Ocho miserables votos

La ley de HIV, tuberculosis y hepatitis en Diputados

Por Juan Pablo Csipka

Ocho diputados de la Nación, elegidos por el voto popular, optaron por dejar desguarnecidos a los que sufren enfermedades crueles, pretendiendo dejarlos es la misma situación que los harapientos que el genocida Antonio Domingo Bussi subió en camiones para expulsarlos de Tucumán.

La ley que ofrece cobertura desde el Estado a quienes sufren HIV tuvo su actualización en la Cámara de Diputados y ahora falta la otra media sanción en el Senado. Es un trámite para el cual se ha luchado desde hace años. La norma también contempla a quienes están afectados por otras enfermedades de transmisión sexual, hepatitis y tuberculosis. Por lo general, personas pobres. El apoyo a la ley fue transversal: 241 votos favorables sobre 257 diputados. Pero hubo ocho votos en contra.

Se pronunciaron por dejar a la buena de Dios a unos cuantos compatriotas los economistas mediáticos José Luis Espert y Javier Milei, la apologista de la dictadura Victoria Villarruel, la inefable Carolina Píparo, Ricardo López Murphy (que de recortar la sabe lunga), y los macristas Pablo Torello (de expresiones sexistas en su momento por Twitter), Paula Omodeo (formada en la universidad del Opus Dei), y Francisco Sánchez, un neuquino que admira a VOX y Bolsonaro.

Hay que tener muy podrido el corazón para no solidarizarse con gente que vive situaciones dramáticas, por más que la quieran disimular con que habrá más gasto para no decir abiertamente que creen en la lógica de la peste rosa y que el que se contagio, acorde a sus posturas sobre los 70, “por algo habrá sido”. Como en el debate sobre el aborto, no se trata solamente de un tema sanitario, sino de orden de clase. El que se agarre un virus y tenga plata, se las arreglará a su manera. Para el pobre, lo que haya.

Esta votación, como dijo acertadamente Alejandro Modarelli, es un botón de muestra de lo que la extrema derecha podría hacer en la Argentina si llegara a tener poder. Debería tomar nota el Frente de Todos o lo que queda de esa alianza, porque a este ritmo están pavimentando el regreso por las urnas de unos tipos mucho peores que los de 2015.

Hace hoy un año murió Pablo Calvo, un periodista al que no tuve el gusto de conocer. Entre otras cosas, dejó un libro sobre un hecho que pinta de cuerpo entero a esa excrecencia humana que en vida llevó el nombre de Antonio Domingo Bussi. Es el episodio aquel de los mendigos en Tucumán, que como “afeaban” la capital provincial, fueron llevados en el invierno de 1977 en camiones al medio del desierto en Catamarca. Simples cirujas, sin ningún vínculo con la “lucha antisubversiva”. Apenas una demostración brutal de poder contra las personas más débiles e inofensivas. Ese era Bussi, que se atrevió a querellar a Tomás Eloy Martínez cuando este recordó esa bestialidad. La historia puso a cada uno en su lugar: de un lado, uno de los grandes escritores argentinos; del otro, un reverendo hijo de puta que se murió condenado. El libro de Calvo se llama “Los mendigos y el tirano” y los invito a leerlo.

Bussi tenía el poder absoluto cuando ordenó cargar a los mendigos. Era capaz de secuestrar, torturar y asesinar, por eso podía ensañarse con unos cirujas. Y, a la inversa, como podía hacer eso con unos pobres diablos, también llevaba adelante un plan de exterminio contra sus opositores.

Ocho diputados de la Nación, elegidos por el voto popular, optaron por dejar desguarnecidos a los que sufren enfermedades crueles, equivalentes a los harapientos del genocida tucumano. Apenas tienen el poder de su voto en una sesión del Congreso. Convendría tomar nota para evitar que esta expresión de darwinismo social exceda los márgenes de un voto minoritario.

La comparación con Bussi no es extemporánea, justo en el aniversario de la muerte de Calvo, una de tantas víctimas del coronavirus. Uno de los ocho diputados, que sostiene un discurso abiertamente clasista y sortea su sueldo, fue asesor del criminal. Al contrario de un periodista digno como Calvo, hay quienes le dan cámara y micrófono de manera complaciente, lo tutean, lo llaman por su nombre en diminutivo y no le repreguntan sobre las barbaridades que vomita al borde del brote psiquiátrico. Dudo que le pregunten sobre esta muestra inmisericorde hacia enfermos de HIV. Así también es como se construye el ascenso político de monstruos.

Socompa