No en mi nombre

La existencia de una doble vara respecto a las violencias contra las mujeres me causó desánimo

Por Graciana Peñafort

Es extraño hasta en términos calendarios. El martes 8 de marzo marchamos por el día de la erradicación de la violencia contra las mujeres. El día de la mujer trabajadora. El día fue fijado en conmemoración de 129 mujeres que murieron en un incendio de 1908 provocado por su empleador, en la fábrica Cotton, en Nueva York, durante una huelga y ocupación de la fábrica. Las obreras querían los mismos derechos que sus compañeros varones: mismo sueldo por igual tarea y la reducción de la jornada laboral. Que era de 12 horas y querían que se redujera a 10. Por eso las quemaron vivas. Como a las brujas, como a los herejes la Inquisición.

Apenas había pasado un año cuando, el 19 de marzo de 1909, las mujeres marcharon en memoria de las víctimas. Al reclamo laboral de las trabajadoras se sumó el reclamo de las sufragistas, por el derecho al voto femenino. Y así, desde hace más de un siglo, las mujeres marchamos por nuestros derechos.

El martes 8 de marzo de 2020, en la plaza de los Dos Congresos, una multitud de mujeres nos convocamos nuevamente para hacer saber al Congreso de la Nación y a las demás autoridades que exigimos que se reconozcan derechos. Ya no solo de las mujeres, sino los de muchos colectivos que acompañan y hacen suyos los reclamos legítimos de los oprimidos de siempre.

La enorme paradoja es que apenas 48 horas después, el 10 de marzo de 2022, en esa misma plaza, algunos participantes de una nutrida manifestación de personas que reclamaban en contra del acuerdo con el FMI que se trataba eses día en la Cámara de Diputados, procedieron a agredir a la actual Vicepresidenta de la Nación. Lanzaron pedradas contra las ventanas de su oficina en la Cámara de Senadores, donde se encontraba Cristina Fernández de Kirchner. Causando destrozos varios y la evacuación de la Vicepresidenta.

No vengo a deplorar la manifestación contra el acuerdo que se aprobaría ese día. Creo que el derecho a manifestar y expresar la opinión de los ciudadanos es innegociable. Es deber inclaudicable del Estado garantizarlo. Tampoco vengo a reclamar represiones salvajes, que tanto agradan a algunos sectores de la sociedad. Abomino de las represiones sobre quienes se manifiestan. Están ejerciendo su derecho y la represión violenta vulnera ese derecho. Sólo vengo a señalar la enorme contradicción en la que incurre buena parte de la clase política y de la sociedad que 48 horas atrás había reclamado por el fin de las violencias contra la mujer y que, de vociferar esos reclamos, luego enmudeció o permaneció indiferente frente a la agresión que sufrió también una mujer.

No existen violencias malas y violencias buenas, como no existen guerras malas o buenas tampoco. Existe la violencia y punto. Y la violencia se repudia siempre. No importa quién la ejerce. No importa quién la sufre. Y no es que repudiamos la violencia por moda o corrección política. La repudiamos con el fin de erradicarla. Los discursos que se instauran y que pretenden habilitar una suerte de cata o degustación de violencias no hacen mas que legitimar esas violencias y privan de la sanción social al violento, que pretende resguardarse en esas indignaciones selectivas para no hacerse responsable de sus actos.

La existencia de esta doble vara respecto a las violencias me causó una enorme sensación de desánimo. Dos días atrás habíamos estado pidiendo el cese de la violencia contra la mujer y una mujer sufría un ataque violento y miraban impasibles, los mismos y mismas que habían estado en la plaza por la conmemoración del 8 de marzo. La hipocresía, la degustación de violencias y el silencio me demostraban que muchas veces los temas de violencia contra la mujer no son más que carteles de papel pintado que se usan y se levantan por corrección política. Sin voluntad real de hacer el trabajo pedagógico y necesario de poner en crisis la idea de respuesta violenta, como absolutamente inconducente, cuestionable e inadmisible. Un puro marketing vacío de contenido y de voluntad real de cambiar las cosas.

Venia pensando en esa línea y sucedió lo siguiente. Se difundió en redes sociales lo que había sucedido respecto a una nota publicada por Mariana Iglesias, Editora de Genero del diario Clarín. En esa nota se cuestionaba lo que había dicho Viviana Canosa en oportunidad de informar sobre la manifestación del 8 de marzo.

Lo que expresó Canosa fue, interpelando imaginariamente a quienes manifestaban el 8 de marzo «¿Le pregunto a las chicas qué es patriarcado para ustedes, muñecas? ¿Qué es el patriarcado para ustedes? ¿Es un padre ausente? ¿Es un hermano que les hizo bullying? ¿Es un pibe que en el secundario no les dio bola? ¿En la universidad no se las garcharon? ¿Qué es para ustedes el famoso patriarcado? Porque la verdad, les diría que empiecen por darse un baño, depilarse e ir a laburar. Vayan a laburar. Nosotros laburamos todos los días para mantener las políticas populistas de género de este gobierno. Por eso hoy es el día internacional de la mujer verde, no de la mujer. Nos robaron hasta eso».

Alguien debería hacerle saber a Canosa que la identidad de mujer no se define ni por coger mucho o poco, o por estar depilada o no estarlo. Y sin duda no se define por trabajar o no trabajar, porque a decir verdad hoy casi no existe mujer que no trabaje. Que en 1909 cuando fue la primer marcha por los derechos de la mujer trabajadora, no había mujeres «verdes» , sino mujeres que peleaban por sus derechos ciudadanos a votar. Y también las estigmatizaban, imponiendo el registro de su falta de femineidad. Y que el patriarcado se define como una concepción de mundo en la cual la óptica del varón, vaya uno a saber por qué razones, define las relaciones entre las personas. Para todos, incluso para quienes no somos varones.

Pero no quiero hablar de Viviana Canosa, sino de lo que pasó después. Y lo que pasó después es que el diario Clarín levantó la nota de Mariana Iglesias. Vean lo absurdo que resulta censurar a la Editora de Genero que vos mismo designaste porque escribió una nota sobre… ¡temas de género!!!

Pero eso es exactamente lo que pasó. Y de nuevo, buena parte de la sociedad miró impasible. La clara censura que sufrió un nota. En este país democrático que, se supone, defiende la libertad de expresión.

Y de nuevo reflexiono sobre la profunda hipocresía que aún existe en materia de derechos de la mujeres y colectivos en nuestra sociedad. Que sólo recibe cobertura por marketing y no por voluntad real de cambiar las cosas. Porque «queda bien» tener una editora de género. Y también está bien censurarla si al escribir una nota toca algún interés. Porque, después de todo, en la lógica de los medios –constructores de sentido, si los hay— el tema es absolutamente negociable, ¿no?

Algo similar expresó la víctima reciente de una violación grupal cuando en una carta abierta dijo: «He visto mucha indignación en las redes y medios a favor de mi persona, que pobre chica, que sufrió un infierno, que la apoyamos, que repudiamos lo que le pasó, que ojalá esté bien… Sin embargo, a pesar de ello, no he visto que ninguno de los medios que trasmitieron ese mensaje de ‘apoyo’ hayan blureado mi imagen al 100%, creo que ni siquiera se cuestionan (o no quieren hacerlo) que el hecho sea trasmitido todos los días en todo momento es re-victimizante y me genera mucho dolor, ya que claramente, lejos de ayudar, más que nada hace que me remita al hecho constantemente».

Y concluyó: «El respeto a la protección de la identidad de la víctima no es un favor, es un derecho».

Porque eso es lo que les pasa a las mujeres y a quienes tienen identidades por fuera de lo heteronormativo. Son vistos como objetos. De odio, de deseo, o en venta. Sin derechos. Perfectos objetos de violencias que nadie repudia. Que nadie cuestiona. Y que muchos miran impasibles. Y siguen ahí, mirándonos sólo como cosas, más de cien años después que empezamos a marchar por los derechos de todos.

Escribo esta nota porque para escribirla nadie audita si me depilo o si cojo, porque escribirla es mi derecho. Escribo esta nota porque tengo derecho. Y no voy a resignarlo. Escribo esta nota harta de las hipocresías y del marketing berreta que pretenden que acepte. Escribo porque eso no lo van a hacer, no en mi nombre.

El Cohete a la Luna