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No, Gabriel. Hay varias conspiraciones en marcha

(Respuesta a la nota de Gabriel Martin)

Por Enrique Gil Ibarra


Iba a escribir que es triste tener que disentir fuertemente con compañeros, pero en realidad no es cierto. Es precisamente con los compañeros con los que se puede disentir, especialmente con aquellos cuya fidelidad indiscutible a un proyecto de país los justifica en sus posibles (y a veces inevitables) errores al analizar la realidad.

Existen desde siempre, dentro del movimiento peronista, por lo menos tres sectores: aquellos que reivindicamos históricamente las posiciones revolucionarias del gordo Cooke, de los programas de La Falda, Huerta Grande y la CGT de los Argentinos, la resistencia, y las luchas de las organizaciones populares de los 70. Otro, que se limita a repetir las veinte verdades peronistas y la consigna “ni yanquis ni marxistas”, para esconder su indiscutible predilección militante por el capitalismo “nacional”, la desigualdad de clases y su supina ignorancia (voluntaria, por cierto) de lo que verdaderamente significaba a mediados del siglo pasado la “tercera posición” de Perón. Son aquellos que “deciden” conscientemente ignorar estos sesenta años, negar que el peronismo pueda evolucionar con los tiempos y, contradiciendo a Perón sin haber leído sus libros, se sienten más peronistas que Evita, convirtiendo a la militante en una “santa” y a Perón en un boludo. Sin embargo, en sus tinieblas, la mayoría son honestos.  
 
Por último, están aquellos que no son, ni fueron, ni serán, otra cosa que chicha diluida con limonada (y azúcar), que siempre entendieron todo, que siempre supieron que su progreso personal pasaba por el movimiento popular, y que siempre tuvieron la inteligencia necesaria para, una vez muerto Perón, apropiarse de las banderas y hacerlas flamear indiscriminadamente hacia un lado y hacia el otro, porque simplemente su proyecto no pasa por las banderas, sino por el rédito personal que su ondear puede proporcionarles. Son los “progres” del movimiento. Liberales pero no mucho, zurdos pero no tanto, reaccionarios cuando conviene y capitalistas siempre.

La nota de Gabriel Marín, indudablemente un compañero, aunque muy convincentemente escrita, adolece lamentablemente de un defecto central: culpa al enemigo por ser enemigo.

Destacando una correcta crítica del “posibilismo”, Gabriel se pierde en minucias devaluatorias del gobierno “Kirchnerista”. No estamos afirmando que el “Tren Bala” esté bien. Desde luego es una estafa moral al pueblo argentino. Y digo estafa moral porque si esa misma plata se hubiese destinado a la recuperación del ferrocarril patagónico, yo hubiera aplaudido. Lo que me parece que Gabriel no ve es que aquí no se trata de una cuestión de dinero. En un país capitalista el despilfarro y el negociado son inevitables (y esperables), sea quien fuere el gobernante, con o sin su anuencia.

El error principal de Gabriel es “suponer” que un gobierno con los orígenes del actual, podría actuar de otra manera. Por consiguiente, su crítica es inconducente porque comete el mismo error que cometimos los militantes de la “izquierda peronista” en los 70: tiramos la “culpa” afuera.

Gabriel denosta a los Kirchner porque pretende que adopten una posición revolucionaria que no tienen ni desean tener. No es su proyecto. El proyecto de los Kirchner es, y todos nosotros lo supimos siempre, una “democracia” dentro de un “capitalismo humanizado” que ellos creen posible y nosotros no.

Así como en los 70 el Roby Santucho consideraba a Perón “el jefe de la contrarrevolución”, y muchos compañeros peronistas de izquierda terminaron comprando esa definición errónea, hoy algunos compañeros del peronismo revolucionario asumen a Kirchner con similar caracterización, olvidando dos cosas: a) la derrota nunca es culpa del enemigo; b) la contrarrevolución existe porque la revolución no existe.

Por supuesto, el otro error es el ideológico. Para usar la frase de Gabriel, desde luego que sí existen contradicciones entre los proyectos neoliberales imperialistas y un gobierno “progrepopulista”. Seguramente no son “contradicciones principales”, sino secundarias, pero sin duda las hay.

Lo contrario significa afirmar subrepticiamente que esta democracia sumamente imperfecta es comparable a las dictaduras que hemos conocido, y eso es simplemente un disparate.

Pienso que la limitación evidente de un pensamiento maniqueo reside la mayoría de las veces en la impotencia. Cuando un sector social no logra modificar la realidad a su gusto, los individuos que lo integran tienden a trasladar –como decía arriba- la culpa afuera. Lo contrario exigiría preguntarse porqué los planteos que defendemos no prenden en el sector social que pretendemos representar, y asumir por consiguiente una incompetencia profunda y reiterativa para la construcción de poder.

Por supuesto, para lograr asumir esto hay que saber, definitiva e irrevocablemente, “de qué lado se está”. En la lucha de clases, no hay opciones dudosas: se está con el pueblo o contra él. Esto implica también aceptar y comprender las decisiones populares, aunque nuestra individualidad no las comparta. La construcción de poder popular tiene que ver con esa aceptación e integración colectiva, no con las pretensiones “revolucionarias” (y teóricas) que nos empujan a definiciones que sólo nosotros estamos en condiciones de aprobar, aunque no de impulsar para convertirlas en prácticas superadoras.

Con la misma necedad que a veces (como actualmente en el conflicto con sectores agrarios) se les endilga (justamente) a los Kirchner, Gabriel “denuncia” una conspiración desde el gobierno para “traicionar” al pueblo. Se equivoca porque esa “conspiración” no existe. Kirchner nunca dijo que quería una “patria socialista”. Cristina tampoco. Y, si vamos al caso, tampoco el pueblo argentino. ¿Es culpa de Kirchner? ¿Es culpa del pueblo?

La responsabilidad de la construcción del poder popular que pueda hacer realidad una revolución no recae en los gobernantes, aunque a muchos “intelectuales revolucionarios” los justificaría si así fuera.

Los peronistas no somos kirchneristas, como no fuimos duhaldistas, ni menemistas, ni vandoristas. Eso significaría abandonar nuestro proyecto de país. Pero los compañeros que evalúan ahora, desde una supuesta posición “revolucionaria” del peronismo que deben ser “antikirchneristas” a como de lugar, no hacen otra cosa que brindar espacio a Macri, a Lilita y a la Sociedad Rural. Basta observar quiénes concuerdan con su posición: la ultra derecha peronista y no peronista utiliza sus mismos argumentos, idénticas descalificaciones, similares pronósticos, análogas “esperanzas” de que esto se acabe.

Para quien tenga dudas, no alcanza con una economía “neoliberal” para configurar una dictadura. Critiquen la economía cuando critiquen al sistema, porque es el sistema nuestra contradicción principal, y no un gobernante coyuntural que, aunque les pese, fue elegido por el pueblo que integramos y al que sin duda debemos criticar, pero subordinando esa crítica a los intereses populares frente a otras alternativas.

De lo contrario, no estarán haciendo otra cosa que repetir nuestra propia historia de los 70, cuando decidimos que venceríamos en una guerra imposible que el pueblo no comprendió. No confundamos el pan con el circo. Sólo los intelectuales de clase media piensan que el pan no es importante.

Enrique Gil Ibarra
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