Lanata, el filósofo del kirchnerismo

Por Ezequiel Ivanis*

Hace algunos años se instauró la idea de que en nuestro país existía una “grieta”. Jorge Lanata, ex periodista y ex mercenario devenido en empresario inmobiliario, fue el filósofo divulgador de ese concepto. Desde los sectores populares y, también, desde los no-populares que dicen representar a esos sectores populares nos desgarrábamos las vestiduras tratando de revertir ese concepto, explicando que no había grieta, atacábamos a Lanata, prohibíamos esa palabra, nos esforzábamos por demostrar que gobernábamos para los 40 millones de argentinos y argentinas. Traicionábamos nuestro espíritu político. Y la oposición de ese entonces, hoy en el gobierno, perforaba con morbo y sadismo esa idea. Entonces hablaban de “consenso”, de “unir a los argentinos”, de acabar con el país dividido que había hecho pelear a familias enteras. Toda la oposición política y mediática, Beatriz Sarlo incluida, hablaban hace tan solo dos años de acabar con el conflicto y la tensión de una sociedad que se quebraba, que estaba a punto de un estallido o enfrentamiento entre los que estaban a ambos lados de la grieta, fenómeno provocado por el kirchnerismo, especialmente por Cristina Fernández de Kirchner.

Y en eso nos equivocamos, como en algunas otras cosas. Deberíamos haber recogido ese guante, hacernos del concepto “grieta” y profundizarlo, cristalizarlo aún más, generando una grieta de tal longitud que sea imposible saltar de un lado a otro dependiendo del contexto. Filosóficamente, para los intelectuales políticos que no se meten en política y les gusta hablar “en difícil”, se traduciría en generar un agonismo de tal magnitud entre un “nosotros” y un “ellos” que se constituya en una lucha democrática radicalizada donde un modelo de país obtiene la siempre contingente hegemonía simbólica, económica y política para desarrollar su proyecto político. Es decir, la lucha se da en un espacio común compartido (las reglas de la democracia liberal) entre un “nosotros” y un “ellos” (que difieren en cómo organizar ese espacio común). Para “ellos” es mantener el status de democracia liberal representativa, para “nosotros” transformarla en una democracia radicalizada, plural y agonística.

Ahora resulta que “ellos” dicen que no hay una reconciliación completa (lo dice Mauricio Macri en el inicio de las sesiones legislativas y lo dijo Beatriz Sarlo estos días), que ese “unir a los argentinos”, es unir a algunos argentinos contra otros (que seríamos “nosotros”) y que las políticas más eficaces de nuestro país se hicieron cuando estrictamente el país no estaba unido. Tan estúpidos fuimos.

Lo cierto es que la Alianza Cambiemos y todo su aparato mediático-cultural nos estigmatizaba por haber cristalizado esa des-unión del pueblo argentino y nosotros, por no detenernos a pensar, cedimos ante esa acusación. Y, aún peor, ahora “nosotros” nos damos cuenta que sí existe y que son “ellos” quienes desde el discurso la ocultan pero desde la práctica la profundizan.

Deberíamos habernos dado cuenta que en nuestro país la grieta es tan antigua como nuestra historia. Patria chica y patria grande. Unitarios y federales. Liberales y caudillos. Civilizados y bárbaros. Anti-yrigoyenistas y personalistas. Oligárquicos y peronistas. Elites y sectores populares. Dictadores y desaparecidos. Neoliberales y neodesarrollistas. Y llegamos al siglo XXI.

En este sentido, la grieta antikirchnerista y kirchneristas no es más que el epifenómeno de una formula universal e histórica que atraviesa nuestro país desde su formación. No hay grieta a partir del kirchnerismo, sino, tan solo, la cristalización carnal de su existencia que en muchos periodos ha sido cruelmente ocultada bajo un manto de supuesto consenso racional (al tiempo que millones de argentinos iban siendo excluidos).

Por lo tanto, la grieta actual no es más que la lucha por definir qué modelo de país queremos ser. Lucha que, en nuestro país, aún no ha encontrado un final. No hubo Guerra de Secesión que proclame un ganador. Todavía estamos ahí, entre joven y adulto, en una lucha por la identidad que es siempre conflictiva, con retrocesos enormes, con algunos avances.

La grieta de hoy es la actualización de dos modelos que han pugnado históricamente. Cambian los personajes, las formas de la política, el nombre del hecho, pero la sustancia es la misma. La sustancia, el contenido por el que se lucha no cambia, cambian los perjudicados y los que ganan.

En este sentido el proyecto de la Alianza Cambiemos no varía en cuanto al kirchnerismo. Hay ganadores, hay perdedores, hay transferencia de recursos, hay relato, hay miradas, integraciones, estigmatizados, dólares, hay Báez y Caputos, hay regulaciones, hay vueltos y pago de favores. La cuestión es definir quién gana o pierde, hacia dónde va la transferencia de recursos, qué relato de nosotros mismos construimos, a quién miramos, qué integración apoyamos, a quién estigmatizamos, quién paga el precio del dólar, a quién escondemos, qué regulamos.
En resumen, tenemos dos modelos antagónicos, irreconciliables. La única reconciliación que nos proponen es a través del consenso, de la anulación de la política, porque anular la grieta es anular la política. Para nosotros, los que estamos de este lado del abismo, junto a los federales, la patria grande, los caudillos, los bárbaros, los cabecitas negra, los desaparecidos, los gobiernos nacionales y populares, el consenso no es una opción. ¿Hubo consenso en nuestro país? Por supuesto que sí. En las épocas más nefastas, en épocas de pacificación. Durante el granero del mundo, particularmente durante el Unicato, en la década Infame, en el menemismo, hoy. Ese es el consenso de los pocos sobre los muchos que quedan en silencio y sufriendo en la exclusión. Ese consenso, esa anulación de la política es hoy el discurso que impera desde la alianza Cambiemos.

Hay dos modelos antagónicos que pugnan por imponerse, por lograr la hegemonía política y social de nuestro país. Aún no hay ganadores claros, aún no hay un proyecto de país impuesto para siempre. Solo momentos de victorias parciales, de idas y vueltas, de ganadores fugaces.

Estos dos modelos han aparecido con crudeza en el siglo XXI, y de manera descarnada mostraron horizontes de sentido contrapuestos. Hoy, hoy no es un indicador de tiempo solamente, hoy es corpóreo y se constituye en una arena de combate (dentro del marco democrático) donde batallan 200 años de historia y, por si fuera poco, el llanto y la risa de las futuras generaciones.

*Docente universitario y miembro del Centro de Estudios para el Desarrollo Nacional Atenea

 

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