Nuevas derechas, viejas costumbres

El PRO rompe no sólo el Estado de Derecho, sino también lo que se conoce como Estado Social de Derecho

Por Mario de Casas

Será difícil para la Historia en cualquiera de sus versiones obviar que la manipulación de masas ha sido una de las características sobresalientes del gobierno argentino que concluye en diciembre próximo, una forma de la mentira en gran escala convertida en política de Estado. Si bien abundó el grotesco que hace tiempo puso en evidencia al Presidente y a Vidal, entre otres, maniobras más sutiles podrían mantener a unes cuantes en la confusión.

En los últimos días, la pareja estelar que integran Carrió y Pichetto ha protagonizado actuaciones para asombros y risas, pero eso no les quita valor en tanto reveladoras de la esencia del Régimen: dicen o hacen en público lo que a Macri le tienen vedado sus titiriteros, cumplen con su rol como titulares del mejor equipo de los últimos 50 años, que se fue al descenso.

En una nota anterior sostuve que Bolsonaro y Macri son expresiones políticas de regímenes que difieren en las formas pero responden a un mismo fundamento. El dúo se encarga de confirmarlo: «Sabemos de la solidaridad, del aprecio, del afecto personal y del interés político de que continúe en el ejercicio de la presidencia el Presidente Macri» dijo Pichetto en su reciente visita a Brasil. Palabras que no son de ocasión, las coincidencias de fondo aparecen, por ejemplo, en la misoginia compartida: «Pagando abogado se pudieron jubilar mujeres que toman el té de la tarde pero se jubilaron con el sistema ‘ama de casa’», dijo en diciembre de 2017 para justificar la modificación de la Ley de Movilidad jubilatoria, cuyo tratamiento y posterior sanción determinaron el principio del fin del macrismo.

Las formulaciones de Carrió son más divertidas pero no menos contundentes: «Yo vengo a proponer un feminismo alternativo enseñado por mi abuela, que decía: si vos sos reina, sos una inútil. Y si vos sos inútil tus hijos son útiles, tus maridos son útiles y nadie te deja hacer nada por miedo a que rompas algo. Esa soy yo»; dijo hace apenas unos días, coherente con su tenaz oposición al proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en el contexto del debate que impulsó Macri en marzo de 2018, cuando todavía no cesaban las generalizadas manifestaciones de repudio que había generado la reducción de las actualizaciones jubilatorias, por lo que se deduce que el propósito fue utilizar un tema de alto impacto social para revertir una tendencia declinante que no tendría retorno: el intento engrosó la lista interminable de fracasos macristas. Las impresionantes movilizaciones de los pañuelos verdes contaron con el aporte de los más variados segmentos sociales y pertenencias partidarias, pero su reclamo fue y es radicalmente antagónico al status quo que sostiene el Régimen.

Se trata de un juego de manipulaciones que tiene a las mayorías por destinatarias finales: si con el tema del aborto la jerarquía eclesiástica instrumentaliza a Carrió, con otros Carrió instrumentaliza a la religión: «La lucha en la adversidad es el gozo mayor para el espíritu de Dios», dijo la semana pasada en Belgrano acompañada por el candidato Pichetto.

Pero, ¿es nuevo el uso manipulador de la religión? ¿Cómo se manifiesta? ¿Es antifeminista la derecha y, en caso afirmativo, por qué?

Relaciones peligrosas

Las palabras de Carrió citadas en el párrafo anterior, así como su recordada exhortación a las capas medias para que den propina y changas, es decir, para que practiquen la caridad, son tan sorprendentes como clara la intención de manipular: en el primer caso, los derechos usurpados por su gobierno no deben ser reclamados, se compensarán con caricias al «espíritu de Dios»; en el segundo caso, la defección estatal con la que el gobierno que integra castiga a los más vulnerables debe ser reparada con una virtud teologal cristiana, más aún, dictamina que los padecimientos que sufren los sectores populares no se deben fundamentalmente a las políticas ejecutadas desde diciembre de 2015, sino a la falta de generosidad de la «clase» media. Ni más ni menos que otra forma de responsabilizar a una de las víctimas.

Este trabajo político se complementa con el misticismo que simula la Diputada —al extremo de ausentarse del debate en el Congreso, por el proyecto citado más arriba para ir a rezar a un santuario—: es un peón de la antigua alianza entre capitalismo y clericalismo, maridaje que adquiere especial relevancia en el marco del presente griego que esta vez nos han regalado Macri y sus cómplices.

La tesis de la religión como opio del pueblo, que ha sido tergiversada y convertida en uno de los argumentos utilizados para denostar íntegramente los aportes del pensamiento marxiano, puede ayudarnos a comprender de qué se trata.

Quien haya leído atentamente la Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, el texto en el que Marx caracteriza la religión como el «opio del pueblo y complemento espiritual de un mundo sin alma», como la «conciencia invertida del mundo», no podrá interpretar tales afirmaciones como un rechazo radical a la práctica religiosa en sí, como opción espiritual, sino a la función social que cumple la religión en un mundo dominado por la explotación y la alienación del hombre; en otras palabras, a una religión que se adapta a las necesidades de la ideología dominante y se convierte en un mecanismo de compensación, que asume una doble función: por un lado, sirve de consuelo a las almas atormentadas que sufren los rigores de la opresión y, por otro, legitima el orden establecido en tanto se constituye en aroma espiritual de un mundo cruel. Vale decir que la crítica marxiana se dirige a la instrumentalización social y política de la religión. Marx explica por qué el uso manipulador de la religión se vincula directa y unívocamente con la injusticia social.

Si bien queda poco por decir respecto de los estragos que producen el neoliberalismo y su ideología, lo cierto es que hacen de la cuestión social un problema que el Estado no tiene que resolver, lo tiene que disolver. Y entonces aparece la señora de la mirada extraviada en representación de quienes pretenden someternos a las exigencias del capital y descomponer todas las relaciones humanas en relaciones mercantiles: necesitan de la religión como suplemento espiritual que brinde a todos y todas lo que no encontrarán en la realidad social. Es la forma PRO de compensar la destrucción de los derechos sociales que ellos mismos realizan, planificada e implacablemente; es la ruptura no ya y no sólo del Estado de Derecho, sino de lo que se conoce como Estado Social de Derecho, que entre nosotros siempre ha sido construido por el denostado populismo.

Dado que el fenómeno corresponde a procesos sociopolíticos retardatarios, no es específico de un tiempo ni de un lugar. Tanto es así que, por ejemplo, el avance del fascismo en Italia, Alemania, Austria y España durante la primera mitad del siglo XX fue a menudo respaldado y legitimado con argumentos teológicos cristianos. El representante más calificado del discurso reaccionario que utilizaba la teología cristiana para fundamentar el nazismo fue Carl Schmitt.

En la actualidad proliferan las alianzas entre partidos y movimientos políticos de extrema derecha, promotores de la nueva fase del capitalismo y cultores de una retórica fascista, con movimientos religiosos nostálgicos de la Edad Media, fundamentalistas que trascienden las fronteras nacionales y conforman lo que alguien llamó con acierto «Internacional neofascista». Una de las afinidades importantes entre los aliados, que hacen al vínculo, es el discurso del odio, que automáticamente convierte a quienes son distintos o piensan distinto en el enemigo.

En nuestra región tal entramado ha tenido fuerte incidencia en el desplazamiento de gobiernos progresistas y la entronización de derechas autoritarias, como en el Brasil de Bolsonaro que Pichetto propone como modelo. Sabemos que en la Argentina las cosas son distintas, pero no tanto: en estos días Rodríguez Larreta abrió las puertas para que un pastor evangélico les diera misa a los cadetes del Instituto de Policía de la Ciudad.

Antifeminismo, otra afinidad

En América Latina, Estados Unidos y Europa estamos asistiendo a un avance de los referidos movimientos religiosos, que atacan al feminismo, defienden los llamados valores tradicionales de la familia y se arrodillan en el altar del libre mercado.

Por ejemplo, la organización española de ideología católica ultraconservadora Hazte Oír, se internacionalizó en 2013 con el nombre de CitizenGO y desplegó una intensa actividad en nuestro país contra el proyecto de ley por la legalización del aborto seguro y gratuito, tanto en los debates como en las movilizaciones.

Ahora bien, en un mundo y un país que se resisten violentamente al proceso de liberación de la mujer, es oportuno preguntarse por qué tanto la derecha política como los movimientos religiosos integristas son antifeministas.

Como todo fenómeno sociopolítico, este presenta complejidades y responde a distintas causas, cuya incidencia varía —como dije más arriba— según el momento y lugar, pero eso no significa que sea inexplicable. El feminismo tiene en la actualidad dos características que lo convierten en un enemigo a combatir por las derechas de todo el mundo: su carácter masivo y su radicalidad. Así se entiende por qué es una amenaza para los poderosos:

– Cuestiona las relaciones de obediencia en todos los ámbitos: de las mujeres a los hombres, de las personas colonizadas al colonizador, de las mujeres creyentes a los dirigentes religiosos, entre otras.

– Ha logrado trascender el tema de género y denuncia las relaciones asimétricas de clase, etnia, cultura, religión, identidad sexual, etc.

– Contribuye fuertemente a modificar las relaciones en los sindicatos, la escuela, la familia, la pareja, la fábrica, las religiones, etc.

– Reacciona frente a las crisis que provoca el capitalismo realmente existente.

La tradición de las derechas es profundamente conservadora, a veces reaccionaria. Podrá haber matices pero siempre se trata de volver al pasado, incluso a lo peor del pasado. Entonces la lucha de las mujeres por su autonomía es una pieza básica en el proceso de detección de los cambios sociales y, por lo tanto, el antifeminismo —más o menos disimulado— es un rasgo compartido por todas ellas.

La feminista Rita Segato lo ha expresado con la claridad que la caracteriza: «Nuestros antagonistas en términos de proyecto histórico han percibido antes que nosotras mismas que el tema del patriarcado es el cimiento. Ellos, con su reacción fundamentalista, feroz y desvariada, nos están mostrando que lo nuestro no es un problema de minoría, no es un problema de un grupo particular de la sociedad que seríamos las mujeres, sino que es un tema que puede transformar la historia y derrocar el autoritarismo y los esquemas donde su poder se instala […]. Y es algo que nosotras como movimiento social no habíamos percibido a fondo: que nuestro movimiento puede modificar el rumbo de la historia».

Se visualiza nítidamente la hondura de la convergencia política entre el camuflado Macri, la pintoresca Carrió, la invariable ideología de Pichetto y el brutalismo de Trump y Bolsonaro.

El Cohete a la Luna

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