ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Sueños olvidados

Por Stefan Zweig

La villa se hallaba muy cerca del mar.
En los paseos silenciosos y umbríos de los pinos alentaba la fuerza saturada del aire salado del mar y una ligera y constante brisa jugueteaba entre los naranjos y hacía caer aquí y allá delicadamente una flor de ricos colores. La lejanía, luminosa de sol, las colinas, sobre las que destacaban diminutas casas como perlas blancas, un faro a varias millas, que se erguía como una vela, todo relumbraba con contornos precisos y bien definidos y se incrustaba como un mosaico brillante en el azul profundo del éter. El mar, en el que de vez en cuando caían lejos, muy lejos, las chispas blancas de las velas rutilantes de barcos solitarios, lamía con el movimiento de sus olas la terraza escalonada sobre la que se levantaba la villa, que se volvía hacia el verde de un amplio y sombreado jardín y se perdía allí en un parque vetusto y silencioso como un cuento.
Desde la casa que sesteaba en el pesado calor de la mañana conducía un estrecho camino de grava como una línea blanca hacia el fresco mirador bajo el que las olas rompían con fiero y constante bramido y lanzaban aquí y allá refulgentes átomos de agua pulverizados, que en la cegadora luz del sol se revestían del fulgor del arco iris como diamantes. Allí las flechas luminosas del sol se quebraban en los plumeros de los pinos, que formaban un grupo nutrido como si charlaran amigablemente, o chocaban con un parasol japonés de gran diámetro adornado con alegres figuras de colores fuertes y desagradables.
En la sombra de este parasol una figura femenina ocupaba un confortable sillón de paja, acomodando con placer sus bellas formas al tejido maleable. Su mano fina, sin anillo, colgaba distraída y jugueteaba con insistencia suave y apacible con el pelo sedoso y brillante de un perro, mientras que la otra sostenía un libro sobre el que los ojos oscuros, de negras pestañas, en los que parecía asomar una sonrisa, concentraban toda su atención. Eran unos ojos grandes, inquietos, cuya belleza se veía realzada por un brillo mate y velado. El poderoso y atractivo efecto, que ejercía el rostro oval y bien cortado, no era natural y total, sino que se basaba en un refinado predominio de detalles bellos individuales, realzados con cuidadosa e intuitiva coquetería. La anárquica confusión aparente de los perfumados y sedosos rizos era la trabajosa construcción de una artista, y también la leve sonrisa, que danzaba alrededor de los labios durante la lectura y descubría el esmalte blanco y lustroso de los dientes, era el resultado de años de ensayos ante el espejo, que ya se había convertido en una costumbre fija e inamovible.
Un leve crujido en la arena.
La dama levanta los ojos sin cambiar de postura, como un gato, que tumbado en los cálidos y cegadores raudales de luz del sol entreabre perezoso los ojos fosforescentes para recibir al visitante.
Los pasos se acercan apresuradamente y un criado de librea se inclina ante ella para presentarle una pequeña tarjeta de visita y luego apartarse un poco, en actitud de espera.
Ella lee el nombre con esa expresión de sorpresa en el rostro, que solemos tener cuando en la calle nos saluda un desconocido en los términos más familiares. Durante un instante aparecen pequeñas arrugas grabadas encima de las cejas perfiladas y negras, que indican la reflexión intensa, y de pronto el rostro se ilumina con un alegre resplandor, los ojos lanzan chispas regocijadas al recordar días de juventud ya lejanos, por completo olvidados, cuyas imágenes risueñas ha despertado en ella el nombre. Siluetas y sueños adquieren de nuevo formas concretas y se vuelven diáfanas como la realidad.
—Ah, claro —recuerda de pronto la dama, volviéndose hacia el criado—, el caballero desea verme, naturalmente.
El criado se alejó con pasos discretos y devotos. Durante un minuto reinó el silencio, únicamente el incansable viento cantaba en las copas de los árboles, vencidas por el pesado oro de mediodía.
Y entonces, pasos elásticos, que resonaron enérgicos en el camino de grava, una sombra alargada, que se acercó hasta sus pies y una figura alta de hombre se materializó ante ella, que se había levantado impulsivamente de su mullido sillón.
Primero se encontraron sus ojos. Él recorrió con una rápida mirada la elegancia de la figura femenina, cuya sonrisa levemente irónica se encendió también en sus ojos.
—Es muy amable por su parte acordarse todavía de mí —dijo ella alargándole su fina y bien cuidada mano nacarada, que él rozó respetuosamente con los labios.
—Mi querida amiga, quiero ser sincero con usted, ya que éste es un reencuentro tras muchos años y, como temo, también para muchos años. Mi visita se debe más bien a una casualidad, el nombre del propietario de ese palacete cuya magnífica situación me ha incitado a interesarme por él, me recordó su propiedad. Y así estoy aquí en calidad de arrepentido.
—No por ello menos bienvenido, porque tampoco yo podía recordar, en un primer momento, su existencia, a pesar de que una vez fue bastante importante para mí.
Ahora ambos sonrieron. El dulce y leve perfume del primer amor de juventud semisecreto había renacido en ellos con toda su dulzura embriagadora, como un sueño, que al despertar nos provoca una mueca de desdén, aunque desearíamos soñarlo o vivirlo una vez más. El bello sueño de la insinuación, que sólo desea y no se atreve a exigir, que sólo promete y no da.
Siguieron conversando. Sus voces tenían un tono de cordialidad, de una tierna confianza, como sólo la puede otorgar un secreto casi desvanecido. Con palabras reposadas, en las que una risa alegre lanzaba de vez en cuando sus perlas redondas, hablaron de cosas pasadas, de poesías olvidadas, flores marchitadas, cintas perdidas o destruidas, pequeños signos de amor, que habían intercambiado en la pequeña ciudad en la que habían pasado su juventud. Las viejas historias que, como leyendas remotas, despertaban en sus corazones campanas hacía años enmudecidas y cubiertas de polvo, se llenaron lenta, muy lentamente, de una solemnidad dolorida y cansada, el epílogo de su amor de juventud muerto confería a su diálogo una gravedad profunda, casi triste.
Y la voz de él, de timbre oscuro y melódico, vibró suavemente cuando relató:
—Allá en América recibí la noticia de su compromiso, cuando sin duda ya se había llevado a cabo el matrimonio.
Ella no respondió nada. Sus pensamientos se hallaban diez años atrás.
Durante unos largos minutos se hizo un espeso silencio entre ellos.
Y entonces ella preguntó en voz muy baja, casi sin voz:
—¿Qué pensó usted de mí, entonces?
Él alzó los ojos sorprendido.
—Puedo decírselo sin circunloquios, ya que mañana parto hacia mi nuevo lugar de residencia. No se ofenda, pero no viví momentos llenos de decisiones confusas y hostiles, porque la vida ya había reducido la colorida fogata del amor a una tenue llama de simpatía. Simplemente, no la comprendí; la compadecí.
Una ligera sombra color púrpura voló sobre las mejillas de la dama y el brillo de sus ojos se intensificó al exclamar alterada:
—¡Compadecerme! ¡No sabría por qué!
—Porque pensé en su futuro marido, ese hombre de dinero, indolente, siempre dispuesto a adquirir más (no, no me contradiga, no pretendo en absoluto ofender a su marido, al que siempre he respetado) y porque pensé en usted, la muchacha como yo la dejé. Porque era incapaz de admitir que usted, la solitaria, la ideal, que no tenía más que ironía displicente para la vida cotidiana, pudiera convertirse en la respetable mujer de un hombre corriente.
—¿Y por qué habría de haberme casado con él si las cosas eran como usted dice?
—No estaba seguro de estar en lo cierto. Quizá él tenía cualidades secretas que escapan a una mirada superficial y sólo empiezan a brillar en el trato íntimo. Ésta fue para mí la solución simple del enigma, porque había algo que no podía ni quería creer.
—¿Qué?
—Que usted le hubiera escogido por su título de conde y sus millones. Ésa era para mí la única imposibilidad.
Fue como si ella no hubiera oído las últimas palabras, pues bajo la protección de los dedos, que en la luz del sol irradiaban un rosa sangre oscuro como una concha de púrpura, miró hacia la lejanía, hasta el horizonte velado donde el cielo sumergía su vestido azul pálido en la oscura magnificencia de las olas.
También él estaba perdido en consideraciones profundas y había casi olvidado las últimas palabras cuando ella, apartándose de él, dijo, apenas perceptiblemente:
—Y sin embargo, así ha sido.
Él miró asombrado, casi asustado, hacia ella que, con parsimonia estudiada y a todas luces artificial, había tomado de nuevo asiento en su sillón y que con serena tristeza continuó hablando monótonamente y sin apenas mover los labios:
—Nadie me entendió entonces, cuando todavía era la niña pequeña de tímidas palabras infantiles, tampoco usted, que tan cerca estaba de mí. Quizá tampoco yo misma. Aún hoy pienso a menudo en ello y no me comprendo, pues ¿qué saben las mujeres de sus almas crédulas de adolescentes, cuyos sueños son como delicadas pequeñas flores blancas, que se lleva el primer aliento de la realidad? Y yo no era como las otras muchachas, que soñaban con héroes de arrojada masculinidad y vigorosa juventud, que convertirían su deseo incierto en brillante felicidad, su callada intuición en sublime conocimiento y las liberarían de la angustia vaga, oscura, imposible de definir, pero por ello no menos atormentadora, que echa su sombra sobre sus días de adolescencia y se vuelve cada vez más negra, más amenazante y más opresora. Nunca conocí esos sentimientos; mi alma bogaba a bordo de otras barcas de sueños hacia la secreta fronda del futuro que se escondía tras las nieblas envolventes de los días venideros. Mis sueños eran míos. Soñaba siempre que era una princesa, como las que aparecen en los viejos libros de cuentos, que juegan con deslumbrantes piedras preciosas de irisados colores, cuyas manos se sumergen en el resplandor dorado de tesoros fabulosos y cuyos recargados vestidos tienen un valor inestimable.
»Soñaba con el lujo y la riqueza porque los amo. ¡Qué placer cuando podía acariciar con mis manos la seda temblorosa, de melodía casi inaudible; cuando mis dedos reposaban como dormidos en el blando y ensoñado plumón de un pesado terciopelo! Era feliz cuando podía llevar como una cadena joyas en las delicadas falanges de mis dedos temblorosos de alegría, cuando gemas blancas relucían en la densa masa de mis cabellos como aljófar, mi máxima ambición era descansar en los asientos muelles de un coche elegante. Entonces estaba loca por la belleza artificial que me hacía despreciar mi vida real. Me odiaba a mí misma cuando llevaba mis vestidos de diario, modesta y sencilla como una monja, y permanecía días enteros sin salir de casa, porque me avergonzaba de mí en mi vulgaridad, me escondía en mi estrecha y fea habitación, yo, cuyo sueño más bello era vivir sola junto al inmenso mar, en una mansión lujosa y al mismo tiempo exquisita, con pérgolas sombreadas y verdes, en las que la bajeza del día de trabajo no asoma sus sucias garras, donde reina la paz plena… casi como aquí. Porque lo que mis sueños desearon lo ha hecho realidad mi marido, y por eso, porque era capaz de hacerlo, es mi marido.
La dama guarda silencio y su rostro arde con la belleza de una bacante. El brillo de sus ojos es ahora profundo y peligroso, y el rubor de sus mejillas adquiere una intensidad llameante.
Reina un completo silencio.
Sólo allá abajo el canto rítmico y monótono de las relucientes olas, que se arrojan contra los peldaños de la terraza como contra un pecho amado.
Entonces él dice en voz baja, como si hablara consigo mismo:
—¿Y el amor?
Ella le ha oído. Una ligera sonrisa asoma a sus labios.
—¿Posee usted aún hoy todos sus ideales, todos aquellos que llevó consigo al lejano mundo? ¿Los ha conservado todos, indemnes, o se le han muerto algunos, marchitados? ¿O quizá se los han arrancado del pecho por la fuerza y los han tirado al barro, donde han perecido destrozados por los miles de ruedas cuyos carruajes persiguen el objetivo de la vida? ¿O no ha perdido ninguno?
Él inclina la cabeza entristecido y calla.
Y de pronto lleva la mano de la dama a sus labios, la besa en silencio. Luego dice con voz cordial:
—¡Adiós!
Ella le responde con vehemencia y sinceridad. No se siente avergonzada por haber revelado a un hombre, ajeno a ella durante años, su secreto más profundo y haberle desvelado su alma. Con una sonrisa le sigue con la mirada y piensa en las palabras que ha dicho sobre el amor, y el pasado se interpone nuevamente con pasos sigilosos, inaudibles, entre ella y el presente. Y de repente piensa que aquel hombre podría haber guiado su vida, y los pensamientos dan color a esta insólita idea.
Y despacio, muy despacio, sin que ella se dé cuenta, la sonrisa se apaga sobre sus soñadores labios…


(De. Sueños olvidados y otros relatos [1900]. Traducción: Genoveva Dieterich)

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