ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Un hombre ocupado

Por Vladimir Nabokov

Aquel que se preocupa en exceso de los movimientos de su alma se ve fatalmente abocado a ser testigo de un fenómeno banal y sin embargo curioso y ciertamente melancólico: la muerte súbita de un recuerdo insignificante que una circunstancia casual le trae a la memoria desde el humilde y remoto asilo donde en silencio transcurría su oscura existencia. El recuerdo parpadea, palpita todavía y hasta refleja un punto de luz, pero al momento siguiente, bajo tus propios ojos, emite un último suspiro y cae muerto, víctima de la transición brutal que le produce la luz demasiado cruda del presente. Tan sólo queda entre las manos, de ahora en adelante, una sombra, un mero remedo de aquel recuerdo, desprovisto ahora, me temo, de la fascinante solidez del original. Grafitski, un hombre amable y temeroso de la muerte, recordaba un sueño de su infancia que encerraba una profecía lacónica; pero hacía tiempo que había dejado de sentir ningún vínculo orgánico entre sí mismo y aquel recuerdo, porque una de las primeras veces en que lo había convocado, el recuerdo llegó ya macilento para morir al punto —y el sueño que ahora recordaba no era sino el recuerdo de un recuerdo. ¿Cuándo tuvo lugar, aquel sueño? Imposible de determinar, respondía Grafitski, empujando el pequeño tarro de cristal con restos de yogur y apoyando el codo sobre la mesa. ¿Cuándo? Vamos, ¿cuándo, aunque sea aproximadamente? Hace mucho tiempo. Probablemente, entre los diez y los quince años: en aquel período pensaba a menudo en la muerte —especialmente por la noche.

Aquí lo tenemos, pues, un hombre de treinta y dos años, menudo aunque fornido, con unas orejas translúcidas y enormes, medio actor, medio literato, autor de rimas convencionales en periódicos de exiliados bajo un seudónimo no demasiado ingenioso (que recordaba desagradablemente al de «Caran d'Ache» que adoptó un caricaturista ilustre). Aquí lo tenemos. Su rostro consiste en unas gafas de montura de concha en las que se dibuja el destello de la mirada de un ciego, una verruga poco peluda en la mejilla izquierda. Está quedándose calvo y a través de los mechones dispersos de pelo cano se distingue la piel de camello rosado de su cráneo.

¿En qué estaba pensando hace un momento? ¿Cuál era el recuerdo bajo el que se afanaba su mente cautiva? El recuerdo de un sueño. La advertencia contenida en un sueño. Una predicción que, hasta ahora, no había obstaculizado para nada su vida, pero que ahora, ante la llegada precisa y certera de una cita inexorable, empezaba a dejarse oír con insistente y creciente resonancia.

—Tienes que aprender a controlarte —le decía Itski a Graf en una especie de recitativo histérico. Se aclaró la garganta y se acercó a la ventana.
Con creciente insistencia. El número treinta y tres —el tema de aquel sueño— se había enredado en la malla de su inconsciente y con sus garras curvas como las de un murciélago se había quedado trabado en su alma y sus empeños todos por devanar aquel misterioso enredo del subconsciente le resultaron vanos. Según la tradición, Jesucristo había vivido hasta los treinta y tres años y quizá (pensaba Graf, inmovilizado junto a la cruz del travesano de los postigos de la ventana), quizá fuera cierto que una voz le había murmurado en aquel sueño: «Tú también morirás a la edad de Cristo...», y aquellas palabras desplegaron ante sus ojos, como en una pantalla iluminada, la corona de espinas trenzando un doble tres amenazante.

Abrió la ventana. Había más luz en la calle que dentro de casa porque las farolas ya estaban encendidas. El cielo aparecía cubierto con una manta de suaves nubes; y sólo hacia el oeste, entre los tejados ocres de las casas, se vislumbraba una tierna banda de destellos brillantes. Un poco más arriba de la calle, un automóvil de ojos de fuego se había detenido, sus colmillos, haces de luz color naranja, se hundieron en el gris aguado del asfalto. Un carnicero rubio descansaba en el umbral de su tienda contemplando el cielo.

Como si estuviera saltando de piedra en piedra para cruzar un río, la mente de Graf saltaba desde el carnicero hasta la res abierta en canal y después hasta alguien que le había contado que alguien, en algún lugar (¿en una morgue?, ¿en una facultad de medicina?) llamaba afectuosamente a los cadáveres mis putregactos, mis pequeños putregactos. «Te esperan detrás de la esquina, tus, putregactos.» «No te preocupes, el putregacto no te va a abandonar.»

—Permitidme que examine las distintas posibilidades —dijo Graf con disimulada risa mientras miraba de través desde su quinto piso a las puntas de hierro de una verja—. La número uno (la más molesta): sueño que atacan la casa o que se incendia, salto de la cama, y, pensando (nos volvemos idiotas en los sueños) que vivo a ras de la calle, salto por la ventana... al abismo. Segunda posibilidad: en una pesadilla diferente me trago la lengua, eso ya ha ocurrido más de una vez, y esa masa de carne efectúa una especie de salto mortal en mi boca y yo me ahogo. Caso número tres: voy vagando, digamos, por unas calles bulliciosas —aja, ése es Pushkin que intenta imaginarse cómo va a morir:

En el combate, en mis viajes o entre las olas. O quizás en el valle cercano... etcétera, pero observad, empieza con la palabra «combate», lo cual significa que el poeta debió de tener algún presentimiento. En ocasiones la superstición puede no ser sino sabiduría disfrazada. ¿Qué puedo hacer para dejar de pensar en esto? ¿Qué puedo hacer en mi soledad?

Se había casado en 1924, en Riga, adonde había llegado desde Pskov con una insignificante compañía de cómicos. Él era el que escribía las canciones y los versos del espectáculo... y cuando, justo antes de su intervención, se quitaba las gafas para dar un toque de maquillaje a su macilento rostro se dejaba ver el azul ahumado de sus ojos. Su esposa era una mujer robusta y grande, de pelo muy negro y corto, con un cutis reluciente, y una nuca gruesa y erizada de pelos. Su padre vendía muebles. Al poco tiempo de casarse con ella, Graf descubrió que era grosera y estúpida, que tenía las piernas torcidas y que cada dos palabras rusas intercalaba diez palabras en alemán. Llegó a la conclusión de que debían separarse, pero dilató la decisión a causa de una especie de compasión vaga que sentía por ella y de esa forma la situación se fue arrastrando hasta 1926 en que ella le engañó con el dueño de una tienda de ultramarinos en la calle Lachplesis. Graf se mudó de Riga a Berlín, donde le habían prometido un trabajo en una compañía cinematográfica (que muy pronto se vino abajo). Llevaba una vida indigente, desorganizada, solitaria y pasaba horas y horas en tabernas baratas, donde seguía escribiendo sus convencionales poemas. Ésa era su vida —una vida que no tenía demasiado sentido—, la existencia insulsa, magra, de un exiliado ruso de tercera categoría. Pero, como es bien sabido, la conciencia no viene determinada por un tipo u otro de vida. En tiempos de relativa seguridad pero también en aquellos días en que pasaba hambre y comprobaba lo raído de su ropa, Grafitski no era desgraciado —al menos hasta que llegó al año fatídico. Podía considerársele, sin demasiado problema, un hombre ocupado, porque el objeto de su ocupación era su propia alma —y en esos casos, no hay cabida para el ocio ni tampoco necesidad del mismo. Estamos hablando más bien de los respiraderos de la vida, del pulso del corazón que parece en un momento detenerse de la piedad, de la irrupción de las cosas del pasado en el presente,—. ¿Qué aroma es ése? ¿A qué me recuerda? Y por qué nunca nos damos cuenta de que aun en la más monótona de las calles cada una de las casas es diferente, y la variedad es inmensa, ya sea de edificios, de muebles, de cada uno de los objetos más nimios, de los adornos aparentemente más inútiles... sí, inútiles, pero llenos de un encanto desinteresado, de una magia casi sacramental.

Hablemos con franqueza. Son muchos aquellos cuyas almas están dormidas como un leño. Por el contrario, existe gente dotada de principios, de ideales, almas enfermas a las que les afectan problemas de fe y de moral; no es que sean artistas de la sensibilidad, pero su alma es una mina en la que excavan y cavan, profundizando cada vez más con el taladro de su conciencia religiosa hasta marearse con el polvo negro de sus pecados, pecados pequeños, seudopecados. Graf no pertenecía a este grupo: carecía de pecados especiales y tampoco era persona de principios. Se ocupaba de su propio ser, como otros se dedican a estudiar a un determinado pintor, a coleccionar acáridos, o a descifrar manuscritos ricos en transposiciones y variantes complejas, con garabatos, como alucinaciones, en el margen y con tachaduras temperamentales que queman los puentes entre una y otra imagen —puentes cuya restauración resulta tan divertida.

Ahora sus estudios se habían visto interrumpidos por una serie de consideraciones externas —y esto era inesperado y tremendamente doloroso—, ¿cómo podía solucionarlo? Después de quedarse un buen rato en la ventana (y poniendo todo de su parte para encontrar una mínima defensa ante aquella idea ridicula, trivial, pero también invencible, de que dentro de unos pocos días, el diecinueve de junio, alcanzaría la edad mencionada en su sueño de infancia), Graf abandonó silencioso su habitación que iba dominando la penumbra y en la que todos los objetos, alentados ligeramente por las olas del crepúsculo, habían abandonado sus lugares de apoyo y flotaban como lo hacen los muebles en una casa inundada. Todavía era de día y, de alguna forma, el corazón se encogía ante la ternura de las primeras luces. Graf se dio cuenta al momento de que algo andaba mal, que una agitación extraña se estaba extendiendo por todos lados: la gente se reunía en las esquinas de las calles, hacía señas extrañas, caminaba hasta la acera de enfrente, y al llegar allí señalaba con el dedo a algo que se perdía en la distancia y luego se quedaba quieta en una misteriosa actitud como de sopor. En la oscuridad del crepúsculo, los nombres se perdían, sólo quedaban los verbos, o al menos las formas arcaicas de ciertos verbos. Este tipo de fenómeno podía significar muchas cosas: por ejemplo, el fin del mundo. De repente, con un hormigueo entumecido en todo el cuerpo, comprendió: allí, allí, más allá del horizonte entre los edificios, una silueta débil contra el claro fondo dorado, bajo el borde inferior de una nube alargada color ceniza, muy bajo, muy lejos, muy lento, flotaba un dirigible, también color ceniza y también alargado. El encanto exquisito, anticuado, de su movimiento que se maridaba con la belleza intolerable del cielo crepuscular, de las luces naranja, de las siluetas azules de la gente, provocó que el contenido del alma de Graf se desbordara. Lo vio como una dádiva celeste, una aparición pasada de moda, destinada a recordarle que estaba a punto de alcanzar el límite establecido de su vida; leyó mentalmente su inevitable necrológica: nuestro valioso colaborador... tan joven... nosotros que tan bien le conocíamos... un humor fresco... una tumba fresca... Y lo que era todavía más inconcebible: alrededor de la necrológica, y parafraseando de nuevo a Pushkin, «la naturaleza, indiferente, seguía resplandeciendo». La flora de un periódico, la maleza de las noticias nacionales, las bardanas de los editoriales.

Una tranquila noche de verano cumplió treinta y tres años. Solo en su habitación, vestido con calzoncillos largos, a rayas como los de un preso, sin gafas y parpadeando sin cesar, celebró aquel cumpleaños que tanto había deseado evitar. No había invitado a nadie porque temía ciertas contingencias como que se rompiera un espejo de bolsillo o que surgiera una conversación acerca de la fragilidad de la vida que la buena memoria de algún invitado elevaría a la categoría de mal agüero. Quédate, quédate, momento presente —no eres tan hermoso como el de Goethe—, pero, a pesar de todo, quédate. Estamos ante un individuo único en un medio único: los libros viejos abatidos como árboles por la tormenta en las estanterías, el pequeño frasco de cristal de yogur (que dicen que prolonga la vida), el cepillo para limpiar la pipa, el sólido álbum de tintas cenicientas donde Graf pegaba todo, empezando por los recortes de sus versos y acabando con el billete de un tranvía ruso —ése es el ambiente que rodea a Graf Ytski (sudónimo que concibió en una noche de lluvia mientras esperaba el ferry), un hombre pequeño de orejas como mariposas, taciturno, que sentado al borde de la cama contempla en su mano el calcetín violeta que se acaba de quitar.

Desde ese momento empezó a tenerle miedo a todo: al ascensor, a una corriente de aire, al tráfico, a los manifestantes, a la plataforma del camión desde donde reparaban los troles y cables del trolebús, a la inmensa cúpula del gasómetro que podía explotar en el preciso momento en que la cruzara camino de correos, donde, por si fuera poco, cualquier bandido arriesgado con la cara cubierta, podría ponerse a pegar tiros. Se daba cuenta de lo estúpidos que eran sus pensamientos pero era incapaz de superarlos. En vano intentó distraer su atención pensando en otra cosa: en el fondo de todos sus pensamientos estaba un cadáver, el putrefagto, el novio omnipresente. Por otro lado, los poemas convencionales que con toda diligencia seguía enviando a los periódicos se fueron haciendo cada vez más festivos y simples (ya que nadie debía notar retrospectivamente en ellos el presentimiento de una muerte cercana), y aquellos versos sin vida cuyos ritmos recordaban a la sierra del típico juguete ruso del muzik y el oso, y en los que estridente rimaba con escribiente —aquellos pareados, y sólo aquellos, acabaron siendo lo más sólido y seguro de su ser.
Naturalmente, a nadie le está prohibido creer en la inmortalidad del alma; pero hay una pregunta terrible que nadie que yo conozca se ha planteado (meditaba Graf mientras se bebía un jarro de cerveza): ¿no existirá la posibilidad de que el paso del alma al más allá vaya acompañado de impedimentos fortuitos y vicisitudes aleatorias semejantes a los distintos accidentes que rodean el nacimiento y la llegada de un ser a este mundo? ¿No podríamos ayudar al éxito de tal tránsito mediante la puesta en práctica, mientras estamos vivos, de ciertas medidas psíquicas o incluso físicas? ¿Y cuáles concretamente? ¿Qué debemos prever, qué debemos almacenar, qué debemos evitar? ¿Acaso deberíamos considerar la religión (argumentaba para sí Graf, demorándose en la taberna oscura y desierta donde las sillas hacía tiempo que bostezaban y se habían dormido sobre las mesas), esa religión que cubre las paredes de la vida con imágenes sagradas, como si fuera una forma de tratar de crear un ambiente favorable (más o menos de la misma forma en que, según dicen ciertos médicos, las fotografías de niños hermosos, rollizos, que adornan el dormitorio de las mujeres embarazadas tienen un efecto beneficioso en el fruto de sus entrañas)? Pero incluso si se hubieran tomado las medidas necesarias, incluso en el caso de que supiéramos por qué X (que se alimentaba de esto o de aquello, je leche, de música... o de lo que fuere) efectuó el tránsito hasta el jnás allá sin accidente alguno, mientras que Y (cuya alimentación había sido ligeramente distinta) quedó detenido y pereció, no existirán otros riesgos que amenacen el propio momento del tránsito, y que de alguna manera puedan interponerse en el camino, estropeándolo todo, porque, escucha, incluso los animales o gente muy simple se hacen a un lado sigilosamente cuando les llega la hora: no me pongas trabas, no pongas trabas en mi peligrosa, difícil tarea, concédeme, oh Dios, que mi tránsito se desarrolle pacíficamente y que me libere sin trabas de mi alma inmortal.

Estos pensamientos deprimían a Graf, pero todavía era más terrible, más desolador el pensar que existiera la posibilidad de que no hubiera más allá, de que la vida de un hombre estallara irremediablemente como las burbujas que bailan y se desvanecen en una tempestuosa tubería bajo las mandíbulas de una cañería —Graf las contemplaba desde la terraza del café de barrio en las afueras—, llovía mucho, había llegado el otoño, habían pasado cuatro meses desde que hubo alcanzado la edad fatídica, la muerte podía alcanzarle en cualquier minuto ya, y aquellos viajes hasta los sombríos yermos de pinares de las afueras de Berlín eran extremadamente peligrosos. Sin embargo, pensaba Graf, si no existe el más allá, entonces desaparece también con ello la idea de un alma independiente, desaparece incluso la posibilidad de los presentimientos y los augurios; está bien, seamos materialistas, y por lo tanto, yo, un individuo sano con una herencia genética sana, probablemente viva medio siglo más, y por lo tanto carece de sentido sucumbir ante ilusiones neuróticas —éstas sólo son el resultado de cierta inestabilidad temporal de mi clase social; consideremos más bien que el individuo es inmortal en la medida en que su clase es inmortal— y la gran clase de la burguesía (continuaba Graf, pensando en alto animadamente), nuestra gran y poderosa clase social conquistará a la hidra del proletariado, porque nosotros, asimismo, dueños de esclavos, comerciantes con nuestros leales trovadores, debemos plantarnos en la vanguardia de nuestra clase (más aplausos, por favor), nosotros, todos, los burgueses del mundo, los burgueses de toda la tierra... y de todas las naciones, levantemos nuestro propio kollektiv, dominado por el petróleo (¿o más bien por el oro?), y aplastemos a los monstruos plebeyos, al llegar aquí cualquier adverbio acabara en «iv» servía para rimar con el kollektiv de burgueses: después sólo quedan dos estrofas antes de volver al principio: ¡arriba, burgueses de todas las naciones y de todo el mundo! ¡Viva nuestro sagrado capital! Tra — tra — tra (algo que rime con nacional) ¡nuestra burguesa Internacional! ¿Ha quedado ingenioso? ¿Ha quedado divertido?

Llegó el invierno. Graf pidió prestados cincuenta marcos a un vecino y utilizó el dinero para hartarse de comer porque no tenía intención alguna de concederle la menor facilidad al destino. El extraño vecino que por su cuenta (¡por su cuenta y riesgo!) le había ofrecido ayuda económica, era un recién llegado que ocupaba las dos mejores habitaciones del quinto piso, y que se llamaba Ivan Ivanovich Engel, una especie de caballero fornido de pelo gris, que respondía al tipo clásico de compositor de música o de maestro de ajedrez, pero que, de hecho, era representante de alguna compañía extranjera (muy extranjera, quizá, del Lejano Oriente o incluso celestial). Cuando se encontraban por casualidad en el pasillo sonreía amable, tímido, y para el pobre Graf su simpatía se explicaba por el hecho de que era un hombre de negocios, sin cultura alguna, alejado de la literatura y de las otras cumbres del espíritu humano, y por lo tanto, tenía obligatoriamente que ser un hombre que instintivamente albergara hacia él, Grafitski el Soñador, una estima que le producía estremecimientos de placer. En cualquier caso, Graf tenía demasiadas preocupaciones para prestar demasiada atención a su vecino, pero de forma más bien distraída continuó aprovechándose de la naturaleza angelical del anciano caballero —y en las insoportables noches sin nicotina, por ejemplo, iba a llamar a la puerta de Engel para conseguir un puro—, pero no llegó a hacerse realmente amigo suyo, y ni siquiera le invitó a pasar a su cuarto (excepto aquella vez en que la lámpara de su escritorio se fundió justo el día en que la patrona había decidido ir al cine, y el vecino le trajo una bombilla completamente nueva que colocó en su lugar con toda delicadeza).

En Navidad unos amigos de sus tertulias literarias le invitaron a una fiesta con yolka (árbol de Navidad) incluido y Graf, perdido en la algarabía de la conversación, se dijo con el corazón encogido que quizá aquélla fuera la última noche en que contemplaba aquellas baratijas de colores. En otra ocasión, en medio de una serena noche de febrero, se quedó con la vista fija en el cielo durante tanto tiempo que de pronto se sintió incapaz de tolerar el peso y la carga de la conciencia humana, aquel lujo absurdo y siniestro: le sobrevino un espasmo odioso que le llevó a jadear, falto de aliento, y al hacerlo aquel cielo monstruoso cuajado de estrellas empezó a moverse. Graf echó la cortina de la ventana, y llevándose la mano al corazón, llamó a la puerta de Ivan Engel. Este, con una suave sonrisa y con un ligero acento alemán, le ofreció una valeriana. Y por cierto, dio la casualidad de que Graf, al entrar, sorprendió a Engel de pie en el centro del dormitorio destilando el calmante en un vaso de vino, sin duda para tomárselo él mismo: con el vaso en la mano derecha y levantando la izquierda que sostenía la botella color ámbar, movía en silencio los labios, mientras contaba doce, trece, catorce, y luego muy rápidamente, como si corriera de puntillas, quincedieciséisdiecisiete, y de nuevo, despacio, veinte. Llevaba una bata color amarillo canario: unas lentes se montaban en la punta de su atenta nariz.

Y después de otro lapso de tiempo llegó la primavera y la escalera se llenó de olor a lentisco. Alguien murió en la casa de enfrente, y durante un buen rato estuvo estacionado allí delante un automóvil fúnebre, negro brillante, como un piano de cola. Graf se vio atormentado por todo tipo de pesadillas. Veía señales ominosas por todos lados, la coincidencia más casual le aterrorizaba. La lógica de la suerte es la lógica del destino. ¿Cómo no creer en el destino, en la infalibilidad de sus movimientos, en la obstinación de su propósito, cuando sus líneas negras se nos muestran con persistencia a través de la escritura de la vida?

Cuanta más atención se presta a las coincidencias, tanta más tendencia tienen a producirse. Graf llegó a extremos increíbles: después de tirar un periódico del que había recortado la frase: «Tras una larga y penosa enfermedad», volvió a ver el mismo periódico a los pocos días con su hueco cortado en manos de una mujer del mercado que le estaba envolviendo una col; y la misma noche, desde detrás de los tejados más remotos, una nube maligna y oscura empezó a hincharse, engullendo a las primeras estrellas, y de pronto sintió una pesadez sofocante como si estuviera llevando a hombros un inmenso baúl de hierro forjado y de repente, sin que nada hiciera presagiarlo, el cielo perdió su equilibrio y el inmenso baúl cayó rodando con estrépito por las escaleras. Graf se apresuró a cerrar los postigos de las ventanas porque, como es bien sabido, las corrientes y la luz eléctrica atraen los rayos. Un resplandor atravesó la hendidura de las persianas y para determinar la distancia a la que había caído el rayo, utilizó el clásico método doméstico de ponerse a contar: el trueno le llegó cuando hubo contado seis, es decir seis verstas. La tormenta arreció. Las tormentas secas son las peores. Los postigos temblaron y crujieron. Graf se fue a la cama, pero una vez allí empezó a imaginarse tan plásticamente el momento inminente en el que el rayo caería en el tejado, atravesando los siete pisos v transformándole al pasar en un negro destrozado en horribles convulsiones, que saltó de la cama con el corazón latiendo a toda velocidad (a través de las persianas le llegó el resplandor de un relámpago, y la cruz que cerraba el postigo arrojó una sombra pasajera sobre la pared) y haciendo un estrépito tremendo en la oscuridad sacó del lavabo un pesado cuenco de loza (rigurosamente limpio) y tras colocarlo en el suelo, se metió dentro, de pie, temblando, con los dedos de los pies castañeteando contra la arcilla, y se quedó así casi toda la noche, hasta que el amanecer detuvo su locura.

Durante la tormenta de mayo, Graf descendió a las más humillantes profundidades de cobardía transcendental. Por la mañana, sin embargo, le cambió el ánimo.
Consideró el alegre cielo azul, los dibujos arborescentes de humedades oscuras que cruzaban el asfalto que se iba secando poco a poco y se dio cuenta una vez más de que sólo le quedaba un mes más hasta el diecinueve de junio. Ese día cumpliría treinta y cuatro años. ¡La tierra prometida! ¿Pero sería capaz de nadar toda aquella distancia? ¿Aguantaría?

Esperaba hacerlo. Con entusiasmo, decidió tomar medidas extraordinarias para proteger su vida de las exigencias del destino. Dejó de salir a la calle. Dejó de afeitarse. Fingió estar enfermo; su patrona se ocupaba de sus comidas, y a través de Engel le pasaba una naranja, una revista, o un laxante envuelto en un delicado envoltorio. Fumaba menos y dormía más. Hacía los crucigramas de los periódicos de exiliados, respiraba por la nariz y antes de irse a la cama tenía buen cuidado de poner una toalla húmeda sobre la alfombrilla de la cama para asegurarse de que su frialdad lo despertara, en el caso de que su cuerpo se viera acometido por un ataque de sonambulismo y tratara de esquivar la vigilia del pensamiento.

¿Lo conseguiría? Uno de junio. Dos de junio. Tres de junio. Al llegar al diez un vecino le preguntó a través de la puerta si estaba bien. Once. Doce. Trece. Y como aquel famoso atleta finlandés que en el último momento tira el reloj de plata que le ha permitido computar sus tiempos parciales, Graf, al ver que llegaba al final de la pista, cambió abruptamente su forma de actuar. Se afeitó la barba color de paja, se dio un baño e invitó a sus amigos a una fiesta el día diecinueve.

No cedió a la tentación de celebrar su cumpleaños la víspera del mismo, como le avisaban los astutos diablillos del calendario (había nacido en el siglo pasado cuando mediaban doce, no trece días, entre el Estilo Viejo y el Nuevo por el que ahora se regía); pero lo que sí hizo fue escribir a su madre en Pskov pidiéndole información sobre la hora exacta de su nacimiento. Su contestación, sin embargo, fue bastante evasiva: «Ocurrió por la noche. Recuerdo que tuve muchos dolores».

Amaneció el diecinueve. Durante toda la mañana, se pudo oír a su vecino caminando sin parar en su cuarto, mostrando una agitación nada habitual que le llevaba incluso a salir al pasillo cada vez que se oía el timbre del portal, como si estuviera esperando algún recado. Graf no le invitó a su fiesta, apenas se conocían, después de todo, pero sí que invitó a la patrona, porque la naturaleza de Graf aunaba de una forma curiosa la distracción y el cálculo. A última hora de la tarde salió, compró vodka, bolas de carne, arenques ahumados, pan negro... De vuelta a casa, al cruzar la calle, con los alimentos todos revueltos y mal sujetos, observó a Engel, iluminado por el resplandor amarillo del sol, que le contemplaba desde el balcón.

Hacia las ocho, en el preciso momento en que Graf, después de poner la mesa, se asomó a la ventana, ocurrió lo siguiente: en la esquina de la calle, donde se había reunido un pequeño grupo de hombres delante de la taberna, se oyeron una serie de gritos airados, seguidos por una serie de tiros repentinos. Graf tuvo la impresión de que una bala perdida silbaba delante de su rostro y que casi le rompía las gafas, y con un grito aterrorizado se metió dentro. Se oyó el timbre del portal. Temblando, Graf asomó la cabeza, y al mismo tiempo, Ivan Ivanovich Engel, vestido con su bata amarillo canario, corrió hasta el vestíbulo. Era un mensajero con el telegrama que llevaba todo el día esperando. Engel lo abrió con ansiedad —y su rostro se iluminó de alegría.

«Was dort für Skandale?», preguntó Graf, dirigiéndose al mensajero, pero éste, extrañado sin duda por el mal alemán de su interlocutor, no le entendió, y cuando Graf, con mucha cautela, volvió a mirar por la ventana, la acera de delante de la taberna había quedado desierta salvo por los porteros que contemplaban la calle, sentados en sus sillas frente a sus correspondientes portales y una doncella con las piernas al aire que paseaba un caniche rosa.

Hacia las nueve llegaron todos los invitados, tres rusos y la patrona alemana. Ésta trajo cinco copitas de licor y un pastel hecho por ella misma. Era una mujer con mal tipo, y llevaba un vestido como crujiente de color violeta, tenía las mejillas marcadas, un cuello lleno de pecas, y la peluca de una suegra de comedia. Los taciturnos amigos de Graf, hombres de letras exiliados, todos ellos ya mayores, pesados, con diversas enfermedades (cuyo relato siempre reconfortaba a Graf), consiguieron emborrachar inmediatamente a la patrona, sin privarse tampoco ellos de su correspondiente borrachera que, sin embargo, no consiguió alegrarles el ánimo. Por supuesto, la conversación se desarrolló en ruso; la patrona no entendía una palabra, pero no obstante sonreía estúpidamente, movía los ojos con coquetería vana, y mantenía un monólogo con ella misma sin que nadie la escuchara. Graf, de vez en cuando, consultaba el reloj bajo la mesa, anhelaba que la torre de la iglesia más cercana diera las doce campanadas, bebía zumo de naranja, y se tomaba el pulso. A medianoche se acabó el vodka y la patrona, tambaleándose y riéndose como una loca, fue a buscar una botella de coñac. «A su salud staraya morda» (vieja bruja), dijo uno de los invitados, y ella, inocente, confiada, chocó su copa con él tras lo cual hizo ademán de chocarla con otro de los presentes, que esquivó su brindis.

Cuando salió el sol, Grafitski se despidió de sus invitados. En la mesita del vestíbulo, observó, estaba, desgarrado y abierto, el telegrama que había hecho las delicias de su vecino. Grafio leyó distraído: SOGLASEN PRODLENIE (CONCEDIDA LA EXTENSIÓN), y luego volvió a su cuarto, puso un poco de orden, y, bostezando, invadido por una extraña sensación de aburrimiento (como si hubiera planeado toda su vida según las pautas marcadas por aquella extraña predicción y ahora tuviera que volver a planearla de nuevo), se sentó en una butaca y se puso a hojear un libro viejo (un regalo de cumpleaños), una antología rusa de buenos relatos y chistes publicada en el Lejano Oriente: «¿Cómo está su hijo, el poeta?». «Ahora es un sádico.» «¿Qué me quiere decir?» «Que sólo escribe dísticos tristes.» Poco a poco Graf se quedó dormido en su butaca y vio en sueños a Ivan Ivanovich Engel cantando en una especie de jardín moviendo sus alas redondas y amarillas, y cuando Graf se despertó el maravilloso sol de junio dibujaba un arco iris miniatura en las copas de licor de la patrona, y todo parecía de repente suave, luminoso y enigmático, como si hubiera algo que no hubiera entendido del todo, que no hubiera meditado hasta sus últimas consecuencias, y como si ahora fuera ya demasiado tarde, y hubiera empezado otra vida, nueva, como si el pasado se hubiera esfumado, y la muerte hubiera eliminado completamente, definitivamente, aquel recuerdo sin sentido, que el azar había convocado desde el hogar humilde y lejano, donde hasta entonces había estado viviendo su oscura existencia.

(De Cuentos completos, Alfaguara, Traducción María Lozano. El original ruso («Zanyatoy chelovek»), escrito en Berlín entre el 17 y el 26 de septiembre de 1931, apareció el 20 de octubre en París, en el diario del exilio Poslednie Novosti, y posteriormente se incluyó en la colección Soglyadatay (París, Rsskiya Zapiski, 1938)
 

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