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El cineasta y militante guevarista argentino Raymundo Gleyzer (19411976) representa el escalón más alto al que llegó su generación. Repensar su obra, su vida y su militancia implica recuperar del olvido una perspectiva ideológica sepultada por el establishment intelectual argentino, aquella que vivió el cine como militancia y la cámara como un arma de combate.
El nombre de Gleyzer ha sido durante años sinónimo
de todo lo prohibido y todo lo reprimido por la cultura oficial. En estas
apretadas líneas de homenaje no nos interesa recordarlo como un cadáver
«prestigioso», una «víctima inocente» o un bronce de mausoleo repleto de
hipócritas monumentos oficiales. Recordamos a Raymundo como un militante
revolucionario, como alguien vivo e indomesticable, un hermano mayor del cual
las nuevas generaciones debemos seguir aprendiendo.
Hijo de una familia judía argentina en cuya casa se fundó el célebre teatro IFT
(ubicado en el popular barrio Once de la ciudad de Buenos Aires), Raymundo
recibió su nombre de un guerrillero francés – Raymond Guyot– asesinado por los
nazis. Este joven rebelde trabajó desde muy chico y llegó a ser uno de los
principales realizadores de cortos y largometrajes documentales, políticos y de
ficción, sobre la Argentina y la América Latina.
Tanto él como su cine, silenciados, censurados y
perseguidos con odio irracional fueron, durante décadas, innombrables. Desde que
fue secuestrado, salvajemente torturado y desaparecido a fines de mayo de 1976,
muchos de sus filmes se hicieron inhallables. Símbolos de una rebeldía y una
esperanza colectiva que había que borrar –literalmente– del mapa a sangre,
tortura y fuego.
Raymundo comenzó su temprana militancia en la juventud del Partido Comunista
(PC). Esa fue su primera experiencia política. Pero aquel viejo reformismo no lo
conformó. Por ello, conmocionado íntimamente por la vida y el pensamiento del
Che Guevara, de Fidel y por toda la Revolución Cubana (visitó la Isla y tomó
contacto con el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC,
por primera vez en 1969), se integró al PRT-ERP, y desde esa experiencia
política generó uno de los grupos más radicales e iconoclastas en el ámbito de
la cultura crítica argentina: el Cine de la Base, uno de los dos principales
núcleos del cine político de aquellos años, paralelo al grupo Cine Liberación
(que realizó La hora de los hornos), de Fernando Solanas y Octavio Getino. Con
ellos Gleyzer mantuvo estrecha colaboración, pero también duras polémicas. Sobre
todo cuando aquellos cambiaron el final de la primera versión de La hora de los
hornos (Raymundo la había visto en Venezuela y quedó muy impresionado) en 1973
–año en que el general Perón regresa a la Argentina, luego de dieciocho años de
exilio–. El final original de este documental famosísimo tenía una imagen del
Che Guevara de varios minutos acompañada por una voz en off. En el segundo
final, trastocado en 1973, aparecían el general Perón y su tristemente célebre
esposa Isabel Martínez, enrolada en el macartismo de la extrema derecha
peronista. Gleyzer y el Cine de la Base se mantuvieron firmes en la defensa de
una perspectiva clasista y socialista, obrera y popular, aun frente al regreso
del general.
También fue camarógrafo de Telenoche, de Canal 7, y realizador de documentales
para la televisión alemana y varias secretarías de turismo argentinas. Incluso
fue uno de los primeros argentinos en filmar en las Islas Malvinas en los 60,
dos décadas antes de la guerra con Gran Bretaña. Esos materiales fueron
utilizados en los documentales Malvinas, historia de traiciones (1985), de Jorge
Denti y Hundan al Belgrano (1986), de Federico Urioste. Asimismo, tuvo a su
cargo una de las cuatro cámaras de Adiós, Sui Generis (1975, de Bebe Kamín,
filme que retrata el último recital del mítico conjunto de rock nacional formado
por Charly García y Nito Mestre).
La filmografía de Gleyzer abarca entonces su producción militante –la más
voluminosa y perdurable realizada para la insurgencia guevarista– y también la
obra «alimenticia», que si bien fue medio de supervivencia, reviste un interés
más que anecdótico o coyuntural. Algunos de sus filmes más renombrados son: El
ciclo (1963); La tierra quema (1964), Ceramiqueros de Tras la Sierra (1965),
Ocurrido en Hualfín (1965), Pictografías de Cerro Colorado (1965), Nuestras
Islas Malvinas (1966), Quilino (1966), México, la revolución congelada (1971),
Comunicado cinematográfico del ERP (1972), Ni olvido ni perdón (1972), Los
traidores (1973), Me matan si no trabajo y si trabajo me matan (1974), entre
otros.
Raymundo Gleyzer había realizado una impiadosa radiografía de la burocracia
sindical argentina. El título que eligió para su filme, hoy mítico, lo dice
todo: Los traidores (el título original iba a ser Una muerte cualquiera). Esa
película estaba basada en un cuento de Víctor Proncet, «La víctima», que narraba
un hecho verídico, el autosecuestro del dirigente sindical peronista Andrés
Framini (aunque el título Los traidores ya había sido utilizado por el escritor
comunista José Murillo en la novela homónima –publicada en 1968– donde relataba
la traición de la burocracia sindical a una huelga metalúrgica).
Al realizar cine político desde la ficción (incorporando a las imágenes del
Cordobazo «La marcha de la bronca», del dúo de la canción de protesta Pedro y
Pablo), Gleyzer apostó a la polémica y pensó el filme para ser exhibido en
fábricas y barrios, apoyándose en las corrientes clasistas de los sindicatos
SITRAC-SITRAM, de las empresas FIAT, afines al PRT y otras organizaciones
revolucionarias, o en dirigentes sindicales como Agustín Tosco y René Salamanca
(el primero muerto en la clandestinidad en 1975, el segundo secuestrado y
desaparecido en 1976). El cineasta planeó incluso volcar Los traidores en
fotonovela, para que circulara a un público más amplio.
Su otra gran película política –aunque todas fueron importantes– es México, la
revolución congelada, donde trata la institucionalización del proceso político
mexicano, el populismo represivo del PRI, el doble discurso permanente de sus
dirigentes (similar al del peronismo en la Argentina), la explotación de los
indígenas, la matanza de Tlatelolco, el papel sumiso y obediente de aquella
«izquierda» que con lenguaje progresista y durante décadas legitimó al PRI,
incluyendo la matanza de 1968, y el papel nefasto de la sempiterna burocracia
sindical. Cabe destacar que esta película de Raymundo aparece retratada la
miseria de Chiapas varias décadas antes de que surgiera el neozapatismo en los
90.
Luego de años de silencio inducido y «olvido» fabricado, comienzan a surgir
libros, grupos de estudio, casas de cultura, talleres de video y películas que
recuerdan a Raymundo Gleyzer. Entre otros, merecen destacarse el libro El cine
quema, de Fernando Martín Peña y Carlos Vallina, y el largometraje documental
Raymundo, de los jóvenes realizadores Virna Molina y Ernesto Ardito. En ambos
casos, junto a documentos políticos de la época y a los testimonios de
militantes y combatientes guevaristas que lograron sobrevivir al exterminio
genocida de los militares argentinos, aparece retratado el Gleyzer padre, el
amante, el amigo, el inquieto documentalista trotamundos, el revolucionario, el
intelectual, con todas sus contradicciones, sus miedos, sus angustias, sus
dudas, sus alegrías y su compromiso.
El cineasta fue secuestrado pocos días después del escritor Haroldo Conti,
quien, junto con el periodista Enrique Raab, el profesor Silvio Frondizi y el
propio Gleyzer, también, se adhirió al guevarismo del PRT-ERP. Conti y Gleyzer
estuvieron en el campo de concentración El Vesubio, y el cineasta además había
estado prisionero en el destacamento Güemes, cerca del barrio de Ezeiza.
Secuestrados y prisioneros que lograron sobrevivir a la represión relataron que
los militares torturaron salvajemente a Raymundo. En sesiones de tortura, le
habían cortado los ligamentos de los pies e incluso había quedado ciego.
Mientras a Silvio Frondizi lo asesinó en 1974 la Triple A, Raab, Conti y Gleyzer
permanecen desaparecidos. La dictadura militar fue implacable con todos los
revolucionarios, especialmente con los de origen marxista y guevarista, a los
que siempre clasificó como «irrecuperables».
Varios directores del mundo iniciaron en los festivales de cine una campaña
mundial por la liberación de Gleyzer. Gabriel García Márquez escribió una carta
pidiendo su aparición con vida. En tanto a sólo unos días de su desaparición, el
1 de junio de 1976, el Comité de Cineastas de América Latina suscribe una
declaración exigiendo su inmediata excarcelación firmada por Alfredo Guevara,
entonces presidente del ICAIC, y los miembros del Comité Walter Achúgar
(Uruguay), Miguel Littin (Chile), Carlos Rebolledo (Venezuela) y Manuel Pérez
(Cuba). Un año después, el 1 de junio de 1977, dicho Comité reunido durante las
jornadas del V Encuentro de Cineastas de América Latina celebrado en Mérida,
Venezuela publicaron otra declaración nombrándolo miembro de honor de dicho
Comité. Entonces, la CIA informó, legitimando de hecho el secuestro y las
torturas, que según su «expediente» en Buenos Aires, había albergado en su casa
a refugiados chilenos perseguidos por el general Pinochet. Su mamá se convirtió
a partir de entonces en una Madre de Plaza de Mayo. En el momento del secuestro
Raymundo tenía apenas treinta y cinco años.
Lautaro Murúa, uno de los actores de Los traidores, lo rememora cálidamente
afirmando: «A Raymundo lo veo como alguien muy valiente y romántico, algo que se
repetía en miles de muchachos de su edad». Una caracterización sobre su vida que
quizás sintetice a toda su generación.
Lo que Gleyzer generó en la cultura argentina y latinoamericana trasciende los
circuitos del universo cinematográfico. Su obra expresa que se puede vivir de
otra manera. El compromiso vital de Raymundo también demuestra que cuando el
estudio y el talento van acompañados de una ética inquebrantable y una
militancia insobornable, la cultura puede transformarse en un arma explosiva
contra el poder opresor. Y que eso siempre tiene un costo. Raymundo Gleyzer
estuvo dispuesto a pagarlo con la vida.
Conocía el peligro que corría. Es uno de los mejores. De los que no se olvidan.
De los que luchan toda la vida. Un imprescindible, como planteaba Bertolt
Brecht.
Buenos Aires, 22 de septiembre de 2006
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