Oligarquía y cinismo

Por Juan Carlos Tealdi

Carlos Alonso, ‘Carne de primera N°1’, 1972 (detalle).

El nuevo Orden oligárquico

El saber popular ha definido al de Cambiemos como “un gobierno de ricos para ricos”. Así es como ya definía Aristóteles a la oligarquía (gobierno de pocos) en su Política: “La oligarquía es una desviación de la aristocracia (…) que tiene en cuenta tan sólo el interés particular de los ricos”. Y es que los ricos siempre han sido pocos, y cada día son menos. Tanto en la oligarquía, como en la tiranía que sólo tiene por fin el interés personal del monarca, o en la demagogia que sólo se ocupa del interés de los pobres, sigue diciendo el filósofo: “Ninguno de estos gobiernos piensa en el interés general”.

La Argentina ya fue gobernada por una oligarquía –la conservadora— entre 1880 y 1910. Eran los notables, la minoría privilegiada de una república restrictiva que restringía la participación política amplia de la población. Fue el momento de la transacción alberdiana entre la oligarquía regularizada de los gobernadores de provincias y la clase gobernante que asumió el poder nacional.

Dice Natalio Botana en El Orden conservador que esa oligarquía representaba a la vez una clase social –los terratenientes que buscaban aumentar sus exportaciones agrícolas, ganaderas, y mineras, y tenían capacidad de control económico—, un grupo político –representativo en sus orígenes pero corrompido en el tiempo—, y una clase gobernante – “con espíritu de cuerpo y con conciencia de pertenecer a un estrato político superior, integrada por un tipo específico de hombre político: el notable”.

Digamos hoy, para la oligarquía de un nuevo Orden: el campo, la minería y el poder financiero como primeros beneficiados, el Pro-Cambiemos como grupo político, y “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” integrado con CEOs notablemente destacados que jugaban en la Champions League y lo dejaron todo para gobernar (así dijo Marcos Peña de Caputo). Hoy la oligarquía conservadora ha mutado en oligarquía neoliberal.


Oligarquía neoliberal

Todo se usa: lo bueno es lo útil

Hay similitudes entre ambas oligarquías, pero también hay muchas diferencias. A diferencia del orden conservador que creyó en la educación pública como instrumento para el progreso, el orden neoliberal de Cambiemos, por el contrario, se ha dirigido a desarmar todo elemento de sostén de aquella tanto en el nivel primario, secundario o universitario. La persecución a los maestros, el ajuste y reducción de presupuestos, y el desprecio y estigmatización de las nuevas universidades en municipios de alta densidad poblacional en situación de pobreza, han sido tan sólo algunos signos de esa política.

El control institucional que la oligarquía conservadora impuso a través de los intereses sectoriales de los gobernadores en el Senado, la manipulación y el fraude electoral, y un gabinete de ministros representantes de la élite terrateniente; se ha vuelto en el orden neoliberal un control basado en la construcción de sentido por los medios de comunicación, la persecución política de la oposición mediante la manipulación de la Justicia, y las acciones de inteligencia sobre el conjunto de la ciudadanía y en particular sobre todo crítico destacado con información veraz y relevante de las políticas de gobierno.

Esas diferencias no han desviado al gobierno actual del persistir en los intentos de manipulación electoral abriendo sospechas de fraude, lo que llevó a la reciente denuncia del Partido Justicialista por poner en riesgo la transparencia electoral con diez intentos de modificación de las reglas establecidas. Si la ley electoral de 1912 promovida por Roque Sáenz Peña llevó a la reforma política de la oligarquía conservadora para abrir paso a una mayor democratización, los intentos de la oligarquía neoliberal de Cambiemos no hacen sino intentar un retroceso en el orden civil, social y político de la Argentina.

 


Ley Sáenz Peña, 1912.

Autoridad, transgresión y cambio

Si la clase gobernante de 1880 organizó unas relaciones de autoridad y obediencia por inclusión de las oligarquías provinciales en un sistema presidencial que pasó a concentrar el poder militar; en el orden neoliberal que siguió al terrorismo de Estado, las Fuerzas Armadas y de seguridad pasaron a ser no sólo el instrumento represivo de sostén del régimen por vía de la instauración del miedo en la población, sino también, y sobre todo, un núcleo duro de sostén por vía del voto de esas fuerzas, sus familiares y allegados. Ante la campaña electoral en curso, el desfile del 9 de julio no ha sido más que un movimiento dirigido a sostener el porcentaje de voto útil de quienes desde el negacionismo o la minimización de los atentados militares a la democracia, como el de Aldo Rico sostenido por el ministro Aguad, reclaman “mano dura” y “tolerancia cero”.

El orden neoliberal de Cambiemos salió a buscar capitales, como lo hizo su antecesor, pero no lo hizo para transformar en comunicaciones y transporte esa búsqueda, sino que pasó del Estado a otras manos la deuda descomunal que pidió prestada. Y no quiso traer inmigrantes –pensando que “gobernar es poblar”— sino que puso todo su esfuerzo en rechazarlos. Así, la tradición y el orden de la oligarquía conservadora se volvió transgresión de toda convención tradicional. Y el cambio, palabra clave de la nueva gesta, si en la oligarquía conservadora tenía un elemento igualitarista con la educación pública para el ascenso social, en el cambio neoliberal todo consiste y se dirige al aumento de las desigualdades.

La desvergüenza

Se ha dicho también que el actual es un gobierno de cínicos. Y la Academia de la Lengua Española registra como primera acepción de cinismo: “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. Otra vez, el saber popular no se ha equivocado en nada. Si hay algo evidente en el actual gobierno es su mentir sistemático y reiterado, esto es, su cinismo. Y esto se refuerza con la segunda acepción: “Impudencia, obscenidad descarada”. Impudencia, que es descaro o desvergüenza, y obscenidad, que es “impúdico, torpe, ofensivo al pudor”. Todo esto es, sin dudas, el gobierno de Cambiemos.

Macri, en su pragmatismo, y con el visible magisterio de Jaime Durán Barba, acude a todo valor o virtud, toda idea o concepción, toda tradición o norma, para usarlas en un “como si” pero dando a lo que dice un sentido contrario con su hacer, mintiendo en modo desvergonzado para practicar y defender políticas vituperables.

Donde dijo “pobreza cero”, multiplicó los pobres e indigentes (es razonable pensar que siempre supo que el plan que iba a aplicar llevaría a ese aumento). Donde dijo “unir a los argentinos”, sabía que iba a iniciar la campaña de persecución más feroz contra el gobierno anterior, y ahora, en campaña electoral, ataca a los sindicatos y a los candidatos opositores. Donde dijo “lucha contra el narcotráfico”, en lugar de luchar contra el tráfico “adormecedor” (etimología de narcótico), se dedicó a luchar contra el tráfico de todo “despertar” de las conciencias. La lista de hacer lo contrario de lo que dice es desbordante.

 


Jules Bastien-Lepage, ‘Diógenes el cínico’, 1873.

Un cinismo cínico

Pero en su tercera acepción, cinismo se define desde el campo de la filosofía, como “Doctrina de los cínicos, que expresa desprecio hacia las convenciones sociales y las normas y valores morales”. Es interesante detenerse en profundizar las similitudes y diferencias que se observan entre el uso habitual del término y las características que tenía aquella antigua doctrina del cinismo, profesada por Antístenes y Diógenes, especialmente en sus relaciones con esa forma política que es la oligarquía. Porque el uso actual del término, y muy especialmente el cinismo de Cambiemos, guarda pocas similitudes y marca muchas diferencias con aquella doctrina.

Los cínicos cultivaron una forma de vida más que un sistema filosófico. Buscaban liberarse de las necesidades bastándose a sí mismos para vivir pobres en estado de naturaleza. Y para eso se desprendían de toda propiedad. El cinismo del gobierno predica una política que obliga a grandes masas de población a practicar esa forma de vivir en la pobreza del estado de naturaleza, necesitados, con hambre, y expuestos al frío hasta la muerte.

Los cínicos se rebelaban contra toda convención o norma, eran transgresores seriales que transmutaban todos los valores repudiando las leyes. En esto el gobierno coincide con la antigua doctrina. Es lo que se recoge como una característica común de la escuela antigua y el uso actual del término. La transgresión es la regla y la desvergüenza la mayor “virtud” del gobierno.

La avivada

Macri acaba de pedir a los argentinos terminar con «el enano incumplidor que tuvimos durante décadas, esa partecita nuestra que cree en la avivada de tomar deuda y después no pagar». Y ese hombre que dijo eso es el que falseó todas sus promesas de campaña; el que formó parte del grupo empresario que contrajo deuda con el Estado en su gestión del Correo Argentino y ha utilizado el poder de su función pública para evitar pagarla; el que durante su gestión ha endeudado al país hasta el límite de su capacidad de pago, llevándolo al extremo de que si gana las elecciones otra representación política no tendrá margen para poder pagar su avivada, y si él las gana, ya ha adelantado que en su nueva administración quién pagará la deuda no será sino el pueblo argentino con más ajuste, más pobreza y más miseria.

La oligarquía neoliberal, cien años después de la conservadora, no es más que la degeneración de la primera, la corrupción de sus restos, el dolor sobre los otros del ya no ser. Y tanta visión repudiable de una clase social, un grupo político, y una clase gobernante, sólo puede intentar sostenerse con el cinismo recargado de quienes transgreden toda convención de una vida social en bienestar general.

El Cohete a la Luna

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