Olga

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Inés Arredondo

No podía creer que fuera así como debían de terminar los vagabundeos por las huertas, el echar chinitas en el río y los primeros besos. Este dolor desgarrado no tenía relación con todo eso: eran de naturalezas diferentes, dos cosas irreconciliables. Los motivos que tenían los otros para obrar como lo hacían eran exteriores, formulables en una conversación, pero sin validez alguna cuando uno se quedaba solo consigo mismo. Y que eso tan ajeno tuviera algo que ver con él, tanto como obligarlo a salir de golpe y para siempre del universo que le era propio y lanzarlo a estos sentimientos extraños, a estos días y noches inhóspitos en los que no podía moverse, eso no lo podía comprender. A todos les parecía explicable, pero él no comprendía.

Habían crecido juntos libremente, casi como hermanos. Jugaron a la rabia en la calle, comieron guayabas trepados en los árboles y Olga aprendió a tirar con rifle apoyando el cañón en su hombro. Después hubo un día en que ella se puso un traje de baño azul cuando fueron al mar, y todo cambió; a él le dio vergüenza mirarla y ella se dio cuenta. Durante meses siguieron aparentando que reían y jugaban igual que siempre, pero por dentro estaban quietos, frente a frente, sin atreverse a avanzar, valorando cada gesto, el más pequeño cambio en la voz, espiándose con desconfianza y deleite, enemigos y cómplices en su juego secreto.

Por esa época toda la camada aprendió a bailar en casa de la Queta, al anochecer, antes de la cena. Bailaban con vitrola. No era difícil y a él le gustaba. Las muchachas decían que era el que lo hacía mejor, pero jamás bailaba con Olga; le gustaba sentir sobre él su mirada brillante aquellas noches en que no se acercaban. También hubiera podido describir paso a paso todo lo que ella había hecho. Sabía de una manera exacta cómo se dibujaba la mano de ella sobre la espalda de su compañero eventual, esa mano larga y llena, con uñas en forma de almendra, combada como una concha particularmente serena mientras el resto del cuerpo se movía. No, no era el dibujo lo que sabía, sino algo mucho más difícil: la presión leve, apenas perceptible, extraña en esa mano pesada que aparentaba reposar. Sentía, él, ese peso pequeño sobre una espalda ajena. Así, cuando una noche se encontró frente a ella y no pudo hacer otra cosa que abrir los brazos para que se acomodara contra él, lo primero que le sorprendió fue la exactitud con que había presentido el contacto de aquella mano sobre la espalda. Pero lo que vino en seguida nunca lo hubiera podido imaginar: tocaban un fox, una melodía que sabía de memoria, pero que ahora le resultaba desconocida; apenas podía mover torpemente los pies, y todo su cuerpo estaba rígido. Olga se mantenía a distancia y bailoteaba por su cuenta sin procurar acomodar sus pasos a los de él; tampoco llevaba el tiempo, y parecía que lo único que le preocupaba era estirar los brazos y lo más posible para mantenerlo alejado. Se miraron, ella distendió los labios y en las comisuras se formó aquel huequito en forma de clavo que a él le gustaba tanto, pero sus ojos siguieron hostiles, casi asustados, y su sonrisa fue una mueca. Manuel tuvo la seguridad de que en su propia cara la sonrisa era idéntica. Un minuto después, y sin motivo, las aletas de la nariz de Olga vibraron y los músculos de su cara se contrajeron y distendieron de una manera nerviosa y desordenada, para reír, para llorar, volvió la cabeza y de pronto gritó «¡Ey, Clara!», como si hiciera mucho tiempo que no viese a Clara y su presencia fuera un consuelo inesperado. Después de eso resultó mucho más difícil llevar el ritmo: cuando él iba hacia la derecha Olga caminaba para atrás, si intentaba un paso largo ella daba un brinquito, y ninguno sentía la música, ambos se movían sin orden ni concierto, cada vez más aturrullados. Por fin el fox terminó y sin decir nada Olga salió corriendo hacia la cocina en busca de su inapreciable amiga Clara. Él se fue de la casa.

Pero más tarde, a eso de las diez, pasó por la esquina de la casa de Olga, donde se sentaban bajo el farol las muchachas a cantar y hablar de sus cosas. Se detuvo un momento y aunque no le dirigió la palabra miró sus ojos atentos y sintió ese golpe dulce en el estómago que venía siempre a cortarle el aliento cuando la encontraba.

Los días parecían iguales unos a otros, pero estaban siempre llenos de encuentros, de miradas, de palabras dichas delante de todos que tenían significado únicamente para ellos dos, y, sobre todo, llenos de un aire especial, luminoso, que hacía ensancharse los pulmones de aquella manera desconocida y estremecía el cuerpo sin motivo.

A la hora de la siesta Manuel se tiraba sobre la hojarasca húmeda al borde del canal, allí donde se espesaban los bambúes, y permanecía quieto, respirando, sin pensar en nada, respirando. A veces el grito o la risa de una muchacha a lo lejos lo hacía pensar en Olga, en Olga riendo, hablando, pintándose las uñas o ensayando peinados ante el espejo redondo de su tocador en compañía de Clara, de la Queta o Esperanza; Olga en su recámara, sola, hojeando una revista, leyendo una novela de bruces sobre la cama o mirando abstraída las vigas del techo, con las manos tras la nuca, respirando el aire que los unía y los hacía diferentes a los otros. Ya no correteaba con ella por las huertas ni se iban a cazar zanates como habían hecho siempre a las horas de la siesta; ahora se quedaban separados, quietos, en cierto modo sorprendidos.

Una tarde se encontraron y sin motivo ella le sonrió y le tendió la mano. Nada más eso. Serían las cinco.

Empezó entonces una época de gozo tan intenso que a veces se le hacía insoportable. Se sentía con frecuencia sofocado, igual que al final de una larga carrera. Tomaron la costumbre de encontrarse todas las mañanas, a las siete, al final del Callejón Viejo. («¿Por qué lo llamarán así? Es en realidad una avenida muy ancha y estoy segura de que no hay en el mundo otra como ella»). Él fingía que arreglaba las cinchas de su montura hasta que veía a Olga aparecer sobre su bayo, vestida con breeches y botas federicas, el pelo recogido, derecha sobre la silla charra. Nunca se le ocurrió que su traje no era adecuado ni al estilo de montar ni al pueblo, le parecía natural que ella fuera en todo diferente. Ya cuando le decían «Buenos días», y él ponía su cabalgadura al paso de la de ella, una oleada de calor le subía a la cara y muy pronto aquello se transformaba en un galope vigoroso de los caballos. Por la orilla del río, por el camino del mar, por la avenida arbolada que va, cruzando el campo, a la Casa Hacienda, encontraron arroyos, veredas, árboles, que con seguridad nadie antes vio. El galope apagado de los cascos sobre el polvo húmedo les producía una sensación blanda, acariciante. Galopaban, casi cegados por el viento, en medio de la luz tierna de la mañana, y sin embargo, veían, olían, entendían todo más que nunca. Más tarde, al paso, bordeando los cañaverales o caminando a lo largo de una acequia, llevando a los caballos de la brida, hablaban. Era curioso platicar así sobre los padres, los amigos y todas las cosas, verlas y juzgarlas como si estuvieran lejos, dejándose llevar con complacencia hacia nuevos gestos, a actitudes y formas de hablar diferente y ligeramente afectadas. Descubrieron la intimidad y no temían el ridículo. Se gustaban a sí mismos y cada uno al otro. Toda su vida era eso.

Volvieron a citarse después de la comida, cuando todos dormían y había una calma vibrante bajo el peso del sol. Se reunían en la alberca de la Casa Hacienda.

Manuel entraba en la huerta y seguía el curso del canal hasta aquel ensanchamiento de mármol rodeado de columnas blancas cubiertas de madreselva. Estaba impaciente y hubiera querido correr al encuentro de Olga, pero se imponía el caminar despacio, fingiendo ante sí mismo un paseo solitario en el que bordearía la alberca y continuaría más allá, a lo largo del canal, adentrándose con el agua en el letargo gozoso de la huerta. Si encontraba a Olga apoyada contra una columna o él se demoraba allí mirando el agua y ella llegaba y le hablaba, era siempre una especie de casualidad, no total, no huidiza, una casualidad tan natural como que la alberca y los cisnes estuvieran allí. Todo era perfecto y gratuito, le gustaba sentirlo así.

Junto a la alberca desdoblaban pequeños papeles manuscritos en que habían copiado alguna frase para repasarla a solas, o leían poemas de un libro que traían consigo por un extraño azar. Les complacía encontrarse así, sin esfuerzo aparente, y compartir sus riquezas quitando importancia al acto de dar. Hablaban con voz queda, pensando las palabras, cuidando las inflexiones, o se dejaban estar tranquilamente en el silencio, escuchando el mundo milagroso que los rodeaba. Luego andaban errantes, perdidos en el laberinto de frutales.

Podían caminar durante horas tocando apenas los límites del mundo exterior, porque las huertas bordean el río, engloban la Casa Hacienda, circundan totalmente el pueblo y llegan a la puerta misma de la fábrica de azúcar y la alcoholería. El pueblo y el ingenio están en realidad separados por una gran extensión de árboles, y para ir de uno a otro hay que atravesarla por el Callejón Viejo; allí han hendido las huertas y las contienen con una espesa muralla de bambúes enormes, gruesos y flexibles que cruzan sus ramas vivas muchos metros por encima de las cabezas de las personas. El Callejón Viejo es un túnel verde, fresco y cambiante, lleno de extraños ecos, y ellos se sentían atraídos hacia él, pero en esos paseos de la siesta lo evitaban, preferían la plenitud en que la huerta los ceñía. Era fácil vagabundear por las huertas, abandonarse a ellas sin pensar nunca en que habían sido trabajosamente creadas. Pero cumplían un destino más amplio, un anhelo antiguo, al tomarlas y vivirlas libremente, como el mar, creyendo que eran totalmente naturaleza.

Manuel sentía que nunca antes había dialogado con nadie, más bien, que las palabras era la primera vez que le servían realmente, y cuando estaba solo, todo el tiempo hacía y deshacía frases, discursos, como si tuviera a Olga delante. Generalmente los olvidaba, pero quedaba convencido de que, aunque no se los hubiera dicho, ella los había escuchado. Se interesaron por la política, la historia, por la literatura; parecía que cuando más ocupados estaban consigo mismos mayor necesidad tuvieran de hurgar en todo.

Esa camaradería nueva los fue tranquilizando, hizo sus relaciones tan aparentemente plenas y naturales, tan poco necesitadas de porvenir, que el primer beso fue una sorpresa para ambos. De eso hacía apenas unos meses, y sucedió justamente a raíz de la visita de Flavio Izábal.

Los dos habían estado ayudando a preparar la fiesta de recibimiento, él fue a casa de Olga después de comer, temprano, pero pronto se dio cuenta de que ella estaba «festiva» y eso lo puso de mal humor. Entonces se sentó en cuclillas, con la espalda apoyada contra la pared del corredor y ya no hizo nada. En cambio ella iba y venía, secreteándose con sus amigas y riendo fuerte. Sintió que lo excluía y que se burlaba al verlo así, abandonado por ella en la orilla de su actividad vacía. Parecía que le produjera placer pasar cerca de él jugueteando tontamente, sin volverse ni dirigirle la palabra, como si no se diera cuenta de que estaba allí, como si lo que existía entre ellos no existiera. Pero él estaba, y la odiaba. Terco e impotente, consumiéndose en el rencor, quería obligarla con su presencia a ser ella misma, a no dejarse dominar por la tentación de ser una chiquilla vulgar. Ella no pertenecía a sus amigas, pertenecía al mundo que entre los dos habían creado, aunque ahora quisiera negarlo, renegar.

Olga siguió así hasta que el dolor y el desprecio se hicieron insoportables para Manuel. Olga ganaba, si quería ser una niña estúpida, que lo fuera, pero sola. Se levantó con decisión y sin buscarla ni despedirse se fue.

Al salir al sol cerró los ojos. Estaba mucho más solo y abandonado bajo la claridad. Tenía el cuerpo pesado y la garganta agarrotada. Apretó los puños y golpeó la pared con las dos manos, pero los nudillos le dolieron y sintió ganas de llorar. Eso, además. Escupió y siguió adelante abriendo y cerrando los ojos exageradamente como si acabara de despertar. Dobló por la calle de los almacenes de azúcar. Estaba desierta, y el aspecto monótono y desnudo de las paredes de ladrillo le gustó. «Desnudas paredes de ladrillo». Se podía decir y no pensar en otra cosa. «Desnudas paredes de ladrillo». Sintió pasos rápidos detrás de él, y ya muy cerca una voz: «Manuel». La cólera volvió a subirle a la garganta. «Déjame en paz», y aceleró el paso. Pero las pisadas menudas lo seguían, estaban a su lado. Entonces no pudo ya contenerse y se paró en seco, con los ojos enrojecidos evitando mirarla, el cuerpo tenso, y gritó: «Lárgate con tus amigas». Pero cuando oyó sus palabras, dichas por su propia voz, se quedó sorprendido, sin ira ninguna, perdido en un despertar brusco. Entonces se volvió. Olga estaba allí con la cabeza echada hacia atrás y los labios fuertemente cerrados, apoyada contra la pared de ladrillos rojos. Los cabellos negros alrededor del rostro blanco, ovalado y severo, los ojos sombríos de párpados tan delgados mirándolo con una rabia helada, con un despego casi impersonal. Fueron aquellos labios los que sintió el impulso irrefrenable de besar. Había olvidado que la ofendió, no sentía enternecimiento alguno, no, únicamente la necesidad de besarla ahora, así como era ahora. La besó con dureza, sin esperanza, dispuesto a hundirse en ese beso sin recibir nada a cambio, lanzado, ciego. Pero los labios de ella fueron cediendo, cobrando vida lentamente, hasta transmitirle un fluir impaciente y cálido, una ternura vibrante que encontró por vez primera, que había conquistado. Cuando se separaron Olga lo miró a los ojos y sonrió. Él se sintió libre. Hubiera podido gritar de felicidad.

Más tarde vieron bajar del tren que hacía el servicio local a Flavio, pequeñito, con sus lentes de armazón de oro, empacado en su traje de lino y su título de médico. Llevaba una camisa a rayas de cuello muy alto, y corbata lisa, como un hombre mayor. Pobre, tendría veinticuatro años, apenas cuatro o cinco más que él. Hacía tanto tiempo que se había ido a la capital que parecía completamente un forastero. Todos lo recibieron con alegría, y ellos también, aunque en verdad lo mismo les hubiera dado que no hubiera venido.

Procuraban estar juntos, pero se miraban poco. Después de la caída del sol la tarde era un estero donde las criaturas iban y venían con movimientos tardos, donde las voces resonaban lejos, y aun Flavio y los que lo recibían parecían un poco irreales. De la alcoholería llegó una bocanada de olor pesado, dulzón, que los envolvió: sólo ellos existían. Con disimulo se acercó un poco más a Olga y le apretó una mano. Ella sonrió sin voltear hacia él. Su piel blanca relucía.

La banda comenzó a tocar al tiempo que Flavio a repartir abrazos, saludos: «Madrina…» y cada vez empezaba por ladear ligeramente la cabeza con el aire exacto de recibir a un paciente en la puerta del consultorio. Ahora les tocaba a ellos la ceremonia del saludo.

—Olguita, te has convertido en una hermosa mujer.

Entonces Olga, muy seria, manteniendo el tronco y la cabeza muy erguidos, flexionó las rodillas e hizo delante de Flavio una reverencia inglesa, de esas que la institutriz enseñaba a las niñas de la Casa Hacienda. Flavio no supo hacer otra cosa que sonreír tontamente, pero Olga no sonrió. Durante un instante quedó inmóvil, cerca del suelo, con los brazos combados alejados del cuerpo y la cara tendida hacia Flavio. Manuel sintió un dolor inexplicable cuando vio el cuello largo y frágil de Olga curvarse en la garganta, como el de un pájaro; una curva hermosa, rotunda, que estaba allí independiente de los ojos oscuros y el rostro sin expresión. Flavio retrocedió un poco, y Olga, sin inmutarse, volvió con lentitud a ponerse totalmente de pie. Manuel no se atrevió a tocarla, únicamente la siguió cuando ella caminó hacia la sombra de los árboles, separándose de los otros.

—¿Por qué hiciste eso?

—No sé, era una broma… pero de pronto… Flavio… no sé.

La vio turbada, casi con miedo, y lo único que pudo hacer fue abrazarla y apretarle mucho la cabeza contra su pecho, como si pudiera darle amparo.

Aquella noche había estado esperando cerca de la casa de Olga a que fuera la hora de la fiesta. Esperando sin impaciencia, apoyado en una tapia, mirando los árboles y sintiendo el latido de las huertas cercanas.

Siempre cruje un paso único sobre las hojas secas, cae una fruta, chilla un pájaro extraño; pero por encima de eso está el silencio. Y esa noche él pudo sentirlo. Central silencio que no alcanza a remover el viento, respiración vegetal, quietud viva, secreto transparente por el que se filtran las tormentas y los retumbos del mar. Ese silencio mismo que se siente extenderse más allá de las llamas y el humo cuando queman los cañaverales; absorto domeñador de ruidos que contiene a la paz y a la impaciencia, espíritu terrestre aposentado en la noche de las huertas. Arriba el cielo alto, limpio e inmóvil.

Cuando en medio del bullicio y la música Olga vino directamente hacia él, con su paso ágil y firme, y lo miró un instante antes de sonreír, estuvo seguro de que en el fondo de aquella mirada había el mismo misterio poderoso que él deletreaba dificultosamente junto al mar y al silencio de las huertas. Contra lo que hubiera creído, eso no lo acercaba a ella, únicamente lo atrapaba. Pero era sólo una mirada de las muchísimas, cambiantes y contradictorias, que él iba descubriendo de nuevo en ella. De nuevo aquella noche. Sí, la risa, la sorpresa, el efecto, la burla, estaban allí, eran reconocibles, pero estaban atemperados, había primero el brillo oscuro tan visible y tan desentrañable de los ojos que él había creído conocer. Era difícil, contemplándola ahora, pensar que fuera la misma de los preparativos de la tarde, aunque sí la misma del beso. En unas horas el amor reconocido se había acendrado en ella. Tenía diecisiete años y era una mujer. Frente a ella Manuel se sintió un chiquillo.

Pero eso era el pasado, demasiado infantil y ñoño para ayudar a enfrentar esta realidad; más bien era un impedimento. Muy pronto sus padres se levantarían un poco más excitados que de costumbre, y se prepararían para asistir a la boda. La boda de Olga y Flavio. También ellos convencidos de que la imposición familiar era criticable pero debía aceptarse como un hecho; seguros de que aunque le causara dolor, terminaría por comprender que lo que había entre Olga y él era una niñería sin importancia.

Empezaba a amanecer. La luz gris y el ladrido de los perros, el chiflido de los vaqueros, el plaf plaf del paso corto de un caballo que sonaba como lluvia gruesa sobre el polvo de la calle, el zapote de la acera de enfrente que emergía de la oscuridad y parecía caminar hacia la luz plomiza. Muy pronto saldría el sol. Se levantó de un salto y cerró las contraventanas. No soportaba la luz, tenía que seguir a oscuras. Los pies descalzos sobre el pavimento frío le parecieron ridículos. Volvió a tenderse en la cama, disgustado, incómodo.

Hizo intentos para volver a recordar a Olga la noche de la llegada de Flavio, pero un malestar casi físico se lo impedía. Él bailaba con Olga, ella llevaba un vestido color de rosa… y de pronto vio lo que no había visto: en un rincón estaba la mirada miope tras los cristales gruesos, la mirada deslumbrada, rendida, que ella desdeñaba con cada movimiento, pero que la seguía, la sostenía, ante la cual no podía dejar caer su majestuoso orgullo, su belleza.

En toda la noche no lo había recordado, pero estaba siempre allí esa parte en sombra que no les pertenecía y que sin embargo entraba en su historia, esos ojos fijos que la transformaban aunque ella no se diera cuenta. Sí, en la transformación de Olga no había estado su amor solamente, estaba también Flavio.

Luego, rápidamente, recordó las cartas, los libros, las flores llegadas en una caja con hielo, y el rechazo de ella.

—Toma, Manuel, quiero que leas las cartas, todas.

La voz cálida y el movimiento sereno con que las tenía eran los de la mujer totalmente segura del amor que recibe sin reconocer ninguna deuda.

Hasta entonces Manuel no había podido imaginarse cómo Flavio se empeñaba en casarse con una muchacha que decía y gritaba que no lo quería, pero ahora lo adivinaba, lo presentía, y ese acercamiento involuntario le causó repugnancia.

Pensó en Olga, seguramente también desvelada, lejana, sin amparo.

—Esto es una venta. No pueden venderme así —le había dicho aquel día que lloró—. Dicen que ellos saben lo que más me conviene, pero no quieren entender que no se trata de lo que me conviene, que se trata de mí.

Manuel le quitó las manos de la cara.

—Vámonos. Si nos vamos juntos no podrán casarte con él.

Ella dejó de llorar.

—Tienes veinte años.

—¿Y eso qué? Trabajaré, veré cómo.

—Estábamos tan bien… ¿por qué nos obligan?… Dentro de unos años sería natural, pero ahora… no sé… podríamos fracasar, y entonces Flavio también me estaría esperando. Estoy segura.

—¿No quieres irte conmigo?

—Sí.

Se besaron. La proximidad de una vida en común hizo más carnales esos besos, pero las lágrimas de Olga mojaban sus bocas, y entonces nació en él la confusión. La apretó contra sí, la estrujó para convencerse de que era suya, de que le pertenecía, y ella se plegó dulcemente a su furia desesperada. Pero el llanto continuó corriendo, sin sollozos, socavando la fuerza de él.

Con la cabeza escondida en su pecho ella volvió a repetir:

—Mañana a las ocho de la noche, en el puente del canal dos —y apretando el brazo tembloroso—: Estaré, mi amor, estaré.

No la dejaron. Supo que no la dejaban dormir sola, ni hablar con sus amigas si no era delante de la madre. No había podido materialmente asistir a la cita, pero ¿y las lágrimas? Las había llorado cuando estaba con él, cuando aún no sabía que la fuga era imposible.

Escuchaba las voces, los ruidos, pero dentro de él no había más que silencio. No podía seguir recordando.
Hacía rato que habían dado la segunda llamada para la misa. Su madre se asomó otra vez al cuarto y él fingió dormir. Oyó que cerraba con delicadeza la puerta y murmuraba algo, seguramente a su padre; luego taconeos que salieron por la puerta de la calle y después el silencio.

Olga se casa dentro de unos momentos. Se puso de pie en un salto, se vistió en unos minutos, sin atarse los cordones de los zapatos, y salió corriendo. Frente a la casa de Olga había un pequeño grupo. Dejó de correr y se acercó con las manos en los bolsillos. Los otros hablaban y algunos lo miraron a hurtadillas, pero él no se daba cuenta de nada, únicamente veía el marco vacío de la puerta. Clara, la Queta y otras personas salieron por ahí sin que él las reconociera. Entrecerró los párpados cuando a la luz del sol brilló la blancura hiriente que llenó el espacio vacío. Un instante después, sin buscarlo, certeros como si siempre hubieran estado allí, los ojos de Olga estaban fijos en los suyos. Negros y sin amor, sin llanto, firmes como los de un condenado que no se arrepiente, sin piedad de sí misma ni de él, los ojos de Olga lo obligaron a enderezarse. La mirada que asomó la mañana que estrenó el traje de baño azul, la tarde del beso, la noche de la fiesta, la que solamente él podía recibir aunque no la comprendiera, estaba completa, desnuda al fin en aquellos ojos que miraban sin misericordia, por encima de la vergüenza, vivos y abrasadores más allá de la renuncia. Manuel pensó en la muerte, e hizo en su corazón un juramento solemne sin saber qué juraba, algo que ella le pedía sin palabras.

Don Eduardo tomó a Olga del brazo y la arrancó del umbral. Ella lo siguió sin resistencia, y al pasar cerca de Manuel alzó un poco la mano, como si fuera a tocarlo, pero volvió a bajarla, y siguió de largo.

Los curiosos se retiraron. Únicamente Manuel quedó plantado en medio de la calle, bañado por la polvareda que levantaron los autos al arrancar. ¿Cómo era posible que ella se hubiera ido si estaba agarrada a él con esa mirada que no terminaba nunca? Miró el polvo sedoso bajar lento y posarse suavemente sobre sí mismo en capas esponjosas, delicado. El polvo tan molesto a los forasteros. Flavio. Se dio unos manotazos en el pelo, en la ropa y emprendió una carrera desaforada hacia la iglesia. Jadeaba antes de haber corrido cuatro cuadras, con los pies hundidos en el polvo hasta los tobillos, pero aunque lo pensó, no subió a la banqueta, sobre todo cuando se dio cuenta de que la gente se volvía a mirarlo. No sabía por qué, pero tenía que pasar así, corriendo y sudando grotescamente, por el medio de la calle. Divisó el edificio de ladrillos rojos y el campanario, y siguió corriendo. Más cerca notó que dentro no se escuchaba música: la ceremonia no había comenzado. Dio vuelta y vio que en la puerta mayor estaban organizando el cortejo. Subió al atrio y se abrió paso. Olga estaba derecha, con la cabeza levantada y los ojos fijos en el interior del templo; el traje de novia ceñido al cuerpo como una piel fingida, brillante, parecía hecho expresamente para turbarla poniéndola en evidencia, pero ella estaba olvidada también de su cuerpo. Flavio, a su lado, musitaba palabras temblorosas que caían sin rozarla; se encendió, dijo algo con más vehemencia y puso su mano sobre el brazo de ella; entonces Olga, sin volverse y sin prisa, dio un paso adelante, quizá por casualidad, y la mano cayó inerte. Olga avanzó y entró en la iglesia sin que nadie se lo indicara. Los otros siguieron apresurados, y dentro sonaron unos acordes solemnes.

No tenía a qué entrar. Se dio vuelta y caminó sin rumbo. Las huertas, el río, lugares familiares, vagamente reconocibles. Las hojas se rozaban en el viento, el río estaba adormecido. Recogió unas piedrecillas y las tiró al agua: plum, y los círculos concéntricos fueron creciendo y se desvanecieron. Volvió a caminar. Sobre su cabeza la alharaca de los pericos. Se tiró de espaldas a mirar el cielo, cerca de un canal. El rumor del agua, el zumbido de un moscardón, el viento en las ramas más altas de los mangos: nada. No había aire que respirar. Tampoco había un lugar a donde ir. Se quedó tendido, hueco.

Volvió muy de noche a la casa. Su madre estaba en la ventana, despeinada, el padre daba vueltas por la sala como cuando estaba enojado, pero él entró y nadie le dijo nada. Fue a su cuarto y se dejó caer en la cama. No encendió la luz, no supo si había pasado la noche, si durmió o no. El día y la noche, el sueño y la vigilia eran igualmente irreales para él.

Se levantaba y comía para no preocupar a su madre, y cuando se acordaba se bañaba. Después volvía a la cama. Ni siquiera sabía fumar. Su madre le llevó un radio y lo encendía a veces, pero no reconocía las voces ni las canciones, y aunque de pronto sentía un dolor agudo en el pecho, no hubiera podido asegurar que era por la música o alguna pieza en especial, porque ese dolor lo hería frecuentemente sin motivo alguno, y siempre que lograba dormir profundamente lo despertaba. No tenía recuerdos ni esperanzas. Se sorprendía de encontrarse en ese cuarto, mano sobre mano, sin objeto.

—Manuel está estudiando para los exámenes de admisión, por eso no sale. Hemos decidido que vaya a Guadalajara —decía su madre con demasiado aplomo en el recibidor del portal, y él lo oía como si hablasen de otro.

Pero una tarde escuchó distintamente el nombre de Olga pronunciado en una conversación bisbiseante. Se levantó de la cama y descalzo se acercó a la puerta para escuchar.

—Es cierto. Flavio está en la casita desde hace seis días, y Olga sola… es un escándalo… dicen que ella no quiere que la toque… ya me entiendes, y él se fue con esas mujeres. Lo sé porque Luciano vino muy triste y me lo contó… Y ella tan linda… Ya decíamos… él es un bruto, y…

El sol oblicuo de la tarde entraba por la ventana. Las dos mujeres al otro lado de la puerta hablaban en la penumbra movediza del rincón donde los arcos están cubiertos de enredadera; sus voces se agudizaban y bajaban de tono con ritmo excitado. El sol blanquizco y salobre del invierno. Hacía mucho que no lo veía. Recordó las tardes de Navidad en que sacaban los juguetes a la banqueta y pasaban las horas fingiendo que el juego les impedía sentir esa irritante sensación de escalofrío que produce el viento helado bajo un sol que no calienta. Aunque no durara más que unos días, un mes, se enfurecía siempre contra el sol debilitado. Ahora se enfureció también, sintió un gran odio en el pecho, y luego, sin saber por qué, soltó una carcajada. Estaba contento, le encantaba sentir desprecio, rabia o lo que fuera. Encendió el radio y se fue a bañar; se vistió y peinó frente al espejo, luego salió por la puerta de las trojes, sin que nadie lo viera.

Parecía una tarde de enero cualquiera. Saludaba a los conocidos al pasar e iba por las aceras, con las manos en los bolsillos, caminando ágilmente y un poco de lado, como cualquier muchacho. Por costumbre silbó también un rato una de esas canciones para caminar ligero y contento. Ante él se abrió el espacio vacío que rodea la capilla, lleno de luz clara, y un poco más allá vio la embocadura del Callejón Viejo, ese camino de bambúes altos que no dejan pasar los rayos del sol. (—»Es la nave gótica más hermosa que existe». —»¿Y cuándo has visto tú una nave gótica?» había dicho riendo don Eduardo. Ellos se encogieron de hombros y no hicieron caso). Visto así, desde la plaza soleada, con su luz interior difusa y azulosa se veía muy claro que dentro de él se encerraba otra hora, el tiempo era diferente. Eso lo impresionó y lo hizo aminorar el paso y perder su aire despreocupado. De niño había sentido aquel temor antes de atravesar el medio kilómetro umbroso con sus chalets empotrados en las huertas, escondidos tras los bambúes. Los chalets que ocupaban los contadores, los químicos, los forasteros de alguna importancia que venían a trabajar al ingenio. En una de esas casas con rosales al frente y los frutales montados sobre las espaldas, vivía ahora Olga, encerrada inexplicablemente entre las huertas y los bambúes. ¿A qué iba él allí?… Cuando uno anda media avenida, se encuentra con la tumba del Ánima Sola, silenciosa y parpadeante, haciendo guiños macabros con sus veladoras y velitas. Nadie sabía quién era el que había recibido muerte violenta en aquel lugar, nadie recordaba cuándo, ni por qué era objeto de aquel culto misterioso. Él nunca había visto a ninguno detenerse a rezar o a poner las ceras, y sin embargo siempre había lo menos treinta lucecillas encendidas sobre el pequeño túmulo. Bueno, pero ya no era niño… Chalet, casa de forastero, sin corrales ni trojes, para gente de paso… ¿Pensaría Flavio llevarse a Olga? No, eso no.

—¿Hay caimitos?

—Ya sabes que en este tiempo no hay nada.

—Era por decir algo. Nos vemos.

Y así había pasado junto a Poncho el guardián, por la tranquera que había al entrar al Callejón, y no necesitaba más que seguir caminando por dentro de la huerta unos metros más para encontrar el primero de los chalets. Podría entrar a casa de Olga por la puerta de atrás… Le temblaron las piernas y sintió frío, un frío húmedo que lo calaba y lo estremecía: ¿Cuándo había pensado en entrar por la tronquera de la huerta? Él iba distraído, sin ninguna intención de… ¿de qué?, ¿a qué iba a casa de Olga? Cerró los ojos porque sintió vértigo. ¿Quién urdió entrar por la puerta de atrás?… Estaba seguro de que alguien caminaba a sus espaldas, no, eso era ahora diferente, estaba seguro de que dentro de él mismo había otro. ¿A qué iba a casa de Olga?

Tambaleante se internó más en la huerta y pasó lejos de los dos primeros chalets. En la huerta era casi de noche y todo estaba extrañamente inmóvil. Ni el viento ni la tierra, nadie estaba presente. Solos él y el otro dentro de él, que iban ciegamente buscando a Olga sin saber para qué, escondiéndose, a tientas.

Estaba a muchos metros, del otro lado del Callejón, y no podía verla desde donde estaba, pero supo cuándo pasó a la altura del Ánima Sola. Se abrazó a un árbol, con la boca abierta, y, sin saber por qué, quiso articular una plegaria. ¿Qué pedía? No podía entenderse, sólo un sonido gutural entrecortado salía de su garganta, como el estertor de un animal degollado. Se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Se miró las manos y no las reconoció; se contraían de una manera ajena; quiso arrojarlas lejos, pero las tenía pegadas al cuerpo. No era él. Gritó con todas sus fuerzas, pero como fue un alarido animal nadie quiso prestarle atención.

Con la cara pegajosa contra el suelo articuló claramente: «Soy un asesino». No quería matar a Flavio, a Olga, a nadie, pero sabía que podía, que tal vez era ésa su intención hacía un rato. Con ese gran peso encima se sintió tranquilo. Volvía a la realidad transformado pero uno: él y el otro eran el mismo. Él, ese que astutamente había entrado por atrás, y había simulado inocencia, algo, ante el guardián, ese que rehuía entre los troncos la mirada de los otros, era el mismo que sentía miedo, él, Manuel.

Se sentó. Era de noche cerrada. Lentamente se fue sacudiendo las hojas y la tierra que había pegadas en su cara y su ropa. Estaba aterido de frío, pero ya no tenía miedo. Puso el rostro contra las rodillas y se abrazó las piernas: quería llorar. Pero no pudo, no sentía ternura, ni piedad, nada que no fuera el alma seca, angustiada y seca.

Y sin embargo debía levantarse. Tenía algo que hacer. Debía ir a casa de Olga. De todos modos irían él y el otro, juntos, sometidos, a saber por qué habían luchado. Se puso de pie y se pasó la mano por los cabellos.

Caminaba sin prisa, atento, esperando algo, una señal. Pero en torno suyo no había más que oscuridad y silencio.

Llegó detrás de la casa de Olga y la fue rodeando. No hizo ningún intento de entrar por la puerta de la cocina. En el porche había luz. Se encontró en el jardín del frente, al descubierto, entre los rosales y la valla de bambú.

En el porche estaba Olga sentada, con las manos en el regazo y el pelo cuidadosamente peinado en dos trenzas que le rodeaban la cabeza. No estaba humillada, seguía siendo ella misma; tampoco parecía sufrir, únicamente estaba, esperaba. Manuel dio unos pasos sobre la grava y Olga se volvió y lo miró de frente, sin sorpresa ninguna. Sus ojos eran los mismos que el día de la boda. La hermosura de su rostro y de su cuerpo era oscura y luminosa al mismo tiempo. Él o Flavio podían asesinarla, pero no reducirla, no violarla.
Ahora estaba claro que él no era un asesino sino un simple ladrón que había querido hacer lo mismo que Flavio: conseguirla entrando por una puerta trasera. Tendrían que buscar otro camino.

Quiso acercarse un poco más, hablarle, pero ella lo detuvo con un gesto. Sus ojos negros se llenaron de ternura y le sonrió un poco. Después se levantó y entró en la casa. Cuando sonrió se parecía a la muchacha que montaba con él a caballo, pero aquello había sido una despedida, un leve recuerdo, y, además, él se aliviaba con esa sonrisa, pero lo que amaba era la mirada.

Ante la cortina hecha con hileras de pequeños caracoles, vaciló un poco. Le chocó el ruido, las carcajadas brutales que venían de dentro. Porque no era la primera vez que entraba a la casita, esta noche le era especialmente repugnante ir. Pero entró.

No tuvo que buscar mucho. En una mesa del centro estaba Flavio en mangas de camisa, sucio, con una sonrisa estúpida en la cara.

—Pichoncito —le decía una chiquilla esmirriada que le tenía pasado un brazo sobre los hombros—, yo te puedo dar un certificado de que si tu mujer no te quiere no es porque no puedas.

Los parroquianos se rieron, menos Flavio, que seguía igual, con su aire cretino en medio de las burlas; sin embargo, se notaba que no estaba borracho. Todos esperaban el próximo chiste que se haría sobre él y su situación, porque aquel espectáculo debía de durar desde hacía mucho y Flavio parecía resignado a que continuara siempre.

El que se rebajaba así y encima permitía que lo escupieran se lo merecía todo. Ése no tenía nada que ver con Olga, era un imbécil en un prostíbulo, nada más. Se había engañado al pensar que era igual que él, la parte más desesperada de él. No, era Flavio Izábal, un cobarde. Sintió asco y salió casi corriendo de allí.

El aire helado y transparente le dolió en la garganta antes de respirarlo. A su alrededor las casitas bajas con patios pequeños estaban oscuras. El Barrio Nuevo le era casi desconocido, quedaba muy lejos de las huertas, del ingenio, de la iglesia. Sin árboles parecía más miserable y desnudo. Pertenecía totalmente a otro pueblo, a otro mundo.

Estaba muy cansado y se sentía mal. A pesar de eso continuó yendo en sentido contrario al camino de su casa. Dejó atrás las casuchas y se encontró en una explanada dura y yerma en lo alto de una colina. Desde allí divisó el centelleo del agua y los álamos tristes al borde de un río lejano. Le costó reconocerlo, desnudo, sin proximidad, sin ruido, en una curva que no conocía o que tenía un dibujo muy diferente vista de cerca. «El San Lorenzo», dijo en voz alta, nombrado por su nombre al que antes era sencillamente el río, su río; también él se había alejado esta noche. Un silencio total imponía su ley dura. Estaba solo, abandonado entre la tierra y el cielo, que callaban. Pensó en la noche de las huertas y en el beso de Olga, perdidos también, pero inexplicablemente ligados a este momento. Sintió la soledad de Flavio, su debilidad tan parecida a la inocencia. Y otra vez esa noche lo doble, lo múltiple, lo ambiguo, volvió a herirlo.

Se quedó mucho tiempo parado en ese lugar, luchando, confuso sin saber con quién, ni por qué.

Estaba agotado, ya sin pensamientos, cuando le pareció que el San Lorenzo en la lejanía era una vaga promesa, apenas un destello. Regresó sobre sus pasos sin volver la cabeza y en su cuerpo sintió repetido el gesto de Olga al entrar en su casa.

En el burdel fue derecho hacia Flavio, empujó una silla y se sentó en la misma mesa, frente a él. Aquella figura lastimosa lo hizo vacilar de nuevo, pero Flavio se le había encarado y lo sujetaba por la manga. No, sus ojos no estaban vacíos, en el fondo había la misma quemadura que él llevaba.

—Vete a tu casa. Yo me quedaré aquí.

Flavio se enderezó, y de pie se puso el saco despacio. También salió sin volverse.

(De: Cuentos Completos)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *