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Así estábamos cuando unos pocos
decidimos recordarnos de cuando caíste gigante con tus alas rotas. Aquel 8 de
octubre de 1992 nos juntamos los mismos 82 que murieron en el Moncada, los
mismos 82 que desembarcaron desde el Granma, allá en las Coloradas. Entre
aquellos 82 estaban Pacheco, Rosa, Miguel, el Negro Vera, el Loncha y sus
familias, todos obrero/as comunistas, como vos, que al alejarse del vetusto
tronco partidario, se encontraron con este veterano militante guevarista. Siento
que aquel 8 de octubre todos teníamos los 82 años de Reina Diez, oradora
principal del acto, aunque desapercibido había también un grupo de jóvenes. Año
aciago aquel de 1992 que había confirmado tu certero pronóstico, acerca del
regreso al capitalismo en los países del “socialismo real”, que expusiste más de
una vez y que encontró su máxima formulación en aquella carta a Fidel, de abril
del ´65, que hace sólo unos años pudimos conocer.
La rebelión de diciembre de 2001 te otorgó nuevamente la palabra, a vos y a
Mario Roberto. Desde antes han querido, y quieren, transformarte en un bello
rostro inofensivo, es por eso que tu imagen está impresa en millones de
camisetas, lo que a veces lleva a pensar que la ley del valor pudo más que las
contradicciones del capitalismo. Nosotros no renegamos por ello, le pasamos la
factura a la demagogia capitalista y las llenamos de contenido porque, como vos,
sabemos que debajo late un corazón de ser humano.
Yo sé como te sentís colgado en las paredes de los despachos, de los varios que
fueron tus soldados, en donde no se habla de luchar concientemente contra la
vigencia de la ley del valor capitalista, sino de cómo aumentar la plusvalía y,
como aves de rapiña, acumularla en los bolsillos de los malos imperialistas y
peores nacionales. Pero sé, porque me lo contaron los trabajadores de la
limpieza, que por las noches te salís de la imagen demagógica y, con tu sonrisa
más irónica, les mezclas todos los papeles para hacer más difícil la explotación
del hombre por el hombre.
Desde esa misma imagen sé que polemizás con otros habitantes, de habitaciones
menos ostentosas, que en tu nombre hacen revoluciones de papel, y se olvidan que
fuiste vos quién vino a romper con los vicios de una izquierda raquítica y
anquilosada, que se perdía en los laberintos de las cámaras legislativas y a la
espera de algún militar providencial que los sacara de la impotencia.
Por eso se que vos querés que nos juntemos y, todos juntos, vayamos
conscientizando pueblos y construyendo organización revolucionaria con sus
mejores hijos, guiados por grandes sentimientos de amor, por una conducta noble
entre las masas, alentadas por un debate franco en la resolución de los matices
entre los militantes revolucionarios y, todos juntos y fuertes, seguir de lleno
en la batalla de ideas contra los explotadores para que las nuestras florezcan
en las conciencias fértiles de los hombres y mujeres de los pueblos de nuestra
América morena, latina y total.
Vos no querías una caricatura, sino que la marcha de los desamparados del mundo
no se detenga más que derribando la explotación de unos hombres y mujeres por
otros hombres y mujeres, que haga realidad una sociedad nueva en la que esos
hombres y mujeres sean todos hermanos. En ese andar por la lucha democrática,
agraria, obrera, antiimperialista, hacia ese destino que la utopía y la ciencia
no han encontrado otra palabra más precisa que -al decir del otro grande de
América: José Carlos Mariátegui- las engloba y las precede, que se llama
socialista. Ese socialismo que deberá apurar su marcha hacia la sociedad del
hombre nuevo y, por lo tanto, del hombre comunista (de Marx y Engels) como vos
querías.
Sabemos que muchas cosas han cambiado, pero no en beneficio de los pueblos, sino
en su contra, es por eso que con las nuevas legiones de jóvenes guevaristas
escribimos en nuestra divisa: “Ahora sí, la historia tendrá que contar con los
pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han
decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia. Ya se les
ve por los caminos un día y otro, a pie, en marchas sin término de cientos de
kilómetros, para llegar hasta los «olimpos» gobernantes a recabar sus derechos.
Ya se les ve, armados de piedras, de palos, de machetes, de un lado y otro, cada
día, ocupando las tierras, fincando sus garfios en la tierra que les pertenece y
defendiéndola con su vida; se les ve, llevando sus cartelones, sus banderas sus
consignas; haciéndolas correr en el viento por entre las montañas o a lo largo
de los llanos. Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de
derecho pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de
Latinoamérica, esa ola ya no parará más. Esa ola irá creciendo cada día que
pase. Porque esa ola la forman los más mayoritarios en todos los aspectos, los
que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las
ruedas de la historia y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que
los sometieron”. Para decirte a vos, como vos le dijiste a Fidel: “En los nuevos
campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de
mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar
contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces
cualquier desgarradura”.
Fuente:
www.catedracheguevara.com.ar