Nuestro amo juega al esclavo

La libertad de expresión no supone eximir a quien se expresa de su responsabilidad en otros delitos

Por Graciana Peñafort

Siempre admiré a quienes tienen oído musical. No es mi caso. Si me dan un libro, sé qué hacer y puedo interpretarlo de mil formas. Pero jamás pude comprender la música. Que me parece maravillosa y disfruto, pero sería incapaz de analizarla. Así que, en mi universo, la música se divide en dos categorías: “música que me gusta” y “música que no me gusta”. Por qué cada canción o melodía se acomoda en una u otra estantería es un proceso tan arbitrario y caprichoso que no he podido jamás explicarlo.

Soy por completo incapaz de reconocer una nota musical o reproducirla siquiera. Para aprobar Flauta Dulce en el secundario, tuve que aprenderme de memoria la secuencia de dedos que debía levantar o bajar para que sonara aceptable. Y uso el termino “aceptable” en un exceso de generosidad hacia quien fuese mi profesora de música en primer año y que, sospecho, terminó aprobándome más por piedad hacia mi inutilidad manifiesta que por mérito musical. En tercer año tuve mi crisis académica musical más profunda. Y me lleve Educación Musical a diciembre. El examen que no aprobé consistía en reconocer diferentes melodías, tipo fuga, sonata, etc. Angustiada, le pedí ayuda a amigos mejor dotados de oído que yo. Ellos me explicaron que la profesora usaba dos cassetes para los exámenes. Uno de ellos tenía el canto gregoriano (que sí podía reconocer) en el tercer lugar y otro en el cuarto lugar. De allí que me aprendí de memoria el orden de las melodías a partir de la ubicación del canto gregoriano y logré aprobar la materia.

Esta incapacidad me llevó a enamorarme de sucesivos músicos, por pura admiración. Eso sí, jamás confesé que solo podía disfrutar lo que hacían y ni de casualidad entenderlo. Pero que ellos sí pudieran entenderlo me parecía razón suficiente para enamorarme. El trompetista de jazz era genial en eso, Porque tocaba maravillosamente y disfrutaba hacerlo de una forma que solo podías sumergirte con él en el disfrute. Lo que lloré al jazzista, no lloré a ningún otro hombre en mi vida. Y cada vez que creo que voy a morir de amor (una o dos veces por semana) me acuerdo que sobreviví a eso y, que sin duda, voy a sobrevivir también en esta ocasión. Por el contrario, el pianista clásico era un petulante insoportable que pretendía explicarme lo que a luces vista me interesaba tanto como nada. Largas noches escuchando música clásica mientras él hablaba y hablaba y yo solo miraba de reojo para ver cuánto quedaba de tiempo para que acabara lo que escuchábamos y pasar a cosas más interesantes. Nunca mejoró, y cuando desapareció aprendí que a veces hay que perder para ganar. Mi último gesto de afecto fue donar el piano que dejó en mi casa a un conservatorio público. Que chicos que aman la música pudiesen aprender me pareció un hermoso epilogo de una historia que no fue hermosa en lo absoluto y un nuevo comienzo para mí y para ese bello piano. Uno más justo y más humano. Y también un homenaje a mí siempre querido Vicino: “Nemo me impune lacessit”.

El pobre folclorista… Bueno, bastaría decir que nunca me gustó demasiado el folclore, pero él supo enseñarme la belleza de las letras. Y el cantante de tangos era maravilloso, aunque no podía más de “ojito alegre” y busqué un rumbo menos angustioso.

El que adoré y adoro aún hoy fue el rockero. Pasé muchas horas felices escuchando letras de canciones e interpretándolas. Hacía diversas versiones de las canciones que nos gustaban. Yo jugaba con las palabras y nos reíamos, felices y despreocupados. Destripamos las letras de los Redonditos de Ricota, de Charly, de Pink Floyd, de los Stones. En mi memoria, esos días y esas noches son siempre luminosas y sonrientes. Aun hoy, tantos años después, veo un bajo y sonrío y espero que esté bien y sea feliz, donde sea que esté ese eterno caminante. Se lo merece.

Le debo mi amor eterno por los Redondos y por el Indio Solari. Creo que fue la más igualitaria relación, de entre mis novios musicales. Él entendía la música y yo era feliz con las palabras. Porque, así como soy incapaz de reconocer la diferencia entre un Do y un Si, con las palabras me llevo mejor. Adoro las palabras. Infinitamente.

Amo los libros, las charlas y escribir. Palabras. Hermosas palabras que sanan y redimen. Terribles palabras que duelen, que odian, que mienten. Que lastiman. Palabras largas y complejas, palabras cortas. Palabras necesarias. Poderosas. Y otras tan inútiles. Palabras. No hace mucho un colega me dijo: “Siempre me llamó la atención que ‘esdrújula’ fuese una palabra precisamente esdrújula”. Supe de inmediato que estábamos condenados a ser amigos.

 

 

Tal vez por eso me molesta tanto cuando se bastardean las palabras. Porque más allá de los infinitos matices que pueden adoptar, las palabras dicen cosas. Y desconocerlas es, en mi particular religión, una apostasía poco más que imperdonable.

Tal vez ahí está la raíz profunda de mi fascinación con los temas de Libertad de Expresión. Porque es en definitiva la libertad que protege a las palabras. Y creo sinceramente que hay que protegerlas. Sobre libertad de expresión escribí mi primer escrito jurídico, hace años, todavía en la facultad. Y no sé por qué imagino que estaré escribiendo sobre el mismo tema cuando llegue el acto final. Pero no estoy escribiendo esta nota para un teórico sobre libertad de expresión. Estoy escribiendo esta nota para señalar que la libertad de expresión no fue reconocida para encubrir a nadie, ni nadie puede invocar esa libertad para no cumplir sus obligaciones frente a la ley.

Hace unos días un querido amigo, al que admiro por cientos de motivos, tuvo la idea poco feliz de pedir que en el futuro se hiciese una CONADEP de periodistas, en alusión al fastidio que siente por el nivel de mentiras, agresiones, tergiversaciones y otros etcéteras igualmente nefastos que vierten a diario muchos que son más mercenarios que periodistas y que, más que honrar las palabras, las prostituyen. Salieron a responderle en manada, tachándolo de cosas horribles. Exigiendo explicaciones. Exigiendo hasta castigo. Lo único que no pasó es que ninguno de los indignados del dos al cuarto dijese que Dady Brieva —tal es el nombre de mi amigo— se había equivocado. Nadie señaló que el periodismo no miente. Nadie dijo que los periodistas no operan con objetivos tan inconfesables como evidentes. Nadie dijo que la crítica carecía de fundamentos. Solo cuestionaban la solución propuesta por mi amigo. Que en efecto no es una buena solución. Porque no es solución.

Los mismos periodistas que se ufanan de no dar derecho a réplica. Los mismos que mienten en notas sobre cuentas bancarias que no existen. Los mismos que celebran, impúdicos, ciertas muertes y ciertas enfermedades. Los mismos de siempre y otros que guardan un silencio tan prudente como cobarde y no se animan a decir que lo que está expresando su colega está mal o que no es cierto. Porque de tibios y timoratos también está llena la peregrinación al infierno de los indiferentes.

La CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) fue creada a poco del regreso de la democracia por Raúl Alfonsín, mediante Decreto 187/83. Sus objetivos eran, conforme el artículo 2 °: a) Recibir denuncias y pruebas sobre aquellos hechos y remitirlas inmediatamente a la Justicia si están relacionadas con la presunta comisión de delitos; b) Averiguar el destino o paradero de las personas desaparecidas, como así también toda otra circunstancia relacionada con su localización; c) Determinar la ubicación de niños sustraídos a la tutela de sus padres o guardadores a raíz de acciones emprendidas con el motivo alegado de reprimir al terrorismo, y dar intervención en su caso a los organismos y tribunales de protección de menores; d) Denunciar a la Justicia cualquier intento de ocultamiento, sustracción o destrucción de elementos probatorios relacionados con los hechos que se pretende esclarecer; e) Emitir un informe final. Que los argentinos conocimos como Nunca más.

Verán entonces que la CONADEP era un organismo que se creó para la investigación de las atrocidades cometidas por la dictadura militar en materia de Derechos Humanos. Digo esto para refrescárselo a mucho periodista poco lector, de los que tuvieron orgasmos televisivos hablando de la “CONADEP de la corrupción”. Y si bien hay tratados internacionales que hablan de transparencia y lucha contra la corrupción, también los hay que hablan de la libertad de expresión. Y la ponen en el lugar correcto, como derecho sistémico de todo estado democrático. Es sistémico porque sin libertad de expresión no existe sistema de gobierno que pueda ser calificado como democrático.

Pero la CONADEP solo se creo para saber qué había pasado con las personas, muchas de las cuales continúan aun desaparecidas. Y para saber dónde estaban los bebes, que seguimos buscando. Y qué habían hecho los genocidas, que aun seguimos juzgando.

En materia de libertad de expresión, el Poder Judicial tiene bastante poco que hacer salvo protegerla. Pero sí quiero señalar que el hecho de que los periodistas estén protegidos en su derecho a expresarse no significa, ni podrá significar de modo alguno, que tengan inmunidad ante la ley.

Vamos a un ejemplo simple. ¿Podría un periodista hacer editoriales dando discursos de odio? No, no podría. De hecho, hace un tiempo sancionaron penalmente a un presunto periodista que se caracterizaba por discursos misóginos (odio a las mujeres). Fue imputado por discriminación y violencia de género y luego de acogerse a la probation, debe dedicar 10 minutos de aire a que hablen especialistas en temas de género. Verán que entonces un periodista puede cometer delitos, incluso en su ejercicio como periodista.

No por cualquier causa. Por ejemplo, si un periodista miente y no es demandado por la presunta víctima de esa mentira, no debe responder ni es responsable. Y si es demandado responderá civilmente y además podrá obligarse al periodista y/o al medio a difundir la sentencia condenatoria.

Pero en nuestro país, no existe –y celebro que sea así— la prisión por causas derivadas del ejercicio de la libertad de expresión.

¿Pero qué pasa cuando un periodista comete un delito de otra naturaleza, amparándose en su función de periodista? Tal es la acusación que pesa sobre Daniel Santoro. Jefe de judiciales del diario Clarín, ha sido imputado por formar parte de una banda dedicada a llevar adelante tareas de inteligencia por completo ilegales. ¿Acaso su rol de periodista reconocido lo exime de brindar las explicaciones que le exige el Poder Judicial? ¿O de las responsabilidades penales por las conductas que le son imputadas?

Hace unos días el periodista Jose Crettaz publicó una interesante nota en el diario La Nación en la cual, con bastante torpeza, intentó plantear ante la opinión publica que el llamado a indagatoria de un reconocido periodista era un ataque a la libertad de expresión. Y eso —hay que decirlo— es falso, además de estúpido.

Daniel Santoro esta acusado de obtener información de esta banda de espías ilegales. Pero además hay que señalar que, para obtener la información, la banda torturaba psicológicamente a la víctima. Hasta que esta víctima se “quebraba”. En mensajes de chat que intercambiaba Santoro con uno de los integrantes de la banda, este lo invitó a almorzar con la víctima a los fines de participar en el operativo de “ablande” y de paso obtener un suculento titular para el diario Clarín. Santoro no solo almorzó con la víctima, que se encontraba allí bajo coacción, sino que filmó la entrevista y luego publicó la nota.

Verán entonces que, en este caso, no se trata del ejercicio de la libertad de expresión, sino de complicidad con una maniobra coactiva. Y esa conducta no merece resguardo legal alguno.

También se le imputa a Daniel Santoro haber utilizado su rol de periodista para presentar a miembros de esta banda a relevantes funcionarios públicos e incluso a otros periodistas. Es hasta patético que quien se considera a sí mismo uno de los mejores periodistas de investigación haya presentado a Marcelo D’Alessio como agente de la DEA o de la CIA sin siquiera chequear esa información, que le dio a otros como el fiscal Carlos Stornelli.

También se lo acusa de haber formado parte de las maniobras extorsivas. Desde su específica función de periodista, hablando y escribiendo sobre causas que involucraban a otras víctimas de la banda extorsiva. Con un detalle: las víctimas eran puestas sobre aviso de que esa noche o ese día Santoro hablaría de ellas. Con la lógica repercusión pública que tendría Daniel Santoro, dado el reconocimiento del que gozaba, lo cual hacia aún más intolerable la presión sobre la víctima de la extorsión.

Más aun: la banda de espías ilegales también se dedicaba a “fabricar” causas y testigos para los sectores mas infames del Poder Judicial argentino. Para ello usaba los servicios de Santoro, que llegó a publicar un libro que supuestamente era una investigación periodística sobre la corrupción y cuya fuente era uno de los miembros de la banda de extorsionadores. Que además contaba con la publicación de dicho libro para “crear” una causa. En la cual, por cierto, uno de los extorsionadores llegó a declarar.

Pero la mas vergonzante de las acusaciones que pesan sobre Santoro es la de haber espiado a sus propios compañeros de trabajo, también periodistas. En la casa de uno de los extorsionadores se encontraron informes de inteligencia sobre Alejandro Fantino y Romina Manguel, con información absolutamente personal y privada. La fuente de dicha información era Daniel Santoro, compañero de trabajo de ambos.

Ningunas de las conductas que se le imputan a Daniel Santoro están protegidas por la libertad de expresión. Ninguna.

Tampoco está protegida por la libertad de expresión la torpeza, que es hasta ahora la única defensa que ha esgrimido Santoro y quienes aun hoy lo respaldan. Y la brutal paradoja de los defensores de Santoro plantea que fue víctima de un engaño por parte de la banda de extorsionadores, para acto seguido señalar que no merece reproche penal porque es un enorme, acaso el mejor periodista de investigación.

La libertad de expresión protege a la palabra y a quienes la emiten. Pero no protege de los delitos que cualquiera puede cometer usando dichas palabras. La libertad de expresión protege las palabras y no los discursos de odio, que también están llenos de palabras. Palabras que dejan secuelas y cicatrices a lo largo de los años. Las palabras como un bisturí, pueden sanar o curar. También puede herir o matar. Pero las palabras no son culpables. Culpable es quien empuña las palabras como un arma. O un instrumento de tortura. Las palabras como violencia….Como dice el Indio: violencia es mentir.

Y mentir, afirmo de modo categórico, no es periodismo.

 

 

El Cohete a la Luna

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