Violencias

Las esclavas se escaparon

Ariell, Felicitas Marafioti y Charlie Di Palma. (Imagen: Constanza Niscovolos)

El procesamiento del cantante de El Otro Yo, Cristian Aldana, por abuso sexual agravado y gravemente ultrajante y corrupción de menores es un signo de cómo se modificó la escucha de la voz de las víctimas y cuánto aire les da a ellas para poder terminar con la culpa y el secreto de lo que padecieron. Sin embargo, las tensiones no dejan de existir, la voz de Aldana sigue haciéndose escuchar en los medios y no faltaron otros defensores –como Gustavo Cordera– que derraparon mostrándose a sí mismos como presas de insaciables jovencitas a las que no llegan a preguntarles la edad porque no les dan tiempo antes de abrir las piernas. O como víctimas de policías del deseo y la moral –puede leerse a Alfredo Leuco en las redes– que les cierran los ojos frente a la belleza. Las chicas que acusan a Aldana, en cambio, denunciaron para sobrevivir y reivindican el placer y la curiosidad adolescente. Pero frente al abuso insisten: “No nos callamos más”.

Por Luciana Peker

Las tres se reinventaron, re bautizaron, re nacieron para volver a nombrarse desencontradas por un maltrato precoz y por la pérdida hasta de la identidad de cómo eran nombradas. Felicitas Marafioti se hacía llamar Lili, Charlie Di Palma era Carlita y Ariell, Carolina. Ninguna se llama, se nombra o se identifica de la misma manera. Ariell, Felicitas y Charlie son tres de las denunciantes e impulsoras de la causa judicial contra Cristian Aldana (cantante de la banda El otro yo) un caso emblemático pero también gravísimo de abuso sexual y violencia de género de un músico de rock contra tres chicas -que tenían entre 13 y 14 años cuando las conoció e inició sexualmente- plagado de maltratos, golpes, violaciones y humillaciones.

Ariell denunció a Aldana en el 2011. Fue a Morón, a una comisaría en Congreso, paseó por oficiales y papeles, sin ser escuchada. En el verano del 2016 estaba en San Martín de Los Andes cuando escuchó que iba a tocar El otro Yo. Temblo, lloró, sintió pánico. Pero agarró una cartulina y un marcador y escribió una frase que se convertiría en emblema de una época: “No nos callamos más”. El 9 de abril de este año Mailén Frías denunció a José Miguel del Popolo, cantante de la banda La Ola que Quería ser Chau, por violación y violencia de género. Ella grabó un video en Youtube que se convirtió en un testimonio de una solvencia y un desgarro tan indigerible como imposible de saltear o banalizar. Las voces de las víctimas de cantantes de rock no pudieron seguir ignoradas. En mayo Ariell, Felicitas y Charlie coincidieron en la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM). Ariell reiteró y amplió su denuncia. Felicitas y Charlie hablaron por primera vez, junto a otras denunciantes que prefieren resguardar su identidad. En el contexto del abrazo colectivo de las mujeres en la calle y de la marcha de “Ni Una Menos” la voz individual se volvió colectiva.

No es sexo, drogas y rock&roll

No se trataba de libertinaje, sino de chicas con falta de libertad para irse o quedarse, de relaciones sexuales dolorosas y no consentidas. No se trataba de descontrol sino de control sobre los cuerpos de jóvenes y adolescentes. No se trataba de violación a la moral y las buenas costumbres, sino de la violencia sexual como una costumbre tolerada y naturalizada. No se trataba de noches de placer sin documentos, sino del placer masculino sin importar el deseo, la satisfacción o el sufrimiento de las chicas. No se trataba de sexo, drogas y rock&roll, sino de violación, control y subordinación. No se trataba de experiencias fuera de regla, sino de la humillación como regla frente a niñas, adolescentes o jóvenes tentadas por la admiración, la vulnerabilidad o la inocencia.

Tradición, familia y propiedad

Frente a las denuncias por violación las denunciantes -o sus ecos- sufren un doble embate: son putas, ellas fueron, ellas se lo buscaron, se dice de ellas trasladando hacia el cuerpo curioso de las adolescentes o en el latido de las mujeres que abren la puerta de sus casas la responsabilidad si son violadas. Si no eran las parejas oficiales eran, entonces, doblemente putas. Y si eran pareja son, entonces, automáticamente, despechadas. El manual de defensa de todo abusador -o de las complacencias sociales- les dice a las chicas que si van a la casa de un chico y son violadas son culpables y merecen cualquier agresión o lastimadura o sujeción a su cuerpo aunque digan una o mil veces que no. Y a ese manual -dolorosamente clásico- se agregó el manual trasgresor: si el rock &roll deja de tener camarines salvajes, alaridos de placer y noches de erotismo furtivo el feminismo viene a poner un corset censor al espíritu libertino de una música creada por la cultura de la transgresión. La diferencia es crucial. La violación es la némesis del placer y las mujeres no son un objeto de crueldad para el placer unilateral masculino. No hay rebeldía (sino tradición) contra las mujeres y no hay revolución sin un placer compartido. Y, aún con palabras y gestas que titilan ahora como no se nombraban antes (en las que el derecho al goce y al cuidado tiene una relevancia que marca un antes y un después en la historia), no es cierto que el sexo de roce sea igual al sexo forzado.

La causa por la que Cristian Aldana cumple prisión preventiva, desde el 22 de diciembre del 2016, en la Unidad Penitenciaria de Marcos Paz, tiene letras claras. El Juez de Instrucción porteño Roberto Ponce dictó la prisión preventiva y un embargo a sus bienes de más de dos millones de pesos para Cristian Aldana, el cantante de la banda El Otro Yo, procesado por abuso sexual agravado por mediar acceso carnal y gravemente ultrajante, en concurso con corrupción de menores. El músico dijo en Rolling Stone que está viviendo un infierno, acusó a Carolina de despecho, negó las acusaciones y apeló la medida. Pero la Cámara Nacional en lo Criminal, integrada por Juan Estebán Cicciaro y Carlos Alberto González, rechazó el 6 de enero pasado, un pedido de excarcelación. “No pueden obviarse las graves características de los hechos atribuidos al imputado, dado que sabiendo de su condición de ídolo musical de las víctimas y, en aprovechamiento de la adoración que éstas le dispensaban, como así también de su inmadurez sexual, las forzó a mantener relaciones sexuales con él en forma violenta e intempestiva, accediéndolas carnalmente por vía vaginal y anal, y a practicarle sexo oral. Además, por su influencia sobre las niñas, logró manipularlas para que participaran de orgías sexuales que organizaba con otras menores de edad, como así también las incitó a incorporar a otras niñas a dichas prácticas. En todos los casos pesquisados se denota la ausencia total de consideración a la minoridad de las víctimas, también un claro desprecio al género femenino e incluso una falta total de respeto a la noción más elemental de la dignidad humana”, dictaminó Ponce. El procesamiento llega después que las víctimas no pudieran realizar marchas sin que apareciera Aldana (disfrazado con un llamativo traje de monja), ni hablar en medios de comunicación sin recibir cartas documentos y amenazas por acciones legales de calumnias e injurias, ni ser atacadas y descalificadas por corporaciones de músicos. El miércoles pasado, la revista Rolling Stone volvió a darle la voz a Aldana para que hable del infierno de la cárcel, sus sueños de libertad, sus plegarias a Cristo y el discurso de la odiosa ex despechada que con sus arteras mañas logró convencer a otras para que digan lo mismo que ella.

Renombrar a la violencia

-Me generaba un odio muy grande mi nombre que es la identidad primaria. Me decían Carolina y se me venía la carga de lo vivido. Por eso, decidí bautizarme Ariell a los 20 años. Primero lo cambié en el Facebook y, después, viajé por Latinoamérica y en el viaje, como sos nueva porque nadie te conoce, no me daba vergüenza decir que me llamen Ariell. Pero Carolina está en el documento y es parte del proceso. Ahora volví a abrazar a Carolina porque eso también es entender a la niña y a la adolescente que fui y no dejarla al costado. Abrazar a la que fui y a las que fuimos y dar la vuelta -dice Ariell Carolina.

Ariell Carolina Luján elige llamarse con su nombre legal y su nombre elegido. Tiene 25 años. Es poeta y música. Un pañuelo en el pelo desvela sus ojos claros y las manos mueven entre sus dedos las piedras violetas y naranjas que engarza como artesana. Felicitas Marafioti tiene 29 años, un jopo rubio, varios rodetes que le dan fuerza a su pelo y aunque dice que le cuesta definirse se describe empleada, música, estudiante de cine. Las perlas de los aros se combinan con cadenas y tatuajes; las pasiones no tienen por qué contarse en singular en su antojo de mucho. Charlie Di Palma tiene 30 años. Y tiene, también, piedras y aros y muchas definiciones -poeta, escritora, estudiante de letras y música- que la abarcan y la expanden entre palabras que no reprime y comparte.
Ni calladas ni amargadas

Ariell fue quien inició las denuncias y no conocía ni a Felicitas ni a Charlie. Ellas se conocían y habían sido mejores amigas, pero no se veían, asqueadas de una época que no querían recordar y que ahora recuerdan para pelear contra el abuso. Las tres grabaron un video con su testimonio para Matría que tiene más de un millón de reproducciones y también una producción de fotos con sonrisas múltiples, brazos forzudos y cuerpos enérgicos y el lema “Me río porque ya no callo”.

Ariell conoció a Cristian Aldana a los 13 años en un recital. En abril del 2004 (a sus 14 años) lo empezó a ver y a los 17 años convivió con él. Charlie tenía 14 años la primera vez que estuvo con él y mantuvo un vínculo hasta los 18 años. Felicitas lo contactó, en el 2001, a través de un chat de El Otro yo, cuando tenía 14 años y lo conoció en una orgía. A Ariell y Felicitas las inició sexualmente y a Charlie le dijo que se inicie con un amigo para después estar con él. A Charlie y a Felicitas les pedía que les lleve otras chicas mientras ellas eran menores de edad. “Éramos niñas y él lo planteaba como un juego. Estábamos construyendo una identidad sexual”, cuenta Charlie. “Hay curiosidad cuando sos chica y él te decía `vos sos una puta´”, relata Felicitas. “Te decía `Vos sos mi esclavita sexual`. El se abusó de su condición de ídolo. Si nosotras accedimos a verlo en silencio permitiendo que hiciera eso era porque era nuestro ídolo y si me agarraba de los pelos era porque debía ser así mientras que nosotras éramos unas nenas”, detalla Ariell.

-¿Cómo funcionaba el abuso sexual con tantas chicas?

-Felicitas: Te sentías especial, vos tenías un secreteo con él y nadie más lo sabía. Vos eras la elegida.

-Charlie: Hay otras chicas abusadas que no se animan a hablar. El estaba todo el tiempo con chicas.

-Ariell: Es una red de corrupción de menores. Nunca actuó solo. Hubo gente que le dijo “Te ayudo a buscar pibitas”.

-Ch: O que se sumaron a esas orgías y hoy están todos fruncidos. A mí me mandaba a reclutar chicas.

-¿Se hablaba de su edad en el vínculo con él?

-F: Yo lo conozco por chat y me dice que lo llame. “Tenes voz de nena. ¿Cuántos años tenés vos?”, me preguntó. Yo nunca me había tomado un colectivo sola en mi vida. Y me pide que vaya a verlo y me explica cómo ir. No me animaba. No sabía tomarme un colectivo.

-¿Pidieron ayuda en algún momento?

-A: Yo me voy a vivir con él y el me decía que era su esclava sexual. La esclavitud era más doméstica, no solo sexual, como tenerle la comida preparada. Pero mi entorno ya era su entorno. A mí me pasó de hablar y pedir ayuda y que la gente de su entorno me contestara “Está muy estresado, pero él es bueno” o “No me cuentes porque no quiero saber”.

-¿Cuál era la violencia que relatabas?

-A: Cristian me pegaba y no me respetaba cuando fui la novia, a los 17 años. Yo era la que estaba adentro de casa y era la mujer. Tenía otro tipo de esclavitud, más de Susanita, me cogía como quería cuando quería, me cagaba a trompadas, tenía que tener la casa limpia y decía que las mujeres no podían ser músicas.

-¿Cómo influía la edad?

-A: Empecé a hablar cuando me acercaba a mis 18. No es lo mismo tener 15 que 18 o 21. En abril del 2011 yo tenía 21 años e hice mi primera denuncia.

-F: Yo hice un tratamiento por drogas, alcohol, bulimia y anorexia, un proceso de destrucción total desde los 15 hasta los 21 años.

-A: Yo no entré en las drogas sino en autocastigo y de odiarme.

-Ch: Es un síntoma el autorechazo.

-¿Qué diferencia hay entre hablar y no callar más?

-F: La adicción es la no dicción. La persona te trata mal y decís “me lo merezco”. Te callan y decís “esto me lo tengo que llevar a la tumba”. Cristian me decía que le lleve a mis amigas y llevar a mis amigas me lleno de culpa. Con 15 años no tenía amigas de 30 sino de 15. Mi primera vez fue en una orgía y éramos todas menores.

-A: Cuando podés poner nombre a lo que te sucedió es el primer paso.

-¿Cuántas denuncias hay?

-A: Son ocho las denuncias penales y dos las que denunciaron como testigos. La mayoría de las denunciantes tuvimos nuestra primera vez con él.

-En muchos casos se dice que con tantas denuncias el sexo va a terminar prohibido para descalificar los testimonios de abusos. ¿Qué diferencia hay entre el sexo consentido y gozoso y el sexo forzado y sin consentimiento?

-F: No había placer. Hoy, de grande, con toda esta mierda que empezamos a vivir, recién estoy explorando el sexo, con amor, que te tocan y sentís. Lo que pasaba antes no era amor, no era placer. Desde el prejuicio dicen “Estas pendejas calientes que iban a la casa del chabón” y yo no sabía ni siquiera que era mojarme. Yo no tenía ninguna experiencia sexual y no sabía cómo tenía que estar para poder tener relaciones. No llegaba ni a lubricarme y él se pasaba la mano por la lengua para poder realizar la penetración porque solo le importaba su placer. Yo no entendía nada cuando lo veía, creía que era natural y, en realidad, no era así. Eso muestra que no había consentimiento, tampoco físico porque mi cuerpo no reaccionaba. El sabía que mi cuerpo no estaba preparado para una relación y que no había ningún placer en mi cuerpo. Pero no le importaba. Y era mi primera experiencia y no sabía cómo era.

-A: El único placer era de él. Está super copado que una adolescente experiemente con adolescentes. No es moralista, es lo lógico. Él era consciente, no era un loquito y lo utilizó para su morbo y placer. Teníamos a un psicópata quemándonos la cabeza.

-CH: El tipo anestesiaba y disociaba el cuerpo y de la mente. No había placer en esa elección. Era solo agradar a mi ídolo. Yo no sentía placer, le daba placer a él todo el tiempo. Yo era una puta para él y para todo el entorno.

- A: El decía las mujeres son todas putas.

- ¿Por qué lo encubrieron otros músicos?

-A: Están todos re cagados porque siempre supieron que eso estaba mal y eran conscientes que estaban haciendo un daño y la sociedad se saco un velo, pero antes había anteojos.

-CH: Está cambiando el paradigma sobre abusos y violaciones y están empezando a saltar las fichas. Estamos hablando de un tipo que usaba todo su sadismo con niñas.

-F: Y filmaba y sacaba fotos. ¿Qué límite le iba a poner yo a los 14 años? En la época en que yo era chica no se hablaba de sexo. Seguía siendo tabú. No me sentaba con mi vieja. Sólo me dijo: “te va a venir y te podés quedar embarazada”. Mi vieja se enteró hace poco de esto y se puso re mal. En el colegio la educación sexual es pedorrísima: el pene y la vagina.

-A: Tenemos que bregar para que haya educación sexual en el colegio y que haya respeto al otro.

-A veces se confunde denuncias de abuso con moralismo. ¿Qué posición toman frente a eso?

-CH: No hablamos desde un ligar moralista. No queremos decir que el sexo es para mayores. Se habla en Encuentros de Mujeres, pero falta un camino muy largo. No se aplican políticas para cuidarnos.

-F: No se habla de abusos en la escuela. Hay gente que justifica diciendo “esta pendeja estaba re caliente se fue a la casa a coger y ahora se arrepiente”. Pero hay gente a la que le está cayendo la ficha.

-¿Cómo cambio el movimiento NI Una Menos el escenario social para que puedan ser escuchadas y animarse a hablar?

-A: Todo el movimiento Ni Una menos es impresionante todo lo que logró. A mí en el 2011 no me escuchó nadie. A él le fue muy fácil decir “es una loca, es una despechada y me quiere arruinar la vida”. Ahora gracias a una lucha se puede visibilizar y sostener.

-F: En la primera marcha de Ni Una Menos dije “guau”.

-CH: No estoy tan sola, no estoy loca.

20/01/17 P/12, Suplemento Las 12


 

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