Noches de tango

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Edgardo Cozarinsky

Viviremos los dos el cuarto de hora
de la danza nostálgica y maligna.
[…] Placer de dioses, baile perverso,
el tango es rito y es religión.
FROILO y RANDLE, Danza maligna

Hacía tiempo que venía observándola. Al principio abiertamente, sin disimular mi fascinación ante ese rostro que parecía diseñado por un bisturí; furtivo luego: temía que la insistencia de mi mirada, aunque ella no pareciera advertirla, pudiese incomodarla.

Cuando la sacaban a bailar, en cambio, me sentía libre de admirar sin disimulo su figura alta y delgada, la elegancia displicente de sus movimientos, el porte de la cabeza sobre un cuello fino que el pelo rubio ceniza revelaba y ocultaba al mecerse al compás de la música. Pero era la cara, apenas corregida por el maquillaje, lo que atraía mi mirada: rasgos donde lo artificial rozaba lo monstruoso pero resultaba, imprevistamente, una suerte de bellezza medusea (Praz): ojos hundidos, que parecían haber sido abiertos en una piel donde no habían nacido, pómulos y arcos sobre las cejas demasiado fuertes, como esculpidos en materia indócil, labios de carne abultada aunque sin la sensualidad prometida por la cirugía cosmética.

La miraba beber lentamente su champagne. Ella no concedía mucha atención a quienes la rodeaban. La acompañaba, siempre, una muchacha joven, de facciones regulares y sonrisa tímida, irremediablemente desprovista de encanto, de ese atisbo de misterio que hace atractivas a muchas mujeres no bonitas. Recordé —un viejo lector de James nunca duerme— The Beldonald Holbein, el relato donde Lady Beldonald, belleza madura que se quiere astuta, procura realzar sus encantos menguantes haciéndose acompañar por una anciana arrugada, marcada por la desdicha. Sus amigos artistas, fascinados por ese rostro que parecería salido de un grabado de Holbein, solo tienen ojos para la acompañante y muy pronto la eligen como modelo. Lady Beldonald aprende la lección: en la siguiente temporada londinense se presenta en sociedad acompañada por una joven anodina, ni siquiera fea.

¿Acaso había llegado a una conclusión parecida el objeto de mi curiosidad?

Una noche estuvimos sentados ante mesas vecinas. Creí que sabía disimular mi curiosidad, pero en algún momento ella me sorprendió con los ojos clavados en la proeza quirúrgica que enmarcaba su pelo lacio, suelto.

No pareció molestarse; al contrario, esbozó una sonrisa.

—Usted me reconoció, ¿verdad?

Confuso, sorprendido en mi indiscreción, oí salir de mi boca, casi inmediata, una réplica oportuna de la que no me hubiese creído capaz.

—Sí, pero no me atrevía a pensar que fuera realmente usted.

La sonrisa se declaró y sentí que debía invitarla a bailar. Creo que el dj había elegido Vida mía por Fresedo. Resultó livianísima en mis brazos y resolvió sin esfuerzo ni reproche las indecisiones que yo, cohibido, no pude evitar. Fue el final de la tanda de tangos y volvimos a nuestras mesas. En ese momento un hombre se acercó a saludarla. Esa intrusión me permitió alejarme.

En la puerta me crucé con el Turco, mandíbula inquieta sobre boca desdentada, camisa hawaiana y canas ralas atadas en la nuca con una gomita. Le pregunté quién era la desconocida con quien había bailado.

—¿Cómo? ¿No te acordás?

Me resumió la breve pero no fulgurante carrera de Natalia Franz, «gatita» desvestida y acosada por cómicos ancianos u obesos en varias temporadas del teatro de revistas y de programas supuestamente humorísticos en la televisión. No parecía destinada a triunfos mejores y mayores cuando un accidente de motocicleta la desfiguró. Ocho visitas al quirófano en el espacio de dos años produjeron el milagro que había cautivado mi mirada: un rostro diseñado, no vivido, donde solo el resplandor de los ojos, hundidos pero alertas, demostraba la existencia de un ser vivo detrás de la máscara congelada, incorporada.

Para agradecerle al Turco el informe me vi obligado a comprarle un gramo. Lo acompañé al «Caballeros» para disimular una transacción que, nadie lo ignoraba, era la única razón de su presencia en la milonga. Entre la común y la que él denominó Gold elegí la primera, a mitad del precio de la segunda; la mala calidad del producto que el Turco distribuía no justificaba extravagancias, y por otra parte ya hacía dos años que yo no probaba. Una vez en la vereda, le regalé el «papelito» al cuidador de automóviles, improbable consumidor, posible revendedor.

Pocos días más tarde le conté el episodio a Flavia.

—Debe ser otra. Me acuerdo de la Franz. Murió en el quirófano hace años. No resistió a la anestesia.

La siguiente vez que la vi estaba bailando con un hombre de edad indefinida, el peluquín aplicado sobre los restos de pelo propio, teñidos estos de ese negro que delata por contraste la piel seca, surcada, de donde no podría crecer pelo tan lustroso, bien irrigado. La coquetería que acepto en las mujeres siempre me pareció patética en los hombres: reflejo sin duda de un sexismo arcaico. Me apresuro en contradecirme: patético en los hombres de cierta edad, donde el disimulo de los años guía la operación; en los jóvenes me divierten los mechones desparejos, teñidos de colores sintéticos y las incrustaciones metálicas en orejas o pómulos.

Fue la observación de ese viejo encubierto lo que me hizo atender a un aspecto del público que hasta ese momento no me había llamado la atención. La mayoría de las mujeres estaban pesadamente maquilladas, la cara cubierta por una costra colorida, el pelo inmovilizado en construcciones hieráticas o quemado en una confusión de minúsculos rizos. El exceso de rasgos exteriores de feminidad las hacía parecer travestis y no les confería, por cierto, ningún remedo de juventud. Muchos de los hombres habían extendido la tintura del pelo a las cejas y al bigote, abandonando la piel a una palidez casi mortuoria. Pensé en el tratamiento que las pompas fúnebres otorgan a los cadáveres en los Estados Unidos, un barnizado que lejos de simular un sueño beatífico sugiere las expresiones impávidas de los maniquíes de un museo de cera. Comparadas con esas caretas, las cirugías de Natalia Franz, me dije, pertenecían a otro ámbito: un artificio brutal pero también casi ascético. Podían atraparme la mirada, morbosa sin duda, mientras que estas criaturas me hacían desviarla bruscamente, sin dirección, como si temiera un contagio.

Pompas fúnebres… Creo que en el momento en que esas palabras vinieron a mi encuentro me asaltó un malestar indefinido, un miedo sin objeto. Salí a la calle, donde algunas parejas venerables fumaban los cigarrillos vedados en el interior. Fuera de la luz cómplice de la milonga, el alumbrado público subrayaba lo tosco de esas máscaras laboriosas. Una de las mujeres me sonrió sin abrir la boca, como quien no se atreve a revelar algún desastre dental; acaso, como el Turco, no confiaba en las bondades de una prótesis. Me alejé sin mirar hacia atrás, doblé en Acevedo, salí a Córdoba.

En aquel momento estaba desarrollando una idea sugerida por un amigo cineasta, con un guion por meta. Los chinos, me decía, no quieren morir fuera de su tierra; si eso ocurriera, el alma no hallaría reposo. Un grupo de ancianos chinos, al sentir acercarse el final de sus días, asocian sus humildes ahorros para pagar un barco que los llevará de San Francisco a Cantón o a Taipéi. (Un barco…, idea romántica, anacrónica. ¿Hoy no sería más fácil chartear un avión? San Francisco también me inspiraba dudas, con su Chinatown demasiado famoso. ¿Por qué no Lima?) El capitán y la tripulación los engañan, los abandonan en un puerto cualquiera, acaso Hawái. Al descubrir la superchería, algunos ancianos mueren en medio de la angustia. Un joven marino, que no ha sido cómplice de sus superiores, se erige en redentor del grupo y consigue unos puñados de tierra china simbólica, arrancados del jardín del consulado, para que apoyen sobre ellos la cabeza cuando sientan que llega el fin.

La idea me parecía atractiva, como suele atraerme todo lo irracional que guía la conducta humana, pero no le veía desarrollo cinematográfico para ese final, válido en un cuento pero al que sería difícil darle fuerza en la pantalla. Se me ocurrió proponerle a mi amigo cineasta una historia sin relación con China: la de unos ancianos milongueros, premiados al morir con una milonga fuera del tiempo, donde sobrevivirían indefinidamente, felices, consagrados al rito que observaron en vida. Más tarde iba a entender que la idea, si no había surgido de mis observaciones de Villa Crespo, al menos estaba alimentada por ellas. El final sería la comprensión, por parte de un observador que cree haber descubierto por azar esa milonga, de que también él ha muerto. Mi amigo no quedó convencido.

—¿Más mórbido no se te ocurre nada?

En todo caso, Natalia Franz estaba viva. Al día siguiente de haber bailado con ella su perfume tenue, floral, permanecía en mi mejilla derecha. Me pregunté cómo se la vería de día, fuera de esa pequeña milonga de luces tamizadas, color miel. Acaso no se expusiera a la luz del sol…, aunque hacía una semana que el sol estaba escondido detrás de nubes más o menos tenaces. ¿Dónde viviría? Su nombre, probable seudónimo, no aparecía en la guía telefónica. Me distraía, me entretenía con estas preguntas ociosas mientras postergaba la busca de un desenlace novelesco, visualmente intenso, para la idea de película propuesta por mi amigo.

Una noche volví sin entusiasmo, sin mucha confianza en la posibilidad de ver ese rostro fabricado, a la milonga de Villa Crespo. Me pareció reconocer el mismo elenco, u otro indistinguible. De pie ante el bar pasé un momento observando a los bailarines. A mi lado, el dj desdeñaba las ventajas de una laptop como la que en Canning había visto usar a Boggio; no había siquiera llegado a la cinta magnética: manipulaba con destreza asombrosa una serie de LP que alternaba sobre dos platos.

Busqué sin éxito a Natalia Franz entre la concurrencia. Ya estaba por irme, vencido, cuando la reconocí en la penumbra de un rincón, con su habitual, casi invisible compañera. No la había visto entrar y hubiese jurado que cuando un momento antes pasé la mirada por esa mesa nadie la ocupaba. Decidí un abordaje directo.

—Cuando bailamos la semana pasada su perfume me siguió durante varios días. No pude dejar de recordarla.
Es el de una flor… ¿Cuál?

Se rio bajito.

—Por culpa de ese perfume los amigos me llamaban Narda.

Bailamos La bordona por Troilo. En algún momento mi mirada, atenta a no tropezar con otras parejas en esa pista de pequeñas dimensiones, tropezó en cambio con nuestro reflejo en un espejo. Reconocí a Natalia Franz, o a la mujer que yo creía tal, pero el hombre que bailaba con ella me pareció una caricatura del que yo creía ser. ¿Era posible que estuviese tan avejentado, que mi silueta, poco elegante, lo sabía, fuera realmente tan ingrata? Desvié la mirada, como otra noche ante una sonrisa que me habían dirigido en la vereda. En la mesa del rincón en penumbras me pareció ver otra sonrisa, cómplice, apenas burlona, de la joven acompañante de Natalia, como si hubiese podido adivinar lo que yo sentía.

No sé con qué excusa abandoné esa milonga y me alejé de Villa Crespo. Llamé desde mi celular a Flavia y le conté una vez más lo que me había ocurrido.

—Tené cuidado, podés quedar preso de tu propia ficción. Me visto y te encuentro. Hoy es jueves, vamos a Niño Bien.

La esperé en la puerta del club leonés de la calle Humberto Primo, cuyo primer piso, hasta no hace muchos años, se animaba todos los jueves con una de mis milongas preferidas. Antes de que Flavia llegase, y me rescatara de lo que ella había llamado mi propia ficción, me dije que era mejor dar por terminados mis días de explorador. Ya no era tan joven como para deslumbrarme con fantasmas y arcanos. De ahora en adelante me limitaría a mis milongas preferidas, a bailar con amigas, a olvidarme de los misterios peligrosos y la mala literatura que acechan en calles poco iluminadas y minúsculas pistas. Si algo querían decirme, prefería ignorarlo hasta que llegase el momento en que ya no pudiese evitarlo.

Esa noche Flavia y yo hicimos el cierre.

 

Para Flavia Costa

(De: En el último trago nos vamos, Tusquets)

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