No morirse es importante para la calidad de vida

Por Paul Krugman*

Un hombre pasa ante una verja con mensajes por la memoria de los fallecidos en Nueva York. Bryan Smith/ZUMA Wire/dpa / Europa Press

Estados Unidos está inmerso ahora en un experimento enorme y peligroso. Aunque el distanciamiento social ha limitado la difusión del coronavirus, este dista mucho de estar controlado. Aun así, a pesar de las advertencias de los epidemiólogos, buena parte del país avanza hacia la reapertura de la economía.

Cualquiera pensaría que una medida tan trascendental vendría acompañada de justificaciones muy pensadas; que los políticos que presionan para poner fin al confinamiento, de Donald Trump para abajo, intentarían al menos explicar por qué deberíamos asumir ese riesgo. Pero quienes piden una rápida reapertura guardan un extraordinario silencio respecto a las contrapartidas que ello implica. En cambio, no cesan de hablar de la necesidad de «salvar la economía». Esa es, sin embargo, una forma muy mala de plantear la política económica durante una pandemia.

¿Cuál es, después de todo, el propósito de la economía? Si su respuesta es algo así como «generar rentas que permitan a los ciudadanos comprar cosas», se equivocan; el dinero no es el objetivo último, sino solo un medio para alcanzar un fin, a saber, mejorar la calidad de vida. Por supuesto que el dinero es importante: existe una clara relación entre los ingresos y la satisfacción con la vida. Pero no es lo único que importa. En concreto, ¿saben qué contribuye también mucho a la calidad de vida? No morirse.

Y cuando tomamos en consideración el valor de no morirse, la prisa por reabrir parece realmente una mala idea, incluso en términos de economía en su sentido más estricto. Tal vez se sientan tentados a decir que no podemos poner precio a la vida humana. Pero si lo piensan bien, eso es una tontería; lo hacemos constantemente.

Gastamos mucho dinero en la seguridad de las carreteras, pero no lo suficiente como para evitar todos los accidentes mortales prevenibles. Regulamos las actividades empresariales para evitar la contaminación mortal, a pesar de que cuesta dinero, pero no de manera tan estricta como para eliminar todas las muertes causadas por la contaminación. De hecho, tanto la política de transportes como la medioambiental se han guiado en el pasado por las cifras asignadas al «valor de una vida estadística». Los cálculos actuales de ese valor se sitúan en torno a los 10 millones de dólares.

Es cierto que los fallecimientos por covid-19 se han concentrado entre los estadounidenses de mayor edad, que pueden esperar que les queden menos años que a la media, de modo que tal vez queramos emplear una cifra más baja, pongamos que cinco millones de dólares. Pero incluso así, si hacemos cuentas, veremos que el distanciamiento social, aunque haya reducido el PIB, ha valido la pena. Esa es la conclusión de dos estudios que calcularon los costes y beneficios del distanciamiento social, teniendo en cuenta el valor de una vida. De hecho, tardamos demasiado: un estudio de Columbia calculaba que si el confinamiento hubiera empezado solo una semana antes, a principios de mayo se habrían salvado 36.000 vidas, y un cálculo apresurado indica que los beneficios de ese confinamiento más temprano habrían quintuplicado como mínimo el coste del PIB perdido.

¿Por qué nos apresuramos a reabrir, entonces? Sin duda, las previsiones epidemiológicas son enormemente inciertas. Pero esta incertidumbre exige más cautela, no menos. Si abrimos demasiado tarde, perderemos algo de dinero. Si abrimos demasiado pronto, nos arriesgamos a que se produzca una segunda oleada explosiva de infecciones, que no solo mataría a muchos estadounidenses, sino que probablemente nos obligaría a un segundo confinamiento, aún más costoso. Entonces, ¿por qué el Gobierno de Trump no intenta siquiera justificar la presión para la reapertura por medio de un análisis racional de coste y beneficio? La respuesta, por supuesto, es que la racionalidad tiene un sesgo progresista bien conocido.

Después de todo, si de verdad les importase la economía, incluso los partidarios ardientes de la reapertura querrían que la población siguiera llevando mascarillas, que son una forma barata de evitar la expansión del virus. En cambio, han preferido librar una guerra cultural contra esta precaución tan razonable. Y la Casa Blanca ha respondido a las advertencias de los expertos acerca del riesgo de reapertura —¡sorpresa!— acusando a los expertos de conspirar contra el presidente. Cuando le preguntaron acerca de ese estudio de Columbia que insinuaba que una acción más rápida habría salvado muchas vidas, Trump respondió que «Columbia es una impresentable institución progresista», y afirmó falsamente que él se había adelantado a los expertos en la petición del confinamiento.

¿He mencionado que Trump y su Gobierno han subestimado drásticamente las muertes por covid-19 a cada paso del camino? La cuestión es que la presión para reabrir la economía no refleja ningún tipo de juicio bien pensado acerca de los riesgos y las recompensas. Es mejor verlo más bien como un ejercicio de pensamiento mágico.

Trump y los conservadores en general parecen creer que si fingen que la covid-19 no es una amenaza aún presente, de algún modo desaparecerá, o al menos la población se olvidará de ella. De ahí la guerra a las mascarillas, que ayudan a limitar la pandemia, pero le recuerdan a la gente que el virus sigue suelto. Dicho de otra forma, Trump y sus aliados no quieren que llevemos mascarillas, pero sí quieren que nos pongamos anteojeras. ¿Cómo acabará este ejercicio de negación? Como decía, hay mucha incertidumbre en las proyecciones epidemiológicas. Trump y sus amigos podrían tener suerte; su insistencia en que deberíamos retomar la actividad normal podría no provocar un gran número de decesos. Pero seguramente los causará, porque la presión para reanudar la actividad se apoya en una base de terca ignorancia. El PIB es lo de menos; el cometido más esencial de cualquier líder es mantener viva a la población. Por desgracia, es un cometido que Trump no parece interesado en llevar a cabo.

* Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2020. Traducción News Clips

El País

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