Noteolvidé

Celebramos 75 años de historia y de legítima insolencia, pacíficamente pero sin mansedumbres

Por Graciana Peñafort

Son flashes de la Historia. Un aluvión de laburantes marchando a una plaza que de pronto se volvía del pueblo y no del fasto. En blanco y negro y latiendo a lo largo de estos 75 años. Las patas en la fuente de un espacio que de pronto no era solo público, se hacia popular. Un relámpago y en el balcón de la Rosada hay una mujer que sabe que esta muriendo y con lo que le queda energía dice palabras que se volverán conciencia para siempre. La primera transmisión de la televisión argentina será un discurso de amor, de compromiso y de infinita lealtad a un pueblo que nunca lo olvidó.



Y después el dolor indescriptible. La orfandad. Y como la peste, la barbarie y los aviones sobre esa misma plaza sembrando muerte donde se había cultivado igualdad y Justicia Social. Pero ni las bombas ni el silencio pudieron callar el grito de Justicia de las humildes nomeolvides, que florecieron en las casas de los trabajadores, de los marginales, de las cabecitas negras. Los gritos del amor que la crueldad no pudo callar.

Y los hijos que crecieron viendo renacer la flor de nomeolvides y fueron a recibir a Perón a Ezeiza y de nuevo las balas del pueblo contra el pueblo. Y la esperanza renacida y la muerte que todo lo aplasta menos a la conciencia. Lloraba un soldadito que era pueblo. Y muchos, tal vez equivocados, creyendo que el amor es conciliable con la muerte. No, no lo es. Treinta mil conciencias que mató un gobierno ilegitimo. También nacimos nosotros, la generación que pasaría años buscando a los sobrevivientes, como a los nietos, como a los hijos. Y también encontramos a las madres y a las abuelas, y de alguna forma la orfandad encontró un límite en las historias de resistencia pacifica y grito de Justicia. De Memoria. De Verdad. La lealtad de un pueblo con los suyos. El amor.

Y mientras tanto el neoliberalismo que busca el olvido, de los muertos y también de los vivos. El silencio de los cementerios y ruido de vidrios rotos del estallido de un pueblo que dijo basta. Basta de ser enterrados en vida. Y el que intentó conciliar lo inconciliable. Era peronista, pero se enamoró del palco y se olvido de la plaza. El puente. Kosteki y Santillan y el palco encubriendo lo que habíamos visto todos. La muerte. Y el aire fresco y nuevo que vino del sur. Salir de infierno. Los años felices que, sabemos, son peronistas. Los derechos recuperados. Las plazas del pueblo y del amor nuevamente. Y los enemigos agazapados, babeando odio. Y nosotros siendo felices.

Y el octubre sombrío en que murió Néstor. Llovía y llorábamos agitando banderas de luto. Y la obligación de sostener lo conseguido. Y la fuerza desgarradora de Cristina de pelear por el futuro de todos. Flameando encendida frente ante al odio y al desprecio. La denuncia. La persecución del odio usando togas. Y ella flameando.

Y el triunfo siempre pírrico de los babeantes. Que con sus babas de odio corroyeron todo. Cuatro años de infierno. De muertes que duelen. De cárceles injustas. Y también de lealtades infinitas y regresos y reconciliaciones.

Abril, dieciséis de abril de 2016. El escarnio que buscaban anhelantes los que babean. Y de nuevo ella, flameando encendida para decirnos que no está muerto ni vencido quien pelea. Y la noción renovada de un camino con todos. La trabajosa construcción de un todos. «Es con todos», nos dijo, y fue con todos menos los que definitivamente ya no se sentían Todos.

El día que inscribimos en la justicia electoral el Frente de Todos. El día que recuperamos la plaza librándola de las rejas. El día que Alberto nos dijo a los argentinos: «Nunca más» al espanto y a las babas. Y entonces lloramos y nos abrazamos bajo un sol abrasador. Esperanza.

Y después la enfermedad y los babeantes escupiendo odio. Y un gobierno que se niega enterrar en vida a los pobres, a los excluidos, a los marginales, a los cabecitas negras.

Siempre hablo de temas judiciales, en una semana que pasó de todo. Diputados de la baba que hacen denuncias insólitas. Un fiscal babeante al que no le queda ni un resto de dignidad por defender. En él, ya todo es baba. Y una jueza que pone las cosas en su lugar y que, con extrema delicadeza, pero también contundencia, rechaza los escritos de la baba.

Y periodistas denunciados también, por los mismos representantes de la baba. Tengo la certeza de que la baba quiere disciplinar a los dignos. Pero más aun tengo la certeza de que lo que buscan los representantes de la baba es callar las causas de espionaje ilegal que están investigando al gobierno de Macri. Porque al mismo tiempo que hacen denuncias absurdas, hacen todo lo posible para llevarse esas causas a los refugios de la baba.

Además del acoso al que sometieron al juez Ramos Padilla en los días de la baba, hoy intentan atacar a los jueces y fiscales que investigan a quienes fueron los responsables de esa descomunal maniobra de espionaje ilegal que se llevó a adelante con el uso de la estructura gubernamental. «Asociación ilícita», escribieron los fiscales. Las pruebas están. Las fotos. Los mensajes. Los documentos. Espiaban a propios y extraños. Espiaban a las familias de las victimas del ARA San Juan. Espiaban.

Hoy jueces que fueron víctimas de ese espionaje y funcionarios judiciales que usaron la información proveniente de espionaje ilegal y se mezclan en los pasillos, honrando involuntariamente a Discépolo: «Que siempre ha habido chorros / Maquiavelos y estafaos/ Contentos y amargaos / Valores y dublé…»

Los mismos que permitieron la filtración de escuchas de dudosa legalidad hoy reclaman que los datos de sus teléfonos no sean auditados. Aquellos que filtraban imágenes humillantes para las personas, hoy se refugian en la hipocresía de escandalizarse.

Tampoco me confundo, al ruido de los babeantes se suman las entrevistas que remedan —y mal— lo que en un mundo normal sería una fellatio in ore, sin necesitar camuflar de entrevista lo que no lo es. Tiene infinitamente más dignidad el acto cuando se realiza sin ropas que estos simulacros en camisa. Solo un objetivo tiene esos simulacros, y es generar ruido, todo el ruido posible para encubrir lo que sucede y sobre todo lo que sucedió cuando gobernaban ellos, los babeantes.

Y a varias cuadras de distancia otras víctimas se debaten ser también victimarios. Cada cual sabe dónde está parado. Y donde lo recordará la historia.

Ayer fue un 17 de octubre de sabor particular. Con la responsabilidad de ganarle a la muerte y a los babeantes que la promueven. Con la ética implacable de los que gobiernan honrando la Constitución y las leyes, no como aquellos que ni siquiera pudieron completar el juramento ceremonial.

Domingo tras domingo escribo de leyes, de Poder Judicial, de derechos y garantías. Cuento casos, analizo sentencias. Hoy no. Porque quiero festejar este 17 de octubre. Porque los 75 años son un relámpago de historia que nos muestra que el pueblo no olvida. Que lo pueden asustar. Que lo pueden masacrar. Que pueden pretender cancelarlo. Pero no olvida.

Pueden hacer ruido. Pueden escupir baba espumante desde los titulares. Pueden mentir, espiar, endeudar sin escrúpulos, manipular al Poder Judicial. Pero a todo eso —y a la barbarie—, ya les gano una humilde flor de nomeolvides y la conciencia de un pueblo que se reconoce pueblo y no olvida ni su pertenencia ni su lugar en la Historia y su reclamo incesante y legítimo de futuro. De una Patria, así con mayúsculas, en la que reine el amor y la igualdad.

En este Día de la Lealtad, celebramos 75 años de Historia y de legítima insolencia y también sembramos futuro y esperanza. Somos peronistas, porque como decía Leonardo Favio, un día descubrimos que no se puede ser feliz en soledad. Seguimos pensando lo mismo. No, definitivamente no nos han vencido y acá estamos, TODOS, en un nuevo 17 de octubre. Pacíficamente, pero sin mansedumbres.

Déjenme decirlo. En el Día de la Lealtad al pueblo del que somos parte y a las convicciones que nos han traído hasta acá: ¡¡¡VIVA PERÓN, CARAJO!!!

El Cohete a la Luna



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