Noam Chomsky: «Si no conseguimos un Green New Deal, sucederá una desgracia»

El pensador norteamericano, voz de referencia de la izquierda en EE UU, pide un gran cambio de rumbo. Sostiene que la puesta en manos privadas de funciones públicas explica gran parte del desastre en la crisis del coronavirus.

Por Marta Peirano, Jaime Casal (vídeo)

El norteamericano Noam Chomsky (91 años) es el fundador de la lingüística contemporánea y el pensador crucial de la izquierda contemporánea. También es uno de los impulsores de la Internacional Progresista, la plataforma que reúne al The Sanders Institute, el Movimiento por la Democracia en Europa 2025 (DiEM25), representantes del sur global, India, África y Latinoamérica. Se lanzan en plena pandemia para bloquear una escalada de neoliberalismo y «abrir la puerta a alternativas progresistas que estén preocupadas con el bienestar de las personas y no por la acumulación de riqueza y poder». Nos citamos pantalla con pantalla.

PREGUNTA. ¿Se unen contra la «otra» Internacional?

RESPUESTA. Sí, la Internacional Reaccionaria liderada por la Casa Blanca, que incluye clones de Trump, como quien él llama «su dictador favorito», [Abdelfatá] al Sisi en Egipto, o los dictadores del golfo Pérsico. Israel es un punto clave que se ha escorado fuertemente a la derecha y sus relaciones con las dictaduras del Golfo están saliendo ahora a la luz. Más hacia Oriente tenemos a [Narendra] Modi en India, que está empleándose a fondo para acabar con los últimos coletazos de la democracia secular india, destruyendo Cachemira y los derechos de 200 millones de musulmanes; Bolsonaro en Brasil…


La entrevista con Noam Chomsky | Jaime Casal

P. Académicos como Peter Turchin, que estudian los grandes ciclos, dicen que se acaba uno gordo. ¿Podría ser el final del que abrieron Thatcher y Reagan?

R. Los ciclos históricos no están predeterminados, son resultado de las acciones de las personas. El periodo neoliberal se construyó destruyendo los movimientos obreros. Thatcher atacó a los mineros, Reagan aplastó las huelgas con esquiroles, algo que es ilegal. Pero como Reagan lo hizo, las empresas también gestionaron las huelgas y destruyeron los sindicatos importando ilegalmente trabajadores de fuera. Luego [Bill] Clinton inventó otro dispositivo para destruir el movimiento obrero. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte era un banner que decía: si seguís con esto nos llevamos la fábrica a México. La mitad de los esfuerzos sindicalistas fueron sofocados por esta táctica de propaganda.

P. ¿Cree que esta cuarentena podría ser el ensayo de una verdadera huelga general?

R. Ya estaba ocurriendo, incluso antes de la pandemia. En los últimos dos años hasta en EE UU ha habido un resurgimiento del poder de la huelga. Hasta los profesores de Estados conservadores no sindicalizados se manifestaron contra la destrucción de la enseñanza pública bajo los principios neoliberales; la pérdida de financiación, la masificación de las aulas, los programas basados en test diseñados para crear autómatas. Se manifestaron en Virginia, en Arizona, no solo para mejorar sus condiciones salariales sino para mejorar las condiciones de enseñanza. Y han conseguido un gran apoyo social, hasta en los Estados más reaccionarios. Luego hay industrias como General Motors. Hay una regeneración del movimiento obrero y de otros movimientos y no es marginal. Si no conseguimos alguna clase de Green New Deal [propuesta para transformar el sistema económico a través de una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero y la apuesta por la eficiencia energética] sucederá una desgracia.

R. Usted ha estudiado a fondo las tácticas de propaganda para influir a la población. ¿Cómo piensan [en la Internacional Progresista] gestionar esa cuestión?

R. Hablemos de cosas concretas. Por ejemplo, la pandemia. Si no hablamos de su causa, la siguiente será inevitable y será peor que la anterior, por culpa del calentamiento global. ¿Cuánta atención se ha dedicado a la raíz del problema? Así es un sistema de propaganda eficiente: ignora lo importante. No quieres que la gente tenga ideas peligrosas. No digo que sea deliberado, creo que es automático, el acto reflejo de permanecer dentro del marco de la doctrina establecida. Otro ejemplo. Una de las cosas que hace esta administración para desviar la atención de sus crímenes es buscar cabezas de turco. Las políticas de Trump han matado a cientos de miles de personas pero no quiere que se sepa, así que echa la culpa a otro. Culpa a China, a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y es buena estrategia porque sus fans no aprecian las organizaciones internacionales. Son nacionalistas, supremacistas blancos, no quieren extranjeros metiéndose en sus asuntos. Pero ¿qué pasa cuando dejas de apoyar a la OMS? Matas a gente en Yemen, la peor crisis humanitaria del mundo, donde envían médicos, material sanitario, etcétera. Y en África, un sitio aún más grande y lleno de enfermedades. Pero ¿qué medios explican que, para optimizar sus posibilidades de reelección, Trump está matando a innumerables personas? Así funciona la propaganda: no prestes atención a los verdaderos crímenes y lo que los motiva. Si cuentas los crímenes, pero no explicas las estructuras institucionales en los que se dan, la gente no entiende lo que pasa y los crímenes se repiten.

R. Cuando habla del origen de la pandemia, ¿se refiere a nuestra relación con los animales?

R. Eso es solo una parte. El caldo de cultivo de esta pandemia es el capitalismo exacerbado por el neoliberalismo. En 2003 hubo una enorme epidemia de coronavirus, muy similar al actual, que fue contenida. Los científicos advirtieron, igual que hacen ahora, de que vendría otra. Pero no basta con saberlo, hay que hacer algo. ¿Quién podía haber hecho algo? Las farmacéuticas, que estaban hinchadas de recursos por mecanismos neoliberales, estaban bloqueadas por el capitalismo. Prevenir algo que va a ocurrir en dos años no da beneficios. El Gobierno, que financia la mayor parte de la investigación con dinero público, laboratorios nacionales, instituciones y universidades, estaban bloqueados por el neoliberalismo, que dice que no existe la sociedad, que el Gobierno es el problema y que todo debe estar en manos privadas. Ese es el origen.

R. Lo mismo pasa con la crisis climática y Silicon Valley

R. Para acabar con la crisis hay que acabar con las emisiones. Hay pequeñas start-ups que desarrollan soluciones para hacerlo, pero necesitan apoyo financiero y el Gobierno no las financia, porque el Gobierno es el problema. Y no pueden conseguir inversión privada porque es mucho más lucrativo financiar a Apple para que ponga cositas nuevas al iPhone que algo que salve a la humanidad de la destrucción.

P. Es difícil llegar a las personas en momentos de ansiedad con un mensaje que parece más aburrido que las teorías de la conspiración.

R. Pues cuando teníamos organizaciones activistas de trabajadores, estos eran exactamente los temas centrales de discusión. Cuando yo era niño, en los años treinta, había mucho desempleo en las familias de clase trabajadora, pero teníamos acceso a una buena educación y gran oferta cultural a través de los sindicatos. Había reuniones educativas, recursos educativos, alta cultura, pero estas eran las cuestiones vitales porque queríamos vivir en una sociedad pacífica. Los movimientos obreros se destruyen para evitar estas cosas. Para dejar a la gente aislada y atomizada, mirando la pantalla a solas, sin interactuar con los demás.

P. Hace 20 años de la contracumbre de Seattle, en medio hubo el movimiento Occupy. ¿Por qué no acaba de cuajar el activismo de izquierdas?

R. No estoy de acuerdo. Sanders perdió las primarias porque las personas que apoyan mayoritariamente sus propuestas, que son los jóvenes, no salieron a votar. Y los otros dos grandes bloques, que son los afroamericanos y mujeres, creyeron que Sanders no sería capaz de derrotar a Trump bajo el ataque permanente de los medios y del Comité Democrático Nacional, que odia tanto a Sanders que ha preferido perder las elecciones que perder el partido. Estamos muy cerca de una victoria de la izquierda, pero esta guerra no se gana con un disparo.

P. ¿Qué le hace estar tan seguro?

R. Mira la lucha por los derechos de la mujer. No es como si alguien se levantara en 1965 y dijera vamos a lograr derechos para las mujeres. Es una larga lucha contra fuerzas poderosas. La abolición [de la esclavitud] llevó todavía más tiempo, la lucha por los derechos civiles es dura y brutal. El movimiento contra la guerra de los años sesenta fue atacado por los medios, era imposible llegar a las grandes cabeceras para hablar del tema. Pero se hizo fuerte y poderoso con sus propios medios de comunicación, como Rampart Magazine. No es fácil y nunca lo ha sido. No ocurre haciendo clic. El movimiento Sunrise ha puesto el Green New Deal sobre la mesa, igual que los activistas de los años sesenta y setenta atravesaron la barrera violenta y brutal del racismo. Y no era fácil. Te podían pegar, matar, podías ser brutalmente atacado por la policía. Pero lo atravesaron y consiguieron cosas. Así es como se hace. El poder no dice: toma, llévatelo.

P. Vemos de nuevo el uso del lenguaje para deshumanizar minorías y colectivos étnicos y religiosos. Como con la Caravana [de los migrantes latinoamericanos].

R. ¿Cómo lo trataría un medio independiente? Hay caravanas que vienen de Honduras. ¿Por qué Honduras? Hay un motivo: Honduras estuvo siempre bajo el control de un puñado de oligarcas y de empresas estadounidenses financiadas por el Gobierno. Pero hubo un movimiento de reforma, Manuel Zelaya ganó las elecciones y trató de trascender los aspectos represivos y brutales de la sociedad hondureña. Fue rápidamente expulsado por un golpe militar en 2009. Hubo protestas en todo el hemisferio occidental, con una excepción. Obama se negó a calificarlo de golpe militar porque, de haberlo hecho, tendría que dejar de enviar ayudas a la junta militar. Hubo unas elecciones fraudulentas que todos denunciaron salvo la administración Obama-Clinton. Mientras tanto, el país se convirtió en uno de los focos mundiales de asesinatos y masacres y la gente empezó a escapar en caravanas y se unieron personas de Guatemala que escapaban de la devastación que dejaron las guerras antiterroristas de Reagan. ¿Lees esta historia en algún periódico? ¿En EL PAÍS, en The New York Times? Eso es lo que hace el periodismo independiente.

P. Vamos a llevarlo al presente.

R. En EE UU, la mayor parte de las víctimas son ancianos en residencias. ¿Por qué mueren tantos allí? Porque las residencias se privatizaron durante la plaga neoliberal y quedaron en manos de fondos de inversión. Y esos hicieron lo que suelen, recortar por lo sano: servicios, personal, material. Pasa cualquier cosa y todo se desploma. Pero hay más. Hay un puñado de grandes empresas que gestionan la mayor parte de las residencias y su gestión ha sido alabada públicamente por Trump. Porque es uno de sus principales inversores. Ahí tienes un clan de empresas millonarias financiando al presidente más reaccionario de la historia de EE UU matando a personas en las residencias de ancianos. Pero se publica: gente muere en residencias de ancianos. El resto de las muertes que no son ancianos: son abrumadoramente pobres negros y latinos. ¿La ley de la naturaleza? No, es por la manera en la que están obligados a vivir y trabajar. Trump ordena mantener las cárnicas abiertas. América necesita filetes de solomillo. Las empacadoras tienen condiciones laborales terribles. No están vigiladas por las organizaciones gubernamentales de Salud y Seguridad de trabajo y consumo: el Gobierno es el problema. La gente pierde dedos y se muere. ¿Y quiénes se ven obligados a aceptar esos empleos? Negros, portoriqueños, latinos. Así que mucho coronavirus, muchos muertos.

El País

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