Números rojos

Por Hugo Presman*

La cuarentena recluye a la población en sus domicilios, las calles quedan desiertas, las caras son irreconocibles detrás de los barbijos, las ciudades privadas del bullicio de sus niños en el espacio público, el miedo al virus y a un futuro nebuloso exhibe lo mejor y lo peor del género humano. Vienen días duros, superiores a los muy intensos de este doloroso presente. Empezó el siglo XXI, parido por una hecatombe planetaria. Lejos ha quedado aquel tiempo que considerábamos normal, aunque transitáramos un mundo y un país con serios problemas y creciente desigualdad. Hasta se podría decir lo que Alejandro Dumas pone en boca de uno de sus personajes: “Qué felices fuimos el tiempo en que éramos tan desgraciados.”

Lejos ha quedado aquel tiempo que considerábamos normal, aunque transitáramos un mundo y un país con serios problemas y creciente desigualdad. Pero no era necesario llegar a las actuales circunstancias para comprobar que la profundidad del abismo es infinita. Hoy se añora aquel febrero donde el problema era la negociación de la deuda externa, un plan para llegar rápido a los que sufrían hambre e imaginarse cómo se saldría el día 181 del congelamiento de precios y de servicios. Entre el hoy y el ayer de apenas un poco más de un mes y medio sucedió que terminó un siglo y empezó otro, engendrado por una crisis sanitaria y económica sin precedentes. La que no tiene un manual de instrucciones ni bibliotecas que iluminen un camino de salida.

Ya resulta difícil recordar que apenas ayer los sectores agropecuarios llamaban a un lockout y que la discusión era por un incremento de tres puntos a la soja, que hoy resulta pueril. Que desde el 18 de enero hasta que estalló la pandemia los canales repetían mil veces videos y comentarios superficiales de panelistas sobre el horrible asesinato de Fernando Báez Sosa por los rugbiers de Zárate. Hasta se podría decir lo que Alejandro Dumas pone en boca de uno de sus personajes: “Qué felices fuimos el tiempo en que éramos tan desgraciados.”

El escenario ha cambiado diametralmente. La cuarentena recluye a la población en sus domicilios, las calles quedan desiertas, las caras son irreconocibles detrás de los barbijos, las ciudades privadas del bullicio de sus niños en el espacio público, el miedo al virus y a un futuro nebuloso exhibe lo mejor y lo peor del género humano.

Separa a los padres de los hijos, a los nietos de los abuelos, distancia a los hermanos, el abrazo está proscripto y el beso pasó al museo de la vida cotidiana. La muerte que es un misterio, deben afrontarla las víctimas extremas de la pandemia en absoluta soledad.

Como bien apuntan Martín Rodriguez y Pablo Touzón en Le Monde Diplomatique: “El coronavirus implantó no sólo un legítimo terror a la muerte, sino también, en su avance flotante y amenazante, borró los protocolos y ritos con que los vivos despiden a los muertos”

De EE.UU, España, Italia y Ecuador llegan escenas inimaginables: gigantescos camiones frigoríficos operando de morgues móviles y tumbas colectivas en la primera potencia mundial; y cuando se desciende hacia el subdesarrollo como en Ecuador, los cadáveres se amontonan en las calles. En Italia los respiradores no alcanzan para los viejos condenados a una muerte solitaria y se los reserva en favor de los jóvenes.

El miedo es el que termina confundiendo al enfermo con el virus.

El fundamentalismo religioso recurre a un Dios impiadoso como el que invoca el Ministro de Salud israelí, el ultraortodoxo Yaakov Lizman quien impúdicamente afirmó que “el COVID 19, era un castigo divino a la homosexualidad” Si ese Dios que menciona existe, no será justo pero maneja la ironía: el ministro y su esposa padecen el coronavirus.

Otros descubren aquel acierto inserto en una canción con letra de Joaquín Sabina sintetizada en la frase “Era muy pobre, solo tenía dinero”. Eso es lo descubrió la hija del presidente del Banco Santander en Portugal, Vieira Monteiro, una de las personas más ricas de ese país que dijo: “Somos una familia millonaria, pero mi papá murió sólo y sofocado, buscando algo que es gratis, el aire. El dinero se quedó en casa”

El escritor francés Albert Camus, muy mencionado en estos días por su premonitorio libro “La Peste” pone en boca de uno de sus personajes: “El problema de la peste no es tanto que ataca a los cuerpos, sino como desnuda las almas.”

DERRUMBE PLANETARIO

Nunca el mundo en ninguna de sus crisis y pandemias colocó a más de la mitad de la población en cuarentena. Nunca el derrumbe económico fue tan veloz. En un mes, el valor de las empresas cayó a su mínima expresión; la desocupación en EE.UU se incrementó de 200.000 a 22 millones de personas en un mes y se estima que pueden quedarse sin trabajo en el planeta unos 500 millones de personas. 170 países piden socorro y el PBI mundial tiene una proyección de decrecimiento de dos dígitos. Los países se pelean por respiradores y barbijos. Los más poderosos le expropian a los más débiles sus compras de material sanitario. Lo que hasta ayer se consideraban axiomas en la concepción neoliberal tales como el equilibrio fiscal, preferentemente superávit, restricción de la emisión monetaria, considerar el mercado como distribuidor de recursos, y contar con un estado denostado preferentemente pequeño y ausente, hoy, todo aquello que hasta ayer se consideraba desvaríos, ha pasado a ser la esencia de la salvación económica y social: brindar subsidios generalizados, realizar toda la emisión monetaria que se necesite, ir en apoyo de las empresas, préstamo barato a los empleadores, colocar dinero en el bolsillo de sus ciudadanos, centralizar en el estado la utilización de los hospitales públicos y de los privados, y hasta la posibilidad de la fijación de una renta universal.

El dios Mercado está de capa caída, con sus patéticos resultados. Milton Friedman muere nuevamente después que los poderosos de la tierra lo resucitaran y el viejo Keynes salta de alegría en su tumba al ser convocado con desesperación.

Los números son de un rojo sangre intenso: Alemania pasará, en pronósticos optimistas, de un superávit fiscal del 1,3% en el 2019 a un déficit fiscal en el 2020 de 7,3%. En Francia que tenía un déficit fiscal el año pasado de 3,2% a un estimado del 9,5% para este año. Italia no es menos al respecto de un año a otro pasa de un déficit de 1,6% al 9,2%. En España de 2,1% a 9,7%. Pero el récord se lo llevará EE.UU que pasará del 4,6 % en el 2019 a 14 % en el 2020.

El endeudamiento es generalizado. En los países del primer mundo, la relación deuda con relación al PBI, es probable que suba 20 puntos. Así Italia del 2019 al 2020 es posible que pase de 135% al 157%; Francia del 99% al 115%; España de 96% al 114%. Hasta el país europeo más poderoso, Alemania, subirá del 59% al 66%.

El objetivo es evitar una recesión generalizada.

Es predecible que a la salida de la cuarentena habrá de existir una sobreoferta de países que quieran colocar sus productos, en una competencia con pocos antecedentes.

DESPLOME NACIONAL

La Argentina ya estaba en cuarentena económica con caída del PBI, en tres de los últimos cuatro años. Con 40 % de pobres que en los jóvenes superaba el escalofriante porcentaje del 50%. Con una estructura productiva debilitada profundamente. Con una deuda impagable por su monto y por la perentoriedad de sus vencimientos y por un default real en el 2018 que sólo el tubo de oxígeno que el FMI le dio a Mauricio Macri (no a la Argentina) postergó dos años. Sobre esa estructura en terapia intensiva, a la espera de una negociación de la deuda tan vital como los respiradores de los pacientes más afectados por el coronavirus, llegó la pandemia con su paralización prácticamente total de actividades. La recaudación venía cayendo en enero y febrero un 10% en términos constantes con relación a los mismos meses del año anterior. Ahora el Estado tiene una caída de sus ingresos a menos de la mitad y un aumento de sus erogaciones de salvataje a más del doble. Recesión, inflación, caída del PBI que el Fondo estima en 5,9%, pero que dada la magnitud de la caída debería ser superior al 2002, cuando alcanzó al 11,99%.

Las consecuencias ya se exteriorizan: reducción de salarios, pagos postergados, suspensiones, despidos, interrupción de la cadena de pagos, posibilidad de cierre definitivo de empresas. En el mejor de los escenarios, 2020 será un año dolorosamente recordable y no solamente por la pandemia.

LA POPULARIDAD DE ALBERTO FERNÁNDEZ

Un gran mérito de Alberto Fernández es haber recuperado la credibilidad de la palabra presidencial. El contraste es sideral con el Aconcagua de mentiras que caracterizó a la campaña y el gobierno de Mauricio Macri. Es un escenario muy similar a la recuperación de la figura presidencial que logró Néstor Kirchner sobre el irresoluto y desvalorizado Fernando de la Rúa. De manera que hay un hilo de Ariadna que une a la construcción de apoyo popular en ambas presidencias.

Sobre los buenos resultados obtenidos en la contención de la crisis sanitaria, Alberto Fernández debería ser cauto, evitando mensajes triunfalistas, como arriesgado en lo económico. La dimensión de la crisis necesita cirugías y no aspirinas. Para esta realidad no hay buenas soluciones, los costos bordean los calificativos entre malos o pésimos. Y con un frente económico opositor brutal, capaz de enfrentar el proyecto de ley de un impuesto a la riqueza, con los medios dominantes enardecidamente refractarios, con una clase media cuyo panquequismo es histórico, cuando las aguas de la pandemia se alejen y dejen al descubierto una economía herida hasta la agonía, muchos de los ciudadanos que hoy lo aplauden, serán posiblemente sus fiscales más empedernidos.

LA CUARENTENA DEL MACRISMO

La cuarentena ha dejado en cuarentena la evaluación crítica y judicial del macrismo. Su “crecimiento invisible” y su accionar depredatorio han quedado olvidado por el ataque del enemigo invisible. A su vez el virus es funcional y al mismo tiempo cuestionador del modelo neoliberal al que adscribe el macrismo.

En efecto, el flagelo no reconoce clases sociales, pero finalmente cuando se haga el recuento final los mayores afectados serán los viejos y los pobres que constituyen los sectores que pesan desfavorablemente en el modelo del capitalismo salvaje y a los cuales los planes de ajustes sindican como el objetivo a reducir.

NÚMEROS ROJOS

Vienen días duros, superiores a los muy intensos de este doloroso presente. Empezó el siglo XXI, parido por una hecatombe planetaria. Periodistas ingenuos preguntan si esta crisis es superior a la del 2001. Es comparar un cornalito con una ballena. Nada dicen de esto las placas rojas de los canales de noticias con sus alarmas, último momento y urgente.

Los números rojos también están en el ranking de muertos por países, una tabla de posiciones fúnebre que recuerda a la que buscábamos en el fútbol cuando este deporte todavía se practicaba en la mayor parte del planeta.

Es cierto que alguna vez esta pesadilla llegará a superarse. En el horizonte asoma otra, originada por la explotación irracional del planeta que es el calentamiento global. Ese sí posiblemente termine con el capitalismo y el remanente del socialismo real travestido.

Por el momento el futuro es tan abierto como incierto. Da tanto para que el pensador esloveno Slavoj Zizek afirme que “Se acerca una nueva era de comunismo, una colaboración global y regular de la economía”, como para que el ensayista coreano Byung- Chul Han que reside en Berlín, sostenga “Tras la pandemia, el capitalismo continuará con más fuerza”. Más enfático y opuesto es el filósofo italiano Franco Berardi, autor de una metáfora contundente: “El capitalismo está muerto, pero estamos viviendo dentro de su cadáver.”

A la caída del Muro de Berlín, Frederic Jameson, crítico literario estadounidense y marxista, afirmó: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” Los optimistas se abrazan a la posibilidad que esta vez el muro caiga para el otro lado.

El final de esta nota es abierto como el futuro. Si Ud. es pesimista, puede abrazarse a una cita del escritor inglés Aldous Huxley, el autor de “Un mundo feliz”: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió de las lecciones de la historia.”

Si se es optimista, el psicólogo Enrique Pichón Riviere nos trae un soplo de esperanza, porque hace muchos años escribió: “En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”.

Buenos Aires, 21 de abril de 2020

 

*Coconductor del programa radial EL TREN, con más de 16 años en el aire. Contador Público recibido en UBA. Fue profesor de Economía Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma Universidad. Es Periodista. Sus trabajos son publicados en diversos medios nacionales e internacionales. Es autor del trabajo de investigación “25 años de ausencia” y participó con trabajos en los libros “Damián Carlos Álvarez Pasión por el libro” e “Insignificancia y autonomía”. Debates a partir de Cornelius Castoriadis.

Además es coautor del libro “Bicentenario de la Revolución de Mayo y de la Emancipación Americana».

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política

Un comentario

  • Miguel Angel Fernandez dice:

    En nuestro país la pandemia fue introducida desde aquellos que la contrajeron en el exterior. La mayoría de quienes vinieron contagiados se encontraban vacacionando en algún punto turístico de Europa, o visitando familiares en distintos países fundamentalmente Italia España o Francia. Evidentemente hablamos de personas que apoyaron y disfrutaron de cuatro años del proyecto neoliberal del macrismo; mien-tras la gran mayoría perdía su trabajo, asistía a la ruina de su Pyme, veía disminuir sus ingresos por la creciente inflación y perdía las esperanzas de un futuro para sus hijos, que como dijo el presidente tenían «la desgracia de caer en la escuela pública».
    Como ya se sabe, toda generalización esconde ciertas dosis de prejuicio e injusticia, con aquellos que tal vez se encontraban estudiando o trabajando o ejerciendo alguna actividad deportiva o artística, sin embargo, lo cierto es que dentro del universo de argentinos en el exterior, un sector importante tenía dólares obtenidos en un momento donde a las grandes mayorías de nuestro país se le hacia cada vez más difícil conseguir pesos para llegar a fin de mes.
    Una vez, declarada la pandemia, los mismos que hasta ese momento habían sido los apóstoles de la destrucción del Estado, los voceros de la privatización de Aerolíneas, bramaban por que el Estado pusiera la aerolínea de bandera para que los repatriaran (eufemismo para que los traigan de vuelta gratis) ya que la aerolínea que los llevo, ya no funcionaban. Cuando llegaron al país se querían ir a sus casas, anóni-mamente como si nada hubiera pasado, ante lo que sintieron como un escrache de los medios que los estaban esperando en el aeropuerto. Sus actitudes seguían la normalidad del período anterior, la típica actitud displicente y despreciativa del otro (del otro de ellos). Los que en la primera semana de cuarentena se largaron a las rutas para tomarse unas vacaciones, las avivadas individuales para burlar las medidas de control de la cuarentena, expresaron la actitud arquetípica del macrismo. Muchos de ellos sobrevivirán a la Pandemia, y mucho me temo, que por más que dure la cuarentena, no habrán cambiado un ápice en su actitud. Son capaces de culpar al gobierno por las consecuencias económicas de la cuarentena, sin que les importe la cantidad de vidas resguardadas.

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