“Nunca tuve señorita”

Entrevista a Aníbal Troilo, “El Bandoneón mayor de Buenos Aires”, por Julián Centeya, revista Ocurrió, 1964.

Por Julián Centeya

La primera entrevista con Aníbal Troilo —Pichuco— tiene lugar “en lo de Bachín” que, empecinado del todo, sigue estando a la vuelta del mercado de la calle Montevideo, en Sarmiento.

A Bachín se va por dos cosas. A comer y a estar. Más que un “chelibo”, es un meridiano donde todo porteño se iguala. Bachín es una juntada de mesas, con lomo de papel, última rinconada de la merza presidida por la sombra voluminosa del Malevo Muñoz. A lo de Bachín, no se va. Se “cae”. Viniendo desde cualquier parte, en este caso importa decir, desde cualquier esquina. Se llega de “arrancada”. Este emporio del cuadril, la ensalada de porotos, los tallarines al bóngoli, el tomate abierto por la mitad y donde al aceite se lo llama “oglio”, merece, por lo que tiene de típico, figurar en la nómina de los motivos que pueden interesar a todo turista. Pero, lamentablemente, ni la estupenda Cortada de Carabelas, ni Bachín, figuran en el catálogo; no están en las tarjetas postales que ahora “vienen” en colores. Pero, Bachín existe. Aunque no lo haya recordado Waldo Frank, a quien introdujo hasta el mundo de sus mesas el meditativo Ezequiel Martínez Estrada, ni lo mencione Keyserling en sus presurosas observaciones sudamericanas y menos aún lo recuerde George Duhamel, el silencioso francés de “Diario de un aspirante a santo”.

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Comer, en este sitio, es una excusa. Dos que van a Bachín, lo hacen para conversar. No, de cómo anda el mundo. O, para expresarlo con más propiedad, de cómo el hombre quiere que el mundo vaya. Allí se habla de la ciudad. Bachín debe ser el único lugar donde no se habla mal de la política y de los políticos. Porque allí no se habla de ninguno de estos dos productos nacionales. El porteño, ahí, habla de Boca Juniors, que ahora tiene un presidente que se da el lujo de “hablarle al país”. Y él está convencido de dos cosas: que el país lo escucha y que… habla.

Los temas son de orden y carácter popular. Ahí es donde el porteño explica la desinflada de Gobernado, por qué no ganó Niarkos y por qué a veinte y monedas vino el de Ferro: Charolais.

En lo de Bachín, con toda seriedad, el porteño —a su tiempo— habló de la humorada que significó haber concurrido a los juegos olímpicos de Tokio.

El turf, el box, el tango y la amistad son las cuatro barajas que el hombre de la ciudad, que ignora que existe la SADE de Erro y cuál será la colecta popular de la semana próxima, pone sobre el mantel de papel de la tosca mesa, entre tazas de buseca humeante que llegan y platos con restos de bifes de costilla que se van.

El otro parroquiano de Bachín es el humo.

La primera entrevista que mantenemos con Pichuco, es ahí. Nos acompaña Brunito —José Bruno—, que saldrá mañana para Comodoro Rivadavia.

—Mi padre, que me dejó la pena de no recordar su voz, falleció el año 1922. Yo tenía 8 años. La otra sensación que obtuve de la certeza de la muerte de mi padre, fue el guardapolvo negro con el que mamá, dos días después, me mandó al colegio con un dulce: “Vaya. hijito… vaya …” El colegio está aún en la calle Cabrera.

—¿Dónde está ubicado?

—En José Antonio Cabrera, que entonces era para nosotros simplemente Cabrera, entre Sadi Carnot y Billinghurst.

—¿Cómo se llamaba la primera maestra. Pichuco?

Aníbal le hace un “sitio” al mozo que “baja” uno de costilla -no muy cocido, y cuando éste se va, aclara:

—Yo nunca tuve “señorita”. Mi primer maestro se llamaba Rojo.

—¿Dónde vivían, Aníbal?

—En una casa de la calle Soler. En ella nació Marcos, mi hermano mayor, y en ella murió mi hermanita. Era un tibie mantón de nada que se enfrió una noche. Tenía apenas seis meses. Yo no conocí su muerte, pero aprendí su muerte. Mamá siempre hablaba de “Chochita” como si la estuviera esperando.

—¿”Chochita”?

—Así la llamaban en casa.

Llega un refuerzo de vino tinto y agrega:

—Mamá, ocurrida esta muerte, quiso desentenderse de la casa. Ya no podía vivir en ella. “Camino —decía — y piso recuerdos de la hija chica”. Habló con mi padre y le suplicó: “Llevame de acá… no resisto”. Mi padre, entonces resolvió alquilar la casa de la calle Cabrera 2937. Allí nací yo cuando se iba a baraja el día 11 de julio del año 1914.
El día antes de esta entrevista con Aníbal Troilo en lo de Bachín, habíamos estado con Brunito —José Bruno — por el barrio. Brunito fue aprendiz de jockey y Pichuco dice de este amigo de la infancia que es el hijo que no le dio la vida.

—Mi casa —dijo Bruno—, que está en Francisco Acuña de Figueroa 1236, se llama “El Rincón de Pichuco”, pero él le dice “El Patio de la Morocha”. Ya no anda entre sus muros mi padre, don Vicente. “El Hombre del Bastón’. Mi madre se llama Sofía y somos cinco hermanos: Onofrio, Estela, Berta y Elena. A mí poneme último.

“Cuando no quise que la calle me atrapara con ningún oficio, me hice peón del stud Hugo Baldo. El dueño tira El Bolsero. En Rosario debuté de aprendiz montando un ligero que no figuró: “Pan Dulce”, y para mí, ¡qué querés que te diga!, no hubo jockey como el Tano Salvador Di Tomaso”.

Llegamos a Cabrera y Bustamante, barrio que está salvando un último corralón.

—Es acá, a la vuelta —nos dice Brunito.

Veinte pasos más y encaramos el frente de la casa: 2937.

Es una página en la que el tiempo escribió —y escribe aún— a lluvia, sal, viento, día y noche, su lento monólogo. En la cornisa de la casa lindera maduran nidos ruidosos. La casa, más que estar, parece asomarse a la calle. Detrás de la alta y angosta puerta cerrada, estira dos metros escasos, el íntimo zaguán.

Aquí nació Pichuco —dijo Bruno.

—Lo de Pichuco, el hecho del apodo —cuenta Aníbal Troilo—, es anterior al nombre. Marcos había sido el hijo primero y el segundo varón, así estaba dispuesto, debía llevar el nombre del padre: Aníbal. Pero antes, muchísima antes, fui Pichuco.

—¿De dónde arranca al apodo?

—Eso podría explicarlo el tío Gioanín… o la tía Estela, tan silenciosa como flaca, a quien evoco peinándola de trenzas que enmoñaba, en el patio, a la hijita: “La Ñata”. Mi padre tenía un amigo a quien llamaban Pichuco. Sobré mis primeras lágrimas de niño, parece a la mecedura amante de mi madre, con su dulzura de hombre, acaso feliz del todo, mi padre dijo: “Bueno… Pichuco… bueno…”. Entonces, mojé de llanto mi primer nombre. Por eso es que soy así.

—¿Así… cómo?

—Cómo no lo sé… pero así… ¡Pichuco! ¡Uno!

Revista Ocurrió, 12 de diciembre de 1964.

Tomado de Mágicas Ruinas

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