José
María Rosa
Hace 18 años, el 2 se julio de 1991, se apagaba
la vida de José María Rosa.
José
María Rosa nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906. Se recibe de
abogado a la temprana edad de 20 años y luego de un breve paso de ejercicio
de la profesión y luego como juez de instrucción se dedica a la enseñanza,
tanto en cátedras universitarias como secundarias. De su experiencia como
Juez en Santa Fe sale su primer libro "Más allá del código". Su militancia
política comenzó en las filas de la Democracia Progresista. Completa sus
estudios doctorándose con la tesis "Orígenes místicos del estado" que es
también tema de su segundo libro, de 1936: "Interpretación Religiosa de la
Historia", donde examina la historia como "la sociedad en el tiempo",
descartando las visiones institucionales, raciales, periodísticas o épicas.
Residió en Santa Fe, donde dictaba en la facultad de derecho, cátedras de
Historia de las Instituciones y en esa ciudad, junto con otros estudiosos de
la historia fundó en 1938 el "Instituto de Estudios Federalistas", desde
donde se dictaron conferencias, se establecieron lazos con entidades
similares en el país y en el exterior y a través de ellas se perfiló una
vigorosa corriente de los que buscaban revisar la historia y sobre todo
mirarla desde un ángulo social. En 1943 sale su primer libro de historia
Argentina, "Defensa y Pérdida de nuestra independencia Económica". En 1945,
ya sumado a la naciente corriente nacionalista de pensamiento y acción
política, debió trasladarse a Buenos Aires por desinteligencias con el
rectorado y algunos centros de estudiantes, fruto de su militancia política
e histórica. Centra entonces su actividad en la universidad de La Plata,
ejerciendo también la cátedra en colegios secundarios. Por entonces publica
"Nos los representantes del pueblo", "La misión García ante Lord Strangford"
y "El cóndor ciego". La "Revolución libertadora" lo deja cesante y lo
encarcela en ocasión de la detención de su amigo John
W. Cooke, a quién había dado refugio en su casa. El delito que le
imputan es "rosismo".
Luego de varios meses de prisión sale para militar, ahora más activa y
decididamente, enrolándose en el fallido intento del General Juan José Valle
el 9 de junio de 1956. Es perseguido pero fuga a Montevideo y de allí,
aceptando una invitación del Instituto de Cultura Hispánica, que le promete
la edición de su libro "La caída de Rosas" viaja a España donde permanece
hasta 1958, ejerciendo el periodismo y dando conferencias en distintos
ámbitos. Vuelve para sobrevivir de lo poco que le producen sus publicaciones
y artículos y eventuales cursos de historia, que da permanentemente en
sindicatos de todo el país. Su actividad tiene como marco el Instituto de
Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entidad de la que fue
presidente en varias oportunidades. De esa época son sus libros "Rivadavia y
el imperialismo financiero" y "La guerra del Paraguay y las montoneras
argentinas".
A raíz de esta última publicación su nombre pasa a ser muy conocido en el
Paraguay, a donde es invitado permanentemente a dar conferencias o asistir a
eventos relacionados con el prócer máximo Paraguayo. Mientras tanto
participa activamente en la llamada "Resistencia peronista" convirtiéndose
en uno de sus referentes más respetados y queridos. Es en ese período que el
peronismo, antes indiferente, toma con entusiasmo las banderas revisionistas
y las hace suyas. Rosa integraría la comitiva de notables que van a buscar a
Perón el 17 de noviembre de 1972 en el famoso vuelo charter. Para entonces
ya se había publicado su "Historia Argentina", obra en 13 tomos. El General
Perón, dispone que se haga cargo de la embajada en Asunción, considerando
que su prestigio en Paraguay pudiese ser positivo para los intereses
nacionales dado que en ese tiempo se jugaban en las cotas de altura de la
represa de Corpus, la factibilidad de construir Yaciretá. Muerto Perón, tuvo
desinteligencias con el canciller Vignes y optó por aceptar la embajada en
Atenas, donde permaneció hasta el golpe militar de 1976. Regresó a Buenos
Aires, donde sus libros eran retirados de las bibliotecas. Fundó la revista
"Línea" (Por pretender abarcar a todo el pensamiento de la línea nacional),
"la voz de los que no tienen voz". La revista era secuestrada y Rosa era
víctima de numerosos juicios en su contra. Aún así "Línea" salió adelante.
Mientras tanto continuó con la publicación de libros y artículos en algunos
medios que poco a poco se animaban a expresarse. Su vida se apagó el 2 de
julio de 1991 muriendo en forma serena.
Es a su pedido, Ley 20.770, que se declara al día 20 de noviembre, en
conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado, "Día de la Soberanía
Nacional".
Fuente: http://ar.geocities.com/paginajosemariarosa/vida.htm
Pepe Rosa y la Revolución Libertadora
El interrogatorio del Capitan Gandhi
(Extraído en parte del libro “Conversaciones… de Pablo Hernandez)
Después de la Revolución Libertadora quedé incorporado al peronismo. Antes
había quedado ajeno, aunque con simpatía al movimiento. Fui preso por
esconder a un diputado peronista, con quien no tenía mucha relación, pero
algunas veces había venido a mi casa a consultarme temas históricos, y yo a
la suya a discutir historia con los antirrosistas. Me refiero a John Wiliam
Cooke. En un momento, serían las dos de la mañana, tocaron el timbre de mi
departamento. Yo vivía solo. Era Cooke que no podía entrar en el
departamento que le facilitaron en ese mismo edificio porque le dieron una
llave equivocada. Recordó que yo vivía allí y venía a pedirme asilo. Obré
como debe obrar un criollo. Lo hubiera hecho aunque fuera mi enemigo, y
Cooke no lo era. Puse la casa a su disposición y a la mañana me fui a dictar
mi cátedra a La Plata. Cuando vine me metieron preso. Me tuvieron en una
oficina bastante incómoda y después me pasaron a un salón muy grande de la
jefatura. Era un tribunal, pero como no lo había visto nunca, ni en
película. Un estrado con seis o siete jueces de uniformes de las distintas
armas; uno sólo, en un extremo, de civil. Cuatro o cinco filas de sillas
ocupadas por gente de uniforme de alta graduación y señoras y niñas muy bien
arregladas que me miraban -esa fue mi impresión- con infinito desprecio: era
un “peronacho”. Me hicieron sentar en una silla frente al estrado y después
de sacarme fotografías y, creo, películas, se apagaron las luces de la sala
y potentes reflectores se concentraron sobre mí. Situación deprimente. Hacía
cinco o seis días que estaba preso, dormía malamente en una silla apoyado en
una mesa, sin bañar, con el traje arrugado y manchado, la barba sin afeitar
(era lampiño entonces), el pelo alborotado. Y estaba iluminado por
reflectores ante un público tan distinguido. Empezó a interrogarme el
miembro civil del tribunal:
-El capitán Gandhi le pregunta…
-¿Quién es el Capitán Gandhi?
-Soy yo.
Porque ese capitán de civil hablaba en tercera persona. Me preguntaba sobre
Rosas. ¡Eso era la locura! Pero cuando hablan de Rosas se me olvida el
sueño, el cansancio, la depresión, el lamentable estado en que me encontraba
y me puse a dar una clase de Rosas a ese público absurdo. -El capitán Gandhi
le dice que usted sabe mucho de Rosas.
-Tal vez tenga razón el capitán Gandhi. Pero si quiere que le hable de
Rosas, que me invite una tarde a su buque, nos tomaremos dos whiskies y le
digo todo lo que el capitán Gandhi quiere saber sobre Rosas… pero no sé por
qué me han traído con ametralladoras y en este estado.
Aquí cambió la expresión del capitán:
-Es que usted enseña cosas que pervierten a la juventud y nos gustaría
comprobarlo.
-¿Pervierto a la juventud?
–Los trata de hacer rosistas cuando Rosas fue un tirano, como el prófugo,
que mató mucha gente. -No mataba tanta, capitán. Los que mandaba a fusilar
fue por traidores a la patria.
-¿Cómo a la Patria? En todo caso traidores a Rosas.
-Toda la época de Rosas es de conflictos internacionales, con los bolivianos
con los franceses, con los ingleses, con los brasileños, y esa gente ayudaba
al enemigo.
-¿Guerra con Francia, con Inglaterra?, ¿Cuándo?
-Con Francia hubo dos intervenciones: la de 1838 y la conjuntamente con
Inglaterra de 1845.
-Ah... ¡los bloqueos!
-Pero el capitán Gandhi debe saber que un bloqueo es una acto de hostilidad,
y además no se limitaron los interventores a bloquear; también bombardearon
Martín García, Atalaya, la Vuelta de Obligado…
-Pero no bombardearon Buenos Aires…
Bueno, dicen que por una réplica uno es capaz de hundirse hasta las verijas
y yo que soy polemista de alma, no iba a perder la ocasión que me brindaba
el capitán.
-Buenos Aires nunca fue bombardeada por marinos… extranjeros.
Por el momento el capitán no pareció darse cuenta de la intención, pero
llegó un papel, lo leyó y me dijo:
-Su interrogatorio, señor, ha terminado. Lo íbamos a poner en libertad, pero
queda detenido por ofensa a la Revolución Libertadora.
Naturalmente fua a parar al calabozo. Estuvo en la Penitenciaría de calle
Las Heras. Allí convivió con el último canciller de Perón, Ildefonso Cavagna
Martinez y con un joven Jorge Antonio, entre tantos otros, en condiciones de
incomunicación y de precariedad. Contaba que cuando Cavagna Martinez se
dirigía a los retretes, anunciaba que “Iba a ver al Nuncio”. Fuera de la
cárcel, sus amigos y parientes tramitaban el Habeas Corpus. Cuando el Juez
solicitó a la Policía las causas de la detención, le respondieron que estaba
en averigüacion de antecedentes de actividades terroristas consistentes en
defender a Rosas…¡!
Uno de los detenidos, diputado peronista por algún sitio, y médico
psiquiatra, hizo, en base a los relatos que se hacían del tal Gandhi el
diagnóstico de su enfermedad: “Paranoico”.
Pepe se interesó en ello y aprendió lo que significaba esta enfermedad… Allí
tabien supo que esta clase de enfermos saben de su enfermedad y tratan de
ocultarla ante los demás, y posiblemente al verse expuestos entrarían en
crisis. ¡Lástima saberlo ahora! dijo.
Luego de mas de 60 días, fue llevado nuevamente al tribunal. Esta vez no
había militares sino unos muchachitos “Comandos Civiles” que hacían de
jueces.
Este interrogatorio, que fue reconstruido por Pepe, puede no ser
rigurosamente actual. Es, sin embargo, exacto, palabra más, palabra menos.
Como fue grabado, el cotejo es fácil para la autoridad.
Fecha: Viernes 16 de diciembre [de 1955] a las 18.30.
Lugar: Departamento Central de Policía. [Capital Federal]
GHANDI – Diga sus condiciones personales.
ROSA – ¿Mis qué...?
G. – Nombre, edad, etc.
R. – José María Rosa, argentino, abogado, domiciliado en Cangallo 2269 de
esta ciudad...
G. – Ahora me va a decir desde cuándo conoce a Cooke...
R. – Más o menos desde hace 10 años.
G. – ¿Se veía mucho con él en junio de este año?
R. – Muy poco. Tal vez no lo haya visto en todo el mes.
G. – ¿Por qué?
R. – Porque Cooke se encontraba muy ocupado con su revista DE FRENTE, y yo,
por mi parte, acostumbro a salir muy poco.
G. – Nos va a decir ahora qué hizo usted el 16 de junio.
R. – Bien. A la mañana fui a La Plata a dar mis horas de clase. Me enteré de
que se habían suspendido, creo que por un acto de desagravio a la bandera.
Volví a Buenos Aires a eso de las 12 y una vez en mi casa me puse a dormir.
A eso de las 15 una persona de mi amistad me despertó por teléfono para
advertirme que habría una revolución, y que sintonizara la radio que daba
cuenta de ella. Así lo hice. Poco después oí ruido de aviones y estrépito de
bombardeo y subí a la azotea de mi casa desde donde pude ver a los aviones
ametrallando en dirección al Este...
G. – ¿Nos va a hacer creer que desde su casa se veían los aviones
ametrallando?
R.– Si, señor. Se veían perfectamente. Todos los vecinos de mi casa los
pudieron ver junto conmigo.
G.– Eso no es cierto. ¿Cuántos pisos tiene su casa?
R.– Ocho, y uno más para la azotea.
G. – ¿Y desde Cangallo al 2200 dice usted que vio a los aviones
ametrallando? ¿Cómo quiere que le creamos?
R. – Pues yo los vi perfectamente. Y conmigo todos los vecinos de la casa y
de la cuadra. Se veía como una cinta de fuego que iba desde el avión al
objetivo ametrallado.
G. – Bueno .. Bueno... lo dejaremos pasar. Siga usted explicando en qué
empleó su tiempo ese día.
R. – Al anochecer fui a buscar a una persona amiga que estaba en una casa
situada en Corrientes entre Florida y San Martín.
G. – Y ¿por qué fue?
R. – Porque esa persona es una señorita, y los momentos no eran como para
que anduviera sola por la calle.
G. – ¿Cómo se llamaba?
R. – A. R. Estaba en casa de C. O.
G. – Y ¿Qué trayecto siguió desde su casa hasta Corrientes y Florida?
R. – Tomé por Uriburu hasta Corrientes, y desde allí derecho hasta la casa
del señor O.
G. – ¿No vio alguna Iglesia quemada?
R. – No. No las hay en el trayecto.
G. – ¿Qué hora sería cuando usted salió de su casa?
R. – Ya era de noche .. Como estábamos en invierno, supongo que las 6.30 o
las 7 de la tarde.
G. – Y ¿qué hizo después?
R. – Llegué a lo de O. Recuerdo que estaba un sacerdote jesuita, el P B.
creo –estuve allí hasta las 11 u 11.30– Salí con la señorita de R. Tomamos
un ómnibus (que ya circulaban a esa hora), y bajamos en Corrientes y Larrea.
La acompañe hasta su casa en Larrea y Viamonte; después volví a mi casa y me
acosté.
G. – ¿Usted conoce a Luis Alberto de Herrera?
R. – Sí.
G. – ¿Qué puede decirnos de él?
R. – Es una figura muy importante de América, es... (etc., etc.)
G. – ¿Es peronista?
R. – ¡Luis Alberto de Herrera es jefe del Partido Blanco del Uruguay, varias
veces candidato a la presidencia de la República!
G. – Ya lo sabemos. Pero los herreristas son los peronistas uruguayos...
R. – Esa es una apreciación suya.
G. – Sí, es mía, y tengo donde fundarla. Y usted era el vínculo común entre
Perón y Herrera.
R. – Eso me hace reír... El Dr. Herrera me ha favorecido con algunas
muestras de su amistad; Perón con ninguna. Por otra parte no creo que el Dr.
Herrera tuviera que valerse de intermediarios si quería hablar con Perón.
G. – Confiesa entonces que había un vínculo íntimo entre Herrera y Perón...
R. – ¡Señor! Yo no estoy hablando de hechos que me son ajenos. Pregúnteselo
a Herrera o a Perón.
G. – ¿Cuándo vio a Herrera por última vez?
R. – En el Plaza Hotel, en ocasión de venir a Buenos Aires, por el
fallecimiento de la señora de Perón.
G. – ¡Ja!;Ja! ¡Eso ya lo sabia yo!... Ya ve que se trata de amigos
íntimos...
R. – Todos cuantos le dieron el pésame a Perón, o vieron el cuerpo presente,
¿eran entonces amigos íntimos de Perón?
G. – ¡Dejemos eso! Volvamos a las iglesias, ¡Sabemos que usted quemó las
iglesias!
R. – Si no fuera usted un loco, yo le contestaría como se merece.
G. – ¡¿Cómo?!
R. – ¡Lo mandaría a la gran! No puedo seguir porque hay mujeres en el
auditorio. Pero quiero que lea en mis ojos adonde lo mandaré...
(El Cap. Ghandi lee los ojos del Dr. Rosa).
G. – Me ha mandado hace rato.
R. – Le he dicho que "lo mandaría". Pero no puedo mandarlo porque usted es
un pobre irresponsable. Entre usted y yo hay mucha distancia.
G. –¡Mucha! Se lo voy a demostrar. Usted es un nazi extremista a quien odio,
como odio a todos los nazis...
R. – No acepto el calificativo de nazi, ni la mención de extremista.
G. – Usted es rosista, ¡y basta! Los rosistas tienen discípulos nazis, y
ellos mismos lo son. Los nazis son asesinos. Los que quemaron las iglesias
son asesinos. Ya ve usted cómo es claro para nosotros que usted quemó las
iglesias.
R. – ¿Ese razonamiento suyo constará como prueba en contra mía? ¡Me
interesaría mucho que así fuera! (a los taquígrafos): ¿Anotaron eso?
G. – Así consta. Todo este interrogatorio se registra en alambre. Y ahora le
voy a demostrar que usted es un extremista (toma papel y lápiz y traza un
dibujo). Vea usted: aquí está el Capitán Ghandi, aquí a la izquierda el
infierno comunista con Stalin, Molotov, etcétera. Aquí a mi derecha está el
infierno nazi donde arden Hitler, Mussolini, Perón y Rosas (traza un círculo
por cada uno de los personajes). Usted, (traza otro círculo) está al lado de
Rosas. Yo estoy en el centro del mundo: la diferencia entre usted y yo es la
de esta recta (traza una recta entre el "Cap. Ghandi" y el "Dr Rosa").
R. – La diferencia es mucho más grande... Pero me parece inútil
explicársela.
G. – ¿Qué le parece este esquema?
R. – A mí me parece que es el dibujo de un paranoico...
G. – Y ¿qué sabe usted lo que es un paranoico? A ver, explíquenos. ¿Qué
entiende usted por el síndrome de un paranoico?
R. – Con mucho gusto. Es un hombre aparentemente normal en muchas de sus
manifestaciones, pero delirante en cierto orden de ideas. Puede pasar por
inteligente ante cuatro o cinco ingenuos. Todo lo hace converger hacia su
morbosa personalidad; él es el centro del mundo y todo gira alrededor de su
yo exaltado. Los paranoicos se creen perseguidos por enemigos a quienes
atribuyen el hecho de no haber sobresalido como ellos creen merecerlo. Son
perseguidos, y a su vez se convierten en perseguidores: gente peligrosísima,
tienen delirio de grandeza, delirio de persecución. Muchas veces adoptan
nombres ajenos y usurpan grados, distinciones...
G. – Usted no sabe lo que son los paranoicos.
R. – En cambio, usted si lo sabe.
G. – Le voy a demostrar que esa imputación de paranoico que me ha hecho es
la calumnia de un nazi (llama a un secretario y le da una orden: el
secretario vuelve con un libro de PSIQUIATRÍA; Ghandi lo abre y muestra unos
dibujos). ¿Ve usted? Estos son los dibujos de un paranoico. Hay una gran
diferencia entre éstos, y los hechos por el Capitán Ghandi, (siempre parece
hablar en tercera persona).
R. – Sí, hay una diferencia. Los del libro son redondos, y el suyo es
cuadrado...
G. – Usted es un resentido...
R. – Y usted es un loco (dirigiéndose al Tribunal). Señores: yo, los hago
responsables a ustedes de mi detención e incomunicación.
Este hombre, que valiéndose de ustedes la ha ordenado, es un enfermo. (los
de la Comisión no lo miran: son cuatro muchachos jóvenes entre 20 y 25
años).
G.- (exaltado) ¡¡Usted es un nazi!! A ver, explíqueme usted por que este
esquema no le gusta (dándole lápiz y papel). A ver, a ver, haga el suyo...
R. – Si usted quiere enterarse de mi manera de pensar, compre mis libros y
léalos. Así, por lo menos, ganaré algo.
G. – ¡¡Usted es un mercader de ideas!!
R. – ¿Por qué mis libros se venden?
G. – Usted me dice loco. Pero yo y los otros miembros de la Comisión le
decimos a usted que es un "mercader de las ideas".
R. – Y usted ¿de qué vive? Supongo que será mercader de algo también.
G. – No hago caso a los insultos de un nazi. Vamos, háganos un esquema donde
demuestre que no es un extremista. Se lo haremos llegar al general Aramburu,
para que cambie de política...
R. - (Tomando lápiz y papel) Me voy a valer del suyo (examinándolo) ¿Este es
Rosas? ¿Y Rosas era nazi?
G. - (...)
R. - Debe ser porque gobernó con la suma del poder...
G. – Claro. Era totalitario, y por lo tanto, asesino.
R. – Bueno... (traza un circulito en el esquema). Entonces lo pondremos a
San Martín al lado de Rosas porque también quería un poder fuerte para
terminar con la anarquía, y además era amigo de Rosas. Y le dio su espada...
G. – Eso quieren ustedes.
R. – ¿La espada de San Martín? ¡Con mucho gusto! Pero se la dio a Rosas...
G. – No haga chistes, que el asunto es muy serio.
R. – Y aquí, al lado de Perón vamos a poner al pueblo argentino. Pero
entonces el Capitán Ghandi se ha quedado muy solo en el centro de su
cuadrado... (traza unos puntitos alrededor). Vamos a rodearlo de los señores
de la Junta Consultiva para que lo acompañen. Son 14 en total (termina de
hacer los puntitos). Ya ve cómo ahora el Capitán Ghandi nos resulta un
extremista, pues ha quedado en el extremo.
G. – Muy ingenioso... (se ríe). ¿Sabe usted quién quemó la bandera?
R. – No.
G. – ¡Perón!
R. – No lo sabía.
G. – El Capitán Ghandi lo ha demostrado ante todo el país.
R. – Por los informes que tengo sería todo lo contrario. Antes, todo el
mundo creía que había sido Perón, pero desde que el Capitán Ghandi anduvo en
eso, nadie lo cree.
G. – Todos lo creen. Y ¿sabe usted quién quemó las iglesias? ¡Perón y Luis
Alberto de Herrera! ¡Yo lo voy a demostrar!
R. – ¿Qué? ¿Luis Alberto de Herrera? ¿ He oído bien? (mirando a los otros
miembros de la Comisión, que siguen con la cabeza baja). ¡Pero este hombre
está demente!... ¿Han oído ustedes eso?
G. – La quemaron los herreristas. Y usted es herrerista. ¿Cómo explica que
el Padre Menvielle proteja a los de la CGT? ¿No podría haber quemado las
Iglesias también? ¡Y el Capitán Ghandi lo va a demostrar!
R. – ¿Y por este hombre yo estoy preso e incomunicado hace sesenta días?
¡Pero si es un enfermo!...
G. – Y usted es un mercader de ideas, y un nazi, y un asesino. Y no escriba
un libro en contra mía porque yo le voy a poner el prólogo, y todos sabrán
entonces lo que pienso de los nazis...
R. – Señores (a la Comisión): los llamo a la cordura. ¿Cuánto tiempo más me
van a tener detenido por imputaciones de este origen?
G. – ¡Si por mi fuera, lo tendré hasta que se pudra! Y váyase, y cuidado de
escribir en contra mía, que yo a los nazis sé cómo aniquilarlos. Y también
lo saben todos estos señores de la Comisión. ¡Váyase, váyase!
El pintoresco "Capitán Ghandi" se llamaba Próspero Germán Fernández
Albariños y era en realidad maestro de escuela puesto en ese peligroso papel
por el jefe de la policía federal de la revolución autollamada libertadora.
No fue el episodio que aquí se relata su única actuación como investigador y
juez, y en todas ellas se desempeñó con la misma mesura y sabiduría. Su
última actuación fue escribir un libro con sus demenciales teorías sobre el
asesinato de Aramburu al que tituló "Z en la Argentina".
(Revista "De Frente", nº 95, 9 de enero de 1956)