Nuestro gobierno y la derecha

Por Darío Capelli*

A pesar del momento político tan delicado que estamos viviendo, una cosa debería tranquilizarnos por ahora: la oposición viene siendo un cachivache. O, en el peor de los casos, ha decidido desensillar hasta que aclare. Lo decimos mitad en broma y mitad en serio. Sobre todo porque no sabemos qué es peor o mejor: si que sea torpe o que esté agazapada. En cualquier caso, lo que parece casi evidente es que, más allá de anticuarentenistas y runners, la derecha argentina todavía no se ha lanzado seriamente a la ofensiva. Cuando lo intenta, se deshilacha. Mejor dicho, cuando lo intenta, su polo radicalizado –que es el primero en expresarse- muestra demasiado la hilacha sin lograr convertirse, de momento, en el articulador de las demandas más conservadoras de la sociedad.

Si bien lo común es percibir lo contrario, nuestra hipótesis es que no es tan fácil que se dé fascismo en la Argentina. Lo hemos discutido bastante a partir de un sugestivo número de la revista El Ojo Mocho del 2018, titulado justamente –bajo el influjo de José Carlos Mariátegui- «Biología del fascismo». Que hay brotes, los hay. Y, desde ya, fue siempre una tentativa ante los desgastes periódicos de la democracia liberal. Pero ni aún en los años tormentosos del ventenio 1920-1940 (lapso en el que con muy pocos años de diferencia se desarrollan la dictadura de Primo de Rivera en España –más tarde la guerra civil y luego el franquismo-, el Estado Corporativo en Italia, el ascenso de los nazis y la Francia de Vichy); ni si quiera en esos años de tormenta en el mundo, decíamos, el fascismo hizo pie en la Argentina. O si lo hizo, lo que no pudo fue echar raíces profundas ni definitivas. ¿Hubo conatos? Claro. Incluso hasta logró encaramarse por breves y algo equívocos períodos. Buscó su fusión con el nacionalismo, con el integrismo católico y con el anticomunismo sucesivamente (o con todos a la vez) pero: o terminó en experiencias fracasadas o se diluyó ante la emergencia de identidades más amplias que hacia una punta tendían al nacionalismo popular y hacia la otra al liberalismo conservador. La última dictadura, incluso, fue genocida pero no enteramente fascista: su autoritarismo y su concepción represiva –aun cuando el film Panteón militar haya demostrado suficientemente la matriz prusiana del militarismo argentino- le venían más de la influencia norteamericana (por la vía de Escuela de las Américas) y francesa (por el contacto del ejército con los «expertos» en guerra no convencional y métodos de tortura usados como contrainsurgencia en Argelia). Y lo cierto, por otro lado, es que ni en los momentos de mayor cercanía al fascismo, las experiencias totalitarias se propusieron, al cabo, un cambio de las estructuras económica y social. Más bien lo contrario: las reforzaron. Nunca, por ejemplo, apelaron a la idea de una pureza del pueblo para movilizar el odio racista. Casi al contrario: siempre trataron de contrabandear el interés de la clase dominante (en el modelo de acumulación que fuera) como si se tratase del interés de la nación entera.

El gobierno macrista, sobre todo entre 2017 y 2019 –período en el que además cobró un cariz abiertamente represivo- fue el ensayo reciente y acaso más experimental del fascismo local al constituirse como fuerza política capaz de disputar y ganar votaciones; es decir, de recoger legitimidad en la misma fuente de donde la extraen las opciones democráticas. Pero además, y esto es lo más importante, encarnado ahora en un partido propio con performance eleccionaria ganadora, se propuso ponerle broche a la obra iniciada en sus versiones anteriores y dejar fraguada la fusión entre economía ultraliberal, política conservadora e inserción entre sectores medios y populares. Durante los noventa, este proyecto poseyó al peronismo y, vestido con sus ropajes, empezó por inclinar la balanza de las distintas facciones que integran la clase dominante en favor, ya no de la oligarquía ganadera ni de los capitanes de la industria (que de todas maneras no vieron amenazadas su renta diferencial ni sus ganancias empresariales), sino de las corporaciones globales y la especulación financiera. El macrismo, como dijimos, se propuso concluir esa transformación desprendiéndose definitivamente del peronismo, al que ya ni siquiera debía alquilarle su disfraz para suscitar apoyos. Sin embargo, el hecho de que el macrismo haya sido derrotado en las urnas cuando su propósito era ser reelecto es tanto un índice de conciencia popular como un indicador de que el peronismo, sin necesidad de que lo ocupen, puede también absorber por derecha (e incluso darle expresión) a ciertos segmentos regresivos del electorado y hasta contener los intereses de sectores de la economía que –aun concentrados- parecen no querer aceptar con tanta facilidad ir a la cola de un régimen económico basado en la llana valorización financiera. Ahora, si por un lado y gracias a esas contenciones se lograron acuerdos para armar un frente lo suficientemente amplio como para constituir mayoría electoral, por el otro, aquellos sectores antes nombrados, y contenidos en nuestro propio espacio político, tienen la naturaleza del escorpión que, como en la fábula de Esopo, no puede evitar aguijonear arteramente a la rana que lo había montado en su lomo para cruzar el río. Por eso, el mayor problema que tenemos hoy no es la derecha partidaria que nos enfrenta electoralmente (de hecho, fue derrotada y parece probable que vuelva a serlo en las elecciones de medio término), ni la que gobierna algunos distritos o la que conforma un bloque de oposición parlamentaria. Nuestro principal problema es la derecha que está adentro de nosotrxs mismxs, que se preocupa demasiado por sintonizar con las líneas suaves de la derecha de afuera, amparándose en que se ve forzada a ello dado el contexto cuando, en verdad, lo que está haciendo es disputar la dirección política del peronismo pretendiendo sacrificar sus corrientes internas más dinámicas en el altar de la unidad, frente al supuesto peligro del fascismo. El kirchnerismo tiene que actuar en ese escenario político-cultural con decisión y responsabilidad. Un buen comienzo sería admitiendo que el fascismo argentino tiene especificidades que deberían ser estudiadas pero que, en definitiva, no es ni muy muy ni tan tan: se trata de un lumpen-fascismo que muchas veces carece de impulso propio, que no siempre sigue el ritmo de los ascensos fascistas en otras partes del mundo y que más bien se friega las manos cuando desde este lado de la contienda política se le da cierto espacio para supuestamente desactivarlo. En el hueco que le hagamos creyendo poder contenerla, la derecha se acovachará hasta recuperar fuerzas para volver a sacar pecho.

La etapa que atravesamos es muy preocupante por varias razones; entre otras, la tragedia sanitaria y el derrumbe económico provocados por la pandemia, con los lógicos desgastes que ello genera en el Estado y la sociedad. Es cierto: debemos tratar de mantener -hasta donde sea posible- los marcos de unidad. Vuelvo a decir: hasta donde sea posible. En ese sentido, si la derecha que nos habita no fuera pronto neutralizada, entonces sí habría que prever escenarios más complicados. Suena exagerado pero nadie venga con que el peronismo es intenso y que no hay que asustarse si hacia adentro recrudecen disputas. Primero que la intensidad del peronismo para saldar internas no está desacoplada de la memoria de Ezeiza. Pero además, como al menos por ahora no daría la impresión de que se esté desarrollando ese nivel de contienda interna, habría que aprovechar la ocasión para poner a todo el espacio y las organizaciones que lo componen en estado asambleario. Ciertamente, se ve en el horizonte una confrontación por la jefatura del movimiento. Seguir negándolo es tapar el sol con la mano. La dirección del proceso histórico dependerá tanto de que la tensión logre resolverse antes de su agravamiento como de que esa resolución se recueste todo lo posible sobre el más progresista, democrático y popular de los polos en conflicto. No decimos que se trate de una crisis institucional sino, repetimos, de una disputa por la conducción del espacio político que nos llevó a ganar las elecciones y que ahora debe gobernar. Pero si este trance no termina de enderezarse, si la jefatura de Alberto se desvaneciera en acuerdos fallidos y el kirchnerismo (con su experiencia a cuestas) no tomase de algún modo las riendas, la institucionalidad política podría verse afectada y la oposición, sí, entonces, tomará impulso.

Por ahora, como dijimos, se deshilacha y flaco favor le hacen al proyecto nacional-popular (si es que lo hubiera. Y creemos que lo hay); flaco favor le hacen, decíamos, quienes sobreactúan la unidad por temor a las acechanzas de un afuera que desde que perdió las elecciones y hasta el momento no demostró ser mucho más que discursivo. Es preocupante, así, que buena parte del periodismo y la mayoría del campo productor de ideología oficialista defiendan al gobierno del peor modo: infantilizando a su base lectora que es también, mayoritariamente, la base electoral del Frente de Todxs. Se leen y escuchan más frases hechas para contagiar un temorcillo al disenso que pensamientos meditados para intervenir en los debates sobre los rumbos para salir de la crisis. Con una mano se agita el espantajo del fascismo y con el índice de la otra se dictan juicios apodícticos sobre lo conveniente para enfrentarlo. En debate con el texto de Jorge Alemán «Alberto y nuestra izquierda», Horacio González caracterizó –en una intervención publicada por esta misma revista-, esta condición medio trabada, de falso empate, como «el tabú de la correlación de fuerzas». Celebramos ese puntapié inicial y más que sobre qué significa nuestra izquierda o cuán cerca está el fascismo de tomar la escena por asalto, preferimos encender luces amarillas en torno a la posibilidad de que la derecha nos termine comiendo desde adentro. Discutir entre compañerxs, criticarnos desde la base hasta la punta y desde la punta hasta la base, nunca será hacerle juego al fascismo. No debatir, en cambio, siempre fue de derecha.

Buenos Aires, 24 de julio de 2020

* Sociólogo, docente UBA-UNLaM, co-editor de la revista El Ojo Mocho.

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
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