La novela de Perón




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La novela de Perón y otros textos de Tomás Eloy Martínez   |   Ficciones de lo real (entrevista 16/02/09)  |   Entrevista por Pablo Neyret, 2002
 

Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos.
ERNEST HEMINGWAY, prefacio de París era una fiesta

Los argentinos, como usted sabe, nos caracterizamos por creer que tenemos siempre la verdad. A esta casa vienen muchos argentinos queriéndome vender una verdad distinta como si fuese la única. ¿Y yo, qué quiere que haga? ¡Les creo a todos!
JUAN PERON al autor, marzo 26 de 1970

UNO

ADIOS A MADRID

Una vez mas, el general Juan Perón soñó que caminaba hasta la entrada del Polo Sur y que una jauría de mujeres no lo dejaba pasar. Cuando despertó, tuvo la sensación de no estar en ningún tiempo. Sabía que era el 20 de junio de 1973, pero eso nada significaba. Volaba en un avión que había despegado de Madrid al amanecer del día más largo del año, e iba rumbo a la noche del día más corto, en Buenos Aires. El horóscopo le vaticinaba una adversidad desconocida. ¿De cuál podría tratarse, si ya la única que le faltaba vivir era la deseada adversidad de la muerte?
Ni siquiera tenía prisa por llegar a parte alguna. Estaba bien así, suspendido de sus propios sentimientos. ¿Y eso qué era? ¿Los sentimientos?: nada. Cuando mozo, le dijeron que no sabía sentir, sino representar los sentimientos. Necesitaba una tristeza o una señal de compasión, y ya: las pegaba con un alfiler sobre la cara. Su cuerpo vagaba siempre por otra parte, donde los afanes del corazón no pudieran lastimarlo. Hasta el lenguaje se le iba tiñendo de palabras ajenas: mozo, de prisa. Nada le había pertenecido, y él mismo se pertenecía menos que nadie. De un solo hogar disfrutó en la vida -estos últimos años, en Madrid-, y también acababa de perderlo.
Levantó la cortina de la ventanilla y adivinó el mar debajo del avión: es decir, la tierra de ninguna parte. Arriba, unas hebras amarillas de cielo se desplazaban perezosamente, de un meridiano a otro. El reloj del General señalaba las cinco, pero allí mismo, en ese punto móvil del espacio, ninguna hora llegaba a ser la verdadera.

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Su secretario lo había retenido en la cabina de primera clase, para que se mantuviera fresco al llegar y la muchedumbre que lo aguardaba lo viese como al otro: el Perón del pasado. Disponía de cuatro butacas, sofás y una pequeña mesa de comedor. En la penumbra, observó a la esposa distrayéndose con una revista de fotos: era menuda como un pájaro y tenía la virtud de ver sólo la superficie de las personas. Al General le habían aterrado siempre las mujeres que iban más lejos, abriéndose camino entre sus no sentimientos.
Poco antes del almuerzo, el secretario lo llevó a dar una vuelta por la clase turista, donde viajaba una corte de cien hombres. A casi nadie reconocía. Le deslizaban en el oído apellidos de gobernadores, diputados, dirigentes sindicales. "Ah, si, saludaba él. "Cuento con ustedes. No vayan a dejarme solo en Buenos Aires..." Estrechó la mano aquí y allá, hasta que se le clavó un dolor en la boca del estómago y tuvo que detenerse a tomar aliento. "No es nada, no es nada", lo apaciguó el secretario, mientras lo devolvía a su butaca. "No es nada", repitió el General. "Pero quiero quedarme solo."
La esposa le envolvió las piernas con una frazada y reclinó el asiento, para que la sangre perezosa del General fuera avivándole el temple.
-¡Qué hombre tan bueno es Daniel! ¿Viste, Perón, qué hombre tan servicial nos ha mandado Dios? -Si -admitió el General-. Ahora déjenme dormir.
El secretario se llamaba losé López Rega, pero en la primera ocasión de intimidad pedía seriamente que lo llamaran Daniel, ya que por ese nombre astral lo conocería el Señor cuando tronara el escarmiento del apocalipsis. Parecía un carnicero de barrio: era retacón y confianzudo. Se posaba como una mosca sobre todas las conversaciones, sin preocuparse en lo más mínimo por la tolerancia de la gente. En otros tiempos se había esforzado por caer simpático, pero ya no. Ahora se vanagloriaba de su antipatía. Un par de veces, mientras el General dormía la siesta en el avión, López había tratado de medirle el espesor del aire en los alvéolos de los pulmones. Lo penetraba con el pensamiento e iba siguiendo, de un alvéolo a otro, la marcha lánguida y entrecortada de las corrientes. Al tropezar con un ronquido en el diafragma, el secretario se a larmó. Decidió montar guardia sentado en el brazo de la butaca, ayudando con la voluntad a que el aire se moviera. La señora, entretanto, harta de haber releído la historia de unos esponsales sevillanos en la revista Hola, se quitó los zapatos y olvidó la mirada en el paisaje de acero puro dentro del cual se movía el avión, insensiblemente.
Apenas advirtió que el General despegaba los ojos, el secretario lo hizo ponerse de pie y caminar por el pasillo. Dobló la frazada, enderezó la butaca y acercó uno de los sofás a la ventana. -Quedesé aquí sentado -dispuso-. Y aflojesé los botones del pantalón. -Qué hora es -quiso saber el General.
El secretario meneó la cabeza, como si hubiera escuchado la pregunta de un niño. -Quién sabe. Tal vez las dos. Pronto vamos a cruzar la línea del Ecuador.
-Entonces ya no podemos regresar -suspiró el General-. Era verdad lo que usted me predijo, López. Que un día yo iba a tirar mis huesos en la pampa.

Hacía dos meses que Perón estaba preparándose para volver a Buenos Aires: desde que el régimen militar había reconocido el triunfo de los peronistas en las elecciones y se aprontaba resignadamente a dejarlos gobernar. "Venga ya mismo a la patria. Instálese en su hogar", lo apresuraban cientos de telegramas. ¿Mi hogar?, sonreía. En la Argentina no hay más hogar que el exilio.
La primavera se había adelantado aquel año en Madrid. A finales de marzo, cuando abría el balcón de su dormitorio, venía de lejos un olor de fritangas y de palomas que le bastaba al cuerpo para relamerse con el pasado. El General alzaba los brazos y allí estaba, de pronto, el arrullo de la muchedumbre. Miles de palomas se estremecían con el saludo ritual, ¡Compañeros!, y lo vitoreaban agitando fotos y cartelones. Más allá, entre la plantación de rosales y las torres de los palomares, junto a la casilla donde se apostaban los guardias civiles del generalísimo Franco, se abrían las bocas del subterráneo Anglo-Argentino, que había comenzado a construirse casi ante sus ojos, en 1909. ¿No había caminado por aquellos lodazales, a la zaga de la abuela Dominga Dutey, cuando buscaba en el Ministerio de Guerra la beca de providencia que le permitiría estudiar en el Colegio Militar?
En ese punto del pasado, la imaginación del General se negaba siempre a seguir avanzando. Empezaba a sentir melancolía por lo que no había sucedido aún -perderé a Madrid, estaré demasiado viejo para andar solo por la casa que me han regalado en Buenos Aires-. Y en el repentino vacío de su corazón descubría que sólo cuando se quedaba sin país tenía tiempo para la felicidad.

En aquellos días de marzo lo acometió el presentimiento de que no debía irse. Cada vez que pensaba en Buenos Aires, el centro de gravedad se le desplazaba del hígado a los riñones y lo punzaba por dentro. El General decía que esas eran malas espinas anticipando la desgracia, y que la única manera de conjurarlas era ver una película de John Wayne por la televisión: el polvo de los westerns adonde no podían llegar las humedades de Buenos Aires. Las manos se le quedaban enredadas entre las toallas y los manteles, y cuando hasta la lencería fue embalada para el viaje, el cuerpo siguió aferrándose a las aureolas que los objetos dejaban por todas partes.
En esos desconciertos se le fueron las últimas semanas. Llevaba una agenda de seis a siete entrevistas diarias: siempre para ser el árbitro de alguna trifulca entre las facciones que se disputaban el poder a dentelladas. Escribía una que otra carta, hablaba por teléfono un par de veces al día (si no era con el médico de Barcelona que le cuidaba la próstata era con el veterinario: tenía una familia de perras caniches que daba mucho trabajo), y cuando procuraba caminar por la Gran Vía, como antes, ya no se lo permitían. Si el Padre Eterno anduviera mostrándose por la calle -lo disuadían, apelando a su propia receta-, acabarían por perderle el respeto.

Desde que el peronismo había ganado las elecciones, el secretario lo aliviaba de todas las pequeñeces administrativas: seleccionaba a los que serían recibidos por el General y a los que, luego de haberlo frecuentado casi a diario, ya no podían verlo nunca más. En ambos casos el secretario tomaba sus decisiones según el aura de bien o de mal que exhalaban las personas y que él podía sentir con tanta claridad como un olor. Por las noches, clasificaba la correspondencia y destruía los mensajes sin importancia,
para que el General no perdiera el tiempo. A menudo se salvaban del escrutinio sólo las cuentas de la luz y las ofertas de saldos de las Galerías Preciados, que tanto interesaban a la esposa. Todas las madrugadas, el canto de los gallos despertaba al General. Con alivio descubría que aún no era hoy: que faltaba mucho tiempo para volver. Tanto se lo repitió que el 20 de junio de 1973 casi le pasó de largo.
Era tarde ya, más de las cuatro y media, cuando se le vino encima el primer canto. El General cerró los ojos con fuerza y protestó: "Ya está aquí el maldito día y ni siquiera me ha dado tiempo para prepararme". Se incorporó lentamente, y a través del balcón contempló la neblina entre las sierras. Prendió la radio y trató de sintonizar, como siempre, los boletines de noticias. Captó unas voces raras y una música, pero se le escapaban de la atención, como si desembocaran en otros oídos.
Todavía en calzoncillos, el secretario irrumpió en el dormitorio, apagó la radio y chasqueó los dedos: "¡Arriba, que ya es hora! ¡Arriba!". El General retrocedió hasta la cama. Quiso respirar el fresco, y un mareo repentino lo desconcertó. Estaba pálido. Las carnes se le habían ido aflojando con los años, y ahora se veía como una esponja que estaba hundiéndose lentamente en el agua. Soy un hombre inundado y así nomás van a llevarme, se dijo. Entonces advirtió que su dolor no venía del cuerpo sino de la siniestra claridad que ascendía por las faldas de la meseta.
La esposa le trajo la bandeja con el desayuno. "Nada de manteca ni de panecillos", pidió el General, con involuntario acento español. "Sólo quiero té de menta. Las despedidas me han echado a perder la digestión."
Se acicaló con cuidado y se puso un traje azul. Impregnó los pañuelos con el perfume que usaba desde la época en que conoció a Evita y que le recordaría para siempre la frase con que ella se le acercó: "Usted huele como a mí me gusta, coronel: cigarrillos Condal y pastillas de menta. Sólo le falta un poquito de Atkinsons". Y al día siguiente se intercambiaron frascos de lavanda y de perfume Cytrus, "para hacer de cuenta que somos novios", había bromeado ella, con toda la intención de que fuera cierto. Pero la frase con que Eva lo conquistó fue otra, impregnada de olores tan penetrantes que ya el recuerdo no podía soportarla: "Gracias por existir".
De pie junto a la cama aún destendida, con los sentimientos otra vez inmóviles, el General oyó pasar a los camiones que llevaban los baúles de ropa hacia el aeropuerto, guiados por el afanoso secretario. -¿Qué me pongo? -lo sobresaltó la esposa, mientras se deshacía los aleros-. Fijáte aquí: he dejado estos tres vestidos fuera de la maleta.
-Vas a tener que ponerte los tres, mija. Buenos Aires queda tan lejos que hasta la ropa llega cansada.

Eran las seis y media de la mañana cuando bajaron al porche, tomados de la mano. Desde la calle, al otro lado de la verja, los atropellaron aplausos y flashes. Algunos periodistas reclamaron a gritos una declaración del General, lo que fuese: una palabra nada más para compensarlos por tantos días de extrañamiento. Pero ambos, la esposa y él, sólo levantaron los brazos y dijeron adiós.
En el patio del Palacio de la Moncloa, el generalísimo Francisco Franco los esperaba en uniforme de ceremonia. Tres meses antes había consentido, al fin, que Perón lo visitara, luego de tantos años sin atender a las solicitudes de audiencia ni contestar a los saludos de Navidad. Pero entonces, como ahora, había marchado a su encuentro con una escolta de almirantes y caballeros, entre los pendones de las guerras napoleónicas y de las guardias moras de Marruecos, con la mano tendida hacia él tan blandamente que el General sólo pudo estrecharle las falanges.
"¿Qué ha pasado con Franco?", se le escapó a Perón mientras avanzaba. "Me lleva sólo tres años y parece que lo hubieran sacado esta misma mañana de un frasco de formol."
Y a la vez, el generalísimo le iba diciendo a su edecán: "Vea usted lo que ha hecho el exilio con ese hombre. Tiene mi edad y ya está vuelto una ruina".
Pero el 20 de junio se asomaron el uno al otro con curiosidad, para ver con qué nuevas adversidades los había dañado el poder. Les sorprendió que todo fuera lo mismo y que no se hubieran dado cuenta. Firmaron unos protocolos de amistad y partieron en caravana hacia el aeropuerto de Barajas. La carretera estaba moteada de gallardetes azules y blancos que deseaban buen viaje. Un escuadrón de húsares montaba guardia, en semicírculo, a la entrada de la pista. El generalísimo reparó en el nombre del avión: -Ah, Betelgeuse: la estrella moribunda... Un astrónomo me la señaló en el cielo de Galicia, cuando estábamos pescando. Pero qué va, no pude verla. Había miles de estrellas sobre un mismo punto. Allí está, insistía el hombre: ¡La Betelgeuse es casi mil veces más grande que el sol! Pero yo nada. Qué va, nada. -El nombre fue idea de López, mi secretario. Es porque la Betelgeuse cambia de intensidad cada cinco años, como el destino de las personas. Cuando llegue a Buenos Aires voy a mandarle un telescopio de regalo, caudillo.
Se acercaron para los abrazos, pero sintieron al mismo tiempo que el otro podía desmigajarse. Franco le acercó las mejillas: -Esta es su casa, General. -Ojalá fuera cierto -dijo Perón.

Apenas el avión alzó vuelo y se perdió entre las sequedades ocres de Castilla, pidió que lo dejaran tranquilo y se adormeció. La esposa le quitó los zapatos y se puso a hojear los diarios de la mañana. Había tanta calma y una penumbra tan bien lavada que si cerraban los ojos podían imaginarse aún en el dormitorio de Madrid, mecidos por aquellas turbinas que más bien parecían las gárgaras de una tía vieja. Al poco rato, el General despertó sobresaltado: -¿Qué hora es? -quiso saber.
-En Madrid son ya las nueve y cuarto -respondió la esposa-. Pero en Buenos Aires falta mucho todavía para que amanezca Aquí arriba no puede saber uno en qué hora está viviendo. Ya has oído a Daniel: este avión va en dirección contraria a la del tiempo. El General meneó la cabeza.
-Cómo ha cambiado el mundo, mija. Todas son puras confusiones de Dios.
El avión hizo escala en las Canarias bajo un sol tan blanco que hasta el paisaje se borraba. El gobernador de las islas se presentó a bordo con unas Flores de cerámica para la señora y un manojo de medallas que fue colgando al azar, en los cuellos que tenía más cerca. Luego, en puntas de pie, pronunció un discurso que correspondía a un visitante equivocado, porque ponderaba la estrategia victoriosa del General en guerras donde no había estado ni siquiera de paso. La ceremonia se interrumpió cuando una horda de moscas se metió en el avión y cayó sin misericordia sobre la concurrencia.
Tardaron un largo rato en despegar. Ya más avanzado el día, después de haber sorteado una borrasca en Cabo Verde, el General fue al baño. Se observó en el espejo. Tenía las ojeras hinchadas y unos repentinos brotes de canas en las mejillas. Salió a buscar el neceser para afeitarse y los algodones de las tinturas. Canas de mierda, se dijo. Debo de estar sufriendo una tristeza muy grande para que la barba me crezca de semejante manera.
En la butaca le habían dejado algunos mapas con los derroteros de Aerolíneas Argentinas marcados en líneas de puntos, las bases navales de la Antártida, las redes ferroviarias abandonadas desde 1955. Abrió el plano de Buenos Aires. Recorrió con el índice la autopista que se abría paso desde las fábricas de Villa Lugano hacia el aeropuerto de Ezeiza, a través de monobloques, piletas populares y plantaciones de eu-caliptus. Trató de imaginar dónde estaría el puente al cual iban a llevarlo para que arengase a la multitud. López le había contado que casi un millón de personas lo esperaba. Familias completas estaban abandonando sus casas sin trancar las puertas, como si aquello fuera el fin del mundo. Un cantante famoso, que aún recorría las carreteras para dar ánimo a los peregrinos, se había exaltado al recordarlo: "¡Un rayo misterioso nos ilumina! ¡Esta es la fe que mueve las montañas! ¡Dios está con nosotros! ¡Dios es argentino!".
AL pasar de un hemisferio a otro, el avión entró en una turbulencia violeta y las a las temblaron. Los pilotos informaron al General que la costa del Brasil se veía a lo lejos y le ofrecieron pasar a la cabina de mando. "No estoy con espíritu", les agradeció. "Lo único que me ha dado el Brasil son disgustos y mala
suerte." Quiso, en cambio, que vinieran a sentarse con él los pocos amigos en los que aún confiaba. -Tráigamelos de una vez -le dijo a López-. Se ha hecho tarde ya y tenemos que prepararnos. Consintió en que los primeros fuesen la hija y el yerno del secretario, quienes solían divertir a la señora contándole historias de los artistas de cine. El yerno, Raúl Lastiri, era un pícaro de barrio, diestro en hacer asados y en levantarse con un ademán reo a las mujeres de cabaret; Norma, la hija, tenía veinticinco años menos, pero trataba a Lastiri con la suficiencia de una suegra.
Entre las cortinas que daban a los baños el General distinguió a José Rucci, el esmirriado secretario general de la CGT. Estaba comiéndose las uñas, a la espera de que lo dejasen pasar. Perón sentía inclinación por él.
-¿Mijo? -lo llamó. El hombrecito asomó la cabeza con precaución. Gastaba unos bigotes espesos, que se movían al compás de su enorme nuez de Adán. Para no despeinarse, llevaba el jopo empastado de laca-. Venga, sientesé. ¿Es verdad que hay un millón de personas ahí abajo? Cuando lleguemos será el doble. ¿Y si se desbocaran, como los caballos?
-No se preocupe, mi General -entró Rucci, sobrador-. Hemos tomado el aeropuerto y toda el área del puente. Tengo a miles de muchachos fieles repartidos en las rutas de acceso. Si hace falta, van a dar la vida por Perón.
-Eso es: la vida por Perón -se oyó despertar a la señora.
El General bajó la cabeza. Era extraño. Cada vez que lo hacía, el tiempo se le volvía agua, escurriéndose del cuerpo. Bajaba la cabeza, y al subirla, habían pasado ya muchas cosas que no podía recordar, como si el atardecer de hoy se hubiera convertido repentinamente en un atardecer de mañana. Al lado de la señora vino a sentarse un italiano que a cada rato la obsequiaba con figurines de moda y anteojos de sol. Decían que, antes de morir, el papa Juan XXIII lo había gratificado con sus más virtuosas confidencias. El propio General solía oír cómo el italiano bromeaba por teléfono con los cardenales de las congregaciones vaticanas y conversaba sin intermediarios con Mao Tsétung y con Su Santidad Pablo VI, aun a las horas en que no atendían a nadie.

Se llamaba Giancarlo Elia Valori. Visitaba con frecuencia la quinta de Madrid, siempre afanoso por conseguir una condecoración para cierto amigo banquero, Licio Gelli, quien lo acompañaba también en este vuelo a Buenos Aires. Gelli era un caballero sombrío, de pocas palabras. Cuando hablaba con el General 18
sonreía con facilidad, pero manteniéndose a distancia, como si temiera que le contagiasen alguna plaga. Seducido por Valori, el secretario había garantizado que conseguiría la condecoración. Pero el General vacilaba: "La gran cruz de la orden del Libertador, Valori... ¿Para qué quiere tanto?". Y el italiano insistía: "Puse a la Iglesia del lado suyo, excelentísimo. Ponga usted a Gelli del lado mío".
De todas las amarguras y fastidios que el General había debido afrontar durante el viaje, ninguna era tan insufrible como la compañía de Héctor J. Cámpora, el presidente de la República. En los tres años pasados, cuando era su delegado personal y no tenía otra obligación que la de obedecerle, Cámpora había sido fiel, discreto, maravilloso. A veces, al caer la tarde, el General lo extrañaba y hasta le daba unas palmaditas de amistad, sin advertir que Cámpora no estaba allí sino en Buenos Aires. Pero al sentirse con mando, el presidente se había echado a perder. Tomaba en serio su papel: lo representaba con demasiado entusiasmo. Quería ser popular. Le encantaba que lo llamaran tío: el hermano del líder. Cada vez que pensaba en esas necedades, el General sentía un ardor de cólera.
Por fortuna, Cámpora se había dejado ver poco durante el viaje. Un par de veces, cuando aún volaban sobre España, había tratado de acercarse. "¿Está cómodo, señor? ¿Se le ofrece algo?". Pero el General lo rechazaba: "Quédese tranquilo, Cámpora. Descanse. Aproveche estas últimas horas muertas para descansar".
Habían compartido el almuerzo en silencio. Ya llevaban casi una semana distanciados. Por momentos, Cámpora sentía ganas de pedir perdón, pero no sabía por qué.
Tenía sesenta y cinco años y los sentimientos transparentes: cada felicidad se le prendía en la cara como
una vela. Estaba orgulloso de su dentadura y del bigotito fino que le patinaba sobre los labios; sus modales eran ceremoniosos y gentiles como los de un cantor de tangos. Caminaba gallardamente, con unas espaldas más jóvenes que el cuerpo. Pero delante del General se transfiguraba: los temblores que le bajaban del corazón iban encorvándolo a tal punto que parecía un camarero con la servilleta en el brazo. Cuando Perón lo mandó a buscar, se había sentido mal, descompuesto. Al entrar en la cabina advirtió que el sol incomodaba a la señora en los ojos y se apresuró a cerrar la ventanilla.
-¿Qué hace, Cámpora? -lo reprendió el General-. Deje esos menesteres para las azafatas. Y siéntese de una vez. Ya lleva muchas horas de vida social.
El secretario mandó a servir té con galletitas. Hubo un largo rato de silencio, o tal vez de confusión, hasta que la señora, inadvertidamente, atropelló con los zapatos una hojarasca de revistas. Fue como una señal. Perón se puso de pie. Cámpora, que había logrado relajarse, se tensó de nuevo. Todos pudieron sentir cómo la tarde iba cayendo en un orden perfecto. El General extendió los brazos con una expresión de profunda pena.
-Yo estoy amortizado ya, muchachos. Nada espero de la vida sino quemar los últimos cartuchos al servicio de la patria... -Suspiró. La voz cambió de registro y se tiñó de una súbita ira-:...es que cada día me traen de Buenos Aires noticias que me alarman... Oigo que sin razón alguna entran desconocidos a las fábricas y las ocupan en nombre de Perón, desalojando a los propietarios legítimos... He sabido que molestan y golpean a los gremialistas que me han sido más fieles, invocando un peronismo que no es el mío... Hasta me han dicho que llaman por teléfono a los generales, en medio de la noche, para amenazarles a las familias... ¿Qué locuras son esas? Los ultras están infiltrándonos el movimiento por todas partes, arriba y abajo. No somos violentos pero tampoco vamos a ser tontos. ¡Esto no puede seguir! El desorden trae caos, el caos acaba en sangre. Cuando querramos darnos cuenta ya no tendremos país. No habrá más Argentina. Viendo tanta torpeza, los militares volverán a conspirar. ¡Y con razón! Pero yo no estaré ahí para frenarlos. A mi edad, nadie se sacrifica para morir entre ruinas. No, señor. Les advierto que al primer desmán, Chabela y yo hacemos las valijas y nos volvemos a España. El secretario asentía con énfasis, copiando con los labios cada palabra del General. Sin poder contenerse más, intervino:
-Estas tragedias pasan porque usted es demasiado bueno: porque no ha querido darles a los culpables su merecido. -... Y sacarlos a patadas del movimiento -completó Rucci. -A patadas -aceptó el General.
Fue en ese punto de la historia cuando sucedió. Uno de los pilotos abrió la puerta de la cabina, ofuscado. Apuntaba desesperadamente con el pulgar hacia abajo. Debía de tener ya las palabras casi afuera de la boca porque no supo qué hacer con ellas cuando vio la majestad del General alzada sobre aquel cónclave. Vaciló un instante y se las tragó. El secretario lo tomó del brazo y fue a encerrarse con él en la proa. -Ahora digamé qué pasa -lo apremió.
-La torre de control de Ezeiza nos aconseja operar en otro aeropuerto, señor. -Desde el tablero de mando, la radio emitía silbidos histéricos. El copiloto, también excitado, contestaba con largas aaes y ooes a las informaciones de tierra.- Parece que han atacado el palco donde estaban esperando al General. Hay mucha confusión. Muertos, ahorcados, aplastados por las avalanchas... Los partes son terribles. -Cuenteseló así mismo al General -vociferó López, abriendo la puerta de la cabina. Todos se volvieron. Hasta Gelli, que estaba echándose gotas en los ojos, atendió con asombro. Ni bien el piloto empezó a repetir la historia, la señora se desesperó: -¡Ay, Dios mío! ¿Qué horrores son esos?
Valori, el italiano, se apresuré a consolarla acercándole un pañuelo impregnado de perfume. El General, mientras tanto, no había perdido ni por un segundo su instinto de gravedad. Quiso saber si los pilotos se hablan comunicado con el teniente coronel Jorge Osinde, que era jefe del comité de recepción, y cuál era la opinión del vicepresidente Solano Lima, a quien los terribles sucesos debían de estar angustiando en el aeropuerto. Sí, lo habían hecho todo:
-Recibimos el primer aviso a las 15.05: una llamada del teniente coronel Osinde. Fue una comunicación muy confusa. Se oían gritos... Alguien que no se identificó volvió a llamamos a las 15.23. Estaban tomando declaraciones a los detenidos: así dijo. Y creían que se trataba de un complot para asesinar al General.
La señora no pudo más y soltó el llanto.
-¡Distensione, distensione! -recomendó Valori, con voz histérica.
-¿Y ahora, qué hacemos? -encaró el secretario al presidente Cámpora-. ¡Hombre, a ver si por una vez se le ocurre algo!
-A las 15.32 hablamos con el doctor Solano Lima en persona -siguió el piloto-. Venía de recorrer el área en helicóptero. Recomendó descartar el aeropuerto de Ezeiza. Coincidió con el teniente coronel Osinde, que nos aconseja ir a Morón. El vicepresidente prometió volver a llamar. Quiere comunicarse directamente con el doctor Cámpora.
-¿Y han averiguado quién empezó todo? -preguntó el General.
-Así lo han informado, señor, que ya lo saben. -El piloto leyó unas notas-: A las 14.03 se registró en la ruta 205 el paso de unas tres mil personas que avanzaban hacia el palco, llevando carteles de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y de los montoneros. A las 14.20 esas personas trataron de romper los cordones de seguridad y de invadir el área más cercana al palco, justo al pie del puente, donde ya no cabía ni un alfiler. Como los cordones se mantuvieron firmes, los de las FAR abrieron fuego. Usaron armas de procedencia soviética, con caño recortado. Cuando el ataque fue repelido, el tiroteo se generalizó... Nos han transmitido cifras muy cambiantes de bajas: cincuenta, cien, quinientos. Parece que los equipos de sanidad no dan abasto, y que algunos heridos son trasladados a los hospitales de Lanús y Monte Grande. Lo más terrible... -El piloto estaba por contarlo y se retrajo.-Son detalles demasiado fuertes para la señora...
-Adelante... -dijo ella-. Ya qué más da.
-Han encontrado a varios hombres colgados de los árboles, en Ezeiza. Por las pistas del aeropuerto se arrastran muchachones destrozados a cadenazos. Según explican en la torre de control, el pueblo está enardecido y hace justicia por su propia mano.
Rendido, el piloto entregó las notas al secretario y se masajeó la efervescencia de las sienes con la punta de los dedos.
-Aquí hay un mensaje último de Osinde -dijo López-. Ya todo está preparado para que bajemos en Morón. Espera órdenes del General y de nadie más.
-¿Y yo qué puedo hacer aquí, tan lejos, tan inerme? -se lamentó Perón-. Dejenmé solo un momento. -No se puede -lo cortó el secretario-. No hay tiempo. Estamos llegando a Buenos Aires. -Ya me lo presentía. Han estado sembrando vientos y ahora recogen la tempestad. Ella asintió: -La tempestad.
El General cerró los ojos y se desplomó en la butaca. -Volver así... qué triste.
-Qué tristeza tan grande -repitió la señora, meneando la cabeza.
-Entonces no hay nada que hacer -decidió el secretario-. No habrá ninguna ceremonia en Ezeiza. Que dispersen a la gente de una vez. Que la saquen de ahí como sea. Aterrizaremos en Morón. El presidente Cámpora sintió que había llegado su momento. ¿Al General lo disgustaba su manera de gobernar? Pues bien: actuaría como si fuese Perón. Ejercería el poder que le habían confiado. -No, señor -desautorizó al secretario-. Tenemos que ir a Ezeiza como sea. El pueblo ha viajado días enteros para ver al General de cerca. ¿Cómo lo vamos a desilusionar? Algún recurso habrá... Llevamos más de doce horas en este avión. Nada cuesta seguir dando vueltas hasta que resolvamos el problema... -Mientras hablaba se fue sintiendo único, irrefutable, al fin poderoso. Se volvió hacia el piloto-: El comandante en jefe de las fuerzas armadas soy yo, canijo. Adviértale a Osinde que voy a grabar un mensaje desde aquí, tranquilizando a la gente. Y si el General está de acuerdo, también él hablará. Eso es: dos mensajes. Que adviertan a las radios para transmitirlos en cadena. Necesitamos diez minutos, eso es todo. Vayan avisando por los altavoces que ya el General y el tío Cámpora harán un llamado de paz. Esto se acabará. Entonces podremos bajar en Ezeiza. El piloto abrió la puerta de la cabina, con ánimo de obedecer.
-No llame nada -lo contuvo el secretario-. ¡Ni se le ocurra llamar! Hay miles de inconscientes matándose ahí abajo porque un inconsciente de aquí arriba les ha dado a las. Con la seguridad del General no se juega. Si bajamos en Ezeiza, la multitud se nos echará encima. Están todos enfermos, enloquecidos. ¿O acaso los partes de Osinde no han sido claros?
Las miradas de todos se posaron sobre Perón, esperando su señal. Una oscura fuerza los puso de pie. Nada pasó: el General se había adormecido. La señora le acariciaba el pelo, tal vez con ternura. -Daniel tiene razón -murmuró ella-. Daniel tiene razón... -Haga lo que le ordeno, comandante -alzó la voz el secretario-. ¿O es que no sabe todavía quién manda aquí?

DOS

LOS COMPAÑEROS DEL ARCA

Sólo un par de horas ha descansado Arcángelo Gobbi en esta noche de espanto, aterido aun dentro de la bolsa de dormir. Sin embargo, le sobra voluntad para ponerse de pie y dar gracias a Dios por haber llegado vivo al Gran Día. Con unción contempla la foto del General que los escenógrafos han colgado en el centro del altar donde está montando guardia, sobre el puente más próximo al aeropuerto de Ezeiza. Al caer la tarde Perón descenderá en helicóptero y caminará hacia el púlpito -suspendido sobre la cabeza de las multitudes-, para pronunciar su sermón del regreso. Arcángelo estará junto a 61, entre los escoltas de honor. Ahora avanza unos pasos y se tiende bajo la foto a mirar el cielo. De un momento a otro amanecerá. Si el viento desplomara el enorme retrato de hierros y madera, el cuerpo de Arcángelo quedaría cortado en dos mitades exactas. Es la imposible muerte que Dios reserva sólo a los elegidos de su paraíso.
Le ha tocado vigilar, entre las dos y las cinco de la mañana, los albergues improvisados en el Autódromo Municipal. Más de treinta mil personas estaban durmiendo allí; las mujeres en los boxes, los hombres en las carpas que flanquean el circuito. Cuando fueron a relevarlo, Arcángelo sentía los huesos helados. "Hay mucho viento", previno a su compañero. "Lo que te mata es el viento." La radio a transistores decidió en ese instante que la sensación térmica era de dos grados.
A las cinco y cuarto había vuelto a su bolsa de dormir, en el palco. Otra media docena de hombres estaba descansando allí; suboficiales retirados que iban a custodiar, corno él, la vida de Perón. Arriba y abajo del puente rondaban, lo sabía, los escuadrones de la Juventud Sindical, con los revólveres desenfundados. La noche se movía con pereza. A ratos perdidos tronaba un bombo, se levantaba una queja. Poco a poco, Arcángelo se fue relajando en la bolsa. De pronto, oyó que la Virgen lo llamaba y corrió dentro del sueño, buscándola.

Había sobrevivido porque Dios es grande. Su madre murió de fiebre puerperal poco después del parto, y el padre tuvo que dejarlo al cuidado de unas tías enclenques, que se fueron también muriendo de pestes tropicales. De la infancia no conservaba otros recuerdos que el calor de un cuartucho de zinc junto al mercado de abasto, en San Miguel de Tucumán, y la visión de unos gorriones que agonizaban en la vereda, bajo el sol inclemente. Pasaba solo la mayor parte del día, mientras el padre operaba, lejos de la casa, las linotipias de un periódico. Y no conocía otro paseo que los viacrucis de las iglesias. A los nueve años, Arcángelo no sabía leer ni escribir. Desfilaban por él los sarampiones y las diarreas sin que nadie se enterara. Se curaba como los perros: lamiéndose y tomando unos sorbitos de agua. Sólo cuando los vecinos llamaron la atención del padre porque estaba criándolo como un salvaje, éste comenzó a traer de la imprenta unas barras de plomo donde le iba enseñando las letras. Al poco tiempo, Arcángelo ya podía leer de corrido, pero mirando los libros en el espejo, con las palabras al revés. Se le enderezaron los conocimientos cuando tuvo que aprender el catecismo.
Dos veces por semana tomaba clases de doctrina en un convento de franciscanos donde premiaban a los mejores alumnos con una taza de mate cocido y una tortilla de grasa. Cierto día, uno de los niños contó que había soñado con Santa Clara. El maestro le preguntó qué cara tenía la santa y cómo era la diadema que llevaba. "No he podido verle la cara porque se la tapaba el cielo", respondió el niño, "pero la diadema era de perlas ensangrentadas". "La viste tal como ella es", aprobó el fraile. E hizo entrar al niño en el refectorio, para que comiera el pollo que había sobrado del almuerzo.
Esa misma noche, Arcángelo soñó con la Santísima Virgen. La vio caminar con una capa de terciopelo, vestida como en los altares. En algún momento del sueño, ella le acarició el pelo y le sonrió con tristeza. "Arcángelo, mi querido Arca": fueron las únicas palabras que dijo. Cuando les contó el sueño a los frailes tuvo una terrible decepción. En vez de premiarlo, le ordenaron escribir cien veces en el cuaderno: "Jamás volveré a mentir". Pero Arcángelo no se amedrentó y volvió a soñar lo mismo muchas veces.

A finales de 1951, el padre se quedó sin trabajo y resolvió emigrar con el hijo a Buenos Aires. Viajaron dos días en un tren que avanzaba a ciegas entre desiertos de polvo. Se cubrían la cara con papeles mojados, y aun así tenían que cerrar los ojos para evitar que las espinas voladoras les desgarrasen las córneas. Cuando despertaron a la tercera mañana, descubrieron que todos los horizontes se habían llenado de jardines y palacios. Era Buenos Aires.
Un amigo del padre les dio albergue en una pequeña imprenta de Villa Soldati, cerca del Riachuelo, y les consiguió trabajo allí mismo. En las noches desenrollaban un colchón de estopa y se tendían junto a los hornillos de las linotipias. Sudaban a chorros. El aire estaba tan cargado de humedad que vivían con los bronquios apelmazados y un gusto a plomo en la lengua.
Los domingos iban con el amigo a un templo de la Escuela Científica Basilio, en la calle Tinogasta, al otro extremo de la ciudad. Por fuera, el lugar no decía nada: era una casa con el revoque cariado, verjas y un jardín sucio. Pero adentro había señales de Dios por todas partes. Alrededor de la sala, un zócalo de velas alumbraba las fotos de los espíritus que hacían penitencia en la casa. Don José Crespo, el director evangélico, explicaba a los recién llegados que todas eran ánimas de confianza y que no debían tenerles miedo. Pocos meses antes, en junio de 1952, Crespo había ganado fama protegiendo con la fuerza de su mente a dos equilibristas alemanes que caminaron sobre un cable, con los ojos vendados, desde el vértice del obelisco hasta el techo de un edificio, cien metros más allá.
Pero quien mantenía en verdad la animación del templo era doña Isabel Zoila Gómez de Crespo: fabricaba escapularios de buena suerte con micas de la quebrada de Humahuaca y administraba las limosneras, amenazando con el fuego del purgatorio a quien donara menos de cincuenta centavos. Era preciso mantenerse muy alerta durante los sermones y trances de don José porque su lenguaje, que ya naturalmente le salía trastornado, se tomaba entonces incomprensible; así, no decía capellán sino pecallán y no Padre Nuestro que estás en los cielos sino pan y güeso que estás por el suelo.

Siempre andaba por allí una muchachita escuálida, de labios finos y patitas abiertas como los pollos, que ayudaba comedidamente a don José cuando tropezaba con alguna palabra.
Todos los principios de mes doña Isabel de Crespo daba una fiesta en la que servía empanadas y refrescos de limón a precios módicos. A veces, los devotos conseguían un tocadiscos y piezas de Antonio Tormo. Era más frecuente que se divirtieran compitiendo en concursos de canto y declamando versos de Belisario Roldán. Un día trajeron un piano, y por insistencia de doña Isabel, la muchacha ejecutó Para Elisa, de Beethoven. Lo hizo con tanta voluntad, que cuando se equivocaba de nota volvía a empezar la pieza completa, disculpándose con un meneo de la cabeza. Otro domingo se disfrazó de paisana y bailó un chamamé con Crespo sin completar la pieza porque el cuerpo del viejo se movía tan desacompasado que los espectadores no aguantaron la risa.
Arcángelo, que tenía entonces quince años, se enamoró perdidamente de la jovencita, sin la menor esperanza. Ella estaba a punto de cumplir los veinticuatro, y cuando le preguntaban si alguien la festejaba, respondía, con los ojos bajos: "No, nadie. A mí sólo me gustan los hombres asentados, y a ésos les llego siempre demasiado tarde".

El otoño del 54 la escuela decayó. Muchos devotos se pasaron a las huestes de un pastor evangelista, Theodore Hicks, a quien llamaban "el mago de Atlanta". En vez de invocar a los muertos como Crespo, Hicks espantaba las enfermedades de los vivos en una cancha de fútbol, ante los ojos de todos. Hasta Perón lo recibió en la Casa de Gobierno "para ver cómo era eso".
Un domingo, a fines de julio, Arcángelo fue solo al templo de la calle Tinogasta. No bien entró en la sala sintió el aroma picante de los espíritus que andaban sueltos. Había uno en particular que volaba más alto y a quien los otros saludaban con respeto. Arca preguntó quién era: "El ánima de don Carmelo Martínez", respondió doña Isabel, mostrándole la fotografía. Martínez había sido un meritorio empleado del Banco Hipotecario, que llevaba ya veinte años de fallecido, y a quien habían invocado para que se despidiera de la hija. Fue entonces cuando Arcángelo descubrió en la penumbra a la joven de labios finitos, que rezaba sobre un reclinatorio, con los brazos en cruz. -¡Cuánto hace que no la veía! -exclamó Arcángelo, sin querer.
-¡Cuánto! -dijo don José-. Un tal Redondo, que es promosario, se la llevó a bailar flecos por las privanzas. -El señor Redondo, un empresario muy virtuoso, la contrató para bailar flamenco en las provincias -tradujo doña Isabel-: un mes de giras. Ahora la han admitido como bailaora en la compañía de zarzuelas de Faustino García, y la semana que viene, después de los últimos espectáculos en el teatro Avenida, se irán a Montevideo y a Bolivia.
-Yo se lo predije dende chequita: el ánimal de Isabel está desatinado a la fama. -¿Se llama Isabel, como la señora? -quiso confirmar Arcángelo.
-No -dijo doña Isabel-. Su nombre verdadero es María Estela Martínez Cartas. Pero como a ella no le gustaba, me pidió prestado el mío, que es más artístico.
Aquella noche, el afán por ver a Isabel bailando en la zarzuela no dejó dormir al Arca. Se despertaba con las manos sudadas, de tanto batir palmas en el sueño. Esperó al jueves, cuando había una función ver-mouth a mitad de precio, y compró una entrada de gallinero en el teatro Avenida. El espectáculo resultó un fiasco. Isabelita se confundía entre las cantantes, y como era tan flaca, con frecuencia quedaba tapada por los árboles de la escenografía y las panderetas de la protagonista. En el segundo cuadro, Arcán-gelo la espero en vano. Ya no volvió a verla más.
Con todo, aquella fue la última tarde feliz en mucho tiempo. Al padre le avisaron que el gobierno había expropiado los terrenos de la imprenta y que debían mudarse cuanto antes. Para colmo, la naturaleza empezó a desconcertarse tanto que los árboles olían a incienso y la yerba de los mates lanzaba humaredas de azufre al contacto con el agua.
Cierta noche oyeron por la radio al general Perón declarándose en guerra contra la Iglesia Católica. El padre de Arcángelo hizo penitencia arrodillado sobre maíces para que Nuestro Señor devolviese al General su cordura de antaño, pero a las pocas semanas Perón habló enardecido contra la perversidad de los curas, dio permiso para que se disolvieran los matrimonios y ordenó que se abrieran los prostíbulos. Si bien de nada sirvieron las oraciones de los Gobbi para reconciliar al General con la Iglesia, al menos produjeron el milagro de conseguir trabajo. El carnicero del barrio les presentó a un impresor de la calle Salguero y les alquiló un cuarto de conventillo cerca de la Cárcel Nacional.
Fue allí donde Arcángelo volvió a soñar todas las noches con la Virgen. Aunque no había terminado de desarrollarse y de vez en cuando se le atiplaba la voz, su aspecto era el de un viejo. Caminaba agachado y tenía la cara brotada de granos. Lo más extraño eran sus ojos, en los que no se veía edad alguna: brillaban como grandes lagos vacíos, pero estaban tan pegados al arco de la nariz que cuando miraban no parecían posarse sobre ninguna parte.
Bastaba que les sonriera a las mujeres para que éstas se sintieran amenazadas y le volvieran la espalda. Arcángelo, que siempre había sido sensible a los rechazos, se desquitaba soñándolas. Las invocaba no bien ponía la cabeza en la almohada: ellas permanecían en su imaginación toda la noche, inmovilizadas sobre unos elásticos de hierro, suplicando que no les destrozara las vaginas con vidrios de botellas ni les arrancara los pezones con tijeras de jardinero, pero Arcángelo no se conmovía. Les cobraba una por una las ofensas que había sufrido en la vigilia.
De pronto, también la Virgen se presentó en los sueños. Arca la vio bajar descalza desde los altares, con el Niño en los brazos, y cuando se arrodilló para reverenciarla, ella lo levantó tiernamente y le acercó las tetas para que se las mamara: "tengo demasiada leche y me duelen", le dijo.
Al cabo de un tiempo, la Virgen empezó a venir sin el Niño. Aparecía embozada, con orejas de tísica. Sus tetas enormes se iban convirtiendo en peritas escuálidas. Arcángelo la esperaba con tanta compasión que le brotaba llanto de todo el cuerpo, hasta de la planta de los pies. Cierta vez, cuando la Virgen se acercó a consolarlo, él se atrevió a descorrerle el velo de la cara. Y si bien supo, sin la menor sombra de duda, que aquella era la Santísima Virgen de los altares, las facciones que vio en el sueño fueron las de Isabelita Martínez.

Sobrevinieron meses de perturbación. El General fue derrocado y huyó al Paraguay. Doña Isabel de Crespo fue consumiéndose de un mal que los médicos no sabían diagnosticar, y los sermones de don José perdieron la potestad de atraer a los espíritus. Hasta Arcángelo y el padre debían hacer un esfuerzo de voluntad para ir a los servicios religiosos de la calle Tinogasta, donde la vida se había descompuesto tanto que los muebles no olían a espíritus sino a ratones y polillas.
Dos cartas recibieron los Crespo de Isabelita Martínez: la primero fue una postal melancólica de Antofa-gasta; la segunda, más expresiva, vino de Medellín, Colombia. Su vida no había sido fácil. En vez de ir a Bolivia, había remontado las costas de Perú y Ecuador con el ballet español de Gustavo de Córdoba. Trabajaba en teatros tan míseros que los empresarios solían esfumarse el mismo día del estreno con la plata de las recaudaciones, y a las artistas no les quedaba otro recurso que servir durante las trasnoches en bares de mala muerte para pagar el hotel y el guiso de los almuerzos. "Nos pusimos tan flacas", escribía, "que un alemán nos ofreció en Guayaquil trabajar como extras en una películas sobre náufragos". Por fin las contrataron para bailar tangos en Medellín durante las fiestas aniversarias de Carlos Gardel. Como eran las únicas nativas de la Argentina, descontaron el éxito y gastaron todos los ahorros en mejorar el vestuario. Pero sólo acudieron veinte personas a la función del estreno y cuatro a la del día siguiente, porque en el teatro de la otra cuadra pasaban por unos centavos las ocho películas que Gardel había filmado para la Paramount y en el restaurante del aeropuerto estaba causando sensación un cantor japonés que imitaba la voz del difunto.
La compañía se disolvió allí mismo. "Abandonadas a nuestra suerte", refería Isabel, "no supimos qué hacer. Algunas chicas volvieron a los bares. Yo no. Empeñé mis vestidos y chafalonías en el Monte de Piedad y me puse a buscar trabajo como profesora de piano y de flamenco, esperando juntar dinero para el pasaje de regreso a Buenos Aires. Pero el Altísimo vino en mi ayuda. Un artista muy prestigioso del Caribe, el señor Joe Herald, me tomó bajo su protección. Ingresé a su conjunto como segunda bailarina. Cuando terminen los ensayos saldremos de gira. Estaremos una semana en Cartagena y luego debutaremos en Panamá. Lo que bailamos es varieté, no flamenco, pero el trato es tan bueno que me siento de lo más contenta. El señor Herald se porta como un padre conmigo. Me regala tanta comida que tengo miedo de ponerme como una vaca...".
Con el auxilio de Arcángelo, que sabía escribir en bellas letras de molde, doña Isabel mandó a Isabelita una carta larguísima en la que detallaba sus enfermedades y se lamentaba de la impiedad que había caído sobre la Argentina.
Languideció esperando una respuesta. Todas las tardes salía don José en busca del cartero, y cuando regresaba a la casa con las manos vacías, consolaba a la esposa con el mismo refrán: "El animal de Isabel está muy concertado con la fama".
Desde que la enferma se agravó. Arcángelo fue a visitarla con asiduidad. Sentado junto a la cama, tomaba la mano de doña Isabel y le hablaba de los murciélagos que había visto volar por los techos del mercado, en Tucumán. Ansiaba referirle sus encuentros con la Virgen, pero nunca se atrevió.

Doña Isabel murió en septiembre de 1956, negándose a creer en la fortuna que había trastornado la vida de Isabelita. Cuando ya estaba en los trances de la agonía, don José le mostró las fotos de una revista donde la joven, desfigurada por la gordura y la permanente, aparecía junto al general Perón en un hotel de Caracas. "La misteriosa secretaria del tirano depuesto", informaban las leyendas. Doña Isabel hojeó la revista con desinterés y determinó que todo lo que allí se decía era una fábula para engatusar a los lectores. Luego volvió la cara hacia la pared y prohibió que volvieran a molestarla con las insensateces de este mundo.
Su tumba en el cementerio de la Chacarita, que al principio era un escaparate de promesas y de coronas con dedicatorias, cayó al poco tiempo en el descuido. Sólo Arcángelo y el padre iban de vez en cuando a lustrar el metal de los floreros, pero cuando el viudo cerró el templo de la calle Tinogasta y emprendió un viaje misterioso, también ellos perdieron interés en esos recuerdos.
La imprenta se les convirtió en el único centro de atracción. La mayoría de los linotipistas seguía por correspondencia las enseñanzas de la logia Rosacruz, y Arcángelo convenció al padre de que compartieran los cursos. Así fueron instruyéndose en el lenguaje de los sonidos y de los colores y en las mudanzas de la astronomía.
Aun a fines de 1957, cuando el trabajo de la imprenta se hizo abrumador, Arcángelo y el padre preferían estudiar la doctrina en vez de descansar. Antes de acostarse, solían inclinarse sobre los mapas del cielo y anotar los interminables descubrimientos que se hacían en el observatorio de la Universidad RoseCroix, de California.
Arcángelo temió que el servicio militar interrumpiera su aprendizaje y se presentó a la revisión médica con un amuleto. Lo declararon inapto, por la escoliosis de la columna vertebral. Uno de los enfermeros lo reprendió por haberse presentado al cuartel sin los anteojos. ¿Qué anteojos?, se sorprendió Arcánge-lo. Entonces supo que era miope del lado derecho y astigmático del izquierdo, y que siempre había mirado al mundo de manera incorrecta.

A la imprenta, que se llamaba Paso de los Libres, le confiaban casi todos los papeles sueltos que se leían por entonces en Buenos Aires: las propagandas electorales de Arturo Frondizi y Alejandro Gómez, los panfletos del padre Benítez defendiendo el voto en blanco y hasta las órdenes clandestinas de los dirigentes metalúrgicos y textiles a sus gremios intervenidos.
En marzo de 1958 otro linotipista -rosacruz también- reforzó el personal de la imprenta. Aunque tenia la voz aflautada y era duro de oído, había cantado -decía- en una radio de Nueva York antes de servir como cabo en la Policía Federal. Mantenía correspondencia frecuente con los herederos del teósofo Eliphas Lévi y se preciaba de dominar la cábala y la alquimia.
Se trataba de José López Rega. Sus modales eran discretos por aquel tiempo, pero ya estaba bien dotado para el resentimiento. Le gustaba pasar las noches jugando al turco en El Tábano, un club de Saavedra al que los socios iban de piyama y chancletas. Los domingos asumía con felicidad su papel de padre y esposo.
Llegaba temprano al club con un cesto de achuras y ocupaba el quincho más sombreado del traspatio. Mientras iba cuidando el fuego, jugaba picados de fútbol, siempre como zaguero derecho. Al caer la tarde, acompañado por algún guitarrista de morondanga, desgarraba con su voz de barítono los boleros de María Grever y los valses de Agustín Lara. Y como despedida, pero haciéndose rogar, se lanzaba en tobogán sobre los sostenidos de Granada, arriesgándose a que en cualquier momento se le cortara la respiración.
Su mayor orgullo era, como él decía, haber llegado a la mitad de la vida sin deberle nada a nadie. Antes de que cumpliera trece años lo habían puesto a trabajar como peón textil en la fábrica Sedalana. Para compensar esa rudeza del destino, por las tardes tomaba clases de vocalización y de recitado con una profesora del barrio. En el verano de 1938 logró conchabarse como ayudante de cocina en un buque mercante. Desapareció durante seis meses. Al volver, contó que había cantado en la WHOM, una emisora hispana de Nueva York, con tal éxito que cierto empresario le ofreció un contrato en el cabaret Chico de la calle 42. Dio sólo dos funciones, porque ya su barco emprendía el regreso.
Uno de los jugadores de El Tábano, que era estudiante de la Cultural Inglesa, resolvió bajarle los humos tomándole un examen: "Escribíme el nombre de aquella radio yanqui", lo desafió. López Rega anotó correctamente: WHOM. "Of whom are you talking?", lo acorraló el profesor. Y para sorpresa de todos, el linotipista dio esta enigmática respuesta:

"I knew six honest servingmen
(They taught me all I knew);
Their names are What and Why and When and How and Where and Who. Of whom am I talking?".

Arcángelo supo el resto de la historia porque se la contó el propio José. Una madrugada lo sorprendió en el galpón dibujando planetas en torno de la estrella Vega y tiñendo con acuarelas grises el púrpura profundo de la Betelgeuse.
-¿Una estrella tan grande y está muriendo? -preguntó Arcángelo.
-Vos lo has dicho. Pero no está muriendo sola. Yo la he comenzado a matar.
Desde aquel día se volvieron inseparables. Correspondiendo al respeto que Arcángelo sentía por sus poderes, López lo adoptó como discípulo. Al terminar la jornada, encerrados en el depósito de papeles, aprendían la equivalencia de los perfumes con las tablas zodiacales y las notas que acompañaban cada letra del Padre Nuestro. A veces, López lo llevaba a El Tábano y concedía al Arca el privilegio de sentarse detrás de él mientras jugaba al truco. Durante el viaje en colectivo, solía mostrarle las anotaciones para el colosal compendio de astrología esotérica que había empezado a escribir, y se lamentaba de que la esposa -él la llamaba Chiquitina- interrumpiera con frecuencia sus reflexiones para comentar los chismes del barrio: "La pobre no entiende que yo no pertenezco a este mundo".

Una noche, caminado por la plaza Alberdi, a pocas cuadras del club, López le reveló que había estado en íntimos contactos con el general Perón y la difunta Evita. Arcángelo oyó la historia sin poder salir del atolondramiento:
-En 1946 recibí de los Altísimos Poderes la misión de custodiar a los dos en la residencia presidencial de la calle Austria. Las Voces me advirtieron que bastaba con verlos una vez al día, y de lejos. Resolví encarnarme en un simple agente de policía para poder cumplir ocho horas de guardia en la garita de la entrada. No sé en qué me descuidé. Por un tiempo, perdí mis poderes. Fui trasladado a las oficinas de un juez, donde pené cinco años. Cuando me ascendieron a cabo, pude volver a mí antiguo puesto. Ya todo estaba convertido en un desastre. Evita no quería tener relaciones con el General: lo único que le interesaba era cuidar a la gente pobre. Regresaba del trabajo a las cinco de la mañana, cuando él ya estaba levantándose para ir al suyo. Para colmo, una enfermedad mortal estaba consumiéndola y era demasiado tarde para que yo pudiera salvarla. El 4 de junio de 1952, cuando Perón se disponía a jurar por segunda vez como presidente, me tocó hacer guardia en las escaleras que daban a los dormitorios de la residencia. A la madrugada, Evita ordenó que la bañaran y la vistieran para ir con el General al Congreso. No podía tenerse en pie, y aun así puso a toda la servidumbre en movimiento. Una junta de médicos le negó el permiso pero ella, nada: era terca, insistía y lloraba tanto que desgarraba el corazón. Al cabo de un rato entró a verla su madre, doña Juana Ibarguren. Evita se le tiró en los brazos. No la quería soltar: "¡Mama, convencé a Perón!", le decía. "¡Después de hoy ya no me importa nada! ¡Quiero ver a mi pueblo por última vez y morir tranquila!" Oí a doña Juana decir que no. Que afuera estaba muy frío y el viento cortaba los ojos. Cuando la madre salió, las enfermeras trancaron con llave la puerta del dormitorio. Evita tuvo un acceso de cólera, pero el propio cansancio la apaciguó. Se quejaba despacio, con mansedumbre: "¿Por qué no me dejan ver a mi gente, a mi pobrecita gente?". Luego la casa se quedó en silencio... -Sentado en un banco de la plaza Alberdi, López se posó en aquellos recuerdos como si en verdad estuviera creándolos, preparándolos para suceder:
-Hice un esfuerzo mental terrible, tratando de mejorarla. Fue inútil. Me debilité. Por un momento, tuve miedo de caer desmayado. Me sobrepuse y subí al dormitorio. Pasé frente a un gran espejo. Observé mi cuerpo y vi que por fuera estaba vigoroso y saludable, pero que las vísceras de adentro eran puras telarañas y polvo. Atravesé la puerta. Evita descansaba en la penumbra. Sintió mi presencia, pero no se asustó. "Vengo en representación de poderes muy altos", le dije. "Quedesé tranquila, porque usted hoy recibirá junto al General las bendiciones del pueblo." "¿Y cómo?", se intrigó. Era muy mal hablada. Empezó a echar pestes contra todo el mundo. "Estas médicos... estos generalitos de tal por cual... Nadie quiere dejarme salir... " La toqué. Había sido una mujer hermosa, pero estaba convertida en aire. Pesaba treinta y siete kilos. Sentí que su muerte figuraba en los planes inmediatos de Dios. "Mande ahora mismo que le inyecten calmantes en los tobillos y en la nuca", le dije. "Y que le fabriquen un corsé de yeso y a lambre para sostenerse de pie cuando desfile con el General en el auto descubierto... " Me tendió las manos. Yo se las apreté. Y después de aquel día, ya nunca más volví a la residencia. -¿Y qué dijeron en la policía? ¡Imaginesé: con esa historia!
-Evita no la contó nunca. O el Altísimo se la borró de la mente. -López chupó unas hojitas. Ya no se le veía ningún sentimiento: el sudor, las chancletas, el palillo en la boca volvían a ser los de siempre.- De inmediato pedí el retiro. Traté de volver a la radio como barítono y hasta me publicaron una foto en Sintonía, recomendándome como actor de cine. Qué querés que te diga, pibe. Tuve que abandonar esas ideas. Si no, quién paraba la olla en casa: con mujer e hija no te podías dar el lujo de ser artista. Me enganché con los rosacruces, puse una linotipia chiquita, y cuando la vendí, metí el capital en la imprenta de Salguero. Ahora ya ves: el Señor está con nosotros.
Mientras caminaban hacia El Tábano, Arcángelo sintió ganas de contar a López que también él, a su manera, había rozado la vida del General a través de Isabelita Martínez, la joven de labios finos. Prefirió callar aquella noche, porque López Rega lo introdujo en un reino de símbolos astrales y al día siguiente le habló de libros que le cambiaron la memoria. Sólo muchos años después, cuando el secretario conquistó la plena confianza de la señora, Arcángelo se atrevió a referirle la historia en una carta.

¿Hace cuánto tiempo ya: una vida completa? La noche se levanta a lo lejos, tras el mangrullo de una torre de agua. Arcángelo, tendido sobre el palco, observa los desórdenes del cielo. Las imágenes de las dos esposas de Perón lo abrigan con todas las sábanas de las que fue desnudado por su madre. El viento sopla sobre la inverosímil fotografía de Evita y la desdibuja con un golpe de humo. A Isabel, en cambio, Arcángelo la ve multiplicarse en los infinitos kioscos y procesiones de la madrugada: allí viene, sonriendo en la cresta de los colectivos, desperezándose en los gallardetes que despliega la Juventud Sindical de Berazategui y saludando con el brazo en alto desde las ambulancias de la Cruz Roja. Isabelita hoy pertenece a todos, pero hay una secreta brizna de su persona que sólo Arcángelo conoce: no las devociones que ambos han compartido en la Escuela Científica Basilio ni el vaho de amor que ella debió sentir aquella tarde última, en la zarzuela del teatro Avenida. No. La Isabel que Arcángelo atesora jamás ha salido de los sueños: allí la ha poseído, olido, espiado, apagado y prendido con todas las borrascas de su sangre. Pero ya no más, Arcángelo Gobbi. Ella está viajando hacia la realidad ahora. Se quedará tan incompleta en vos como la foto de ocho metros que aún están ensamblando, a la izquierda de la foto del General. Le faltará dentro de vos el mismo codo, el moño del rodete, el hombro del vestido que comienzan a ponerle.
Y en este punto Arcángelo baja el telón, porque las órdenes que ha recibido de José López Rega deben ser cumplidas en este mismo palco, desde el preciso momento en que -ahora- amanezca.

TRES

LAS FOTOS DE LOS TESTIGOS

¿Que ordenes, entonces? Ante todo, saber quién es Perón: así lo había dispuesto el director de la revista Horizonte. ¿Cómo será un hombre de semejante tamaño?, se había inquietado el reportero Zamora cuando le asignaron el trabajo: no hay manera de averiguarlo en un mes.
Es el tiempo que tenemos: un mes, lo arrinconó el director. Perón regresará de un momento a otro. ¿Con qué vamos a calmar el hambre de los lectores? ¿Con recopilaciones de discursos, con un álbum de fotos gloriosas a la manera del semanario Gente? El Perón oficial ya estará vaciado. Hay que buscar al otro. Cuente los primeros años del personaje, Zamora: nadie lo ha hecho en serio. Abundan las a laban-zas, las mitologías, los rejuntes de documentos, pero la verdad no aparece por ninguna parte. ¿Quién era el General, Zamora? Descífrelo de una buena vez: rescate las palabras que él nunca se atrevió a decir, describa los impulsos que seguramente reprimió, lea entre líneas... La verdad es lo que se oculta, ¿no? Busque a los testigos de la infancia y de la juventud: algunos seguirán vivos, me imagino. Eso es: ¡por ahí empiece! El Perón que conocen los argentinos parece que hubiera nacido en 1945, cuando tenía cincuenta años: ¿no es absurdo? Un hombre tiene tiempo de ser muchas cosas antes de los cincuenta. Zamora lo había resuelto de la manera más expeditiva: entretejiendo en orden cronológico las declaraciones de unas setenta personas. Remé con frenesí doce horas diarias, quince: sin pensar que la vida estaba pasando. ¿Qué habría ganado con sentir la vida?
Los demás reporteros envidiaban su éxito, los finales espléndidos de sus artículos, la intensidad con que describía en dos líneas a un personaje, pero Zamora tenía la certeza de ser un fracasado. Su matrimonio por amor era ya una rutina insufrible, los poemas que a diario se prometía escribir jamás pasaban del segundo verso, los reportajes insalubres que aceptaba por dinero -para comprar la libertad de ir soltando alguna vez, sin apuro, la novela que llevaba adentro- le habían desorientado la juventud para siempre. Se contentaba con un saludable culo de veinte años en los hoteles por horas y con un par de reportajes al año en el extranjero. La ciénaga ya le tapaba la nariz y era demasiado tarde para despegarse. Ir levantando poco a poco los velos de Perón había sido excitante por momentos, no lo negaba. Sentía un orgullo inesperado por su trabajo. Pero el director de la revista ya no: era preciso algo más, le dijo. ¿No ha leído lo que han hecho los otros?: dos enviados especiales en Puerta de Hierro, día y noche, y otros dos pisándole los talones a Cámpora. Mire aquello, Zamora: las fotos mayúsculas del exilio, año por año. ¿Y nosotros vamos a competir con esta magra historia: sin nada más? Perderemos como en la guerra. Tal vez con un aviso a toda página en La Nación y Clarín, ¿ah?: el General como nadie lo ha visto, la verdad al desnudo, ¿qué le parece, Zamora? Mal, director: me parece una mierda. La verdad es inalcanzable: está en todas las mentiras, como Dios.

Así había surgido la idea de exhibir la historia -exhibir, eso era: el verbo seducía al director-, pero en carne y hueso. Horizonte montará una ópera en Ezeiza, il risorgimento, la resurrección del pasado. Llevaremos a los testigos que todavía puedan moverse, Zamora: que sean el cortejo de la bienvenida. Hay que prepararse rápido. ¿Si dos semanas antes los proclamáramos "héroes del ayer" o algo por el estilo, en una edición especial: ah? Imagínese: los compañeros de colegio, los primos, los cuñados, todos ya irrefutablemente unidos al logotipo de la revista, besando con Perón el suelo patrio. En vísperas del 20 de junio, el director de Horizonte logró el consentimiento de López Rega para reunir a sus invitados en el vestíbulo del hotel internacional de Ezeiza. Osinde, jefe de la comisión organizadora del retomo, en modo alguno permitió el acceso a la pista de aterrizaje. Y se declaraba insatisfecho con ciertos nombres: ¿qué hacía en la lista Julio Perón, primo hermano del General, que se avergonzaba en público de ser su pariente? ¿Y María Tizón, la hermana mayor de su primen esposa: para qué desenterrar historias tan remotas? Aceptaba que les sirvieran un desayuno y tomaran fotos del grupo en el hotel, ningún problema. Pero prefería, para ser franco, que los mantuviesen alejados del General: llévenlos a la terraza del aeropuerto y que asistan a la llegada desde ahí. Tengo lugar para diez personas, no más. Pueden poner un cartel con el nombre de la revista: pero eso cuesta. ¿No es suficiente? Será un reverendo asco, se había quejado Zamora: la glorificación cloacal del periodismo argentino. El director se incomodó: sintonice con este país que cambia, hombre. ¿A qué vienen ahora sus sermones de anciano?

También el primo Julio había vacilado días enteros antes de aceptar la invitación. Ya bastante arrepentido estaba de que le hubieran sonsacado una entrevista. Y aunque midió cada una de las palabra que dijo, el tono de la voz y ciertos suspiros involuntarios lo traicionaron. Dos veces había rechazado este raro encuentro con el primo Juan: porque no hemos vuelto a conversar desde que teníamos veinte años, ¿ah? Y porque nunca quisiste contestarme las cartas. ¿Qué vamos a esperar uno del otro, Juan Domingo? A ver: ¿ya qué podríamos darnos?
Quien lo había convencido al fin era su hermana María Amelia, viuda de Frene. Ella estaba dispuesta. Contaba con la promesa formal de que no se ofendería la memoria de su padre, Tomás Hilario Perón, cuyo suicidio en una farmacia de la calle Cerrito aún daba qué hablar de vez en cuando. Nos entregarán las fotos que han descubierto, Julio: las pericias policiales. Yo voy a ir, si tal precio debo pagar para dormir tranquila.
Y yo también, entonces: le tenderé la mano a Juan si él me la tiende, pero no le diré ni una palabra. Llevo treinta y cinco años encerrado por su culpa en la calle Yerbal, negando su apellido. Esta mudez soy yo: y quién es él para rompérmela.
Cuando el primo Julio entra en el vestíbulo del hotel, el 20 de junio a las ocho de la mañana, advierte que también los otros comensales del desayuno están incómodos. Hablan desde la punta de las sillas. El agricultor Alberto J. Roben, que fue niño junto a Perón en Camarones, masca una bola de tabaco. Y cuando mira, sus ojos azules se vuelven sílice, velados por las cataratas.
¡Me acuerdo tanto del padre de Perón!: de don Mario -está diciendo-. Sabía trabajar muy bien el cuero de los lagartos. Juntos hacíamos riendas, bozales, cabestros. Y cazábamos: eso también. Ajá. Días enteros al acecho de los guanacos...
¿Se trata de contar? El primo Julio se a larma: él ya lo ha hecho. Contar, no; en modo alguno. Zamora viene a su encuentro y lo tranquiliza. Los invitados están sólo hablando entre sí: se van reconociendo en el pasado. ¿Le han presentado a don José Artemio Toledo? Es primo hermano también. ¿Y a su esposa doña Benita? No han visto al General desde hace cuarenta años.
El, José Artemio, lleva una boina, y a modo de saludo, se la toca. Benita no se ha quitado el sacón de zorro: los calores le suben a la cara.
-¿Ah, sí: primos por dónde? -pregunta Maria Amelia, acercando su silla a la de Julio. -Por los Toledo -responde Benita-. La mamá de José Artemio y la del General eran hermanas... Muchas veces han inquirido que cómo es eso: hermanas de padre y madre con apellidos distintos. No lo sabemos. Son enredos que tenía la gente de ahí: Lobos, Roque Pérez, Cañuelas, 25 de Mayo. Todo eso es un solo mundo...
Los mozos han arreglado ya la mesa del desayuno. Zamora ubica en las cabeceras al capitán Santiago Trafelatti y a la señorita María Tizón. Ella se ha puesto un traje sastre de color rosa: ha oído -ríe al contarlo- que Perón volará sobre Buenos Aires en un montgolfier, cuando caiga la tarde. Y que irá de avenida en avenida, saludando a la gente. Acaso a ellos, cuando los vea, los invite a subir. ¿Y por qué no pedírselo? El capitán Trafelatti, ex compañero de armas, descuenta que sea verdad. Jamás lo haría Perón: sufre de vértigo.
En el sitio de cada quien, Horizonte ha dejado una carpeta con documentos y fotografías. Los comensales van exaltándose al descubrirlas. Pero no el primo Julio: nada quiere mostrar, no mueve un músculo.
Viene de una familia educada en el ocultamiento. Al año y medio de morir su padre, en pleno luto aún, la madre se casó, dejándolos a cargo de la tía Vicente Martirrena. Para que se durmieran, la tía les contaba fábulas que tenían la misma moraleja:

"Siempre hay un sentimiento para cada ocasión. / Usa el que más conviene y quedarás mejor".

Así crecieron aprendiendo a quedar mejor, a decir lo que deseaban los mayores que dijeran.
La señorita Maria Tizón hace pasar de mano en mano una versión ampliada del retrato que su hermana
Potota y Juan Domingo se tomaron a la vera de un Packard.
-...en el verano de 1929 -corrige Benita Escudero de Toledo-. Lo sé con exactitud: se casaron el 5 de enero de 1929 a las siete y media de la tarde, no en la iglesia sino en una capilla que improvisaron en casa de la novia, por el luto riguroso de Juan. Don Mario Tomás, su padre, había muerto hacía poco. Aquí hay unas participaciones que lo prueban.
También María Amelia repasa, enternecida, las fotos de su carpeta. "¡No puedo creerlo!", dice, al oído de Julio. Y luego, en voz alta:
-Gracias, señor Zamora. Siento por fin que esto valió la pena.
Las postales que ha recibido son, en verdad, respiraciones tan vivas del pasado que no parecen fotografías sino fantasmas. En una, Maria Amelia lee el abecedario de pie, abrazada con dulzura por la tía Vicente. En otro, ella y Julio juegan con las fichas de un dominó, sentados en taburetes de terciopelo, de espaldas a una escenografía opulenta: con flores, columnas griegas y visillos de flecos dorados. -Las tomaron poco antes de que Juan Domingo viviera con nosotros en la escuela de la tía Vicente, ¿no es así, Julio? -se afana Maria Amelia por informar.
-No -la reprueba el hermano-. Las tomaron en 1900, el último día del siglo. Mirá la firma: Resta y Pasca-le, de la calle Corrientes y Rodríguez Peña. a la vuelta, en el sello de lacre, está seguramente la fecha. Aunque ha orinado antes de sentarse a la mesa, Julio sale otra vez en busca del baño. Desde hace días lo atormenta la libertad de sus esfínteres. En verdad, siente que ya nada de su cuerpo le pertenece. Ha visto a la papada temblar por su cuenta en el espejo y refrenarse cuando él deja de mirarla; el hombro izquierdo también se alza por sorpresa. Así le pasa con la orina. Todo el tiempo tiene la sensación de que se le escapa una gota, y no: cuando se palpa está seco. Ahora, sin saber cómo, se ha mojado. Y aunque arde la chimenea en el vestíbulo del hotel, y a sus pies hay una estufa eléctrica, la humedad se le ha pasado al pantalón y le da escalofríos.
Como al descuido, al levantarse ha tomado su propia carpeta de fotografías. Elige el más lejano de los excusados, cierra la puerta con pasador, y luego de vaciar el mísero chorro de orina que le queda, se sienta en el inodoro.
Son tres las fotos. Las apila sobre las piernas, para irlas destapando en orden. Por un momento siente la precisa llama del instante en que fueron tomadas. Ve al fotógrafo echando polvo de magnesio en una lámpara y cubriéndose luego la cabeza con una capucha negra, vuelve a ver el fogonazo sucio, tal vez húmedo, que explica los lunares sepias de la placa: es por eso que no aparece la abuela Dominga en el último plano. Y las imágenes se van revelando adentro de él, como en su ya remoto baño de ácido. Juan y Julio llevan el pelo cortado casi al rape, con sólo un ligero flequillo. Ambos (y María Amelia detrás, sentada con dos compañeras de colegio en hamacas de mimbre) visten guardapolvos blancos. Aunque Juan Domingo parece intimidado, se lo ve fornido y duro, por aquellos vientos helados de la Patagonia con que te curtió tu padre. Yo te dije que sonrieras, Juan, y vos me contestaste que no se te había ido la vergüenza: apenas llevabas una semana en la casa de la abuela. Será por eso, porque te habían dejado a la buena de Dios y no podías consolarte, que al trasluz de tu cara redonda se nota la tristeza. Yo, en cambio, no siento nada: el magnesio me ha despintado las expresiones.
Lo mismo sucede aquí, en esta placa que nos tomaron a los compañeros del tercer y cuarto curso en el Colegio Politécnico de Cangallo al 2300. Sigo distante, con los ojos ya desplumados por el presentimiento de las desgracias que me aguardaban, y vos, aunque ceñudo, estás gordísimo, Juan Domingo, peinado con rayas y llevando un gran moño sobre el cuello Eton. La celadora Enriqueta Douce, a quien verás en el centro de la foto con unos lentes de armazón metálica, solía decir que vos eras mi vampiro: que yo iba desapareciendo para que vos te agrandaras.
¡Ah, Enriqueta: por cierto! A fines del 48, ella me telefoneó sorprendida porque habías declarado a uno de tus biógrafos que aquel colegio donde estudiábamos era el Internacional de Olivos, al que sólo iban (dijiste) "los muchachos de familias ricas", y no nuestro modesto edificio de tres o cuatro patios, entre Azcuénaga y Ombú, donde hasta los herbarios y los mapas eran de clase media. ¿Te acordás siquiera de Enriqueta, la sobrina de don Raimundo Douce, director y propietario del colegio? Ella se obstinó en corregirte, aquel verano del 48. Te mandó una carta a la presidencia de la República para salvar lo que cor-tésmente llamó tu lapsus linguae, una distracción de la memoria, aunque yo le advertí que no lo hiciera: que para vos el pasado no merece otra cosa que traiciones. Enriqueta, le dije: Juan es así con todo. No habla de la chacra de su padre sino de la estancia, y a mí tan luego me ha contado que su mamá era biznieta de los conquistadores, cuando todos en la familia sabíamos que era hija de un indio conquistado. Un tinterillo de la presidencia le contestó a Enriqueta en nombre tuyo, Juan: prometió que apenas tuvieran ocasión enmendarían el lapsus, y que pronto la invitarías a la residencia presidencial para que recordaran juntas "los viejos tiempos felices". Ya no tiene importancia que la dejaras plantada, sin poder estrenar el vestido que la pobre se compró especialmente para la ocasión. Ha envejecido tan de golpe que ni siquiera sabe qué cosa es el pasado. Pero en cambio me revienta, Juan, que sigas insistiendo en presentarte como ex alumno del Internacional de Olivos y no del Politécnico de Cangallo, y que el error se multiplique ahora en todas tus biografías. Con lo cual te diste no sólo el lujo de componer tu vida sino también trastornar las ajenas.
¿No es lo que has hecho siempre: llevar tu historia de un lugar gris a otro más prestigioso, pero con todos los personajes a cuestas? ¿No somos tus condiscípulos, acaso, ex alumnos de un colegio al que nunca fuimos? Y pensándolo bien: ¿por qué don Julio Perón está sentado allí, en uno de los inodoros del hotel, mirando con aprensión estas viejas fotos, si no es por otro de esos desórdenes teologales que Juan Domingo va provocando en las historias de los demás? Siete viejos han desquiciado sus hábitos cotidianos para ofrendarle la bienvenida. Harán el ridículo de abrazarlo portando en una mano el número especial de Horizonte que todavía no han visto: la vera historia que Zamora ha escrito a partir de lo que ellos le contaron.
Aunque Julio no había soltado prenda, y sus entrevistas, en total, no pasaban de las dos horas, le constaba que, a los otros, Zamora los había fastidiado con la porfía de un tábano. Y algunos milagros había conseguido: ciertas máquinas de tiempo, pasados que seguían fluyendo en estado puro. Por ejemplo: José Artemio Toledo y Benita Escudero conservaban intacta la primera habitación matrimonial del primo Juan y de su bienamada Potota, incluyendo el vestido de novia. Entre las cristalerías del toilette se marchitaban, con los moños aún sin deshacer, las cartas que se escribieron durante las ausencias -largas- de Juan Domingo. ¿Y la señorita María? Ella, que con tanta firmeza resistía las seducciones de Zamora, ¿no terminó al fin por ofrendarle su diario, en un descuido de las otras hermanas Tizón, que la espiaban a través de los visillos?
Sólo el primo Julio, aburriendo al reportero con monosílabos cada vez más lánguidos, al fin lo había ahuyentado. Pero ahora, contra su voluntad, aquí ha llegado: a completar la cábala de los siete testigos. Siete por el número de los sonidos (dijo Zamora), por las virtudes y por los pecados. Y porque las líneas del triángulo sobre el cuadrado, que reflejan las líneas del cielo sobre la tierra, suman también lo mismo: siete.
La última de las postales que está sobre sus piernas nada tiene que hacer allí, en ese lugar excrementicio. Profanación, ofensa. Es una obra maestra del fotógrafo E. Della Croce, que resucita a un joven de orejas grandes y ojos juntos, sobre cuya frente se abren con ferocidad las primeras luces de la muerte. Azorado, el primo Julio advierte que la placa fue tomada dos días antes de que ese joven, Tomás Hilarlo, su padre, se matara con cianuro tras el mostrador de una droguería. Y siente que un animal feroz se le despierta en las entrañas: oye las mordeduras del animal cortándole hasta los últimos bastiones del aliento, pero como nadie le ha enseñado a sufrir, el primo Julio no sabe dónde poner aquella zarpa, cómo apagarla, con qué dolor se barrerá esta lágrima. Tiene un miedo estruendoso pero no puede precisar a qué: los rayos, las borrascas que se desatan, ¿son ahora el pasado? ¿O más bien las preguntas que el pasado ya no podrá contestarle?

CUATRO

PRINCIPIO DE LAS MEMORIAS

-He pertenecido a los otros durante toda mi vida, Cámpora -está diciendo el General-. ¿Cómo pretende usted que ahora, a los setenta y siete años, no tenga ni derecho ya de pertenecerme a mí? Afuera, en Madrid, la noche del sábado 16 de junio se agrieta: la sequedad y el calor son un escándalo. Desde hace por lo menos quince minutos el presidente Cámpora escucha de pie, con el mayor respeto, la reprimenda del General. Viste el jacquet de ceremonia que no quiso estrenar ni aun el día en que asumió el mando, y junto a la faja celeste y blanca que le cruza el pecho, bajo el bolsillo del saco, lleva prendido un gran escudo peronista. Perón, en cambio, repantigado en la poltrona de su escritorio, se desmerece con el conjunto más chillón de su vestuario: una guayabera roja, zapatos combinados y pantalones brillosos como un helado de crema. Mantiene la gorra con visera puesta. De vez en cuando, un repertorio de perras caniches le salta a las rodillas. Los pensamientos del General, entonces, se distraen de Cámpora por completo: y juegan, como escarabajos, entre los rulos de las perras. -Usted ha venido a pasar puras fiestas en Madrid -recrimina Perón-. Yo, por dar el ejemplo, he tenido que negarme: imaginesé, hasta finjo, por su culpa, que me molesta una fístula. Usted ha venido a oír y decir una sarta de discursos. Para mí, Cámpora, ésas son indigestiones del alma. Mire el pobre país que acaba de abandonar: sólo para tener, como usted dice, el privilegio de venir a buscarme. ¡Vaya con el privilegio! No me hablan sino de fábricas tomadas y desbordes guerrilleros en la Argentina. Hubiera cumplido mejor con su deber quedándose a deshacer esos entuertos: gobernando. Le di el poder. Ejérzalo. Yo para qué lo necesito aquí, Cámpora. Estoy amortizado. Puedo volver perfectamente solo. Me había reservado está semana para ocuparme de mí, pensar, estar sereno. Pero a usted se le ocurre viajar con un montón de ociosos que me piden audiencias personales: quieren que los reciba de a uno en fondo. ¡Y son cientos! Llaman a todas horas. Los vecinos se quejan porque las líneas telefónicas de la zona están bloqueadas. Y a mí no me dejan descansar. Pareciera que lo hace adrede, Cámpora. Que me ha echado encima esta jauría para que me acobarde y no quiera volver. El presidente baja la cabeza con desconsuelo.
-Usted me mal entiende, mi General. No soy yo quien ha querido buscarlo en Madrid. La patria me ha mandado...
Llaman a la puerta. La perra que el General aún tenía en las rodillas baja de un brinco y patina entre los muebles, ladrando.
-¡Adelante, adelante! -convida Perón. Y entra en escena un periodista de la agencia W, a quien el secretario ha tomado del brazo. Cámpora se sorprende: ¿Acaso el General no ha prohibido los testigos? Y sin embargo-:
-Tomen asiento, por favor. ¿Quieren un cafecito? Contrariado, el presidente mira la hora.
-Yo me disculpo -dice-. Ya estaba retirándome. El generalísimo Franco llegará de un momento a otro a la Moncloa. Llevo por lo menos quince minutos de retraso. Vine con la esperanza de que usted pudiera acompañarme, mi General; pero me resigno a que no sea así.
Perón abre los brazos. Una vez más -explica con la mirada- Cámpora no lo ha comprendido. -¿Ahora se da cuenta de que la patria no ha venido a buscarme? La patria no tendría ningún apuro por llegar al banquete de la Moncloa. -Y quitándose la gorra, el General se vuelve hacia el reportero.- Estaba precisamente diciéndoselo a Cámpora: que con tanta descomposición y caos en la Argentina no podemos darnos el lujo de andar por el mundo tomando champán. Por eso tengo que volver a mi pobre país: para que todos aprendan a caminar derechitos.
Ya el presidente había iniciado una reverencia, en señal de retirada, cuando la última frase devuelve a su corazón la dignidad que tanto se le ha desquiciado en este viaje a Madrid.
-Tiene usted razón, señor -replica, con la barbilla temblorosa-. El que debe mandar en la Argentina es usted. -Retrocede un paso, se quita la faja presidencial, y poniéndose en puntas de pie trata de cruzarla sobre el pecho de Perón-: Esto no es mío. Si acepté la faja fue para servirlo. Y como usted es el dueño, se la devuelvo.
El General no se desconcierta. Paternal, se desembaraza de Cámpora:
-¡Por favor, hombre! ¿Cómo se le ocurre encajarme un símbolo sagrado encima de la guayabera? Y de repente, sin transición alguna, se siente vencido por un deseo de soledad tan imperativa como una tos. Así pasa en la vejez, le han dicho: que el humor cambia sin aviso. La tristeza es el verano, la irritación es la primavera.
Quiere quedarse solo. Tal vez mañana no, pero ya mismo quiere quedarse solo.
Encomienda a López Rega que acompañe a Cámpora hasta la entrada de la quinta 17 de Octubre, donde un cortejo de limusinas y motocicletas está esperándolo con los faros prendidos. Y despide al corresponsal de la agencia: el calor y los trajines de la mudanza me tiran la presión al suelo, muchacho. Ya otro día podremos hablar largo y tendido: en Buenos Aires, sin duda.
Advierte que el presidente, avanzando entre los palomares del jardín, se vuelve para decir adiós con la mano. El General deja caer entonces sobre la escena una invitación desconcertante, que los biógrafos no sabrán, años más tarde, si atribuir a la culpa o a la ironía:
-¡Venga mañana a comulgar conmigo, Cámpora! ¡Y no se desvele: la misa es a las siete!

También él debiera acostarse ya. Tanto Puigvert como Flores Tazcón, sus médicos de cabecera, le han recomendado que se retire siempre antes de las diez. ¿Pero cómo obedecerlos si todavía su obra no está completa y siente que se le acaba el tiempo? El General lleva meses negándose a la distracción más leve. A veces, Isabelita lo tienta llamándolo para que vea en el primer programa El capitán Blood con Errol Flynn o "Llame a Unicornio", el capítulo más violento de la serie Cannon. No, señora: él debe afanarse releyendo las cartas de lord Chesterfield a su hijo Philip Stanhope, donde ha encontrado normas de urbanidad que quisiera aplicar en su Argentina indisciplinada.
"Es el fin de los tiempos", suele decirse, cuando se distrae del libro. ¿El milenio, el diluvio, las trompetas del ángel llamando al apocalipsis? "Es el fin de tu tiempo, Juan", le ha dicho la madre en los sueños del Polo Sur: el vértigo donde habrán de hundirse todos los horizontes, el desamparo donde coincidirán todas tus edades.
Y, por lo tanto, debe negarse a dormir, como ha sucedido ya en los últimos quince días. Está corrigiendo sus Memorias. O, mejor dicho, va colocándose a sí mismo en las Memorias que le ha escrito López: el General lleva meses viéndolo en el arduo trabajo de transcribir casettes y enredar documentos. Sólo ahora, tal vez demasiado tarde, advierte que esas Memorias eran la cruz que le faltaba a la iglesia peronista. Más que los tabernáculos de sus clases magistrales sobre conducción política o que las recopilaciones de discursos, las Memorias le servirán para que se adoctrine al vulgo con el ejemplo. Se había equivocado en Santo Domingo, cuando le dijo a su lazarillo Américo Barrios: "Memorias, no: les tengo alergia. Si las escribo, pensaría que ya he dejado de estar vivo. Que otro las haga". López, entonces.

Adoctrinar, instruir, la idea lo obsesiona. Las masas deben impregnarse de sus virtudes, reconocerse en el pasado de Perón. Ya, de algún modo, lo había dicho en 1951: "Las masas no piensan, las masas sienten y tienen reacciones más o menos intuitivas y organizadas. ¿Pero quién produce esas reacciones? El conductor. Las masas equivalen a los músculos. Yo siempre digo que no vale el músculo sino el centro cerebral que lo pone en movimiento". Estaba claro: su pasado haría que la virtud brotara naturalmente de las generaciones futuras.
Evita ya lo había intuido al publicar La razón de mi vida. El pueblo necesita fábulas y sentimientos, no el mazacote gris de las doctrinas con que, muy a su pesar, él ha tenido que alimentarlo.
A sus espaldas, en la biblioteca, junto a la colección de mates y bombillas que ha ido acumulando en el exilio, están las carpetas con las Memorias pasadas en limpio. En algunas anécdotas ya no se reconoce: pero los documentos están allí, no mienten. López tiene razón: la vejez le ha borrado muchas cosas. ¡Cuántas veces el nombre de Potota, su primera mujer, se le ha desvanecido de la lengua! ¿Era cómo, era cómo: Amelia, María Antonia, Aurelia, Amalia, Ofelia Tizón? La memoria había sido el más fiel de sus dones, y la estaba perdiendo.
A veces, con el afán de resucitarla, López le mostraba fotos manchadas de óxidos y lunares de sepia. Señalaba a uno de los personajes con el índice y lo desafiaba: "¿Quién era éste, mi General, a ver si se acuerda?". Y él meneaba la cabeza: "No sé, no sé. Aquel me resulta familiar, pero éste... a éste no lo he visto nunca...". El secretario destapaba entonces la otra mitad de la foto: "Mírese, mi General. ¿Ya no se reconoce? Es usted mismo en 1904, en 1908, en 1911... Aquí, de este oto lado, está su prima hermana, María Amelia Perón: ustedes dos vivieron en la misma casa durante casi tres años...". "¿Allá, en Camarones?", se intrigaba el General. "En Camarones no: en la escuela que dirigía Vicenta Mar tirrena, su tía." "¿Es en verdad como usted dice: que la tal Maria Amelia es prima hermana mía? ¿Y este muchacho, López? A ver: ¿de quién es esta mirada tan oscurecida?"
Ahora quiere quedarse a solas con aquellos recuerdos. Se pone los anteojos, acerca las páginas a la luz, y repasa el primer párrafo de las Memorias, con el que nunca ha estado satisfecho:

Mi padre era hijo de Tomás Liberato Perón, médico y doctor en Química..

¿Por qué no dar un paso atrás, rescatando de las penumbras mazorqueras al bisabuelo sardo, que desembarcó en el Río de la Plata hacia 1830, y a la bisabuela escocesa, de quien su padre heredó las vetas azules de los ojos? Soy un crisol de razas, la Argentina es un crisol de razas: aquí está la primero señal de identidad entre el país y yo. Vamos a subrayarla. El General escarba entre los documentos que López ha caratulado "Ancestros", y tomando notas de aquí y allá, reescribe.

Hasta donde llegan mis noticias, el primer Perón que pisó la Argentina fue un comerciante sardo, Mario Tomás. Traía un pasaporte otorgado por el rey de Cerdeña, y con tal recomendación no tardó en ser ayudado por otros sardos. Montó un negocio de calzados. Prosperó rápidamente. Hay quienes dicen que se enriqueció vendiendo botas para la Mazorca, nombre que daban en aquellos tiempos a la policía de Buenos Aires. Más bien creo que, como buen comerciante, mi bisabuelo debía de prender velas en todos los altares, sin fijarse en la cara de los santos.
No llevaba sino tres años en Buenos Aires cuando contrajo matrimonio, el 12 de setiembre de 1833, con Ana Hughes Mackenzie, una escocesa de ojos azules. Los dos hablaban mal el español, de modo que para entenderse usarían el lenguaje universal de los gestos.

Así está mejor. Desde San Juan le han escrito que un tal Pedro Perón aparece en el registro de pasajeros de 1823. Otro Perón, un tal Domingo -¿será su bisabuelo?-, tocó el puerto de Buenos Aires en 1848, procedente de Montevideo. El General resuelve pasar por alto esos detalles, para no enredar la claridad del cuento.
Tampoco se detendrá en los nubarrones de quiebra que amenazaron en 1851 el negocio familiar, hipotecado por unos usureros unitarios. Se detiene más bien a eliminar los adjetivos con que ha ornamentado López el párrafo siguiente:

De los siete hijos que los Perón Hughes dieron a su nueva patria quien más se destacó fue Tomás Liberato, el mayor, nacido el 17 de agosto de 1839. La vida de ese (ilustre) antepasado está llena de honores. Fue senador nacional, mitrista, por la provincia de Buenos Aires; presidente del Consejo Nacional de Higiene, lo cual equivalía a ministro, y (heroico) practicante mayor del Ejército en la guerra del Paraguay. Desempeñó varias misiones en el extranjero, especialmente en Francia, donde vivió algún tiempo. (Vertió su sangre) Participó también en la batalla de Pavón. En 1867, poco antes de rendir el examen final para recibirse de médico, se casó con (una dama distinguidísima, doña) Dominga Dutey. Esa abuela mía era uruguaya, de Paysandú, hija de (nobles) vascos franceses provenientes de Bayona.

Más de un historiador ha querido corregir aquellos datos cuando el General autorizó a que los publicara la revista Panorama. Que el abuelo fue diputado provincial en 1868 y no senador de la Nación, han dicho. Que por sus abnegados servicios médicos durante la epidemia de fiebre amarilla el gobierno de Sarmiento lo becó, por apenas seis meses, en París. Pero no fue a la guerra del Paraguay; así lo han refutado. Ni siquiera pudo moverse del hospital de sangre que improvisaron en Buenos Aires para recibir a los heridos. Benemérito era, pero no prócer. ¿Por qué se ha obstinado el General en darle lustres falsos al abuelo si con los verdaderos ya bastaba? Accesos de megalómano, le reprochó un anónimo. ¿Ya no recuerda que usted mismo, cuando era dueño y señor de la República, mandó a escribir una biografía del doctor Perón, laudatoria, y sin embargo respetuosa de las verdades?

Cómo no voy a recordar todo eso. Y además, qué importancia tiene. No veo cuál es la diferencia entre el retrato de mi abuelo, que López Rega -acepto- ha mejorado un poco en las Memorias, con la carne y los huesos de la realidad. Carajo, ¿son o no son en sustancia la misma persona? Esa pasión de los hombres por la verdad me ha parecido siempre insensata. En esta orilla del río tengo los hechos. Muy bien: yo los copio tal como los veo. ¿Pero quién asegura que los veo tal como son? Alguien ha escrito por ahí que debo estudiar mejor los documentos. Ajá. Aquí están los documentos, todos los que se me da la gana. Y si no están, López los inventa. Le basta con posar las manos sobre un papel para volverlo amarillo: así me ha dicho. Tanto me ha confundido que, cuando miro una foto de la infancia, no sé si de verdad estoy en ella o es que López me ha llevado hasta ahí.
Pero en la otra orilla del río está lo que yo siento de los hechos. Y para mí eso es lo único que importa. Nadie sabrá jamás qué cara tenía la Mona Lisa ni cómo sonreía, porque esa cara y esa sonrisa no corresponden a lo que ella fue sino a lo que pinta Leonardo. Eva decía lo mismo: hay que poner las montañas donde uno quiere, Juan. Porque donde las ponés, allí se quedan. Así es la historia.
A mi abuelo Tomás Liberato yo no lo conocí. Supe que sufría de insomnio y que en los últimos años, cuando apenas podía tenerse de pie, pasaba las noches encerrado entre alambiques y sahumadores tratando de capturar el virus del insomnio. Se le ocurrió que el virus iba de un lado a otro en las patas de las langostas, de manera que hervía langostas y luego las destilaba, para analizar el agua. Dejó en aquella casa un olor tan penetrante que, cuando pasaron los primeros años de duelo, mi abuela tuvo que mudarse, porque hasta la ropa nueva, mucho después, seguía oliendo a saltamonte. No puedo saber si aquellas historias ocurrieron así o no. Pero mi abuela las sintió de esa manera, y las trasmitió con esas palabras. Si existen otras verdades, ya no interesan. La Historia se quedará con la verdad que yo estoy contando.

Ahora sí, General. Ahora puede usted avanzar sin escrúpulos de conciencia hasta el momento mismo en que ingresa en el Colegio Militar. Olvídese de los detalles incómodos. Suprímalos. Sóplelos de estas Memorias oficiales para que ni siquiera dejen un destello de polvo. Todos los hombres tienen derecho a decidir su futuro. ¿Por qué usted no va a tener el privilegio de elegir su pasado? Sea su propio evangelista, General. Separe el bien del mal. Y si algo se le olvida o se le confunde, ¿quién tendría el atrevimiento de corregirlo? Releamos entonces las Memorias, tal como López las ha pasado en limpio:

Los apellidos de mis abuelos maternos eran Toledo y Sosa. Hasta donde llega mi conocimiento, todos los antepasados de esa rama fueron argentinos. Dicen por ahí que ellos fundaron el fortín de Lobos en tiempos de la conquista A mí no me consta. Sólo sé que mi madre nació en ese pueblo, entre la gente humilde y trabajadora del campo.
Mi padre, Mario Tomás Perón, estaba destinado a una vida más urbana, pero la casualidad lo convirtió a él también en un hombre de la pampa. Nació el 9 de noviembre de 1867. Su segundo hermano, Tomás
Hilario, se dedicó a la droguería. Le llamábamos "el farmachista". Al tercero, Alberto, creo que le dio por ser militar: era capitán o comandante cuando falleció.

(Y de su madre, le ha insistido López: ¿cuál era la fecha de nacimiento? Si ponemos la de uno, quedaría mal olvidar la del otro. Es que no lo recuerdo, ha respondido el General. Le festejábamos el cumpleaños a principios de noviembre, pero el año, el año... Déjelo así.)

Hay muchas versiones sobre los motivos que llevaron a mi padre a trabajar en el campo. Sé que empezó a estudiar Medicina por exigencia del abuelo, y que en algún momento dejó eso. He leído por ahí que la fiebre tifoidea lo hizo interrumpir los estudios, pero él no me lo contó así: dijo sencillamente que se había cansado. En 1890, un año después de la muerte del padre, ocupó en Lobos unas tierras heredadas y allí se quedó, como estanciero. En Lobos he nacido yo, Juan Domingo, el 8 de octubre de 1895. A mi hermano mayor, Mario Avelino, le faltaban pocas semanas para cumplir cuatro años.
Hacia 1900, mi padre vendió la estancia y la hacienda, porque decía que eso ya no era campo sino arrabal de Buenos Aires. Se asoció con la firma Maupas Hermanos, que poseía una gran extensión cerca de Río Gallegos, en los confines de la Patagonia. Y volvió a empezar.

(Aquí hay una señal oscura, le ha dicho López Rega. Su padre se asoció con los hermanos Maupas para explotar un campo en Río Gallegos. ¿Por qué se detuvo entonces en Campo Raso, casi mil kilómetros al norte? Cómo puedo saberlo yo, le ha contestado el General. Son historias tan remotas ya que me parecen de otro. El secretario ha meneado la cabeza: Esfuercesé. Yo no recuerdo que la historia sea como usted la cuenta, mi General. ¿Cómo lo sabe?, se ha intrigado Perón. Lo sé, ha respondido López. Cada vez que se le cae a usted un pensamiento, yo lo levanto como si fuera un pañuelo. Aquí los llevo a todos, entre estos límites: en la invisible línea de lápiz que me dibujo alrededor del cuerpo.)

Mi padre era severo en todo lo que se relacionaba con nuestra crianza. Aprovechaba cualquier cosa para darnos una lección. Y no por eso sentíamos menos su cariño. Salíamos juntos a cazar avestruces y guanacos. A menudo nos pegábamos unos buenos golpes, porque moverse a caballo en la pampa patagónica encierra muchas sorpresas. Teníamos ocho galgos que hacían el trabajo de la caza, pero para seguirlos era preciso galopar. Y mucho.
Para jinete, mi madre. Ella era una amazona. Y en la cocina, ni hablar todo lo manejaba con seguridad. Veíamos en mi madre al médico, al consejero y al amigo. Era la confidente y el paño de lágrimas. Cuando aprendimos a fumar, lo hacíamos en su presencia.

(¿He interpretado bien lo que usted pidió, mi General: que acentuara los trazos viriles en el retrato de su padre y los femeninos en el de su madre? Nada de medias tintas, para que no se confundan los lectores. ¿Así le gustan: vidas ejemplares?, le había preguntado López al completar la primera carpeta de borradores, mientras bajaban del altillo con lentitud de convalecientes. Así está bien, había respondido Perón. Tal como yo quería.)

Se encerraban a leer poco antes de la medianoche. Isabel dormía y las perras estaban apaciguadas ya en sus cuchitriles. Al principio -¿había pasado un año?- solían reunirse en el escritorio: allí donde ahora está el General, repasando cada página. Soplaba una brisa de horno, tal como en esta noche del 16 de junio. Afuera, al otro lado de las verjas, los vigilantes de la Guardia Civil abofeteaban el aire con sus linternas "Este no es lugar para confesiones", había dicho el General. Y López: "Tiene razón. Siga esa luz: los guardias nos están fotografiando".
Aún vacilaron algunos días, moviéndose con los papeles y los grabadores desde la mesa del comedor hasta un camarín oculto bajo la escalera. Por fin, osaron subir al único cuarto de retiro que había en la casa: lo que López llamaba el claustro. Estaba en el segundo piso y había servido, tiempo atrás, como desván para los enseres de limpieza. Una escalerita de caracol lo comunicaba con la bohardilla, donde solía guardar el General los atlas de guerra, los aluviones de correspondencia y los periódicos de sus años de gloria. Pero desde la tarde memorable de 1971 en que su mortal enemigo, el presidente Alejandro Lanusse, ordenó que devolvieran a Perón el cadáver de su segunda esposa -escondido más de quince años con otro nombre, en un cementerio de Milán-, todo había cambiado en la casa. Evita estaba allí. Se la sentía.

Isabel dispuso que mi arquitecto ensanchara el desván, abriera una ventana, lo alfombrara y lo amoblara con dos sofás, un reclinatorio y un retablo con los retratos clásicos de la difunta. Arriba, en la bohardilla -ahora encalada, pulcra, con purificadores de aire-, estaba Ella en su ataúd: bajo la lumbre perpetua de seis lámparas rojas, torneadas como antorchas. Isabel había insistido en que iluminaran el cuerpo con velones de verdad, pero el embalsamador dijo que aquellos tejidos muertos se conservaban sin mácula de corrupción gracias a unas sustancias inflamables. Y recomendó que hasta las luces del altillo fueran protegidas contra el riesgo de cortocircuitos y chisporroteos.
Al claustro llegaban escasos visitantes, los íntimos. Al sepulcro casi nadie: las hermanas de Evita cuando pasaban por Madrid, e Isabel los domingos, para dejarle flores.

Habían forrado de terciopelo las puertas del claustro, para que nada se oyera. Allí López anotaba los recuerdos del General, y ambos leían, sumidos en sí mismos.
En los primeros meses de aquel trabajo, Perón cerraba los ojos y se dejaba ir: iba soplando una historia tras otra, y era como si el cuarto se llenara de plumas. A veces, al recobrarse, no encontraba al secretario. Inmediatamente se le impregnaba el cuerpo con un olor de flores y bencina. Ella -decía-, es la Eva que quiere bajar de la bohardilla. Y lo sacudía el pavor. ¿López?, iba llamando por las escaleras. Sorprendía siempre al secretario sentado en su escritorio, transcribiendo con afán las grabaciones. Aunque tenía la cara rayada por el desvelo, la corriente de la escritura lo sostenía. No sólo sembraba las Memorias de pensamientos propios; también les incorporaba historias que el General había omitido y que él, en cambio, recordaba al dedillo: "Lea esta página: ¿por qué hemos suprimido aquel verano?", solía exaltarse. "Piense, mi General: remóntese. Enero de 1906. Nos vistieron de negro, y por si fuera poco, nos ensartaron en el brazo un moño de luto. Así, las tías Vicenta y Baldomera nos llevaron a rezar en la capilla ardiente del general Bartolomé Mitre: usted y yo caminábamos adelante; la prima María Amelia y el primo Julio nos seguían muy serios, tomados de la mano. Baldomera se atrevió a besar la frente del grande hombre. Los demás fuimos a firmar el libro de dolientes, recuérdelo... " Y el General respondía: "Ahora que usted lo ha dicho, lo recuerdo como en una bruma. Pero no veo sino a los primos. Yo iba solo adelante, abriéndome paso entre las muchedumbres que lloraban. Buenos Aires parecía un camposanto. Sudábamos a chorros y nos ahogaba el calor de tantas flores. Y usted, ¿qué hacia usted allí, López? ¿Cuántos años tenía?". El secretario nunca contestaba.

A Perón le caían en gracia aquellas ocurrencias, pero por las mañanas, cuando la voz de López recitaba frases ya corregidas de la grabación: "Mi padre, Mario Tomás... " o "...mis mejores amigos eran los perros...", sentía que un cuerpo ajeno procuraba desalojarlo de su cuerpo, y se agarraba entonces a las barandas de la escalera para no perder el instinto de identidad. "Así es como mejor lo cuido, mi General", lo tranquilizaba López. "Así es como atraigo hacia mi organismo los males que van pasando por el suyo."
Ahora que relee las páginas de los primeros días, Perón percibe con cuánto esmero el secretario ha reparado los deslices. Ha interpretado la historia verdadera: la que debió suceder, la que sin duda prevalecerá. Bien puede ya, tranquilo, repasar las Memorias que siguen:

Todo cambió cuando llegamos al extremo sur. Aunque la nueva estancia -llamada Chankaike- había sido
preparada para el frío, la vida era difícil. En invierno, el termómetro bajaba hasta los 28 grados bajo cero. La lucha con la naturaleza era el pan nuestro de cada día, pero todas las aventuras nos parecían pocas. Crecimos en libertad absoluta, sometidos tan sólo a la dirección y control de un viejo maestro que se encargaba de nuestros estudios primarios.
Nuestro refugio normal eran dos enormes vegas. Los vientos alisios, que en esa zona soplan a más de cien kilómetros por hora, frenaban nuestros entusiasmos camperos. Cuando había menos de veinte grados bajo cero nos recluían en la casa. Cierta vez me agarró uno de aquellos fríos terribles y se me congelaron los dedos de los pies. Al calentármelos, se me cayeron las uñas. Pero Dios sabe lo que hace. Las uñas crecieron de nuevo, mejor que antes.
Mis mejores amigos eran los perros, tan abundantes en el sur debido al trabajo con las ovejas. Algunos de ellos valen más que varios peones en las faenas de campo. Los perros han dejado en mi cuerpo un recuerdo indeleble: un quiste hidatídico que tengo, calcificado en el hígado.
Después del terrible invierno de 1904, mi padre compró dos o tres leguas de terreno en el centro del Chu-but, al pie de la famosa meseta basáltica. Allí están las únicas aguadas de ese enorme paraje. Desde Chankaike regresamos otra vez al norte, a Cabo Raso, y allí nos quedamos algún tiempo, a la espera de que construyesen la casa en el nuevo campo. A fines de 1905 nos mudamos.
Aunque vi. a mi padre muy poco desde entonces, la impresión que me ha dejado es muy vívida. Era un antiguo de los que ya quedan pocos. Fue comisario y juez de paz "ad honorem" en todos los lugares donde vivió: eran cargos que se conferían a los pobladores de mayor prestigio. Se comprenderá, pues, que mi casa fuera tanto una estancia como una oficina pública. Desde allí ejercía él su patriarcado, gozando del respeto y la amistad de todo el mundo.
En marzo de 1904 me enviaron a Buenos Aires para que continuara los estudios...

(Un concierto de gárgaras, en el baño de arriba, profana la lectura. El General reconoce los estruendos con que López Rega anuncia sus aseos al filo de la medianoche. A cada gárgara le sucede un desgarro de mocos y, casi de inmediato, el redoble de pedos con que el secretario se alivia el estómago. Su estómago, mi General, lo ha corregido López. Yo nada tengo que ver con eso. Son los vientos que se le cuelan a usted en la boca y usan después mi cuerpo para soltarse. ¿Cómo es posible?, le ha preguntado Perón. He tenido siempre una digestión perfecta. Pero el secretario insiste: las gárgaras sí son mías. A los otros ruidos me los transmite usted.
¿Marzo de 1904?, recapacita el General. Algo está mal ahí. Fui en aquel año a la escuela de Buenos Aires, pero también me acuerdo del famoso invierno que despobló la Patagonia en esos mismos meses. Son dos recuerdos que no pueden juntarse: pareciera que uno de los dos se ha sentido incómodo y ha cambiado de posición. López lo tranquiliza. En estas cosas, mi General, no hay fallas de la memoria sino desaciertos de la realidad.
¿Fue en 1904 entonces? ¿O el verano siguiente? Aún podía verse llegando al caserón de la calle San Martín, con las manos manchadas por el azul de las moras. Llevaba una mochila al hombro, y, colgando del cinto, un jarro en cuya base la madre había pintado flores de coirón, para que el niño jamás olvidara la tierra de donde venia. La abuela lo recibió con indiferencia. Puso la mejilla para que la besara, sin dejar de mecerse en la hamaca, y las dos tías de enorme porte, con los brazos en la cintura, lo mandaron a lavarse en la pileta del fondo. ¿Fue de veras en 1904? El General tacha la última frase y escribe en los márgenes una versión más difusa:

Pero las enseñanzas de mi padre y del viejo maestro no satisfacían las ilusiones que la familia depositaba en mí. Tuve que viajar a Buenos Aires, donde mi abuela paterna se encargaría de completar mi educación. Aprobé como estudiante libre los primeros grados de la escuela primaria, y enseguida me puse al día.

(Ahora sí, en ese punto puede retomar el hilo:)
El cambio fue tremendo. El gauchito curtido y duro fue transformándose en uno de los tantos mozos de la Capital. A los diez años yo pensaba casi como un hombre. En Buenos Aires me manejé solo y las faldas de mi madre o las de mi abuela no me atraían como a otros chicos de la misma edad. Pretendía ser una persona mayor y procedía como tal.
Mi abuela era ya viejita. Por lo tanto, yo la sustituía como jefe de la familia. Eso tuvo enorme influencia sobre mi vida, porque así comencé a sentirme independiente, a pensar y a resolver por mi cuenta. No fui muy estudioso ni aplicado. Los deportes, sí: nada me gustaba tanto.
Cuando años más tarde ingresé al Colegio Internacional de Olivos me aficioné bastante a la canchita de fútbol que teníamos allí mismo. Era uno de esos institutos para hijos de familias ricas, con grandes comodidades. En Olivos cursé hasta tercer año inclusive, con un régimen de estudios nada común por la libertad y responsabilidad que nos concedían. Fue ahí donde me inicié como futbolista. Eran los tiempos del famoso equipo de Alumni, cuyos jugadores nos parecían héroes.
Como todo "ragazzo qualunque" aprendía lo que no me gustaba ejercitando la memoria; en lo demás, aplicaba el criterio. La enseñanza ordinaria se dedica más a la memoria. Y al final de la vida,

(Aquí el General se detiene. Muchas veces ha rondado en su cabeza la frase que sigue. Pero, ¿alcanzó a decirla? ¿Es de veras suya la frase o bien el secretario, leyéndole el pensamiento, la ha dejado posar sobre la página?)

el hombre sabe tanto como recuerda. El hombre sabe tanto como recuerda.
Pero la exacta memoria de las cosas no es lo que importa, sino lo que uno aprovecha de ella: el color con que se la tiñe.
Cuando terminé el segundo año del secundario en Olivos ya tenía que ir tomando una decisión sobre mi futuro. Pensé aceptar el consejo de mi padre y seguir la carrera de Medicina. En la familia Perón, ésa había sido la profesión dominante. Dicen que mi tatarabuelo fue cirujano en Alghero, un pequeño puerto al oeste de Cerdeña. Y mi abuelo alcanzó fama y honores como médico. Yo estaba casi convencido de mi destino. En tercer año empecé a darle duro a la Anatomía, que era la materia más exigente para entrar a la Facultad. Pero por entonces me visitaron unos compañeros que acababan de incorporarse al Colegio Militar. Me hablaron con entusiasmo de lo formidable que era esa vida y de cuánto empeño ponían los profesores en templar el carácter de los muchachos. Dije: "esto es lo que quiero". Y descubrí en mí al militar que nunca he dejado de ser. Rendí en 1910 mi examen de ingreso. Por fin, a comienzos del año siguiente me incorporé como cadete.

(Todo estaba en orden, entonces. López había podido limpiar de las Memorias el manchón de primos y tías que las empañaban. Al eludir a Vicenta y Baldomero Martirena, en cuya casa se crió el General, no era ya necesario hablar del primer matrimonio de la abuela Dominga. Una viuda que se casa por segunda vez no es mártir ni ejemplar. También se habían esfumado del horizonte las sombras de los primos Julio y María Amelia. (¿Con qué argumento, López? ¿Para soslayar el vergonzoso suicidio del tío Alberto y eliminar así toda flaqueza en la sangre de los Perón? ¿O para insistir que él, Juan Domingo, fue libre y responsable desde niño, un verdadero jefe de familia como lo había escrito con tanto tino?) -¡López! -lo llama. Más allá de las mamparas, a la derecha del escritorio, el secretario está esperándolo de pie, en un descanso de la escalera. Lleva una bata tornasolada y desde lejos huele a colonia Lancas-ter-. Este primer capítulo está muy bueno, López -se alza el General-. Hay que seguir así. ¿Cómo se siente para esta noche? La conversación con Cámpora me ha desatado muchos nudos de adentro. Quiso ponerme la faja presidencial, ¿se da usted cuenta? ¡Como si bastasen los pequeños gestos para enderezar el país! Quiero ver más a fondo estas Memorias, López. Ahora que ya está seca la humedad del pasado, tengo deseos de hablar.
-Yo estoy para eso, mi General: para que lo recuerde todo -le tiende un brazo el secretario, en la negrura de la escalera: Perón se apoya en él-. Vaya subiendo despacio por aquí. Despejesé. Eso: avance. Venga poquito a poco. Así: el otro escalón. Agarresé de la baranda con aquella mano, para que pueda guiarlo. Uno, dos, uno. Concéntrese en mí. Suba. No le tenga miedo a la noche. Yo estoy arriba, en el claustro, ¿me siente?

CINCO

LAS CONTRAMEMORIAS

Que haya tanto silencio en la casa cuando afuera todo es fragor ha despertado a Nun Antezana. Cada vez que tropieza con el silencio, su cuerpo presiente alguna desgracia.
Y, sin embargo, ¿a qué temer? Diana duerme a su lado y hasta el menor detalle del Operativo 20 de Junio está bajo control. El Cabezón Iriarte ha revisado por enésima vez los motores y las llantas de los ómnibus Leyland, Pepe Juárez ha limpiado y engrasado el arsenal, Vicki Pertini ha bregado con una legión de costureras voluntarias para completar las letras de los cartelones,

PERON O MUERTE,
FUERZAS ARMADAS REVOLUCIONARIAS BIENVENIDO GENERAL MONTONEROS PRESENTE,

y él mismo, Nun, ha recorrido antes de acostarse las concentraciones de Berisso, Florencio Varela y Cañuelas. Al mediodía de este 20 de junio, luego de marchar desde la rotonda de Llavallol, las columnas de militantes llegarán a la retaguardia del palco, en la autopista de Ezeiza. Entonces, Nun dará la orden de abrirse en pinzas y copar los primeros trescientos metros de la manifestación ante la cual el General pondrá fin a su exilio de dieciocho años, anunciando el nacimiento de la patria socialista. ¿Cómo pueden ser tan distintos el adentro y el afuera? Aquí en la casa nada se oye sino respiraciones, como si algo estuviera muriéndose. Todo ha quedado ya por el camino: el miedo, la familia, la salud, el orgullo. Todo ha ido dejándolo sólo por ver la luz de este día, por abrazar esta historia. Pero afuera, afuera: quién sabe qué está urdiendo la historia en este momento.
Nun se yergue y prende un cigarrillo. Siente -imposible no sentir, por lejos que esté- el imperioso cuerpo de Diana. Esta odisea y ella empezaron al mismo tiempo. A fines de marzo, Nun se había comprometido ante Perón a organizar el desarme de las formaciones especiales y a prepararlas para los tiempos de paz -"Hay que ir creando escuelas de predicadores", insistía el Viejo-, y el diputado Diego Muñiz Barrera, de paso por Puerta de Hierro, había propuesto a Diana Bronstein como asistente: "Es un cuadro de primer orden, Nun. Una movilizadora nata. La están desperdiciando como archivera en un sindicato de Almagro".
El propio Muñiz se la había presentado en sus oficinas de la calle Florida, cuando volvieron a Buenos Aires. Desde que la vio, con el cuerpo escondido entre los acuarios de peces tropicales que coleccionaba el diputado, Nun sintió que el ser se le sumía en el más absoluto aturdimiento. Quedó inerme ante aquel matorral de pelos rojos que aleteaba con la sensualidad de las pirañas, se dejó vencer por la intensidad de unos ojos que se contradecían con la cara llena de pecas, y perdió el centro de gravedad cuando su mirada cayó entre las tetas de Diana, cuyos pezones respingados olfateaban el cielo. Ella era hija de un sastre rumano que se había casado por correspondencia con una polaquita desabrida. En la casa no se hablaba sino yidish. Apenas entró en el liceo, Diana se esforzó por desaprender aquella lengua: quería esfumarse para siempre de los recuerdos familiares, nacer de nuevo como argentina pura. Un profesor de lógica la educó en el sexo y en la revolución permanente. Al cabo de dos años, quiso casarse con ella. Diana se desilusionó.
Desde entonces no permitió que ningún hombre la eligiera. Los elegía ella, en las fábricas de tejidos y en las enlatadoras de dulces, donde se infiltraba para adoctrinar a los obreros. Desnuda, en la cama, iba leyéndoles con paciencia los manuales de Marta Hamecker y los diarios del Che, los inclinaba tiernamente sobre las biografías de Trotski y de Rosa Luxemburgo, y los ayudaba luego a descubrir las novedades del placer con una sapiencia que siempre la sorprendía. "La revolución del cuerpo no tiene por qué oponerse a la revolución de los pueblos. Si a los pobres se nos niega todo, ¿por qué también negarnos el placer?", solía repetirse, para disculpar el enloquecimiento de sus orgasmos.
En 1972, un empaquetador de bombones a quien llamaban el Angelote la disuadió de su pasión trotskis-ta. La Cuarta Internacional era -le dijo- el último eslabón de un socialismo anacrónico y para colmo denotado. En la Argentina, todos los caminos revolucionarios pasaban por Perón. Diana se indignó, su inteligencia se declaró agraviada: ¿en nombre de qué ideología le hablaban? Perón era un ejemplo mayúsculo de oportunismo, el imitador subdesarrollado de Mussolini. La clase obrera seguía confiando en él, eso era cierto, pero el trabajo de la revolución consistía precisamente en desenmascarar esa impostura y en destronar a la burocracia sindical que medraba a su servicio. El Angelote la mantuvo abrazada y con imprevisible autoridad le ordenó que leyera a John William Cooke, las cartas escritas a Perón desde La Habana disiparán tus aprensiones, será esta vez o nunca, Diana mi vida, la historia pasará junto a nosotros y yo no te dejaré partir sin que la hayas tocado.
Diana se mantuvo en la duda unas pocas semanas, hasta que la matanza de un grupo de guerrilleros en Trelew -que ella juzgó como inequívoco signo de un terrorismo de Estado- y los tumultuosos velorios en la sede peronista terminaron por decidirla. Aceptó ser soldado de Perón mientras le permitieran mantener su independencia crítica: nada de culto a la personalidad ni de ciego verticalismo. La misma tarde en que sepultaron a los guerrilleros empezó a colaborar con un caudillo de Almagro. El encuentro con Nun la convirtió en militante de tiempo completo.

En modo alguno había concedido a Nun el privilegio de seducirla. Fue ella quien de la noche a la mañana, tras resistir a semanas de asedio, lo llamó por teléfono y lo invitó a un hotel alojamiento por el mero placer de medir fuerzas con aquel cuerpo presuntuoso. La habitación que les tocó en suerte olía a sexo. Era imposible que persona alguna hubiera cometido allí la equivocación de amarse. La cama estaba adornada con ángeles de estuco que amenazaban caerse del dosel. Bajo los remiendos de las sábanas asomaba la humillante cubierta de plástico que protegía el colchón. A través de las ventanas disimuladas por terciopelos decrépitos se divisaban los monumentos funerarios de la Recoleta. Diana dispuso, en el momento de entrar, que apagaran la luz. Fue una revelación. Los cuerpos encajaban sin necesidad de explicaciones, entraban juntos en los mismos estremecimientos y salían hacia los mismos recuerdos.

Diana empezó a vivir la historia con una constante sensación de peligro. Temía enamorarse. Se alejaba de Nun por miedo y regresaba por lástima: lo sentía a la vez tan sólido y huérfano, tan ávido de poder y tan analfabeto de amor y de misericordia, que cuando él le contaba (siempre a regañadientes) algún rincón de su biografía, a ella le daban ganas de abrigarlo con el follaje de los pelos y de ponerlo a dormir sobre la falda, pobre mi Nun, pobrecito.
Y era verdad que Nun había crecido solo, al cuidado de niñeras que lo atragantaban de helados para que las dejara tranquilas. Los padres, que se habían separado antes de que él aprendiera a caminar, zanjaron la discusión sobre la tenencia partiéndolo por la mitad, seis meses para cada cual, aunque al fin de cuentas fue el año entero para ninguno. De repente, al cabo de interminables periodos de olvido, experimentaban brotes epidémicos de culpa y se lo disputaban para un paseo en yate por el Tigre o un fin de semana en Punta del Este. Pero una vez que conseguían apropiarse de Nun, el entusiasmo no les duraba más de una hora. Una de las pocas veces en que se pusieron de acuerdo fue para inscribirlo como cadete en el Liceo Militar. Nun estaba preparado para cualquier desdicha, salvo la de los dogmas y las disciplinas. Tardó en resignarse al tormento de que lo despertaran antes del alba, lo forzaran a despabilarse con duchas frías y lo sometieran a semanas de orden cerrado, maratones en campo abierto y saltos de rana. Poco a poco fue aprendiendo que, para imponer respeto, debía mantenerse siempre en los extremos: obedeciendo como un esclavo y ordenando como un dios. Empezó a domesticar el cuerpo. Odiaba los deportes y sin embargo se quedaba los domingos en el liceo saltando con garrocha y levantando pesas. Cierta vez, un sargento castigó a toda la clase obligándola a formar dentro de un bebedero de caballos lleno de bloques de hielo. Nun fue el único que aguantó la hora completa sin desmayarse, por amor propio y por desprecio a las debilidades ajenas. Pero juró ante su corazón que, apenas fuese oficial, buscaría al sargento para obligarlo a purgar la misma pena.

Se llamaba Abelardo Antezana y tenía una cara redonda, vivaz, en la que desentonaba un mentón abombado, con un hoyuelo tan profundo que parecía la cicatriz de un balazo. Durante su primer año de liceo, en la clase de inglés, el profesor lo mandó a escribir una lista de verbos irregulares en el pizarrón. Una hebras de sol entraron por la ventana y se le posaron en el pelo. El profesor se puso de pie y lo contempló: "Alce la cabeza, cadete". Nun obedeció, con vergüenza. "Its wonderful! You have a noonface." ¿Cómo?, se rió la clase. "You have a noonface. Su cara parece un mediodía", insistió el profesor. Desde entonces le quedó el apodo, Nun. Cuando jugaban al fútbol, los cadetes del equipo rival sabían que llamándolo NoonFace podían desorientarle la paciencia, y cada vez que él avanzaba por el área con la pelota dominada bastaba que le gritaran. "¡Te la estás comiendo, Nun!", para que fatalmente pateara desviado.
En la primavera de 1969, cuando ya estaba por recibir el sable de subteniente -cuarto de la promoción, pero el mejor entre los artilleros-, una casualidad le cambió la vida. Conoció a Juan García Elorrio en el casamiento de una prima. Juan era fogoso, brillante y terco para discutir. Caminaba encorvado y una calvicie neurasténica le ensanchaba la frente. Dirigía una revista de izquierda, Cristianismo y revolución. Predicaba el heroísmo y la santidad, pero no concebía que pudieran alcanzarse esos estados sino a través del martirio.

Con el índice apuntando al mentón inquebrantable de Nun, García Elorrio lo catequizó hábilmente desde el primer encuentro. El ejército de San Martín estaba renaciendo en una invisible oleada de nuevos libertadores, dijo. Eran jóvenes peronistas y cristianos, dispuestos a dar la vida en una lucha sin cuartel contra los verdugos de los pobres, que los condenaban a morir lentamente de hambre, analfabetismo y enfermedades. "¿Y quién es el enemigo?", quiso saber Nun. Para Juan no había confusión posible. Eran los ocupantes ilegítimos de la patria: los invasores de adentro, la recua de generales y almirantes que vendía el país al imperialismo.
Una memorable conferencia de García Elorrio terminó de convencerlo: "El deber de todo revolucionario es hacer la revolución", había explicado Juan, previsible pero febril. "Y el deber de un hombre de bien es no cerrar los ojos ante las espantosas violencias de arriba, no cruzarse de brazos. ¿Cómo no conmoverse ante el ejemplo de los nuevos mártires que se llaman Camilo Torres y Ernesto Guevara, nuestros hermanos en la justicia, nuestros maestros en la caridad? Ellos vivirán para siempre en los rifles de las guerrillas anónimas que combaten a lo largo de América latina, en los machetes rebeldes de los campesinos y en la dinamita vengadora de los mineros. Esos mártires llevan en la Argentina el nombre de John William Cooke y de Eva Perón, para quienes la única salvación de la patria estaba, como está hoy para nosotros, en la conciencia revolucionaria del pueblo peronista."
lluminado por dentro, exaltado por un ideal heroico que lo llevaría en línea recta a sublevarse contra los valores de sus padres, Nun pidió la baja en el Colegio Militar y se pasó a las filas del enemigo. Tomó la determinación con tal firmeza que nadie osó detenerlo.
En diciembre se enteró por los diarios de los desfiles y juramentos patrióticos de sus ex camaradas. El, mientras tanto, había organizado ya su propia milicia juvenil y se había entrevistado con Perón. Lo vio infinidad de veces en los tres años que siguieron. Acudía a la quinta 17 de Octubre como portavoz de los grupos más radicales, exponiendo siempre algún proyecto temerario para hostigar a la dictadura militar. Aunque los planes de guerra pareciesen intransitables, el General los aprobaba siempre. "Si cuenta usted con la gente adecuada, metalé nomás, Antezana. Que no vaya el régimen a confundirnos con ovejas de corral."
Y Nun acometía. Con la misma incansable imaginación organizaba un asalto a las garitas de la guardia presidencial en Olivos, la voladura de treinta y ocho tanques petroleros de la Fiat y el lanzamiento de globos que dejaban caer sobre las cárceles consignas de aliento a los militantes presos:

"Los mártires caídos nunca tendrán olvido" "La sangre derramada no será negociada".

En abril de 1973, pocas semanas después del triunfo peronista en las elecciones, Nun regresó de Madrid con malos presentimientos. Había encontrado al General demasiado ansioso por recuperar el poder. Cualquiera que le amenazase aquella última gloria encendía su furia. De revolución, ni hablar: quería volver a la patria como un hombre de paz. "Apagaré de un soplo todos los incendios y no tendré piedad con quien vuelva a prenderlos." Nun había apostado por Lenin y ahora resultaba que el premio mayor era Kerensky.
La disyuntiva es simple, le había dicho Perón: debemos elegir entre el tiempo y la sangre. Si queremos ir rápido, necesitamos ríos de sangre. Yo prefiero más bien que caminemos sobre ríos de tiempo. Aspiraba a que los militares volviesen a confiar en él: que respetaran su experiencia de conductor. Y, por lo tanto, empezaría imponiendo sólo mansas reformas, cambios por cuentagotas. "Míreme bien, Antezana: ¿le parezco un petardista? No, señor. Voy a enseñarles a los argentinos que las instituciones son más importantes que las revoluciones. Más de una vez lo he dicho: soy una fiera sin dientes, un viejo león herbívoro. Yo a nadie engaño, pero hay mucha gente interesada en engañarse conmigo." De todos modos, Nun salió de allí con la certeza de que si las masas se desbordaban exigiendo la revolución, el General no vacilaría -como en 1945- en aferrarse a esa bandera. Quien primero gane la calle tendrá en el Puño a Perón, reflexionó Nun. Será necesario demostrarle que los peronistas de 1973 no son tan incondicionales como los del 55, que a la doctrina justicialista le hace falta ponerse a tono con los nuevos vientos.

A fines de mayo, reunido con sus lugartenientes, Nun resolvió alquilar una quinta en el Camino de Cintura, a medio kilómetro de la autopista de Ezeiza, y dirigir desde allí la marcha de veinte mil aguerridos militantes que coparían desde los flancos la vanguardia de la manifestación y arroparían al Viejo con sus consignas insurgentes.
Un domingo, el 3 de junio, Diana y él se instalaron en aquella casona lúgubre, acorazada por bosques que destilaban bruma y en cuyos fondos apestaba una pileta hinchada de barro y hojas podridas. a la semana se acuartelaron también Vicki Pertini y el Cabezón Iriarte, portando colecciones de mapas y de guías Peuser para estudiar con detalle el campo de operaciones, pero Nun prefirió que los ensayos se hiciesen sobre una mesa de arena, como en el Colegio Militar, con banderitas celestes para designar a las tropas fieles y negras para suponer las reacciones del adversario.
Cuando se avecinó por fin el gran momento, Nun los reunió en el comedor de la casona y les explicó que no les sería fácil avanzar, pero que no les quedaba otro recurso ni método. El palco estaba rodeado de fortines fascistas: a la derecha, sobre la ruta 205, un batallón de policías curtidos, tiradores de élite, filtrarían el paso de las columnas revolucionarias; sobre los flancos, antes de los cordones de seguridad, estarían los puestos sanitarios y ambulancias defendidos por incondicionales del secretario López Rega; hacia el norte, la fila de camiones de agua conectados por radio con la central de informaciones que el teniente coronel Osinde manejaría desde el hotel de Ezeiza; y en el propio palco montarían guardia los matones más ilustres de la derecha, los ángeles custodios de las camarillas sindicales y de Isabel la usurpadora: la patria socialista tendría que abrirse a tiro limpio entre las huestes de la patria reaccionaria. Sentada en cuclillas, Diana verificó cada detalle en su propio cuaderno de dibujos; al ensimismarse, alzaba con las manos su cascada de pelos rojos, sublevándole a Nun las venas del vientre y desordenándole la inteligencia. Vicki Pertini, cuyos sentidos eran como una tabla de logaritmos -jamás se distraían-, ocupó el silencio prestamente cambiando de posición las banderitas de la mesa de arena, mientras Pepe Juárez explicaba, con voz afónica, que las municiones almacenadas bastaban y sobraban para cualquier acción defensiva.
Diana rindió entonces cuentas sobre la estrategia de hostigamiento que habían concertado con su equipo de trabajo. Entre las nueve y las diez de la mañana, dijo, una barrita de Lanús a la que llamaban Garganta de Oro tomaría posiciones junto al palco, al pie de los atriles de los músicos, y se abriría en racimos de siete a diez personas, manteniéndose dentro del radio de los trescientos metros. Hacia las doce, cuando ya hubieran entrado en confianza con las barras vecinas, abrirían fuego con un versito suave, como

para templar el clima,
Vamos a Ezeiza vamos compañero
a recibir a un viejo montonero,

poniendo énfasis -pero inocente- en la última palabra. Y de inmediato, sin apagar las brasas, un coro villero de Berazategui, el Riachuelo Azul, apoyaría a los Garganta con un diapasón más alto,

Vamos a hacer la patria peronista pero la haremos montonera y socialista,

e incansablemente así hasta que Perón volara sobre el territorio nacional. Avisados por los transistores, avanzarían entonces los muchachos del Garganta sobre la herida que más le duele al isabelismo:

Evita hay una sola
no rompan más las bolas,

mientras los del Riachuelo Azul desplegarían el repertorio completo de amenazas,

Se va a acabar se va a acabar la burocracia sindical.

En ese punto entraríamos nosotros con las banderas desplegadas, el General partiría en helicóptero desde Ezeiza hasta el palco, y cuando lo viésemos llegar, brotaría desde la rosa entera de los vientos la marcha que jamás se marchita, esa es la única fija de la gloriosa jornada, Todos unidos triunfaremos. Los Garganta y los Riachuelo, ensanchando los pechos y al unísono, injertarían entonces la estrofa revolucionaria, ¿qué les parece?,

Ayer fue la resistencia hoy Montoneros y FAR con Perón yendo a la guerra a la guerra popular.

Mientras tanto, saldrán volando miles de palomas y las chicas de la Agrupación Evita soltarán globos, el Viejo abrirá los brazos desde el palco y soltará el llanto, ¿a quién no se le van a caer las medias?, también para él todo será como un sueño.

El cigarrillo que acaba de fumar Nun deja sobre su lengua una resaca de musgos y escarabajos. Oliendo a Diana, viéndola entreabrir los labios mellados por el invierno (ella dice que por la vida), Nun quisiera que todo hubiese pasado ya y que no tuviesen por delante más horizonte que el de sus confundidos calores: que se gozasen y se aprendiesen y se desaprendiesen para volver a encontrarse. Aún le sabe a mentira que allí estén, juntos: una distracción de la naturaleza, una irrepetible benevolencia de la historia.
Nun tiene la piel agriada todavía por las fogatas que ha recorrido, antes de acostarse, en Cañuelas, Florencio Varela y Berisso. Ha visto a los compañeros multiplicarse en las afueras de Llavallol, como si caminaran sobre espejos. Al pasar por un kiosco, en Temperley, ha comprado las sextas de Crónica y La Razón y una edición especial de la revista Horizonte dedicada al General:

"La vida entera de Perón /El Hombre/El Líder/Documentos y relatos de cien testigos",

con las cubiertas plastificadas y un póster gigante del susodicho, sonriente como un águila guerrera. Al llegar a la casa, atrajo al Cabezón y a Vicki hacia el vestíbulo para que contemplasen aquellas porquerías mercenarias, pero ahora, cuando siente subir por el cuerpo la lenta quemazón del insomnio, se inclina sobre las páginas de Horizonte, y lee: desdeñoso al principio, luego alarmado por las erosiones que los cien testigos han ido dejando sobre el cuerpo biográfico del patriarca. Alguien ha visto de verdad a este Perón que desconozco, se repite Nun. Alguien ha ido tatuándolo con estas historias: doblándolo en el tiempo como a una sábana, transfigurándolo en su propio límite de hombre.
Y sintiendo que por fin a él, a Nun, Perón está por sucederle, Perón se dejará caer sobre su conciencia, se asoma, como al abismo, a estas páginas inesperadas.

1. IDENTIDAD DE SUS ANTEPASADOS

Mario Tomás Perón nunca pudo olvidar la primavera de 1886, cuando llegó a Lobos convaleciente del tifus. La estación del ferrocarril era tan nueva todavía que los vecinos celebraban la visita del tren acicalados como para un tedéum. Los mozos se acomodaban en los andenes desde temprano, tiesos y lustrosos, de espaldas al viento que les desarmaba la guía de los bigotes. Las muchachas paseaban del brazo con las primas, adivinando los piropos. En aquellos tiempos todos los noviazgos tenían alguna deuda con el tren.
Mario Tomás Perón, que tenía entonces diecinueve años, era de piel bronceada, alto, corpulento y poco dado a la conversación. Su orgullo era la bella caligrafía que había pulido en el Colegio Nacional; su pasión los caballos, que montaba y cuidaba con la destreza de un arriero. Había llegado a Lobos en busca de aires sanos, para reponerse del tifus.
Queriéndolo encariñar con la Medicina, el padre lo había convertido en jinete. Una vez al mes, Mario ensillaba un par de zainos y acompañaba al padre a visitar Roque Pérez, Cañuelas y Navarro, donde estaban dispersos sus enfermos. Como la vista de la sangre lo desmayaba, prefería distraerse a campo abierto, con los peones. Muchos años después, aquellos viajes encenderían en él una tenaz afición por la botánica y la arqueología. Cuando llegó a Lobos llevaba en su equipaje un herbario pampeano y un ensayo de Cuvier sobre los huesos fósiles de los mamíferos.
Era el hijo mayor de Tomás Liberato Perón y de Dominga Dutey, una oriental de Paysandú cuya familia había emigrado de Chambery, en la Alta Saboya. Ella tenía 22 años cuando se casó, a fines de febrero de 1867. Era viuda, y las hijas de su primer matrimonio, Baldomera y Vicenta Martirena, influirían sobre la vida de los Perón más que todos los parientes de sangre.
Tomás Liberato descendía de un sardo, Tomás Mario, y de una escocesa, Ana Hughes, que provenía de los alrededores de Dumbarton. Desde hacia por lo menos cuatro generaciones, todos los Perón llevaban los mismos nombres, para que las madres tuvieran siempre a un Mario o a un Tomás que les recordase al marido, y porque la estirpe -decía Ana Hughes- no se transmitía sólo a través del apellido sino también del óleo del bautismo.
Mario Tomás nació el 9 de noviembre de 1867, cuando despuntaba en Buenos Aires una epidemia de cólera. El padre, ocupado en investigar la higiene de los saladeros, ni siquiera pudo asistir al parto. En los años siguientes sólo vio a los hijos cuando lo acompañaban a visitar enfermos lejanos, cabalgando a su zaga con las alforjas llenas de víveres y ventosas.
Cuando Mario Tomás llegó a Lobos, ya don Tomás Liberato estaba consumido de languidez. Vivía semanas enteras encerrado en su laboratorio, investigando las costumbres de las langostas. Ni siquiera se dio cuenta de que el hijo mayor había dejado la casa.
A unos dos kilómetros de la plaza de Lobos, sobre el camino real, el albañil Juan Irineo Sosa y su mujer, Mercedes Toledo, vivían desde 1870 en una choza de adobe y quincha construida con ayuda de los vecinos. El piso era de tierra. Al principio, abrieron dos puertas enfrentadas para que corriera el aire, pero como una de ellas daba a un callejón de mala fama...

Todas las orillas de la realidad se desbordan entonces simultáneamente. Diana se despereza y extiende los dedos hacia la espalda de Nun con la velocidad de una araña; él oye sin ver el ardiente vuelo de la animal aquélla que lo está llamando con todas las voces de la zoología. Y en ese punto Vicki Pertini toca la puerta con timidez, pero también con apremio:
-¿Puedes venir un momentito, che? ¡Ya están cargándose a balazos en el puente! Los fechos han copado el palco.
Nun deja el ejemplar de Horizonte a un lado: -¿Estás oyendo, Diana?
Ella lo ha oído tan claramente que puede hacer una composición de lugar, aún con la voz empastada de sueño:
-No son siquiera las seis de la mañana, y ya empezó la lucha por los trescientos metros. Pero Vicki Pertini, como siempre, los ha a larmado en vano. Con el humor oscurecido por el cigarrillo, aclarado por un mate amargo, Nun Antezana pone en orden los partes que van llegándole desde el presunto frente de combate. Sigue todo en su quicio. Lo del puente ha sido apenas una camorra entre dos grupitos sin filiación. Hubo tiros, es cierto, y un hombre ha sido herido: ¿leal, ajeno? Desconocen su nombre. Con un balazo en los intestinos lo han llevado al hospital de Ezeiza. Han de estar operándolo. En lo demás, los temores de Vicki tienen cierto asidero: mil esbirros de López Rega y de la Juventud Sindical han formado una trenza de hierro en torno del palco. Ocupan una escuela, cien metros al sur, sobre la ruta 205, y están bloqueando los accesos. ¿No era eso lo previsto? Sí, lo era, suspira Pepe Juárez. Pero teníamos la esperanza de un milagro: de una diarrea en masa o que Perón los desautorizase. ¿Qué hacer? nunca tenemos suerte para las desgracias.
El Cabezón regresa de una ronda. Viento en popa, pregona con buen humor: el Operativo 20 de Junio está navegando a toda vela. Ha visto descender por la ruta 3 a más de mil compañeros con provisiones de leche Nido y bolsas de pan. Vienen con gorros pasamontañas y emponchados, como si la fiesta fuese a durar un mes. Cerca de La Salada, unos tres kilómetros al norte, se ha demorado en un campamento de arrieros pampeanos que improvisan payadas en homenaje al General. Me alejé de allí con susto -cuenta-: para esa gente no ha pasado el tiempo. Hablan como si Perón nunca se hubiera ido. Y he venido diciéndome qué haremos con todos ellos, en qué país vamos a ponerlos.

Sienten por fin alzarse -caer- el día. En alguna parte está brotando el sol. Nun no sabe cómo gobernar aquella luz y ordena que la obliguen a marcharse: que cierren por un momento las ventanas. Congrega en el vestíbulo a su estado mayor, junto a la mesa de arena, y resuelve comenzar, ya, la larga marcha. El Cabezón y Vicki llevarán los ómnibus Leyland a la rotonda de Llavallol; Pepe Juárez y los villeros voluntarios los seguirán a pie, por las vías del tren, hasta el Camino de Cintura. Diana y él, Nun, guiarán las columnas de Monte Grande y Cañuelas hacia la ruta 205. Al mediodía, todos se reunirán bajo la torre de agua de la calle Almafuerte, medio kilómetro detrás del palco.

Antes de partir, echan un vistazo a los fantasmas retratados en Horizonte; se encogen de hombros al detenerse en la foto de un documento inexplicable, desoyen las voces de los testigos que van corroyendo el mito de Perón. Y cuando salen, allí queda la revista expirando en las tinieblas, entre las fingidas ciudades de la mesa de arena.

A unos dos kilómetros de la plaza de Lobos, el albañil Juan Irineo Sosa y su mujer Mercedes Toledo, vivían desde 1870 en una choza de adobe. Al principio, abrieron dos puertas para que corriera el aire, pero como una de ellas daba a un callejón de mala fama, Juan Irineo tuvo que tapiarla. Tenían dos camas grandes, de tiento, un par de ollas de fierro, una palangana con jofainas y varias estampas de santos pegadas sobre cartulinas.
En un extremo del cuarto estaban los enseres de montar de Juan Irineo, en el otro había un espejito ante el que se peinaban las hijas. Juana era la mayor: había nacido el 9 de noviembre de 1875 y vivía una infancia suelta, de a caballo. Se pasaba las tardes cebando mate en el rancho de al lado o curioseando en las guitarreadas de la pulpería.
Ambos padres desconocían sus orígenes: los suponían confusos y enredados. Había demasiados Toledo Sosa, Sosa Toledo y Toledo a secas en la familia, con parentescos tan exageradamente incestuosos que no podían ser verdaderos. Por el pueblo solían pasar mestizos de pelo rubio a los que Juana llamaba primos. Los hospedaban sin hacerles preguntas, no por temor a que invocasen unos orígenes de mentira, sino más bien a que revelaran una verdad imposible de tolerar.
Un biógrafo de la familia presume, sin ampararse en documento alguno, que los padres de Juan Irineo eran oriundos de Castilla la Vieja. Juana contaría otra historia a los vecinos de Cabo Raso: "los criaron cerca de Guasayán, en Santiago del Estero. Y, que yo sepa, eran indios sin mezcla". Cuando Mario Tomás conoció a Juana, en 1890, ambos guardaban luto por la muerte de sus padres. A don Tomás Liberato lo había despertado el sueño. Un buen día, tras meses de insomnio, lo sorprendió en medio del campo la necesidad de dormir. Se tendió sobre el apero, a orillas de un arroyo, y cuando despertó, empapado, sufría unas calenturas tan violentas que la muerte no le dio tiempo ni para cambiarse de ropa.
La última enfermedad de Juan Irineo también había llegado por sorpresa. Una tarde, al volver de las chacras, le ordenó a su mujer que le liara las ropas y preparase comida para un largo viaje. "¿Adónde nos vamos?", preguntó ella. "Me voy yo solo", dijo, y allí mismo, junto a la cama, vomitó un agua negra. "Miró cómo había sido la muerte", se quejó, mientras caía con los ojos turbios.
Las hijas quedaron tan desamparadas que debieron emplearse como sirvientas en las casas de los gringos. Allí las encontró Mario Tomás. Juana lo sedujo a primero vista. Cuando servía la mesa en casa de los Comfoots, trataba a los invitados con más arrogancia que las señoritas de la familia. Su cara era redonda, de india. Bajo los ojos pequeños y luminosos, se alzaban unos pómulos imperativos. La nariz, tosca y ancha, no desentonaba con la boca grande, siempre dispuesta para la risa.
Entre los vecinos de Lobos hay una memoria confusa, más bien una adivinación, de sus encuentros clandestinos con Mario en la cañada de las Garzas. Muchos años después, una de las primas de Juana compararía el romance con las historias de Hugo Wast que había visto en el cine, aunque el final fuera esta vez feliz y el seductor de buena familia no abandonase a la campesina huérfana.
Al comenzar el otoño de 1891, Juana descubrió que estaba embarazada. Otra de sus primas, Francisca Toledo, contó que la muchacha sintió tal desconcierto ante las perturbaciones del cuerpo que confundía las señales de la preñez con ataques de hígado.
También a Mario Tomás lo anonadé la noticia. "Si me caso -escribió a su hermano Tomás Hilario-, le daré un disgusto terrible a mí pobre madre. Me han aconsejado aquí que arregle a la chica con algún dinerito y me despreocupe del asunto." Pero nada hizo: dejó pasar el tiempo.

El niño nació el 30 de noviembre de 1891, con ayuda de la tía Honoria y de la prima Francisca. Trece meses más tarde, la víspera de Navidad, lo bautizaron con el nombre de Mario Avelino Sosa en la iglesia parroquial. Mario Tomás, eufórico, pidió a su hermano Tomás Hilario que viajase desde Buenos Aires para servir de padrino.
Sobrevinieron en Lobos años de una modorra tan abismal que hasta el polvo, cuando lo sacudían los plumeros, se posaba sobre los muebles con el mismo dibujo. En 1896 fueron empedradas las primeras calles y se tendieron cordones en las veredas. El rumor de que habría guerra con Chile llegó muy tarde, después de que se firmaron los protocolos de paz, y para festejar aquella falta de noticias el Lobos Athletic Club organizó carreras de embolsados, riñas de gallos y torneos de salto, a los que asistieron tres mil vecinos de la comarca.
La calle real del pueblo se llamaba Buenos Aires. Allí tenían los Moore una casa con sendos balcones en los flancos del zaguán, persianas verdes, una higuera y un jazminero en el patio. A fines de 1891 Mario Tomás pidió que lo aceptaran como pensionista. Le cedieron la habitación de la derecha, sobre la calle, donde vivió casi hasta irse de Lobos.
Durante algunos meses, entre 1893 y 1894, trabajó como oficial de Justicia. Juan Torres, su amigo más cercano, solía instarlo a dejar aquel empleo que tanto le disgustaba y a formar pareja de una vez con Juana, lejos de allí, para que a ella no siguiesen atormentándola con humillaciones y ofensas cuando iba a lavar la ropa de los señoritos.
Mario Tomás, de naturaleza indecisa, no se atrevía a desatar el escándalo, pero tampoco se resignaba a separarse de Juana. A principios de 1895, ella volvió a quedar embarazada.
La noticia desalentó a las buenas familias de Lobos. Don Eulogio del Mármol, a quien el doctor Perón había pedido que "le cuidara el hijo", retiró a Mario Tomás de la escena encomendándole que administrara una de sus estancias, "Los Varones". Las señoras del pueblo se mostraron menos benévolas. Ordenaron a las hijas que se cruzasen de vereda cuando divisaran a Mario, y les prohibieron nombrarlo en las reuniones. "Nada es tan contagioso como una mala reputación", solía decir la señora Del Mármol. Mario, entretanto, disfrutaba de la soledad. Antes del amanecer salía al campo abierto, llevaba los caballos al potrero, vigilaba los cultivos y limpiaba el monte. Se prometió a sí mismo no cambiar nunca aquella vida silvestre para la que se creía predestinado.
El 8 de octubre de 1895, mientras cabalgaba hacia Roque Pérez arriando una tropilla de redomones, lo alcanzaron para avisarle que su segundo hijo estaba naciendo. Regresó al galope.

2. LOS PRIMEROS AÑOS

Sobre la cama de tiento donde había dormido desde la infancia, y asistida sólo por la prima Francisca, Juana tuvo esta vez un parto mucho más fácil que el de Mario Avelino. Los Toledo se habían preparado para recibir a una mujer. Hasta los pañales que cosió la abuela Mercedes tenían cintitas rosas. Y la tía Honoria, que había resuelto regalar al recién nacido sus aros de plata, rezó para que Dios cambiara milagrosamente aquel sexo equivocado.
La primera foto que tomaron al niño, a los cinco meses, revela cuánto se parecía a la madre: tenía el mismo pelo renegrido y fuerte, la cara aindiada, los ojos tempranamente a salvo de cualquier sorpresa. Tardaron más de dos años en bautizarlo porque el padre quería que se llamara Tomás Alberto, y la madre Juan Tomás. Como no había manera de avenirlos, la tía Honoria resolvió que le pusieran Juan para contentar a los Toledo, y Domingo por la abuela paterna. El 14 de enero de 1898 lo llevaron a las ruinas de la vieja parroquia, donde la prima Francisca y Juan B. Torres sirvieron como padrinos.

Desde que Juan Domingo aprendió a sentarse solo, el padre lo acomodaba en la montura de un zaino y lo paseaba por la pampa, enseñándole el lenguaje de los animales, de las cosechas y de las lluvias. Don Eulogio del Mármol le regaló un petiso tordillo y encomendó a uno de sus peones, el Chino Magallanes, que acostumbrase al niño a galopar. Sisto, el Chino, era una criatura rústica, infantil, a quien encerraban bajo llave las noches de luna llena porque solía subir a la cresta de los molinos para lanzarse a volar. Pero tenía un arte singular para la docencia: con una voz arrastrada, de barítono, explicaba la razón de las sequías y la curiosidad de las lombrices como si no hubiera en el mundo verdades más simples. Muy pronto Mario Tomás sintió el fastidio de aquella vida sedentaria. A fines de 1898 vendió aperos y monturas, liquidó en buenos términos la relación con don Eulogio, y partió con Juana y los niños hacia los campos de Juan Atucha, en las cercanías de Roque Pérez, donde arrendó una chacra y unas tierras de pastoreo. Les disgusto la casa donde les tocó vivir y el aislamiento del paraje. A los tres meses se trasladaron a la hacienda de un tal doctor Viale, quien les cedió algunas hectáreas.
En febrero -o en marzo tal vez- de 1899, Juana y la prima Francisca lavaban ropa junto a un aljibe. Juana estaba preñada de siete meses y las mortificaciones del calor la privaban de aliento. Cerca de ellas, Juan Domingo cazaba sapos y se afanaba en domesticarlos con una vara de sauce. Era mediodía. Las mujeres acabaron de torcer las sábanas y estaban tendiéndolas en las sogas del patio. "Si doy un paso más, la criatura se me saldrá por la garganta", dijo Juana.
La prima, creyendo que el parto se adelantaría, la llevó a la cama. Iba a ponerle unas compresas cuando oyó gritar a Juan Domingo. Corrió, vio la vara de sauce sobre el saliente pozo y advirtió de inmediato que el niño se había caído al fondo. Creyó distinguir el cuerpo amontonado sobre el brillo del agua. Lo llamó en vano. Arrojó el balde, buscándolo. Al segundo intento pudo rescatarlo. Estaba desmayado y con raspones.

Siguieron meses desabridos, Mario Tomás pasaba las noches sentado en la cama, sin ánimo para dormir ni para cuidar aquellos campos ajenos. Juana, que sabía dónde terminaban los insomnios de la familia Perón, tuvo miedo de que también a Mario lo fuera consumiendo el descontento. Cuando lo oía despertarse prendía una vela, se soltaba las trenzas y empezaba a coser la ropa de los niños con toda naturalidad. Y así, hablando de comidas y enfermedades, iba entreteniendo al hombre hasta que la ansiedad se le olvidaba.
El tercer hijo de Juana y Mario tuvo la fortuna de nacer muerto. Era enclenque y verdoso. En vez de ojos, padecía de dos huevos negros, sin párpados. A Juana le dijeron que había parido una tenia solitaria, y la tía Honoria jamás quiso revelar dónde estaba enterrado aquel feto maligno. La misma noche del parto, Mario Tomás tuvo el presentimiento de que alguien les estaba haciendo un maleficio. "Aquí ya no podemos quedarnos", decidió. "Voy a juntar el ganado y a llevármelo para el sur."

La casa de doña Dominga era blanca, pequeña, rodeada por cercos de ligustro. Allí conoció Mario a los señores Maupas, que tenían un parentesco remoto con los Martirena y estaban interesados en mejorar la explotación de sus haciendas en el Chubut. No tardaron en concertar un buen trato. Mario les administraría el campo de La Maciega -en Cabo Raso, doscientos kilómetros al sur de Puerto Madryn-, criaría sus propias ovejas y dividirían las ganancias.
En la primavera de 1900, Mario Tomás emprendió el insensato viaje hacia los desiertos del sur, arreando una manada de quinientas cabezas. Al partir, encomendó a su madre que cuidara de Juana. Durante el año de soledad forzosa que sucedió, la intrusa se aficionó a pasar temporadas largas en la quinta de Ramos Mejía, hasta que doña Dominga sucumbió a tanta insistencia. Allí Juan Domingo contrajo una varicela, que la abuela mitigaba con baños de agua caliente y cataplasmas de talco. No había terminado de curarse el niño cuando lo atacó la tos convulsa, y aquella vez fue Baldomera quien lo curó con una medicina pretérita, columpiándolo en el parque antes del amanecer, cuando los árboles sueltan el oxigeno y el aire se pone azul.
En septiembre de 1901, Mario Tomás regresó a Buenos Aires. Y tal como había prometido, el 25 de aquel mes se casó con Juana, sin fiesta ni ceremonia. Ella firmó el acto con letra infantil y abierta que conservaría hasta la vejez; él rubricó su firma con una doble elipse. En el último párrafo, "los esposos reconocieron como hijos suyos a Avelino Mario (sic) y Juan Domingo, nacidos en Lobos".

Dos semanas después emprendieron viaje a la Patagonia en el transporte Santa Cruz. Apenas divisó las costas desoladas del Chubut y oyó el salvajismo con que se comportaba el viento, Juana tuvo la clarividencia de que la familia ya no se apartaría de esos parajes. En una carta a su hermana María Luisa contó que, al ver el ripio de la playa fulgurando bajo el sol helado de octubre, entre las bandadas de gaviotas, Juan Domingo le había preguntado si aquellos pájaros ponían brasas en vez de huevos. Los Perón desembarcaron en Puerto Madryn, junto al muelle del ferrocarril, y aguardaron el tren hasta la mañana siguiente. En la pared de la estación había una placa de bronce con esta advertencia agorera, escrita en seis idiomas:
DE AQUI HASTA LA COLONIA CHUBUTSON 51 MILLAS SIN AGUA.

Cuando el tren se internó entre las colinas arenosas, les pareció que el horizonte se recogía bajo una enorme sábana de óxido y pedregullo, cubierto por penachos de matas duras.
Y era así hasta el infinito. En Rawson consiguieron un carretón y durante una semana fueron abriendo huella entre los médanos. A mitad de camino los sorprendió un vendaval rabioso que levantaba columnas de arena, guijarros y estiércol seco, obligándolos a desviarse para evitar los cañadones y las pendientes. A Juan lo desconcertó que en ese páramo donde los bichos vivían alertas al peligro, las ovejas siguieran pastando, indiferentes a todo; rugidos del viento, furias de los hombres y amenazas del cielo, con el hocico enterrado entre los coirones.

Mario Tomás había convertido a La Maciega en una estancia próspera, limpiándola de montes y tapando las aguadas. El campo tenía casi quince leguas, nueve a diez mil ovejas y la mejor casa de la región: de madera, con techo de dos aguas, estufas a leña y un baño con tina. Hasta los muebles viejos, rayados por las botas de los peones, tenían una mano de lustre.
Cuando los Perón entraron en Cabo Raso, un jinete viudo, el francés Robert, estaba asentándose en Camarones, treinta y cinco kilómetros al este. Había partido un año antes desde Luján, con el hijo huérfano en las ancas y un arreo de quinientas cabezas. El rigor de la travesía lo empobreció tanto que al llegar sólo le quedaban cien ovejas y el caballo escuálido que montaba.
Alberto, el hijo, contaría que vivieron en la desolación más honda: "Aprendimos a hablar solos, para que al menos la compañía de la voz anduviera con nosotros. Poco a poco perdimos los modales de persona y fuimos copiando el comportamiento de los animales que se criaban en aquellos parajes. Sabíamos retener la sed, ladear la cabeza para esquivar el polvo y adivinar las quebraduras de la tierra antes de apoyar
el pie".
Los Perón y los Robert se volvieron inseparables, para conjurar tanto descampado. Camarones, el pueblo -a orillas del mar-, constaba de diez casas, un almacén y el correo. Estaban construyendo un hotel en aquellos años, pero en vano, porque los únicos huéspedes que anunciaron su llegada no se animaron a bajar del barco.
Las visitas de una familia a otra duraban muchos días. Nadie se daba el lujo de viajar siete leguas a la mañana sólo para echar un párrafo y desandarlas por la tarde. Alberto Robert ha contado que los Perón llegaban a su casa en una carreta tirada por tres caballos, precedida por el domador Pancho Villafañe, quien entraba en el patio al galope, soplando una trompeta como los postillones. Juana se posesionaba al instante de la cocina, hacía el inventario de las provisiones y emprendía la misteriosa fabricación de unos guisos de charqui que sobrevivían con puntualidad hasta el final de la visita. Adiestrada por los Toledo, era tan infalible para ayudar en los partos que las preñadas solían viajar desde la bahía Bustaman-te y aun desde el valle de Los Mártires, a dos semanas de camino, sólo para que Juana pusiera de cabeza a los fetos que estaban por nacer de espaldas, desenredara los cordones umbilicales y advirtiera, cuando salía la placenta, si adentro no quedaba algún gemelo.
Mario Tomás tenía también las manos hábiles. Con el tiempo, la cara se le había resbalado hacia la frente. Del mentón le colgaba una cresta como de gallo. Toda su fuerza estaba en torno de los ojos, celestes y encapotados en forma de U.
A los siete años, Juan Domingo había completado ya el aprendizaje de los caballos. Sabía pialar, galopar entre los zanjones y lavar las heridas. Su mayor pasión era cazar guanacos. Se apostaba en los mangrullos de La Maciega, observaba el movimiento de las cuadrillas distantes y trazaba el plan de ataque para el amanecer.
Aquéllos eran, como él diría más tarde, sus ensayos generales para la guerra. Los guanacos pastaban en las barrancas y las faldas de los cerros, con el cuerpo esfumado entre los matorrales ocres. El mimetismo y la velocidad eran sus únicas defensas. Cuando veía acercarse a un jinete, el guanaco jefe relinchaba, para prevenir a las hembras y a las crías, y aceptaba complacido un duelo de astucia con el cazador. Nada regocijaba tanto a Juan Domingo como desconcertarlos mediante señales falsas, desbarrancando piedras o levantando polvo, lejos de los lugares donde apostaba, con artificios de cuerdas y trampas de ramas. Se internaba en los zanjones e irrumpía por sorpresa en la planicie, atacando desde atrás a las cuadrillas, o bien las atropellaba desde los flancos, donde solía ser más hábil la vigilancia del guanaco
jefe.

En la primavera de 1903 Mario Tomás vislumbró una nueva racha de mala suerte. Los hielos habían demorado una carta de los hermanos Maupas, en la cual informaban que La Maciega ya no les pertenecía. Entre abril y mayo la habían vendido a la firma Mittau y Grether, que impondría a otro administrador. Lo autorizaban a quedarse como auxiliar, con derecho a que sus ovejas pastaran en la hacienda, pero ya no a repartir las ganancias.
La noticia lo anonadó. Rompió varias cartas de reproche a los Maupas y por fin, a instancias de Juana, se sumió en una caudalosa correspondencia con el ejército de líneas y con los estancieros de la vecindad, averiguando si quedaban tierras fiscales libres que pudiera "poblar por cuenta propia". Sintió que el instinto nómade se le había atrofiado. Y aun en aquellos días de superlativo abandono, se negó a salir de la Patagonia. El juez de paz recién llegado a Camarones lo recomendó a un amigo, Luis Linck, quien había comprado un campo salvaje noventa kilómetros al oeste de Río Gallegos, en el territorio de Santa Cruz.
Los Perón aceptaron la desventura de domesticar esas malezas. Un día impreciso de octubre, en 1903, se embarcaron en un transporte. Llegaron a destino el domingo de Todos los Santos. El rastro es claro desde entonces, porque Mario Tomás comenzó a escribir sus impresiones en una Guía Cooper. Parco para expresar los sentimientos, anotó allí sólo las mudanzas meteorológicas, los percances de la salud y las plagas que aquejaban a las ovejas. Sin precisión ni entusiasmo refirió también algunas visitas de cortesía al campo vecino de Los Vascos. Sólo una frase intima sobresalta la hoja que corresponde al 25 de diciembre de 1904: "Cuatro años ya de muerto cumple Tomás Hilario. Dios lo tenga en su paz. Dios le haya perdonado que forzara con su propia mano las voluntades del destino. Tal es la suerte de los hombres a quienes las mujeres pagan con infidelidad. ¿Y yo, qué haría? Pero ¿y yo? ¿y yo?. Fue el único momento de la vida en que a Mario Tomás se le desbarató la caligrafía.

Las tierras a las que llegaron habían sido compradas por Luis Linck a fines de 1896. Siete años más tarde, la casa del cuidador -único refugio de los alrededores- estaba desplomándose. La nieve se había deshelado y endurecido muchas veces sobre la mesa de la cocina, y hasta los listones del piso estaban descuajados por las hachas de leñadores furtivos. Sólo el paisaje era espléndido. Alrededor de la casa se abría un arco de lomas, y más allá, entre las hondonadas y barrancas, se formaban nidos de aceleres de hielo y coronas monstruosas de piñas de araucarias. La estancia, Chankaike, medía doce leguas y ocupaba un vértice húmedo, en la bifurcación del brazo sur del río Coyle.
Mario Tomás contrató a un ovejero, Peter Ross, a quien confió la administración de la hacienda y con cuyo auxilio rehizo la casa derruida. Gastó muchas hojas de la Cooper en ensayar el dibujo de la marca para el ganado, hasta que finalmente registró una en 1905.
Juan y Mario Avelino habían abandonado Chankaike entre abril y mayo del año anterior. Escribían sus nombres penosamente. Nadie les había enseñado a leer. Mario Tomás resolvió confiar la educación de ambos a su medio hermana Vicenta, quien dirigía una escuela de niñas en la calle San Martín, en el centro de Buenos Aires, y que vivía en el piso alto del mismo solar, con Baldomera, la abuela Dominga y los hijos huérfanos de Tomás Hilario.
En la Guía Cooper consta que nadie los esperaba cuando llegaron al puerto de Buenos Aires. Con la familia a la zaga, el padre caminó a través de los muelles y ascendió a la ciudad por la calle Corrientes. Cada quien llevaba un morral al hombro, una valija de cartón y, colgados de los cintos, jarros de loza y cantimploras llenas de agua, porque los Perón ya no sabían recordar mundos que no fueran de polvo ni gentes que no viviesen a la intemperie de la sed.
Cuando estaban a unos pasos de la esquina de San Martín, Juan Domingo quiso trepar a una tapia para cortar moras. No pudo: cayó, lijándose la nariz en el revoque. Un caballero macilento, que vestía levita negra y sombrero en forma de hongo, se apresuró a levantarlo y le limpió los raspones con un pañuelo inmaculado.
Mario Tomás se volvió a dar las gracias y dijo su nombre: Perón. "¿Familiar del médico?", quiso saber el caballero. "Su hijo", contestó Mario, "pero ya no se nota porque me he vuelto campesino". "Yo también soy campesino", concedió el hombre, descubriéndose ante Juana, "y no saben cuánto lamento que ya no se me note". Con toda naturalidad cortó un gajo de moras para los niños y entregó a Mario su tarjeta. "Al servicio de ustedes", y se despidió.
Juan Domingo entró en la casa de la tía Vicenta con la boca violácea de frutas, como un enfermo del corazón, y no le dieron permiso para besar a la abuela sino hasta después de haberse bañado con cepillo. Antes de acostarse, contó a María Amelia la historia del caballero y pidió al padre que mostrase la tarjeta.
La niña conservó aquel pedazo de cartulina entre sus cuadernos escolares. Años más tarde, vio al caballero de levita desde un balcón de la avenida de Mayo. Iba solo en una carroza, y la muchedumbre lo aclamaba. María Amelia le arrojó unas alverjillas y coreó, excitada: "¡Viva el presidente de la República!". Pero no se acordó de la tarjeta ni siquiera cuando el primo Juan Domingo, en 1930, se sumó a una conspiración para derrocar al caballero, ni menos todavía cuando el caballero murió, en julio de 1933, y ella misma se obstinó en peregrinar tras el ataúd hasta el cementerio de la Recoleta, entre lavanderas con mantillas negras que no paraban de llorar.
En el alhajero que heredó de doña Dominga, bajo el anillo matrimonial de su difunto esposo y un medallón descubierto entre las ropas de su padre Tomás Hilario, la noche del suicidio, María Amelia conserva todavía la tarjeta del caballero, ya deslavada por el encierro:

HIPÓLITO ARGUYEN

Hacienda LOS MEDANOS

3. REVELACION TERRIBLE.

A los dos días de llegar a Buenos Aires, cuando Juan Domingo despertó y supo que los padres se habían marchado sin despedirse, abandonándolo al cuidado de aquellas señoras adustas, casi desconocidas, cayó en una desesperación inconsolable. Como el niño no cesaba de llorar y de dar puñetazos en el piso, la tía Baldomera trajo agua bendita de la iglesia de la Merced para santificarle los pensamientos. María Amelia, renunciando a sus muñecas, trató de hacerle cariños. Resultó peor. A Juan Domingo lo acometieron unos temblores de poseído. Cuando quería acostarse, enredaba las sábanas y terminaba despedazándolas. Hubo que encerrarlo con llave y esperar a que se desahogara. Por si la furia le volvía, Vicenta y Baldomera se apresuraron a cubrir con paños el reloj de péndulo que era orgullo de la casa y sobre cuya esfera estaban forjadas en bronce las figuras de unos labradores.
Durante dos días con sus noches el llanto de Juan Domingo atormentó el corazón de la prima. Cierta vez, ella despertó y tocó a la puerta: "Querés agua, Juancito?".
"Lo que quiero es que te mueras", oyó que le respondía. "Quiero que todos se mueran." El tiempo lavó también esas tristezas. Por las tardes, el primo Julio iba con Juan a las clases de catecismo en la parroquia de la Merced. Ambos oficiaban de monaguillos los domingos, en la misa de siete. Por la mañana, estudiaban las primeras letras en la escuela de la planta baja, calle San Martín 458, que oficialmente se llamaba "Superior de Niñas, sección 7", pese a que nueve de los treinta alumnos eran varones.
Como era varios años mayor que los demás, Juan Domingo gobernaba los juegos. Inventaba lances de velocidad en las multiplicaciones y ejercicios de memoria con párrafos tomados del libro de lectura. Era más alto, más fuerte, más gordo, más rudo, y aprovechándose de la pasividad de Mario Avelino y de las tempranas melancolías de Julio, los abochornaba poniéndoles zancadillas y golpeándolos en las corvas con un garrote.
En 1905, María Amelia descubrió que Juan emprendía acciones que se contradecían. De pronto gastaba todos sus ahorros para comprarle una muñeca, y al entregársela le advertía: "Cada vez que jugués con ella, acordate que te la
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he dado yo. ¿Entendiste?: yo". Y el mismo día, o al siguiente, salpicaba con tinta los cuadernos impecables de la prima. La tía Vicenta disculpaba sus travesuras, pensando que ya las curarían los años. Baldo-mera, en cambio, desahogaba sus aprensiones en doña Dominga: "¿Qué podrá pasarle por dentro a ese chico, mamá? ¿Será el abandono; lo que sintió cuando lo dejaron solo? ¿O es la naturaleza, el temperamento de indio ladino que ha heredado de Juana? A veces, cuando lo miro con atención, me parece que no tuviera sangre dentro del cuerpo; como si lo hubieran vaciado de sentimientos. Pero no bien el chico se da cuenta de que lo estoy mirando, se pone un sentimiento encima como si fuera ropa: me acaricia, busca ternura, llora, suelta una carcajada. Jamás he visto una criatura así, tan oscura por dentro y con tanta luz por fuera...".
Los hombres están condenados a que se recuerden sus desmesuras, no sus trivialidades. Con Juan Perón ha sucedido al revés: el episodio más célebre de su infancia es irrelevante. La historia que le cambió la vida, en cambio, se ha mantenido en la penumbra.
Sobre lo primero, bastará saber que doña Dominga Dutey había heredado de su marido el cráneo de Juan Moreira, un gaucho legendario que fue abatido por la policía en el patio del prostíbulo La Estrella, a la entrada de Lobos. Y que al caer la noche, antes de que las tías prendieran las lámparas a querosén en la casa de Buenos Aires, Juan Domingo y el primo Julio aterrorizaban a las muchachas de servicio iluminando la calavera por dentro con candelas de sebo.
La segunda historia ocurrió entre febrero y marzo de 1909. Quince meses antes, ahuyentado por los hielos de Santa Cruz y por ciertas desinteligencias con don Luis Linck -el propietario de Chankaike-, Mario Tomás Perón había remontado camino nuevamente, hacia el norte, hasta asentarse a unos quince kilómetros de Camarones y a tres o cuatro del mar, en unos predios fiscales que cubrían media legua cuadrada. No le quedaba otro bien que una hacienda de cien ovejas, casi todas enfermas de sarna, que sobrevivían gracias a los baños de creolina de doña Juana.
Mario Avelino, devuelto a la Patagonia por una bronquitis irreductible, fue quien acertó con el nombre del nuevo campo: "¿Ya hemos llegado, papá? ¿Así que a esto le llamaba usted el porvenir?", preguntó cuando bajaban los muebles de la carreta, peleando contra el viento.

La casa de El Porvenir fue construida por don Mario Tomás con tal desgano e incertidumbre que la familia sólo entraba en ella a la hora de dormir. Era una choza de adobe, con una puerta baja, por la que debían pasar agachados. Hacia el poniente había una ventana como de medio metro, con endebles postigos de madera. La cama del matrimonio estaba junto a la entrada, a la derecha, separada del catre de los hijos por una cortina de cretona. Al otro extremo de la choza guardaban los aperos y las monturas. Para comer o para repararse del frío, los Perón preferían el albergue de los peones, donde algún comedido mantenía siempre los braseros encendidos.
Una vez por semana, don Mario visitaba en Camarones al juez de paz, y al cabo de una larga conversación sobre las pestes de las ovejas y las andanzas de los pumas, le prestaba su bella letra para inscribir en los registros oficiales los títulos de propiedad, las ventas de caballos y los nacimientos de las personas. "Voy aprendiendo este oficio de juez", reza el penúltimo apunte de Mario Tomás en la Guía Cooper, el 6 de diciembre de 1908. "Romero ha prometido dejarme el puesto cuando se vaya de aquí. Necesito practicar más la caligrafía." Y el último, dos días más tarde: "Esperan que mañana pase la fragata Quintana como a dos kilómetros mar adentro. Seguro que ahí llegará Juan de vacaciones".

Todos los años, al terminar las clases, Juan Domingo se afanaba en complicadas diligencias para viajar al sur. Debía dar vueltas por los muelles de Buenos Aires durante varios días, averiguando si este o aquel pesquero se aventurarían hasta el golfo San Jorge y si, en tal caso, lo aceptarían a bordo. O bien procuraba la hospitalidad de un barco mercante alistado para ir a Chile, cruzando el estrecho de Magallanes. La travesía resultaba siempre borrascosa. Más allá de la península de Valdés nadie arriesgaba su nave acercándose a la costa. Y por lo tanto los pasajeros desembarcaban donde se pudiera. Juan tenía la fortuna de ser recogido por un remolcador de Camarones que conocía las corrientes y era diestro en esquivar las traiciones del oleaje. Pero ni siquiera en la orilla se terminaba la zozobra. Los viajeros resbalaban al trepar por la playa de pedregullo, y con frecuencia los atrapaba una ola, revolcándolos. Tal como preveía el padre, Juan llegó el 9 de diciembre. Su amigo Alberto Robert lo esperó cerca del muelle con dos percherones ensillados y lo acompañé hasta El Porvenir, oyendo insaciablemente descripciones de Buenos Aires, donde los trenes corrían como topos en las honduras de la tierra y las carrozas galopaban solas.
Juan Domingo era tres años mayor y lo trataba con desdén. Alberto lo admiraba por su vista de lince, su fuerza inverosímil y su manera de insultar. A veces, cabalgando en calma, Juan desmontaba por sorpresa al tiempo que decía: "El último en pisar tierra es un pelotudo". O bien, enseñándole las vocales, lo hacía escribir: "Mamá es una pata, mamá es una peto, mamá es una pita", etcétera.
Aunque Juan era muy hábil en la caza de guanacos, debía admitir que Alberto lo superaba. El niño conocía los terrenos ahuecados por los roedores -donde tan fácilmente se hundían los caballos-, adivinaba los cominos de las cuadrillas cuando se dispersaban y a qué refugios acudían las hembras para ocultar sus crias. "Tenés", lo adulaba Juan, "el instinto de un perro".
Cierta mañana de febrero, tal vez de marzo de 1909, Juan Domingo acompañó al padre en una de sus visitas al juez Romero. De las mesetas bajaba un calor espantoso. Iban mudos en el sulky para no comer polvo. Rezagado, Alberto los seguía en una yegua mora. Habrían andado poco menos de una legua cuando, al cruzar una hondonada, Alberto presintió la cercanía de una tropa de guanacos. A Juan Domingo se le voló el juicio. Nunca había estado cerca de tantos animales juntos. Lo que más le excitaba de esta caza era su posición de privilegio: en la cuneta, oculto. Sentía impaciencia por salir, sorprendiendo a los guanacos y por ir volteándolos con un talerazo seco. Los imaginaba con el instinto alerta, yendo desorientados por la planicie en busca del oscuro punto donde les estallaría la muerte. Pero Alberto no se confiaba tanto. Por señas dio a entender las desventajas: Juan debía saltar del sulky a las ancas de la yegua mora, en silencio y agachado, mientras don Mario Tomás se alejaba volviéndoles la espalda, sin apurar el tranco. Y aun suponiendo que los guanacos nada maliciarían, era preciso tomar en cuenta que, cuando huyeran al galope, no habría caballo que pudiese alcanzarlos.
De todas maneras lo hicieron. Juan se pasó a la yegua mientras el padre enderezaba el sulky hacia Camarones. Por un momento, los muchachos aguardaron, inmóviles, sujetando la respiración. El viento los favorecía, trayéndoles el olor a herrumbre de los guanacos. De pronto, sintieron sobre sus cabezas el relincho de una hembra.
"!Ahora!", gritó Juan, espoleando a la yegua. Y se lanzaron a la planicie. Un chulengo -la blanda, indefensa cría de los guanacos- se les cruzó en el camino. Alberto lo desnucó. No tuvo tiempo de alzar otra vez el rebenque. En ese mera rayo del latigazo, la cuadrilla se abrió en abanico y desapareció tras unos médanos. Uno de los animales galopaba remoloneando, a la zaga. Alberto calculó: "Es la madre del chulengo y volverá por él dentro de un rato. Vamos a esperarla aquí mismo, al reparo". Juan se negó: estaba seguro de haber dañado a una presa. E insistió en seguir el rastro a campo abierto.
Avanzaron más de un kilómetro bajo un sol tan asesino que creían llevarlo dentro de la cabeza. Por fin, desde lo alto de una loma, divisaron la cuadrilla. Escopeta en mano, Juan desmontó. Cayó de bruces. El filo de una piedra se le encajó en el brazo izquierdo, abriéndole un ancho tajo. La sangre le saltó a la cara. No exhaló la menor queja, pero el rifle se le resbaló de las manos y bastó ese ruido ínfimo, ablandado por el polvo, para que la cuadrilla se espantara.

A Juan Domingo no lo inquietaba el ardor de la herida sino el caudal de la hemorragia. Se desgarró con los dientes la manga de la camisa y, ayudado por Alberto, se ligó el brazo. Pero la sangre no paraba. El sonido de la propia voz los asustó. El viento, para colmo, arrastraba enjambres de polvo hirviente. No podían galopar. La yegua desandó, al paso, la legua y media que los separaba de El Porvenir. Cuando llegaron había un espeso, insólito silencio. Vieron a las ovejas pastando lejos. Algunos peones las vigilaban, tomando mate, a la sombra de un árbol esmirriado. Ataron la yegua en el palenque y entraron en la cocina, en busca de ayuda. No había nadie.
Juan llamó, angustiado: "¿Mamá?". Pero apenas se levantaba la voz, el silencio la iba apagando. "Y mi
mamá, ¿dónde se habrá metido?"
La buscaron en el albergue de los peones. No estaba.
Corrieron entonces hacia la casa. Encontraron la puerta cerrada pero sin tranca. Alberto la empujó, respetuoso lo que vio fue una de esas imágenes que no se olvidan:
A la izquierda de la puerta, sobre la cola de caballo donde se ensartaban los peines, había uno blanco, de asta, con los dientes gruesos, que no era de la familia. Sobre la cama de matrimonio, vio los bultos desnudos de un hombre y una mujer que corcoveaban. La cortina de cretona se había caído en la furia de la lucha.
"Mamá", volvió a llamar Juan Domingo.
Alberto se volvió. Y sorprendió en la cara del amigo, bajo las costras de sangre, un rictus de sufrimiento inhumano. "Mamá", lo oyó repetir. No quería mirarlo. Sintió que Juan se apartaba de la casa e iba a esconderse entre los corrales. Al rato le llegó, rabioso, un llanto.
Doña Juana salió corriendo a la intemperie, con la cabellera destrenzada. Se había puesto un poncho de hombre sobre el batón de cocinar. Detrás de ella, en la penumbra del cuarto, Alberto distinguió a Benjamín Gómez, un arriero, calzándose las botas.
La madre quiso lavar la herida de Juan Domingo, pero el muchacho no permitió que lo tocara. Se fue quitando él mismo la sangre, mientras Alberto le renovaba el agua de la palangana. Uno de los domadores vino a fajarle el brazo.
"Tengo gripe", explicó doña Juana. "Me agarraron unos chuchos muy fuertes y Benjamín se ofreció a ponerme unas ventosas y a darme unas friegas."
Juan Domingo meneaba la cabeza: "Ajá, ajá". Eso era todo lo que decía. La madre, inquieta, buscó la comprensión de Alberto: "No quiero que le vayan con cuentos a Mario Tomás. No me lo aflijan. Ni a Mario Avelino. A los hombres que hablan de las enfermedades de mujeres se les pudren las bolas y se les cae a pedazos la pindonga".

Al día siguiente, con la herida todavía hinchada, Juan Domingo guardó el talero y la escopeta en el baúl de invierno, preparó su mochila, y sin despedirse de la madre cabalgó hasta Camarones. Durante una semana estuvo dando vueltas por el pueblo, taciturno. Comía con desgano los guisos que Alberto solía llevarle y pasaba las noches en un catre del comisario.
Aquella larga penitencia terminó cuando un transporte de carga, el Primero de Mayo, atracó a la vista del puerto, sobre un mar diáfano y manso, en busca de unos fardos de lana que debía llevar a Buenos Aires.
Fue la única vez que Juan Domingo, al trepar a la chata de abordaje, no volvió la cabeza para decir adiós.

SEIS

FIESTA EN LA QUINTA

"Este ya no soy yo", dice el presidente Cámpora al amanecer del domingo 17 de junio, cuando aún faltan tres, cuatro días para llevar al General de regreso a Ezeiza. "No soy yo sino el que Perón ha hecho." Noches enteras sin dormir le surcan la cara de malos augurios y fracasos. Las bolsas de las ojeras, que se le amansan en los momentos de regocijo, ahora están sumidas y negras, como si escondiesen alguna vergüenza. Viste un piyama y una bata fulgurantes, algo maltratados por las inquietudes del cuerpo. Velando en los sillones del dormitorio que Franco le ha cedido, junto a los parques de La Moncloa, lo acompañan unos pocos asesores de confianza. Todos están exhaustos. Han llegado a Madrid el viernes 15 por la mañana, al cabo de trece horas de viaje, y el protocolo español no les deja sosiego. Anoche mismo debieron soportar dos horas de discursos en el banquete de bienvenida que ofreció el generalísimo. Se acostaron a las dos. A las cuatro y media, Cámpora ha ido llamando a un asesor tras otro, en busca de consejo. Oscura, sucia de claves es la historia que cuenta.
¿Por qué nos ha dejado tan solos el general Perón? ¿Por qué nos humilla, nos desaira? Dos horas antes de salir de Buenos Aires le pregunté por teléfono si nos recibiría en el aeropuerto, si acudiría a los banquetes, si respondería él mismo a los elogios de Franco o era preferible que yo lo hiciera. Hombre, no se preocupe -me contestó-. Tenga serenidad. Y luego no apareció por ninguna parte. Qué papelón. Franco estaba molesto. Y el General, ¿vendrá?, preguntaba. Yo trataba de tranquilizarlo. Ha prometido venir. Esperémoslo un momentito. Pero nada. Y más tarde, cuando quiso saber la razón de sus desaires, ¿saben ustedes lo que hizo el General? ¡Se rió a carcajadas! Hombre, qué quiere que le diga, me palmeó. Estoy enfermo, ¿no ve? Y yo le contesté: Felizmente veo que no es así, mi General. Lo encuentro sano, gracias a Dios. Entonces él dejó de reír. Tengo (así habló) uno de esos terribles dolores de memoria. Me duelen las promesas que usted me hizo, Cámpora, y que al fin no cumplió. Y estos doce años en los que Franco me trató como a un paria, sin tan siquiera responder a mis cartas: me dan unas puntadas de memoria bárbaras. ¿Lo he desilusionado, señor?, le pregunté. ¿En qué habrá sido, en qué, para repararlo de inmediato? El no soltaba prenda: Piense, Cámpora, piense... ¿Quién lo hizo candidato? ¿A quién le debe usted la presidencia? Si fuera por mí no se lo echaría en cara. Pero hay miles de peronistas que están furiosos contra usted. Quieren sacarlo a patadas del gobierno, liquidar a sus hijos... Ah, sobre todo eso: quieren volar con un revólver la cabeza de sus hijos. ¿Yo qué les aconsejo?, me preguntó. Lo miré incrédulo. Sentí que una aguja de hielo me atravesaba la médula. ¿Aconsejarlos? ¿Cómo? -Le dije. Ordéneles misericordia, mi General. ¿Ordenar? Yo no puedo. ¿Qué haría después si me desobedecen? Más bien voy a tratar de persuadirlos. Tengan calma, muchachos. Cámpora es un buen hombre. Denle un poco de tiempo para que haga renunciar del gobierno a sus hijos y se arrepienta de su nepotismo. ¿No ha declarado él mismo que es el primer obsecuente de Perón? ¿Acaso no lo llaman el tío, el más leal? Yo hablo a su favor, Cámpora. Y, sin embargo, si fuera usted, no me quedaría tranquilo. Basta que un solo peronista lo crea traidor para que nadie ya pueda salvarlo.
El General hablaba como si no le preocupara nuestra suerte. Y no lo entiendo aún, no sé qué hacer, me devano los sesos preguntándome en qué le hemos fallado.
-Somos culpables de tardanza -responde uno de los amanuenses-. Eso creo: que al día siguiente de asumir el gobierno debimos todos renunciar y ofrecerle a Perón la presidencia. Eso esperaba él: que no tardáramos.
Cámpora va levantándose de la cama con pesadez. Desparramados en los sillones, los hombres a quienes ha dejado en vela fuman con ansiedad. De vez en cuando, para consolar los cuerpos, piden un poco de café: siempre les llega frío.
-No hemos tardado nada -menea la cabeza el presidente. Trata de asentar las pocas hebras de pelo que ha erizado de gomina, mientras se calza las pantuflas-. Más bien se nos ha ido el tiempo en apremiarlo. Vengase, General. Venga, que lo necesitamos. Ya en marzo, aquí en Madrid, le dije: Señor, ¿qué le parece si en el discurso de asunción del mando presento la renuncia y convoco a elecciones allí mismo? ¿Si explico que soy apenas su delegado y que como tal el pueblo me ha votado, sin que uno solo de los votos me pertenezca? Sería prematuro, Cámpora, me contestó. Los militares le darían un golpe al día siguiente. No hay peligro, insistí. Nadie los quiere. Los militares no tendrán consenso. Pero él seguía en sus trece: Hágame caso, Cámpora. Conozco a mi ganado. Cuando los militares salgan a sangre y fuego, a los amigos suyos se les fruncirá el culo. Ni los perros se animarán a defenderlo. Le pregunté qué hacer: ¿Me quedo un mes, dos meses en el cargo? Usted sabrá, me dijo. Para eso lo he nombrado presidente.

Abren las ventanas y se cuela el relente. Oyen a los insectos despertarse. Pero la noche sigue allí, consumiéndolos. Sienten la garganta seca. "¿Un whisky, ahora?", sugiere uno de los hombres. "No. Ni pensar en eso", lo contiene Cámpora. "Debemos (yo, por lo menos, debo) comulgar mañana." Una mujer de lentes se atreve a decir por fin:
-Quiso ponerlo a prueba, doctor Cámpora. Conociendo a Perón no supongo sino eso. Pensó que usted, no bien tomara el mando, vendría a buscarlo. Y sin hacer anuncios, calladito. Con el General en Ezeiza, ya no habría golpe militar posible: a él nadie se le subleva. Entre líneas, eso es lo que le dijo. Pero usted se quedó en el cargo, jugó al billar en Flores, ordenó a la policía que se olvidara de reprimir al pueblo, mandó un cargamento de maíz a Cuba, firmó el pacto social entre obreros y empresarios, aumentó los sueldos y contuvo los precios. Hizo lo imperdonable. Se volvió popular. Perón podía tolerarle todo menos esa clase de rivalidades. Le revuelven el hígado. Y en algo usted lo desobedeció, Cámpora: sacó a los guerrilleros de la cárcel. Doce horas después de asumir el gobierno, en vez de viajar a Madrid, indultó usted a los presos políticos. ¿No le han contado acaso que el General se indignó al saberlo? Que le oyeron decir: Cámpora es un zopenco. Hasta los traficantes de drogas se le han escapado. ¿No se acuerda? pero no lo entiendo. Yo fui obediente, leal. Anoche se lo dije: Mi General, ante la historia juro que si erré fue cumpliendo sus órdenes al pie de la letra. Y le mostré los diarios con las declaraciones que dio en Lima el 20 de diciembre de 1972. Textuales, las recuerdo: "Un gobierno peronista tomaría, como primera medida, la de abrir inmediatamente las cárceles, donde permanecen más de mil quinientas personas...". ¿Saben qué me contestó? Que la peor de mis faltas era ser obediente.
Que yo no obedecía esta o aquella orden sino todas, a ciegas. De los siete sentidos que un hombre debe tener, a usted le falta, Cámpora, el de la oportunidad. Me dijo más: que no interpreto su hermenéutica. -Y entonces tuvo que ponerle la faja presidencial y dejar en la quinta el bastón de mando -apunta un consejero de prensa.
-Quise devolverle todo: hasta mi primer sueldo de presidente. ¿Qué otra actitud cabía? Me dijo que quien mandaba era él y yo tuve que obrar en consecuencia.

De pronto, rompen a chillar las pájaros. Las sombras se disgregan en cantos de gallos y ladridos. Ordenan café otra vez, caliente, recién hecho. -Tarde para volverse atrás -musita la mujer de lentes.
-¿Y ahora qué me pongo? -se inquieta Campera-. El General exige que comulgue con él en la misa de siete y ni siquiera sé cómo debo ir vestido. Se burlará de mí si estoy de sport. Dirá: ¿así respeta su propia investidura? Y si me pongo traje, él vestirá de sport. Me dirá: hombre, sólo a usted se le ocurre almidonarse tanto a esta hora de la mañana No sé, me desconcierta cada vez más. Pregúntenle a mí esposa qué ha resuelto ponerse. El General quisiera que también ella comulgue. Ah, un conjunto sastre. Es lo mejor. Discreto. ¿Con sombrero? ¿Mantilla?
Se deja caer en un sillón, abrumado. Hunde puntillosamente un cigarrillo en el filtro de nácar que siempre lleva consigo. Y cuando quiere prenderlo, descubre que le tiemblan las manos. Ha fumado mucho en estos días terribles. La raya exigua de los bigotes se le ha teñido de amarillo.
Nunca, en verdad, ha pretendido Cámpora los destinos que le han tocado en suerte. En 1943 tenía treinta y cinco años y se había resignado a su rutina de odontólogo. Ejercía la profesión en San Andrés de Giles, al oeste de Buenos Aires. Era conservador, pero no faltaban vecinos que lo creían radical. Por tales méritos, el gobernador militar resolvió nombrarlo comisionado del municipio.
Cámpora hizo un trabajo irreprochable. Encabezó puntualmente las fiestas cívicas del pueblo, se conmovió ante cada izamiento de la bandera y administró con honradez los escasos dineros que le habían confiado. El 12 de octubre de 1944 subió (así lo contaría él) a "un cielo en tierra": conoció a su líder. Lo habían invitado a la fundación de un hospital en la ciudad de Junín. El huésped de honor era Perón. Cuando los presentaron, Cámpora se mostró efusivo: "Mi coronel, no se imagina usted cuánto lo admiro". Y aprovechó para pedirle que honrara con su presencia las fiestas patronales de San Andrés de Giles el 30 de noviembre. Nada iba a desunirlos desde entonces. Cámpora estimulaba los amores clandestinos del coronel con Evita, y ella, en reconocimiento, decidió adoptarlo. Mi damo de compañía, lo llamaba. A mediados de 1948, Eva lo impuso como presidente de la Cámara de Diputados. ¿No será demasiado, señora?, se inquietó él. Usted no piense, Cámpora: obedezca. Y Cámpora, sumiso, la seguía a todas partes.
Años más tarde, cuando Evita se moría de cáncer, él la veló toda una noche. Al amanecer, mientras le ponía un paño húmedo en la frente, ella le tomó las manos con ternura. Sentáte, lo tuteó. Y por un rato, estuvieron mirándose. "¡Yo pude ser tantas cosas en la vida, Cámpora! (Estaba helada. Se le iban los ojos.) Ama de casa, chacarera, mina de vodevil... Mire en lo que vine a parar. ¿Vos qué decís: dónde estaría esa Evita? ¿En la cama, muriéndose, o feliz, echando culo con un hijo en brazos? (Cámpora se asustó. Quería llamar a un médico.) ¿Valió la pena esto, te parece? Yo ya ni me doy cuenta. No sé ni en qué día vivo. Aquí, en esta cama, todo me da lo mismo... Que sea de tarde o de mañana, todo... (Amagó levantarse. Y de inmediato, se dejó caer. Pregunto, suspirando:) Decime, ¿qué hora es? Y él, en su azora-miento, contestó: "La que usted quiera, señora. La hora que usted quiera".

Cuando Perón fue derrocado en 1955, confinaron a Cámpora en una cárcel antártica. El infortunio acentuó su blandura. John William Cooke, desde la celda de al lado, contó en una carta, el 11 de abril de 1957: "Cámpora le ha prometido a Dios que jamás volverá a meterse en política. Se pasa el día rezando y aclarándonos que no es hombre de lucha". Tiempo después Jorge Antonio completaría la historia: "Nos fugamos de la cárcel bajo el rigor de la nieve. Cámpora sufría tanto que estuvo a punto de morir. Cuando se supo a salvo, levantó la mano, miró al cielo y dijo: ¡Dios mío, juro que nunca más actuaré en política! Y se le congelaron unas lágrimas".
Durante más de trece años lo tranquilizó el anonimato. Volvió a remendar caries, modelar dentaduras postizas, a injertar variedades nuevas de tomates en su huerta de Giles. Hacia 1965 se atrevió, no sin recelos, a escribirle a Perón. La carta terminaba con una cita del Dante: "En la suave voluntade é nostra pace". El General le respondió de inmediato: "Déjese de tantos remilgos, hombre, y apenas tenga ocasión acérquese por Madrid. Aquí lo espera un amigo...". Viajó un par de veces. Ambos se entretuvieron, caminando bajo los árboles de Puerta de Hierro, en evocar sus glorias. Perón evocaba solo, más bien, y el otro coincidía con los recuerdos.
Desde entonces, Cámpora sintió que su vida cambiaba. El seguía siendo el mismo, el de antes, pero la vida se le escapó: como a un jinete que ve alejarse a su caballo en el desamparo del desierto. Actuaba todo el tiempo por cuenta ajena, empujado aquí y allá por manos que desconocía pero en las que confiaba, porque eran manos enviadas por el General. Cierta mañana de noviembre, en 1971, López Rega lo llamó por teléfono a San Andrés de Giles, pidiéndole que viajase de inmediato a Madrid. Perón acababa de exonerar a su delegado político y quería confiar el puesto a Cámpora. Una vez más, él sintió la tentación de preguntar: ¿No será demasiado?
Comenzaron a pasarle tantas cosas que de ninguna se daba cuenta. Compró una casa en la ciudad de Vicente López, a las puertas de Buenos Aires, para que el General fuese a vivir allí cuando volviera. Abogó por la libertad de la viuda de Juan García Elorrio, el director de Cristianismo y revolución. (Juan había sucumbido en un misterioso accidente de automóvil; a Casiana, su viuda, la procesaban por publicar documentos subversivos.) Encabezó manifestaciones de protesta cada vez que alguno de los suyos, un militante popular, moría torturado o ametrallado. Afrontó los sablazos de la policía y los gases lacrimógenos. Se volvió elocuente. Fustigaba la opresión militar con más violencia que nadie. Los jóvenes se colgaron de su brazo. Iban con él a todas partes, protegiéndolo, arrastrándolo hacia el incendio de sus batallas. Cámpora volaba, en sueños, sobre una alfombra mágica: ¿aquello era la historia? Una noche de junio de 1972, a las puertas del hotel Gran Vía, le confió a Nun Antezana y a otros dos amigos: No es tan malo que un hombre, a veces, tenga que hacer lo que no quiere.

Ese año, en noviembre, Perón salió de su exilio por primero vez. Se quedó cuatro semanas en Buenos Aires. Convencido de que los militares no le permitirían ser candidato a presidente de la República, eligió a Cámpora en su lugar: "Lo he puesto ahí porque es de una lealtad insobornable", declaró a los periódicos. "¿Cámpora en el gobierno? Bueno, eso significa que Perón va al poder."
(Zamora escribió en Horizonte, por aquellos días, un artículo cenagoso, de prosa tan intrincada que nadie le prestó atención. Aludía indirectamente a Cámpora. En verdad era -como todo lo suyo- una reflexión autobiográfica. El lector puede pasarlo por alto. El novelista no
"Todo ser, por vulgar que sea, por convencional que resulte su naturaleza, incurre alguna vez en una conducta imprevisible: una conducta que, al violentar el ser, también lo revela. Todos creemos saber quiénes somos. Ninguno de nosotros es capaz de adivinar lo que realmente hará. Pues lo que hacemos, aun contrariando la voluntad aparente de nuestra conciencia, es en definitiva lo que realmente somos. Somos, pues, lo que hacemos, más que lo que pensamos o decimos. De ahí que Cámpora está observando sus actos con asombro para ver si se reconoce en ellos.
"El error de la filosofía consiste en explicar al hombre a través de lo que piensa o percibe. El hombre es lo que es: es el tortuoso y laberíntico impulso que lo induce a dibujar una vida que rara vez se parece a su proyecto de vida. Sólo viviendo nos conocemos. La vida nos delata.")

-Denme mi traje gris -resuelve Cámpora, saliendo de la ducha-. Voy a comulgar y debo presentarme como Dios manda.
En el trayecto a Puerta de Hierro el cansancio lo enmudece. Su esposa María Georgina le acaricia las manos, infundiéndole ánimo. No son las siete de la mañana aún y el aire ya está caldeado. Apenas cruzan el portón de la quinta y avanzan entre los palomares, ven a lo lejos la silueta del General, junto al arroyuelo del fondo, jugando con las caniches bajo un fresno. También él, por fortuna, lleva traje y corbata.
-¿Han oído la radio esta mañana? -Perón sale a encontrarlos, con la mano tendida.- Puras barbaridades. Me han comparado con don Quijote. Han dicho que un presidente como usted en la Argentina es lo mismo que Sancho en la ínsula de Barataria. Otro, en la radio Nacional, supone que soy el conde de Monte-cristo. Que volveré a la patria sólo para cobrar las canalladas que me han hecho. Y entrevistaron a un corresponsal argentino. ¿Cómo recordar quién era? Fue tan osado el hombre que hasta me aconsejó (imagínese, Cámpora) cortarle a usted la cabeza. No hay que dar a todo eso la menor importancia. Es gente que habla por hablar... -Y cargando a las perras en los brazos, los guía hacia la capilla:- Vamos, entremos. Pongámonos en paz con Dios.
Poco antes de las nueve, al terminar la misa, la quinta es un enjambre de visitantes. En el despacho del General, jugando con los caballos de cerámica que infectan el escritorio, aguarda Giancarlo Elia Valori, gentiluomo di Sua Santitá, consejero de los coroneles griegos, a quien Perón supone amigo íntimo de Pablo VI. En los alrededores de Valori merodea, como siempre, don Licio Gelli: desdeñoso, escarbando en las historias de Bartolomé Mitre que adornan la biblioteca. Todos en esta casa le deben algún favor, suele decir Valori.

Entre la antesala y el comedor se desparrama una feligresía goyesca: campeones de boxeo destronados, cantores de tango, los consabidos jerarcas sindicales y un par de embajadores con trajes de rayas anchas, como los gangsters del cine.
En la cocina, doña Pilar -hermana del generalísimo Franco- se afana junto a Isabel friendo buñuelos. Desde los sótanos suben vapores salados. Perón ofrecerá a los huéspedes un puchero argentino. Sintiéndose otra vez ajeno a todo, Cámpora vaga por el comedor. Distingue a López Rega, tras las mamparas, examinando con afán la ristra de télex que le mandan desde Buenos Aires. A veces, algún despacho inquieta al secretario. Pide un teléfono entonces, e imparte órdenes. El presidente no sabe a quién ni a dónde. Nadie le dice nada.
Y se pregunta qué está haciendo él ahí, cómo escapar de todo. Se entretiene mirando las fotografías del comedor, que pronto -al día siguiente- han de ser descolgadas y embaladas: el General en los balcones de la Casa de Gobierno alzando los brazos hacia la masa remota, el General desfilando sobre el caballo Mancha, Evita engalanada en el teatro Colón.. Se ve a sí mismo en dos de las fotos, siempre sonriendo. Todo era más claro en aquel pasado: cada quien deseaba, exactamente, ser lo que era. De pronto María Georgina, que va tomada de su brazo, se estremece. Oye la sombra de un malestar pesando sobre la casa: algo, no sabe qué, una cuchilla cortando la felicidad de aquella gente. Si las conversaciones no fueran tan estrepitosas, si en cada rincón no se atropellaran tantos brazos, y carcajadas, y saludos eufóricos, diría María Georgina que un lamento cavernoso baja como un vapor desde las molduras del techo. ¿Ella? La esposa del presidente abre la boca. Y enseguida se tapa el asombro con las manos.
-Decime. Ella... ¿No está arriba, en la casa? Cámpora la mira con desconcierto. -¿La difunta?
-El cadáver -asiente Marta Georgina-. ¿Acaso Evita no sigue aquí, en el altillo? Cámpora se sobresalta:
-Calláte ya, mujer. Aquí nadie habla de eso. No la muestran.
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No sé qué harán con ella. Más vale olvidar que hay un muerto en la casa.
Poco después del mediodía, el General -que se había retirado a descansar- baja, de mal humor, a los jardines. Ha tenido pesadillas. Cuando fue a despertarlo, llevándole una taza de té, Isabel lo encontró quejándose, con un ataque de sudores. Un hombre que sufre tanto con los sueños no debiera dormir jamás, se condolerá ella, en el almuerzo.
En la mesa del General coinciden doña Pilar, Valori y Licio Gelli. En la de Cámpora se instala López Rega con sus matones.

Desde el mismo día en que lo eligieron presidente, Cámpora ha ido sintiendo la hostilidad del secretario. De un momento a otro estallará la guerra entre los dos y supone que el General, obligado a elegir, protegerá a su enemigo. Un periodista español, Emilio Romero, le ha hecho llegar sospechas terribles. López pretende colocar a Isabel en el gobierno, y Cámpora sería (dice) el único obstáculo. Si eso es verdad, yo importo poco: lo ha refutado el presidente. El verdadero obstáculo es Perón. Romero insiste: ella, Isabel, descuenta que a Perón pronto lo anulará la muerte. Es un anciano de casi 78 años; basta empujarlo con delicadeza. Lo que voy a contarle, Cámpora, ocurrió en 1970. Y yo lo presencié. Era otoño. Unos cuantos dirigentes metalúrgicos visitaban al General. Como siempre, Isabel sirvió té. Un gordo, creo que de San Nicolás, aludió con imprudencia a la edad de Perón. Dijo que se lo veía más joven. Que a ese paso, no moriría jamás. Todos nos quedamos fríos. Al General, como usted sabe, Campera, no se le recuerdan esas cosas. López rompió el hielo. Dijo que, desgraciadamente, todos los hombres son mortales. Que al conductor no le importaba eso. Quería, en cambio, que su doctrina fuera inmortal. A veces, dijo López, le hace falta un relevo. No un sucesor, sino un relevo capaz de mantener la doctrina tal como es: pura, sin ningún cambio. Los metalúrgicos pensaron que López pretendía ocupar el lugar de Perón y se a larmaron: ¿Usted ha pensado quién podría ser ese hombre? Sí, dijo el secretario con la mayor frescura. Ya lo he pensado. La señora Isabel. Nadie puede custodiar la doctrina de un hombre mejor que otra persona de su sangre. En ese punto intervino Perón: ¿Chabela, dice usted? ¡López, no sea tan bruto! Gracias a Dios, no hay consanguinidad entre ella y yo. El secretario recurrió entonces a sus autoridades esotéricas: Eso es la ley de ahora, mi General, le dijo. Pero según Paracelso y otros antiguos sabios, los espíritus de los esposos se van impregnando mutuamente. La corriente sanguínea se les mezcla, como las anilinas. Perón se quedó pensando. Un año más tarde, los militares devol
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vieron el cadáver de Eva. El juego político se complicó. Y lo llamaron a usted, Cámpora. El tema ya no volvió a tocarse.
Eso es inverosímil, Romero. No lo creo. (El presidente ha rechazado de plano las sospechas.) Me consta que Isabel actúa de buena fe. Si López Rega trata de usarla, ella se negará. Una y mil veces le oí decir que no le interesa el poder.
Romero ha disentido. La esposa (opina) vive aquejada por la ambición. Es una mujer hipócrita y, por lo tanto, impredecible. Hasta ahora, hemos creído todos que López la usa. Sucede al revés. López, más bien, es instrumento de ella. Cuando ya no le sirva, también a él lo sacrificará. Esa ratita histérica es implacable. Ha destrozado a todos los adversarios. Se ha merendado aun a los más fieles. Está cebada con carne de elefantes.
Hace ya tiempo que Cámpora trata de congraciarse con los dos: con López Rega y con ella. La última vez, hace dos días apenas, en un aparte, les ha suplicado que confíen en su lealtad como en la de un hermano.
-¿Alguna vez le ha dicho el General qué opina de las lealtades? -preguntó la señora. -Muchas -contestó Cámpora-. Le he oído decir que, luego de tantos reveses, sabe ya de una ojeada reconocer al leal y al traidor.
-Así es -confirmó López-. Pero también ha dicho que eso no es suficiente. Que la mejor manera de asegurase la lealtad de un hombre es poniéndole otro al lado, para que lo vigile. -¿Ah, sí? ¿Y quién es el mío? -quiso bromear Campera.
-Nosotros dos -dijo Isabel, muy seria-. Daniel y yo somos los otros de todos ustedes.

Ahora mismo, ante los ojos del presidente, la telaraña de esa infinita vigilancia muestra su cuerpo. López, comiendo, con los anteojos montados en la punta de la nariz, no cesa de recibir mensajes: télex, mapas marcados, estadísticas que ocultan otras claves. Los últimos partes hablan de una conspiración. Todo es aún difuso, apenas sombras de rumores. Una columna o dos de Montoneros -le han informado-trama copar el palco cuando el General llegue a Ezeiza. Tomarán los micrófonos, exigirán varias cabezas (ante todo la suya: a él lo llaman "el brujo"), humillarán a Isabel coreando que hubo una sola Evita y que es irreemplazable, pero sobre todo reclamarán que el peronismo se convierta en una revolución moto perpetuo, la patria socialista. ¿Son Montoneros, en verdad? Uno de los partes supone que no: más bien son ERP 22 de agosto, marxistas de la Cuarta Internacional.
Si la conjura es cierta, habrá que apagar con sangre tanto fuego. Con el General (López lo sabe) no se puede contar en estos casos. Repetirá: yo hago lo que el pueblo quiere, sin advertir que le han cambiado el pueblo. Al General hay que imponerle las realidades, darle (como ha insistido la señora) los hechos consumados.
El secretario está seguro de que Cámpora forma parte de la intriga. Los jóvenes se han apoderado hace ya tiempo de él: lo manejan, son íncubos. ¿Acaso no ha citado un par de veces al Che Guevara en sus discursos? Ya se lo han dicho varios al General: que a Cámpora le fascina el modelo cubano. Que quisiera fundar el castroperonismo.
Aun delante de su enemigo, el secretario actúa como si estuviera solo. Exige que consigan en Buenos Aires a tal teniente coronel, para darle una orden por teléfono; que busquen al comisario cual, experto en luchas antisubersivas. Hay que soltar (decide) a todos los perros contra las columnas sospechosas. Que averigüen el nombre de los jefes, que hallen sus madrigueras pasando un peine fino.
El último télex cuenta que el parroquiano de un bar, en Monte Grande, ha dicho que atacarán al General con fusil de mira telescópica en el desorden de la llegada, cuando camine hacia el palco blindado. Pero el télex tiene un final decepcionante. La policía detuvo al parroquiano. Lo apretó. Se le hizo de todo: manicura, permanente, mojarrita. Le arrancaron las uñas, lo enloquecieron con la picana eléctrica, lo ahogaron en una tina llena de mierda. Nada se consiguió. El chisme sólo recogía un temor colectivo, era el delirio liso de un borracho.
Que ese fracaso no los desanime, recomienda López. Vigilen muy de cerca a Rodolfo Galimberti, que anda resentido con el General y es capaz de cualquier locura. Sigan a Robi Santucho, que nos tiene un odio mortal. Busquen a Finmenich, a Quieto y a Osatinsky: al primer descuido, éstos nos comerán los ojos. Y sobre todo, averigüen en qué anda Nun Antezana. Es el más megalómano. Los otros se creen con talento para reemplazar a Perón. Nun, no: él siente que lo supera. ¡Muévanse ya! (se afana López). En los tres días que faltan puede ocurrir cualquier catástrofe.
Los matones se esfuman de la mesa. Y él, desentendiéndose de Cámpora, repasa los télex una y otra vez, con los carrillos hinchados de batatas y tripas. A lo lejos, bajo el fresno, un arpista ciego deshoja el vals Desde el alma

De tanto andar entre mesa y mesa, al General se le ha ido despegando la sonrisa. Ahora sólo le queda una mancha sombría en el arco de los labios. Un letrista uruguayo, con melena de cuervo, insiste en dedicarle una payada: "Más tarde, a la nochecita", lo aleja el General. El vino ha encendido a la gente. Afuera, en el porche de la quinta, los boxeadores, arremolinados, maltratan una tarantela. A pedido de Raúl Lastiri, doña Pilar Franco amaga unos pasitos de flamenco. Poco antes de las seis, con el puchero atragantado, el presidente Cámpora regresa por fin al palacio de La Moncloa. Norma, la hija de López Rega, lo despide con una frase mortal:
-¡Pobre don Héctor! ¡Tanto que lo querían y tan mal que hablan de usted ahora!
El sol se va retirando. Cuando quiere levantarse de la silla, el General no puede. Tiene los músculos distraídos. Para que el cuerpo descanse, se lame los pensamientos. Eso lo alivia. Con disimulo, consigue avanzar hacia la casa. Remonta las escaleras, rumbo al claustro: a la antesala del santuario donde yace Evita. El alboroto del parque le ha lastimado los pulmones. Pero allí, en aquel refugio, nada se oye. Toma la carpeta de Memorias, cuya lectura ha interrumpido la noche anterior. Deja pasar las páginas. De pronto, para las orejas. ¿Y eso, y eso? Ah, es el silencio que está entrando. Viene del altillo donde reposa ella, a salvo en este mundo. Eva, el ave: lo que ahora ve volar es su mudez.
Llueve un poco de polvo. ¿Ella lo vierte: polvo, un polen de nada sobre los objetos, una hojarasca sin ton ni son? Qué más podría soltar Evita sino la desmemoria que lleva encima, los tantos años sin pensamiento, la humedad de los no lugares donde ha dormido: armarios, sótanos, carboneras, almacenes de barcos. ¿Cuál es la estela que va dejando? ¿este silencio, este olvido? Y aun así, el General envidia esa eternidad: la gloria que ya está de vuelta, que nada necesita de nadie.
Pero en verdad, ¿es lo que quiere? En otros tiempos, Perón solía creer que bastaba imaginar el pasado con fuerza para estar allí otra vez, manchado de moras y con un morral al hombro, corrigiendo los ademanes equivocados de antaño y dando las respuestas que entonces no venían a los labios; solía pensar que respirando aunque fuera sólo por un momento la salud de ayer, acaso ya no habría enfermedad mañana. ¡Es tan difícil eso!, ha escrito el General. ¿Cómo hace una persona para saber que aquél o éste son los sentimientos adecuados para comprender siquiera qué es el sentimiento, a qué le damos ese vago nombre?
Lo único que ha sentido con cierta nitidez es el miedo, y quisiera desrecordarlo: afirmar que el miedo no existe ahora y que por lo tanto pudo (debió) no existir nunca. No ha sido el trivial miedo a la muerte sino a lo que es peor: miedo a la historia. Ha sufrido pensando que la historia contará a su manera lo que él calló. Que vendrán otros a inventarle una vida. Ha temido que la historia mienta cuando hable de Perón, o que descubra: la vida de Perón le ha mentido a la historia. Tantas veces lo ha dicho: un hombre sólo es lo que recuerda. Debiera decir, más bien: un hombre sólo es lo que de él se recuerda.
Tuvo también un sentimiento lejano, más real, acaso el único sentimiento con olor y tacto que haya conocido: el ahogo que le saltó al pecho cuando traspuso las puertas del Colegio Militar, en 1911, las palpitaciones del esófago, el temblor de la lengua. A la entrada había -se acuerda- barro. Un sulky le salpicó el pantalón y quiso limpiarse. Quedó con las manos oliendo a bosta de caballo.

¿Con qué palabras había contado aquello? Dije: esto es lo que quiero. Y encontré en mí al militar que nunca he dejado de ser.
Rendí mi ingreso en 1910. A comienzos del año siguiente me incorporé como cadete. (Las dos primeras frases le pertenecen. Las otras dos son de López. Habían grabado pensamientos aquella tarde, ¿cuál tarde, habían grabado?, trataban de entender el país a lo lejos, dibujaban flores sobre un papel. Ideas de burbuja, mi General. Y un día, López las suprimió. Volaron: sus pobres pájaros de pensamiento. Debió mostrarse firme. Debió ordenar a López que más bien escribiera):

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