A
elegirUn intento de resumen podría ser, hasta acá: a)
que el Gobierno eligió la extraordinaria renta agraria como su fuente principal
de recursos y como único modelo de eventual desarrollo, sin entrar a considerar
si explotar de soja y aprovechar la demanda internacional de forrajes es un
programa adecuado y sustentable; b) que en esa lógica decidió incrementar lo que
les retiene a los exportadores, quienes socializan las quitas con los
productores; c) que esa decisión fue comunicada en marzo último de manera
trasnochada;
d) que esa frialdad informativa potenció el enojo insaciable de los dueños y
arrendatarios de la tierra, dejando –junto con la ausencia de medidas efectivas
para pequeños y medianos productores– un flanco imperdonable que permitió la
unificación de grandes y chicos en una protesta activa de características
inéditas desde el retorno democrático; e) que los unos y los otros emplearon el conflicto para
entrar al terreno de la disputa retórica por el modelo de país, mudando la pelea
desde un problema sectorial hasta otro en el que se juega quiénes ganan el
relato nacional: si el populismo que defiende una tibia intervención estatal en
los resortes distributivos de la economía, o los bloques dominantes que creen
que el único modelo eficaz es un mercado regulado por ellos y en el que “el
campo” viene antes que la Nación como matriz fundante; f) que presos de esa
dinámica discursiva quedaron también sujetos a no poder retroceder, ni ante la
sociedad ni frente a sus apoyos sectoriales, en la negociación propiamente
dicha; g) que lo anterior se tradujo en que ni el Gobierno podía ni puede
mostrar que cedió en varios puntos, incluyendo el de revisar el monto de las
retenciones a futuro; ni los ruralistas podían ni pueden ceder en sus
aspiraciones de máxima, so pena de quedar desacreditados ante una mano de obra
sojo-piquetera que ya adquirió rasgos de vida autónoma; h) que como frutilla del
postre se sumó a esa dinámica el desmayado mamarracho opositor, estimulado a
reanimar fuerzas codo a codo con lo peor de la historia de este país; i) que
mientras tanto descansan plácidamente escondidos los oligopolios
agroexportadores, los pool de siembra, Monsanto: ni el Gobierno ni la
gauchocracia señalan a esos extraordinarios ganadores de la República Sojera y
adyacencias, porque el uno quedaría en orsay respecto de su verba nac & pop y
los otros ni qué hablar acerca de cuánto de patriótico tiene su lucha.
Seguramente, la enumeración podría agotar el abecedario pero lo que el
periodista juzga como liminar está allí y es más: quizá convendría reducirlo a
que en este rincón hay un gobierno encerrado en decisiones de círculo
estrechísimo, para encarar su “épica” de negocios y módica apropiación de Estado
sobre las ganancias de una porción de la clase dominante; y en la esquina
contraria, una oligarquía ya más de la cabeza que de poder real, unida a una
nueva clase media agraria de los pueblos y ciudades del interior, más dirigencia
política que se les subió a babucha. Y más simple también: gobierno conservador
de rasgos progres contra conservadores igual de brutos y brutales que toda la
vida. Puede que, en virtud de las comparaciones, ruborice un tanto rotular como
“conservador” al kirchnerismo. Pero en lo sustantivo, el modelo neoliberal
permanece casi intocado y hay que animársele a la palabrita en tanto y cuanto no
sea a secas. Si acaso esto último se presta a la polémica, respecto de la vereda
de enfrente ni siquiera hay espacio para tal cosa.
Lo que ayer se amuchó en Rosario es una expresión inigualable del pensamiento
más reaccionario de esta sociedad, en algunos casos representado por los grupos
tradicionales del privilegio; en otros por la inconsciencia social de sectores
medios, urbanos y campestres, unidos bajo la bandera del individualismo pequeño
burgués y la genética gorila; y en otros por el oportunismo político de
liberales y hasta de tribus que se dicen de izquierda. Si se le agrega que se
les sumó la Iglesia, sólo que con el cinismo de vías indirectas, el cartón está
lleno salvo por un casillero faltante que es la buena noticia: no hay partido
militar. Tampoco acompaña el resto del establishment, es cierto, beneficiado por
el tipo de cambio alto, la recuperación del poder adquisitivo de algunas franjas
medias y, a pesar de que el estilo gubernamental no les resulta muy simpático,
la certeza de que el oficialismo es lo único que hay en condiciones de
administrar la política. De hecho, están negociando un acuerdo a largo plazo que
el Gobierno quiere presentar como el Acuerdo del Bicentenario. Pero las medidas
de fuerza del movimiento campestre perjudicaron el clima de buenos negocios, y
ya advirtieron que sin el concurso del “campo”, en un país agropecuario, el
pacto no tendría sentido. De manera que no se está ante un conflicto menor,
porque el poder de fuego de los gauchócratas, lejos de ser todopoderoso, ya
demostró que sí les alcanza para lastimar. En el funcionamiento concreto de la
economía y en el hecho de que, por un cúmulo de factores, se reaglutinó en torno
de ellos un pedazo considerable de la derecha (si quiere vérselo desde una
categoría de diferenciación con los rasgos progres del kirchnerismo) o de la
derecha de la derecha (si se prefiere juzgarlo con ortodoxia).
El Gobierno está herido y comenzó su desgaste notablemente antes de lo
imaginado. Consumió buena parte de su capital político, en gran medida gracias a
deficiencias propias que pudo evitar con algo menos de arrogancia y algo más de
muñeca. Pero chuparse el dedo frente a lo que juntó en contra sería una
ingenuidad de proyecciones peligrosas. Correrlo por izquierda para que se eleve
su techo, que hasta ahora es pobrísimo, no debería significar desprecio por el
piso o subsuelo que se alcanzó. Y uno de los mosaicos de esa superficie es que
el Estado tiene derecho a apropiarse de rentas descomunales, como las del
“campo”. Que no haga lo mismo con las tasas de ganancia de otros sectores no
invalida lo que sí afecta.
Ayer fue el Día de la Escarapela de Soja y no hay lugar para distracciones. Hay
el pecho y hay el culo. Que cada quien se haga cargo de dónde se la pone.
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