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"Dueños" del "campo" ¿son dueños del campo?

Por Mario Rabey

Hace un mes y medio o dos, hemos venido a re-descubrir que en la Argentina hay "campo", y que tiene dueños, según los títulos de propiedad. Y que los "dueños del campo" son realmente poderosos. Son lo suficientemente poderosos como para desabastecer al pueblo, sumir en la subalimentación temporaria a más de un millón de pibes en comedores escolares, poner en grave riesgo la salud de decenas de miles de internados en hospitales públicos, perturbar el trabajo honesto de centenares de miles de habitantes de la Argentina (y de alguno que otro país vecino, incluyendo muchísimos camioneros varados en las rutas).

Tienen poder como para decirle a un gobierno electo según la Constitución Nacional que debe cambiar medidas de gobierno tomadas en el ejercicio de sus atribuciones.  

Tienen entonces poder como para decir: somos gobierno y para ejercerlo, ejercitaremos todas las formas de presión que estimemos convenientes. Por supuesto, esta es una situación impresionante. La oligarquía está ahí, en la más clásica acepción de la palabra, tal cual la aprendí cuando estudiaba Historia Antigua en primer año del Colegio Secundario.

No voy a avanzar más en este aspecto de la situación, sobre el cual ya se ha escrito mucho y muy bien durante las últimas semanas.

Voy a comentar otro aspecto de la cuestión, que queda habitualmente a oscuras, pese a su también impresionante magnitud e importancia. Me refiero a la legalidad y legitimidad de la propiedad sobre la tierra en Argentina.

Hace 500 años no había Argentina en Argentina .... ni siquiera había europeos. Las llanuras templadas estaban habitadas por escasísimos cazadores nómadas. Que cazaban principalmente guanacos y una variedad de presas menores.

Hace 400 años, un puñado de "ciudades" (aldeas en cuadrícula con cabildo e iglesia) marcaban la presencia del imperio español ... y se ocupaban de explotar a los indígenas cultivadores que habitaban en las tierras áridas culturalizadas (entre otras formas, a través de sofisticados sistemas de riego) por sus antepasados, en el hoy noroeste argentino. En la región de llanuras templadas, una aldea menor, Buenos Aires, también con Cabildo e Iglesia, hacía de puerto: principalmente para el contrabando. En las inmensas llanuras, las vacas y caballos que se habían escapado a los españoles invasores, se estaban "acimarronando", y reproduciendo muy rápidamente.

Hace 300 años, las "ciudades" seguían siendo aldeas, los indígenas del noroeste seguían siendo explotados y Buenos Aires seguía contrabandeando. En las llanuras, ya había una inmensa cantidad de vacunos y equinos "cimarrones" (asilvestrados), que funcionaban como fauna silvestre y atraían a pobladores de toda la región. Atraían a los propios indígenas originarios, a los tehuelche (gününa kenna) de la Patagonia y a los mapuche del otro lado de la cordillera, que se escapaban de la dominación y explotación colonial, abandonando su antigua y sofisticada cultura agrícola. También se agregaba una numerosa población mestiza, autodefinida como "cristiana": los "gauchos". Todos, convertidos en capturadores de equinos (para montar) y cazadores de vacunos, para obtener sus cueros y venderlos, con destino al mercado mundial.

Hace 200 años, Buenos Aires ya era la capital de un Virreinato, pomposo nombre para una entidad administrativa que controlaba un territorio muy vasto. Pero era un territorio muy escasamente poblado, con dos excepciones: (1) la región andina, incluyendo el hoy noroeste Argentino y la actual Bolivia; (2) el oriente de Paraguay. Estas dos regiones estaban habitadas entonces (y el mundo andino todavía lo está) por industriosas poblaciones indígenas, con la paraguaya en rápida mestización, conservando su lengua madre -el guaraní-, hasta ahora. Una gigantesca porción del Virreinato, integrada por la casi totalidad de la región pampeana, toda la Patagonia y todo el Gran Chaco estaba en manos de indígenas principalmente cazadores y recolectores, y completamente al margen de la administración estatal. Tanto en el Gran Chaco como en Pampa-Patagonia, se estaban conformando importantes jefaturas étnicas. En las planicies cercanas a Buenos Aires, hasta el río Salado, se habían formado unas llamadas "estancias", donde el ganado cimarrón era manejado en rodeos que permitían luego su arreo hasta "mataderos" ubicados en diversos lugares, donde los animales eran sacrificados, se separaba el cuero de la carne. El primero se enviaba a la exportación, someramente curtido. La carne era procesada en "saladeros", convirtiéndola en "charqui" o "tasajo", destinado a la exportación hacia los países que manejaban mano de obra esclava, a la cual se proveía de proteínas a través de este recurso abundante y barato. La mayor parte de la tierra, en todo el territorio virreinal, pertenecía a la Corona española. La revolución independentista sudamericana, en pocos años tuvo como consecuencia la conformación de nuevos Estados Nación independientes, que heredaron la propiedad de la Corona española sobre la tierra.

Hace 100 años, la tierra había dejado de ser propiedad del Estado. Se había privatizado. ¿Cómo? Principalmente a través del regalo. Sí: del regalo. La tierra más fértil de América del Sur se convirtió en propiedad privada a través del regalo, en su mayoría de grandes extensiones. ¿Quienes la regalaron? Obviamente, los funcionarios del Estado. ¿A quienes la regalaron?: a ellos mismos, a sus parientes, y a otros que compartieron los beneficios con los regalantes.

Esta muy breve secuencia, cuyos hecho fundamentales se produjeron hace poco más de cien años, narra de una forma esquemática el origen de la propiedad privada sobre la tierra en las planicies húmedas, templadas, súper fértiles de la región pampeana y chaqueña. En el "área núcleo" de la patria sojera.

Los dueños actuales son en parte herederos de aquellos dueños originales que se habían apoderado de la propiedad común, primero exterminando a sus habitantes originarios, y luego apoderándose unos pocos del control del Estado y del reparto de las tierras. Otros son el resultado de sucesivas ventas de propiedades y sus fracciones.

¿Por qué entonces debemos admitir que estos "dueños" del "campo" asuman la atribución de decidir qué hacen con esos campos, su producción y su extraordinaria renta actual?

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