Nicaragua: con la pelota picando en el área

Por José Steinsleger

A causa de mi artículo de la semana pasada, un lector manifestó: «¿Entonces tú, ‘Josefo’ [sic], estás a favor de Ortega?… ¡No manches! ¡No te vuelvo a leer!» Respuesta tentativa: «Si el asunto fuera tan fácil como usted concluye (Ortega sí/no), yo también dejaría de leerme. Pero si omitimos el rol de los yanquis, que con el pretexto del impresentable pretende llevarse puesta la soberanía de Nicaragua por enésima ocasión, sólo queda que Univisión o Televisa nos cuenten qué sigue a continuación».

Fácil. Muy fácil ensayar juicios de valor frente a gobernantes que cultivan el odio a los pueblos. Y difícil entender, binariamente (panegírico/diatriba), la trayectoria política de Daniel Ortega y la sombra rasputinesca que lo acompaña. Pero silenciar sus desatinos en función de un pasado heroico, equivale a practicar el periodismo de guerra que silencia pasado y presente de sus enemigos.

De los nueve comandantes del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional, 1961), que acabaron con la tiranía somocista (1937-79), quedan siete: Carlos Núñez y Tomás Borge fallecieron; Luis Carrión, Henry Ruiz, Víctor Tirado y Jaime Wheelock se alejaron; Humberto Ortega y Bayardo Arce hacen lo que siempre hicieron (negocios), y Daniel Ortega ejerce la presidencia creyendo que Estado, partido y revolución son sinónimos.

Historia larga y enredada que puede ser consultada en el libro La ideología nicaragüense. El problema es que así como la obra de Pirandello Seis personajes en busca de un autor (que para el caso serían nueve), ese libro anda buscando al autor que lo escriba. ¿Usted, quizá? Consejo al costo: si lo hace, piense en el método. Porque si emplea el de Marx y Engels en La ideología alemana, correrá igual suerte que la de Empédocles, a quien los sicilianos arrojaron a un volcán junto con sus verdades reveladas.

Tres años antes de morir, el comandante Tomás Borge confesó: «Habíamos llegado al poder cubiertos con un aura de santidad. Éramos ‘los muchachos’, héroes del pueblo que habíamos liberado. Luego vino la guerra, las presiones, la crisis económica y los errores, y de héroes que éramos nos convertimos en reyes» (entrevista con El Nuevo Diario, Managua, 15/7/09).

Por otro lado, no todas las preguntas deben ser aceptadas: ¿Ortega o la democracia? Emplazamiento humillante cuando el interpelado carece de información para responder. Y a la inversa, los que cuentan con ella, y se ven en aprietos para sortear las trampas del llamado «nuevo sujeto bélico ­comunicacional«.

Si analizar es descomponer y recomponer, el periodismo de guerra frustra cualquier intento de analizar nada con objetividad. Porque su prioridad consiste en impedir la recomposición de lo analizado. Para el periodismo de guerra, cuya acta de nacimiento fue registrada tras el ataque a las Torres Gemelas (11-S-2001), no hay verdades, hechos, análisis. Sólo concede espacios para «interpretar» y «opinar» sin fundamentos. Y así, coaccionado, al amable público sólo le resta «dar el like» y suscribir tocando la campanita.

Un gran periodista mexicano, Francisco Martínez de la Vega (1909-85), dijo: «El más alto de los intereses en los artículos que abordan temas políticos no puede ser dejado al libre juego de los intereses, sino que el interés social sea servido». Ahora bien. ¿Cómo hace el articulista político para cumplir con el referido «interés social» (sus lectores), prescindiendo del «libre juego de los intereses» en Nicaragua? ¿Cómo hace para enfrentar a Univisión, Televisa, CNN, Infobae, The New York Times, El País, de España?

Y ya que estamos: ¿cómo consiguió El País mi correo privado? ¿Podrían sus genios dejar de acosarme con ofertas de suscripción? Sé que no lo harán. Entonces, recomiendo a sus lectores que echen un ojo al libro El País, la cultura como negocio, de Manuel García-Viñó (Editorial Txalaparta, Tafalla, Navarra, 2006).

En este oficio, se puede manipular inescrupulosamente al lector, o contribuir a su capacidad de discernimiento. Y también se puede patear la pelota fuera la cancha, eludiendo responsabilidades. Después de todo, poco cuesta, técnicamente, rechazar o aceptar al presidente de Nicaragua por lo que hoy es, o ponderarlo por lo que ayer fue.

El filósofo español Francisco Carmona Nenclares (1901-79), de grata memoria en México, escribió: «El estilo es la expresión o manifestación de algo que nos tortura por dentro y lucha por surgir. Es el reconocimiento de una inquietud profunda». Y esto lo que me pasa con Nicaragua.

Le dejo la pelota picando en el área. Pero si requiere más información puede picar aquí https://www.el19digital.com/articulos/ver/titulo:116965-como -usaid-fachada-de-la-cia-creo-el-aparato-mediatico- antisandinista-en-nicaragua.

La Jornada