Otra polémica en torno a un pseudo problema: ¿es democrático Cambiemos?

El exiguo triunfo de Cambiemos en las PASO ha precipitado muchas reflexiones que a nuestro entender equivocan el nudo de la cuestión.

Por Enrique Lacolla

María Eugenia Vidal en campaña.


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Desde hace dos semanas la progresía argentina está agitada por un debate originado en un elegante artículo de José Natanson aparecido en “Página 12”: “El macrismo no es un golpe de suerte”.[i] En él el joven director de “Le Monde diplomatique” efectúa una aproximación al fenómeno Cambiemos fundada en criterios empíricos que ponen de relieve la conexión del PRO con el espíritu de los tiempos, que en amplios sectores estaría vinculado a un desdén para con las ideologías abstractas y a una valoración del trabajador meritocrático, tendencia que sería parte de nuestra cultura política, engrampada con la tradición inmigrante: “la idea del progreso en base al esfuerzo individual (a lo sumo familiar) que le permite al que llegó con una mano atrás y otra adelante progresar hasta ascender hasta el mito alfombrado de la clase media: el mito de m’hijo el dotor”.

El análisis de Natanson examina las prácticas modernizantes de la política que pone en escena el oficialismo y que explican su (relativo) éxito en las PASO, pero sobre todo pone de relieve lo que a su entender es el carácter sosegado o “apacible” de la regresión social que plantea Cambiemos, sembrada de medias medidas represivas y de ajustes no tan a fondo, lo que supondría la existencia de una derecha “socialmente no inclusiva, pero sí compasiva”. Esto lo lleva a sostener que, a pesar del fondo socialmente negativo de las políticas de Cambiemos, que lo empuja irrevocablemente “hacia la derecha del cuadrante ideológico”, se trata de “una derecha democrática y renovada, que hasta el momento estaba ausente de nuestra escena política”.

Frente a estas afirmaciones surgieron numerosas protestas desde el sector progresista que milita por lo general en las filas del kirchnerismo. Horacio González, por ejemplo, uno de sus intelectuales más destacados, las expresó en su estilo anubarrado y complejo que parece escucharse solo a sí mismo, pero que tiene su sustancia una vez que se puede desentrañarla. “El intrincamiento –dijo- de formas democráticas anuladas en actos concretos del macrismo y el nada velado acrecentamiento de técnicas de control ciudadano y de represión –que incluye reivindicaciones indirectas, pero no siempre, del pasado represivo- impiden calificarlo con la tranquila “razón cínica” que lo mueve hacia el cuadrante democrático. Queda sin ese sostén “democrático” el concepto de “derecha” que de todos modos también hay que reinterpretar. Aunque no sea tan apacible como parece serlo en el uso que le da Natanson. Y hasta parece excesivo regalo para el “equipo” macrista”.[ii]

Ahora bien, en todo el debate, que por supuesto no se reduce a los párrafos que hemos expuesto, y al cual remitimos en las notas al pie, hay una cosa, o mejor varias, que no se mencionan: el carácter dependiente de la sociedad argentina, su sujeción al imperialismo y el rol de “burguesía compradora” que cumplen sus sectores privilegiados; en suma, el carácter neocolonial que ha tenido la sociedad argentina a lo largo de la mayor parte de su historia. Sin embargo este, y no otro, es el rasgo esencial para definir la naturaleza democrática o no del país en que vivimos. La cuestión argentina no pasa por el debate entre izquierdas y derechas, sino por el enfrentamiento entre la nación y la anti-nación. Y queda poco espacio, si es que queda alguno, para la democracia real en este terreno minado. La partida no se juega en un ámbito donde los problemas sociales se definen en el choque entre clases antagónicas que en el fondo se sienten partícipes de una misma identidad, vigente por encima de los rencores y hasta los odios sectoriales, sino en un lugar donde el problema social está envenenado por una situación de insuficiencia nacional determinada por la acción de una oligarquía rural-empresaria y mediático-financiera, entongada con poderes externos, para los cuales el país y la región han sido y son fichas en un tablero en el cual privilegian sus intereses. La capacidad de la influencia destructiva de este “combo” en la psicología y la voluntad de los argentinos ha sido enorme y se acrecienta a medida que aumenta la concentración de los medios de comunicación, se multiplican las variantes cosméticas del discurso único y se va royendo la capacidad de resistencia de las masas a través del proceso de cooptación y mediatización de las dirigencias sindicales, facilitado por el retroceso de la clase obrera como sujeto de movilización social; retroceso debido en cierta medida al impacto de la revolución tecnológica y a la dispersión productiva que es una de sus consecuencias.

El tema de la democracia en Argentina no puede ser disociado del carácter dependiente del país. Suponer lo contrario es imaginar que China o la India pudieran haberse reconstituido como naciones válidas con el gobierno de Chiang Kai Shek o los Maharayas. La democracia no surge sólo de la existencia de un código de convivencia civil que funge de colchón amortiguador entre las clases; depende también de la posibilidad de que ese código sea interpretado por actores capaces de reconocerse entre sí como miembros de una entidad superior, la nación. Sólo cuando cuestiones como la soberanía territorial y económica están fuera de duda es posible contender en los términos de, digamos, una hostilidad civilizada.

Pero aquí esta materia sigue pendiente. ¿Cómo hablar de democracia, entonces? ¿Es posible construir una derecha y una izquierda o centro izquierda legitimadas por una coincidencia esencial en torno a la cuestión nacional en un escenario donde esta se encuentra en disputa? Lo más grave es que la sujeción intelectual del estrato dominante argentino al sistema global del imperialismo es un acto vinculatorio que prescinde toda veleidad de grandeza, como no sea la que proviene de la voluntad de enriquecerse a nivel individual, incluso fugando capitales hacia sedes seguras y desentendiéndose del desarrollo y de la evolución posible del país como conjunto. En los tiempos de la organización nacional orientada por el mitrismo y más adelante por el roquismo, pese a la noción de que el país había de hacer valer sus ventajas comparativas como proveedor de materias primas para el mercado mundial sin proponerse un crecimiento industrial, había la evidencia de que esa era una orientación rentable y que se podía vivir y progresar en condiciones relativamente sensatas bajo el paraguas del imperio británico. Hoy no hay nada de eso; el mundo desarrollado se cierra mientras Argentina se abre; el universo de los países occidentales dominantes a los cuales nuestra clase dirigente siempre ha preferido referirse, ingresa a una fase crítica; vivir de la deuda se hace imposible y sin embargo se la acrecienta a ojos vista hasta que en pocos años se haga insostenible. Natanson piensa que no estamos en un retorno a los ’90. Sin embargo, uno diría que sí y que la perspectiva de una salida desastrosa al estilo del 2001 es bien posible, a pesar del blindaje mediático y de la confusión imperante. Las consecuencias de la “estafa generacional” como se ha denominado al préstamo a cien años contratado por el gobierno, por ejemplo, no van a durar tanto en manifestarse.

Las técnicas modernizantes del timbreo y otras nimiedades que parecen acercar a los candidatos a la sensibilidad pública, pueden dar sus resultados por un tiempo y en una situación más o menos normal; pero una crisis paroxística podemos estar seguros las barrería del medio. El macrismo, sostiene Natanson, en contraposición a Ricardo Forster, “no es una anomalía, ni un accidente ni un golpe de suerte”. En esto estamos de acuerdo. Pero tampoco nos parece que sea “una fuerza potente en trance de construir una nueva hegemonía”. Es la reencarnación exhausta de una tradición que ha vivido, que a partir de 1930 ha imperado por la violencia casi todas las veces que pudo hacerse con el poder, o que lo mantuvo a través del fraude o el engaño, como ocurriera en la “década infame” o durante el menemato. Su ascenso se debe ahora no sólo a sus habilidades tácticas sino sobre todo a la insuficiencia de sus oponentes, que no aciertan a formular un diagnóstico de nuestras carencias ni una terapia para superarlas. En este sentido todos nos debemos un debate autocrítico, cuya falta sigue siendo visible en la oposición. Si esta falencia perdura existe la posibilidad de ulteriores derrotas. Hay que apurar el paso para construir las coincidencias fundamentales entre las fuerzas nacionales y populares antes de las elecciones de 2019. No va a ser fácil, si no hay cierto grado de renunciamiento entre los dirigentes y si no existe una fuerte presión desde abajo para inducir a la construcción de esa coincidencia.

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1“Página 12” del 17 de agosto.

[ii] “Cómo discutir el macrismo, una polémica con José Natanson”, en “Nuestras voces”, 21 de agosto.

www.enriquelacolla.com

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