Palabras cruzadas

Por Elizabet Jorge*

Hace más de un año que no se hablan. Se comunican con notas: hay que pagar la luz, o el perro ya comió, o te llamó tal. Por lo general evitan permanecer en la casa al mismo tiempo y, aunque ya no comparten la cama, ni la habitación, jamás se atrevieron a pasar una noche afuera. Tampoco a plantearse el divorcio.

Cortez ha sacado el escritorio para trabajar en la galería (desde hace más de veinte años, compone crucigramas para una revista de entretenimientos) Transpira, el calor es insoportable. De vez en cuando se seca la frente con un pañuelo, pero no levanta la cabeza de entre la pila de diccionarios, hasta que un viento de tormenta lo obliga a entrar.

La mujer de Cortez cierra las ventanas y vuelve a recostarse en su sillón. Estuvo allí toda la tarde, inmóvil, como si estuviera en trance, viendo girar el ventilador de techo. Tiene los auriculares puestos y, de vez en cuando, se la escucha desafinar algún blues.

La tormenta adelanta la noche, se lleva el calor y, a la mujer de Cortez, al cuarto de arriba; antes de las nueve ella está sumergida en su sueño de pastillas. En el living a oscuras, bajo un haz de luz sobre el papel, Cortez sale de las definiciones y de las cuadrículas y comienza a escribir en los márgenes:

Llueve parejo. Oigo el tic tac del odioso reloj de pie, también el murmullo de los auriculares. Ella los usa toda la noche. Desde aquí se oyen como el siseo de una víbora.

Imagino que ella duerme entre víboras. Oigo la respiración del perro que está bajo mi silla. Respira profundo. Los perros le temen a la tormenta, este no. Solo sacude las orejas en el lapso que hay entre el relámpago y el trueno. Oigo sonar la campanada que el odioso reloj de pie marca cada media hora. La media de no sé qué hora. Esta noche es eterna.

Ciertamente, la noche es eterna y los márgenes de las cuadrículas estrechos. Cortez, los agota mucho antes de que amanezca. Se pone de pie y se despereza. El perro lo sigue hasta la cocina. Cortez come un pedazo de pan con queso y echa hielo en un vaso de vino blanco, le da agua al perro. En el bloc de notas que está en la mesada, lee: «hay que sacar la basura». Vuelve la hoja y escribe: «mañana será el último día del reloj de pie en esta casa», la pega en la heladera, después sale a la galería y se sienta. Las luces de las casas vecinas flotan en un halo de humedad como lunas pequeñas. Cortez apoya el bloc de notas en una rodilla y vuelve escribir.

Ya no llueve. Oigo croar las ranas. Oigo el viento silbar entre las hojas del olmo. En el olmo hay una pareja de lechuzas. El macho mueve la cabeza en círculos, pero esta noche no hay insectos, ni ratas. La hembra parece saberlo, está inmóvil. Los observo por un rato largo. El macho despliega las alas y hace un vuelo circular.

Después vuelve a la rama. La hembra sigue inmóvil. El macho, al cabo de un rato, da una vuelta en torno al olmo y se va. La hembra sigue inmóvil. Desde el living llega otra campanada de no sé qué media hora El macho no regresa. La hembra se larga en picada, la pierdo de vista y en un momento la veo regresar con una pequeña culebra en el pico. La devora lentamente. El macho regresa sin alimento. La hembra, inmóvil. Él parece enloquecido de hambre, vuela sin fin alrededor del olmo. El viento se llevó las nubes y hay una línea rojiza en el horizonte. La hembra se duerme, el macho sigue dando vueltas.

Cortez rompe el bloc minuciosamente. Se levanta y tira los papeles en el desagüe de la galería. De regreso en la cocina despega la nota que había dejado, escribe una línea más, y la vuelve a colocar en la puerta de la heladera. Toma el resto de vino blanco que ha quedado en el vaso y se va a dormir.

La mujer de Cortez se despierta puntualmente a las siete, la hora exacta en que Cortez se acuesta. Ella camina como un zombi hasta el baño. Sus ojos enrojecidos no toleran la luz, tampoco su imagen en el espejo. En la penumbra se enjuaga la boca y después se sienta sobre los bordes del inodoro helado, (tiene la tabla sin bajar a pesar del cartel que ella ha pegado: «bajar la tabla»). Lo odio, murmura. Luego oprime el botón, mira sin parpadear el remolino de agua, después ajusta los auriculares en sus orejas, sale del baño y con un portazo interrumpe, sin saberlo, el ronquido de Cortez que se oía en el pasillo.

Antes de preparar el café, ve el mensaje que él dejó en la puerta de la heladera: «A partir de hoy, no escribiré más notas», lee.

Lo arranca y lo tira a la basura.

Después enciende la cafetera, y se sienta a resolver crucigramas.

*Psicóloga clínica. Escritora. Docente universitaria (UNC y UCC). Vice-Directora y Docente en EPSI Estudios Psicoanalíticos Córdoba. Ejercicio profesional en área clínica. Supervisora clínica.

(De: La edad de la presbicia)