Elogio
de la tibieza y la media tinta
Esta emergencia argentina es precisamente para
tibios y no para calientes al cuete. Bienvenidos sean los que reflexionan dos
veces, los que ven la cancha completa, los que son capaces de dialogar y
negociarlo todo, los que saben perder en beneficio del bien común.
No jodan más con intransigencias imposibles.
Afloje el Gobierno y revea algunas políticas: las retenciones son un derecho del
Estado y por eso son vistas como necesarias por gran parte de la población, pero
no coparticiparlas es, por lo menos, mezquino; además las retenciones pueden ser
un poco más bajas y orientadas a favorecer a los pequeños productores; y hay que
dar subsidios generosos a determinadas áreas e industrias alimentarias pequeñas
y medianas; y hay que terminar con el innecesario y poco transparente Tren Bala
y en cambio bien se haría en adoptar la propuesta Tren para Todos. Y también es
hora de otorgar la personería gremial a la CTA y de intervenir el sindicato de
peones de campo, por lo menos. Si el Gobierno hiciera esto, se fortalecería
asombrosamente la gestión presidencial.
Pero también aflojen las entidades del agro aceptando de una vez las retenciones
con sentido social y redistributivo; impulsando a que sus afiliados paguen los
impuestos en su totalidad; blanqueen todos a sus peonadas; alquilen menos campos
a los pools sojeros y oriéntense más a producir que a especular. Y también
aflojen con la autovictimización: eso de que el Gobierno los “empuja” a hacer
paros, o que el oficialismo los “ataca”, no es verdad, como no lo es su
declamada “voluntad de no perjudicar” a la sociedad. Por favor, si realmente
tuvieran esa voluntad no harían lo que están haciendo: casi 80 días de un
lockout nefasto que sólo ellos aguantan porque tienen un resto que la sociedad
no tiene.
Además, y aunque lo nieguen, generan inflación al provocar un desabastecimiento
irritante que se parece, bastante, a los muchos golpes de mercado que ya
padecimos los argentinos. E inflación que pagarán los sectores más pobres y
desprotegidos, no ellos, y no importa que el Indec haga ahora mediciones
desastrosas.
Esa autovictimización es en algunos casos tragicómica: como cuando ayer el señor
Buzzi dice que “la actitud del campo es ya casi de sobrevivencia”. No tiene idea
este señor de lo que es sobrevivir. Bien podría, cuando viene a Sáenz Peña,
hacer unos kilómetros más hasta el ex Impenetrable, hoy un semidesierto en el
que habitan unos 60.000 miserables esparcidos entre restos de bosques y sojas
malditas, ésos sí que están sobreviviendo, y muy mal.
La intemperancia maximalista de algunos dirigentes y personajes del sector
agrario, de la mano del oportunismo de la impresentable “oposición” que
padecemos en la Argentina, es insuflada de una soberbia creciente que impide ver
lo que hay que ver: porque en el fondo está lo que Alfredo Zaiat desnudó ayer en
este diario: “el campo” mantiene un lockout durante dos meses, sin
comercialización de cereales y hacienda y sin quebrar, cuando ninguna otra
actividad económica aguantaría sin quiebras a montones.
“¿Por qué, entonces, los dueños, arrendatarios y arrendadores de campos
agropecuarios pueden hacer un lockout, protestas, marchas y no trabajar?”, se
pregunta Zaiat. Y responde: porque “el agro no se detiene por un lockout. No
pierden mucho; más bien, casi nada”. La soja sigue creciendo, vacas y cerdos
siguen engordando y basta recorrer cualquier ruta –lo hice esta semana– para ver
que al interior de los campos se funciona a pleno y los granos se guardan en
silos “hasta que aclare”.
Es en ese contexto donde es chocante la grosera altisonancia del señor De Angeli,
fogoneado por el vasto coro de “periodistas” de radio y tele que más parecen
dirigentes políticos y cuyos programas o medios están casi todos auspiciados por
Monsanto, Cargill y otras empresas concentradas. Así desvían la atención pública
para que permanezca fuera de escena lo que es en realidad el centro de la
cuestión: el desastre ecológico y social sojero que sigue destruyendo las
tierras y el trabajo de los campesinos más pobres y explotados de todo el país,
que son expulsados de sus tierras y de quienes nadie se ocupa.
Gobierno y Campo no son iguales, y en eso tiene razón la Presidenta. Pero sí se
equivocaron y se equivocan el Gobierno y los empresarios rurales por igual.
Por eso es urgente terminar con esto, con esa seriedad y grandeza que hasta
ahora no se han visto. Diálogo sereno y media tinta es exactamente lo que esta
crisis necesita. No más polarización, no más esa neoversión idiota de los viejos
“patria o muerte”. Nadie vence con consignas extremas.
Nuestra democracia no se merece tanta patraña. Como no merece ese patrioterismo
ramplón al que asistimos las últimas semanas, ni ese golpismo inconsciente
basado en el odio y el resentimiento de clase (media y alta, desde ya).
Todos los caminos de la democracia conducen al diálogo, la tolerancia, la
admisión del superior interés colectivo por sobre el de un gobierno y
–particularmente– por sobre el de un sector que hasta ahora fue, y por lejos, el
más privilegiado de la recuperación económica argentina.
Por eso millones de ciudadanos serenos y silenciosos, que asistimos a este
tironeo con azoramiento y pena, esperamos del gobierno elegido democráticamente,
así como del sector agrario, una nueva conducta cívica. Es hora de que la
tengan. No se aguanta más esta disputa.
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