No usamos el lenguaje, somos lenguaje

Por Rodolfo Alonso

Hace casi cuatro años que nuestro desdichado país se ve sometido a una desoladora prostitución del lenguaje que ha llegado, incluso, a superar las más nefastas proyecciones de George Orwell. Los para nada ingenuos lenguaraces del poder local, comenzando por su máxima figura, no por casualidad se empecinan en superarse compitiendo. Pero hay uno de ellos que casi se ha convertido en paradigma: Esteban Bullrich, que fue ministro de Educación, hace ya tiempo que supo burilar premonitoriamente esta cumbre razonada de la sinrazón: “Crear argentinos que sepan vivir en la incertidumbre y disfrutarla”.

Lo cual no deja de tener sus raíces. Desde un punto de vista cultural (si es que eso tiene todavía sentido), lo que aparenta haberse impuesto sobre el planeta, desde aquel denominado Primer Mundo, no es sólo la sociedad de consumo sino, por vía de los omnipotentes y seductores medios masivos de comunicación, una civilización del espectáculo, una seudocultura light, donde hasta el dolor más íntimo o la tragedia más flagrante terminan por volverse show. En ese contexto, me temo que sin percatarnos, se ha ido produciendo ante nosotros, en las últimas décadas, primero lentamente y luego en forma cada vez más acelerada, una verdadera y honda mutación cultural: la desaparición del lenguaje como centro de la civilización. Y esa visceral conmoción no se manifiesta tan sólo en los estratos más elevados, donde anida el poder, que ya no es sólo político-económico sino también corporativamente mediático-judicial y tan tecno-idolátrico como adicto-consumista. (Lo que se agrava en situaciones psicosociales como vivimos, que nos siguen arrullando con la seducción vendedora cuando toda compra se ha vuelto inalcanzable). Sino que ha alcanzado –aquella grave mutación cultural regresiva– a las fuentes de lo humano. Y me refiero a la devaluación más deletérea: la del lenguaje, que es el umbral irrenunciable de la condición humana. Porque, permítanme reiterarlo: no usamos el lenguaje, somos lenguaje.

Hoy, incluso en las grandes ciudades del mundo hiperdesarrollado, cada vez son menos los vocablos con que se maneja una persona. Y, por otro lado, ya no es por lo general el pueblo, una comunidad con su uso cotidiano el que renueva y da vida (como debería ser, como fue siempre), a un idioma, a una lengua.

Si, como resulta evidente, esa fuera la situación, por ejemplo la crisis actual de la poesía –que no es sólo de consumo o difusión sino de esencia y de apariencia–, no podría entenderse con claridad y hondura sino en función de esta violencia prácticamente universal sobre el lenguaje humano. Nunca, ni aun en los momentos más exquisitos, pudo haber una gran poesía que no tuviera siempre su raíz, así fuera secreta, en su contacto con una lengua viva. Es decir con un idioma orgánicamente hablado por un pueblo, orgánicamente empleado para su vida cotidiana por una comunidad. La crisis cada vez más aguda que va asediando a la poesía en sus aspectos estéticos y socioculturales, no es (intuyo) apenas el problema de un género literario o de un tipo de artista en particular. Tal cosa ya ocurrió antes, y hubo momentos de esplendor y otros de repliegue, hubo especies extinguidas y también rejuvenecimientos y hasta renacimientos. Pero nunca se había afectado de raíz, en sus mismos orígenes, al lenguaje humano como se lo está afectando.

Por eso, me pregunto: ¿no habrá llegado el momento de plantearse también una ecología del espíritu, de la condición humana? ¿No será precisamente a consecuencia de los mismos defectos de esta civilización llamada occidental, en la práctica apenas tecnolátrica y cosificada, que estamos enfocando los daños ecológicos que ella produce sólo en sus aspectos geográficos, económicos, materiales, y no consideramos cuánto le cuesta, qué precio ha tenido todo este maravilloso y a la vez devastador proceso, donde el conflicto no es por supuesto con la inventiva científico-técnica sino con su manipulación, en relación con el espíritu del hombre? ¿Qué poesía puede haber, entonces, si se secan las fuentes del lenguaje vivo? ¿Qué gran poesía puede haber si ya no es posible ni siquiera encontrarse con el silencio necesario, imprescindible?

(Y ante tan devastadora, desolada realidad, que siempre temo pueda resultar apocalíptica, debo confesar sin embargo que el desmentido más cabal –aunque por su excepcionalidad también le cabría acaso ser entendido como ratificación–, la mejor luz de consuelo, el más límpido indicio de esperanza con respecto al porvenir de la poesía no me llegó de los libros o del todavía llamado ambiente intelectual. Fue por boca de una legítima mujer del pueblo, la humilde y entrañable anciana noblemente indígena que cuidaba el baño de la Casona de los Siete Patios, destinada del todo a sus artesanos en uno de esos realmente pueblos mágicos de México, Pátzcuaro, cuando al preguntarle si no prefería trabajar ahí mismo pero en otro sitio me contestó, en un lenguaje tan caudaloso, límpido y rico que nunca olvidaré: “No, no lo haría, porque si trabajara allí me pondría sombreada y enojona”. ¿Cuántos autodenominados poetas de hoy, en todo el mundo, somos capaces de alcanzar semejante limpidez, semejante intensidad y tal hondura? ¿De alcanzar esa densidad, ese timbre, ese tono del lenguaje, que siempre fue de todos y de uno, único y general, íntimamente personal y a la vez, al mismo tiempo, ineludiblemente colectivo?)

Dentro de una perspectiva humanista, el mayor desafío para los intelectuales del siglo XXI será continuar siéndolo. Quienes sean capaces de reflexionar críticamente en medio de esta pesadilla de hipnótica banalidad universal van a resultar absolutamente imprescindibles. Por otro lado intuyo que, no sólo a los supuestos intelectuales sino, en realidad, a cualquier hombre conciente de su propia condición le va a ser ineludible enfrentarse con gravísimos problemas de supervivencia. Los límites al indómito poder financiero globalizado ya no serán exigidos por perspectivas de justicia económica, política o social, sino por elementales razones ecológicas: el planeta no lo soportará. Y las graves consecuencias ecológicas no se limitarán a la naturaleza, a nuestro hábitat, sino que ya están afectando –y desde hace mucho tiempo– a la misma condición humana. Una auténtica perspectiva ecológica no sólo deberá seguir tomando muy en cuenta los daños al planeta sino también, al mismo tiempo, el costo que todo ello ha tenido para nosotros, los seres humanos, en cuanto especie. Y en cuanto personas también, claro. ¿La poesía, que no es sino el lenguaje vivo, la lengua viva en su más alta expresión, podría ya no considerarse, sino resultar ajena a eso?

* Poeta, traductor, ensayista.

01/08/10 P/12

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