Los
30 años de la revista AyeshaJulio no escribía pero hacía dibujos sin pretensión de dedicarse al arte. Y tal vez por eso su trabajo en el proyecto Ayesha fue el más auténticamente desinterasado de todos quienes lo iniciamos: él dibujó casi a mano alzada el isotipo de la revista (un perfil de mujer con aires de cómic que siempre me gustó, y que buscaba simbolizar justamente el perfil de la sacerdotisa creada por Sir Henry Rider Haggard en su saga homónima); él ilustró las primeras notas periodísticas que yo escribí en mi vida (un artículo sobre literatura infantil y un reportaje a Silvina Bullrich, en el que además participó); y asumió además las dificultades concretas de salir a vender una revista de estudiantes secundarios entre los comerciantes del barrio, y también la de promocionarla, claro, entre las deliciosas chicas con polleritas tableadas escocesas del colegio Jesús María y también frente a las de guardapolvo blanco del comercial Bermejo, porque ellas eran en realidad nuestro público deseado (algo de lo que nunca me curé, me temo, y supongo que por eso ahora escribo tantos largos poemas laudatorios sobre las polleritas de las colegialas). En el colegio conseguimos que nos dieran un aula con llave propia para que funcionara la redacción, que enseguida capitalizamos como lugar de escondite para los que necesitaban escaparse de alguna prueba.
La prima de mi tío, Claudia Hodara, que gustaba
de la escultura, de J.D.Salinger y de Truman Capote, me pasó un sobre lleno de
materiales que había quedado en las oficinas de otra número uno, y así empezamos
publicando los cuentos que nos había regalado quienes se llamaban, justamente,
El Cuento, y de ellos tomamos como una posta no sólo la idea de difundir a los
inéditos sino también los servicios de la empresita de “composición en frío” con
la que haríamos la nuestra, la diagramación a tres columnas y hasta la idea de
consignar en una última hoja, con un recuadro a media americana, cuáles habían
sido los Trabajos Recibidos (subdivididos escuetamente en narrativa y poesía).
Al frente de esa revista estaba un escritor y periodista que por entonces
firmaba Mario Stilman, quien luego escribió una novela urbana delgada y
promisoria, y que actualmente edita el suplemento de turismo y viajes del diario
Clarín utilizando su segundo nombre, Alejandro.
Entre los textos que nos llegaron de ese origen y que aprobamos rápidamente
figuraba un cuento titulado Lucas Torres, de una muy joven escritora de
ascendencia irlandesa llamada Gloria Kehoe Wilson, quien a pesar de haber sido
premiada en varios concursos importantes (incluso uno organizado por la
oficialista, militarista Editorial Atlántida para su revista Para Tí) cuando
nosotros la leímos ya había sido secuestrada del departamento donde vivía con su
pareja, un cuadro por lo que me enteré hace poco de segunda o tercera línea del
ERP, en un operativo a plena luz del día, y no se supo nada más de ella hasta
que empezaron a aparecer las primeras listas de detenidos-desaparecidos, donde
figuraba, unos tres años después.
En el número uno también apareció el primer dibujo público que Guillermo Kuitca
publicó en una revista. Hoy las obras de Guillermo se encuentran en el Museo de
Arte Moderno de Nueva York (MOMA), en el Museo Nacional de Bellas Artes, en el
MALBA y en las principales galerías internacionales. Es el artista argentino
vivo mejor cotizado de la historia de la pintura de este país. La incidencia de
Kuitca sobre la revista de los años 70 fue decisiva. Pero antes de ser famoso
era un artista que simplemente dibujaba, como por ejemplo un león hecho en
plumín, o tal vez birome bic, negra, alternativamente presentado con la boca
abierta y cerrada, de larga melena, que ilustró el cuento “El león”, de José
Luis Costanzo, un pibe que iba al colegio con nosotros y cuya cara
lamentablemente no recuerdo. Con Guillermo compartíamos el aula del colegio pero
él se sentaba en la fila de bancos dobles opuesta, junto a la ventana; una
tarde, en su cuarto de la casa de sus padres donde había toda clase de adornos
rarísimos, además de una vista fascinante al cementerio de la Recoleta,
discutimos durante varias horas qué nombre íbamos a darle a nuestra revista: “La
ciruela pasa”, uno que también me gustaba a mí, fue desechado casi de inmediato,
y entonces quedó el de Ayesha que después, cuando cerramos, a Guillermo le
resultó un tanto, tal vez, demasiado caprichoso.
En ese aula también estaban Fernando de Gregorio y Eduardo De Simone, por
nombrar a dos de los estudiantes que también se interesaron en la cosa cuando
todavía éramos la Nacional 2, que así le pusimos antes de que la Cooperadora nos
quitase su apoyo inicial. Nuestra número uno se llamó Ayesha en recuerdo de una
novela de H.Ridder Haggard que mi madre me había sugerido leer, y desde el
subtítulo, Literatura novel, quedó claro que lo nuestro iba a ser estrictamente
literario por más que también hubiera ilustraciones y arte de tapa. Justamente
en la tapa publicamos un bonito dibujo simétrico de Pablo Mourier que
representaba a un arlequín con la cabeza cortada en la mano, sentado con las
piernas muy abiertas y estiradas sobre una suerte de tablero de ajedrez en cuyo
fondo, muy al fondo, se veían diminutas cúpulas y torres de una fortaleza o
ciudad. Bajo el seudónimo Blopa, desde hace años Pablo Mourier publica en el
suplemento agrícola de los sábados del diario Clarín una tira de humor que algún
día va a ser tenida en cuenta por el mundo de las artes plásticas porque es
modestamente genial, protagonizada por una vaca periodista, Flora, que a veces
me hace pensar en la mujer sentada de Copi.
Para anunciar el lanzamiento de Ayesha, en mayo de 1978 pinté con engrudo casero
todo el largo y el alto de las pantallas publicitarias y las paredes y los
postes de luz y los semáforos en las cinco cuadras de la avenida Corrientes,
desde Callao al obelisco y desde el obelisco a Callao, y sobre el pegote
agrumado de esa mezcla pegué un centenar de afiches tamaño carta en los que
ofrecíamos un espacio de difusión para los autores inéditos: “¿Alguna vez
publicaron lo que escribiste? Para vos creamos Ayesha”. Lo hice durante apenas
una tarde llevando el engrudo en unas latas de Nesquik fuera de uso, con la
ayuda de mi mejor amigo de la primaria, Rafael Garrido, en lo que ahora supongo
fue una despedida definitiva -y a la luz de las cosas que pasaban en esos
momentos quizás algo arriesgada- de la niñez.
En los interminables meses que duró ese año de torturados secretos y festejos
futbolísticos masivos publicamos tres números más, los suficientes como para
hacernos sentir el artículo de Onetti, cuando se publicó en febrero del año
siguiente, como una verdadera afrenta; ahora prefiero considerar ese texto como
una provocación publicada inoportunamente, aunque en lo personal me hizo tomarle
una inicial aversión a su obra impecable, retorcida y escéptica, hasta bien
pasados los veintipico. Porque el hecho cierto es que nosotros no éramos los
únicos que en la Argentina de la dictadura militar estábamos publicando, bueno,
una número uno con ambiciones de larga subsistencia.
Por los kioscos y librerías de la Avenida Corrientes circulaban alternativamente
alrededor de doscientas publicaciones como la nuestra; se llamaban en general
prensa underground, pero entre ellas también había algunas con mucho nivel
literario. “El ornitorrinco”, segunda época de “El escarabajo de oro” que había
editado y reeditaba con ese nuevo nombre Abelardo Castillo, junto a la muy joven
Liliana Heker, por ejemplo, me provocaba admiración y respeto: lo que más
intriga me producía era saber de dónde obtenían ellos cuentos tan buenos, sobre
todo de autores norteamericanos. Otra publicación señera en esos años fue “Punto
de Vista”, dirigida por la crítica literaria Beatriz Sarlo: impenetrable y
áspera para mis conocimientos, era la lectura obligatoria que debía manejar
quien quisiera conocer los códigos que se administraban para escalar ciertas
cimas del reconocimiento intelectual. Comento esto tratando de ser fiel a la
candidez de mi mirada de entonces; pero con el tiempo entendí que muchos de los
códigos que a mí me resultaban crípticos eran en realidad modos de referirse a
la densa realidad de un modo alusivo y por analogía.
El punto es que varios meses antes de que apareciera el artículo de Onetti
nosotros ya habíamos publicado nuestro segundo número. En julio de 1978,
deseosos de consignar en nuestras páginas los debates culturales de la época,
publicamos un cuento del periodista Orlando Barone, que el año anterior había
entrevistado en forma conjunta a Jorge Luis Borges y a Ernesto Sábato para un
libro al que le dedicamos las dos páginas centrales de las dieciseis que hicimos
imprimir en la número uno, con caricaturas de esos dos próceres hechas por
Mourier. También le dimos cabida en el segundo número al escritor joven -y
además periodista- más reconocido del momento, el turco Jorge Asís, quien según
el parecer mayoritario vertido por los escritores argentinos en una encuesta
realizada por el suplemento literario del diario La Opinión era, a los treinta y
dos años, el valor literario más prometedor de las nuevas generaciones. Publicar
ese reportaje a un personaje polémico nos trajo la pérdida definitiva del poco
apoyo que nos quedaba por parte de la cooperadora del colegio cuyo rector, el
hermano del escritor Abelardo Arias, estaba en esos días jaqueado por la
inminencia de una intervención dispuesta por los militares.
En el número tres, del mes de setiembre, entrevistamos a Abelardo Arias para
sanear los brulotes de Asís. Y aunque el autor de “Alamos talados” me cayó muy
simpático, lo mismo que su libro, que me hizo sentir nostalgia por lugares
desconocidos, ese día aprendí que el periodismo también puede llegar a ser una
forma de la alcahuetería. Afortunadamente seguimos publicando a los inéditos,
que ya a esa altura (quizás por la experiencia vivida) nos interesaba fomentar
más allá de la edad o las cucardas literarias que tuvieran: así apareció el
primer cuento de un escritor llamado Gustavo Nielsen, cuyos mecanismos
narrativos y temáticos (si mal no recuerdo, la sistemática crueldad de un niño
asesinando palomas con su rifle de aire comprimido) iban a anticipar los gestos
de toda su poética posterior; que en ese momento tuviera quince años es quizá
otra prueba de la importancia de las número uno.
Hacia fin de ese año la dictadura prohibió la circulación en todo el país de un
libro de Mario Vargas Llosa, “La tía Julia y el escribidor”, y de “Nuestros
muchachos”, de Alvaro Yunque; la razón ostentada de la prohibición del primero
fue una frase de doble sentido en la que el protagonista le decía a una
jovencita, que no creo llevara uniforme de colegio, lo mucho que le gustaría
“cultivar los limones de su huerto”; hace poco me enteré de que también pesó en
la censura unos comentarios burlones sobre el “ser nacional”, que era la
muletilla preferida de los dictadores que gobernaban el país. Nos sentimos en la
obligación de decir algo al respecto y en el número cuatro salimos con un
editorial, Los libros prohibidos, que no eludía el desafío de preguntar los
porqué de esa censura y anunciar una indagación periodística al respecto para el
número siguiente. Ese número fue el primero de los cuatro que publicamos con
tapa de Guillermo Kuitca: la estremecedora imagen de una cabeza derruida en la
que los músculos a flor de piel del cuello y los huecos de las órbitas
representaban, lejos creo de toda metáfora romántica, los horrores surrealistas
de ese presente.
Gracias a la investigación periodística que hice para aquel artículo vi por
primera vez dibujos eróticos chinos en un libro de arte. Me los mostró un hombre
pelado que sacó un ejemplar de tapas duras y papel increíblemente brilloso y
colorido de una gaveta donde apilaban todos los libros prohibidos. Su intención
fue encontrar en mí consenso para justificar la decisión de quitarlo de
circulación para proteger a los menores de edad y yo, que todavía tenía
dieciseis años, me callé la boca y sentí el gusto de tener una erección en una
oficina pública. Paradójicamente, la investigación anunciada en diciembre fue
reemplazada, en la entrega de marzo del año 79 por un reportaje de último
momento, a Vinicius de Moraes. Los resultados de la investigación revelaban el
modo y el lugar de trabajo de los miembros de la Comisión de Moralidad de la
Municipalidad, que funcionaba en el primer piso del Centro Cultural San Martín
pero ante el temor a una represalia inefable, preferimos autocensurarnos. Para
acceder a esa oficinita yo de hecho le había escrito una carta al Ministro del
Interior, el general Albano Harguindeguy. Y sin embargo el número contó con un
escrito intenso en el que por primera vez editamos en clave, casi
involuntariamente, un texto referido elípticamente al represivo estado de las
cosas de la cultura argentina bajo el poder militar: la primera de dos entregas
de Poesía española después de la guerra civil, escritas por el poeta Horacio
Sacco.
Sacco y Horacio Pérez del Cerro surgieron entre los colaboradores que nos hacían
llegar sus trabajos por correo postal. Junto a los poetas Susana Chevasco y
Mario Morales ellos habían fundado un grupo literario en un barrio del sur del
Gran Buenos Aires y leían a Cesar Vallejo. Sacco es hoy editor del colectivo de
cultura popular rioplatense www.elortiba.org, página rankeada entre las 100.000
más vistas del mundo, según el contador internacional Alexa. Nombres de autores
desconocidos iban alentando la posibilidad de persistir a pesar de los
inconvenientes: por ejemplo Liliana Lukin, de quien reprodujimos poemas de su
libro inaugural “Abracadabra”, que hoy le dá vergüenza haber escrito, o Leopoldo
Brizuela, cuyo extraño y también para él hoy en día vergozante cuento “Ernestina
y su espejo” figuraba entre los trabajos recibidos y lamentablemente quedó sin
editar. Curiosamente, cuando alguien me pregunta si nosotros hacíamos todo ese
trabajo de edición a conciencia termino siempre respondiendo que no. Y es
cierto. No había en nuestras charlas de sumario -que más bien eran largas
conversaciones telefónicas entre Guillermo y yo- evaluaciones políticas sobre el
impacto de tales o cuales temas. Salvo en cuanto a materiales explícitos como el
de la nota autocensurada, no se hablaba entre nosotros de utilizar la literatura
como ariete para refrendar o criticar a lo real. Esto simplemente ocurría. Como
por ósmosis, la sola existencia de una publicación como la nuestra habilitaba en
los colaboradores espontáneos la idea de que ahí existía un canal de expresión.
Y fue tal vez con esa intencionalidad no intencional que en el número 6,
penúltimo de la serie, los contenidos cuajaron en una suma de textos que hoy,
leídos a la distancia, parecen haber sido puestos ahí con vocación testimonial.
En la sección “Pequeñeces”, creada para dar lugar a los autores cuando sólo
encontrábamos un fragmento que nos gustaba de lo que habían escrito, apareció
una breve obra maestra de la alusión política breve, esto ahora se llama
microrelatos, y que en este caso encontré en un diario cultural de la
colectividad alemana traducido al castellano. Decía así: “Nos regocijamos
previamente con su miedo, le sometimos a pánico de muerte antes de caer sobre
él. Sentíamos placer cuando nuestras víctimas padecían miedo. Era una increíble
sensación de placer oír los gritos de terror de las gentes… vi la sangre que
goteaba de sus manos. El ansia se apoderó de mí. No me podía contener ya por más
tiempo, me abalancé sobre el hombre y chupé el rojo líquido vital con mi oscura
trompa. Muy cerca de mi cabeza gritaba el hombre. Esto coronó mi placer”.
¿Qué nos había gustado de ese texto?
En verdad, sólo la metáfora del mosquito como personificación de la maldad del
hombre, que en general es así así cómo funciona el gusto -fascinado con ironías
fáciles- cuando se es adolescente. Pero también estuvo en el número 6 el cuento
La otra resurrección, firmado entonces en forma prácticamente anónima por un,
decía, estudiante de psicología de veinticuatro años apodado Raúl Miguel, que
era en realidad Aldo Becce, y cuya trayectoria literaria se me escapa, como la
de muchos otros. En ese cuento la muerte, la delación y la desaparición de
cadáveres se presentaba desde el primer párrafo. Y también publicamos en el
número 6 los primeros, bellísismos poemas de Víctor Redondo, quien a los
veinticinco años, en 1979, venía de ser premiado en España con su libro
Homenajes, una de cuyas versiones todavía conservo en el mismo papel fotocapiado,
abrochado y titulado con marcador, que por entonces él hacía circular entre los
conocidos y amigos.
En 1980 editamos el número 7 anunciando que ése era el último. En el editorial
final, que se llamó A modo de despedida, hicimos un balance en común de la
trayectoria del proyecto y explicamos las razones del cierre. Guillermo pidió
que, visto que la revista no salía más, salieran los lectores, y se fue a
continuación a dar la vuelta al mundo con la obra que recién entonces empezó a
ser Su obra. Yo anuncié que íbamos a volver tarde o temprano y me siento
orgulloso de decir que cumplí con mi palabra: desde diciembre de 2001 la vieja
Ayesha Literatura de papel (celcote ilustración) se ha convertido en el portal,
agencia literaria y editorial de bajas tiradas www.ayeshalibros.com.ar. Seguimos
difundiendo autores desconocidos y los editamos en formato electrónico: más de
cien creadores fueron publicados en este nuevo soporte. Si las cuentas cierran,
es decir si conseguimos el dinero necesario, de donde sea o como se pueda,
también publicamos en papel (ahuesado) bajo el sello Ayesha Literatura
Ediciones: ya llevamos como diez.
Por obra y gracia de Internet el espíritu de la revista se convirtió después de
mucho esfuerzo en una Asociación Civil que llamamos, claro, Ayesha Libros Arte y
Cultura. Así que ahora tenemos una sigla nueva que suena como a una línea aérea
venezolana: ALAC. El objetivo sigue siendo fomentar y difundir, más allá de la
posibilidad siempre soñada de volver a editar una publicación en papel, la
cultura y el arte de todas las maneras que están a nuestro alcance: ciclos de
lecturas, más ediciones en rústica de bajas tiradas y por supuesto una presencia
continua en Internet, que sin duda hoy es el espacio de libertad por antonomasia
para las estéticas tenues, las ofertas de vanguardia o las voces marginadas. Lo
que nos alienta tres décadas después es el desafío de seguir apoyando las obras
de los creadores emergentes tanto como las de aquellos que, habiendo obtenido
reconocimiento, se encuentren en la periferia del sistema. Dicho con otras
palabras, es la misma fe en el poder de la imaginación que renacía con cada
cosecha (pero H. Ridder Haggard lo cuenta mejor) encarnado en la belleza de la
inmortal Ayesha, sacerdotisa de Isis e hija de la Sabiduría.
Quizá viene a cuento para terminar simplemente decir que hubo varios textos míos
que nunca quise publicar durante la dictadura: tenía diecinueve años cuando
escribí, por ejemplo, uno que se llamaba Costumbres franciscanas; al releerlo
hace un par de años ntendí porqué ni siquiera lo había intentado mostrar en
todos estos años. Me lo pidieron los editores de una número uno que sacó, como
nosotros, siete u ocho antes de cerrar, y ellos se tomaron el trabajo de
tipiarlo y publicarlo en una página en internet (www.lamalapalabra.com): el tema
era la religión y la tortura pero desde un punto de vista exasperadamente
burlón, dificil de sostener después de haber leído los horrores del realismo que
surgieron de los testimonios colectivos del Nunca Más. Cuando lo publiqué en
internet me gustó la idea de que hubiese permanecido inédito. Ahora creo que
tendría que publicarse y circular, no por vanidad ni para mostrarme como un mono
adolescente más o menos sabio sino porque, además de la autocensura, creo que la
pérdida del sentido del humor frente a las cosas macabras fue la parte del
legado de la dictadura que nuestra generación menos pudo procesar (con perdón de
la palabra).
En algo coincido, finalmente, con Onetti. A veces las cosas terminan no más
empezar. Pero en verdad no hay proyectos que duren poco sino proyectos con
ciclos más cortos de inicio, desarrollo y final. En tal sentido, es posible que
las Número 1 condensen en sí mismas la eficacia de una performance. Son lo que
son y valen por eso. Ser efímeras es su gracia y fortaleza. Tal vez gracias a
que nosotros fuimos también una de esas número 1 fue que acá estamos vivos
todavía, resistiéndonos a desaparecer.
Alejandro Margulis
30 de Mayo de 2008 - Café Literario de la SEA
Ciclo “Los 30 años de la revista Ayesha”
www.ayeshalibros.com.ar
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