ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

El té de Dios

Por César Aira

I
 

Por una vieja e inmutable tradición del universo, Dios festeja Su cumpleaños con un suntuoso y bien provisto Té al que acuden como únicos invitados los monos. Nadie sabe, ni podría saberlo en esas regiones intemporales, cuándo nació esta costumbre, pero se ha vuelto una efeméride en el gran año del Todo, se la espera como a una fatalidad, parece que no va a llegar nunca, pero llega, puntual, y el Té tiene lugar. Se dice, y es bastante verosímil, que originalmente su razón fue negativa: no se habría tratado tanto de invitar a los monos en tanto monos, sino de no invitar a los hombres. Los monos son un sarcasmo, una especie de desaire del Señor, deliberado y rencoroso (en el mejor de los casos: irónico), a una humanidad que Lo defraudó. Es muy probable. Pero una vez que empezó a funcionar de esa manera quedó aceptado al modo de una tradición ancestral, sin un sentido claro pero con el absurdo diluido o asimilado en la contundencia del hecho.
 

Las tradiciones no pueden extraerse de las sociedades que las crearon. El complejo de tradiciones de una comunidad funciona como su Gran Simpático. Suelen ser bastante irracionales, porque los elementos históricos que las constituyeron se repliegan en el tiempo a una red de causas muy intrincadas, que ni la más atenta reflexión alcanza a desentrañar. En el caso del Té de Dios debería ser más fácil, porque se trata de una tradición del Universo, es decir que no hubo nada particular o histórico en su origen, no hubo un entramado casual sino el mero gong del absoluto. Pero, fácil o difícil, su origen y razón de ser siguen en la sombra, quizás simplemente porque los teólogos no se lo tomaron en serio, o temieron perder credibilidad ocupándose de semejante frivolidad grotesca.
 

Cabe una aclaración, con todo: no es un hecho natural, como el deshielo o el eclipse o la migración de los patos. Es un acontecimiento social. Podría no suceder, si al Dueño de casa se Le antojara no dar el Té la próxima vez. Hasta ahora, la costumbre sigue vigente, y lo más probable es que persista por toda la eternidad. Hasta Él respeta las viejas tradiciones establecidas, quizás por inercia nada más.
 

Como toda ocasión social, ésta tiene sus formalidades. La primera, un verdadero sine qua non, es el envío y reparto de las invitaciones. (Esto también podría ser distinto. Alguna vez, en una hipotética sentencia de absolución o conmutación de penas, los invitados podrían ser los hombres). Van cursadas «a la evolución», y llegan automáticamente al instinto de los monos, como un timbrazo. Las manda todas juntas, en bloque, y no sería imposible que la maniobra se limite a la emisión divina de la palabra «monos». Con eso basta para que todos los interesados sepan que ha llegado la fecha.
 

Pero ¿qué fecha es ésa? ¿Cuándo cumple años el Creador in creado? En cualquier momento. Podría ser hoy. Salvo que «hoy» podría ser un lapso de innumerables eones o una porción de microsegundo, según el plano en que se encuentre, pues Su universo es un rompecabezas de días, horas, meses, siglos, todos de distinta forma y tamaño, encajados en un poliedro que no se termina nunca, y en sus caras conviven auroras, medianoches, vacíos, llenos, fines y principios. Claro que Quien creó el tiempo tiene derecho a festejar la llegada de Su aniversario, si se Le antoja. Aun así, «el cumpleaños de Dios» suena raro, y la ligera extrañeza que produce al oírlo es la responsable de lo raro del asunto.
 

II
 

Más que raro, imposible: el desarrollo imposible de un five o’clock tea que sucede fuera del tiempo, en una pura invención fabulosa. Si hubiera un testigo, vería un puro frenesí de movimiento insensato. Los monos no pueden estarse quietos. Se agitan como poseídos, en sus sillas y en las ajenas. Cambian de lugar todo el tiempo, no se quedan en su sitio más que un instante y ya los atrae el siguiente, se meten donde hay un hueco, y siempre lo hay porque los otros también se desplazan. Están poseídos, realmente, poseídos por un entusiasmo sin objeto, como si entendieran que por un rato disponen de la eternidad para hacer de las suyas, y no quisieran desaprovechar la oportunidad. Saltan sobre la mesa, en diagonales vertiginosas, vuelcan las tazas, hacen saltar cucharitas y tenedores, sus pisotones dispersan las masitas, las colas barren la crema de las tortas y quedan manchadas. ¡Qué les importa! Las caras, las manos, el pecho, están pegoteados de dulce, té, migas, chocolate. Las tacitas de porcelana en sus dedos torpes estallan y el té los quema, cosa que remedian echándose encima la leche fría. Las peleas son constantes, siempre encuentran un motivo y si no lo encuentran les da lo mismo y combaten igual. Por momentos parece un campo de batalla: se bombardean con los cubitos de azúcar, se escupen la mermelada, se tiran a la cabeza la bandeja de escones. Siempre hay uno que se pone a salvo colgándose de la araña, hasta que se distrae y se suelta y entonces se estrella en medio de la mesa con gran destrozo de vajilla y dispersión de golosinas. ¡Y cómo chillan! La disonancia es tan ensordecedora que no dejaría oír a una sirena de bomberos.
 

Haciendo uso de Su omnipotencia, Dios sirve el té en todas las tazas al mismo tiempo. Ya que está, reintegra algunas de las cosas rotas. Por supuesto, en semejante circo Sus buenas intenciones resultan en un estímulo adicional al caos, le dan una velocidad que no tendría en el decurso natural de las causas y los efectos. El cataclismo se hace tan inextricable como un hilo de un millón de años luz de largo completamente enredado.
 

Y sin embargo, es como si hubiera un orden porque en cada Té que da Dios pasa lo mismo. Cada brinco, cada mancha en el mantel, cada trayectoria de rebanada de tarta de frutilla arrojada de una punta de la mesa a la otra, se repite exactamente como fue la vez anterior y como será la siguiente. Es una identidad. No habría que asombrarse porque, al fin de cuentas, todo hecho es idéntico a sí mismo.
 

Esta identidad explica que el festejo siga repitiéndose. Sin ella, es dudoso que Dios hubiera vuelto a invitar a los monos a su Té después de comprobar la primera vez el desastre que podían hacer y lo mal que se podían portar. Pero cediendo la iniciativa al automatismo de lo igual, la repetición pierde todo riesgo. Los malos modales de los invitados se vuelven una configuración dada de la realidad, como un paisaje. Habría que preguntarse, empero, si los modales están sujetos a la evolución. Desprendidos uno a uno del bloque apocalíptico en el que se manifiestan durante el Té de Dios, aislados como signos, quizás podrían embarcarse en una historia, y al cabo de una cantidad de siglos o milenios llegaríamos a ese espectáculo inaudito, divino, de una asamblea de monos sentaditos alrededor de una mesa levantando la taza con una mano, el meñique apuntando a la nada que los rodea, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta, modosos, formales.
 

III
 

El problema del mal comportamiento puede deberse al hecho de que Dios no preside la mesa. Mejor dicho, preside y no preside. Como bien sabemos, Dios está en todas partes, lo que Le resulta muy práctico a los efectos de Su función, pero tiene el inconveniente de impedirle estar visible y manifiesto en un lugar determinado, por ejemplo sentado a la cabecera, imponiendo orden. Su ausencia (si Su presencia fuera una ausencia) podría ser considerada una descortesía que daría licencia a todas las descortesías subsiguientes de sus invitados; en efecto, un anfitrión impuntual que no asiste a su propia fiesta está autorizando a sus huéspedes a comportarse como les dé la gana (versión doméstica del famoso «Si Dios no existe, todo me está permitido»). Una perspectiva más ecuánime debería hacernos entender que lo suyo es una forma trascendental de la actitud solícita del perfecto dueño de casa, que «está en todo» para asegurar el bienestar de sus invitados: que platos, tazas y copas estén siempre provistos, que las vituallas sean de la mejor calidad, que se equilibren salados y dulces, fríos y calientes, que la iluminación y la temperatura sean los correctos, que el mantel esté bien planchado y sin olor a naftalina, que la conversación no decaiga ni se susciten temas inconvenientes. ¡Hay tantos detalles que tener en cuenta!

Sólo Dios podría.
 

Con un acto de presencia Él podría poner coto a la barahúnda, pero si estuviera en un lugar dejaría de estar en otros y traicionaría Su esencia. Así que uno de los monos asume Su figura visible. Es el Rey de los Monos, personaje legendario en cuya existencia real nadie cree, y con buenas razones: sólo existe mientras dura el Té de Dios. Hace lo que haría Dios si se encarnara, pero lo hace como la caricatura deformada que es. Parado en la silla a la cabecera de la mesa, gesticulador y chillón, infatuado con una majestad impaciente y fantástica, reparte trompadas y patadas, se desgañita, arroja todo lo que tiene a mano, y en su afán de poner orden termina siendo el más alborotador de todos. A veces la energía lo enajena tanto que es él quien empieza una nueva pelea o promueve una nueva oleada de destrozos, que después se empeña en castigar con más violencia. Su autoridad no es cuestionada por sus congéneres (lo que no significa que produzca mucho efecto) por un atavismo que se diría imbuido en la luz de la razón divina. En efecto, podría aducirse que si el Comando Supremo está difundido en todo, también lo está en el Rey de los Monos, y hasta podría sostenerse que en él está más que en otras partes, sin afectar la igualdad del reparto. La personificación de Dios, por causal y automática que sea, pone en movimiento una Voluntad, y la Voluntad queda fuera de todo cálculo y especulación.
 

Es el que más grita, y el que grita más alto. Se anticipa a la invención del altoparlante. Querría tener mil brazos, para abofetear a todos los comensales al mismo tiempo; con los dos que tiene se las arregla bastante bien, a fuerza de saltos sorpresivos y una movilidad incesante. Supera sus propios límites físicos, aunque los monos naturalmente son de una agilidad extrema. Es como si fuera pura mente, y su mente es retorcida y perversa, resentida y sádica, enferma de la enfermedad del poder. Como tantos, «se cree Dios». Se encarniza con los monos más tontos e indefensos, con los tímidos sobre todo, que son los menos: les asperja los ojos con limón, les hace meter la punta de los dedos en el té hirviendo, les tapona las orejas con confites, la nariz con mermelada, les mete cucharitas de plata en el ano… En las pausas, traga litros de té, para alimentar su furia sin causa. Ese té debe de tener algo.
 

IV
 

Una vez irrumpió en el famoso Té de Dios un ser extraño. En general, cuando alguien se introduce de contrabando en una reunión a la que nadie lo invitó trata de pasar inadvertido, de no llamar la atención, de hacerse pequeño o mimetizarse. Es la lógica de los colados. No siempre funciona, y hay quienes adoptan la actitud opuesta, en la convicción de que los descubrirán de todos modos, y entonces vale más adelantarse y justificar su presencia siendo «el alma de la fiesta».
 

En este caso el intruso pareció adoptar la primera estrategia, para la que estaba inmejorablemente dotado por sus características naturales. Por lo pronto, más pequeño no podía ser porque era una partícula subatómica. Uno de esos fragmentos de partes de átomos que sobraron cuando se formó el Universo y quedaron sueltos y a la deriva. Recorría la nada y el todo por igual, en caída libre, sin oficio ni beneficio.
 

Millones de galaxias la habían visto pasar; o no la habían visto, pero ella había pasado igual. Alguien bien informado habría podido ver en ella un resto arqueológico de las dimensiones que habían dejado de existir, o un mojón errante del tiempo, o un mensajero del origen. En su cuerpecito huidizo, sobre el que no se habría podido escribir una letra ni con el pincel más fino, debía de haber sin embargo una larga historia. Se habrían necesitado los mejores ciclotrones para descifrar el diminuto jeroglífico, pero esos aparatos carísimos y los eminentes científicos que los manejaban estaban ocupados en investigaciones más importantes y de más provecho. De cualquier modo, les habría resultado difícil aprisionarla, y hasta localizarla, porque no había mapas que indicaran su trayectoria, y ella por su parte no se hacía notar. Discreta hasta lo furtivo, se escurría en silencio, se había ido antes de terminar de llegar: estaba y no estaba.
 

Lo mismo su itinerario: no podía decirse que fuera caprichoso, porque todas las cosas obedecen a las leyes con las que fueron creadas, pero cuando son tan pequeñas como era ella, cuando son literalmente más pequeñas que lo pequeño (es decir, están en un plano anterior al de la medida), no se puede prever por dónde van a transcurrir, ni cuándo. Para dar una idea de su tamaño, aunque es una idea que no puede pensarse, digamos que si se aglutinaran tantas de esas partículas como átomos tiene el Universo, aun así no llegarían a formar un volumen equivalente a un solo átomo.
 

Esta exacerbada enanez le daba una cualidad que en seres normales habría resultado insólita: no necesitaba desviarse ni chocaba con nada, porque atravesaba cualquier cosa que se interpusiera en su camino. No hay que hacer una analogía con una bala, porque no hacía agujeros para pasar; no lo necesitaba. Desde su punto de vista los cuerpos sólidos no eran sólidos. Los átomos de una piedra, que a nosotros nos parecen tan apretados, para ella estaban tan separados como el sol de la luna. De modo que fluía a través de un meteorito de acero y níquel como un pájaro cruza el cielo celeste de una mañana de primavera. Atravesaba un planeta y ni se enteraba. Con la misma fluidez impasible atravesaba un átomo. O un papel, una flor, un barco, un perro, un cerebro, un pelo.
 

No había puerta que estuviera cerrada para la partícula. Así que no podía sorprender que apareciera (es un decir) en una fiesta a la que no había sido invitada, o a todas las fiestas. Era el prototipo del colado. Y en sus irrupciones era infalible, imparable, elegantísima. ¡Cuántos habrían podido envidiarla! Todos los marginados, resentidos, paranoicos, devorados por la envidia en la soledad de sus casas mientras los demás se juntan y disfrutan en otra parte, en los salones iluminados del Universo. Claro que tendrían que pensar en el precio que pagaba la partícula: la disminución, la insignificancia. ¿Valía la pena, en esas condiciones?
 

V
 

Aun así, aun admitiendo que ningún ámbito escapaba a la intrusión de la pequeña vagabunda, se hace un poco difícil aceptar que también se colara en la más exclusiva de las reuniones: el Té de Dios, el legendario Té con el que Dios festejaba Su cumpleaños. Hasta para ella era un poco demasiado. No sólo porque la exclusión era la razón de ser del ágape sino porque lo regía un absoluto. Es decir, era una especie de ficción, de construcción artística, y en consecuencia cada uno de sus detalles, no importaba si grandes o chicos, sutiles o groseros, debían responder a un sentido o una intención. Y la partícula no era un detalle en un relato, no le agregaba información ni hacía avanzar el argumento: era un accidente sin contrapartida.
 

Pero, por otro lado, era inevitable. Porque la partícula era una entre una cantidad innumerable de partículas cayendo por el Universo. Son tantas que se suele hablar de una «lluvia de partículas», y aunque la analogía es incorrecta (esta «lluvia» sucede en todas direcciones, no tiene fin, y no moja) sirve al menos para desalentar una esperanza de control demasiado puntual en los detalles, porque nadie puede contar las gotas ni siquiera del chaparrón más localizado, ni ponerles nombre y apellido.

Pues bien, siendo tantas las partículas, y tan entrometidas, ¿qué tiene de raro que una de ellas pasara también por este suceso?
 

Quizás no era una excepción. Nadie ha hecho un estudio sistemático del tema, porque a nadie se le ocurrió la idea, pero es muy posible que las partículas sean atraídas por las fiestas, ¿qué tendría de raro? Dicho al revés: no es imposible que las fiestas sean el cedazo natural de las partículas. (No en vano en inglés «fiesta» se dice party).
Su identificación con el punto geométrico, que era la coquetería de la partícula, hacía que su manifestación en la realidad fuera una línea, porque un punto en el tiempo siempre será una línea. Y como por una línea pasan infinitos planos en distinto grado de inclinación, a la entrada de ésta en el Té de Dios se formaba una especie de molino de biombos delgadísimos en ángulos distintos y cambiantes, por los que resbalaban los monos, caían dando vueltas carnero, se levantaban, se encontraban donde no estaban, remontaban una pendiente sólo para darse cuenta de que estaban bajando, o resbalaban por un tobogán que, para su sorpresa, subía. Al ser tantos los planos, casi nunca dos monos quedaban en el mismo, lo que no impedía las peleas, al contrario. Sus brincos se hacían multidimensionales, como si quisieran atravesar espacios que no estaban en el espacio. De pronto descubrían que el suelo que pisaban sus pies peludos era el mismo que estaba pisando otro mono en el reverso, haciendo caso omiso de la ley de gravedad. O el espacio por el que estiraban uno de sus larguísimos brazos en procura de un profiterol se estrechaba por el acercamiento de dos espacios planares vecinos, y su brazo se volvía una lámina ultradelgada. O el té que volcaban chorreaba hacia arriba, abajo, a los costados, adelante y atrás, como una estrella líquida de mil puntas. Cosas así multiplicaban su atolondramiento natural, los volvía locos, confundían el fenómeno con un parque de diversiones hecho a su medida, y entonces sí, el descontrol ganaba la partida. Se movilizaban como autómatas de funcionamiento defectuoso cargados con pólvora. Saltaban en todas direcciones, metían las patas en el té, la cola en los pompones de crema chantilly de las tortas, gritaban como en un concurso de ruido, se atragantaban, regurgitaban, se arrastraban por debajo del mantel con el imaginable desparramo de vajilla.
 

Era admirable que un ser tan pequeño como la partícula pudiera provocar efectos tan extensos. Daba la impresión de estar en todas partes a la vez. Por supuesto, no era así. Estaba en un solo lugar en cada momento, pero como causa, de modo que mientras ella estaba en un lugar sus efectos estaban en otros muchos, y no les daba tiempo a dejar de suceder cuando ya estaba generando nuevos planos y desparramando a los monos en nuevas configuraciones. En una causa, no importa el tamaño: causa es causa, ya sea grande, mediana o chica. Inclusive cuando se trata de la causa de la locura.
 

VI
 

Se diría que el Té, en su barroca superposición de accidentes necesarios y necesidades accidentales, estaba completo como evento y como símbolo. El aniversario quedaba festejado, la fecha marcada (no pasaba inadvertida), si no con la pompa eclesiástica que habría podido esperarse, sí con la alegría y la energía animal, por no decir bestial, de lo primigenio y auténtico.
 

Pero un prurito de perfeccionismo, muy propio de Su estado y función, hacía que Dios quisiera dar una última puntada, coser un último botón, anudar la última punta del hilo. Y lo que faltaba era darle un origen a la partícula. Hacerla provenir de algo. O, para hablar con más propiedad, «haberla hecho provenir de algo». Porque era una tarea previa, lo que no debería sorprender ya que todas las tareas de Dios eran previas; la completud de Su mundo así lo requería. No representaba un problema para Él, dada Su probada desenvoltura con el tiempo y el espacio. El problema vino después, como veremos, y tampoco fue un problema (entre otras cosas, porque para Él no había antes ni después).
 

En efecto, el Té de Dios habría quedado incompleto sin la historia de la partícula. Porque el Té era una historia, y toda historia está hecha de historias, y si está hecha de otra cosa deja de ser una historia. Nunca se sabrá si era una debilidad de Dios, uno de esos pecadillos de vanidad que se perdonan, o si era una cuestión de lógica, pero

Su anhelo era que el festejo del cumpleaños hiciera un buen relato, un «había una vez» del que todas las veces que se repetía eran ensayos de consumada perfección. No podía permitir que el anonimato de la furtiva colada se lo echara a perder.
 

La mitad del trabajo ya estaba hecho en la cosa: no podía ser difícil buscarle un origen a una partícula porque su nombre mismo indicaba que era una parte de algo. No había más que encontrar ese algo, o inventarlo. Dios había hecho hallazgos mucho más recónditos, en Su larga carrera. ¡Cuántas veces había encontrado una aguja en un pajar, sólo para satisfacer los gustos metafóricos o proverbiales de Sus criaturas!
 

En este caso, podía ser cualquier cosa, literalmente, y más que literalmente: la partícula podía haber salido no sólo de un objeto material sino de un hecho, un lapso, una intención, un pensamiento, una pasión, una onda, una forma… Su tamaño la ponía en la rotonda primordial donde se abrían los caminos de la masa y la energía, con sus correspondientes metamorfosis mutuas. Las partículas estaban en el corazón de la acción. Lo que no quería decir que hubiera que buscar su origen exclusivamente en el principio: podía haberse desprendido en cualquier estadio del Universo, hasta el más reciente. El parto infinitesimal de la bolita entrometida podía haber tenido lugar en una incandescencia de los anillos de Alfa del Centauro, o en la sartén en la que un chino freía un huevo de paloma, en la lágrima de un niño o en la curvatura del espacio, en el hidrógeno, en el papel secante, en un deseo de venganza, en la raíz cuadrada, en Lord Cavendish, en un pelo, en el unicornio… El catálogo que Dios debía hojear, figurativamente, era por demás extenso. No era la primera vez que comprobaba que el límite de la omnipotencia era l’embarras du choix. Su única guía en esa gran enumeración caótica eran las palabras. En el fondo, era una cuestión de lengua. No había cosas en realidad, sino palabras, las palabras que recortaban trocitos de mundo y les hacían creer a los hombres que eran cosas. Dios no usaba palabras porque no las necesitaba, pero para sus maniobras de intervención, cuando, como en este caso, quería imponer algo a la memoria de la humanidad, no tenía más remedio que entrar en el juego lingüístico. Lo tomaba como un desafío. Para él era bastante más difícil que para un profesor de gramática, porque debía tomar en cuenta todas las lenguas, las existentes y las posibles (cada una hacía un recorte distinto, y sus coincidencias, divergencias y solapamientos, vistos desde arriba, formaban un patchwork complicadísimo).
 

En fin: tardamos más en plantear el problema que Él en resolverlo. Fue como apretar un botón, y la partícula ya tenía su partida de nacimiento, que servía a la vez de invitación al festejo, al que volvería yendo por primera vez. Y aquí, el Creador hizo una excepción: Él, que no tenía secretos, tuvo uno. No le dijo a nadie de dónde había hecho provenir a la partícula. Y desde entonces ése es el pequeño gran secreto que recorre el Té de Dios.

(De. Relatos reunidos)

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