Neoliberalismo versión empeorada

El aparente clivaje europeo

Por Christian Laval y Pierre Dardot

Fotos interior: The White House

El trueno de la elección de Trump para la presidencia de Estados Unidos en noviembre de 2016, después el referéndum sobre el Brexit en marzo de 2017, tuvo una fuerte repercusión simbólica: impactó con fuerza en los ánimos el hecho de que Gran Bretaña y Estados Unidos, que fueron tierras de elección del neoliberalismo en los tiempos de Thatcher y de Reagan, parecen darle la espalda mediante una reacción nacionalista. En el pasado, el neoliberalismo fue asociado con frecuencia a la “apertura”, al “progreso”, las “libertades individuales”, el “Estado de derecho”. Hoy se conjuga con el cierre de fronteras, la erección de “muros”, el culto de la nación y de la soberanía del Estado y la ofensiva abierta contra los derechos humanos, a quienes se acusa de poner en peligro la seguridad. ¿Cómo es posible esa metamorfosis y qué significado darle?

Neoliberalismo y fascismo

No conforme con nutrirse con las crisis sociales y económicas que genera, el neoliberalismo se nutre actualmente de las reacciones de hostilidad que suscita. Esta mutación afecta a todos los gobiernos, cada vez más numerosos, que manifiestan tendencias nacionalistas, autoritarias y xenófobas. Lo esencial es que estos gobiernos no cuestionan en absoluto al neoliberalismo como forma de poder. Por el contrario, reducen los impuestos de los más ricos, disminuyen las ayudas sociales, aceleran las desregulaciones, sobre todo en materia financiera o ecológica, y asumen plenamente el carácter absolutista e hiperautoritario del neoliberalismo.

Tenemos que evitar dos errores. El más antiguo consiste en confundir el neoliberalismo con “el regreso de Adam Smith”, o peor todavía, con “el fin del Estado”. El neoliberalismo es un modo de gobierno muy activo, que no tiene mucho que ver con el Estado mínimo del liberalismo clásico. Lo novedoso es que la índole fundamentalmente antidemocrática del neoliberalismo se traduce hoy en un cuestionamiento cada vez más abierto y radical de los principios y formas de la democracia liberal misma.

 

 

El segundo error, más reciente, consiste en explicar que nos las tenemos que ver con un nuevo “fascismo neoliberal”, o incluso con “un momento neofascista del neoliberalismo”(1). Pero ¿se puede amalgamar en un mismo fenómeno político “el ascenso de las nuevas derechas y la deriva autoritaria de neoliberalismo”? La asimilación es evidentemente problemática: ¿cómo identificar si no mediante una analogía superficial “el Estado total” tan característico del fascismo y la difusión del modelo del mercado y la empresa en el conjunto de la sociedad? El riesgo reside entonces en “anegar/subsumir” fenómenos a la vez complejos y singulares en generalizaciones poco pertinentes, que no pueden sino producir a su vez un desarme político.

Para Henry Giroux, por ejemplo, el “fascismo neoliberal” es “una formación económico-política específica”. Según él, el fascismo se apoya en “pasiones movilizadoras” que se encuentran en el “fascismo neoliberal”: amor al jefe, hipernacionalismo, fantasmas racistas, desprecio por el “débil”, el “inferior”, el “extranjero”, desdén de los derechos y dignidad de los individuos, violencia para con los opositores, etc (2). El mismo Patxon admite que “Trump retoma varios motivos típicamente fascistas”, pero ve en él sobre todo los rasgos más comunes de una “dictadura plutocrática” (3). Porque hay grandes diferencias con el fascismo: no hay partido único, no hay prohibición de toda oposición y disidencia, no hay movilización ni regimentación de las masas en organizaciones jerárquicas obligatorias, no hay corporativismo profesional, no hay liturgias de religión laica, no hay un ideal de “ciudadano soldado” totalmente consagrado al Estado total, etc (4). En este sentido, todo paralelo con los últimos años de la década de 1930 en Estados Unidos es engañoso, a pesar de que Trump haya retomado la consigna “America first”, el nombre que le dio Charles Lindbergh a la organización fundada en octubre de 1940 para promover una política aislacionista contra el intervencionismo de Roosevelt.

En efecto, no vivimos un “momento polanyano” (5), como cree Robert Kuttner, que se caracterizaría por el hecho de que los poderes fascistas retoman las riendas de los mercados ante los estragos del laisser faire (6). En cierto sentido es todo lo contrario, y es mucho más paradójico. Trump quiere ser el campeón de la racionalidad empresarial, incluso en su modo de conducir su política tanto interior como exterior. Vivimos el momento en que el neoliberalismo segrega desde dentro una forma política original que combina autoritarismo antidemocrático, nacionalismo económico y racionalidad capitalista ampliada.

El nuevo neoliberalismo

Lo que aquí denominamos “nuevo neoliberalismo” tiene de original que instrumenta la crisis de la democracia liberal-social que él mismo provocó canalizando el resentimiento de capas enteras de la población contra esa misma democracia. Esta transformación concierne a todas las formas nacionales de neoliberalismo. El neoliberalismo no es un conservadurismo. Es un paradigma gubernamental cuyo principio es la guerra contra las estructuras “arcaicas” y las fuerzas “retrógradas” que resisten la extensión de la racionalidad capitalista. Una de sus palancas preferidas es utilizar las vías de la “legalidad”, incluso de la constitucionalidad, de manera tal que el marco en el que deben desempeñarse todos los “actores” se vuelva irreversible. El fenómeno, no importa cuáles sean sus variantes nacionales, es general: es dentro del marco formal del sistema político representativo donde se instalan los dispositivos antidemocráticos de una eficacia corrosiva temible.

Pero ¿no es exagerado poner todas las formas del neoliberalismo “en la misma bolsa” de un “nuevo neoliberalismo”? Hay tensiones muy fuertes a nivel mundial y a nivel europeo entre lo que es preciso denominar diferentes tipos nacionales de neoliberalismo. Sin duda no cabe asimilar a Trudeau, a Merkel o a Macron con Trump, Erdogan, Orban o Salvini. Unos siguen apegados a una forma de competencia comercial supuestamente “leal”, mientras que Trump decidió cambiar las reglas de la competencia transformándola en guerra comercial al servicio de “la grandeza de Estados Unidos”; unos respetan todavía verbalmente los derechos humanos, la división de poderes, la tolerancia y la igualdad en derechos de los individuos, mientras que a los otros esto lo tienen sin cuidado; unos creen tener una actitud “humana” respecto de los migrantes (algunos muy hipócritamente), mientras que los otros no tienen ningún escrúpulo en rechazarlos.

Hay que admitir una diversificación del modelo neoliberal. Macron se presenta como la fortaleza frente al populismo de extrema derecha de Marine Le Pen, como su aparente antítesis. Aparente, porque Macron y Le Pen, aunque no son idénticos, en realidad son perfectamente complementarios. Uno hace de fortaleza mientras el otro se pone el traje de espantajo, lo que le permite al primero presentarse como garante de las libertades y de los valores humanos. Si hace falta, como es el caso ahora, en los preparativos de las elecciones europeas, Macron se empeña en endurecer artificialmente el supuesto clivaje entre partidarios de la “democracia liberal” y partidarios de la “democracia no liberal”, a la manera de Orban, para presentar mejor a la Unión Europea como alineada con la democracia liberal.

El caso Macron

Pero tal vez no se haya percibido lo suficiente el estilo populista de Macron, que pudo parecer una mera mascarada por parte de un producto puro de la élite política y financiera francesa. La denuncia del “viejo mundo” de los partidos, el rechazo del “sistema”, la evocación ritual del “pueblo francés”, todo eso era tal vez bastante superficial e incluso grotesco, pero no por eso dejaba de traslucir el uso de un método que precisamente caracteriza al neoliberalismo: la recuperación de la furia contra el sistema neoliberal. Pero el macronismo no tuvo espacio político para tocar esa música durante mucho tiempo. No tardó en revelarse por lo que era y por lo que hacía. En continuidad con los gobiernos franceses precedentes, pero de manera más declarada o menos vergonzante, asocia con el nombre de Europa la más cruda y cínica violencia económica contra los asalariados, los jubilados, los funcionarios y los destinatarios de asistencia, y la violencia policial más sistemática contra las manifestaciones opositoras, como se vio sobre todo en Notre-Dame-des-Landes, y también contra los migrantes. Todas las manifestaciones sindicales o estudiantiles, aun las más pacíficas, son sistemáticamente reprimidas por una policía super equipada, cuyas nuevas maniobras y técnicas de fuerza apuntan a aterrorizar a quienes se manifiestan y a infundir miedo al resto de la población.

El caso Macron se cuenta entre los más interesantes para completar la semblanza del nuevo neoliberalismo. Llevando al extremo la identificación del Estado con la empresa privada, hasta el punto de que quiere hacer de Francia una “start-up nation”, no deja de centralizar el poder en sus manos, y llega a promover un cambio constitucional que valide el debilitamiento del Parlamento en nombre de la “eficacia”. En este sentido es manifiesta la diferencia con Sarkozy: mientras éste multiplicaba las declaraciones provocadoras afectando un estilo “descontracturado” en el ejercicio de su función, Macron se propone devolver su brillo y su solemnidad a la función presidencial. Conjuga así un despotismo empresarial con una puesta en vereda de las instituciones de la democracia representativa en beneficio exclusivo del ejecutivo. Se ha hablado con acierto de “bonapartismo” respecto de él, no solo por el modo en que tomó el poder barriendo los partidos de gobierno anteriores, sino también debido a su ostensible desprecio por todos los contra poderes. La novedad que introdujo en esta antigua tradición bonapartista es precisamente una verdadera gobernanza empresarial. El macronismo es un bonapartismo gerencial.

 

 

El recurso a la ley contra la democracia

En realidad nos las tenemos que ver con la exacerbación del neoliberalismo que conjuga la mayor libertad del capital con los ataques cada vez más profundos contra la democracia liberal-social. ¿Hay que conformarse con retomar el lugar común crítico según el cual “el estado de excepción se ha convertido en regla”? Al argumento de origen schmittiano del “estado de excepción permanente”, que supone una suspensión pura y simple del Estado de derecho, debemos oponer los hechos objetos de observación: el nuevo gobierno neoliberal se implanta y cristaliza a través de la legalización de las medidas de la guerra económica y policial. ¿No fue una de las medidas más emblemáticas de Macron la introducción en octubre de 2017 en la legislación corriente de las medidas “excepcionales” del estado de emergencia instalado después de los atentados de noviembre de 2015?

Como las crisis sociales, económicas y políticas son permanentes, corresponde a la legislación establecer las normas cuya validez permanente les permitirá a los gobiernos responder a ellas en todo momento, e incluso prevenirlas. Así es como las crisis y urgencias dieron origen a lo que Harcourt denomina “un nuevo estado de legalidad”, que legaliza lo que hasta ese momento eran medidas de urgencia o respuestas coyunturales de política económica o social (7). Antes que un estado de excepción que funciona oponiendo reglas y excepción, afrontamos una transformación gradual y bastante sutil del Estado de derecho que integró en su legislación la situación de doble guerra, económica y policial, a la que nos condujeron los gobiernos. La doctrina neoliberal ya había elaborado el principio de esa concepción del “Estado de derecho”. Así Friedrich Hayek subordinaba explícitamente el “Estado de derecho” a la “ley”. En su concepción la “ley” designa no cualquier norma, sino exclusivamente el tipo de normas de conducta igualmente aplicables a todos, incluso a las personas públicas. Lo que caracteriza exactamente a la ley es la universalidad formal que excluye toda forma de excepción. En otros términos, se trata de producir no un sistema de excepción, sino más bien un sistema de normas que prohíbe la excepción. Y como la guerra económica y policial no tiene fin y reclama siempre cada vez más medidas coercitivas, la legalización de las medidas de guerra económica y policial no puede sino extenderse más allá de todo límite. El Estado de derecho no es abolido desde el exterior, es destruido desde el interior con el objetivo de convertirse en un arma de guerra contra las poblaciones. El proyecto de ley de Macron sobre la reforma jubilatoria es ejemplar en ese sentido: de acuerdo con la exigencia de la universalidad formal, su principio es que un euro cotizado da exactamente el mismo derecho a todos, cualquier sea su condición social. En virtud de ese principio, está prohibido tener en cuenta el carácter penoso de las condiciones de trabajo en el cálculo de la jubilación. También en esto salta a la vista la diferencia entre Sarkozy y Macron: mientras el primero hacía adoptar ley tras ley sin que las siguieran decretos de aplicación, el segundo se preocupa mucho por la aplicación de las leyes. Allí está la diferencia entre “reformar” y “transformar”, tan cara a Macron: la transformación neoliberal de la sociedad exige la continuidad de la aplicación en el tiempo y no puede conformarse con efectos de anuncios sin mañana. La redundancia de la fórmula “nuevo neoliberalismo” (“neo” significa nuevo) no debe entenderse en el sentido de una ruptura con el neoliberalismo, sino en el de un vuelco agresivo contra la democracia liberal. En el fondo, el nuevo neoliberalismo es la continuidad del antiguo, empeorado.

Traducción: Marta Vassallo

Referencias:
1) Eric Fassin, “Le momento néofasciste du néoliberalisme”, Mediapart, 29-6-2018, https://blogs.mediapart.fr/eric-fassin/blog/290618/le-moment-néofascicte-du-néoliberalisme.
2) Cfr Henry Giroud, “Neoliberal Fascism and the Echoes of History”, https://www.truthdig.com/articles/neoliberal-fascism -and-the-echoes-of-history/; Robert O. Paxton, The Anatomy of Fascism, Alfred A. Knopf, New York, 2004.
3) Robert O. Paxton: “Le régime de Trump est une ploutocratie”, Le Monde, 6-3-2017.
4) Cfr Emilio Gentile, Qu’est-ce que le fascisme? Histoire et interprétation, Folio, Gallimard, 2004.
5) Alusión al cientista social austríaco Karl Polanyi (1886-1964), autor entre otras obras de La gran transformación, una crítica al liberalismo económico (N. de la T.)
6) Cfr. Robert Kuttner, Can Democracy survive global Capitalism?, WW.Norton & Company, New York/London, 2018.
7) Bernard E. Harcourt, The Counterrevolution. How our Government went to war against its own Citizens, Basic Books, New York, 2018, pp. 213 y ss.

Revista Anfibia

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