con cierta coquetería:

-Román, tené cuidado de que Popi no te tire un tarascón.

Parece absolutamente imposible que esto ocurra, porque Popi está en estado de letargo. Román no contesta y camina para acá y para allá; ella vuelve a la carga:

-Román, ¿le doy de comer A-D? La vez pasada lo toleró mal.

-Eso -dijo Román con aire de hacerse eco de la primera sugerencia.

Y sobre una mesa más grande, solo, hay un hombre mayor de edad indefinida. Su pelo está teñido de color castaño, pero él no exhibe ninguna señal de seducción: es como si hiciera mucho que adoptó la costumbre de teñirse y ahora lo hiciera por hábito; su ropa recuerda la de los jugadores, que se visten con lo que encuentran para cubrirse; su abrigo marrón es también como un viejo hábito. Su aspecto deslucido contrasta con su energía; cuando pasa Román, dice en voz alta:

-La atención de ayer era mejor que la de hoy. Ayer lo palparon así para que hiciera caca. Qué se va a comparar.

Román camina que te camina y no se da por aludido. El hombre está sosteniendo la pata de un gato donde tiene puesto el suero. Es un gato de la calle que fue a su taller mecánico -dice. Por suerte, una señora muy buena les da comida a ése y a otros. El gato es espléndido, sucio y con lo que le resta de salud, malhumorado. El hombre le dice, una y otra vez:

-Vamos, Chiquito, echate un poco, así, así.

Y le sostiene la pata sin mirar alrededor para que el suero no se zafe.

-Echado, echado. La atención de ayer era mucho mejor. Estoy aquí desde las ocho.

Son las diez de la noche y ese hombre sigue sosteniendo la pata todo el tiempo que fuere necesario. De repente suena su teléfono inalámbrico y dice:

-No, no voy a ir ahora a comer, todavía estoy acá.

El gato está aburrido, pero soporta la quietud como si fuese un mal necesario; a intervalos quiere levantarse, pero su dueño lo hace echar para que no se zafe del sagrado cordón con el suero. El gato lo mira de vez en cuando como diciendo: «Si a vos te parece esto, allá vos». Y se echa para complacerlo, pero de traste, como para dormirse una siesta.

El hombre dice a la pareja del perro:

-Es tan despierto, no bien me ve, se me acerca. Ayer le hicieron así.

Y palmea las ancas con una mano sin dejar de sostener la pata. El traste del gato parece decir: «Voy a hacer caca cuando se me dé la gana».

Pasa Román, como si circulara por un salón de baile.

-¿Está bien de suero?

No recibe respuesta. Entonces dice:

-A lo mejor es el agua que tomó. Cuando estaba en la calle no tomó agua buena. ¿No le ponen más suero?

Román, por toda respuesta, arroja elegantemente el guardapolvo a una silla; como por arte de magia tiene una campera puesta y ya está en la puerta; venía su reemplazante. El reemplazante es un hombre viejo; tiene como una expresión dolorida, perruna; tiene una cara de haber visto muchas cosas y de apiadarse de alguien de vez en cuando. Le dice:

-Por hoy está bien de suero; lo vamos a mantener hasta que se pueda.

Y después, como si él sufriera por el gato, como si fuera de él, dice:

-Por un lado está muy enfermo y por otro vital.

-¿Vuelvo mañana?

-Vuelva mañana, aquí estaremos. Buenas noches y que tenga suerte.

-Gracias, doctor.

El hombre agarró la caja de cartón con su inscripción: «Transporte de animales pequeños». Estaba decorada con perros, gatitos y flores; una caja alegre y clara como para ir de picnic. La puerta vidriera de la veterinaria también estaba decorada con los mismos dibujos: pequeños gatos y perros, flores. La cercanía del parque verde producía una ráfaga de esperanza. El hombre vaciló en la puerta y se fue al único café abierto que estaba en una esquina. Empezaron a sonar unos cuetes y el gato se movió dentro de la caja.

-Vamos, Chiquito, ya vamos a casa. Se metió en el café con su caja.

En el café había un solo cliente, un borracho apacible, de ésos a los que les hace el mismo efecto un vaso, dos o cinco. El hombre carraspeaba y el mozo le llevaba otro vino.

El mozo miraba la televisión a gusto; controlaba un partido de fütbol de la liga europea y un teleteatro venezolano; el borracho carraspeaba para hacerse presente y el mozo le traía otro vino. El hombre depositó la cajita con el gato junto a él, se sentó y pidió:

-Jefe, una copa de sidra y aceitunas.

Unos chicos, lejos del café, estaban tirando cuetes en el parque; el ruido llegaba amortiguado y el gato estaba quieto en su caja, como en una casita. El hombre pasaba la mano por la caja y pensaba: «Quién sabe si va a vivir, no, no fue buena la atención hoy… si estaba el alto de ayer… ¿Y si no vive?

¿Y si no vive? Entonces, donaría los órganos a la medicina. Ellos estudian». Se distrajo pensando en la ciencia:

¡Qué cosa grande, con esos avances que no se pensaban hace 50 años! ¡Y cómo estudian ellos y conocen esos cuerpitos tan chiquitos! Pero de pronto pensó en Chiquito muerto y se dijo: «No, todo entero no; algunos órganos».

-Mozo, otra copa de sidra y aceitunas.

No iba a tomar más de dos copas. A la segunda, pensó que iba a enterrar lo que quedara de Chiquito en el fondo de su casa, con una maderita chata, con el nombre inscripto.

A lo mejor vive, a lo mejor no. Se le acabó el entusiasmo por la ciencia, porque pensó: «Ellos mueren sin conocer las palabras. Mueren como si no pasara nada». Él leía siempre la sección de la página trasera del diario, donde había frases de hombres ilustres, y al morir dejaban algún consejo, algo que querían que se supiera, algo. Pero acá… no, no se podía admitir.

-Mozo, un café, por favor.

Se iba a quedar un rato más. Iba a volver a la veterinaria; a lo mejor a esa guardia le tocaba cambio de personal. Iba a sugerir otra vuelta de suero y un buen palmeo.

-Mozo, feliz Navidad.

-Ah, lo mismo digo -dijo el mozo sonriendo y se fue a probar otro canal.

(De: Del cielo a casa, Adriana Hidalgo, 2014)

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