Osvaldo Bayer, el anarquista que tomó el cielo por asalto

Por Sergio Marelli

Osvaldo Jorge Bayer nació en Santa Fe, Argentina, el 18 de febrero de 1927. El apellido familiar era Payr, pero sucede que el abuelo alemán comprendió que podría ahorrar buena parte de su tiempo si, en lugar de hundirse en interminables e infructuosas aclaraciones, se decidía a cambiar el apellido. «Bayer, como las aspirinas», dijo en el Registro Civil de la Ciudad de Buenos Aires y los Territorios Nacionales, y con este apellido fue conocido ese nieto, que se hizo historiador para luchar contra la desmemoria, honró el oficio de periodista, escribió ensayos, numerosos guiones cinematográficos, poemas, una novela, tradujo a Franz Kafka, Bertolt Brecht, Karl Jaspers y Thomas Mann, entre otros; y mantuvo una ética solidaria con todas las batallas del ser humano por su dignidad. Ese es el hombre que murió el 24 de diciembre de 2018. Sobre ese hombre diremos algunas cosas.

Los primeros ladrillos de una identidad

En su juventud quería estudiar Filosofía, pero pensó que mejor es conocer primero el cuerpo humano, por eso comenzó estudios de Medicina. Cuando quiso entrar a la Facultad de Filosofía esta había sido entregada por el gobierno peronista a la iglesia católica. «Yo no estaba dispuesto a estudiar solamente a Santo Tomás de Aquino. Entonces me fui a Alemania en 1952, pero allá estudié historia en la Universidad de Hamburgo», dijo en una de las primeras entrevistas que le hice, a mediados de los ochenta. Mientras tanto, de 1952 a 1956, comenzó a ejercer el periodismo, enviaba a la Revista Continente, de Argentina, sus crónicas sobre la desolada Alemania de posguerra, cuando las ciudades eran ruinas. De regreso a su país trabajó en el diario Noticias Gráficas –con Rogelio García Lupo, Pedro Orgambide y Raúl Scalabrini Ortiz, entre otros–, donde cubrió los últimos movimientos anarquistas que aún resistían en el gremialismo argentino, dominado entonces por la ortodoxia peronista. En 1958 se radica en la ciudad patagónica de Esquel y funda el periódico quincenal La Chispa, que se autodenominó «primer periódico independiente de la Patagonia», y llevaba como subtítulo: «Contra el latifundio. Contra el hambre. Contra la injusticia». Solo duró ocho números, pues, a raíz de una denuncia de robo de tierras a la comunidad mapuche por parte de latifundistas, comerciantes y diputados de la zona, se cerró el periódico y Bayer, a punta de pistola, fue expulsado de la provincia. Reinstalado en Buenos Aires, a instancias de García Lupo, ingresó en el diario Clarín, donde trabajó doce años, llegando a ser secretario de redacción. Paralelamente, de 1959 a 1962, fue secretario general del Sindicato de Prensa.

Si bien alimentó la pasión por el periodismo durante toda su vida –desde 1987 hasta su muerte escribió en el diario Página/12–, tuvo una temprana vocación por la investigación histórica, demostrada en obras rigurosas que llegaron a un gran público, y muchas de ellas fueron adaptadas al cine con guiones escritos por él mismo.

La Patagonia rebelde

Como dijera Walter Benjamin, «[l]a huella del narrador queda adherida a la narración, como las del alfarero a la superficie de su vasija de barro», y quizá en ninguna obra estén tan claras las huellas de Osvaldo Bayer como en La Patagonia rebelde. La película se estrenó el 13 de junio de 1974, dirigida por Héctor Olivera, y protagonizada por Héctor Alterio, Luis Brandoni, Pepe Soriano, Federico Luppi y Franklin Caicedo, entre otros. Como curiosidad, digamos que Néstor Kirchner aparece como extra, haciendo de obrero huelguista. La película ganó el premio Oso de Oro del Festival de Berlín.

Está basada en una investigación publicada en cuatro tomos –entre 1972 y 1974–, sobre la huelga de los peones patagónicos de 1921-1922, sangrientamente reprimida al costo de mil quinientos peones fusilados, a los que previamente se les obligó a cavar sus tumbas. No hubo juicios ni actas. Los obreros querían hacer cumplir un convenio firmado meses antes por el propio militar que luego los reprimiría, el coronel Héctor Benigno Varela. Los huelguistas eran trabajadores de la lana. Exigían cien pesos por mes –una suma que apenas cubría las necesidades básicas–, que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, que se les diera un paquete de velas por mes y otros reclamos idénticamente modestos.

La investigación la comenzó en los años sesenta. Era un tema que durante su infancia formaba parte de las conversaciones familiares, ya que sus padres habían vivido en Río Gallegos –Santa Cruz–, muy cerca de la cárcel en la cual fueron encerrados algunos huelguistas. Las versiones divergían. Su padre recordaba ensombrecido los acontecimientos, en tanto la madre relativizaba el dramatismo de lo ocurrido influida por la versión oficial. Osvaldo Bayer partió de esos testimonios, y de unos panfletos y documentos que encontró en su casa familiar, y, desde ahí, comenzó una búsqueda obsesiva, solitaria y riesgosa, que le llevó más de siete años. Era un tema muy poco trabajado, apenas se había escrito un libro, La Patagonia trágica, de 1928, de José María Borrero, inocuo por su falta de rigor; y la novela Los dueños de la tierra, de David Viñas, publicada en 1958, en la que alude a su padre, Ismael Viñas, juez enviado por el gobierno de Hipólito Yrigoyen para interceder durante la primera etapa del conflicto. Los primeros resultados de la investigación fueron publicados en la revista Todo es Historia, dirigida por el historiador y poeta Félix Luna.

El libro y la película le costaron, a Osvaldo Bayer y a su familia, ocho años de exilio. Pero ahí está ese testimonio del crimen más atroz de la historia obrera cometido en Argentina. No hubo un solo juicio o documento histórico que desmintiera esa minuciosa investigación. Jamás creció una flor en las tumbas masivas de los fusilados; solo piedra, mata negra y el eterno viento patagónico. Bayer permitió que el recuerdo de esos hombres siguiera floreciendo contra el tiempo y contra el silencio.

Una lección de ética

Entre las muchas historias entretejidas en ese vasto mural escrito por Bayer, no es un capítulo menor esa lección de ética dada en un burdel, por esas mujeres heroicas cuya rebelión aún espera la película que las celebre.

El 17 de febrero de 1922 había llegado el momento de descanso para los soldados. Tenían cosas para olvidar. Quien más o quien menos recordaba el horror de esas caras al momento de formarse el pelotón de fusilamiento, el silencio pesado sin súplicas ni perdones. Ya había pasado todo y ahora los soldados estaban en el puerto, esperando el barco que los volviera a Buenos Aires. El teniente coronel Varela había aflojado un poco la disciplina, y les permitía ir al prostíbulo a sacarse las ganas acumuladas entre tanto macho. Las cosas se hicieron de manera organizada: previamente se informó a la dueña del prostíbulo la hora en que iba a ir la primera tanda de soldados, para que tuvieran listas a las pupilas. Así se enteró Paulina Rovira, dueña de la casa de tolerancia La Catalana. Cuando la primera tanda de soldados se acercó al prostíbulo, la madama salió presurosa a darle la mala nueva al suboficial: las cinco putas del quilombo se negaban. Los soldados, heridos en su orgullo, trataron de meterse en patota en el lupanar. Pero las cinco pupilas armadas de escobas y palos salieron a enfrentarlos al grito de «¡asesinos!, ¡porquerías!», «con asesinos no nos acostamos».

La palabra «asesinos» dejó helados a los soldados, quienes, aunque amagaron sacar la charrasca, retrocedieron ante la decisión del mujerío, que no cesaba de repartir golpes. El alboroto fue grande. Los soldados perdieron la batalla. Confinados en la vereda de enfrente, escuchaban: «cabrones malparidos» y –según el acta policial–: «también otros insultos obscenos propios de mujerzuelas».

«La picazón en las ingles» –escribe Osvaldo Bayer– «se ha convertido en un amargo sabor en la boca. Ya no tienen ganas de nada sino de emborracharse, de pura rabia». Pero el orden tiene que ser restablecido, interviene la policía y las cinco rameras son llevadas por dos agentes entre las sonrisas burlonas de los hombres y el desprecio de las mujeres honestas.

Gracias a una paciente investigación, Osvaldo Bayer pudo conocer la identidad de esas cinco mujeres. Los únicos seres que tuvieron la valentía de calificar de asesinos a los militares fusiladores de los gauchos patagónicos. Las nombraremos con la filiación policial tal cual el autor las encontró en los amarillentos papeles de un archivo que sin su intervención hubiera sido devorado por el olvido: Consuelo García, veintinueve años, argentina, soltera, profesión: pupila del prostíbulo La Catalana; Ángela Fortunato, treinta y un años, argentina, casada, pupila del prostíbulo; Amalia Rodríguez, veintiséis años, argentina, soltera, pupila del prostíbulo; María Juliache, española, soltera, siete años de residencia en el país, pupila del prostíbulo; y Maud Foster, inglesa, soltera, treinta y un años de edad, con diez años de residencia en el país, de buena familia, pupila del prostíbulo. Jamás ningún político de ningún color partidario fue a poner una flor en las tumbas de esas mujeres dignas. Solo este poeta metido a investigador, este reparador de injusticias, este obrero de la memoria histórica.

En Paris, en 1979, junto a Osvaldo Soriano

El idealista de la violencia

En marzo de 1973, Julio Cortázar regresa a Argentina para promocionar su novela El libro de Manuel. Osvaldo Soriano lo entrevista para el diario La Opinión y le pregunta por los escritores argentinos recientes que más le interesan, Cortázar menciona dos: Rodolfo Walsh y Osvaldo Bayer, y aduce que ambos han hecho de la literatura de testimonio «un arma ideológica formidable en América Latina». Al día siguiente, el director del suplemento cultural de La Opinión, Tomás Eloy Martínez, llamó a Bayer para invitarlo a almorzar con Cortázar, quien quería conocerlo. Bayer llegó al restaurante diez minutos antes de la hora convenida. Cuando Cortázar entró, miró para todos lados, porque no conocía personalmente a Bayer, quien se levantó y lo saludó, agradeciendo la generosa referencia que había hecho de él. Entonces, Cortázar le confesó: Osvaldo, yo he cometido un grave error. Una de esas cosas que no se pueden hacer. Soriano me preguntó cuáles creía yo que eran los mejores escritores jóvenes. Y como no podía decirle que en ese momento no me venía ningún nombre, recordé que una vez me había visitado Paco Urondo en Francia con tu libro sobre Severino, y se me ocurrió contestar que para mí los dos mejores eran Walsh y vos. Pero te tengo que decir la verdad, yo no he leído tu libro.

¿Qué hubiera encontrado Julio Cortázar en el Severino di Giovanni, el idealista de la violencia, de haberlo leído? Pues en ese libro, cuya primera edición es de enero de 1970, habría encontrado una acuciosa investigación histórica –en base a una muy sustanciosa documentación, expedientes, archivos y declaraciones de testigos de la época–, reconstruyendo la vida de ese anarquista italiano, que vivió tan solo veintinueve años, que apenas pasado los veinte emigró a la Argentina junto a su esposa, Teresa Masciulli. En Argentina protagonizó una larga serie de atentados y expropiaciones, fundó revistas y periódicos –Culmine y Anarquía, entre otras–, y publicó libros. Fue un antifascista –venía de la Italia de los Camisas negras–, y estaba convencido de que la única manera de responder a la violencia de arriba era con la violencia de abajo. Sus atentados fueron siempre contra entidades fascistas o norteamericanas: cuando se supo de la condena a muerte de los héroes proletarios Sacco y Vanzetti. Sus escritos hablan de su lucha por un socialismo en libertad. Sus asaltos tenían por objeto conseguir dinero e imprimir sus publicaciones, para la edición de libros anarquistas y para mantener a familias pobres de presos políticos de ideología libertaria. La policía lo sorprendió cuando salía de una imprenta. Su huida por las calles de Buenos Aires tuvo el ritmo propio de una persecución cinematográfica. En el tiroteo cayó una niña y, por supuesto, le adjudicaron a él esa muerte pese a que al poco tiempo se comprobó que el calibre de la bala pertenecía a un arma policial. En el escritorio de Severino la policía encontró, debajo del vidrio, esta frase: «Estimo a aquel que aprueba la conjuración y no conjura; pero no siento nada más que desprecio por esos que no solo no quieren hacer nada, sino que se complacen en criticar y maldecir a aquellos que hacen». Se le hizo un juicio militar y fue condenado a muerte. A las cinco de la madrugada del domingo primero de febrero de 1931, en un patio de la penitenciaría nacional, resonó un grito: «¡E viva l´anarchía!», y luego una descarga cerrada. Roberto Arlt presenció el fusilamiento y escribió un aguafuerte con el título: «He visto morir». Luego, cuando las balas escribieron la última palabra en el cuerpo del reo, Arlt describió la escena:

El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido con frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra. Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que muerden los labios. Son Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica, y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

–Está prohibido reírse.

–Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

León Rozitchner dijo de este libro:

Osvaldo Bayer reconstruye, desde el olvido, a un hombre. Junta sus pedazos dispersos, vuelve a darles sangre, nos hace sentir nuevamente el ardor de su cuerpo, le devuelve la vibración de su palabra, abre el espacio de una época olvidada para ubicarlo. Y recupera la tragedia de un hombre que no es ejemplar de una especie sino una figura única, impredicable, allí donde el desprecio la había aniquilado.

Encuentro con el Che

En La Habana, apenas a un año de la Revolución Cubana, un pequeño grupo de periodistas y sindicalistas argentinos tuvo un encuentro con el Che Guevara. En esa reunión escucharon de labios del Che la teoría foquista revolucionaria y su aplicación en Argentina. La certeza de que la forma de cambiar el régimen argentino, estructuralmente injusto, era con la guerrilla de los jóvenes, que debía iniciarse en las sierras de Córdoba, en el centro del país. Luego vino la discusión, preguntas y respuestas, entusiasmos y críticas. Bayer escuchó todo en silencio. Pocas horas antes había estado con Rodolfo Walsh, quien por entonces vivía en Cuba, y se había manifestado partidario de la misma metodología de lucha. Al final, Bayer se atrevió a decir algo, llevado por una necesidad de alertar, un intento de llamar la atención ante el peligro. Dijo:

Las fuerzas de represión en la Argentina no son las de la Cuba de Batista. Son muy poderosas y están bien informadas: si no pueden vencer con las policías provinciales, lo harán con la federal; si no pueden con esta recurrirán a la gendarmería, el ejército, la aviación, la infantería de marina…

Guevara lo miró con profunda tristeza y contestó: «son todos mercenarios». Al silencio inicial siguió un aplauso encendido para el Che. Tiempo después, el recuerdo de esa escena despertaría en Bayer la siguiente reflexión:

Ahí comprendí todo, me dije: evidentemente, para ser revolucionario no hay que empezar por analizar los impedimentos, sino que hay que creer en las propias convicciones y lanzarse a combatir la injusticia haciendo uso de la rebeldía, ese don de los dioses para quienes creen en el altruismo y la solidaridad. Pero no pude con mi genio, y cuando las teorías del Che fueron convirtiéndose en realidad en las calles de la Argentina seguí alertando que ese camino iba a terminar en la muerte, y en el retroceso. Aunque al mismo tiempo que alertaba iba creciendo mi comprensión y mi solidaridad para con los perseguidos.

Ese encuentro tendría un componente amargo para Bayer, ya que trajo como consecuencia su alejamiento de Cuba por casi treinta años. Susana «Pirí» Lugones –quien por entonces era la pareja de Rodolfo Walsh– se «coló» en la reunión privada con el Che, pretextando ser la esposa de Bayer. Cuando la Seguridad del Che detectó que la nieta de Leopoldo Lugones se había infiltrado en el encuentro, se imputó a Bayer ser culpable de un acto que eventualmente habría podido poner en riesgo la seguridad del Comandante. A raíz de ese incidente, Osvaldo Bayer se vio privado de regresar a la Isla hasta que, en 1995, pudo volver a Cuba a instancias de Roberto Fernández Retamar, quien lo convocó como jurado del Premio Casa de las Américas.

En 1975, Bayer debió exiliarse en Alemania, tras ser amenazado por la Triple A durante el gobierno de Isabel Perón

Exilio

En octubre de 1974, durante el gobierno de Isabel Perón, la organización terrorista paraestatal, las Tres A, emite un comunicado condenando a muerte a Bayer y dándole veinticuatro horas para abandonar el país. Se negó a irse. Pero estando obligado a vivir clandestinamente y sin posibilidad alguna de trabajo, decidió exiliarse en Alemania. Llegó al aeropuerto escondido en el asiento trasero del automóvil de la Embajada alemana en Buenos Aires. Unas horas antes, recibió un mensaje amenazante del brigadier Santuccione en el aeropuerto de Ezeiza: «Usted jamás va a volver a pisar el suelo de la patria». Recién pudo regresar aArgentina el 22 de octubre de 1983, días antes de las elecciones presidenciales.

Fue en el exilio que se enteró de «que habían salido unas mujeres a Plaza de Mayo, que eran madres de desaparecidos», y ahí creyó ver una especie de luz en el cielo negro. En Alemania conoció a las Madres que visitaron ese país en el marco de su lucha por la defensa de los derechos humanos, y trabó con ellas una amistad indestructible. Bayer siempre recordaba con orgullo que las Madres eligieron como residencia su humilde departamento de Berlín antes que un lujoso hotel. «Yo les cocinaba pollo al horno con papas», se jactaba. Una vez regresado a la Argentina, comenzó a colaborar en el periódico Madres de Plaza de Mayo, a través de una columna bautizada «Ventana a la Plaza de Mayo».

En marzo de 1984 la editorial Legasa publicó un volumen escrito conjuntamente por Juan Gelman y Osvaldo Bayer bajo el título Exilio. Un libro nacido de una profunda amistad: «Soñabas con el fin del capitalismo» –evocaba Bayer a Gelman. «Cuántas veces discutimos hasta la madrugada en aquel café de Uruguay y Corrientes que hoy, lástima, no existe más. Vos por la dictadura del proletariado; yo por la igualdad en libertad. Pero, por encima de las discusiones, nuestra amistad, muy fraternal, por cierto». Le gustaba a Osvaldo que su amigo se llamara Juan, con nombre de albañil de brocha gorda, de peón de campo, de plantador de nogales. Juan, nada más que Juan. Esa amistad nacida en Buenos Aires, se consolidó en los años del exilio, tan cargados de tristeza, tan empapados del recuerdo de los que uno a uno iban siendo arrancados de la vida. Así nació ese libro que decidieron escribir entre los dos. La poesía de Gelman y la prosa de Bayer dándose un abrazo. Un libro que tiene el doloroso espesor de la experiencia del destierro, escrito con un lenguaje tan dolido como la tierra de la que fueron expulsados. Un libro hecho de notas al pie de una derrota, bajo una lluvia ajena, escrito quizá para no volverse locos o volverse otros. Una manera de hacer un fuego contra la intemperie de la nostalgia. «Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso», escribió Gelman. En tanto Bayer, en un texto escrito ante la tumba de Elisabeth Kasemann, cuenta la historia de esa joven socióloga, recibida en la Universidad de Berlín, que en 1969 se trasladó a la América Latina, donde trabajó como asistente social. En Argentina realizó su tarea en villas miserias y fábricas. El 8 de marzo de 1977 fue secuestrada y asesinada de dos balazos en la espalda. En esa muchacha, Bayer ve personificada la solidaridad internacional. Y cuenta su historia para no dejar la última palabra a los verdugos.

Bayer siente la necesidad imperiosa de enarbolar la memoria como arma para defender el futuro. Cuanto mayor es la distancia, más cercanos siente a sus amigos asesinados. Por eso siempre Paco Urondo y Haroldo Conti rondan sus solitarias noches alemanas.

Paco era el prototipo del hombre fino, se vestía de forma muy atildada. Era el que mejor se vestía de todos los que conformaban la redacción del diario Clarín. Tenía una sonrisa que parecía la forma natural de sus labios. Era muy simpático, tenía gestos de bonhomía y le gustaban los chistes. Era agradable en las conversaciones y se podía hablar de diversos temas. Nunca lo vi enojado ni jamás lo escuché hablar mal de nadie. Era muy culto y de conversación tranquila. Puedo decir que lo conocí en un período en que era un hombre muy afecto a la cultura y a la literatura, le gustaba discutir sobre escritores: era una especie de izquierdista moderado ilustrado. Como periodista era muy bueno, bien calificado por los secretarios de redacción.

Y también evoca al padre de Mascaró, el cazador americano, el rapsoda del Paraná embarrado de equívoca mansedumbre:

A Haroldo Conti lo conocí cuando fui a llevar una nota a la revista Crisis. Él estaba ese día y nos fuimos a tomar una cerveza, era verano y tuvimos una larga charla. Me habló casi exclusivamente del Delta, con tanta intensidad que se le dibujaban los mapas en la cara a medida que relataba.

El muro de Berlín

Osvaldo Bayer fue testigo tanto de la construcción como de la caída del Muro de Berlín. El 12 de agosto de 1961 no pudo dormir por el ruido de camiones que pasaban –uno tras otro– por la histórica avenida Unter den Linden, en el centro del Berlín-Este, capital de la República Democrática Alemana. El día siguiente, a la mañana, el secretario de prensa del gobierno comunista alemán hizo una convocatoria en el hall de un hotel, a la que Bayer concurrió, y allí se enteró de que iban a presenciar la construcción de un muro que dividiría Berlín, al Este del Oeste, separando la parte comunista de la capitalista. Veintiocho años después, en la noche del 8 de noviembre de 1989, estaba cenando en el barrio de Kreuzberg, en el Berlín occidental, cuando la radio trasmitió una noticia increíble: el gobierno comunista alemán había abierto el Muro y todos los orientales podían visitar los barrios occidentales. El Muro había caído. Bayer salió apresuradamente de su domicilio y se dirigió al Muro. El espectáculo que vio fue inaudito: un río interminable de peatones que venía del este y, también, una larga fila de pequeños autos que recibían una especie de «bautismo de fuego» por los occidentales, que los balanceaban como si fuesen góndolas. Los recién llegados compraban Coca-Cola en todos los puestos callejeros que se habían abierto repentinamente, y hacían durar la bebida en sus botellas para mostrarlas como una posesión preciosa. Los luchadores de Leipzig, aquellos que querían las mismas leyes sociales, pero en libertad, fueron desilusionados. Osvaldo Bayer, también. El muro de cemento había caído. Los muros invisibles continuaban.

El novio de Marlene Dietrich

Es sabido que Osvaldo Bayer era el novio de Marlene Dietrich. El hombre al que ella le fue más fiel. Cada noche, cuando se acostaba y se disponía a dormir, Marlene le besaba suavemente los ojos y los labios, y le susurraba una canción hasta que Osvaldo se extraviaba en los laberintos del sueño. Sí, Marlene Dietrich, la rea, la turra, la buena, la linda, la hermosa, la diosa, la Diosa, todas las noches se acercaba a la cama de Osvaldo Bayer. Poesía de piel, de ojos, de olores, de pestañas que se cierran y se abren sonriendo, de labios que… sí, sí, que besan en la frente y pueblan los sueños del elegido de imágenes que van desde las noches navegadas por el Paraná a los campos santafesinos sembrados del lino azul o los ecos de la voz de Loreley por el Rhin, mientras se oyen los remos que se meten en el agua.

La noche del 23 de diciembre de 2018, ella, que lo amó como no amó a ninguno de los numerosos hombres de su agitada vida, se inclinó sobre él y lo besó en la frente, en los ojos y, con mucha ternura, apenas como una brisa tibia, en los labios. Y Osvaldo durmió feliz.

La memoria que no cesa

Bayer asumió que el deber del intelectual es la de ser un agitador. Ser el orador de la esquina del barrio, como lo eran aquellos héroes obreros que él tanto admiraba, los que enfrentaban a la policía y el ejército, instando a los trabajadores explotados de las fábricas a luchar por las ocho horas, como los mártires de Chicago, ahorcados por el sistema del egoísmo. Quizá no haya otra forma de definirlo que aquellas palabras que Madame Staël dedicó a Schiller: «La conciencia es su musa».

En su casa tenía una foto de Thomas Mann, a quien admiraba profundamente no solo por sus novelas –podía hablar durante horas de La montaña mágica o Los Buddenbrook–, sino también por su pensamiento político: «La democracia tiene una única existencia moral en la forma del socialismo», porque, como Rosa Luxemburgo, pensaba que no hay democracia sin socialismo ni socialismo sin democracia. «No hay democracia cuando hay hambre, villas miserias, represión a los que sufren y reclaman por sus derechos», se le escuchó decir hasta el final de sus días.

Alguna vez escribió: «Con la palabra es posible desnudar la banalidad de lo perverso, la pornografía de las armas y la obscenidad del privilegio». No dejó un solo día de creer en ello.

Gracias a él, el olvido ya no será tan fácil. Sus gauchos patagónicos que se alzaron en toda la estatura de su dignidad seguirán golpeando las puertas de la memoria. Y los sueños no se quedarán afuera, ni las palabras que seguirán iluminando el combate por la dicha. Porque la muerte no impedirá que Osvaldo Bayer siga dando lo que interminablemente tiene para seguir dando.

Revista Casa de las Américas, Cuba.