No importa quién gane la guerra, el perdedor es el mito neoliberal

Por Alonso Romero*

Ya se cumplieron más de 200 días del inicio de la guerra en Ucrania. Desde el primer momento, ambos lados pensaban que sería una victoria rápida y con consecuencias devastadoras para la economía del otro lado. Occidente de inmediato implementó sanciones «históricas» contra Rusia, a lo que Rusia contestó ahorcando el suministro de energía a Europa. Los números no mienten y confirman que las sanciones prácticamente han dañado más a los países europeos que a Rusia (Rusia tiene superávit de más de 300 mil millones de dólares, mientras Europa enfrenta una factura de 1.5 billones de euros para salvar su economía).

Independientemente de quién gane la guerra «tradicional», lo que ha quedado expuesto es el mito neoliberal, sus limitaciones y su extrema fragilidad. Uno de los pilares de este mito era que los mercados siempre funcionarían mejor si el gobierno no intervenía. Sólo que el gobierno siempre intervino, la hegemonía del «capitalismo neoliberal» de Estados Unidos y Europa, dependía totalmente de la hegemonía occidental en dos frentes, el militar y el financiero. Con estos dos mecanismos, podían obligar a cualquier país a nunca cerrar sus mercados y garantizaban siempre acceso a insumos esenciales. En el caso Europeo, la energía. Ahora ha quedado más que claro que la fragilidad derivada del modelo neoliberal sólo podrá resolverse si el Estado interviene. Derivado de los mercados internacionales, los ciudadanos de Estados Unidos comenzaron a experimentar la escasez y Washington tuvo que amenazar con fuertes intervenciones si no se priorizaba la demanda interna. Europa, por su parte, na­cionalizó empresas, rompió contratos y violó todo sentido de «seguridad jurídica» y de «confianza a los inversionistas» que tanto han exigido que otros países respeten a rajatabla.

El otro pilar del mito era que toda ganancia privada estaba 100 por ciento justificada porque «las empresas corren todo el riesgo al poner su capital». Ante el fracaso de la política energética y la miopía de los líderes europeos, ha quedado más que claro que, mientras hubo ganancias, el Estado nunca participó, pero en cuanto los riesgos se materializaron, en especial el geopolítico (depender de Rusia) y el financiero (bursatilizar la industria energética), de inmediato el Estado debió intervenir para evitar que el sistema económico colapsara. Esto de inmediato nos obliga a repensar si es justo permitir que un sistema donde se privaticen ganancias y se socialicen las pérdidas es el modelo que queremos mantener hacia adelante. El riesgo moral ya era alto después de la crisis de 2008 donde el Estado tuvo que resolver el desastre que el neoliberalismo causó, en su momento se rescató industrias porque eran «muy grandes para fallar». Ahora, se está rescatando a empresas porque la industria energética es «muy importante para fallar».

Utilizando los términos neoliberales, ¿cuál es el incentivo que tienen las empresas en el sector energético si saben que el Estado siempre intervendrá para salvarlas? ¿Vale la pena mantener un modelo en que la participación del Estado sea únicamente para absorber las pérdidas? En mi opinión, la respuesta es un rotundo no.

  • Especialista en temas energéticos y maestro en finanzas en el sector energético por la Universidad de Edimburgo (@aloyub)

La Jornada

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